Quién quema el monte

A bombo y platillo ha presentado la Junta su “plan inteligente” para luchar contra los incendios forestales. Se trata de un ingenio que centralizan en una pantalla todos los medios (las “utilidades técnicas”, dicen ellos) disponibles en un momento dado para combatirlos, incluyendo disponibilidad de los retenes, capacidad y emplazamiento de los depósitos de agua, distancias y tiempos estimados para los apagafuegos y otros aspectos. ¿Habrá que pensar que hasta ahora la Junta ha funcionado a ciegas, será posible que mientras ardían dos provincias, como hace tres veranos, los responsables (¿) no supieran con certeza con qué fuerzas contaban, de cuánta agua disponían y a qué distancia estaban los recursos? ¿Y los montes, se limpiarán, por fin, los montes a fondo, dejarán el campo de ser una tea dispuesta por la incuria y el abandono? A la vieja pregunta publicitaria de “¿Quién quema el monte?” le cuadran muchas respuestas. De lo que no estoy nada seguro es de muchas de ellas le gustaran a la Junta. 

Batas blancas

Mal va la Sanidad en Huelva, no de ahora sino desde hace mucho, aunque especialente mal en la “era Pozuelo”, ese ‘delegata’ zombi puesto en el pimpampún por el partido para quitarle los pelotazos onubenses al consejero/a de Sevilla. Las huelgas intermitentes que mañana comienzan en las urgencias del ‘Juan Ramón Jiménez’ no pueden estar más justificadas tras el desdeñoso silencio de la Junta a los requerimientos de los sanitarios responsables de esos tercermundistas servicios de urgencia. Y las protestas hospitalarias por las agresiones a profesionales (tres en un mes) que se están produciendo en el ‘Infanta Elena’ como reacción a la indiferencia de los políticos ante esta crujía fatal que padecen médicos y profesores, agredidos cada dos por tres por el último mindundi que llega cabreado al centro. La clave del desastre sanitario onubense está en la centralización de Sevilla. Mientras nos castiguen con ‘delegatas’ marionetas, no es nada probable que se replantee siquiera. 

El dios hembra

No es ninguna novedad que en estos tiempos confusos se están prodigando por ahí versiones estrafalarias de la Biblia en las que le viejo texto sirve apenas de sostén de ocurrencias y percha de extravagancias. En una aparecida en Alemania no hace mucho tiempo se intentaba la “demotización” radical no sólo de la materia mítica sino del lenguaje textual hasta el extremo caricaturesco –fuertemente contestado por los cristianos de aquel país– de que en el prodigio de la Multiplicación no habrían sido panes sino hamburguesas (¡) el alimento que bastó para alimentar a la desfallecida muchedumbre. Pero ahora anda por ahí una nueva versión, elaborada en la Iglesia Evangélica de Nassau y Hesse por cuarenta y dos mujeres y diez varones, en la que lo que se propone es adaptar el texto sagrado al lenguaje “políticamente correcto” en cuanto se refiere a la eliminación de ciertos acentos utilizados por el antisemitismo y, en especial, en el intento de depurar toda la materia mítica de resonancias masculinas, sin excluir, sino todo lo contrario, la revisión de la naturaleza sexual del propio Dios. La idea de un Dios sin sexo o bisexuado no debe de extrañar para nada en una cultura que procede de civilizaciones basadas en el culto a la que Graves llamó “La diosa blanca” y que, por otra parte, tiene en la aceptación tácita del andrógino primordial su mejor argumento antropológico para oponerse a lo que, en cualquier caso, es una evidencia incontrovertible: que la idea de Dios presente en la Biblia es masculina sin más. No es el Dios de la Biblia, el de Israel –por muy cuestionable que esta idea siga siendo–, uno más entre los dioses de los pueblos vecinos que contraen nupcias con mortales y patrocinan en sus templos la prostitución sagrada, ni son concebibles en la teología fundamental del Antiguo Testamento las estacas baálicas clavadas en el suelo como hierogámico símbolo de la fecundación de la tierra, o aquella mística potencia de la lluvia fecundadora que entrevió magistralmente Buber. El Dios de la Biblia es macho, guste o no, como Astarté es hembra complazca o repugne. Los partidarios de la paridad extrema tienen en su mano algo tan sencillo como tirar la Biblia por la ventana. Reescribirla, en cambio, me da que no va a estar jamás a su alcance ni al de nadie.

