La cosa pública

Me ha extrañado la noticia de que una política veterana como Rosario Ballester, actual ‘delegata’ de Turismo y Deporte aparte de antigua alcaldesa de Moguer, haya caído en la tentación de construirse un chalé en zona rústica y sin licencia, o mejor dicho, al amparo de una licencia de obra menor para hacer un cobertizo en el que guardar aperos de labranza pero que ella ha utilizado para labrarse su casa. ¿Hasta la “vieja guardia” del partido baja ya la ídem y se deja tentar por la sierpe del manzano? No pierdo la esperanza de que Ballester desmienta fehacientemente el enredo, aunque sea por no perder definitivamente la fe en todo quisque. Pero si no lo hace, deber ser tratada por la ley y la Administración con la misma dureza que lo son los ciudadanos de a pie. Antier mismo hemos visto en El Terrón a qué extremos de rigor violento puede llegar la Administración en defensa de su pretendido fuero contra un peatón. Mañana veremos como se las gasta con el chalé de una delegada y antigua alcaldesa con tan mala memoria.

El precio de las cosas

No cabe duda de que nada en el show televisivo servido en bandeja de plata por TVE a ZP podrá competir con el clamoroso resbalón sufrido por el presidente ante la pregunta de un guasa que trataba de saber si quien nos gobierna sabía de verdad lo que las cosas valen en la calle. Su afirmación de que un café cuesta hoy 80 céntimos ha dado lugar a un tsunami cuyas últimas ondas detecto incluso en periódicos lejanos, como si esa ignorancia venial tuviera alguna importancia fuera de su proyección simbólica. El presidente Johnson comenzó algún discurso célebre con una alusión al precio de los garbanzos que no dudó en atribuir a la información de su esposa, seguramente convencido de que otra cosa, esto es, haber demostrado una información cabal del precio de las legumbres en el mercado, tal vez no hubiera contribuido favorablemente a su imagen un país con un psiquismo tan reciamente instalado sobre la división sexual del trabajo. También Fraga, allá por los penúltimos 80 si no me equivoco, armó una divertida marimorena en el Congreso cuando le espetó a los jóvenes turcos de ambas bancadas que ya estaba bien de hablarle al pueblo soberano –los diputados suelen olvidar que cuando hablan en la Cámara al pueblo hablan y no entre ellos– de PIBs y PINs, de fluctuaciones del mercado de valores o de los prodigios del valor añadido sin humillarse nunca al rasero cotidiano para hablar de cosas que de verdad pudieran interesar al gentío, como el precio de los garbanzos. Fraga fundaba su realismo en los garabatos del albarán y, como un almotacén o zabazoque cualquiera, consideraba crucial esa guerra de los precios que tiene en la historia económica española tan larga tradición desde el sabio don Pedro de Valencia hasta ilustrados tan señeros como Ustáriz o Campany. Va a quedar para una temporada el fallo de ZP y, sobre todo, la réplica guasona del preguntante –“¡Eso sería en tiempos del abuelo Pachi!”–, cuya trascendencia intencional no es difícil deducir, pero en buena ley hay que decir que elegir ese despiste en semejante constelación de guiños y obviedades no deja de ser ingenuo por parte de los críticos.
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 Quizá el incidente presidencial debiera servir a mejor causa tomándolo como ejemplo de la distancia insalvable que separa al político en ejercicio de la verdad de la realidad de la vida, es decir, del precio de los garbanzos, de lo que una vivienda cuesta realmente (no del que se le dice al notario) o, en fin, de lo que en cualquier bar que se nos ocurra entrar van a cobrarnos por un cafelito desde que, con la llegada del euro, el sector redondeó al alza todo lo que pilló a mano. Hay muchos políticos que se las ven y se las desean cuando son cesados para meter la marcha atrás del coche, acostumbrados a viajar cómodamente en el asiento de atrás, y los hay, por supuesto, a los que más de un millar de pasajes gratis total les parece una gollería sin la menor importancia. Y eso sí que cuenta: el alejamiento efectivo de lo real que la política provoca, el abismo insalvable o casi que se interpone entre la realidad regulada y sus reguladores, la inquietante ignorancia de la necesidad efectiva del contribuyente que padece la mayoría de nuestros próceres de ambos sexos. A mi, insisto, no me parece que lo más tontorrón o incluso hilarante que dijo ZP a su auditorio a la medida fuera eso del precio del café que tanto está dando que hablar en tertulias y mentideros. Más me preocupó las estudiadas respuestas precocinadas a cuestiones obviamente difíciles de detallar a pelo por un presidente, lo mismo con Urdaci que con Milá, por no citar a los grandes comisarios a los que la vigorosa democracia ha logrado sobrevivir. Entre una derecha realista que lleva la cuenta del coste de los áridos y los avíos de la olla podrida, y una izquierda que se demuestra ignorante de lo que vale un café, no sería extraño que la incomunicación acabe informándonos, como en China, de lo que cuesta una bala vengativa.

