Máximos y mínimos

Tanto decir que la nueva carta andaluza era un Estatuto “de máximos” que no dejan de llamar la atención los primeros frenazos de la Junta a la hora de aplicarlo. La llamada “deuda histórica”, mismamente, ya ni está tan clara –ahora la niegan en público hasta los intelectuales orgánicos más acreditados– no es tan urgente como para que no se pueda pagar a plazos. Y en cuanto a la Agencia Tributaria –otro trasplante catalán–, nada de autonomías profundas sino la “colaboración más estrecha” entre el futuro órgano regional y el de toda la vida, que el Gobierno conservará, al menos de momento. ¿Qué máximos eran esos, aparte de las utopías y los brindis al sol? Es probable que la aplicación de ese Estatuto con tan escaso respaldo popular vaya descubriendo sin remedio la falacia en que se ha basaba la desmedida y fracasada campaña de la Junta y sus aliados. Mientras, claro está, el modelo catalán se estira y, en efecto, fuerza máximos incluso por encima de la letra escrita. Un fiasco tras un fracaso. Si ése es un balance aceptable, que venga Dios y lo vea.

La ‘delega’ ni se entera

Tras la importante denuncia de los ecologistas y con muy buen criterio, la Guardia Civil ha puesto bajo estrecha vigilancia el polvorín de las minas de Riotinto, abandonado a suerte por los explotadores (nunca mejor dicho) de la etapa anterior, una medida mucho más apropiada que el anunciado propósito de la alcaldesa de “comprobar” qué hay depositado en él, que desde luego, no ha de ser nada bueno. Cuando estamos viviendo el espectáculo inconcebible de las circunstancias que hicieron posible la matanza de Atocha, la simple idea de que en ese polvorín tal vez hayan estado al alcance de cualquiera materiales altamente peligrosos resulta descabellada y descalifica, además, la imagen de una subdelegación del Gobierno que no cae en la cuenta de riesgos an graves como elementales. Si se llegara “comprobar” que, en efecto, hay explosivos en la mina a disposición del primer insensato o criminal que se de una vuelta por elle, habría que pedirle a esos responsables gubernativos algo más que unas excusas formales.

