Los partidos, primero

Los partidos políticos, como las señoras en las antiguas “urbanidades”, deben gozar de prioridad a cualquier efecto. El Parlamento, mismamente, es decir, la representación del Pueblo que ellos mismos ostentan en virtud de esa ventajosa hipóstasis que confieren las elecciones, debe ir tras sus huellas y sin prisas, sin perder el paso del desfile, limitado ni más ni menos que a refrendar, a ratificar o a aplaudir lo que ellos decidan. Ésta es la práctica desde siempre y también, desde ahora, la teoría, según la ha enunciado en la Cámara autonomica el portavoz del PSOE, Manuel Gracia, a propósito de la propuesta de evaluar la llamada “deuda histórica”, cuyo montante estaba tan claro cuando gobernaba el PP y ahora ni siquiera sabemos cuándo será el momento de establecerlo. Que los partidos muñan; tiempo tendrá luego el Parlamento de poner debajo el visto bueno y echarle el garabato a la componenda tramada fuera de él. Ya ni disimulan la realidad de la partitocracia que ha fagocitado al régimen democrático genuino. Los partidos, primero. Detrás de ello, lo que fuere menester, siempre que no estorbe sus innegociables intereses.

El nuevo neolítico

No sé si “lo de menos”, pero desde luego “lo de más” no es el negocio (maldita palabra; escucho al clásico estos días certificar su “estridencia”) del ladrillo, la opción desenfrenada por la construcción como motor de arrastre de nuestra economía y, en definitiva, de nuestras vidas. “Lo de más” podría ser el hecho de que estos locos consentidos y tantas veces compadreados por el Poder están perpetrando un nuevo neolítico, corrigiéndole la plana al modelo de vida que comienza en Jericó hace 8.000 años mal contados, para sustituirlo por otro de imprevisible alcance. Tomen el caso de Cabezas Rubias (junto a los anteriores, claro): millones de metros cuadrados podrían ser edificados para conseguir un pueblo diez veces más grande del actual. No sabemos bien para qué, ni quién lo habitará ni por qué, ni quién pagará los enormes costes derivados. Sabemos únicamente (dentro de un orden) quién trincará la pasta gansa y levantara luego el vuelo hacia otros mundos. El Madroño o Gibraleón, Punta Umbría y los que se tercien: aquí no hay inversión a lo grande si no hay cemento por medio. Con las bendiciones del Poder, por supuesto, y seguramente, con su “amistad política”.

Ante la cámara

Merecería la pena estudiar con atención el efecto profundo que la presencia de la cámara produce en el ser humano, su capacidad para transformarlo en un momento y hacer de una vecindona una discreta o de un sabio un idiota. Cualquier cámara, incluidas las domésticas. En una localidad británica, Shropshire, un ciudadano de mediana edad, Kevin Withrick, se ha descerrajado un tiro ante su “webcam” como empeñado en exponer larrianamente su desdén por la vida ante un auditorio aterrado, hecho que parece sugerir que la presencia de la cámara trastorna al observado hasta el extremo de sacrificarle su propia entidad. Ante la cámara, como ante el espejo (recuérdense las espléndidas reflexiones que hizo Baltrusaitis sobre el tema), el ser humano reacciona presa de una turbación narcisista que quizá saque a la luz una escondida pulsión exhibitoria pero que también concierne a cierta ilusión testimonial que lo hace crecer ante la mirada del otro, aunque sea imaginaria. La modosidad de los contertulios de ZP en la tele, por ejemplo, esas muecas que eran a un tiempo estrategia de disimulo y ejercicio de sugestión, no resultan comprensibles, como la acción del suicida Withrick, si no es en función de la mirada ajena que cada protagonista tiene en la cabeza y presiente que le vigila. Al margen de si su suicidio fue wertheriano u obedeció a causas menos románticas, siempre he creído que Larra no se miraba (sólo) a sí mismo mientras montaba el revólver y apretaba el gatillo, sino que se hacía contemplar imaginariamente por un público que era su último y definitivo referente, es decir, que no buscaba su propia mirada devuelta por el azogue sino la mirada ajena que él sabía agazapada esperando el momento de dar el salto. El suicidio genuino suele ser silencioso y reservado, como los de Belmonte o don Manuel Halcón, y ni siquiera a esos protagonistas debió escapar la evidencia de que evitar el grave espectáculo que inevitablemente provoca la acción suicida resulta casi imposible. Pero a diferencia del espejo, la cámara implica una relación con el prójimo que tiene más de teatralidad que de rito. En cierto modo, quizá pocas cosas definan mejor el cambio psíquico de nuestro tiempo que este éxito de la cámara frente al espejo, es decir, esta publificación de la intimidad impensable fuera de la sociedad mediática.

