El pobre Kant

La velocidad que llevan los neurofisiólogos está poniendo en almoneda, como quien no quiere la cosa, muchas de las viejas certidumbres en que se ha ido apoyando trabajosamente el progreso intelectual en cualquiera de sus vertientes. Hace unos días les comentaba aquí el presunto hallazgo de unos sabios que habrían localizado la función predictiva en una zona bien determinada del cerebro y recuerdo que cerraba el tercio con el inquietante colofón del maestro Cioran: “Todo persigue a nuestras ideas, comenzando por el cerebro”. Y hoy debo volver por esos lares para dar cuenta de la pretensión de Antonio Damasio –un sabio premiado hace poco con nuestro mayor galardón, el premio “Príncipe de Asturias”– que afirma haber localizado el área de la gran víscera donde se regulan las emociones y, en consecuencia, según él, donde también se desenvuelve la moralidad. Lo que viene a sostener es que a las personas que padecen alteraciones en la corteza frontal ventromedial de su cerebro –al contrario de lo que les ocurre a las que la conservan sana– se la empluma más o menos la consecuencia de la decisión tomada, es decir, son del todo proclives al utilitarismo de modo y manera que lo tendrán del todo fácil para cortar de un tajo voluntarista el nudo gordiano de la duda suscitada por la conciencia. O dicho en otros términos, que resulta que el viejo imperativo kantiano ése que regía allí donde la razón no dominaba por completo a la voluntad se nos va al carajo la vela si bien si mira por el microscopio electrónico el detalle de una fisiología del alma que cada día que pasa nos derriba sin contemplaciones las más acreditadas certezas. Va resultar que no hay almario que valga en ese laberinto de sinapsis y axones que guarda el minotauro de la tradición a la espera de que le llegue su Teseo confiado en el hilo de Ariadna. El materialismo va como un cañón en este siglo que Malraux tuvo la ocurrencia de predecir religioso.

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No sé qué decirles, la verdad, aparte de que creo que muchos, quizá la mayoría, de estos avances espectaculares responden, por parte de los sabios, a la explicable y humana  tentación de vender la piel del oso antes de cazarlo. Quiero decir que cada vez que se anuncia uno de estos prodigios no tarda en llegar el tío Paco con la rebaja poniendo las cosas en sitio, que no suele distar mucho de aquel donde las habían dejado los desacreditados razonantes que ni podían sospechar siquiera el prodigio neuronal. A mí –que soy lego en la materia, vaya por delante– esta propuesta de Damasio que nos descubre la fisiología de la emoción no me parece tan ajena, en fin de cuentas, a las que hicieran hombres como Hutchenson o Brentano por no hablar de Dewey o del deslumbrante Ayer y su “análisis emotivo de la ética”, no se pierdan la sugestión de esta expresión teórica. La sabiduría se ha desenvuelto históricamente a ciegas, tanteando la conjetura, hasta darse de bruces con estos secretos de la materia que no cabe duda de que ella siempre sospechó, pero que sólo ahora empiezan –y digo ‘empiezan’ adrede– a permitirnos entrever le mecanismo oculto en la panza del juguete. Le he leído a un cronista del hecho que “la Naturaleza tiene mucho que decir a la Filosofía” y, qué quieren que les diga, a uno se le antoja que tal vez habría que plantear ese comentario al revés. Porque no creo que ninguna pesquisa de laboratorio acabe desmontando las intuiciones de Hobbes o de Spinoza ni liquidando por inservible el concepto estrella del pobre Kant. Quién sabe si el destino del materialismo es simplemente confirmar la intuición especulativa, demostrar que no eran del todo artificiales las “construcciones” que atraillaban la conciencia en aquellos imperativos ‘problemáticos’ o ‘asertóricos’ con que se torturaba antiguamente a los seminaristas. ¿De verdad sabemos ya en qué recodo del córtex tiene lugar la elección moral o ética? Me temo que ese oso anda todavía vivo retozando con sus salmones.

