Lo malo y lo peor

 

He escuchado con disgusto a un líder comunista andaluz explicar en una tele local que los dos grandes defectos de la política internacional española de hoy serían, por un lado, no primar al régimen dictatorial de Castro y, por el otro, aspirar a un mejoramiento de las deterioradas relaciones con los EEUU. ¿Al revés te lo digo para que me entiendas? Qué va, esos líderes supérstites, especie a extinguir, dicen esas cosas en serio porque hace tiempo que se les paró el reloj en la hora fatal del disparate, pero al fin y al cabo ellos no se salen demasiado del marco que ha creado el antiamericanismo tópico caracterizado con el rostro estólido de Bush. En los últimos tiempos dos ocurrencias –el desafío de Irán y la provocación de Corea del Norte– han trastornado no poco, sin embargo, la simplicidad de ese mecanismo, que entre otras cosas debe apreciar para ser fiel a su propia razón, que tales retos provienen de dos dictaduras en las que hace tiempo naufragaron las últimas esperanzas de democratización. En cierto modo, es probable que la intranquilidad mundial provocada por ambas bravatas acabe provocando el efecto contrario al hasta ahora conseguido con la justificada satanización de Bush, es decir, plantear ante la opinión pública mundial la necesidad de hacer frente de algún modo discreto pero enérgico a quienes amenazan nada menos que con la conflagración nuclear. En otros términos, Bush será muy malo, incluso despreciable, pero no menos peligroso que Ahmadineya o Kim Jong-il, improvisados enemigos públicos que dicen no temer siquiera la eventualidad de una guerra total. En pleno declive de Bush, cuando la Justicia americana está machacando la pretendida legitimidad de sus represiones y sus socios lo abandonan como ratas lanzándose desde al barco a la deriva de Irak, esta doble amenaza que pone al mundo ante una tesitura inaceptable, relegitima de algún modo la tesis de la autodefensa que nuclea en la política del Imperio al integrismo neocom. Se puede (y, a mi juicio, se debe) estar contra la locura de Irak, contra Guantánamo y todo lo demás, sin perjuicio de plantarse frente al envite intolerable. Todos los agresores son igualmente reprobables más allá de ciertos límites. Estos también.

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Queda por ver, por otra parte, si es cierto o en qué medida lo es, que los servicios americanos han desactivado un segundo y apocalíptico atentado contra el corazón de Manhattan, pero si se acaba por confirmar el caso, no cabe duda de que también en el terreno de los planteamientos antiterroristas globales la justa crítica mantenida hasta ahora contra esa estrategia deberá replantearse su argumentario. Nadie tiene derecho a decidir órdenes ni prioridades entre la libertad y la seguridad, que son necesariamente dos caras de una misma y única moneda democrática. Y ese argumento vale tanto para condenar a gritos la ignominia de Guantánamo o Abu Graib como para entender que las sociedades adopten medidas de autodefensa contra las amenazas dirigidas a su propia supervivencia. Menos mal que Bush se va pronto por imperativo constitucional, pero hay ya quien se pregunta qué revueltas deberá darse el antiamericanismo sobrevenido en la coyuntura iraquí para dar respuesta igualmente crítica a las amenazas que conciernen a la seguridad de todos. ¿Qué puede hacer Japón, por poner un caso, frente a esos siete misiles que les ha pasado ante las narices un dictador digno de Alfred Jarry pero al que ciertos papanatismos respetan, en todo caso, más que al bobo peligroso de Bush? Hay que tener entereza para decir estas cosas que personajes como el comunista de profesión al que me refería al principio es probable que no digan nunca, como jamás reconocerán que el castrismo es ya pura carroña con naftalina por mucho que sentimentalmente nos tiente justificarlo. Eso de que la verdad es revolucionaria no era más que un adorno retórico de Lenin, por lo visto. Sus sucesores se conforman con cobrar a fin de mes.