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En la tele los comportamientos difícilmente son espontáneos, por ejemplo, y hay que entenderlo, porque un ‘medio’ con capacidad para famosear a un ciudadano por el mero hecho de preguntarle a un político el precio de un café, no cabe duda de que ha de “mediatizar” los comportamientos. Que ante una lista de cien portugueses famosos en su historia, casi la mitad de nuestros vecinos se hayan pronunciado a favor del dictador Salazar, cuya memoria venía siendo arrastrada por una alborozada mayoría hasta no hace tanto tiempo, ha de interpretarse necesariamente como el resultado de un gesto de afirmación política y no sólo como consecuencia de una libre elección que hasta ayer recaía fatalmente en Camoes o en don Sebastián, “O Príncipe perfeito”, en el rey fundador don Afonso Henriques o acaso en la figura humanísima y nimbada de prestigio del poeta Pessoa. Lo que demuestra, de paso, que el poder influenciador de la cámara ni siquiera precisa de su presencia sino que se basta y sobra con su propio concepto. Los sociólogos valoran el riesgo de ficción deliberada o inconsciente del entrevistado en un sondeo, como saben que la opinión de un mismo sujeto varía si es entrevistado por teléfono o cara a cara, en una encuesta anónima o en un cualititativo realizado ‘vis à vis’. El suicida de la webcam y el público de ZP tienen en común, y no sólo a nivel subliminal, más de lo que parece. El Gran Hermano mira no ya a través de su ojo ubicuo sino con los que esa celada debilidad ha instalado en la conciencia colectiva.

El égida judicial

¿Reacción de la Diputación de Huelva y el PSOE local al conocerse la noticia de que una trabajadora ha denunciado ante Magistratura un segundo caso de presunto “mobbing”? ¿Llamarla para entenderse, tratar de solucionar las diferencias, acaso llamar en su auxilio a los sindicatos? Qué va: amenaza de querella que te crió y a otra cosa, mariposa. Hemos llegado a un punto en que sobre cualquier denuncia planea la sombra de la acción judicial, algo muy desproporcionado con la libertad ilimitada de que gozan los políticos para despellejarse vivos (e incluso muertos) pero que, en cualquier caso, deja en evidencia a un Poder incapaz de encajar discrepancias y menos aún acusaciones. Ahora bien, amenazar con una querella a una funcionaria por denunciar un presunto caso de “mobbing” es demasiado porque ni más ni menos que supone negarle al trabajador su derecho a la defensa laboral. Tanto o más injurioso sería, en todo caso, acusar a la denunciante de “vendida al PP” o a éste (mil veces) de “extrema derecha”. Ni siquiera se han percatado de que nos llevan, atolondradamente, hacia el “gobierno de los jueces”.

Innovación y vejez

En la industria del calzado valverdeña es antiquísimo el recurso a la “economía sumergida”. Cuando El Mundo destapó el “caso Wenceslao” quedó patente que en ciertas fábricas integradas en la patronal –y de las que, naturalmente, el Ayuntamiento y demás autoridades deben saber lo suficiente en un pueblo en el que todo el mundo se conoce– empleaban mujeres en trabajos domésticos, niños en labores enojosas y no exentas de peligro, y hasta mano de obra ilegal que se escondía a la autoridad laboral en zulos o se desalojaba por la puerta trasera de la fábrica. El Ayuntamiento admitió esa barbaridad y hasta la justificó (está publicado) con el argumento de la globalización, además de pedir tiempo para combatirla, prometiendo erradicarla en un plazo que se ha ido alargando hasta el día de hoy en que trabajadores y algún sindicato mantienen que poco o nada ha cambiado. Bueno, nada no, porque estos días se ha inaugurado un “Centro de Innovación Tecnológica” que queda chulísimo pero contrasta con aquella realidad decimonónica. Ayuntamiento, Diputación y patronal están al último grito pero no son capaces de acallar el lamento secular de esos maltratados trabajadores.

