Caso Casino

Le den las vueltas que quieran darle en la Junta, la decisión judicial de anular la concesión del Casino de Sevilla efectuada por la Junta hace un año, ocho después de que el TSJA la suspendiera cautelarmente y a uno de la confirmación de ese criterio por el Tribunal Supremo, deja en claro que hubo en esos trajines cosas mal hechas y, según demasiados indicios, explícitas simpatías a algunos “amigos políticos”. Y sobre todo supone un palo para las sucesivas consejeras de Gobernación y sus mariachis insistiendo sobre la artificialidad de las denuncias y la intención aviesa de las críticas de la oposición. No se va a hundir el mundo, por supuesto, porque se desautorice por tan poco a la Junta cuando el juez del “caso Malaya” la acaba de señalar como “beneficiaria más que víctima” del saqueo urbanístico marbellí y tras santísimas historietas de la crónica de las corrupciones. Ya verán, en todo caso, como nadie paga ningún plato roto, a pesar de que esa sería la única solución efectiva para frenar enredos como éste que los jueces acaban de frenar en seco o como tantos que nunca se frenarán.

Correas de trasmisión

El sindicato UGT cerró sus puertas en Valverde sin decir por que sí ni por qué no, a pesar de que el alcalde Cejudo había presentado la apertura a bombo y platillo, y ahora las vuelve a abrir, al parecer a instancias del propio PSOE que encaja con inquietud, ante las municipales, la denuncia que de esa ausencia se hacen desde ciertos ámbitos locales. ¿Cómo constituir el Consejo Económico y Social que está en marcha sin contar con la presencia sindical? ¿Y qué responde ante la denuncia de la propia UGT sobre el mantenimiento en Valverde, a pesar de tantas promesas y compromisos, de la economía sumergida y la mano de obra ilegal? Partido y sindicato se reparten los papeles pero el pobre ‘Wenceslao’, el trabajador víctima de la ceguera voluntaria de la autoridad que este periódico sacó a la luz hace años, ahí sigue tragando quina: sueldos a placer, altas y despidos a conveniencia, trabajo a domicilio sin papeles de mujeres y niños, trabajadores clandestinos… Bienvenida al purgatorio sea la UGT. El infierno será, en cualquier caso, de los currelantes.

Maquiavelo rescatado

Me entretengo en la distancia, a través del ignominioso canal internacional de TVE, con la charleta que Quintero mantiene con la ministra de Cultura, uno de esos personajes públicos que consiguen hacer buena su propia caricatura en cuanto entreabren los labios. En un momento dado el mítico entrevistador –de paso que planteaba incómodas preguntas sobre el chantaje de De Juana Chaos para que la ministra rematara a puerta vacía– ha dejado caer al desgaire, como quien no quiere la cosa, una mención de Nicolás Maquiavelo, y la ministra, sin pensárselo dos veces, ha embrazado la adarga y empuñado el lanzón dispuesta defender a aquel bendito a quien, según ella, le habría “caído en lo alto un marrón” (sic) de no te menees sin haberlo comido ni bebido.¡A ella se lo van de decir, vamos, con la de veces que ha debido explicarle a sus alumnos, antes de subir a los cielos, ese tema maldito de la doctrina, para poner en su sitio las cosas tantos siglos descolocadas! Maquiavelo era un bendito, un espíritu claro que si aconsejó al Príncipe lo que le aconsejó o dejó escritas en sus “Décadas a Livio” lo que tuvo a bien dejar, no fue más que guiado por la estrella cegadora de un humanismo que tenía muy clara la superioridad neta del poder sobre cualquier otra virtud, cosa que, por cierto, no era propiamente un descubrimiento suyo sino una amañada sobreúsa del maestro Tácito, como bien sabían tanto los criptomaquiavelistas barrocos como la propia Inquisición. ¡Pobre Maquievalo! Me he llegado hasta la galería Doria-Pamphili a echarle un vistazo al retrato velazqueño del temible Inocencio X –aquel que rechazó sin contemplaciones el retratado con la célebre frase de “Troppo vero, troppo vero”– pero esta vez no para ver al papa sino para encararme, una vez más, con ese Maquiavelo pintado por Cristofano Dell’Altissimo cuyo inequívoco perfil le pondría difícil su defensa a la ministra más pintada. Y lo dicho: o la Calvo se ha informado sobre Maquiavelo en ‘Wikipedia’ o está embarcada en una tarea de rescate de la “razón de Estado” para la que se le han quedado chicas las clásicas minervas desde Bodino hasta Fraga. No me quejo: si no llego a encender la tele no me pasa esto.

