Revelación insólita

La revelación por parte de la Junta de que la multinacional Delphi venía trasladando a otros chiringuitos suyos instrumental adquirido con las subvenciones andaluzas es de las que deberían poner en pie de guerra a los ciudadanos conscientes. Porque ¿cómo es posible que un gobierno regional endose un fortunón a unos aventureros tan sin garantías que ni se ha enterado de con el producto de esa rapiña institucional se estaba financiando a la propia competencia que un día acabaría por destruirnos? ¿Y los sindicatos, tan poco ven los sindicatos tras los cristales ahumados de la pingüe “concertación”, que ni siquiera han detectado este saqueo de la industria subvencionada? Muchas cosas saca a la luz y pone en cuestión el conflicto de Delphi: que la Junta carece de un plan propio de desarrollo, que su sistema de fomento no es más que un gigantesco e inútil salidero en beneficio de cuatro logreros, que la estrategia de “concertación” no es más que un mamoneo institucional para callar, ensordecer y cegar a sindicatos y a patronal.

Treinta monedas

En el tercer puesto de la lista de Valverde irá el comunista Donaire, salvador y paje del perdedor alcalde Cejudo desde las pasadas elecciones. Se repite la historia en el PSOE valverdeño puesto que el propio Cejudo logró auparse al partido hegemónico desde su concejalía comunista, entonces auxiliado por los guerristas a los que más tarde traicionaría con todas las de la ley a cambio de la Diputación. En política, no sólo no se detesta sinceramente, sino que se paga a manos llenas el transfuguismo con la sola condición de que convenga, y Valverde se ha convertido en paradigma de esta regla indigna. Eso sí, IU que no proteste si se ve partida en dos o si se considera burreada por este penúltimo tránsfuga (que ya está en la otra lista, aunque la legislatura no ha acabado), ya que lo normal es que quien siembra vientos recoja tempestades. La única ventaja del descarado anuncio es que los votantes de izquierda en el pueblo ya no podrán llamarse a engaño a la hora de votar ni la cambalachera coalición a la de pactar eventualmente tras los comicios.

