Ruido de fósiles

Anda el PCE de Alcaraz organizando manifestaciones (bueno, micromanifestaciones) en las que se replantea a los ciudadanos la antigua disyuntiva entre monarquía y república. Hasta proponen un referédum para que el pueblo soberano se pronuncie definitivamente sobre la forma del Estado, grave y añeja cuestión que contrasta con el minimalismo de unos revolucionarios que, cuando llegan al poder, aunque sea por la puerta de atrás, se confirman con hacer un “carril bus”. Hay que convencerse: desde que se fue Anguita, el PCE es una nave a la deriva o una cáscara vacía, como prefieran, un montajito que da de comer a unos cuantos pero que no tiene nada que decirle a un pueblo que hace mucho que se olvidó de su falsa utopía. Sacar del desván, con la que está cayendo, esta cuestión que (nos) interesa a muy pocos es pura demagogia, pero hay que comprender que IU ha de huir hacia adelante como pueda y con lo que tenga a mano. “No hay dos sin tres,/ República otra vez”, corean inaudibles en la calle. No se lo creen ni ellos.

Lista o torpe

A ver cómo se come la defenestración de Andrés Bruno Romero, la cara visible de la oposición durante la legislatura, el mismo que le ha hecho el trabajo, primero a un Pepe Juan desinflado y luego a una candidata inédita. ¿No era imprescindible hasta el extremo de hacer Parralo de su presencia un “casus belli” ante la Asamblea? ¿Y no queda ésta a la altura del betún tras la exclusión de su candidato? ¿No estaba ahí porque conocía al dedillo los entresijos del urbanismo que él contribuyó como el que más a rediseñar, no era el único rival capaz de plantarle cara a un Moro que ha crecido como la espuma con la experiencia adquirida? Pues si era todas esas cosas ¿por qué lo cesan en el chalé del Conquero, qué mano oculta ha decidido su sacrificio o, tal vez, su intercambio con alguien más próximo? Si el PSOE pierde otra vez el Ayuntamiento, como todo indica, no podrán decir sus dirigentes que no han hecho las cosas de la peor manera. ¡Felicidades, alcalde, ¿o no?!