El canguro de Noé

No descansa la carcundia americana, especialmente esa división creacionista que tan descomunal batalla mantiene con las huestes del evolucionismo darviniano, es decir, con la práctica totalidad de la comunidad científica contemporánea, descontados de ella los cerebros que Arthur Clarke –el novelista de ficción cuya imaginación abrió el camino a la comunicación por satélite o al llamado “ascensor espacial”– ha calificado alguna vez, con las del beri, como “teocientíficos”. Ya conocen la pelea que se traen los fundamentalistas en las escuelas yanquis de las que han logrado ya en ocasiones suprimir por las bravas la enseñanza de la “teoría de evolución” cuando no condicionarla severamente sobreponiéndole la vieja teoría del “modelo inteligente”, es decir, el dogma de la creación “ex nihilo” (esa grave aportación del judaísmo a la cultura de Occidente) tal y como es consagrado en el “Génesis”. Pero ahora se trata de controlar también la difusión cultural en Internet, y en concreto, de contrarrestar la influencia creciente de ‘Wikipedia’, la famosa enciclopedia ‘on-line’, considerada por el integrismo neocom como un instrumento sibilino puesto al servicio de la lucha contra el viejo dogma y el ideal americano no se sabe bien por qué oscuras potencias del Mal. Y en efecto, un abogado y escritor notorio, Andy Schlafly, bien conocido por su militancia religiosa, ha tenido la idea de contraponer a aquel proyecto enciclopédico una “versión alternativa”, ‘Conservapedia’, sin otro fin que contrarrestar sus celebrados efectos por otros declaradamente parciales y que renuncian de modo expreso a cualquier fundamento que no sea el magisterio bíblico o la enseñanza eclesiástica. Un canguro, por ejemplo, no es en esta contraenciclopedia, como era en la anterior, simplemente el prototipo de los macrópodos descrito por vez primera por el capitan Cook, sino que sería el descendiente de la colonia de marsupiales que el desdichado Noé embarcó previsoramente en su Arca para burlar la catástrofe del Diluvio, y un homosexual, por su parte, no pasaría de ser un simple apestado sobre el que pesa la bíblica sentencia de muerte, ya saben, la que anunciaba (¿o proponía?) que su sangre cayera sobre su cabeza. Un canguro, un homosexual: no les digo nada si se les ocurre preguntar en esas páginas que cosa sea o fuere un comunista.
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 El propio presidente Bush, esa minerva, es partidario de reconsiderar la ominosa idea de que una especie como la nuestra, divina y humana a un tiempo, viene de arriba abajo desde el pez que salto a la orilla al chimpancé, balanceándose en la liana de una filogénesis que desde un principio ofendió a los “espíritus sensibles”. Pero más inquietante me parece el hecho de que una también creciente legión de americanitos medios –hay ya varios Estados, insisto, en los que rige la proscripción escolar de esa teoría científica– vaya sumándose al proyecto hasta ahora hibernado bajo el casquete incontestable de la evidencia científica y del progreso de ella derivado. Los EEUU son el gran país tocquevilliano de Poe y Faulkner, la patria de acogida de Einstein, la tierra de Walt Whitman y la patulea de premios Nobel, la democracia capaz de derribar presidentes tramposos o de salvar cal planeta de las tiranías…, pero también, ay, el solar oscuro del ‘pogrom’, el bárbaro teatro del KKK, la reserva del patriotismo imperialista que comenzó con la “doctrina Monroe” y va ya por la doble debacle de Afganistán e Irak o del insensato proyecto de sustituir el Pensamiento por la Revelación, así por las buenas, yendo a buscar el canguro al Arca o lanzando el cantazo sobre el sexo distinto que, por cierto, fue considerado enfermedad oficialmente hasta no hace más que unos treinta años. Muchos críticos han señalado la ocurrencia de ‘Conservapedia’ de fundar el elogio de Newton en que vivió soltero y murió virgen. Descontado lo segundo, lo primero, en fin de cuentas, a uno no le acaba de  parecer tan mal.

Pobres enseñantes

Otro estudio sobre la situación del profesorado andaluz, en esta ocasión para comparar un grupo de docentes sanos con otro de compañeros enfermos y afectados por bajas laborales a consecuencia de la depresión y la ansiedad. Los estudiosos concluyen que nada de abusos de alcohol o efectos del tabaquismo, sino que lo que cuenta es el efecto puro y duro del ambiente hostil en que vive el colectivo de profesores, frecuentemente “quemado” por la indisciplina del alumnado, el exceso de trabajo y responsabilidades o la insatisfacción laboral provocada por un sistema desmotivador al máximo. Son ya muchos los avisos y muchas las alarmas que se han encendido para denunciar este problema clave de la convivencia en nuestra comunidad, sin que la Junta se dé siquiera por aludida si no ha sido para afectar indiferencia o inhibirse, de manera escandalosa, de aceptar la personación en los procedimientos seguidos contra agresores de docentes. Ahí tienen uno más que, seguramente, servirá de poco. Para la Junta los pobres enseñantes no son más que un incordio imprescindible.

Más sobre el lince

¡Albricias! Sepan cuantos onubenses vieren y entendieren, tengan o no satisfechas sus legítimas necesidades por la Junta providente, que este año del Señor los linces han comenzado a aparearse antes de lo previsto por sus cuidadores (lo de mamporreros sería tal vez excesivo aunque no disparatado), toda una noticia y un indicador de nuestro imparable progreso que la consejera de Medio Ambiente se ha encargado de pregonar a los cuatro vientos. No todos los expertos están de acuerdo, no obstante, con estos proyectos de cría en cautividad, y hasta no faltan entre ellos quienes vean en estas experiencias –que han fracasado no pocas veces lo mismo con linces que con águilas– un estudiado montaje o un verdadero negocio para conseguir puestos de trabajo y fondos con que sufragarlos. Tan loable causa, desde luego, nunca estuvo clara y sigue sin estarlo. Si los contribuyentes andaluces supieran de verdad lo que les cuesta seguro que exigirían unas cuentas que se guardan con celo en el último cajón.

