Leña con sifón

No quiere quedarse enteramente al relente el fiscal delegado de Anticorrupción en Málaga a la hora de enjuiciar el papel de la Junta en los desaguisados del “caso Malaya” o del saqueo marbellí. El hombre insiste en que la Junta “no es parte perjudicada”, lo que le impediría personarse como tal en el procedimiento abreviado, pero que bien pudiera hacerlo ejerciendo la “acción popular”. O sea, que está de acuerdo con el leñazo que el juez instructor propinó a la Administración autónoma por cerrar los ojos mientras cobraba una millonada en impuesto por obras ilegales, pero tampoco quiere que la sangre llegue al río. Normal, sobre todo tras los espectáculos últimamente vividos como consecuencia de la actuación “jerárquica” de las Fiscalías, órganos, al parecer, firmes en el primer tiempo del saludo ante le Gobierno que es quien nombra y renombra. De todas formas, se resquebraja la pretensión de Chaves de la ajenidad de Junta y prospera la tesis de la responsabilidad civil de su Admistración. Algo de sentido común, ya veremos si también para la Fiscalía.

Muy fuerte

Se ha dicho ya en “Calle Puerto”: lo de Javier Barrero predicando respeto a la libre competencia mediática ha sido “muy fuerte”. Fuertísimo, tan fuerte que ni ha reparado, seguramente, en que esa requisitoria dirigida contra el “caso Polanco” y el llamado ‘boicot’ del PP, ha tenido que caer en barbecho en una ciudad alegre y confiada en la que hace tiempo que estas pláticas de familia han dejado de interesar a las personas normales. ¿De verdad cree Barrero que un onubense/a puede tragarse sus fantasmadas contra el rival, en serio pretende que alguien crea en Huelva que es el PP y no el PSOE –o sea él mismo– quien mangonea los ‘medios’ por tierra, mar y aire, en su inmensa mayoría, quien los posee por personas o instituciones interpuestas, quien los vende a sus “amigos políticos” con cláusula de pródiga ayuda incorporada o quien trata de asfixiar a las que osan mantenerse en actitud crítica? Este asturiano debe creerse que aquí somos tontos y no sabe que en esta Onuba, ancestro de Occidente, el más tonto hace un reloj.

