Delphi en palabras

“Mantener la actividad industrial en la Bahía de Cádiz pasa porque Delpho no se cierre”, José Antonio Barroso, alcalde de Puerto Real. “La sociedad, los medios de comunicación y todos los trabajadores deben conocer los rostros de los ejecutivos de la multinacional en España, en Europa y en EEUU”, pronunciamiento sindical. “No vamos a permitir un cierre que deja a la Bahía tocada de las dos alas”, José Manuel Trillo, secretario de CCOO de Jerez. “La batalla fuerte de las movilizaciones está en untenbtar que las ‘grandes superficies’ también cierren, portavoz de CCOO. “La actuación de la Junta en Delphi debe ser mucho más firme de lo que sido hasta ahora”, Javier Arenas, presidente regional del PP. “Si el PP gobernara en Andalucía y en España, la empresa Delphi no se iría de Puerto Real”, Esperanza Oña, portavoz parlamentaria del PP andaluz. “No se debe hacer política con un asunto que afecta a tanta gente”, José Antonio Griñán, consejero de Hacienda. 

Sensacional denuncia

Sensacional la denuncia del candidato onubense del invisible PSA, el partidito de Pacheco (Pacheco siempre tiene un partidito), a la alcaldía de la capital. Poco parece que tiene que aportar al debate político esa fuerza liliputiense, vista su propuesta cibernética de que se critique el gasto electoral, “a veces excesivo” que realiza el PP y su actual equipo de gobierno, y su idea que tal vez esos cuartos encontrarían mejor destino en otras necesidades. ¡Cráneo privilegiado el del candidato! Aunque se refiere en exclusiva al PP, fíjense, como si los demás partidos no estuvieran entrampados hasta las trancas con motivo de esa propagandas, y como si no fuera obvio que el que no las hace es porque no puede. Pero volviendo a lo principal, insisto: parco viático trae ese camicace a la política local. Si eso es todo lo que la nueva formación tiene que aportar, ciertamente podríamos ahorrarnos un dinero entre todos sólo con que ella hiciera mutis por el foro. 