El guindo electoral

Son graves las cuentas que echa por IU el diputado Antonio Romero, segñu n las cuales la Junta de Andalucía se habría embolsado, entre 1995 y 2006, nada menos que 630 millones de euros en concepto de derechos derivados de las trasmisiones de viviendas ilegales en Marbella. Gran denuncia, tremenda porque no deja margen a la Junta para alegar inocencia si no que la acorrala ante la evidencia de que dejó hacer mientras le convino, ella sabrá por qué, incluso dejando aparte el elocuente “caso Montaner”. Ahora bien, por qué ahora, en qué ha estado pensando IU durante todos esos años, acaso no ha tenido noticia de lo denunciado hasta este momento preelectoral? Preguntas con respuesta implícita, por supuesto, dirigidas como van a la fuerza parlamentaria que ha permitido a esa Junta irse de rosistas eludiendo todas y cada una de las iniciativas de comisión investigadora en la Cámara. Este Romero es el mismo que hacía de defensa escoba en aquellas ocasiones. Que se haya cambiado de camiseta lo explica sobradamente la necesidad electoral.

Los pequeños problemas

La actualidad onubense es, si bien se mira, una balsa de aceite. No hay grandes ni medianos problemas en el ambiente, habiendo tantos en el zurrón, no se debaten grandes asuntos que interesen a la ciudad. En su lugar se habla y porfía de cuestiones menores, qué sé yo, la posible marcha del estupendo Marcelino, el entrenador del casi euroRecre, la polémica fratricida entre Fernández Jurado, con tanta naftalina en lo alto, sobre la oportunidad o inoportunidad de los pregones de uno de ellos, a saga fuga de la concejala amortizada del PP y sus inseparables amigas de la cofradía tránsfuga, que hasta celebran indecorosas ‘cumbres’ y mesas redondas… Huelva va tirando con el ‘qué dicen’ y el ‘qué dirán’, como si todo lo tuviera resuelto, como si no fuera escandaloso el trampeo partidista con que se le regatea el AVE o el aeropuerto, los desdobles de carreteras o los refuerzos policiales. Los pequeños problemas y las grandes miserias nos ocupan y entretienen. Hay situaciones peores, por supuesto, pero a Huelva le vendría bien sacudirse ésta en la que dormita.

Murciélagos y osos

Un ciudadano de Alcaudete, pueblo de Jaén, ha sido duradamente sancionado por la Justicia con dos penas: una, por un delito contra la fauna, castigada con 1.800 euros; otra, por proceder al sellado de la grieta en la terraza de su propia vivienda en la que una colonia de murciélagos “pipistrellus pipistrellus” habría anidado en régimen de riguroso precario. Total, 2.060 euritos, medio millón bien despachado de las añoradas pesetas, por haber mantenido con esos hematófagos un forcejeo sobre el territorio con un balance de siete dracullillos muertos, una sentencia que a mí me parece que ha de sentar grave precedente en la medida en que cuestiona, de modo insólito, uno de los derechos más sagrados de la historia humana como es el que asiste al dueño de una morada en términos tan absolutos que hasta le autorizan a matar al intruso amenazante. No rige para el murciélago ni para cualquier otra especie protegida el reducto sagrado que la civilización –cualquier civilización conocida–  reconoce en el domicilio, de manera que una ocupación arbitraria de éste por su parte, lejos de implicar la severa condena que recaería sobre el humano que osara perpetrarla, a él no sólo se le consiente de hecho y de derecho sino que se le blinda frente al decaído derecho del dueño realengo. De más está que se alegue el riesgo de rabia que supone la mordedura de ese malfamado mamífero –hace nada y menos, en Perú, se producía un grave suceso saldado con quinientas víctimas y nada menos que veintiún muertos por esa causa– porque el animalismo hace tiempo que superó el prejuicio de la prioridad del hombre sobre el resto de la fauna y, lo que es mucho más decisivo y grave, consiguió que la mentalidad progre hiciera suya esa descomunal idea. Se me viene a la cabeza una cosa divertida que decía Bernard Shaw en el “Breviario del revolucionario”, sobre el que tanto discutíamos (algunos, en fin) cuando éramos jóvenes, y que era más o menos de este tenor: cuando un hombre mata un tigre se habla de deporte, cuando es el tigre el que mata al hombre se habla de ferocidad. Aquí, a lo tonto modorro, hemos acabado por darle la vuelta a esa brillante paradoja.
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¡Ah, los derechos del animal! En Berlín, según leo en una crónica de nuestro diario, hay organizada una buena con motivo del debate entre quienes defienden la vida de un osezno polar que amenizó el Festival de Cine y quienes, movidos por la idea de que un cachorro criado en esas condiciones, habría de sufrir de por vida insuperables desajustes de comportamiento, andan solicitando que se le aplique la eutanasia y santas pascuas. Ya lo ven: los mismos que ven con resignado distanciamiento la muerte diaria de miles de bebés hambrientos se movilizan como panteras ante la mera amenaza a un peluche huérfano al que, ciertamente, en el mejor de los casos, no le aguardaría en la vida otro destino que el de estrella del zoo. Y no sé si atreverme a decir que los mismos que defienden a capa y espada la eutanasia activa (¿o es que hay otra?) cuando se trata de humanos dan la batalla para impedir que se le aplique idéntica compasión a un cachorro de plantígrado. A uno, qué quieren, ambas cosas le resultan ‘humanas’ en el sentido más profundo y severo: la piedad con el humano que sufre inútil e irremediablemente y quiere dejar de sufrir, y la aplicable al pobre bicho que ni siquiera tiene capacidad para reclamar ese legítimo lenitivo. Como le resulta absurdo que se pueda castigar con penas tremebundas al fulano que ocupe por las bravas nuestro domicilio pero tengamos que soportar indefensos y atemorizados la amenaza de una especie que si tiene la fama que tiene, por algo será. Siempre me pareció excesiva la liturgia de la estaca en el corazón pero la verdad es que ni Bram Stoker hubiera imaginado que acabaríamos dándole posada en casa al mismísimo conde Drácula.