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Está bien que se aireen estos viejos equívocos en la tele, aunque sea a título de inventario, y mejor aún que una ministra le plante cara a la vieja tradición dispuesta a quitarle el sambenito al sabio que supo hacer un fin legítimo del interés simple o compuesto y del nefando cinismo una virtud insuperable. De hecho, la vida demuestra que no hay política posible fuera del paradigma de Maquiavelo y la verdad es que muy poco despierta sería la ministra Calvo si no se hubiera caído de ese guindo que menean como virtuosos a su vera muchos que dejarían al pobre florentino a la altura del betún. Quintero tira con bala, qué duda cabe, aunque con la otra mano vierta sobre la herida el bálsamo de Fierabrás, y el público se lleva la impresión de haber asistido a una batalla cruenta –que es de lo que se trata– cuando en el peor de los casos le han ofrecido una naumaquia como las que los trasabuelos Borbones ofrecían a la plebe babieca en el estanque del Buen Retiro. Pero no se me cae de la cabeza el retrato de la Pamphili, aquel perfil temible dibujado bajo la boina negra, la boca fruncida en un gesto inequívoco de maquiavélica determinación, como no podría ser de otra manera. ¿De dónde se habrán sacado los críticos el tizón para emborronar ese retrato exacto, minucioso, esa boca fruncida con energía y esa implacable mirada? Pues no tengo idea, para qué decirles otra cosa, dando por supuesto que lo probable, como sugiere el tono de la ministra, es que la mayoría hable de oídas y sin haber ojeado siquiera la confidencia del ‘Google’. Eso sí, después de Calvo ya no será desacato decir que ZP o Rubalcaba son dos Maquiavelos redomados. Tarde o temprano, el guionista de Quintero tenía que cortar dos orejas.

El caso del cura que podría ser alcalde

Continúa la polémica provocada por la iniciativa del cura de la localidad malagueña de Cómpeta, José Luis Torres Gutiérrez, de presentarse a las próximas elecciones municipales en el mismo pueblo donde ejerce su ministerio. Entre opiniones favorables y discrepantes, tanto el Defensor del Pueblo, José Chamizo, como el cardenal de Sevilla, monseñor Carlos Amigo, se han pronunciado en sentido favorable condicionando el hecho insólito a la “necesidad pública” que pudiera justificar la participación política del sacerdote, un argumento de relieve que, seguramente, influirá de modo decisivo en la cuestión tal como esta siendo planteada, en el sentido de que la elemental separación de funciones entre la Iglesia y el Estado pudiera compatibilizarse, por esa necesidad invocada, garantizando la neutralidad efectiva del candidato. No resulta fácil oponerse al hecho de que un cura sea libremente reclamado por su feligresía para contribuir a la recta administración de la cosa pública siempre que no se confundan los límites ni se perturbe aquel principio básico.

Un polvorín no es una broma

La apertura de diligencias informativas por parte de la Fiscalía en torno a la situación de abandono del polvorín de Riotinto, denunciada por Ecologistas en Acción supone un nuevo paso en el imprescindible esclarecimiento de unos hechos difícilmente aceptables. Nuevos detalles aportados por el grupo ecologista contribuyen a aumentar la inquietud pública, toda vez que asegura que, junto a la absoluta desprotección del citado depósito de sustancias eventualmente peligrosas, la propia documentación –el Registro de entrada de la explotación abandonada– se halla al alcance de cualquiera, con el consiguiente riesgo. Cuesta entender a qué espera la autoridad gubernativa para, además de vigilar ese polvorín, tomar la decisión de retirar las misteriosas sustancias que, en le caso de resultar amenazantes, ciertamente podrían estar ya y desde hace tiempo en las manos menos aconsejables.