Noticias de África

Queramos o no, el tema y problema del diálogo o alianza entre civilizaciones ideado por Muhammad Jatami tuvo mucho de réplica a un famoso artículo de Samuel Huntington sobre la inevitabilidad del conflicto entre ellas, y que venía a ser, a su vez, una respuesta a la divulgada tesis de Fukuyama de un “fin de la Historia” en que el planeta alcanzaría al fin –¡oh, manes del padre Hegel!– una suerte de paz perpetua bajo el manto protector y universal de esa panacea de Occidente que es la democracia. Desde entonces andan emperrados unos cuantos en abrirle camino a esa utopía que no tiene apoyo posible en la realidad, la miremos por donde queramos mirarla, por la sencilla razón en que si en algo no admitía discusión le hipótesis de Huntington era en la evidencia de que lo que nos separa en este mundo es mucho más de lo que eventualmente podría ser utilizado para unirnos. Todos los días nos llegan noticias África, por ejemplo, costosas de entender para un occidental de la misma manera que –me imagino yo– a ellos les costará Dios y ayuda buscarle sentido a tanta barbaridad como les acercan nuestros noticieros por la antena colectiva. Pensando en las cuitas del entrenador de la Selección, por ejemplo, comparen ustedes su impotencia con la fuerza de aquel general Robert Guei, capo de Costa de Marfil, que hizo encarcelar al equipo completo –“para que reflexionaran”, fue su argumento– cuando perdió la eliminatoria de la Copa de Naciones Africanas. ¿Qué dialecto podríamos emplear, pongo por caso, para entendernos con esos ghaneses que un buen día decidieron coronar rey de sus cuarenta aldeas, creyéndolo reencarnación de su perdido monarca, a un albañil holandés en paro que andaba por la región visitando a su esposa nativa? ¿En que habla explicarle el abismo jurídico que nos separa a esos tres yemeníes que demandaron a la NASA hace unos años por creer que la sonda espacial ‘Pathfinder Mars’ perjudicaba sus intereses como herederos legítimos del planeta desde hace tres mil años? Quienes frivolizan el problema reduciendo el conflicto a un mero choque religioso olvidan esta letra chica con que cada pueblo garrapatea el sentido de una vida tan distinta para unos y otros. Imagino lo que daría Luis Aragonés por tener a sus espaldas un gorila como Guei para meter en cintura a estos héroes tan pendientes de las primas y del ligamento cruzado.
                                                                 xxxxx
No se trata sólo ni tanto, sin embargo, de concordar al canónigo con el mulá como de emprender la tarea imposible de acoplar aquel sentido de la vida tan próximo a la Madre Naturaleza y tan mediatizado por ella, con el que mueve estas sociedades prófugas que viven encantadas al Este del Edén. En Sudáfrica se discuten normas y teologías, es cierto, pero lo que distancia su mentalidad de la nuestra es que allí no es extravagancia hacer oficial de policía al gorila que, huido del zoo, se cruzó en el camino de un ladrón y logró detenerlo, como no lo era para Amín Dadá en Uganda hablarle coloquialmente a los cocodrilos o jugar a la “cocina de autor” estofando menudillos humanos. Al “emperador” Bokassa –el amigo de Giscard, hay que recordarlo– le pillaron en la nevera, a la hora de los disturbios, un muslo ya deshuesado que perteneció en vida a una estudiante rebelde. Bueno, pues ése es el desnivel, ahí es donde está el busilis, queramos o no, en este negocio inventado –no sé bien si por atolondramiento o porque a la fuerza ahorcan– que no necesitaba más descrédito añadido que el entusiasmo que despertó en ese zombi que era (y supongo que sigue siendo)  Kofi Anan.  De ese conflicto habló ya en su día Toynbee mirando la historia por el caleidoscopio de los ciclos fatales y el eterno retorno y, entre líneas, también Spengler. Hoy todo es más sencillo. El “pensamiento Alicia” tenía que tener sus ventajas.

El mal ajeno

Hay quien se rasga las vestiduras porque algún labriego del secarral, allá por el Oriente andaluz, proclame por la radio su contento ante las inundaciones registradas en el Norte y, en especial, las del Ebro. Yo las lamento como el que más, y no sólo retóricamente, sin dejar de comprender al labrador a quien, a su vez, no entra en la cabeza que sea preferible ni tolerable tirar el agua al mar antes de dársela al sediento. El encabronamiento de esta política del agua es culpa partidista y nace con la estrategia del PSOE de boicotear el proyecto de PHN bajo el Gobierno del PP, para se remata cuando los “socios” catalanes de ZP, empezando por su propio partido en Cataluña, le exigen de entrada, para permitirle gobernar, cerrar el grifo de los trasvases. Hoy, viendo esos parajes inundados, esas tierras sumergidas y ese personal arruinado sería inhumano alegrarse pero no cabe duda de que salta como una liebre la evidencia de que los partidos han hecho muy mal algo que era bien sencillo y que reclaman los padres de la patria desde hace siglos. 

La mosca en la oreja

Más que preguntarse por qué el Gobierno arrima a la Junta en el último segundo la cesión del edificio del Banco de España –que eso tiene respuesta obvia– cabe intuir en la decisión de no cederlo al Ayuntamiento la evidente jindama del PSOE ante las próximas elecciones municipales. Porque si de verdad pensaran, aunque fuera por asomo, que iban a ganarlas, no hubieran dejado de apuntarse el elegante tanto de la cesión a la Ciudad, que es lo suyo, en vez de endosárselo a la autonomía para que ésta, una vez hecho el recuento, vea si dárselo o no a un alcalde que todo apunta a que no va a ser propio. Hay moscas en las orejas del PSOE onubense ante esos comicios, tantas que hasta se habla de que la candidatura de Parralo –ayer en la foto de la cesión– pudiera no ser más que una trampa mortal que la facción de Barrero pone a la de Arreciado, auténtico mentor de la candidata, más para deshacerse de él que de ella. En cualquier caso, que no hay seguridad lo proclama la solución del Banco de España, una vieja reclamación del Ayuntamiento y de muchos ciudadanos ahora reciclada en el borde de la campaña. 

