Algo más que palabras

 

El presidente Chaves, tan celoso, como es su derecho y su deber, de su buen nombre y fama política, no puede salir dl actual embrollo de las adjudicaciones de obras públicas entre sus hermanos con un simple topiquillo sobre la honestidad de los suyos y esa pamplina de que caer cerca del Poder perjudica en la vida a los ciudadanos. Al contrario, le venga bien o mal, no tiene más remedio que pechar con los hechos, reconocer que carece de sentido el montaje (todo lo legal que él quiera, pero impresentable) de sus hermanos y adoptar alguna decisión que, sin duda no le saldría políticamente gratis, pero que resulta imprescindible. El cese de ese hermano munífico, para empezar, la luz sobre los negocios del hermano industrial y sus socios, incluso la garantía de que el Presidente no conocía semejante negocio y, desde luego, el reconocimiento de que no es normal. Por supuesto que no hará nada de todo eso, allá él, pero esta vez no se trata de insinuaciones y sugerencias de vidrio sino de hechos como planetas. Si el Parlamento no le pide esas necesarias palabras, es que está definitivamente muerto.

La cubierta voladora

 

Las cubiertas de complejos deportivos llevan camino de convertirse en un peligro político de primer nivel. En Sevilla, una que era propiedad del Ayuntamiento y que había costado un riñón. Desapareció sin dejar rastro (¿) y si te vi no me acuerdo. En Huelva, una empresa que da la casualidad que participa un hermano de Chaves instaló, con subvención de la dirección de la Junta que ostenta otro de los hermanos, una muy sofisticada en el Pabellón Deportivo que se vino abajo al poco tiempo, lo cual no ha sido obstáculo para que la consejería de Turismo (es decir, el mismo hermano/director) se la vuelva a adjudicar, en esta ocasión de manera directa. Son muy peligrosas las cubiertas, pero ya se ve que según y cómo, y que depende de quien que quien las instale tenga el arnés bien sujeto.

Modelos de familia

 

La llamada del papa Ratzinger en su última homilía sobre la familia a favor de la presencia en la vida de los abuelos –ese “tesoro” impagable de la memoria familiar—ha despertado especiales simpatías entre ciertos sectores sociales y, como es natural, alguna inquietud e incluso disgusto en otros. Los abuelos son un “tesoro”, ha dicho el pontífice –que sabe más por viejo que por diablo–, que puede enriquecer mucho la convivencia y esa misma afirmación supone, no cabe duda, un paso decidido hacia la recuperación de la olvidada “familia extensa” que va despareciendo del mapa a medida que el neolítico desarrolla sus posibilidades civilizatorias cifradas más bien en la “familia nuclear”. Los modelos familiares no son adoptados caprichosamente por las sociedades sino que son el resultado adaptativo de la vida a las circunstancias socioeconómicas y no el producto de una caprichosa elección, de modo que si en la protosocociedad (“comunidad” todavía, en el sentido de Tönnies) la convivencia aglutinadora garantizaba una mayor rentabilidad del trabajo colectivo, en las fórmulas que siguieron se apostó ya por la eficacia del esquema celular puro, esto es, la familia nuclear constituida por padres e hijos en exclusiva, de la que es modelo mítico reconocido la ‘Sagrada Familia’ neotestamentaria que Engels revisó a fondo, en sus implicaciones de largo alcance social, sobre las huellas de una antropología como la de Morgan que, a mi juicio de lego, la verdad es que apuntaba en otras direcciones. Pero ¿cómo integrar hoy a los abuelos (a los pobres, porque a los ricos no hay que explicar cómo) si su exclusión de la convivencia nuclear ha sido impuesta por la limitación del territorio vital, es decir, por la drásticas limitación de la vivienda? Cuando los campesinos se trasladaron en masa a la ciudad llevaron consigo los penúltimos abuelos; la generación siguiente, con más o menos artificio, los envío por la vía rápida al moridero.