Aló, presidente

O yo entendí mal sus palabras o el presidente Zapatero dijo en la más o menos paródica entrevista masiva organizada antier por TVE que, hablando de las corrupciones, había que recordar que para que se desvelara el caso por antonomasia, es decir, el “saqueo de Marbella”, había sido preciso que “ellos”, es decir, el PSOE llegara al Poder. Hombre, y eso es olvidar, primero, que González sabe mucho de una Marbella a cuyo alcalde Gil auspició bajo cuerda e indultó luego a las claras, y segundo, que según el juez instructor de ese macrosumario, la Junta de Andalucía, presidida por el Presidente del PSOE, Manuel Chaves, en absoluto puede presentarse como “perjudicada” habida cuenta de que, en realidad, fue “beneficiaria”, a través de los impuestos cobrados, de tan enorme mangancia. Algo que comparte el propio fiscal delegado de Anticorrupción en Málaga aunque, como es lógico y natural, bajado el diapasón. A muchos andaluces esa respuesta debió darles una clave útil para interpretar las demás contestaciones.

Arriba el telón

Ha comenzado su serie de entrevistas ese gran profesional preterido que es Errnesto Seijas sometiendo al controvertido alcalde de Isla Cristina, Francisco Zamudio, a un interesante cuestionario que nos da la medida de lo que han de ser sus futuras entregas. En cuanto a Zamudio –listo como el hambre, eso no hay quien lo discuta– hay que decir que lleva razón cuando se planta municipalista con energía pero no tanta, quizá ninguna, cuando sostiene que él acata la disciplina de su partido cuando lo cree conveniente y no cuando no lo cree. Entre otras cosas porque Zamudio, como todos, nació a la política en una lista cerrada y eso, en buena lógica y estricta responsabilidad moral y política, obliga a integrarse en la estrategia del partido. Se puede rechazar el sistema –negarse a concurrir si no es en lista abierta– pero, evidentemente, ése no es el caso ni de Zamudio ni de ninguno. Su operación Giahsa fue una maniobra personalista respecto a la cual lo raro es que él se extrañe de que fuera interpretada como un guiño al PSOE.

