Más Marbella

Se discute sobre las constantes ampliaciones del “caso Malaya”, sobre la extensión de un sumario cuya instrucción roza ya lo razonable, se multiplican las comparecencias televisivas de friquis enredadores paralelamente a las serias protestas de la Junta sobre su irresponsabilidad (su no-responsabilidad, se quiere decir) en el saqueo a que ha sido sometida durante años la Marbella de los ‘giles’ y sucesores. Pero la decisión de la Audiencia de respaldar sin condiciones el criterio del juez Torres –en este enredo, la Junta es más cercana “al partícipe a título lucrativo” que víctima– deja a los responsables máximos de la autonomía entre la espada y la pared. Es lamentable que haya que discutir a estas alturas algo tan evidente, pero lo que cuenta ahora son las consecuencias de este índice acusatorio con que los jueces apuntan a la Administración de Chaves, seguro que, por una vez, con el asentimiento de la inmensa mayoría. Lo que ha ocurrido en Marbella no puede atribuirse a Gil y a Roca auxiliados por una cuadrilla de logreros. Es mucho más importante ver en ese légamo el error o la culpa de un poder que ha dejado hacer, incluso trincando llegado el caso.

El gran salón

Tendremos esta semana –ya era hora– Plaza de las Monjas nueva. El viejo salón de la ciudad, su órfalos entrañable para tantas generaciones, resurgirá aderezado, cuentan que con buena mano, para volver a ser punto den encuentro por antonomasia de la ciudad renovada. Menos mal que una buena noticia llega sin ruido, concitando la expectación de todos tras la que vendrán –y bienvenidas sean mientras sean discretas– las críticas del gusto y el juicio de la memoria. Y ninguna quizá tan justificada como ésta ante la que habría que rendir partidismos y acomodar la opinión a un resultado que responde a un esfuerzo de mucha gente y a la expectación de casi todos. Las Monjas será de nuevo el referente de la capital, el lugar abierto y acogedor para propios y extraños, el salón de la ciudad en el que, como antaño, los onubense de hoy rumiarán sus memorias y los de mañana irán acumulando sus nostalgias futuras.

Ausencia y nulidad

Van a quitar el cero de la notación escolar. No habrá clasificaciones draconianas, en adelante, desaparecerá la infamia supina que alude a la nulidad absoluta del alumno. En sus calificaciones, los profes habrán de bandearse entre el 1 y el 10 prescindiendo del cero, notable circunstancia numérica puesto que la cifra eliminada perdura como “principio de posición” (en el 10) pero no como guarismo con valor intríseco. Desde que los babilonios, los chinos y los mayas descubrieron en sus respectivos sistemas numéricos el cero para enjaretar sus cuentas, hasta que los hindúes dieran con el cero patatero o punto redondo hay un trecho milenario porque nada tiene que ver el truco numerológico que supone el empleo de un signo funcional, con la marca gráfica que significa nada menos que el vacío o la nada. Y menos aún, claro está, con el grafismo que alude a la ausencia, al menos hasta que aquellos sabios indios consiguen reunir conceptualmente ausencia y nulidad en una sencilla representación: la de un circulito vacio. Poco hubiéramos progresado en esta vida sin el cero multiuso, evidentemente, perdidos entre los rudimentarios procedimientos de notación y la complejidad de los sistemas con que los contables prolongaron la eficiencia del contage digital o el cálculo a base de guijarros, condenados a no poder representar más que cifras discretas en flagrante contradicción con la inmensidad de lo diverso. Pero al hallazgo del “principio de posición” debería seguir, para garantizar el progreso, la palabra/símbolo, el significante convencional pero eficacísimo que representaba paladinamente la “cantidad nula”. No se olvide que ‘cifra’ y ‘cero’ conservan durante siglos un mismo sognificado y que sólo desde tiempos ya ‘modernos’ (desde finales el XV por lo menos) es recibida en el sentido actual. En la inigualable obra de Georges Ifrah, “Histoire universelle des ciffres” (de la que hay traducción abreviada en español), se amontona esta historia maravillosa por la que transitan desde los astrólogos babilonios hasta los sultanes de “Las Mil y Una Noches”.