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Hay algo de anacrónico, más bien de tardío, en el empeño teórico de sacralizar la familia llamada ‘tradicional’ como si fuera la fórmula única descubierta por las estrategias de la convivencia humana. No tienen más que ver que, coincidiendo con el rapapolvo papal (que tampoco ha sido tan áspero, vamos, todo hay que decirlo) unos sabios han anunciado que disponen ya en el laboratorio de esperma artificial, es decir, de la replicación industriosa de la semilla humana conseguida, de momento, a partir de células madres embrionarias y, tal vez más adelante tal vez de óvulos procedentes de células madre, lo que abriría la prometeica posibilidad del apareamiento de una persona consigo misma. Hace poco le seguí la pista hasta perdérsela a un joven que buscaba las huellas genética de su padre en un banco de semen y a través de Internet. Con todo lo cual no pretendo decir más que estamos viviendo una de esas barojianas vueltas del camino que abren nuevos horizontes imprevisibles mientras que cierran sin remedio las antiguas visiones. Las nuevas fórmulas familiares (y las que vengan: ya en España hay reclamaciones para despenalizar la poligamia, por ejemplo) prosperarán en la medida en resulten funcionales a los objetivos del parsoniano ‘Sistema Social’ y sanseacabó. Familias monoparentales, familias extendidas como ahora se dice, tríos o cuadriláteros, da lo mismo siempre que en la práctica encajen en el engranaje productivo, y por más que la familia convencional recupere y hasta refuerce su prestigio. Porque no se trata de predicar el beneficio de los abuelos sino de decirle al padre de familia dónde y cómo reubicarlo en el pisito abarrotado que de por sí impide ya la intimidad elemental. Ratzinger echa una mirada nostálgica al clan y la tribu cuando lo que no se tiene en pie es la propia familia nuclear, náufraga en el piélago urbano. Gide decía que odiaba a la familia. El papa ha llamado al abuelo para templar gaitas.

Siempre hubo clases

 

Los trabajadores sevillanos de Astilleros, tras acusar de “embustero” al presidente del Gobierno, le andan pidiendo a Chaves que medie con la Sepi para ver si se logra el cumplimiento de los acuerdos y se salva el trabajo amenazado en las factorías. Hemos dicho y repetido que no hay más realidad que la posible y que, en el caso, de esas empresas ruinosas, no es descabellado buscar fórmulas que liberen al común de los ciudadanos de la carga que supone mantenerlas artificialmente. Ahora bien, reciente está el insólito acuerdo de oro logrado entre sindicatos y Sepi en Televisión Española, y no se entiende por qué habría que aplicar unos criterios férreos en un sector y entregarse con armas y bagajes en otro. El toque está en que ha habido muchos años para buscar una alternativa razonable y práctica al viejo problema y apenas se ha hecho nada definitivo. Pero igual podría servir de modelo el acuerdo de Madrid y adaptar en Astillero el concierto de la TVE.

Embudo de progreso

 

Resulta dura la demanda interpuesta por Comisiones Obreras –un sindicato de clase, marxista que yo sepa—contra una Diputación gobernada (es un decir) por un “pacto de progreso” PSOE-IU. Más aún si se considera el motivo de la demanda que ni más ni menos que la presunta estrategia de ninguneo seguida contra el sindicato en la institución, la negativa de los órganos directivos a facilitar la información laboral a la que tiene pleno derecho, la “obstrucción a la actividad sindical, a la información y al derecho de expresión”. En la Dipu hace tiempo que UGT hace el papel de sostén legitimador de lo que mandan y CCOO le de defensor de los no escasos funcionarios que se sienten perjudicados por el trato administrativo. Pero estas son ya palabras mayores por venir de quien viene y por ir a quién van. No es que desde la derecha se le exija a Cejudo libertad y respeto a los derechos de los trabajadores, sino que quien se lo reclama es el gran sindicato de la izquierda. A ver cómo explica eso el “pacto de progreso”. O como no lo explica, que es lo previsible y lo escandaloso.

