La prueba del parqué

Mal se le está poniendo a la delegada Rosario Ballester, ex-alcaldesa moguereña, el asunto de su chalé presuntamente ilegal, pero hay que reconocer que no sólo debido a la presión del Ayuntamiento sino por esa manía de negar lo fácilmente demostrable, verbi gratia, que si efectivamente su construcción fuera un cobertizo no llevaría suelo de parqué. Lo grave del tema es la construcción en terreno no edificable, un disparate que tiene grave precedente en el enredo de Punta Umbría patrocinado por el propio Barrero y que costó el cargo al delegado de Medio Ambiente por denunciar lealmente el abuso. La verdad es que no se entiende que personas con experiencia política caigan en estas tentaciones, pero menos aún que se empeñen en escapar del compromiso a base de negar los hechos evidentes. Ballester haría bien en reconocerlos o, cuando menos, en callar dando su brazo a torcer, aunque cuente, como seguramente cuenta, con el respaldo de quienes tal vez no puedan tomar otra actitud.

Fallo comprobado

A uno le parece –y disculpen el subjetivismo– que la campaña desencadenada por la dirección de Tráfico de ese político hiperactivo y protagonista que es Pere Navarro constituye un montaje perfectamente obsceno, que es como ahora se dice. Esos intranquilizadores ‘spots’ radiofónicos que hablan de agonizantes en las cunetas o de las razones que un conductor tiene para elegir entre la vida o la muerte, esas exhortaciones al autocontrol que delatan a la legua el fracaso de la autoridad, son casi tan intolerables como el designio de la Dirección de desviar toda la responsabilidad por el holocausto anual a los conductores en descargo de las propias culpas. ¿Es decoroso traficar publicitariamente con la muerte para probar el éxito de una política o medir su fracaso? Lo último lo apunto porque el propio Navarro ha asumido el compromiso de aceptar como un fracaso de las medidas impuestas por el Gobierno (carné por puntos, instalación masiva de rádares) el hecho de que las muertes registradas en carretera durante la Semana Santa llegaran a igualar en número a las de año anterior, eventualidad que, en efecto, se ha producido, dejando en evidencia la absoluta banalidad de ese compromiso adquirido y, de paso, como el propio responsable adelantara, otra obviedad: la de que “algo está fallando” de modo y manera que resulta preciso reconocer la inutilidad de las medidas adoptadas. Conformes con esta sabia conclusión, sólo nos queda esperar a ver quién se cubre la cabeza de ceniza dispuesto a espiar la culpa de la inepcia y a pagar el pato como se supone que ocurriría en cualquier régimen de opinión pública que se preciara de tal. Nos han agobiado durante semanas, nos han reventado las vacaciones con sus brutales mensajes, han amenazado con sanciones enérgicas a diestro y siniestro, pero más de cien personas fallecidas en ochenta accidentes –la misma cifra, en efecto, del año anterior– certifican el más rotundo descalabro del sistema de prevención. ¡Algo ha fallado, vaya si ha fallado! Y hasta un niño comprendería sin esfuerzo dónde radica ese fallo. Que lo comprenda el propio empresario de la fantasmagoría ya es menos probable.
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El miedo no parece ser eficaz remedio contra la locura viaria. Fracasaron también en su día las truculentas campañas de la dictadura cuando ordenó señalizar todos y cada uno de los puntos siniestros con expresión literal del número de muertos y heridos. Y han fracasado ahora esta agresiva cruzada contra la mala conducción tanto como esas medidas policiales cuyos eficaces antídotos –compraventa de “puntos”, bufetes especializados en recurrir las sanciones o infalibles “avisadores” vía satélite– se anuncia desvergonzadamente en las mismas emisoras que trasmiten la publicidad ministerial. El carné por puntos, para empezar, parece claro que ha resultado papel mojado, una vez superado el susto inicial, y los rádares anunciados a bombo y platillo no asustan, como es natural, a nadie que, por un módico precio, pueda llevar a bordo un ‘gps’ para conocer de antemano el lugar exacto de los emplazamientos, el límite de velocidad exigido e incluso la presencia de un control de alcoholemia. ¿Sabía todo esto ese director ubicuo, acaso no se puede hacer nada contra una propaganda que anuncia productos para, en definitiva, garantizar la impunidad? ¿Y qué hará el Gobierno, en consecuencia, qué reacción cabe esperar de un político que ha establecido libremente los límites de su fracaso personal? Pues seguramente nada de particular, sino “un poco de por favor”, como diría la alcaldesa de Córdoba, unos cuantos telediarios enzarzados en que si por aquí o por allá, y poco más. Verán como para la próxima “operación salida” de nuevo nos llueven providencias, consejos y amenazas. Aunque quizá –y algo es siempre algo– el director Navarro renuncie en adelante a jugar en público a la ruleta rusa.