Las cítaras colgadas

El ministro de Exteriores de Bolivia, David Choquehuanca, se ha despachado a gusto en una entrevista publicada aquí mismo el domingo anterior poniéndonos a caer de un burro como nación colonizadora, con motivo del relativo rechazo de inmigrantes que supone la exigencia de visado. Nada menos que se ha dejado caer el canciller con la vieja vidalita lascasiana de que primero les robamos la plata, luego los tratamos como inanimados, más adelante como bárbaros y, por fin, como “ilegales”, versión que no deja de ser una de las formas posibles de entender el pasado real y que, como sabemos, procede de los propios españoles, pero que tal vez suena en este momento más a lugar común que a otra cosa. He dicho que esa versión procede de los propios españoles porque es verdad históricamente, pero también porque, nunca entendí muy bien por qué, en toda Europa, pero de modo particular en España, se advierte enseguida que se rasca un poco en las conciencias un cierto complejo de culpa histórica que, ciertamente, sería más que conveniente revisar. En Francia, sin ir más lejos, mucho ha dado que hablar hace poco el “revisionismo” de la propia izquierda que parece que por fin anda deshaciéndose de la andadera ideológica sesentayochista, muy especialmente en cuanto se refiere a esa ideología clásica del anticolonialismo que, junto a sus innegables aciertos, contiene una pulsión masoca nada respetuosa ni con la Historia ni con la realidad. Pero todo esto resulta un juego de niños comparado con el choque que ha supuesto la irrupción del populismo indigenista en un contexto ideológico en el que se somete a la razón histórica para falsear el pasado reescribiendo su crónica no ya como mito, sino como puro tópico. No hay pueblo, quizá, que no haya idealizado en algún momento su pasado, ni nación que alguna vez no se haya sentado a llorar junto al río, con las cítaras colgadas de los árboles, un áureo pasado perdido que tal vez nunca existió. Pero eso, que vino dando resultado desde siempre, va dejando de ser practicable en esta modernidad que tiene medios sobrados para no soportar más tópicos que los que resulten imprescindibles. Hoy sabemos ya mucho de incas y aztecas como para amilanarnos moralmente, incluso admitiendo los proverbiales abusos, por lo que hicieran o dejaran de hacer nuestros colonos históricos.
                                                                   xxxxx
El propio informalismo de que ha hecho bandera ese populismo de los indígenas le está jugando malas pasadas a unos regímenes –por cierto, cada día menos tranquilizadores hacia fuera y hacia dentro– que no quieren ya, como quería, por poner un caso, el juarezismo mexicano, romper el pasado en un futuro mestizo y desacomplejado, sino más bien imponer una rara experiencia original que tiene no poco de narcisista y mucho más de de ingenua. El mismo canciller Choquehuanca se queja de que lo hayan retenido alguna vez en la aduana holandesa para mirar con lupa su pasaporte, ni más ni menos que porque el aduanero “no podía creer” que aquel sujeto tuviera pasaporte diplomático, pero a ese tipo de prejuicios étnicos e indumentarios van a añadirse más pronto que tarde desconfianzas y recelos que, ciertamente, la propia tópica indigenista está contribuyendo más que nadie a enraizar. No es del todo descartable, a este paso, que a nosotros mismos nos brote algún botón indigenista quejoso del saqueo a que también aquí fuimos sometidos, sucesivamente, por tirios y sidonios, foceos y áticos, cartagineses y romanos, góticos o árabes, gente toda ella rapacísima y descomunal que tendría contraída con nosotros y nuestros hijos esa “deuda histórica” (¿ven lo que pasa por jugar con las palabras?) de que habla el ministro boliviano al que no reconocen en el fielato los bárbaros neerlandeses. Aparte de que diga lo que diga el canciller yo no recuerdo, pueden creerme,  haberle robado la plata a nadie ni a nadie haberle negado su alma inmortal.