Muletas y maletillas

Andan compitiendo PA e IU en difundir la buena nueva de que, tras las elecciones, no pactarán con nadie para servirle de “muleta”. ¿Y quién puede asegurar eso antes de cerrado el escrutinio? Repasen la hemeroteca y hallarán proclamas idénticas en cada precampaña –de uno y de otra– y recuerden luego que ocurrió al día siguiente, no una sino mil veces. O más fácil aún, estén atentos al día a día y verán a uno y otra bailar el rigodón, cada vez que tienen oportunidad, en la puerta de la “casa común”. En Andalucía el PP ha de ganar por mayoría absoluta si quiere gobernar, y ya hay que ser pánfilo para no ver que votar a la izquierda o a la derecha inmediatas del PSOE no es más que perder el tiempo. El PA ha salvado a Chaves ya en dos ocasiones e IU lo apoya indefectiblemente en asuntos de mayor cuantía aunque prodigue el número de las patas por alto en el negocio pequeño. Tienen que comer y pagar, las criaturas, alguien tiene que salvarlos del “cobrador del frac”, de modo que no pueden caber dudas sobre a qué juegan ni sobre qué harán. 

La chistera vacía

Mal debe de andar la cosa para que el ocupadísimo ZP se baje al moro de Huelva, decíamos antes del mitin del sábado, y añadiremos tras él que hay que tenerla dura para venir hasta Huelva a prometer lo que ya han prometido tropecientas veces y no hace tanto que decidieron demorar con todo lujo de explicaciones: la traída del AVE y el desdoble de la Nacional 435. ¡La chistera vacía! Ya es cutre venir un mes antes de las elecciones para subir a una candidata que no acaba de romper al estribo de ese tren, pero si cabe más lo es recuperar el proyecto archivado del desdoble que ha supuesto, durante años, tan grave castigo para la población provincial como el propio PSOE se encargó de enfatizar cuando iba a repartir panfletos al semáforo de Beas. ZP ha echado una mano, pero una mano vacía, y en ese gesto no hay más remedio que ver, por encima y por debajo de su descarado oportunismo, la fragilidad de la candidatura a una alcaldía que han perdido ya tres veces seguidas y no es verosímil que la ganen con trucos de repertorio tan despreciativos para los sufridos onubenses.