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El nuevo texto lleva su idiocia al extremo de obviar la rotundidad del masculino que los diversos biblistas emplearon para referirse a Dios, hasta el punto ridículo de referirse a la divinidad como ‘Ella’ en lugar de Él, ‘la Eterna’ o ‘la Viviente’, saltando gratuitamente sobre la evidencia del sexo de un Dios que se califica con muchos epítetos pero ninguno tan frecuente como el de “Padre”. Léon-Dufour señaló con tino que la relación de la Biblia con su Dios se expresa precisamente en el empleo de esa simbólica sexual que viene a ser un vínculo entre lo sexual y lo sagrado, olvidado ya de las impurezas paganas. Y el apóstol Pablo –a quien alguna de esas redactoras tiene la osadía de “reescribir” con desmañado estilo y peor enjundia– no me parece desde luego el autor idóneo para enmendar esa plana con criterio “de género”, no sólo porque lo que escribió sobre la mujer escrito está, sino porque, al fin y al cabo, él fue quien dijo lo más revolucionario de todo cuando explicó (Gálatas, 3,28) que, en la nueva era cristiana, “ya no hay hombre ni mujer”. Por lo visto esta cosa fenomenal tendría su base y justificación en lo que los reformistas llaman “lenguaje incluyente” que es eso de embarbascarse en el epiceno buscando una voz (en alemán, ‘Kind’) que designa igual al niño que a la niña, como si en el viejo texto no estuviera paladinamente clara la distinción del sexo de los hijos. Dicen que se han vendido ya dos ediciones de ese engendro. Los patriarcas deben de haberse revuelto en sus tumbas fulminados por la inconcebible irrupción del capricho y la moda en la más rancia tradición.

Leña con sifón

No quiere quedarse enteramente al relente el fiscal delegado de Anticorrupción en Málaga a la hora de enjuiciar el papel de la Junta en los desaguisados del “caso Malaya” o del saqueo marbellí. El hombre insiste en que la Junta “no es parte perjudicada”, lo que le impediría personarse como tal en el procedimiento abreviado, pero que bien pudiera hacerlo ejerciendo la “acción popular”. O sea, que está de acuerdo con el leñazo que el juez instructor propinó a la Administración autónoma por cerrar los ojos mientras cobraba una millonada en impuesto por obras ilegales, pero tampoco quiere que la sangre llegue al río. Normal, sobre todo tras los espectáculos últimamente vividos como consecuencia de la actuación “jerárquica” de las Fiscalías, órganos, al parecer, firmes en el primer tiempo del saludo ante le Gobierno que es quien nombra y renombra. De todas formas, se resquebraja la pretensión de Chaves de la ajenidad de Junta y prospera la tesis de la responsabilidad civil de su Admistración. Algo de sentido común, ya veremos si también para la Fiscalía.

Muy fuerte

Se ha dicho ya en “Calle Puerto”: lo de Javier Barrero predicando respeto a la libre competencia mediática ha sido “muy fuerte”. Fuertísimo, tan fuerte que ni ha reparado, seguramente, en que esa requisitoria dirigida contra el “caso Polanco” y el llamado ‘boicot’ del PP, ha tenido que caer en barbecho en una ciudad alegre y confiada en la que hace tiempo que estas pláticas de familia han dejado de interesar a las personas normales. ¿De verdad cree Barrero que un onubense/a puede tragarse sus fantasmadas contra el rival, en serio pretende que alguien crea en Huelva que es el PP y no el PSOE –o sea él mismo– quien mangonea los ‘medios’ por tierra, mar y aire, en su inmensa mayoría, quien los posee por personas o instituciones interpuestas, quien los vende a sus “amigos políticos” con cláusula de pródiga ayuda incorporada o quien trata de asfixiar a las que osan mantenerse en actitud crítica? Este asturiano debe creerse que aquí somos tontos y no sabe que en esta Onuba, ancestro de Occidente, el más tonto hace un reloj.

