Las cítaras colgadas

El ministro de Exteriores de Bolivia, David Choquehuanca, se ha despachado a gusto en una entrevista publicada aquí mismo el domingo anterior poniéndonos a caer de un burro como nación colonizadora, con motivo del relativo rechazo de inmigrantes que supone la exigencia de visado. Nada menos que se ha dejado caer el canciller con la vieja vidalita lascasiana de que primero les robamos la plata, luego los tratamos como inanimados, más adelante como bárbaros y, por fin, como “ilegales”, versión que no deja de ser una de las formas posibles de entender el pasado real y que, como sabemos, procede de los propios españoles, pero que tal vez suena en este momento más a lugar común que a otra cosa. He dicho que esa versión procede de los propios españoles porque es verdad históricamente, pero también porque, nunca entendí muy bien por qué, en toda Europa, pero de modo particular en España, se advierte enseguida que se rasca un poco en las conciencias un cierto complejo de culpa histórica que, ciertamente, sería más que conveniente revisar. En Francia, sin ir más lejos, mucho ha dado que hablar hace poco el “revisionismo” de la propia izquierda que parece que por fin anda deshaciéndose de la andadera ideológica sesentayochista, muy especialmente en cuanto se refiere a esa ideología clásica del anticolonialismo que, junto a sus innegables aciertos, contiene una pulsión masoca nada respetuosa ni con la Historia ni con la realidad. Pero todo esto resulta un juego de niños comparado con el choque que ha supuesto la irrupción del populismo indigenista en un contexto ideológico en el que se somete a la razón histórica para falsear el pasado reescribiendo su crónica no ya como mito, sino como puro tópico. No hay pueblo, quizá, que no haya idealizado en algún momento su pasado, ni nación que alguna vez no se haya sentado a llorar junto al río, con las cítaras colgadas de los árboles, un áureo pasado perdido que tal vez nunca existió. Pero eso, que vino dando resultado desde siempre, va dejando de ser practicable en esta modernidad que tiene medios sobrados para no soportar más tópicos que los que resulten imprescindibles. Hoy sabemos ya mucho de incas y aztecas como para amilanarnos moralmente, incluso admitiendo los proverbiales abusos, por lo que hicieran o dejaran de hacer nuestros colonos históricos.
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El propio informalismo de que ha hecho bandera ese populismo de los indígenas le está jugando malas pasadas a unos regímenes –por cierto, cada día menos tranquilizadores hacia fuera y hacia dentro– que no quieren ya, como quería, por poner un caso, el juarezismo mexicano, romper el pasado en un futuro mestizo y desacomplejado, sino más bien imponer una rara experiencia original que tiene no poco de narcisista y mucho más de de ingenua. El mismo canciller Choquehuanca se queja de que lo hayan retenido alguna vez en la aduana holandesa para mirar con lupa su pasaporte, ni más ni menos que porque el aduanero “no podía creer” que aquel sujeto tuviera pasaporte diplomático, pero a ese tipo de prejuicios étnicos e indumentarios van a añadirse más pronto que tarde desconfianzas y recelos que, ciertamente, la propia tópica indigenista está contribuyendo más que nadie a enraizar. No es del todo descartable, a este paso, que a nosotros mismos nos brote algún botón indigenista quejoso del saqueo a que también aquí fuimos sometidos, sucesivamente, por tirios y sidonios, foceos y áticos, cartagineses y romanos, góticos o árabes, gente toda ella rapacísima y descomunal que tendría contraída con nosotros y nuestros hijos esa “deuda histórica” (¿ven lo que pasa por jugar con las palabras?) de que habla el ministro boliviano al que no reconocen en el fielato los bárbaros neerlandeses. Aparte de que diga lo que diga el canciller yo no recuerdo, pueden creerme,  haberle robado la plata a nadie ni a nadie haberle negado su alma inmortal.

Políticas de partido

Pego en Málaga la oreja al crecido cabreo que se nota entre sus gentes por la reacción política –sevillita y madrileña– al anuncio de instalación del futuro museo Tyssen en esta “capital económica” de Andalucía que bien podría reclamar también, de seguir la burra a esta paso, la capitalidad cultural. Sobre todo cabrea al personal el silencio de la Junta, el ninguno del importante proyecto, la minimización de su eventual impacto por la consejería de Cultura, pero también la imagen de una ministra de Cultura al borde de un ataque de nervios porque un Ayuntamiento rival logre tan señalado éxito y tratando de que los Tyssen “compensen”, dentro de lo posible, a Sevilla. Gran cabreo, ya digo, y más que justificado en un momento en que la Junta y el Gobierno no se lo piensan dos veces para inaugurar en los feudos adversarios todo lo inaugurable. Pero la Cultura debería estar al margen de restas frondas de partido y ser apoyada siempre desde el poder. Eso es lo que la ministra hubiera dicho mientras trajinaba para llevar los picazos a Málaga y lo que debería hacer ahora que los de enfrente han conseguido arramblar también con los fondos del barón.

