Canallesca realidad

Cuesta aceptar las cifras ofrecidas por la propia Policía en relación con el operativo que ha logrado desarticular una macroorganización delictiva dedicada a chulear a mujeres inmigrantes/esclavas: eran 2.000 las prostituidas a la fuerza. Y en Almería, es decir, en un ámbito relativamente reducido donde la existencia de semejante red prostibularia no tenía más remedio que constituir un  secreto a voces. ¿Cuántas similares habrá en Andalucía, quién pueed afirmar que no las haya? Da pena escuchar el testimonio de los propios investigadores cuando descubren que las mujeres liberadas vivían como auténticas esclavas y sometida aun control férreo, porque uno se pregunta cuándo se enteró la autoridad de esa circunstancia tremenda y cómo es posible que, incluso con anuncios de néon en la fachada, semejantes crímenes pasen desapercibidos. No vale aquí lo de “bien está lo que bien acaba”. En un país civilizado debería garantizarse que no ocurren salvajadas semejantes y menos a la vista de todos.

Condena por ‘mobbing’

Esta vez no hablamos de imputación (caso Cejudo) ni de denuncia (caso Cejudo/Parralo) sino de condena del TSJA, bien que actualmente recurrida, Los condenados vuelven a ser un ex-delegata de Empleo de la Junta, Manuel Alfonso Jiménez, y el actual responsable de Educación, Manuel Gutiérrez, vaya por Dios, que parece que a este hombre lo persiguen los líos judiciales. Un caso, además, triste y vergonzoso: la burla y el sarcasmo continuado contra un trabajador disminuido psíquico que ha acabado con una minusvalía del 66 por ciento. ¡Y son los números 2 y 4 de la lista de la candidata Parralo! Verdaderamente alguien está haciendo las cosas con los pies en este negocio que es la cuarta intentona del PSOE onubense por reconquistar la alcaldía perdida. 

La pata quebrada

En Valencia se está celebrando un congreso para dilucidar qué está ocurriendo en la tragedia de los malos tratos, qué podría hacerse en su remedio y hasta qué punto debe considerarse fracasada la normativa vigente en la materia, en especial, la famosa ley que fue, en su día, el parto de los montes. Es lo menos que puede hacer la sociedad ante la evidencia de que el problema se le ha ido de las manos a las autoridades y que aquí, aparte de aguardar junto al teléfono la denuncia de un nuevo atropello, poco se puede hacer y menos se está haciendo. Es cierto que puede que en el fondo de esa barbarie latan ideas ancestrales, materiales psíquicos fósiles pero de uso corriente, entre ellos la colección de prejuicios machorros que no dejan de sospechar que tras la ola de parricidios que estamos viviendo subyace algún género de culpa por parte de las víctimas. Lo prueba que antier mismo otro juez –a medio minuto mental, sólo que con estos graves años encima, de aquel otro que disculpó una agresión porque la agredida llevaba minifalda– ha absuelto a un marido maltratador que durante años torturó a su pareja, según parece, de palabra y obra, con el argumento triste y desconcertante de que no es imaginable ese calvario tratándose de una universitaria a la que se le supone caletre sobrado para sacudírselo de encima. Echen cuentas, en cualquier caso, y comprobarán que la frecuencia de mujeres asesinadas constituye un hecho previsible y consolidado sobre el que para nada ha incidido la cacareada ley de protección que iba a salvar a las hembras de estos bestias primitivos. Conforme con el PP en que esa ley vigente no ha servido para maldita la cosa, pero no puedo compartir su comentario de que las medidas del actual Gobierno resultan insuficientes porque tampoco el anterior, es decir, el suyo, adoptó las precisas y adecuadas. No se le puede hacer peor servicio a esta causa sangrante que politizarla, mejor dicho, partidizarla, y eso es justamente lo que viene haciendo nuestro providente Congreso desde que tuvo a bien hacerse cargo del problema.
                                                               xxxxx
Conviene repetir que esta calamidad no es española sino europea, incluso que las cifras de la tragedia española son menores que las que afligen a los cultos y civilizados países de por ahí arriba, incluidos algunos escandinavos. También, que el desafío de los parricidas expresa, sobre todo, su íntimo sentido de la impunidad, el convencimiento de que, con el actual sistema penal y penitenciario, esos crímenes abyectos salen “baratos” a los bárbaros que en unos pocos años –como hace semanas decía uno de ellos en público– andarán campando de sus respetos mientras sus mujeres crían malvas. Sí, ya sé, este argumento no es sino un insolente ‘reflejo de orden’ propio de espíritus reaccionarios, como el mío, sin ir más lejos. Pues vale, pero ahí tienen sus Señorías los datos, una mujer avasallada cada tres o cuatro días, cruentos modos de matar, indiferencia de los asesinos, incluso cierta tibieza de la sociedad frente a ese tipo de situaciones temibles que han llegado a ser habituales. No tengo ni idea de que nuevas pueden discutir los sabios en ese congreso valenciano ni en qué medidas piensa un Gobierno fracasado de plano contra este desafío ante el que no ha sido capaz ni de articular un sistema de control mínimamente fiable de los maltratadores. Claro que esta vez el fracaso no es exclusivo del Gobierno sino participado por la insolvencia parlamentaria y un trabajo judicial que, entre otras cosas, no acepta –con razón– una ley absurdamente discriminatoria. Y por la sociedad, por este pueblo mansueto que traga lo que le vayan echando, hasta aceptar que le maten sus mujeres a tan módico precio penal. Como uno no es penalista debe andarse con pies de plomo en este tremedal pero anoten la sugerencia de la cadena perpetua para el parricida como remedio no ensayado. De haberse establecido a tiempo, muchas de las ausentes quizá pudieran leer ahora estas líneas y hasta darme la razón.