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 Que si quieres arroz. Nuestro Gobierno providente ha eliminado el cero, como decíamos, de las ‘notas’ escolares, de manera que, en adelante, el alumno más lerdo se verá liberado del oprobio que supone esa nota de nulidad y será obsequiado con un 1 lastimoso que, pro cierto, supondrá un intolerable agravio para el colega que haya merecido esa mínima pero legítima nota. Y será así –para que se convenzan de que de la ESO se podía esperar todo, incluido lo peor– porque esta autoridad imbuida de ‘talante’ magnánimo concibe como imposible que un ‘tronco’ pueda llegar a final de curso, por muy mal estudiante que sea, enteramente “vacío de conocimiento”. Marcha atrás, pues, dispuestos a distinguir ‘ausencia’ de ‘nulidad’ o ‘vacío’ de ‘ignorancia’, y que le vayan dando a un modelo educativo en el que el profesor ha sido expropiado de su imprescindible autoridad hasta el punto de que ni siquiera su integridad física esté ya garantizada. Al célebre ignaro que a una pregunta sobre las guerras púnicas respondió babieca al profe con un definitivo “¿Cuá púnica?”, en adelante habría que calificarlo con un 1, nada de cero patatero, respetando siempre ese margen benigno que lo rescatará el averno del suspenso absoluto. Como en los albores del cálculo moderno, el cero recobra su papel estricto de multiplicador situado tras el uno en el 10 de la excelencia, pero desaparece como signo sensible del vacío mental que tan gráficamente sancionaba con su círculo vacío. Volvamos grupas a la lógica en busca de la superada experiencia de las viejas culturas. Una cosa es la ‘nulidad’ y otra muy distinta la ‘ausencia’, ya digo. La ‘basca’ es muy sensible y un cero, qué duda cabe, puede arruinar la autoestima del más pintado. Notas del 1 al 9, en resumen, incluido el examen en blanco. Ya verán como a la hora de pasar de curso habrá quien alegue que el 1 no es moco de pavo.

Caso Casino

Le den las vueltas que quieran darle en la Junta, la decisión judicial de anular la concesión del Casino de Sevilla efectuada por la Junta hace un año, ocho después de que el TSJA la suspendiera cautelarmente y a uno de la confirmación de ese criterio por el Tribunal Supremo, deja en claro que hubo en esos trajines cosas mal hechas y, según demasiados indicios, explícitas simpatías a algunos “amigos políticos”. Y sobre todo supone un palo para las sucesivas consejeras de Gobernación y sus mariachis insistiendo sobre la artificialidad de las denuncias y la intención aviesa de las críticas de la oposición. No se va a hundir el mundo, por supuesto, porque se desautorice por tan poco a la Junta cuando el juez del “caso Malaya” la acaba de señalar como “beneficiaria más que víctima” del saqueo urbanístico marbellí y tras santísimas historietas de la crónica de las corrupciones. Ya verán, en todo caso, como nadie paga ningún plato roto, a pesar de que esa sería la única solución efectiva para frenar enredos como éste que los jueces acaban de frenar en seco o como tantos que nunca se frenarán.

Correas de trasmisión

El sindicato UGT cerró sus puertas en Valverde sin decir por que sí ni por qué no, a pesar de que el alcalde Cejudo había presentado la apertura a bombo y platillo, y ahora las vuelve a abrir, al parecer a instancias del propio PSOE que encaja con inquietud, ante las municipales, la denuncia que de esa ausencia se hacen desde ciertos ámbitos locales. ¿Cómo constituir el Consejo Económico y Social que está en marcha sin contar con la presencia sindical? ¿Y qué responde ante la denuncia de la propia UGT sobre el mantenimiento en Valverde, a pesar de tantas promesas y compromisos, de la economía sumergida y la mano de obra ilegal? Partido y sindicato se reparten los papeles pero el pobre ‘Wenceslao’, el trabajador víctima de la ceguera voluntaria de la autoridad que este periódico sacó a la luz hace años, ahí sigue tragando quina: sueldos a placer, altas y despidos a conveniencia, trabajo a domicilio sin papeles de mujeres y niños, trabajadores clandestinos… Bienvenida al purgatorio sea la UGT. El infierno será, en cualquier caso, de los currelantes.