Recorridos turísticos

 

Dicen que el turisteo de nuestra ciudades va pidiéndole ya al cochero solícito que lo acrece a conocer la mansión de Roca en Marbella o la de villa con arcángel que posee ‘Sandokán’ en Córdoba, tal como hace unos años le pedía en Sevilla que lo acercara a las posesiones de Juan Guerra y hasta a la librería de su hermano para satisfacer su inexplicable y malsana curiosidad. ¿Qué habremos hecho los andaluces –los de a pie, quiero decir—para tener que soportar este oprobio sin parangón posible? En Cataluña, en Galicia, en el País Vasco, en Valencia, en Navarra o en Madrid no entran en catálogo estos itinerarios de la vergüenza que aquí nos hemos dado traza y modo a que hagan furor, como si las corrupciones fueran una especialidad regional en vez de un mal genérico que afecta a medio mundo y gran parte del otro medio. Habría que plantearle esa pregunta a nuestros responsables aún sabiéndonos por adelantado sus previsibles respuestas.

Agiprop en Valverde

 

Se comprende que haber perdido las anteriores municipales preocupe a Cejudo — alcalde en comandita de Valverde apoyado en IU– y que la posibilidad de un nuevo descalabro en los próximos comicios le abra las carnes. Ello explica su esfuerzo por reforzar el aparato de propaganda municipal –periódicos, revistas, radios y teles “oficiales”—en cuyo descomunal desarrollo lo último ha sido reconvertir en quincenal el mensuario que hasta ahora venía predicando las virtudes sin defecto del “pacto de progreso”, y que, con el nombre de “Valverde 15 días” será embuzonado directamente, casa por casa, en todo el pueblo. ¿Qué cuánto cuesta eso, que quién lo paga, que si eso puede hacerse con la ley en una mano y el código no escrito de la conciencia en la otra? Pues cualquiera sabe, pero ahí está ya el papel preparado a mayor gloria del alcalde aunque a costa del contribuyente. En términos relativos, Valverde tiene mejor cobertura mediática que Nueva York. Ahí tiene un buen tema la sumisa redacción de esa nueva voz de su amo.

Héroes de barro

Los franceses se han rendido a Zidane. Dicen de él cosas extraordinarias, desde que es la esperanza de los marginados –su antigua casa en la ‘banlieu’ va siendo ya un santuario—hasta que ha sido el factor patriótico más eficaz después de De Gaulle, e incluso que, en cierto modo, representa en el imaginario galo a la divinidad secularizada, al dios nacional y cívico dispuesto a compartir la peana con la diosa Razón. La locura. Dicen las encuestas que semejante entusiasmo se debe, en especial, a la estima de la población madura que se había visto concernida por las críticas a la edad de la selección y los ingenuos desdenes al ocaso de ‘Zizou’, pero las imágenes que nos llegan desde allá demuestran que el arrebato afecta también –y uno diría que especialmente—a esos jóvenes travestidos simbólicamente con los colores nacionales que acampan en el paisaje de la actualidad desde que se produjo el triunfo sobre España. Se habla hasta de ‘zidanmanía’ en un ambiente exaltado que, curiosamente, posterga a los demás protagonistas a un segundo plano: el lugar del héroe es exclusivo. Pero por el envés de estas pasiones se exhibe estos días la siempre cuestionada figura del coronel Lawrence, el ‘Lawrence de Arabia’ inventado por la mitografía oficial que manejan como nadie los servicios secretos, el héroe de la rebelión nómada que ahora resulta que fue un traidor en toda regla a sus hermanos de adopción, a los que condujo a la victoria para hacerle el trabajo sucio a los colonialistas a sabiendas de que a éstos jamás se les pasaría por la cabeza respaldar la causa de la independencia árabe. Los hombres necesitan héroes y por eso los crean y destruyen, los exaltan y olvidan según las circunstancias. Santana es hoy una reliquia en Winblendon, ‘Miguelón’ Indurain una sombra olvidada, Legrá un juguete roto. La voracidad del imaginario es proverbial, nuestro metabolismo, implacable.