Los ojos cerrados

Hablo con Mikel Buesa, el ilustre economista y incansable luchador, de la extraña predilección de esta sociedad por el conocimiento extravagante. De los numerosos programas que invaden nuestros ‘medios’, del éxito sin precedentes de la superchería, de la boyante industria del camelo. ¿Por qué se interesan los públicos o nuestros universitarios por temas esotéricos mientras rechazan sin concesiones cualquier aproximación formal a la Cultura? Son incontables los ensayos contemporáneos que giran alrededor de la patraña del “Graal”, del absurdo matrimonio de Cristo y la Magdalena, de la inverosímil estirpe sagrada y el origen crístico de los reyes merovingios, secretos custodiados por ridículos prioratos tan recientes como falsos. Hay, por supuesto, amplio margen a la especulación arbitraria y siempre lo hubo, no nos engañemos. Durante años fue famoso el caso de un periodista de Boston, Ed Samsom, que soñó y publicó con pelos y señales la destrucción volcánica de la isla indonesia de Prolope mucha antes de que la noticia pudiera ser conocida en Occidente, o el de la desconocida novela de Morgan Robertson que adelantó en casi quince años la tragedia del ‘Titanic’ con una minuciosidad que hace pensar en la teoría iunguiana de la sincronicidad. Del propio Iung se ha contado mucho la extraña historia del escarabajo de oro del que una paciente le hablaba en el momento en que uno real chocaba contra los vidrios de su ventana y un rato antes de que un amigo ausente desde hacía años reapareciera trayéndole como recuerdo de Egipto precisamente un escarabajo sagrado. Los modernos gurús hablan sin parar de estas serendipias entre las que no suelen incluir, curiosa y siginificativamente, el doble y casi simultáneo descubrimiento del ADN por Watson y Crack. Le digo a Mikel que este mundo está perdiendo la chaveta a paso ligero y él asiente desde su cachaza reflexiva, como alguien a quien no le merece la pena ni siquiera lamentar lo inevitable. ¿No decía el maestro Bergson que era mucho más fácil hacer creyentes que sabios? Pues eso es lo que había y sigue habiendo tantos años después.
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Volvemos a lo de ayer: no hay puente dialéctico posible entre la Razón y el Mito, no existe modo de entenderse con un interlocutor instalado en un paradigma arbitrario, que se expresa en un sistema categorial por completo ajeno al conocimiento convencional. Entre quienes practican lo que Aristóteles llamaba la “doxa”, o sea, opinión corriente, y quienes tratan de atenerse severamente a las exigencias de la “episteme” o ciencia en sentido estricto, no hay diálogo posible, se trata de moros y cristianos, o se trate de crédulos y racionalistas. En Bélmez cuando un experto determinó que las famosas teleplastias eran fácilmente reproducibles artesanalmente (¿y de qué otra manera podrían serlo?) se armó la de Dios es Cristo, pero cuando un opinador habló de fraude consentido por el propio consistorio, éste no dudó en emprender acciones legales contra el debelador. Y sigue yendo gente a Bélmez a ver las caras, por supuesto, poco menos que en peregrinació, lo que poco tiene de extraño tras el espectáculo que el papa anterior hizo protagonizar al actual con motivo de la carta secreta de Fátima y sus ridículas revelaciones tan celosamente guardadas durante casi un siglo. Mikel no dice nada, como abstraído en un pensamiento que imagino abrumado por la carga del absurdo. Es más fácil hacer creyentes que sabios, qué verdad tan incontrovertible. Y aunque convenimos en la práctica inevitabilidad del embuste y de su fatal propagación en una sociedad medial divagamos hacia zonas más seguras sin perder la esperanza en una eventual restauración del sentido común. Naturalmente hemos hablado de otros temas más graves y lacerantes pero mejor me los dejo en el tintero. Hay espíritus como el suyo que bien merecen un descanso.

La lista

Bueno, se acabó el ‘suspense’, se terminaron las cábalas sobre el misterio que retrasaba la lista y los imaginarios problemas del alcalde para confeccionarla. Ahí está la lista: sin sorpresas, llena de lógica institucional y política, porque la experiencia de sus candidatos es ya más que considerable y su funcionamiento como equipo está de sobra demostrado. En el anverso, en `La Lupa’, hablan mis coleguis de “cambio no radical” y llevan razón porque lo que el alcalde ha hecho para el asalto a su cuarta legislatura es seguir razonablemente la evolución de ese equipo aceptando los revelos naturales y eligiendo con tacto la novedad. Experiencia tienen, ya digo, conocimiento del ciudadano les sobra, tengo la impresión que en términos mucho más cualificados que sus rivales que, no se puede negar, han llegado a esta batalla tarde y mal. Ahora que decida el pueblo soberano cuando llegue el momento. Supongo que enfrente deben de estar todo menos tranquilos. 