Las ‘cuotas’ del Defensor

Reelegido Chamizo por unanimidad (y por fortuna) como Defensor del Pueblo Andaluz, los partidos políticos se enfrascan, una vez más, en su actividad favorita: repartirse los cargos y carguetes públicos para repartirlos entre sus fieles clientelas, incluso en instituciones –piénsese en el escándalo sin parangón que estamos viviendo en al Administración de Justicia– que deberían “funcionarizarse”, por así decirlo, es decir, dejar a sus agentes a solas con sus conciencias y sin vínculo alguno con los “aparatos” que los nombran. Los “adjuntos” del Defensor, por ejemplo, que según le ley de la casa sólo a él corresponde proponerlos, forman parte, desde la crisis de la “pinza” para acá, de ese botín a repartir que administran los partidos, y ello a pesar de que esa norma ya fue modificada dos veces precisamente para ampliar el número de adjuntos y que hubiera para todos. ¿Por qué no dejarán que esa Oficina al fin prestigiada funcione siquiera como una Administración normal en vez de cómo un guiñol manejado desde el Parlamento? Eso es algo que Chamizo debería exigir de una vez.

El menú y la carta

Comparten manteles, como era previsible, la fugada de Huelva y la tránsfuga de Gibraleón, en plan oráculo ésta, aquella –reina por un día, ya lo verán– hecha un brazo de mar. Y tienen razones para echar el rato a gusto porque, como dice la propia fugada, corroborando lo obvio, su decisión fue tomada con plena “conciencia del momento”. Sólo le queda decir quién le diseñó el plan y quien le escribió esa instancia al alcalde (fecha 19 de marzo, número de Registro 11213) en que le recuerda que “le asisten los honores, prerrogativas y distinciones propios del cargo, así como los derechos económicos…”. ¿Por qué dirán, entonces, que se va sin cobrar, si no le ha faltado más que pedir un adelanto a la media hora de dimitir? Se percibe a la legua la larga mano de los viejos disidentes, el aliento de los resentidos que trabajan contra el alcalde –en los ratos libres que les dejan sus negocios– por encargo del adversario. Mientras tanto, mesa y mantel para la nueva fugada. No sabe ésa que ya vendrá el verano.