El estado deudor

Este año me he saltado el 23-F de Rumasa. Circunstancias, y también –no lo niego– cierta desazón, cierto cansancio. No hay modo de olvidar ese expolio, en cualquier caso, porque los datos que nos asaltan una semana sí y la siguiente también son tremendos y –volveré a insistir en ello– por pura resistencia a la inevitable rutinización de lo repetido. No hay noticia ni asunto que no se desgaste y acabe deshaciéndose –“ya escampará”, fue el lema del gonzalismo, recuerden– en el yunque de la insistencia, y no cabe duda de que el Estado, o sea, este Gobierno, el anterior y el que hubo antes, han actuado concordes en el caso Rumasa sobre la base de que la única salida posible, tras al baño judicial recibido por la Administración, era aplicar el viejo lema liberal, “laissez faire, laissez passer”, y aguardar a que amainase. Que se puede expoliar impunemente en este país –lo han pronunciado así los tribunales–, que de poco vale el derecho cuando la parte obligada es más fuerte, son cosa que hemos visto repetidamente en esta democracia cojitranca, incapaz de ejecutar una sentencia que perjudicaba a un magnate de los ‘medios’, otra que condenaba a un Parlamento en rebeldía o, en fin, ayer como quien dice, incluso de castigar como merece a un secuestrador contumaz defendido a capa y espada por la Fiscalía de un delito de exaltación del terrorismo. O se puede hacer lo que se ha hecho con Rumasa, aquel farol auroral del “socialismo a la violeta” que sin más ni más expropió el mayor grupo empresarial de España para reflotarlo luego como mejor convino con dinero público y revenderlo ya saneado, a los amigos del Poder. No es cosa de repetir una vez más la odisea procesal seguida por los expropiados –cientos de pleitos ganados en primera instancia y en el TS– sino de señalar el hecho curioso de que se acepte como normal esa estrategia dilatoria de un Estado que debe a una familia varios billones (billones, digo) de pesetas. Algún día puede que la opinión comprenda que en este negocio el fuero era tan importante como el huevo.
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Vivimos días como para recitar cada mañana el dilema de Paul Valéry: “Si el Estado es fuerte, nos aplasta; si es débil, perecemos”. Lo que no previó el poeta fue un Estado capaz de reunir ambos defectos, como éste que estamos deshaciendo entre todos, “tan duro con las espigas,/ tan blando con las espuelas”, una potencia intratable o sumisa a un tiempo según los vientos que soplen. Con Rumasa, por ejemplo, este Leviatán reversible lo tiene claro: esperar, darle tiempo al tiempo. ¿Qué la retasación que está haciendo el expoliado sólo de los edificios de su división bancaria (1.200 oficinas ubicadas en lugares de excepción) bien pueden alcanzar hoy el valor de un billón más? ¡Y qué! ¿Qué a los accionistas minoritarios de Galerías Preciados se le estén abonando (no aquel amiguete comprador, ¿recuerdan?, sino usted y yo) la friolera de 20.000 millones de euros en concepto de intereses de demora con cargo a un socorrido Fondo de Contingencia? Pues se paga y a otra cosa.  A la familia expropiada, ni agua, y todos tan tranquilos, como si ese expolio no nos concerniera a todos. A veces he pensado regalarle a Ruiz-Mateos el “Así habló Zaratustra” subrayándole la frase donde Niestzche se explayaba con tanta rabia como lógica: el Estado es el más frío de los monstruos fríos: miente fríamente y su gran mentira consiste en hacernos creer que Estado y Pueblo son la misma cosa, esto es, que sus actos son nuestros no sólo por delegación sino por algo así como un efecto hipostático. Nosotros, por ejemplo, habríamos expropiado a Rumasa aquel 23-F, no “ellos”. No me acuerdo quien decía, evocando la guerra de Troya, que el supremo privilegio del poder consiste en ver las catástrofes desde la terraza. Quizá. Pero un día habrá que pagarle a estos expropiados o éste no será un Estado de Derecho tampoco en el plano civil. Y ese año, aviados vamos con la declaración de la renta.

¡A ésta es!

Mi respeto a la costaleras de vocación. Por mí, como si hacen el Vía Crucis completo o hacen doblete al día siguiente. No es cosa de extrañarse de que también haya llegado a ese ámbito tan peculiar –el de los costaleros– el ánimo “paritario”, el designio de conseguir que las mujeres hagan lo mismo que los hombres, sea lo que sea. Y menos aún sería cosa de oponerse, como han hecho, y con expresiones gruesas y dudosas, los machos del cotarro. Ahora bien, España entera pendiente, telediario tras telediario, de esta suerte de odisea menor parece demasiado, sobre todo si se pretende que la imagen de Andalucía comporte la menor dosis de folclorismo posible. Y reclamar la paridad bajo la trabajadera es más un caprichoso esperpento que una exigencia seria en una sociedad en la que la mujer tiene pendientes tantas batallas graves. No sé qué pensarán de este rifirrafe las mujeres de Delphi, las que soportan salarios inferiores, las discriminadas laborales, las maltratadas sin solución efectiva y tantas otras, pero me extrañaría que entre en sus prioridades “de género” el derecho a romperse el cuello en una ‘levantá’.

‘Harrelson’ en El Terrón

Debe ponerse en claro sin demora el incidente, gravísimo incidente, claro, ocurrido en El Terrón lepero con motivo del llamado “expolio” de una casa por presunta “ocupación ilegal del dominio público”. Cuesta creer lo que se dice, a saber, que el grupo actuante no portaba orden judicial o incluso que la parte afectada y su abogado no consiguieron que se identificase la “jueza” que como tal actuó por las bravas. El mismo detalle del registro/desalojo/expolio es tremendo: se llevaron hasta la ropa interior. ¿Para qué, con qué objeto se desvalija una morada por muy ilegal que su emplazamiento pudiera ser? Pero sobre todo, hay que insistir, urge que se acredite la condición de jueza de quien como tal actuó, porque sólo faltaba que resulte no serlo. Tanto la autoridad judicial como la gubernativa deben una explicación no sólo a los “expoliados” sino –hoy por ti, mañana por mí– a todos los ciudadanos onubenses.