El papel del hombre

En una decisión verdaderamente desconcertante, al menos para legos, el Tribunal Supremo acaba de establecer que el mero hecho de que un extranjero se halle de forma ilegal en España no es motivo suficiente para expulsarlo del país, extravagante criterio que lleva del tirón al cuestionamiento del valor real de esa ‘papela’ por la que tanto han bregado y hasta se han quedado en el camino muchos desventurados. ¿Qué hacer con el intruso, como conciliar la magnanimidad con la normativa, tiene sentido impedir el paso drásticamente a la oleada de inmigrantes sosteniendo al mismo tiempo que los papeles no son, de hecho, necesarios para instalarse y adquirir derechos? Durante casi veinte años se ha vivido en el aeropuerto parisino de Charles De Gaulle la extraña historia de un ciudadano indocumentado de origen iraní, Merham Karimi Nasseri, que ha resistido vivaqueando en la terminal atrapado en la kafkiana aporía de que ni podía pisar suelo francés por carecer de documentación, ni ser devuelto a Irán por haber sido expulsado de aquel país con carácter definitivo. Puede que recuerden la película que hizo Spielberg sobre este extraño precarista –“La Terminal”– en la que Tom Hanks encarnaba a esta náufrago burocrático que se levantaba a las cinco de la mañana, procedía a su aseo en los servicios públicos, comía los “vouchers” sobrantes de las aerolíneas y se valía para su cosmética de los ‘kits’ de cortesía que ofrecen los vuelos internacionales. Nasseri ha preferido ese rincón a aceptar el refugio belga o la temporalidad francesa, empeñado en su derecho a un pasaporte normal y corriente como el que un día le robaran, en extrañas circunstancias, y en ese plan ha sobrevivido durante décadas incluso tras obtener de la productora de su película una cantidad millonaria a la que, naturalmente, tampoco tiene acceso como indocumentado que es. Un papel puede serlo todo en la vida de un hombre –recuerden la épica de “Casablanca” y su almoneda de visados– o no ser nada. En LO curioso es que en España ambas posibilidades coexisten legalmente.
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Es posible que la nueva amenaza terrorista, la de estos mismos días, complique la situación de los extranjeros en nuestro amenazado país, entre otras poderosísimas razones porque comienza a obsesionar la idea de que, en este momento, reside ya en España una legión de inmigrantes mucho más numerosa que nuestras fuerzas de seguridad y que, como está demostrando la saga del 11-M, incluye un número elevado de activistas potencialmente peligrosos en grado extremo. Y ante eso podrán arbitrarse las medidas que se quieran, pero parece lo más perentorio que, en beneficio de la propia inmigración, se establezcan con firmeza los criterios de admisión y las condiciones de expulsión. Lo que no es posible, al menos a medio plazo, es mantener aislados en alta mar a unos por carecer de papeles y consagrar al mismo tiempo a otros en igualdad de circunstancias. Una leyenda como la de Nasseri puede integrarse sin problemas en la cara paradójica de la luna legal, qué duda cabe, y hasta convertir a su protagonista en un héroe respetado que se hace llamar “sir Alfred” y despacha a sus visitas con aires de anfitrión, pero poco o nada tiene que ver con la tragedia cotidiana y oscura de la muchedumbre que llega en busca de una vida nueva. El Tribunal Supremo tendrá que acabar asumiendo que esa decisión suya es por lo menos paradójica y que, tratando de ayudar a unos, supone, que es lo malo, una grave preterición para la mayoría. Aquí hemos llegado a largarles haloperidol a unos expulsados revoltosos a bordo de un avión o a reproducir en el telediario la inconcebible imagen de otros desgraciados desangrados en la impía alambrada de nuestra invadida  frontera. No nos faltaba más que ver al Tribunal Supremo mojando a conciencia esos disputados papeles por los que tantos vienen padeciendo un calvario desde hace demasiado tiempo.

¿Amortizar el Parlamento?

Al debate sobre la adjudicación ilegal del Casino de Sevilla que, según el TS, hizo la Junta en su día, no acudieron ni los reprobados. Ésa es la importancia real que desde la mayoría del PSOE se concede al Parlamento, la representación del pueblo que demasiados entre sus miembros confunden con su cortijo. ¡Para qué molestarse siquiera en acudir a la Cámara si la votación final está ganada de antemano! Esta degradación de la vida democrática está convirtiendo al Parlamento en una caja de resonancia que le Poder abre cuando le conviene y cierra a cal y canto cuando se siente incomodado. Lo que llevará a muchos ciudadanos a preguntarse para qué sirve, entonces, una cámara tan costosa, por qué, en caso de mayoría absoluta genuina o pactada, no se cierra el corralito y se amortiza su presupuesto. De hecho, el Parlamento se limita hoy a escenificar la legitimación popular y pare usted de contar. Ya me dirán para qué iba a ir esa tropa a dar la cara sabiendo que la mayoría funciona como patente de corso.