Segundo asalto

 

La Junta ha iniciado su segundo asalto en su combate con las tabaqueras –Philip Morris, Canary Island, Altadis, Cita y JT Internacional: el 90 por ciento del mercado andaluz—ahora por la vía contencioso-administrativo, ya que la vía civil quedó cerrada a cal y canto por la Audiencia de Madrid que estimó aquella demanda carente de todo fundamento. Sostiene la Junta –y ya veremos qué le cuenta Chaves a los cultivadores de tabaco o cómo justifica que “su” Gobierno (que es el de todos) cobre impuestos por un tubo a esa empresas—que las tabaqueras causan 10.000 muertes anuales sólo en Andalucía y que provocan un tremendo gasto sanitario con sus efectos dañinos sobre los fumadores, concretamente, reclama 1’77 millones de euros en concepto de indemnización por la atención sanitaria prestada al menos a 135 personas dañadas. Ya veremos qué dicen los jueces, pero es de sentido común insistir en que no se puede repicar y dar trigo, lo que en este caso quiere decir que algo deberá inventar Chaves para contarle a los cultivadores y algo para justificar la fiscalidad del Gobierno sobre productos nocivos.

La socialogía relativa

 

Las encuestas son auténticas y fiables para los políticos siempre que sus resultados favorezcan sus previsiones e intereses, y lo contrario, como es natural, en caso contrario. Ante la que en Punta Umbría acaba de decir, ella sabrá por qué, que el alcalde actual arrasará también en las municipales que vienen, el sociatismo se ha rebelado hasta le punto de amagar con la pamplina de que estarían dispuestos a acudir a los tribunales o con el espantajo de que el sociólogo responsable sería un fantasma inventado. Normal. De aquí a las elecciones vamos a asistir a un baile estadístico de no te menees, mientras las lenguas de doble filo van dejando caer por ahí que el Superalcalde se inventa los proyectos o que la decorativa candidata pija compra en París zapatos prohibitivos. La política se lleva mal con la sociología cuando no la utiliza y Punta no tenía por qué ser una excepción.

Sermo officialis

La elección de Roma como sede para poner las bases de lo que en su día hubiera de terminar siendo esta realidad que, no sin notable optimismo, llamamos hoy la Unión Europea, no fue, como bien sabemos, del todo casual. La vieja Europa, dividida y todo, enfrentada durante siglos consigo misma y devoradora de sus propios hijos, no perdió nunca el referente del viejo Imperio ni la ilusión de una herencia cuyas águilas heráldicas han hecho suyas, a título de causahabientes, lo mismo los opresores que los paladines de la libertad. Aquella imponente realidad descubrió y mantuvo tres unidades básicas, que no pasaron desapercibidas para observadores tan cercanos como Mommsen o Friedländer, y a las que ha de endosarse la solidez de su montaje social y político, a saber, el triplete unitario que resume el lema “Un poder, una lengua, una moneda”. Nuestra vacilante Unión tiene ya establecido, desde luego, el embrión de un poder continental que cada día se muestra más celoso de su fuero y, desde hace unos años, posee también una moneda única que ha hecho más por la irreversibilidad del proceso federativo que medio siglo de discursos. Y todo indica que el diseño de futuro incluye al inglés, no ya como socorrida ‘koiné’, sino como lengua única bajo la que sobrevivirán, como es natural, las vernáculas de toda la vida, aunque sólo fuera porque, como decía Barbey d’Aurevilly, un hombre puede hablar muchas lenguas pero charlar, lo que se dice charlar, sólo lo hace en una: la suya. Hace unos días tan sólo el Parlamento europeo acaba de cerrar la puerta al uso de lenguas cooficiales en un babélico Parlamento en el que ya se chamullan veinte lenguas oficiales –por cierto, con el ‘voto de calidad’ de un presidente catalán– pero, al mismo tiempo, la autoridad de Bruselas ha decidido incluir en su web un boletín escrito en latín clásico cuya utilidad no se nos alcanza pero cuyo significado simbólico no deja de ser desconcertante en un continente que hace años que viene reduciendo la enseñanza de esa lengua que decían que estaba muerta. Ante el vaticinio de Rimbaud de que llegaría el día en que, dada la condición ideológica de la palabra, el hombre terminaría por hallar fatalmente una lengua universal, uno siempre había pensado en el inglés. Tuviera que ver que ese utópico esperanto acabara siendo el latín. ‘Nihil est dictus facilius”, nada resulta más fácil que hablar, se dijo en tiempos. Ya veremos si, a estas alturas, eso vale también para el latín.

