Cuentos de campaña

¡Pues no que dice la Junta que “no desistirá” de cobrarle a Boliden, la multinacional sueca que, como antes hiciera en otros lugares, se cargó aquí un paisaje y a punto estuvo de cargarse el parque nacional de Doñaña! Hace falta tener rostro para tirarse ese farol después de que hayamos visto, durante años, la habilidad con que la primera institución autonómica –de acuerdo siempre con los Gobiernos de Madrid– se ha quitado de encima ese muerto político que a duras penas le hubiera cabido en el armario. Boliden levantó el vuelo como lo levanta la bandada de tordos tras saquear el olivar y hace años, seguramente, que dio por zanjado un enredo para salir del cual la pasividad o indiferencia de la autoridad española fue decisiva. Es un cuento que, a estas alturas, alguien espere cobrarle esa factura a Boliden, un puro camelo electoralista, pero hay que reconocer que de los más descarados que se le recuerdan — ya es difícil eso mismo– a esta Junta –ahí está en plena actualidad el caso Delphi– implacable con los de abajo pero sumisa con los de arriba. 

Y van tres

Agotada la vía laboral, también la presunta acosada de la Diputación ha recurrido a LA vía penal y llevado a la candidata, junto al presidente de la Dipu, ante los tribunales acusados de ‘mobbing’. Inexplicable historia, absurdo desde cualquier perspectiva sensata, que no se haya liquidado ese contencioso ridículo e injusto (como Parralo le prometió a la sufrida querellante en su día) prefiriendo, incluso en plena precampaña, una querella tan fea que, aunque no cuente con tiempo material para una eventual imputación fiscal a la candidata como la que ya pesa sobre el presidente, poco la puede beneficiar de cara a la opinión. Y ni les cuento si esa opinión conociera la cocina del “caso”, las circunstancias de la querellante y los presuntos motivos (su relación con un dirigente sindical crítico) por las que se la ha castigado con el ostracismo hasta lograr enfermarla. Un disparate estratégico que sugiere, por otra parte, el dudoso nivel ético de quienes se han creído, definitivamente, que las Administraciones son un cortijo privado. 

La media verdad

Con motivo del proyecto de ley que promueve el Parlamento Europeo buscando una norma general para condenar los crímenes nazis y sancionar la creciente infamia de su negación, varios comentaristas más o menos conservadores y alguno que otro acreditadamente progresista, se han preguntado por qué no se hace el trabajo completo de una puñetera vez, es decir, por qué junto a ese anatema contra la perfidia hitleriana no se incluye otro contra la vesania stalinista, un hecho pavoroso que ahora ya no es desconocido (ni negado, menos mal) pero que sigue siendo una suerte de mal “de segundo orden” en el que no es tan urgente reparar. Denuncian esos críticos, con toda la razón del mundo, la ‘banalización’ que desde la izquierda se ha hecho tradicionalmente de la locura soviética de aquellos años de plomo –los años de los Beria y los Yagoda– y exigen que sea castigada en adelante de la misma manera que lo es la ‘banalización’ del Holocausto que hacen lo mismo los descerebrados “skean” que algún presidente como el que rige los destinos de Irán. No me ha sido fácil hacerme con un libro (“Cannibal Island”, de Nicolas Worth, que les recomiendo con vehemencia) en el que se revive la espantosa, desgarradora, crónica de un grupo de cinco mil  prisioneros a los que el stalinismo recluyó a cal y canto y sin alimentos ni medios de ningún tipo, en cierta isla fluvial siberiana que, como es natural, sería su tumba en poco tiempo, pero no antes de convertirse en un horripilante paisaje de barbarie en el que, según los testimonios de algún superviviente –y en una panorámica que recuerda el sueño conradiano de “Apocalipsis now”– los confinados acabaron sus días como antropófagos en la más abyecta de las miserias. Lean le libro (como otros tantos que ilustran este tema) y traten de entender después desde qué razón es posible que algunas naciones –en concreto algún país báltico– se opongan al establecimiento de esa norma que poco puede remediar ya pero que puede prevenir no poco de cara al futuro. Algo habrá que hacer para escapar a esta boga de la “media memoria” determinada por la “verdad a medias” que también en España nos aflige a la sombra de este Gobierno.
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El reciente desbloqueo, casi por sorpresa, de la ley de Memoria Histórica no ha complacido en el fondo a nadie: ni al Gobierno, atrapado en su propio garlito; ni a IU/ERC en su absurda pretensión de institucionalizar la parcialidad ; ni al vasto país conservador que, acosado y con difícil escapatoria, se niega, con criterio bien razonable, a asumir una revisión demediada de las responsabilidades criminales de la dictadura con olvido de las que, por acción u omisión, contrajo el régimen republicano. Ahí tienen reproducido el enfrentamiento europeo, la misma pretensión de hacer justicia de una parte dejando a la otra en el desamparo jurídico. ¿Cómo declarar la ilegalidad de las sentencias emitidas por los tribunales rebeldes del franquismo sin hacer lo propio con las que dictaron los tribunales populares a pesar de operar en un régimen que mantenía intacta su estructura política y judicial? Hasta un personaje tan poco sospechoso de oponerse al Gobierno como Paul Preston acaba de declarar que él no hubiera suscrito nunca una ley como ésa, en línea con el distanciamiento público de otros historiadores como Stanley Payne o Hugo Thomas, y en cierto modo, en línea también con reflexiones como la referida de Nicolas Worth y con las de tantos denunciantes de la injustificable pretensión autopostulada ‘progresista’ que pretende demonizar la satánica maldad de un bando pero encubriendo deliberadamente la barbarie del otro. Hace poco un heroico “resistente” francés lamentaba la justa violencia que debió ejercer en su día contra ocupantes y colaboracionistas. Admirable ejemplo. Aquí carecemos de ese sentido de la equidad. En cierto modo es un consuelo ver que por ahí arriba también.