La mala memoria

En la tertulia de Carlos Herrera hemos rondado el tema de la descolonización aludiendo a la polémica que ha tenido lugar en Francia. Luego le he echado el fin de semana a perros con las “Memoires d’Empire”, el libro de Romain Bertrand que replantea aquel debate que ha sorprendido por la vitalidad del “revisionismo” dispuesto a desgarrar el tema halando cada cual de su lado, como las ménades del héroe. Hay inquietud en Francia ante esas leyes memoriosas (no sé como traducir “lois mémorielles” en este español cada día más estrecho) y hasta se levantan rente a ellas peticiones de sanedrines y clubes intelectuales que piden su abrogación. Se teme la manipulación de uno y otro bando, y se han dicho al respecto frases efectivamente memorables –“No corresponde al Estado ni al Parlamento ni a los órganos judiciales definir la Verdad histórica”, por ejemplo- al tiempo que se desconfía de los manejos docentes que, entre otras cosas, han provocado la práctica desaparición del tema del pasado colonial. No parece evitable ya este cuestionamiento del anticolonialismo de los años 60 ni fácil que quienes se oponen a la “revisión” cejen en su empeño, pero alguien ha sugerido con agudeza que convendría no perder de vista el hecho de que esa historia cuestionada queda ya lejana y, en consecuencia, más ajena que otra cosa respecto de la gran masa. Voces como la de Bertrand reclaman un repaso sosegado de la cuestión todo lo alejado posible de la visión maniquea surgida al calor del proceso descolonizador mismo, del catecismo canonizado por los viejos maestros como Vidal-Naquet, Chesneaux o Mandouze, pero también del designio de invertir radicalmente el sentido de una crítica que conserva intactas muchas de sus razones. En Francia, por lo menos, todavía quedan energías intelectuales para suscitar estas discusiones siempre arriesgadas. En España no hay más energía intelectual que la que gira centrípeta en la elipse del poder.
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 No tienen más que ver que no se ha oído apenas una voz de altura frente al expeditivo descabello que el presidente del Gobierno le ha dado a la cuestión saharaui al atribuir a Marruecos la propiedad de los bancos pesqueros que jamás fueron suyos. Sobre nuestro pasado colonial lo más que alcanza a interesar es alguna foto de la efemérides de la “Marcha Verde” con el rey Juan Carlos –entonces príncipe heredero y jefe del Estado interino– interpretando el papel asignado en aquella comedia pseudobélica. Reflexiones o debates, pocos, por no decir ninguno, al margen de ciertas protestas estrictamente políticas, y menos, por descontado, en relación con un pasado colonial que está por estudiar, probablemente, aparte de por nuestra insigne desidia, por la cuenta que le tiene a muchos. La gran responsabilidad histórica que como potencia descolonizadora nos corresponde no se plantea aquí ni de refilón al hilo de un análisis de méritos y culpas como el que está teniendo lugar en otros países, no sólo porque la actual política exterior mantiene innegociable su apuesta por la tiranía marroquí, sino porque hoy se percibe con claridad que casi nadie da un duro ya por la protección de los derechos del pueblo saharaui, antaño ejercida por la ONU con el apoyo de España. Ver en un mostrador de librería parisina una muestra de bibliografía sobre este tema caliente evidencia un peso relativo de la opinión intelectual que no puede por menos que darle pena a un español que haya leído los recientes manifiestos de nuestros amaestrados y vulgares “intellos”. Porque este es un país bizarro en el que los intelectuales se manifiestan no contra el Poder –que sería, si no lo suyo, al menos lo habitual– sino contra la Oposición, y eso, qué duda cabe, ya hablaría por si solo aunque no dispusiéramos de tantos otros testimonios de ese discurso de servidumbre. En España vivimos un auge selectivo de una memoria histórica. La larga mano del Poder se ha limitado a practicar la previa lobotomía.

El voto difícil

No hemos llegado aquí, a Dios gracias, a líos como el de Melilla, pero el problema que plantea el voto por correo para las próximas elecciones municipales tiene desbordadas todas las previsiones de Correos unas dotaciones pide el PP con ingenuidad que se refuercen. Lo sabe la Junta Electoral, lo saben las Administraciones concernidas y lo saben los partidos, a algunos de los cuales obviamente beneficiaría un posible aumento de la abstención, del mismo modo que perjudicaría a otros. Una medida concreta hemos conocido: las facilidades que el Ayuntamiento de Almonte dará a los rocieros para salir y entrar en la Aldea para cumplir con su sagrado deber de votar. Todo indica, en cualquier caso, que la capacidad actual de Correos, dadas las circunstancias, es más que insuficiente. La intencionada elección de esa conflictiva fecha puede proporcionarle un buen resultado a los mismos que se quejaban hace nada por la clamorosa abstención registrada en el Referéndum. 

Criterios de excelencia

Curiosísimo los argumentos de la candidata y el muñidor del PSOE para justificar la defenestración de Andrés Bruno Romero. Dice aquella que el defenestrado es, sin duda, “el mejor asesor de urbanismo de Andalucía” y el otro que su sustitución no es más que un movimiento para “perfeccionar” la lista. Ya ven, ellos mismos dicen que echan al mejor, pero lo que cabe preguntarse es en qué lugar queda la candidata/marioneta de la ejecutiva una vez defenestrado quien hace poco se demostró –no sin tensiones internas en el partido– que era su más firme apuesta personal. Hay que insistir en que todo indica que hay nervios y tirones en ese patio, no sólo porque la prospectiva anuncia un nuevo triunfo del rival que los echó del Ayuntamiento, sino porque parece imponerse a toda costa un criterio de mediocridad que tal vez sirva para justificar en su día el previsible fracaso. Romero tiene motivos para el enojo. Lo que dudo es que tenga explicación para lo que le ha ocurrido. 