El cazador cazado

Hay maratón esta temporada de visitantes ilustres occidentales que se llegan hasta China. No se puede dejar pasar ese tren ni aguardar al último vagón –lean el último libro de Tamames– sino que debe uno coger la ocasión por los pelos ya que la pintan calva. Cada día caben menos dudas sobre el “milagro chino” que no es tanto el actual  crecimiento desaforado sino el espectro de una no lejana hegemonía mundial del temido gigante que está llevando a cabo la más alevosa revolución capitalista sin salir del comunismo, átenme esa mosca por el rabo, si pueden. Occidente y Oriente. Parece que hemos olvidado la historia de esta ambición que, incluso olvidándonos de Marco Polo, tiene ya en su crónica varios intentos fallidos del todo o a medias: el del siglo XVI, fracasado por su ilusionismo religioso (estamos en el centenario de Francisco Javier, precisamente), que lograron sacudirse Japón primero y China después; el romántico, paradójica pero astutamente circunscrito al objetivo económico, con olvido expreso de las evangelizaciones, que ya tuvo más éxito. Y la actual aventura, que es de un orden distinto al producirse en el contexto de la globalización, es decir, sobre coordenadas espacio-temporales imposibles hasta ahora., aunque es cierto que hace ya muchos años (mi edición es de 1915) la astucia de Kautski intuyó por donde podían ir los tiros al augurar la posibilidad de que un “ultraimperialismo” (sic) sustituyera el forcejeo suicida entre los capitalismos nacionales por una “explotación del universo en común”. Lo constato tal cual para espantar la pertinaz idea de la inutilidad práctica de las filosofías de la Historia: Kautski veía claro, en plena primera Gran Guerra,  lo que está ocurriendo hoy, es decir, que el dinero podría alcanzar una unidad de acción de alcance ecuménico y que ese invento sometería definitivamente a nuestro mundo el remoto y automarginado Oriente. Lo que no previó, me parece a mí, fue el coste de la operación.
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Lo digo porque si es verdad que, de momento, el capitalismo occidental (es decir, Occidente, vamos a dejarnos de pamplinas) se beneficia exponencialmente del intercambio desigual con el gigante chino, no lo es menos que las previsiones indican a medio plazo una rebelión del gigante que podría ser definitiva e incluso darle la vuelta a la Historia. No faltan observadores, por eso, inclinados a la idea de que este súbito y masivo intercambio comercial y tecnológico, por buenos resultados que proporcione a corto plazo, sugiere que los linces occidentales está engordando ingenuamente el tigre que un día no lejano acabará devorándolos. Que es un poco lo que ya le sucediera a nuestros abuelos cuando, a finales del XIX, descubrieron con estupor que los pueblos del Oriente remoto habían encontrado un atajo a nuestra civilización sin necesidad de recorrer el largo proceso preparatorio, suceso histórico que está en el origen de la decadencia europea anunciada por Spengler y antes aún por el mismo Niestzche. La China que hoy nos fabrica ‘jeans’ o camisas a precios irrisorios gana con ellos mucho más que nuestros fenicios, de tal modo que permite intuir ya que tal vez la globalización dichosa sea el factor que acabe logrando la inversión de la hegemonía y entregándole a Oriente las llaves del reino. Releo de vez en cuando la tesis del “renegado Kautski” y pienso cada vez que lo hago en lo extraño que resulta que nuestros memoriosos sabios no lo hagan también o, en caso de que lo hagan, que no avisen con señales de humo a esos compradores de duros a dos pesetas que ya viajan a China como pasea Pedro por su casa. Un emperador chino rechazó la propuesta de un rey inglés del XVIII, desdeñoso ante la inutilidad de la industria de Occidente. No había llegado su hora, evidentemente. Hoy, ajustado el reloj a la nueva hora planetaria, todo indica que la hegemonía de Occidente tiene sus días contados en su propia contabilidad.

La partida de Rejón

Rosa Aguilar y Luis Carlos Rejón le han ganado la partida a Diego Valderas y los suyos que pretendían hacer y deshacer a discreción en el único Ayuntamiento capitalino que posee la coalición IU en España. Menos mal, porque, a estas alturas, esas exhibiciones de “centralismo democrático” son puro anacronismo y, encima, a la vista está, no tienen tras de sí, como antaño, la fuerza precisa para imponerse. Claro que la propia pretensión de teledirigir el Ayuntamiento ya resulta ridícula por sí misma porque, hay que insistir en ello, nadie en sus cabales podría creer que si IU conserva la alcaldía cordobesa es gracias a las estrategias partidistas y no al mérito directo, personal, de sus gestores. En IU hay demasiados reflejos fósiles superpuestos a los modos nuevos forzados por las circunstancias y, sobre todo, por el “cobrador del frac”. Valderas mismo es un fósil político, aunque no está solo en esa geología. Si alguien pretende seguir disponiendo de una “izquierda radical” ya se puede ir buscando otra papeleta. 

Artillería pesada

Dice el PSOE de Huelva que, a la fecha en que estamos, pocas presencias del presidente del Gobierno en mítines y saraos electorales, como el que ayer se celebró en Huelva, cabe esperar ya. Y lleva razón. No la lleva tal vez en la exégesis del hecho, porque si ZP se ha bajado al moro onubense no debe de haber sido tanto por predilección –ni se asomó cuando la provincia ardía, por ejemplo– como por la inquietud que las municipales, sobre todo en la capital, le traen al partido. Mal debe de andar la prospectiva de Parralo cuando ZP baja en carne mortal desde Doñana a darle el espaldarazo, y mala debe de ser la expectativa frente a Pedro Rodríguez –incluido el apoyo de una IU sin norte– que seguramente ve en esta visita un refrendo a su propia fuerza. Si ZP se baja a Huelva por algo será. Este es el lado oscuro que muchos ciudadanos sospechan en la luna de ayer. 