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El héroe es una necesidad, no un lujo. Los antiguos, desde Hércules a san Jorge, responden a algo que sabe bien la arqueología actual, a saber, que las murallas de las ciudades eran saltadas una media de cuatro veces por siglo. Josué en Jericó fue uno más, a salvo el hecho de que consiguiera mejor prensa, pero no hubo ciudad sin héroe (ni sin dios protector) a partir del neolítico. Un ingeniero con ángel, Luciano de Crescenzo, experto en mitografías, inició uno de sus libros con una pregunta inolvidable: “Si tuvierais que daros un paseo por la jungla, ¿a quién elegiríais como acompañante, a Umberto Eco o a Rambo? Y la respuesta sería unánime: “¡A Rambo!”. Ya sin murallas ni dragones, los héroes se han urbanizado y viven entre nosotros, es decir, en el telediario. El heroísmo es el paso ideal a otra dimensión, a otro mundo del que, como quería Toynbee, el héroe ha de volver como maestro de experiencia, pero en realidad, la materia heroica no es otra cosa que la proyección del hombre corriente sobre el paisano que portentosamente ha superado esa condición. En la periferia de Paris, racimos fracasados de jóvenes inmigrantes se sumergen en la visión lustral de ‘Zizou’ para salir de ella con la ilusión de haber sido redimidos. Y en ese sentido es posible que haya que agradecerle tanto como reprocharle al héroe su involuntaria contribución al consenso, el efecto ‘integrador’ de su ejemplo, su aportación contra el apocalipsis. Los héroes nacen, crecen y mueren. Zidane, por ejemplo, ha nacido coincidiendo con la agonía mitográfica de Lawrence, pero también a él le llegará la hora del olvido cuando el río que nos lleva lo abandone entre la barrena de la desmemoria. Que lo abandonará. ¡Zidane un dios nacional! Como Platini o Lizarazu, más pronto que tarde no será más que otra sombra en el borroso Olimpo de la desmemoria. Leo que en Brasil apenas un diez por ciento de la ‘torcida’ recuerda ya la delantera de Pelé y Garrincha. No veo por qué habría de ser de otra forma en un mundo que apenas conoce de Alejandro los camelos de la digital.

Más ‘café para todos’

La Junta de Chaves se propone ahora corregir su propio texto estatutario para “homologarlo” con el catalán, “techo” del autonomismo reconocido por el Congreso. De nuevo, pues, la vieja oferta de Clavero de “café para todos”, oferta ahora imposible por partir de una concesión como la hecha a Cataluña que no permitirá igualamiento por arriba. Es un cuento eso de que vamos a igualarnos, empezando por el concepto –de sobra sabe el PSOE que “nación” no es lo mismo que “identidad histórica”—y siguiendo por la realidad de los dineros ya comprometidos con aquella región. Ni siquiera es verdad que por este camino España se dirija a un puzzle de diecisiete comunidades. Esto no es más que una cortina de humo para justificar el privilegio de Cataluña que pronto será extendido al País Vasco en perjuicio de los demás. ¡Tanto meterse con la “cláusula Camps” para esto! Copiemos todas y cada una de las exigencias catalanas y entonces se podrá hablar de homologación.

Cuento fantástico

¡Conque no acabaría en pelotazo y negocio del ladrillo el lío de Riotinto! Pues ahí tienen la fábula que propone convertir la Mina en un emporio turístico, esperando que “el gran potencial histórico” del pueblo y el interés del “turismo británico” hagan el milagro de crear otra Marbella entre Bellavista y el Zumajo. ¿Qué ha pasado con las 1.200 hectáreas conseguidas a precio de saldo por un grupo sin rostro, por qué la Junta pagó mucho más que éste por los mismos terrenos, será que alguna institución financiera condiciona algún ‘pelotazo’ en la Costa al ‘sacrificio’ riotinteño, qué papel juegan en este enredo los primeras espadas del PSOE que asesoran y acompañan a estos privilegiados? En Riotinto no sólo se ha venido posponiendo una verdadera solución a base de paños calientes sino que se está fraguando hace tiempo un colosal negocio del que sólo el PSOE lo sabe todo. Este último proyecto no deja de ser el cuento del alfajor que dejaría al pueblo como está pero podría proporcionarle a los embozados una fortuna.