Hábitos y monjes

Con las ascuas de la polémica sobre la legalización por las bravas del transexualismo aún vivas, nos llega el cuento de que el andrógino de Robert Wagner tal vez no lo tuvo claro entre el nibelungo y la valquiria. Es bien sabido que el ilustre compositor estuvo casado y bien casado, pero una carta suya –fechada en 1874 y conservada por un coleccionista, que acaba de divulgar ‘The Guardian’ haciendo hilo con una noticia del devoto ‘The Wagner Journal’– probaría que el maestro que estremeció a varias generaciones con su trompetería y se asomó alguna vez a las barricadas revolucionarias, encargaba a un costurero italiano ropa interior para su uso personal. Es verdad que siempre se contó la leyenda de que, antes de esa fecha, Wagner habría salido de Viena disfrazado de mujer huyendo de sus numerosos acreedores, pero hasta conocerse esta carta inédita nadie habría osado sacar de madre esa anécdota y menos, por descontado, relacionarla con una presunta afición del compositor al travestismo que, después de todo, entroncaría con la tradición inmemorial que mete en ese saco divino y humano lo mismo a Aquiles y a Penteo pasando por el astuto Ulises, que a la “Monja Alférez” que asombró a la España del XVI con sus hazañas bélicas y su fobia a la higiene, la presunta “papisa Juana” o –aunque esto no lo repitan en Francia, por favor– tal vez la mismísima Jean d’ Arc, sobre la que Michelet extendió con mano delicada tan tupido velo. Uno de los libros más curiosos que tengo leídos son las ‘Memorias” de aquel abate Choisy que escribió una historia de la Iglesia, se arruinó en un garito veneciano y murió con el camisón puesto, ya octogenario y contumaz. También me sedujo siempre el cuento del caballero de Beaumont, espía y milico ‘ilustrado’ que sirvió a dos reyes sin quitarse las enaguas. Georges Sand paseando por París vestida “a lo garzón” –esa leyenda romántica que dicen que mortificaba a Chopin– resulta una broma comparada con las aventuras que Edgar Hoover, todo un jefe del FBI ante el que uno tras otro entregaban la cuchara los todopoderosos presidentes, corría sobre sus tacones de aguja no pocas noches desdoblado en bujarrón nocturno. No hay que darle vueltas: donde menos se piensa, salta la liebre.
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Nadie debe sacar conclusiones precipitadas de ese hecho tan repetido, en cualquier caso. Enredando por las librerías parisinas, precisamente, me encontré alguna vez un intrigante ensayo de Pierre Vachet, que lamento no tener a mano, pero que recuerdo que sostenía la tesis de que esa pasión por las inversiones indumentarias no tiene traducción sexual segura, toda vez que la experiencia –la de Vachet, se entiende– demostraría que la mayoría de los travestidos, a pesar de ejemplos tan señeros como el de Aquiles o Hoover, son heteros de pleno derecho y entera dedicación. Vachet titulaba su obra, en todo caso, “Psicología del vicio”, creo recordar, lo que no deja de implicar, a mi modo de ver, una inquietante sugerencia. La verdad, no alcanzo a imaginarme al autor de “El crepúsculo de los dioses” apretándose el corsé ni al padre de “Sigfrido” contemplándose en el espejo las enaguas italianas, pero la sindéresis me dice que, al paso que va la burra, lo más sensato es empezar a pensar que rarezas semejantes a lo mejor no lo son tanto. Los mismos wagnerianos del ‘Journal’ no han publicado esa misiva movidos por un prurito debelador sino con la naturalidad de quien, además de ir con la corriente de los tiempos, concede al genio patente de corso para hacer de su capa un sayo o de su viril esclavina una camisita con su canesú. Igual se quedó el monstruo encasquillado entre “Tristán e Isolda”, quién sabe, pero, con la que está cayendo, la historieta wagneriana de la seda y el satén va a dar más bien poco juego en medio de esta corrala en la que da poco más o menos despellejar a Wagner que al padre de Jesulín.