La bata blanca

No sé si será verdad o no, pero resulta de lo más inquietante la noticia –que debería ser confirmada o desmentida sin demora– de que un médico se reincorpora a la consulta del SAS tras haber pasado decenios como alto cargo de la Junta, hasta encabezando consejerías. Si lo fuera habría que preguntarse por qué entre las incompatibilidades lógicas que se exige tras su cese a esos altos cargos no figura una específica referida a los sanitarios que han pasado su vida en un despacho o en un escaño sin ver a un paciente ni por el forro. Un título no puede ser una carta blanca cuando se trata de quien tiene en su mano la salud de la gente.

Pelillos a la mar

Treinta años después del atentado terrorista de Estado que hundió al arrastrero de Greenpeace “Rainbow Warrior”, el coronel francés Luc Kister ha confesado públicamente haberlo perpetrado personalmente colocando en su casco la carga explosiva. No creo que, a estas alturas, la confesión del terrorista provoque gran conmoción en la conciencia pública, pero el ejecutor –que no iba sólo, sino formando parte de un grupo de doce militares en el que figuraba el capitán Gérard Royal, hermano de Segolène…– dice sentirse abrumado por el peso de la culpa y necesitado de descargarla revelándola. Nada se dice al difundir la noticia del papel principalísimo jugado en el crimen por el presidente Mitterrand que no sólo parece que fue el alma y responsable último del atentado sino que poco después condecoraría privadamente en su biblioteca a los guerreros que lo libraran de la presencia de los ecologistas en el atolón del Pacífico donde Francia realizaba a la sazón sus pruebas nucleares. ¿Quién puede tirar la primera piedra en esta materia, aquella Francia socialista que acabaría excusándose del golpe cuando ya no tenía remedio, la Inglaterra conservata de la señora Thatcher que mandó acribillar en Gibraltar a sus rebeldes, el Gobierno español que organizó chapuceramente el GAL, acaso el italiano que pactó —cuando el proceso Sofri y el exilio de Antonio Negri– la eliminación física de las Brigadas Rojas, o el ruso que ordenó envenenar con polonio-210 al teniente coronel del KGB Aleksandr Litvinenko por haber roto las reglas del juego post-soviético?

El Leviatán lleva dentro inexorablemente esa pulsión terrorista casi inseparable del Poder que se reaviva cada vez que llega el caso sin pararse en barras ante el derecho superior. Y lo que es peor, nada más cierta que esa malicia que dice que los terrorismos de Estado suelen contar con fuertes apoyos en una inocente opinión pública que no piensa al apoyarlo que está exponiéndose ella misma al abuso de poder. No hay democracia –hasta la tocquevilliana de los EEUU tiene su Guantánamo que no lleve dentro el gusano perverso que es la tentación terrorista y la rémora amoral de la superioridad del poder sobre la ley. Luego, claro, se pide árnica y se presentan excusas en un ejercicio de cinismo que supera a la inicial negación. Tarde, cuando ya el mal causó su estrago, cuando no hay remedio posible para las víctimas. “El Estado soy” yo, dicen que dijo Luis XIV. Más o menos como todos, pues.

Ni fuera ni fuero

Es durísimo y, ciertamente, puesto en razón, el auto dictado por el titular del Juzgado de Instrucción número 4 de Granada, Antonio Moreno, endosándole la responsabilidad civil subsidiaria derivada del “caso Romanes” –abusos sexuales de menores por parte de clérigos de la diócesis—al obispo Francisco Javier Martínez en quien aprecia descuido en el control y vigilancia de sus curas que el propio papa Francisco la Conferencia Episcopal española recomiendan hoy sin reservas. Más de uno ha de enterarse que los tiempos han cambiado y de que ese cambio alcanza incluso a una Iglesia nada dispuesta a tolerar privilegios y, menos aún, crímenes de esa naturaleza.

Revolución demográfica

La imagen del niño ahogado en la playa ha conmovido, por fin, las conciencias. Casi nos habíamos acostumbrado ya al notición del naufragio, al parte que hablaba, casi a diario, de decenas o cientos de emigrantes ahogados, mujeres y niños incluidos. Es lo que tiene el Mal en la sociedad de los “medios”: que la repetición diluye las emociones, las sustituye por el hábito de una compasión compartida en dosis homeopáticas. ¡Pero un niño –como el suyo, como el mío, porque todo niño es un niño—arrastrado inerte por las olas hasta la soledad de la playa es demasiado incluso para este corazón blindado que nos permite sobrevivir frente a la catástrofe continua. Europa tiene un problema, no cabe duda ya a la vista de ese emblema conmovedor, un problema que no puede eludirse por más tiempo por difícil que sea su solución –que lo es y mucho– y sospecho que la foto de ese cadáver entrañable parece haber contribuido -¡no me digan que no es amargo!—a que la política entienda de una vez que esto no hay quien lo pare, que no se trata ya de pellas de inmigrantes cuya explotación laboral, en fin de cuentas, tanto puede beneficiar a una lonja desregulada, sino de un reajuste poblacional de dimensiones continentales plenamente justificado por la necesidad. Primero los colonizamos, luego los dejamos a solas con sus sátrapas conchabados, finalmente nos inhibimos incluso frente a los genocidios y cerramos los ojos para no ver los trajines de las mafias que señorean la nueva trata. Igual ese ángel asesinado nos remueve la conciencia.