La menos neutral

Es notable que sea el propio Consejo Audiovisual –órgano de incuestionable índole partidista y cuya dependencia del poder no se plantea siquiera– el que proclame a Canal Sur, es decir, a la radiotelevisión pública andaluza, como el montaje mediático “menos neutral” de Andalucía a juicio de los propios andaluces. La fuente es el Barómetro de cámara de Chaves –el que hace el IEAA cordobés pero, en este caso, por encargo y con cuestionario del cliente–, es decir, la menos sospechosa imaginable de buscarle las cosquillas a Chaves y los suyos que, como sabe la inmensa mayoría, son quienes mueven los hilos de esa marioneta. Están bien, pues, pero ¿y ahora qué? ¿Sancionará ese Consejo fantasma (como soñara alguna vez su presidente) al ‘medio’ que ese modo defrauda la confianza pública o tirará millas en silencio, que para eso paga quien paga? No sabe/no contesta, pero anoten que quien certifica la grave descalificación pública de “La Nuestra” no ha sido la oposición sino la misma burocracia chavista.

Se acabó el disimulo

Los tránsfugas, es decir, esos desconocidos descolgados de las listas en que fueron elegidos en su día, van a ofrecer otro “show” en Huelva. Son todos fugados del PP y todos alineados ahora con el PSOE, curiosa circunstancia que dice mucho de la capacidad de maniobra del “aparato” sociata y, paralelamente, sugiere que en el seno de la organización conservadora sobran los oportunistas. Y actuarán a cara descubierta, como si ser tránsfuga no implicara un estigma denunciado, aunque sea de boquilla, por todos los partidos, y como si no estuviera vigente (¿lo está?) el pacto firmado en el Congreso no hace mucho bajo la batuta del propio Gobierno. Todo ha de valer de aquí a las elecciones, aparte de que el PSOE de Barrero no se corta un pelo para legitimar a un colectivo de tránsfugas, como el de Gibraleón, que él mismo se vio obligado en su día a expulsar del partido. Los tránsfugas, al menos, dan la cara, actúan ya sin complejos y a la luz del día. Son mercenarios que acaso no distinguen siquiera entre la lealtad y la conveniencia y de los que pasado mañana, menos mal, nadie volverá a acordarse.