Eleccionario municipal

Dice el PA que no pactará ni “con políticos corruptos ni antedemocráticos”. NO da abasto la Junta Electoral mandando (con escaso éxito) retirar vallas y suprimir campañas propagandísticas ilegales. No cabe en el pergamino los nombres de candidatos que concurrirán a las elecciones en su condición de tránsfugas acogidos o aquellos que lo harán bien imputados directamente (por ‘mobbing’, por prevaricación y otros motivos) bien solamente denunciados por lo mismo. El PSOE ficha falangistas para sus candidaturas y algunos “independientes” de profesión tienen su caña desde el puente a ver lo que cae. El alcalde de Sevilla, pendiente aún la última palabra sobre el escandalazo de las facturas falsas, se trae a la campaña a televisivos “hombres de Paco” y la de Córdoba le gana por la mano a los priscocumunistas que mandan IU y se entrega a la aruspicina de Luis Carlos Rejón. El PP denuncia el “chantaje” del PSOE en Marbella y la ministra ‘lady Aviaco’ reparte AVEs inverosímiles por doquier. Y no hemos hecho más que empezar. Lo peor está por venir. 

El AVE de nunca acabar

El AVE ni llegará a Huelva, según los responsables, hasta el 2017. ZP anunció en el mitin del otro día, sin embargo, como quien saca un conejo de la chistera que nos va a regalar diez años, o sea, que en Abril (¿¡) estaría licitada la Estación. Hasta un membrillo sabe que eso es administrativamente imposible, en la práctica, razón por la cual, andan tratando de salvarle la cara al Jefe al limón entre la candidata y la ministra del ramo, en un alarde de metirijilla que clama al cielo. No otra ocas es el anuncio hecho por Parralo y ‘lady Aviaco’ de que el Gobierno ha dado un empujón definitivo a ese TAV ya que lo licitado no es más que un mísero concursillo de 300.000 euros (calculen en pesetas para mayor inri) destinado a pagar el estudio previo de la actuación previa del previo plan de la previa decisión, no sé si soy capaz de explicarme. Total, que nada: rollo: el AVE onubense no aparece en el mapa de la AVE ni existe la menor intención de adelantar el mil veces prometido trazado. Ya pueden irse buscando otro embuste porque este no cuela ni con calzador. 