Estos flujos migratorios no son una serpiente de verano sino el estertor de un mundo en ruinas que intenta escapar a la miseria y al terror, seducido como el pájaro por la sierpe entrevista en sus televisores, aunque ello comporte una auténtica revolución demográfica y geopolítica que los países desarrollados no podrán evitar. África está en quiebra en buena medida por los tratos con un Occidente que, tras desvalijarla en claves neocolonialistas, sostiene connivente a sus oligarquías, con las que hace negocios y a las que vende sus armas y pertrechos, ajena a la tragedia incesante. Quizá ese niño vencido –como tantos otros—le toque el corazón, quién sabe. Ese niño como el de usted, como el mío, como el del vecino, porque ya les digo que todo niño es un niño, y si desviamos la mirada es para no ver al nuestro en su triste lugar. ¡Hasta la misericordia tiene un trasfondo egoísta! Y después de todo, menos mal.

Respiro judicial

Si es cierto que la jueza sustituta de Mercedes Alaya mandó a sus funcionarios no tocar siquiera, desde junio, un papel de los nuevos y graves “casos” que pesan sobre la Junta al objeto de “presionar” a ésta para conseguir refuerzos, no faltará quien se pregunte por qué no presiona ella misma al consejero de Justicia, íntimo suyo al parecer, que es quien parte y reparte ese auxilio. Y si resulta serlo que pondrá las macrocausas en manos de los nuevos interinos, apaga y vámonos. Lo que parece confirmarse es que la jueza Núñez está dando un impagable respiro judicial al “régimen” amenazado por las corrupciones, aunque no haya que olvidar que es el Consejo General del Poder Judicial el que tiene en las manos todo este quilombo.

La “Rentrée”

Antes no existía el síndrome post-vacacional o al menos yo no tenía de él la menor noticia. La gente vivía como instalada en un “continuum” en el que se incrustaban, como remansos previstos, los días del “otium”, que son lo verdaderamente humano de le existencia, y tras los que volvían inexorables y sin solución de continuidad, los trabajos y los días. El concepto de “vacación” es moderno, pertenece a la galaxia psíquica del trabajador contemporáneo, único ser de la especie laboriosa que escapa al castigo divino del trabajo, pero ciertamente se ha convertido ya en un derecho y en un rito reconocido incluso por el subconsciente. ¡A buenas horas iba un propio a reclamar a nuestros abuelos del “Ancien Régime” unos salarios gratuitos impuestos por la ley tanto como por la razón! He vivido estos días aislado del trajín, acogido a amistoso sagrado en mi asilo gallego –brumas matinales, amables rachas de chirimiri, senderos inacabables del jardín, últimas camelias, laberintos de boj, breves rosaledas, otoñados macizos de hortensias, parterres de zinias y dalias, agapantos y lirios hermanados con paños de hortalizas, de frutales, de hierbas olorosas…– sin plena conciencia de lo que es la libertad, esa condición suprema que sólo se echa de menos cuando se carece de ella. El viejo ocio, creador o contemplativo, inmemorial privilegio de casta reducido ya demóticamente a simple y paradójico derecho colectivo. Ese recreo del ocioso –neurosis aparte– devuelve al hombre a su condición primordial.

Lo que no comprendo es el “élan” multitudinario que hace preferir a la mayoría urbana las atorrantes bullas a la soledad sonora. Mañana me levantaré temprano, habré perdido la mena feliz para reencontrarme con la inevitable ganga cotidiana –el evangelio de la vida según el telediario–, las citas y compromisos, las malas nuevas de nuestra humanidad desnortada, el ansia otra vez en lugar del paladar delicado de la pausa. Aún llevo enredadas en los ojos, en su memoria visual, los doseles de tilos, los sotos de mirto, la elemental fragancia de la tierra húmeda, la imagen casi irreal del cisne deslizándose mágicamente sobre la lámina plateada del estanque. ¡Qué se le va a hacer! Hesíodo creía que el trabajo lo decidía Zeus y que al hombre no le quedaba otra opción que la labor intensa. Tantos siglos después, tanto progreso acumulado, y no concibo siquiera la posibilidad de contradecir esa mítica lejana que mantiene enhebradas las cuentas de nuestra razón de ser.