Cigüeñas y gaviotas

Parece que hace unos años que las cigüeñas y gaviotas han dejado de emigrar. Ya no van y vuelven hasta África huyendo del frío y la carestía sencillamente porque han descubierto en las ciudades un excedente alimentario muy superior al que pudieran proporcionarles sus más próvidos campos de caza: el que se acumula en los vertederos. Son cosas de la sociedad de la abundancia que tiene su cara mísera en el envés, pero que han sido capaces de cambiar las costumbres de las especies, las viejas taxias por las que han logrado sobrevivir era tras era. Por supuesto, el cambio alimentario está suponiendo modificaciones orgánicas indeterminadas por el momento pero que ya preocupan y ocupan a los especialistas siempre sobre la base de que la alimentación es la clave del paradigma de la vida lo mismo en el ave migratoria que en el hombre de la caverna. Hay mucha materia orgánica, en cualquier caso, en esos vertederos que, como es natural, constituyen ideales campos de aprovisionamiento dado su abandono, tanta que se supone que no habría población predadora capaz de agotarla por mucha glotonería que fuera capaz de desarrollar. Y naturalmente se ha pensado que, si de esa “res derelicta”, que nadie va a reclamar por definición, pueden vivir las especies irracionales, con mayor causa podrá lucrarse de ella la especia privilegiada que, con su Razón por delante, bien sabrá explotar de la manera más eficiente el tesoro del basural. Un cura esloveno, Pedro Opeka, lleva treinta años en uno enorme que existe en Madagascar, en el que ha logrado asentar una población de dieciséis mil personas y hacer de la “busca”, como diría Baroja, su medio de vida, y como él, me consta que en Brasil o en Argentina, amén de otras regiones arruinadas, otros profetas repiten ese milagro del reciclado alimentario que es, sin duda, un hallazgo de la Madre Naturaleza (ahí están las cigüeñas y las gaviotas) pero también la más obscena exhibición de desigualdad que haya podido experimentar la especie de Epulón y Lázaro.
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En la parisina Casa Europea de la Fotografía se expone estos días una muestra testimonial hecha a base del retrato de la basura de los famosos de Hollywood, desde Liz Taylor a Tom Cruise pasando por Clint Eastwood, con la que sus autores –Bruno Mouron y Pascal Rostain– tratan de representarnos la idealizada galaxia de las “estrellas” por el lado oscuro de sus elocuentes desechos: carísimos cepillitos dentífricos y prohibitivos champús de Madonna, historiados calzoncillos escoceses de Mel Gibson, botellería champanesca de Jack Nicholson y restos de la pizza que Travolta se hizo llevar por mensajería urgente desde Chicago a Los Ángeles. Y eso no es nada, porque leo en ‘The Guardian’ que una cadena de tv ha organizado un “reality show” en un basurero precisamente donde los famosetes deberán aviárselas con el botín de su rebusca, en un insolente ejercicio de pobreza exhibitoria que convierte la lucha por la vida en un puro sarcasmo sobre la base de que la justificación sería probar que “se puede vivir con los desperdicios” dada la cantidad de comida que despilfarra la sociedad opulenta. Para la culta Europa será, pues, un espectáculo lo que para los malgaches del padre Opeka no es sino un estertor diario de supervivencia del mismo modo que la guerra simulada se ha convertido, en muchas ciudades españolas, en un entretenimiento para cierta juventud ‘jet’ fascinada por la atracción épica que la violencia extrema proyecta sobre su íntima y genuina ruindad. Nunca sabrán cigüeñas y gaviotas que su darwiniana (y maltusiana)  adaptación al medio acabarían inspirando un “reality show”, aunque resulte incomparable el mérito del instinto bruto con la repugnante ocurrencia de la razón comercial. No me parece poco significativo, en fin de cuentas, que la ruina moral de la tele haya acabado naufragando en pleno muladar.

Quién quema el monte

A bombo y platillo ha presentado la Junta su “plan inteligente” para luchar contra los incendios forestales. Se trata de un ingenio que centralizan en una pantalla todos los medios (las “utilidades técnicas”, dicen ellos) disponibles en un momento dado para combatirlos, incluyendo disponibilidad de los retenes, capacidad y emplazamiento de los depósitos de agua, distancias y tiempos estimados para los apagafuegos y otros aspectos. ¿Habrá que pensar que hasta ahora la Junta ha funcionado a ciegas, será posible que mientras ardían dos provincias, como hace tres veranos, los responsables (¿) no supieran con certeza con qué fuerzas contaban, de cuánta agua disponían y a qué distancia estaban los recursos? ¿Y los montes, se limpiarán, por fin, los montes a fondo, dejarán el campo de ser una tea dispuesta por la incuria y el abandono? A la vieja pregunta publicitaria de “¿Quién quema el monte?” le cuadran muchas respuestas. De lo que no estoy nada seguro es de muchas de ellas le gustaran a la Junta.