Mujercitas

Vaya palo el que le ha caído encima a la ‘Dipu’: dos casos de “mobbing” presuntamente perpetrados a primer nivel. Pero palo y medio el de Manuela Parralo porque ver a una mujer feminista ante la Justicia por hacerle (presuntamente) la vida imposible a otra mujer trabajadora resulta, además de fuerte, no poco esclarecedor. No es una novedad el caso de una mujer trabajadora denunciando la intolerancia de una jefa o incluso la persecución padecida a manos de otra, pero que esa otra sea nada menos que la Vicepresidenta de una Diputación y, todavía peor, la candidata a la alcaldía de la capital, es ya sencillamente absurdo. Y digo absurdo porque no se comprende como Parralo ha dejado llegar las cosas hasta este descabellado punto. ¿Tan seguros, tan amos del cotarro se sienten que ni se molestan en evitar los conflictos que pueden estallar ante un magistrado? Pues parece que sí, y eso es algo que, con casi absoluta probabilidad, no ha de escapársele a las mujeres onubenses a la hora de votar. 

Piedras a lo alto

Voltaire abría el comentario sobre la blasfemia en su “Diccionario Filosófico” con una discreta advertencia que debería hacer pensar a tanto volteriano de pacotilla como anda esta temporada por ahí tirando piedras a lo Alto: el origen griego de esa voz que significa ni más ni menos que “ataque a la reputación”, según el sentido que le diera Demóstenes, pero que la Iglesia Griega concretó en el más estricto de “injuria que se hace a Dios”, a lo que el gran incrédulo añadía una circunstancia también elocuente y es que los romanos jamás usaron un concepto semejante dado su convencimiento racional de que la ofensa a la divinidad era una pura fantasía. Voltaire hubiera vapuleado, sin duda, a esos ultraortodoxos que estos días andan arrancando de las paredes los carteles anunciadores de unos dibujos animados en los que un personaje tan familiar y asumido como Tarzán aparece, como es lógico, cubierto sólo por el famoso taparrabos que encandiló a Jane. Lo que ya no tengo tan claro es que hubiera apreciado algún talento crítico en la exposición moscovita en la que, con el consiguiente escándalo de la Iglesia Ortodoxa, se exhibe un “Lenin crucificado” junto a una alegoría tipo ‘Play Boy’ que bien pudiera denominarse “La Venus del petróleo”  en la que una robusta walquiria derrama el preciado negro carburante sobre el blanco mórbido de su bajo vientre. Es tremendo, o más bien, resulta desconcertante lo que está ocurriendo con la religión y sus símbolos en el planeta secularizado, sobre todo a raíz del rotundo éxito obtenido por la publicación de las caricaturas de Mahoma aparecidas en Dinamarca que dinamitaron lo que pudiera quedar del “diálogo de civilizaciones”, a saber la proliferación de un espíritu agresivo que se resuelve, por decirlo así, en exhibiciones impúdicas tan poco ingeniosas como sobradas de osadía. En España colea aún el disparate extremeño, auspiciado por la Junta y respaldado por el Gobierno, de esa muestra en que aparecían Cristos erectos, masturbatorios o pedófilos, un arcángel eyaculando, la Virgen amamantando a un cerdo en una escena de sugestión lésbica,  alguna ‘Piedad’ erótica, un san Lucas pornógrafo o la más abyecta Anunciación que quepa imaginar. Es decir, todo un despliegue de vulgaridad burlesca que no estoy seguro de que se hubiera tolerado si las imágenes exhibidas fueran las de la mamá de quien yo me sé enrollada con un onagro o la de alguna ministra manipulada en andrógino. Así de sencillo.
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“Es increíble la multitud de sacrilegios promovidos por el espíritu de partido”, sentenciaba Voltaire, a quien no escapaba que lo que aquí puede resultar blasfemo en otra parte tal vez resulte respetuoso. Pero lo que uno  no acaba de entender es esta ofensiva antirreligiosa (el anticlericalismo es respecto de ella una simple ‘variante débil’) que, en un medio tan profundamente secularizado, no prueba otra cosa sino la que tal vez pudiera ser considerada como la contraria a la intención de los transgresores, esto es, una inconfesable reminiscencia crédula combatida con más voluntad que astucia. Algunos alcanzamos todavía  a conocer en París, merodeando por Odéon y la Sorbona, a aquel personaje místico y fabuloso que fue Marcel Jouhandeau, que sostuvo hasta el final que la blasfemia y el sacrilegio eran el clavo ardiente que quedaba a los impíos para conservar su secreta o vergonzante devoción. Puede, no lo sé ni me interesa, pero no quiero olvidarme de otro maestro añorado, Roger Callois, proclamando que lo sagrado es la fuente de la que mana la vida y el estuario donde se pierde. He visto las imágenes extremeñas –sufragadas incluso por los contribuyentes que ponen la cruz en la casilla pía– y he sentido un desprecio sólo comparable al que me produjo la insólita defensa que hizo de esa mierda la pintoresca ministra de Cultura. Dice González que vivimos un clima prebélico. No ha dicho (aún) que las bárbaras quemas de conventos pudieran estar al caer.