Divino penacho

Una vieja conocida de los estudios dantescos, Barbara Reynolds, ha tenido la ocurrencia de postular la hipótesis del grifotismo de Alighieri, insinuando incluso la posibilidad de que ‘Beatrice Portinari’, la musa florentina que el poeta retrató cruzando tímida el umbral del Puente Nuevo –“Tanto gentile e tanto onesta pare…”–, pudiera no haber existido, en realidad, sino ser apenas la sombra alucinada de un buen porro o una prueba feliz de mescalina. La crítica tradicional no admite más creación genuina que la inspirada misteriosamente por la Musa, y desde siempre consideró correcto tratar de descalificar el uso de estimulantes a pesar de la demoledora nómina de creadores que en las drogas se han apoyado para realizar su tarea. Siempre recuerdo en estos casos “Hachis”, la obra de Walter Benjamín, que editó aquí el difunto duque de Alba, y en la que aparecían los maestros de la escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno y demás) levantando acta minuciosa en sus protocolos de sus soberbios ‘colocones’, pero ni que decir tiene que no hacen falta ejemplos en una cultura como la occidental (de la oriental mejor ni hablar siquiera) en que el recurso a los psicótropos estuvo siempre generalizado. Fernández Almagro me certificó alguna vez la leyenda de que Valle-Inclán se trajo de México, tras su famosa aventura equinoccial, un sofá relleno de marihuana con la que luego aliviaría sus desventuras encerrado en su piso. Rimbaud era una auténtica botica andante, como su amigo Verlaine, como Lautréamont o Baudelaire, como Huxley o Michaux. A los “soixantehuitards”, como nos llama Vaz de Soto, nos privaba alojarnos en “Le Relais”, a la vera de Saint Michel, para rememorar ‘in situ’ la odisea psicodélica de los “beats” como Ginsberg, Peter Orloswki, Kerouac o Borroughs, una panda de ‘pringaos’, en este sentido (y en todos), si hubieran de compararse a drogotas de mayor cuantía como Niestzche, el maestro Poe, Antonin Artaud o el delicioso Stevenson que amenizó nuestra adolescencia. Un tío como Ernst Jünger –capaz de gustarle a un tiempo a Hitler y a Alfonso Lazo (o a mí)– le daba a lo que pillaba a mano aunque con una metodología tudesca bien distinta de los desórdenes vitales de un De Quincey. Curioso: ninguno de estos puritanos de la creación protesta contra los dipsómanos. La ministra Salgado debió tener en cuenta este dato antes de tratar de imponernos la ley seca.

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Una de las “pruebas” aportadas por Reynolds es, según parece, el hecho de que Dante se comparara a sí mismo con Glauco –el héroe convertido en dios marino por la virtud de una yerba mística, del que todavía en tiempos de Pausanias se conservaba legendaria memoria– lo que da una idea de la debilidad de su montaje. Lo que no sé es de dónde se saca lo de la mescalina, ese derivado del áloe vera, hoy tan de moda, que bien conocía el doctor Laguna, el médico del Emperador, como prueba el comentario que dejó escrito en margen en la “Materia médica” de Dioscórides. Ni lo sé ni me importa, por supuesto, porque valoro en poco estas versiones paramaterialistas que amagan y no dan, por lo general, en el blanco crítico. Hay muchas cosas falsas alrededor de Dante, empezando por la tumba espuria que se visita en la ‘Santa Croce’ de Florencia o la dudosa que ofrecen como auténtica al turista en Rávena, como hay circulando por ahí (más de 50.000 pamplinas sin salir de Internet) una avalancha de basura esoterista sobre un autor ya estudiado con rigor, entre otros, por Carlyle, Carducci o Papini, y la belleza de cuya obra inmensa no ha de alterar esta absurda pesquisa sobre el uso eventual que el poeta hiciera de los noótropos disponibles en su tiempo. “Tanto gentile e tanto onesta pare/ la donna mia quando ella altrui saluta…”. Si verdaderamente esa escena memorable fue el producto de la droga habría que darle al ‘camello’ un propinón y las gracias más rendidas.