Marx en cuaresma

Por un adelanto del inminente libro del papa Ratzinger sobre “Jesús de Nazaret” accesible en el ‘Corriere della Sera’ hemos conocido el gesto no poco audaz del papa de recuperar, siquiera parcialmente, al Marx teórico, cuyo concepto de ‘alienación’ –aquel comodín dialéctico de la progresía en los años 60 y 70– considera el pontífice valioso para ilustrar la condición del hombre. Marx habría proporcionado “una imagen clara del hombre que ha caído víctima de los saqueadores”–dice el papa– aunque, como no podía ser de otra manera, añada a renglón seguido que sin alcanzar la “auténtica profundidad” del concepto, como consecuencia de haber limitado su razonamiento al ámbito estricto de la materia, lo cual supone, a mi modesto entender, el olvido de que el viejo filósofo incluía otras perspectivas, y en especial la espiritual, entre las más activas causas de enajenación conocidas y adoptadas por la especie. Hay conceptos fuertes en la teoría ya clásica, como lo demuestran las fijaciones conceptuales de aquella generación iluminada (a cuyas cohortes mayores pertenece Ratzinger) que no acaban de disiparse en nuestro panorama intelectual. En el caso de Ratzinger, hay que decir, además, que su preocupación por el tema no es nueva pues, al menos desde mediado de los años 80, el actual papa viene utilizando ese término revulsivo en términos que no desdicen la huella de lo que Gorz escribió sobre él en su “Historia y enajenación”. Claro está que igualmente antigua es la condición que pone, y si no échenle una mirada a su “Informe sobre la Fe” (1985) para ver que en él se acepta ya con entusiasmo el concepto marxista aunque reprochándole, como ahora, su limitación materialista. El hombre está enajenado, vive fuera de sí abducido por las circunstancias, pero esa alienación escapa a sus propias fuerzas precisamente porque es algo más que material. Ratzinger decía entonces y en la obra mencionada (cito por mi edición) nada menos que sin aceptar ese sometimiento del ser humano que Marx había descrito con brillantez “no se alcanza a comprender la necesidad de Cristo redentor”. Veinte años después estamos en las mismas, como puede verse, y el teólogo, ya papa, conserva su argumento. No está mal que una noticia como ésa nos llegue en plena Semana Santa.
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Seguro que este esfuerzo por reutilizar materiales tenidos hasta ahora por nefandos escandalizará a más de uno cuando la obra de Ratzinger salga al mercado (dispondrán de ella pronto en “La Esfera de los Libros”) y no sólo dentro del bando integrista al que, desde luego, más le valdría prestar atención al recrudecimiento de la eterna ofensiva antirreligiosa perceptible lo mismo en las palabras no poco banales de Elton John refiriéndose a los creyentes en general como “odiosos roedores”, que en la diatriba entablada por Richard Dawking en su “The God delusión” que tanto nos ha decepcionado a muchos de los antiguos admiradores de “El relojero ciego”. Acusaciones como la de Sam Harris en el sentido de que toda religión es intolerancia o de que el ateísmo es fruta madura pero exclusiva de las democracias liberales, deberían inquietar más a los celosos guardianes del harén ideológico que la hábil repesca de conceptos marxistas que pueda hacer un papa que, después de  todo, es también alemán y filósofo. Hay una distancia sideral entre esta sobreúsa marxista de Ratzinger y el humanismo radical de esos curas automarginados de Madrid que sufren estos días persecución por la Justicia, es cierto, pero el más elemental posibilismo me sugiere la esperanza de que, en definitiva, algo es algo. El mismo Harris sostiene que no hay diferencia entre religiosos moderados y religiosos dogmáticos sino que, en el fondo, todos son iguales. Quizá no, quién sabe. Ver al papa echando mano de Marx en plena Semana Santa tiene su punto. La esperanza, como ven, es lo último que se pierde.