Maquiavelo rescatado

Me entretengo en la distancia, a través del ignominioso canal internacional de TVE, con la charleta que Quintero mantiene con la ministra de Cultura, uno de esos personajes públicos que consiguen hacer buena su propia caricatura en cuanto entreabren los labios. En un momento dado el mítico entrevistador –de paso que planteaba incómodas preguntas sobre el chantaje de De Juana Chaos para que la ministra rematara a puerta vacía– ha dejado caer al desgaire, como quien no quiere la cosa, una mención de Nicolás Maquiavelo, y la ministra, sin pensárselo dos veces, ha embrazado la adarga y empuñado el lanzón dispuesta defender a aquel bendito a quien, según ella, le habría “caído en lo alto un marrón” (sic) de no te menees sin haberlo comido ni bebido.¡A ella se lo van de decir, vamos, con la de veces que ha debido explicarle a sus alumnos, antes de subir a los cielos, ese tema maldito de la doctrina, para poner en su sitio las cosas tantos siglos descolocadas! Maquiavelo era un bendito, un espíritu claro que si aconsejó al Príncipe lo que le aconsejó o dejó escritas en sus “Décadas a Livio” lo que tuvo a bien dejar, no fue más que guiado por la estrella cegadora de un humanismo que tenía muy clara la superioridad neta del poder sobre cualquier otra virtud, cosa que, por cierto, no era propiamente un descubrimiento suyo sino una amañada sobreúsa del maestro Tácito, como bien sabían tanto los criptomaquiavelistas barrocos como la propia Inquisición. ¡Pobre Maquievalo! Me he llegado hasta la galería Doria-Pamphili a echarle un vistazo al retrato velazqueño del temible Inocencio X –aquel que rechazó sin contemplaciones el retratado con la célebre frase de “Troppo vero, troppo vero”– pero esta vez no para ver al papa sino para encararme, una vez más, con ese Maquiavelo pintado por Cristofano Dell’Altissimo cuyo inequívoco perfil le pondría difícil su defensa a la ministra más pintada. Y lo dicho: o la Calvo se ha informado sobre Maquiavelo en ‘Wikipedia’ o está embarcada en una tarea de rescate de la “razón de Estado” para la que se le han quedado chicas las clásicas minervas desde Bodino hasta Fraga. No me quejo: si no llego a encender la tele no me pasa esto.

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Está bien que se aireen estos viejos equívocos en la tele, aunque sea a título de inventario, y mejor aún que una ministra le plante cara a la vieja tradición dispuesta a quitarle el sambenito al sabio que supo hacer un fin legítimo del interés simple o compuesto y del nefando cinismo una virtud insuperable. De hecho, la vida demuestra que no hay política posible fuera del paradigma de Maquiavelo y la verdad es que muy poco despierta sería la ministra Calvo si no se hubiera caído de ese guindo que menean como virtuosos a su vera muchos que dejarían al pobre florentino a la altura del betún. Quintero tira con bala, qué duda cabe, aunque con la otra mano vierta sobre la herida el bálsamo de Fierabrás, y el público se lleva la impresión de haber asistido a una batalla cruenta –que es de lo que se trata– cuando en el peor de los casos le han ofrecido una naumaquia como las que los trasabuelos Borbones ofrecían a la plebe babieca en el estanque del Buen Retiro. Pero no se me cae de la cabeza el retrato de la Pamphili, aquel perfil temible dibujado bajo la boina negra, la boca fruncida en un gesto inequívoco de maquiavélica determinación, como no podría ser de otra manera. ¿De dónde se habrán sacado los críticos el tizón para emborronar ese retrato exacto, minucioso, esa boca fruncida con energía y esa implacable mirada? Pues no tengo idea, para qué decirles otra cosa, dando por supuesto que lo probable, como sugiere el tono de la ministra, es que la mayoría hable de oídas y sin haber ojeado siquiera la confidencia del ‘Google’. Eso sí, después de Calvo ya no será desacato decir que ZP o Rubalcaba son dos Maquiavelos redomados. Tarde o temprano, el guionista de Quintero tenía que cortar dos orejas.