Engaño masivo

¡A buenas horas va a intervenir la abogacía del Estado en el mangazo de Delpho! Un Gobierno puede navega ante una catástrofe como ésta (es lo habitual) esperando, como decía González, a que escampe y salga de nuevo el sol. Unos sindicatos pueden vivaquear a la sombra del Poder munífico que les larga ayudas milmillonarias anuales y luego apuntarse al bombardeo por un día. Lo que no tiene un pase es que se camele a sabiendas a miles de trabajadores desesperados, que se les diga que el Gobierno “no les va a fallar” desde el convencimiento claro de que poco o nada tiene que hacer, a estas alturas, el Gobierno. De hecho, el Gobierno y la Junta, junto a los sindicatos mayoritarios, les han fallado ya de plano al no enterarse (¿) del plan de esa multinacional que, durante años, han venido poniendo en evidencia sus turbios manejos. Y ya el colmo es que ZP se saque da la chistera el ectoplasma de Santana o la gestión de la crisis naval porque eso suena directamente a tomadura de pelo. Están engañando masivamente a los despedidos de Deplhi. Hasta empieza a escucharse por ahí cierta campaña contra ellos que no hay que ser un lince para ver de dónde viene. 

¿Candidata mandada?

Continúa,  como es natural, le comentario sobre la defenestración de Andrés Bruno Romero, “la apuesta de Parralo” ante la Asamblea (“O con él, o no voy yo”, cuentan que dijo entonces), el “mejor urbanista de Andalucía” según sigue diciendo la candidata, pero al que han echado por las brava y sin previo aviso “por razones de edad”. ¿Razones de edad? ¿Y Chaves, y González, y Guerra y…? Es verdad que ZP prometió en falso, al llegar, la limitación de mandatos, pero también lo es que ahí tienen a los ‘barones’ supervivientes. Y en fin de cuentas, ¿de qué se trata, de la edad propiamente dicha o del tiempo en el cargo? Porque si es de lo útlimo, Barrero y su sanedrín tendrían que ir pensando en renovarse antes que Andrés Bruno, un fiel al que han dejado tirado como una colilla siendo, según reconoce la misma candidata, un portento. ¿Una candidata o una mandada? Don Barrero, doña Petri, don Cejudo y cía. acaban de darle a esa candidatura un golpe del que le va a costar recuperarse.