Hilo a la cometa

Andan escamados con razón los alcaldes de la Bahía gaditana ante los regates de la Junta, que un día promete lo que evidentemente no está en condiciones de prometer y al siguiente echa agua al fuego que ella misma encendió para que no se le vaya de las manos. La decisión de Delphi es seguramente irrevocable con independencia de que haya sido montada sobre oscuras maniobras de ingeniería empresarial, y la Junta lo sabe. Si va diciendo otra cosa y promete sin comprometerse demasiado es para ganar tiempo, pare enfriar ánimos y, en definitiva, como siempre, para escurrir el bulto. Esos alcaldes que comenzaron la lucha diciendo que lo único realista era acometer un auténtico plan de desarrollo en la zona deben hoy templar gaitas forzados por los guiños de la Junta, pero les iría mejor continuando por donde iban, es decir, diciéndoles la verdad a los trabajadores. Si la Junta mantiene su juego de darle hilo a la cometa y los sindicatos la secundan, al menos ellos deberían exigir realismo y predicar con el ejemplo.

La cosa pública

Me ha extrañado la noticia de que una política veterana como Rosario Ballester, actual ‘delegata’ de Turismo y Deporte aparte de antigua alcaldesa de Moguer, haya caído en la tentación de construirse un chalé en zona rústica y sin licencia, o mejor dicho, al amparo de una licencia de obra menor para hacer un cobertizo en el que guardar aperos de labranza pero que ella ha utilizado para labrarse su casa. ¿Hasta la “vieja guardia” del partido baja ya la ídem y se deja tentar por la sierpe del manzano? No pierdo la esperanza de que Ballester desmienta fehacientemente el enredo, aunque sea por no perder definitivamente la fe en todo quisque. Pero si no lo hace, deber ser tratada por la ley y la Administración con la misma dureza que lo son los ciudadanos de a pie. Antier mismo hemos visto en El Terrón a qué extremos de rigor violento puede llegar la Administración en defensa de su pretendido fuero contra un peatón. Mañana veremos como se las gasta con el chalé de una delegada y antigua alcaldesa con tan mala memoria.