El estado deudor

Este año me he saltado el 23-F de Rumasa. Circunstancias, y también –no lo niego– cierta desazón, cierto cansancio. No hay modo de olvidar ese expolio, en cualquier caso, porque los datos que nos asaltan una semana sí y la siguiente también son tremendos y –volveré a insistir en ello– por pura resistencia a la inevitable rutinización de lo repetido. No hay noticia ni asunto que no se desgaste y acabe deshaciéndose –“ya escampará”, fue el lema del gonzalismo, recuerden– en el yunque de la insistencia, y no cabe duda de que el Estado, o sea, este Gobierno, el anterior y el que hubo antes, han actuado concordes en el caso Rumasa sobre la base de que la única salida posible, tras al baño judicial recibido por la Administración, era aplicar el viejo lema liberal, “laissez faire, laissez passer”, y aguardar a que amainase. Que se puede expoliar impunemente en este país –lo han pronunciado así los tribunales–, que de poco vale el derecho cuando la parte obligada es más fuerte, son cosa que hemos visto repetidamente en esta democracia cojitranca, incapaz de ejecutar una sentencia que perjudicaba a un magnate de los ‘medios’, otra que condenaba a un Parlamento en rebeldía o, en fin, ayer como quien dice, incluso de castigar como merece a un secuestrador contumaz defendido a capa y espada por la Fiscalía de un delito de exaltación del terrorismo. O se puede hacer lo que se ha hecho con Rumasa, aquel farol auroral del “socialismo a la violeta” que sin más ni más expropió el mayor grupo empresarial de España para reflotarlo luego como mejor convino con dinero público y revenderlo ya saneado, a los amigos del Poder. No es cosa de repetir una vez más la odisea procesal seguida por los expropiados –cientos de pleitos ganados en primera instancia y en el TS– sino de señalar el hecho curioso de que se acepte como normal esa estrategia dilatoria de un Estado que debe a una familia varios billones (billones, digo) de pesetas. Algún día puede que la opinión comprenda que en este negocio el fuero era tan importante como el huevo.
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Vivimos días como para recitar cada mañana el dilema de Paul Valéry: “Si el Estado es fuerte, nos aplasta; si es débil, perecemos”. Lo que no previó el poeta fue un Estado capaz de reunir ambos defectos, como éste que estamos deshaciendo entre todos, “tan duro con las espigas,/ tan blando con las espuelas”, una potencia intratable o sumisa a un tiempo según los vientos que soplen. Con Rumasa, por ejemplo, este Leviatán reversible lo tiene claro: esperar, darle tiempo al tiempo. ¿Qué la retasación que está haciendo el expoliado sólo de los edificios de su división bancaria (1.200 oficinas ubicadas en lugares de excepción) bien pueden alcanzar hoy el valor de un billón más? ¡Y qué! ¿Qué a los accionistas minoritarios de Galerías Preciados se le estén abonando (no aquel amiguete comprador, ¿recuerdan?, sino usted y yo) la friolera de 20.000 millones de euros en concepto de intereses de demora con cargo a un socorrido Fondo de Contingencia? Pues se paga y a otra cosa.  A la familia expropiada, ni agua, y todos tan tranquilos, como si ese expolio no nos concerniera a todos. A veces he pensado regalarle a Ruiz-Mateos el “Así habló Zaratustra” subrayándole la frase donde Niestzche se explayaba con tanta rabia como lógica: el Estado es el más frío de los monstruos fríos: miente fríamente y su gran mentira consiste en hacernos creer que Estado y Pueblo son la misma cosa, esto es, que sus actos son nuestros no sólo por delegación sino por algo así como un efecto hipostático. Nosotros, por ejemplo, habríamos expropiado a Rumasa aquel 23-F, no “ellos”. No me acuerdo quien decía, evocando la guerra de Troya, que el supremo privilegio del poder consiste en ver las catástrofes desde la terraza. Quizá. Pero un día habrá que pagarle a estos expropiados o éste no será un Estado de Derecho tampoco en el plano civil. Y ese año, aviados vamos con la declaración de la renta.