El deseo medido

Un fabricante de condones ha encargado una amplia encuesta (26.000 encuestados en 26 países) sobre la satisfacción sexual que ha dado, como suele ser habitual, un resultado poco halagüeño. Parece ser que menos de la mitad, sólo un 44 por ciento del total sondeado, se muestra razonablemente satisfecho de sus trajines, aunque la cosa varía gravemente de país a país como lo prueba que mientras en la culta Francia esa satisfacción apenas alcanza a una de cada cuatro personas y en Japón ni siquiera llega a un 15, en la Nigeria profunda, abismados en el submundo de la negritud, casi siete de cada diez se muestra contento con lo que tiene. Entre los 165 festejos por año que confiesan los lúbricos griegos y los 50 escasos declarados por los japoneses, los investigadores sitúan en una media de 100 las relaciones sexuales ciertamente muy desiguales en muchos aspectos pero, sobre todo, en la duración, pues lo averiguado por la encuesta indica que, sobre una media de 18 minutos, ésta viene variando entre los veloces hindúes que se las avían en 13 hasta los nigerianos de marras que parece ser que le echan al evento muy cerca de media hora. Extrema es también la diferencia espacial en lo que se refiere a la plenitud de los encuentros, ya que a la hora de reconocer el fracaso orgásmico resulta que habría un abismo entre la población occidental –desde el Mediterráneo hasta Sudáfrica y desde México a Holanda– y los pálidos pobladores del Oriente lejano. Sólo un chino de cada cuatro reconoce completar con éxito sus relaciones sexuales (de pareja, se entiende) y ni que decir que decir tiene que las diferencias son mayúsculas si comparamos los resultados masculinos con los obtenidos por las hembras. Hay, en definitiva, un grado moderadísimo de satisfacción entre la especie humana que, sobre todo en zonas desarrolladas y cultas, atribuye el fracaso de su intimidad a la adversidad de un medio que inhibe el instinto y dificulta la relación íntima. Yo no sé, la verdad, pero tentado estoy de recordarle a los encuestadores la advertencia de Bataille (que se dedicó al tema, como saben) en el sentido de que la práctica del amor es algo tan enojoso y difícil precisamente porque aquel no es más que el deseo de algo a la medida de la totalidad del deseo. Tiraba con bala, aquel jodío.
                                                                   xxxxx
Me ha llamado la atención especialmente la confirmación –dolorosa, por supuesto– de esa desadecuación entre los sexos que es corriente atribuir a la impericia pero que vayan ustedes a saber. Enterarnos, por ejemplo, de que en el sondeo en cuestión se percibe con claridad que la nostalgia monógama es mayor entre las hembras que entre los machos nos remite al viejo ‘dictum’ –canalla pero qué duda cabe que certero– que establece que los tíos suelen llevar el corazón en el sexo mientras que las jais llevan el sexo en el corazón. Pero el tema, en su conjunto, pierde mucho si se desmenuza hasta perder de vista que lo verdaderamente difícil es entender de una vez que una cosa es el sexo genuino, reproductivo y funcional, y otra ese amonal delicado y explosivo a un tiempo en que las civilizaciones lo han convertido con el tiempo. El propio Rousseau, que había tenido sus más y sus menos en este negocio, diría en el ‘Emilio’ (cito de memoria) que, en realidad, nacemos dos veces y no una sola, la primera para existir, es decir, para la especie, y la segunda para el sexo precisamente. Ardua cuestión, el sexo, estadísticas aparte. Se ha dicho que a la hora de enfrentarse a ese misterio natural, la gente sencilla resulta demasiado simple mientras que las personas inteligentes quizá no lo son lo bastante, como queriendo expresar la índole problemática, laberíntica muchas veces, de ese instinto que solemos tomar a la ligera como si se tratara de una pulsión elemental. El amor es lo esencial, el sexo no es más que un accidente, decía el heterónimo de Pessoa. Así le fue a él.