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El proyecto europeo ha dado ese doble paso –cerrárselo a las lenguas cooficiales y habilitar el latín—con muy buen sentido. La experiencia de los Estados Unidos gravita, sin duda, sobre esta orientación que, a mi modo de ver, tiene sus buenas razones para hacer lo que ha hecho, tanto al evitar la confusión babélica como al simbolizar con tanta audacia el sentido integrador que la lengua debe tener, incluso después de la muerte. Eso es, en buena medida, lo que se intentó también con la pretensión de incluir en la panoplia del europeísmo actual la contribución histórica cristiana, un proyecto mal entendido y peor explicado, pero que, como en el caso de la lengua, no apuntaba más que a la incontestable realidad. La monarquía inglesa tiene por mote un lema en francés arcaico que la mayoría de los británicos no entiende; Europa no volverá a hablar latín, ni que decir tiene, pero expresarse en Internet con resonancias clásicas implica, sin duda posible, una seña de identidad más que elocuente además de un aviso a los navegantes. “Nihil est dictus facilius”, ya digo, aunque ahora quede por comprobar cómo rulan en la Red los ablativos absolutos y las perifrástica pasivas. Quizá se ha pensado que el latín –la lengua en que habló el Imperio, se declararon guerras y paces, o se dio cuerpo a los derechos– no deja de pertenecer al ámbito de la sacralidad. Quién sabe. Por lo demás, charlar, lo que se dice charlar, cada uno lo seguirá haciendo como toda la vida.

El maletín, por dentro

Resulta verdaderamente desmoralizador escuchar lo se está diciendo en el segundo juicio del “caso Ollero” o “caso del maletín”, catorce años después de los hechos. Sobre todo porque lo que queda en evidencia es que, en aquella época, había consejerías de la Junta, como la Obras Públicas, que ajustaban sus concesiones a criterios todo menos objetivos, pero también porque, a pesar del tiempo que han tenido para vestir el muñeco, lo que se sigue oyendo en la sala viene a ser lo mismo: el runrún de un oscuro negocio que nadie se atreve a negar frontalmente fuera de la pura contradicción. El efecto más grave y profundo de la corrupción es precisamente esa dialéctica amañada que cabe en un maletín revuelta con un montón de millones. Y es efecto, lejos de despejarse, parece que se confirma oscuramente en cada sesión del nuevo juicio. Nunca un mangazo más claro gozó de más garantías. Aquí dijimos hace años que el maletín acabarían devolviéndoselo a Ollero y todo apunta a que vamos a salirnos con la nuestra.

Cara, la que haga falta

Poco puede aportar a la política el ‘delegata’ de Salud, ese doctor Pozuelo que se trajo la “mesa camilla” de la Sierra para que, a cambio de sueldazo, piso y coche gratis, corriera con el gasto de la impopularidad. El PSOE sabe que mientras mantenga a ese encajador para recibir los golpes, eso que se quita de encima el partido, y a la Junta, por lo que se ve, le da lo mismo si en Matalascañas le da un infarto al propio médico que si se muere un paciente. Pozuelo está para hacer de escudo de los otros –de los de Sevilla y de los de Huelva–, de ‘sparring’ capaz de salir al ring con pamplinas como ésa de que denunciar el desastre sanitario del verano es atentar contra el turismo. Claro que la criatura hace lo que le mandan, porque parece improbable que semejante globo se le haya ocurrido a él solo. Pero da igual. El viernes a mediodía él cogerá los bártulos y se irá con los suyos, en su coche oficial, desde su céntrica residencia pagada a la casa serrana. Admitan, con la mano en el pecho, que habría una legión dispuesta a hacer por ese precio el papelón de Pozuelo.