Historia e historias

Una propuesta de la ministra federal alemana de educación, Annette Schavan, acaba de lanzar a los países del continente unido la idea de reescribir una Historia única, es decir, un solo y mismo texto para todos los escolares europeos. Sería, no cabe duda, una de las operaciones ideológicas más notables de todos los tiempos aunque recelo que va a resultar difícil si no imposible de llevar a cabo tras tantos siglos de historia nacional. Hace ahora medio siglo escribió don Luis Díez del Corral, en su inapreciable reflexión sobre “El rapto de Europa”, una idea que nunca he olvidado: la de que la Historia, incluso la historiografía entendida en términos científicos, así como sus disciplinas auxiliares, no habrían surgido como ejercicios críticos independientes de recuperación imparcial del pasado, sino como operaciones al servicio de la historia nacional, al menos tras el fracaso estrepitoso del intento de conformar una historia universal que tuvo lugar a principios del XIX como reflejo o continuación natural del universalismo “ilustrado”. Cada historiador “moderno” –de los “antiguos” mejor ni hablar siquiera– se aplicaba a fundar la idea del pasado propio sobre la base de un cierto misticismo que reemplazaba a la realidad y eso es algo que no hay más que leer hoy los trabajos de Juaristi, Elorza o Corcuera sobre la “construcción” mítica de la historia vasca, por ejemplo, para salir de dudas. La Historia comienza como “crónica”, es decir, como tarea más o menos burocrática al servicio de una causa (rey, nación, grupo), y con el desarrollo de una cuidada hermenéutica, deriva en disciplina ideológica al servicio de un ideal nacional obtenido por cristalización del mitologema dominante. Y acaso no hubiera podido ser de otra forma en una Europa convulsa, cuya Historia es crónica de sangrientas rivalidades y cuyas axiologías –porque no hubo una sola, como es natural– apuntaban todas a fortalecer su causa específica y coyuntural. No me parece que hubiera sido posible pensar siquiera en contar la historia bélica de la Europa “moderna” o de las siguientes en un texto único y conciliador. El duque de Alba debía de ser un héroe en España –hasta Arias Montano lo miraba con buenos ojos– y un felón en los Países Bajos, Cromwell un salvador o un magnicida, Napoleón un genio o un diablo y su hermano José un usurpador o un “republicano” (es una hipótesis que maneja Moreno Alonso) empeñado en modernizarnos. ¿Una Historia única? Eso fue un sueño y me temo que vaya a seguir siéndolo a pesar de los “fondos estructurales”.
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Se ha discutido mucho sobre lo que quisiera decir Niestzche al hablar de que Europa, más que una “res nata”, era una “res ficta et picta”, es decir, más que algo nacido espontáneamente, una entidad inventada y diseñada a placer según el plan ideológico e iconográfico del promotor. Y es verdad. Ya puede cumplir años el Tratado de Roma, ya pueden multiplicarse las incorporaciones al proyecto europeo, que no va a resultar hacedero desprenderse de la ganga nacionalista para asumir un pasado común expuesto lealmente a la luz de la objetividad. Ha corrido demasiada sangre para que pueda ser de otra manera, al menos así, de pronto, cuando aún tenemos planteadas las tensiones neonacionalistas en varios países del conjunto proyectado. ¿Qué enseñaremos a los valones que no incomode a los flamencos, cómo vamos a reponer las cabezas cercenadas del 2 de Mayo sobre los cuerpos decapitados de los mamelucos, quién será el gallo que convenza a los serbios de la unidad de destino con los croatas? Todo nuestro entusiasmo para la idea de la ministra Schavan, por descontado, pero también todo nuestro escepticismo, es decir, nuestro experimentado sentido de la realidad. ¡Si no estamos de acuerdo en la Geografía, cómo vamos a estarlo con la Historia! “Res ficta e res picta”: Europa tendrá que soportar sin remedio el peso de su naturaleza imaginaria.