La física mental

Hace muchos años que los estudiosos de Chu Ku Tien, aquel descomunal hallazgo paleontológico que dio un vuelco a la antropología, discutieron con vehemencia sobre las razones que pudo tener el caníbal primitivo para considerar el cerebro del enemigo cazado como manjar predilecto. El propio padre Teilhard terció alguna vez en ese batiburrillo para proponer sosegadamente que la idea de que la ingestión de un órgano permitía al comedor asumir las virtudes de su anterior propietario era la que movía al predador humano más que la no poco inverosímil teoría de la búsqueda de proteínas divulgada, sobre todo, a partir de ciertas interpretaciones vulgares de las fértiles ocurrencias de Marvin Harris. Es decir, que el hombre asumió bien pronto que la facultad de pensar, que tan agudamente marcaba las distancias entre su especie y las otras, radicaba en el cerebro, y hasta es posible que, al menos durante algún tiempo, hiciera compatible esa convicción con las diversas hipótesis –ya más avanzadas culturalmente– sobre la residencia orgánica del alma o principio vital. La obsesión por conocer ese órgano prodigioso ha llevado al hombre a tratar de averiguar sus funciones y a proponer su localización en sus distintas áreas, y es cierto que no siempre -recuérdese la amarga experiencia de las primitivas lobotomías– con criterios seguros ni con intenciones aceptables. Una obsesión que no cesa, como esta misma temporada se encargan de probar los diversos descubrimientos, más o menos fiables, que nos llegan desde la neurofisiología. Unos sabios acaban de proponer, por ejemplo, la localización exacta de la función intencional como no hace tanto otros colegas suyo proponían la hipótesis de que la predicción no era más que una función orgánica ubicada en una región bien definida, a saber, la situada a la izquierda del córtex y comprendida entre el cerebelo posterior derecho y el procuneus izquierdo. Más allá del escepticismo (que no deja de tener sus razones, desde luego) forzoso es admitir que la ciencia libre ha acabado por confundir inextricablemente la mirada materialista con la que ingenuamente ha reclamado para sí, durante siglos, la legión de cruzados del ánima.

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Comprendan que, en cualquier caso, el hallazgo de la sede de las intenciones suena no poco a fantasía inquisitorial por muy fundamentado que el hallazgo esté desde un punto de vista científico. No nos faltaba más que, además de la presunción de que nuestra capacidad predictiva puede ser controlada por el aprendiz de brujo, se nos descuelguen ahora los sabios pretendiendo que son capaces de controlar nuestras intenciones más escondidas, algo que, de confirmarse algún día, supondría ni más ni menos que el fin de esa autonomía psíquica en que tradicionalmente hemos fundado nuestra monarquía animal. Casi al tiempo de leer la noticia me encuentro ya por ahí, miren por donde, alguna enérgica refutación de su hipótesis, pero hay que admitir que la discrepancia en este terreno no supone gran cosa además de pertenecer en exclusiva a la cofradía de sabedores que es, como se sabe, una de las menos unánimes entre las que puedan encontrarse en el género humano. No quiero ni pensar, eso sí, en que algún día la técnica para conocer la intención quede al alcance, si no de cualquiera, al menos de esa elite prometeica que parece empeñada en liquidar el misterio de la vida hasta en sus raíces más profundas. Cioran decía (ya lo he contado aquí alguna vez) que todo persigue a nuestras ideas, empezando por el cerebro. Pero uno tiene la sensación de que es la ciencia la que nos persigue, benéfica y dañina, civilizada y bárbara, tortuga o lebrel que nos empuja hacia delante mordiéndonos los talones. Alguna vez leí que Torsten Wiesel calculaba “en un siglo o un milenio” el tiempo que necesitaríamos para comprender el cerebro. Hay días, como hoy, en los que me apunto al segundo plazo.