La ‘Generación Y’

 

Un periódico belga, ‘Le Soir’, lleva un tiempo manteniendo abierto un espacio de reflexión en el que se pregunta y permite contestar sobre el que tal vez constituya el problema mayúsculo de la convivencia actual: la quiebra de la autoridad. En la familia, en la escuela, en la calle. Es un error enfrentarse a esos tres ámbitos como si fueran apenas tangentes cuando son de sobra secantes y yo diría que, en muchos casos, puros círculos concéntricos cada uno de los cuales se funda y desarrolla en el interior del otro. Una de las cabezas más claras de las últimas décadas, Vicente Verdú –a quien, por cierto, tendremos en breve en las “Charlas” onubenses–, ya retrató hace con brillante precisión hace unos años la escena americana que es, según él y según cualquier persona orientada, la matriz donde se concibe y nutre un estilo de vida que ya no se puede decir buenamente que sea el suyo porque, sencillamente, tiende a ser el de todo el planeta. ¡Qué panorama! Seguro que la mayoría no recuerda ya que en el verano del 95 unas cien ciudades yanquis hubieron de decretar el toque de queda prohibiendo a los menores de 16 años salir de casa después de las once. O que no saben (estas cosas se tapan porque en las alturas existe la percepción errónea de que es mejor que se ignoren) que hace diez años ya uno de cada diez chavales llevaba un arma a la escuela. Es la “Generación Y”, sucesora de la engendrada en los felices 60 como ésta lo fue de los concebidos de postguerra. Una generación atrapada en la tremenda crisis de una sociedad en mutación permanente, víctima del imprevisto fracaso de la familia tradicional, rebelde hasta la incorrección, descreída pero dogmática de su propio mitologema. No iba a ser gratis el paso de la comunidad neolítica a la nueva sociedad. Y no lo ha sido. Lean “El planeta americano” de Verdú, una joya, y tendrán más detalles de la que tenemos encima y de la que nos espera.

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La casa, la escuela, la calle. Los jóvenes crean su propio universo, su orden exclusivo, su cultura genuina, y lo hacen desde la intuición –que no tiene por qué ser errónea—de que el modelo paterno les cae como un corsé estrecho. Eso es lo que no entiende la sociedad madura (de la senil, mejor no hablar), lo que olvidan sus desconcertados responsables: que el problema de la desadaptación concierne a los tres ámbitos aunque a una misma causa: la insuficiencia del antiguo modelo para encajar el cambio social. Veamos el ridículo informe del Consejo Escolar de Andalucía minimizando una situación extrema –26.000 casos graves en un año, alto fracaso escolar, entreguismo de los docentes, impotencia familiar—como si ocultando el mal fueran a conjurarlo. Escuchen a los clérigos quejarse de las nuevas ideas y creencias –o mejor, de la inopia y la descreencia—sin percatarse de la parte que les toca. La “Generación Y” domina desorientada mientras los adultos gimen o disimulan, según los casos, autónoma, ensimismada, autosuficiente pero instalada en el confort que proporciona aún la familia nutricia, olvidada del padre, suspensa en clase, sobresaliente en las vertiginosas autopistas informáticas, abismada, desdeñosa, agresiva, gozadora , escéptica y ritualizada . Mucha gente se pregunta qué hacer, pero antes debe cuestionarse quién manda aquí y ahora, y que ha ocurrido para que la jerarquía haya quebrado tan estrepitosamente. Aparte de que no todo es vino y rosas en la nueva vida. ¿Sabían que en USA uno de cada siete adolescentes ha intentado suicidarse alguna vez y que el suicidio concertado –en Japón, pero también en España– avanza imparable vía Internet o en el boca a boca? Leo a un sociólogo escéptico que viene a decir que con su pan se lo coman. Es el sarcasmo de la impotencia, pero este soberbio problema no se combate con sarcasmos. Ni con paños calientes. La “Generación Y” incluye en sus genes una postguerra y una revolución imaginaria. Lo raro es que sobreviva.