Dos en uno

En el incesante tropel de noticias que propagan los científicos destaca esta misma semana el descubrimiento, por parte de unos sabios italianos e ingleses, de una importante población de organismos que han logrado perpetuarse la friolera de cuarenta millones de años sin necesidad de recurrir a las relaciones sexuales. Es una lata quizá tener que repetir tantas veces el hecho de que la división sexual no es una condición de las especies sino un carácter adquirido en el proceso evolutivo, de manera que de los primitivos seres asexuados que, como los ahora descubiertos, se reproducían por simple clonación, acabarían surgiendo los que para reproducirse precisan de los dos sexos, bien entendido que el dominio inicial de las especies femeninas fue un hecho “primario por defecto” pues hoy se conoce bien la experiencia de algunos peces cuyas gónadas primitivas han evolucionado de modo imprevisible hasta diferenciarse en ovarios, testículos o incluso en ambos a una. Los sexos separados, que es lo propio de los seres llamados ‘diocos’, parece que triunfan en los ‘eucariotes’ (cuyas células son nucleadas) frente a los elementales “procariotes”, como las bacterias, cosa que fue probada en la universidad de Southampton no me acuerdo ya cuando, porque la mayor capacidad reproductiva de los asexuados provoca que poblaciones crecientes compitan, en desventaja, por dotaciones fijas de alimento. Nada, pues, de abrazos melifluos entre náyades y divinos mancebos, nada de favores celestiales al amor desmesurado de la náyade que se funde milagrosamente con el efebo para que su amor no acabe nunca. La realidad es mucho más prosaica, esto es, considerablemente más elevada y admirable que las consejas de una fábula, haya que reconocer o no que hubiera sido una pena perdernos el pasaje de la “Metamorfosis” en que Ovidio cuenta la historieta de Salmacis y Hermafrodito. Lo único que, probablemente, resulte incuestionablemente propio del sistema bisexuado es su compleja carestía. Lo prueba que frente a tanta tragedia derivada de los conflictos del sexo no hay la menor noticia de un ser autoclonado en apuros.
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Nuestros sabios rescatan, en fin de cuentas, aquel hermoso mito que tanto inquietó, por ejemplo, a un Velázquez que, durante uno de sus viajes italianos, mandó hacer una copia de la bella “Hermafrodita” que hoy luce en el Louvre, quién sabe si modelo de su “Venus del Espejo”. Hay mucho más que el morbo que rebusca el turismo verbenero en esas representaciones del “ser doble”, lo mismo en las Termas de Roma que en la Galeria Borghese, y ese plus es la prodigiosa intuición mítica de la realidad que Policleto y sus imitadores del helenismo no hicieron más que plasmar en mármol de Paros o en bronce dionisiaco, a saber, que en los orígenes la vida venía a ser una experiencia especular, en cuya virtud el reflejo clónico del ser vivo “encarnaba”, valga el barbarismo, en otro distinto e idéntico, separado pero indiscernible. Un mito como el ideado por Ovidio o Higinio viene, seguro, rebotando de siglo en siglo, pero tiene su origen mucho más arriba, allá donde la noche de la Historia se deja clarear por los primeros albores, en la mente de un hombre todavía lo bastante primitivo –es decir, ‘ingenuo’, ‘libre’– para penetrar, en la íntima experiencia de la especie, en los arcanos escondidos de la esquiva Naturaleza, aunque aún sin otra perspectiva mental que la que le tiende, como un misterioso pero seguro puente, el pensamiento mágico. ¿Por qué imagina ese hombre auroral el portento de la bisexualidad que tan raro se le hace hoy al racionalista baqueteado en la secreta guerra de los sexos? El otro día, contemplando la réplica de ‘Hermafrodito’ que el cardenal Borghese hizo esculpir en sustitución del que hoy vemos en el Louvre, me asaltaba una vehemente ilusión de la preeminencia del mito, de la constancia de su antigüedad y, cómo no decirlo, del placer de su perenne belleza.