Morir morito

En muchas partes de la Andalucía profunda se sigue llamando “morito” al niño no bautizado. Más exactamente, se dice que el niño aún “está morito”, no que lo sea, ¡por Dios!, pues no se trata de nada esencial sino de una circunstancia tradicionalmente subsanable. La Congregación para la Doctrina de la Fe acaba de establecer que “existen serias razones para creer que los niños que mueren sin bautizar se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios”, una magnánima respuesta dada a la grave preocupación del difunto papa Wojtila anduvo preocupado, en efecto, como aquí comenté en más de una ocasión, con “la suerte ultraterrena de esos niños que mueren sin bautizar”. Los viejos inquisidores salen ahora por peteneras afirmando que, en realidad, el limbo no fue nunca otra cosa que una “hipótesis teológica” jamás respondida ni explicitada ni en la Sagrada Escritura ni en la Tradición, doble aserto que me permito poner en duda, lego y todo, porque a más del famoso texto de Agustín lanzado (creo recordar que contra los pelagianos) en el que afirmaba la condenación eterna y sin concesiones de esos angelitos, no hay modo de olvidar que el limbo fue asumido también por el mismo santo Tomás. Todavía en Trento hay alguna voz sensata –la del obispo Lippomano– que logra reducir el rigor de los tremendos dejando reducida la idea de esa especie de burbuja sartriana entre “El Ser y la Nada”, a una postrimería secundaria, pero que ahí estaba, en fin de cuentas. ¿No acabo de recordar que a Wojtila le quitaba el sueño esa suerte ultraterrena de los “moritos” muertos sin bautismal?  Que no vengan con cuentos porque el Limbo, con mayúscula, ha estado siempre ahí, como un blando enclave metafísico, como una burbuja psíquica en la que flotarían eternamente sin miedo ni esperanza los inocentes sin suerte. El sabio Covarrubias en su ‘Tesoro’ al limbo se refiere como a una “parte del infierno”, justo aquella “do están los niños que mueren sin bautismo”, es decir, el “limbus infantium” que hay que distinguir del “limbus patrum” al que bajó Cristo el Viernes Santo a rescatar a los padres. Justo es decir que la teología reciente ha eliminado semejante idiotez de su repertorio. Cuando a Léon-Dufour le preguntó un insolente por qué no había incluido ese concepto en su estimable repertorio teológico, el maestro se limitó a saltar cortésmente sin garrocha sobre la ingenua cuestión: “Bah, vamos a otra cosa, ‘s’il vous plait’ ”. Y no dijo ni pío.
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Las varias veces que me he referido aquí a este tema he mirado la cuestión desde el mismo ángulo: ¿cómo es posible que sigan enredados en ese galimatías con la que está cayendo? ¿Será posible que una decisión que, en la práctica, ya habían adoptado por su cuenta y riesgo la inmensa mayoría de los creyentes, sea presentada una y otra vez como un avance sustancial y un nuevo eslabón de la cadena del “aggiornamento”? Y por supuesto desde el lado sangrante que obliga a preguntarse qué clase de fe puede sentirse legitimada por esta suerte de pamplinas –“la suerte extraterrena de los niños no bautizados”– mientras permanece indiferente o, al menos, conformista, con la suerte real, terrenísima, de esos miles de infantes diarios que irían derechos al limbo con el estómago vacío y los huesos a flor de piel?  P. Bayle decía (¡hacia 1700!) que la condena de esos niños inocentes, aparte de un torpe absurdo, no es más que un indignante simulacro de justicia. Un defensor al ultranza del infierno como Leibnitz (ver sus “Ensayos de Teodicea”) no consintió, sin embargo, esta condena se los niños que le parecía, manos mal, sencillamente impía y bárbara, “un renovado culto a Moloch”, como alguien escribió luego con las del beri. En fin, ya pasó: no existe el Limbo, el Infierno es apenas una verbalización del miedo, el Cielo un “enclave metafísico” y el Purgatorio apenas una pesadilla superada. Una gran noticia, sin duda, para el Tercer Mundo.