El precio de las cosas

No cabe duda de que nada en el show televisivo servido en bandeja de plata por TVE a ZP podrá competir con el clamoroso resbalón sufrido por el presidente ante la pregunta de un guasa que trataba de saber si quien nos gobierna sabía de verdad lo que las cosas valen en la calle. Su afirmación de que un café cuesta hoy 80 céntimos ha dado lugar a un tsunami cuyas últimas ondas detecto incluso en periódicos lejanos, como si esa ignorancia venial tuviera alguna importancia fuera de su proyección simbólica. El presidente Johnson comenzó algún discurso célebre con una alusión al precio de los garbanzos que no dudó en atribuir a la información de su esposa, seguramente convencido de que otra cosa, esto es, haber demostrado una información cabal del precio de las legumbres en el mercado, tal vez no hubiera contribuido favorablemente a su imagen un país con un psiquismo tan reciamente instalado sobre la división sexual del trabajo. También Fraga, allá por los penúltimos 80 si no me equivoco, armó una divertida marimorena en el Congreso cuando le espetó a los jóvenes turcos de ambas bancadas que ya estaba bien de hablarle al pueblo soberano –los diputados suelen olvidar que cuando hablan en la Cámara al pueblo hablan y no entre ellos– de PIBs y PINs, de fluctuaciones del mercado de valores o de los prodigios del valor añadido sin humillarse nunca al rasero cotidiano para hablar de cosas que de verdad pudieran interesar al gentío, como el precio de los garbanzos. Fraga fundaba su realismo en los garabatos del albarán y, como un almotacén o zabazoque cualquiera, consideraba crucial esa guerra de los precios que tiene en la historia económica española tan larga tradición desde el sabio don Pedro de Valencia hasta ilustrados tan señeros como Ustáriz o Campany. Va a quedar para una temporada el fallo de ZP y, sobre todo, la réplica guasona del preguntante –“¡Eso sería en tiempos del abuelo Pachi!”–, cuya trascendencia intencional no es difícil deducir, pero en buena ley hay que decir que elegir ese despiste en semejante constelación de guiños y obviedades no deja de ser ingenuo por parte de los críticos.
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 Quizá el incidente presidencial debiera servir a mejor causa tomándolo como ejemplo de la distancia insalvable que separa al político en ejercicio de la verdad de la realidad de la vida, es decir, del precio de los garbanzos, de lo que una vivienda cuesta realmente (no del que se le dice al notario) o, en fin, de lo que en cualquier bar que se nos ocurra entrar van a cobrarnos por un cafelito desde que, con la llegada del euro, el sector redondeó al alza todo lo que pilló a mano. Hay muchos políticos que se las ven y se las desean cuando son cesados para meter la marcha atrás del coche, acostumbrados a viajar cómodamente en el asiento de atrás, y los hay, por supuesto, a los que más de un millar de pasajes gratis total les parece una gollería sin la menor importancia. Y eso sí que cuenta: el alejamiento efectivo de lo real que la política provoca, el abismo insalvable o casi que se interpone entre la realidad regulada y sus reguladores, la inquietante ignorancia de la necesidad efectiva del contribuyente que padece la mayoría de nuestros próceres de ambos sexos. A mi, insisto, no me parece que lo más tontorrón o incluso hilarante que dijo ZP a su auditorio a la medida fuera eso del precio del café que tanto está dando que hablar en tertulias y mentideros. Más me preocupó las estudiadas respuestas precocinadas a cuestiones obviamente difíciles de detallar a pelo por un presidente, lo mismo con Urdaci que con Milá, por no citar a los grandes comisarios a los que la vigorosa democracia ha logrado sobrevivir. Entre una derecha realista que lleva la cuenta del coste de los áridos y los avíos de la olla podrida, y una izquierda que se demuestra ignorante de lo que vale un café, no sería extraño que la incomunicación acabe informándonos, como en China, de lo que cuesta una bala vengativa.

Aló, presidente

O yo entendí mal sus palabras o el presidente Zapatero dijo en la más o menos paródica entrevista masiva organizada antier por TVE que, hablando de las corrupciones, había que recordar que para que se desvelara el caso por antonomasia, es decir, el “saqueo de Marbella”, había sido preciso que “ellos”, es decir, el PSOE llegara al Poder. Hombre, y eso es olvidar, primero, que González sabe mucho de una Marbella a cuyo alcalde Gil auspició bajo cuerda e indultó luego a las claras, y segundo, que según el juez instructor de ese macrosumario, la Junta de Andalucía, presidida por el Presidente del PSOE, Manuel Chaves, en absoluto puede presentarse como “perjudicada” habida cuenta de que, en realidad, fue “beneficiaria”, a través de los impuestos cobrados, de tan enorme mangancia. Algo que comparte el propio fiscal delegado de Anticorrupción en Málaga aunque, como es lógico y natural, bajado el diapasón. A muchos andaluces esa respuesta debió darles una clave útil para interpretar las demás contestaciones.