Retorno a lo sagrado

Mientras en la prensa francesa hace furor el descubrimiento del timo de las reliquias de Juana de Arco –que han resultado ser restos trucados de una momia egipcia aparte de una vértebra de gato (y no resulta difícil colegir la relación entre el simbolismo mágico de ese felino ni la acusación brujería que cayó sobre la Doncella)– se amontonan, a favor y en contra, por supuesto, las noticias propias del tiempo litúrgico. Cuenta una de ellas que el PC ruso, dirigido hoy por Guenadi Ziuganov, no sólo ha renunciado al “rechazo de lo religioso” sino que acaba de reclamar al Estado la inclusión de la enseñanza ortodoxa en los planes de estudio, dado el carácter de “patrimonio patriótico” que las nuevas perspectivas permiten (o aconsejan) atribuir al hasta ayer considerado “opio del pueblo”. De otro lado, una espléndida entrevista con Jean-Michel Poffet, director de la Escuela Bíblica Francesa de Jerusalén, ofrece en un periódico una visión crítica y libre de la tradición bíblica que sugiere la relatividad del relato sagrado desde el ambicioso propósito de superar el inútil empeño de distinguir entre lo histórico y lo falso, es decir, que potencia al máximo la sugestión mítica de la historia sagrada, inseparable culturalmente de este presente y de todos. Y en fin, la revista ‘Esprit’ dedica un monográfico imprescindible al que titula, un poco audazmente, “las efervescencias religiosas en el mundo”, una rúbrica que acoge reflexiones sobre el posible ocaso (¿provisional, eventual?) del proceso secularizador y la vuelta a lo sagrado por parte de unas sociedades probablemente desilusionadas con la desacralización primero y con el relativismo después. Parece que, en fin de cuentas, el mismo hombre que huía de la fe y reclamaba el laicismo a la sombra de la industrialización, vuelve por donde se fue en busca de un bagaje perdido sin el que tal vez no le ha sido tan fácil reconocerse como pudo pensar cuando partió en estampida. En medio de esta inmersión piadosa que es entre nosotros la Semana Santa, con o sin tamborrada, asomarse a esas perspectivas resulta verdaderamente estimulante, al menos para mí.
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 Tal vez, podría concluirse de la lectura de ese volumen, que hemos ido demasiado aprisa desde Weber en adelante, sobre todo cuando nos hemos deslizado sobre la nieve en polvo que precipitó la fenomenología a partir de Schutz y esos “universos simbólicos de significación” que muñó Berger y explayó Luckman. Los nietos de Mounier, el viejo fundador, contemplan con regusto indisimulado las nuevas circunstancias del planeta, la irrupción del islamismo y su difícil adaptación al medio desarrollado, los progresos de la crítica protestante pero, sobre todo, el auge imparable de la oferta proveniente de evangelismos y pentecostismos que no son, de hecho, más que mutaciones de la radicalidad monoteísta en ese medio tecnificado (desarrollado) en que aquellos sabios presumían que iba a cerrarse definitivamente el círculo de la desacralización. Sólo Europa, al parecer, no llevaría el paso cambiado en este desfile previsto desde hace décadas, en la medida en que en ella los fenómenos de ruptura, la forma de la deserción ideológica y moral, coincidirían, en líneas generales, con lo previsto por la sociología. En USA la explosión confesional tiene tintes no poco lamentables de irracionalidad extremada, en Hispanoamérica avanza la religión sectaria en los términos en que pudo comprobar el propio Wojtila durante su viaje a Brasil. ¿Otra ‘profecía’ que fracasa, otra deducción crítica que se estrella contra la materia dura que soporta y nutre las creencias? Puede ser que, por contraste con la ruina de cierta religión convencional (eclesiástica), asistamos a una vuelta a lo sagrado muy por encima de la cota sentimental en que yacían hasta antier las falsas reliquias de santa Juana o el prurito secularizador de los soviets. El siglo XXI será religioso o no será. Puede que Malraux llevara razón después de todo.

Muletas y maletillas

Andan compitiendo PA e IU en difundir la buena nueva de que, tras las elecciones, no pactarán con nadie para servirle de “muleta”. ¿Y quién puede asegurar eso antes de cerrado el escrutinio? Repasen la hemeroteca y hallarán proclamas idénticas en cada precampaña –de uno y de otra– y recuerden luego que ocurrió al día siguiente, no una sino mil veces. O más fácil aún, estén atentos al día a día y verán a uno y otra bailar el rigodón, cada vez que tienen oportunidad, en la puerta de la “casa común”. En Andalucía el PP ha de ganar por mayoría absoluta si quiere gobernar, y ya hay que ser pánfilo para no ver que votar a la izquierda o a la derecha inmediatas del PSOE no es más que perder el tiempo. El PA ha salvado a Chaves ya en dos ocasiones e IU lo apoya indefectiblemente en asuntos de mayor cuantía aunque prodigue el número de las patas por alto en el negocio pequeño. Tienen que comer y pagar, las criaturas, alguien tiene que salvarlos del “cobrador del frac”, de modo que no pueden caber dudas sobre a qué juegan ni sobre qué harán.