El balón podrido

El triunfo de Italia en el Mundial de fútbol ha servido de excusa, incluso antes de producirse, a la corriente de tolerancia que recorre el país solicitando una amnistía para los equipos galácticos sorprendidos ‘in fraganti’ conchabando partidos a cambio de dinero. La petición fiscal de que la histórica ‘Juventus’ descienda a “segunda B”, esto es a tercera división y sea penalizada con la pérdida de un par de “escudettos” ya ganados, así como las sanciones propuestas para los grandes club milaneses, han disparado todas las alarmas sobre todo por el hecho de que los astros del balompié ligados a esos clubs podrían emigrar por la vía rápida a otros países acogidos a cierta cláusula de sus contratos que prevé esa posibilidad. De ahí que la conquista de la Copa haya sido aprovechada por los sectores posibilistas para improvisar un indecente proyecto de amnistía en virtud del cual el máximo galardón deportivo de la especialidad pasaría a ser mera coartada de los golfos conchabados, lo que vendría a dar la razón a la amarga queja escuchada estos días en Francia y Alemania de que no resultaría precisamente moralizador que ese ansiado grial acabara en manos manchadas de esa manera por la corrupción. En España se acecha con expectación el desenlace del pleito pues de su providencia depende que nuestros equipos se refuercen con los servicios de los grandes mundialistas, sin reparar, por supuesto, ni siquiera en que algunos de ellos hubieron de pasar por comisaría y por el juzgado antes de tomar el avión hacia la victoria. El mundo del fútbol está dando una soberana lección de impudicia de la que, probablemente, le va a costar Dios y ayuda recuperarse en los próximos tiempos.

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No hay rastro de trucos antideportivos en el olimpismo clásico, en el que el uso de ungüentos y brebajes estimulantes por parte de los atléticos efebos –suficientemente probado, como se sabe– se consideraba ingenuamente como algo ‘natural’ y ajeno a la malicia. Pero el deporte entendido como noble ejercicio de superación fue cediendo paulatinamente a las exigencias de la competición –como de modo sugestivo sugirieron, a propósito de los propios torneos caballerescos, algunos historiadores de las mentalidades en términos que hubieran sublevado a Amadís, don Quijote o al muy real don Suero de Quiñones– hasta ceder sin remedio bajo el peso de la industria deportiva. El “tongo” era ya una institución del ‘box’ americano, un secreto a voces en el ‘cacht’, un sutil soplo en el ‘derby’, y algo habitual, en definitiva, en la inmensa mayoría de los deportes sobre cuyos resultados se crucen apuestas, antes de infiltrarse en el fútbol con la sugestión irresistible de sus maletines y sus ruidosos sobornos. Cuando nos hemos querido dar cuenta, los grandes equipos, sujetos a la lógica del capital, han caído en manos de financieros que, en no pocos casos (ahí está el reciente del Madrid), incluso dejan sus negocios principales para entregarse en cuerpo y alma a esta “romántica” aventura futbolera cuyo montante presupuestario no es ni mucho menos lo que fue en su día, y los conjuntos ciclistas, hasta antier por la mañana compuestos de asténicos ganapanes frenéticos perseguidores de su honra, se han convertido en mafias en las que el dopaje cuanta tanto o más que el entrenamiento. No es extraña esa solicitud de amnistía que se oye en Italia, un país en el que Berlusconi está harto de aprobar leyes para escurrir su propio bulto a la Justicia, pero sí que constituirá, de aprobarse, una decisión fatal y tal vez irrecuperable para la autoestima deportiva. Utilizar el Mundial como tapadera de la corrupción constituiría un gesto sin posible vuelta atrás que no debe consentir la autoridad supranacional de ese deporte. Ni siquiera en Italia, donde bien sabemos que, llegado el caso, la Justicia vale bien poco y que tres cosas son dos pares. Alguien se ha acordado en Francia de la ilusión de Drieu de que en el deporte el hombre recupera sus derechos. Drieu no pudo ver, el pobre, el cabezazo de Zidane.