La lista eterna

Después de tanto clamor y tanto grito resulta que la “lista” de la candidatura del PSOE onubense aprobada en noviembre por los militantes no está ni mucho menos cerrada. Ahí tienen a la presidenta de la Federación de Vecinos Tartessos –la misma que animó a deslucir la inauguración del parque Moret, tendió su mano a la última tránsfuga o prestó su hombro consolador a la candidata una de las veces en que se vino abajo en el Pleno– anunciada como próximo fichaje en una demostración definitiva del partidismo que anima a dicha institución y al margen de la asamblea de la partido que se ha enterado de este desembarco por los periódicos. No deben de ir las cosas demasiado esperanzadoras cuando la lista va y viene de aquí para allá, como si la fueran rifando, desde hace casi medio año, pero al menos queda claro –a los vecinos federados, a los militantes sin voto y a los votantes en general– el grado de infiltración del poder manipulador en la sociedad civil.

La primera piedra

La foto de prensa reproduce la imagen de una mujer enterrada hasta los hombros. Va vestida de negro riguroso, celosamente cubierta con la pañoleta de la honestidad y en su cara –que aparece rodeada de cantos y pedruscos– muestra las presuntas huellas de los primeros castigos. Pero no es una foto real sino un montaje, una parodia –cierto que conmovedora– que han hecho algunas mujeres iraníes para protestar contra la bárbara práctica de la lapidación, todavía vigente. En Irán fueron efectivamente lapidadas dos mujeres el año pasado y parece ser que en este momento la inspirada Justicia (¿) de los ayatolás mantiene entre rejas y a la espera del suplicio a otras cuatro desgraciadas que, antes de recibirlo, habrán de cumplir sus previas penas de cárcel impuestas siempre por el mismo delito de adulterio. Una de ellas, Hajie Ismaelvand, acaba de ser absuelta tras cumplir siete años en un penal y se ha librado de ser apedreada hasta la muerte sólo porque al juez le ha temblado la mano en el último instante, cuando según aseguran las crónicas, el agujero estaba ya abierto y las piedras prevenidas para rematar la faena. Pero por lo visto, esa celosa y expeditiva “Justicia” es también previsora y su procedimiento tan complejo que, para que una adúltera (o adúltero: hace sólo unos días fueron apedreados hasta morir dos hombres y una mujer) sea condenada son precisas, al menos, un par de condiciones: la primera, que la propia acusada admita varias veces “que ha mantenido relaciones sexuales plenas” fuera del matrimonio; la segunda, que “cuatro testigos justos”– machos por supuesto– ratifiquen que son testigos directos de semejante aberración. Ahora bien, si no se cumplen ninguna de esas dos condiciones, todavía queda una posibilidad de condena y es que el juez dictamine su convencimiento de la culpabilidad guiado de su propia intuición. A Hajie no han podido probarle nada de eso y, por lo visto, el juez que le tocó en suerte, y nunca mejor dicho, no apreció con claridad su culpa, a pesar de lo cual ha debido cumplir siete años de duras prisiones y, por descontado, ha sido desposeída de su prole. Es muy necesario el “diálogo entre civilizaciones” tan distintas, hay que convencerse. De lo que ya no estoy tan seguro es de que quede una posibilidad medianamente viable de lograr la “alianza” entre ellas.

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A favor de la liberada iraní parece ser que se ha movilizado discretamente la diplomacia europea, cuya influencia, en el contexto de la actual crisis provocada por la detención/secuestro de los marinos británicos por parte de Irán, bien pudiera haber resultado efectiva, pero no la americana, y no sólo por las tensiones de la coyuntura, sino porque, como es natural, los EEUU no son la potencia moral más indicada para reclamar respeto a la vida o exigencias contra la pena de muerte y, lo que es igual o peor, según se mire, ni siquiera para exigir respeto a los derechos humanos en general. Nada puede resultar más lesivo en un Imperio que su falta de solvencia ética, nada tan lesivo para los “provinciales” como el hecho de que la propia culpa metropolitana haga imposible la imposición de un orden justo o razonable patrocinado por el único que tiene poder real para hacerlo. No hay argumento posible a favor de esa barbarie primitiva pero tan claro como ello sería, en fin de cuentas, que habría de resultar impropio contemplar a los torturadores de Abu Grahib o los secuestradores de Guantánamo y los “aviones fantasma” exigiendo a otros países trato humanitario. Europa sí puede, en cambio, y, por una vez, está en condiciones de clamar (incluso de ‘declamar’, como algunos preferirían, por supuesto) y plantarse frente a la barbarie integrista. Ya sólo le falta al viejo continente hacer lo propio frente al Imperio mismo la próxima vez que el juez de la horca decida echar su soga por encima del olmo y darle al caballo en el lomo la palmada fatal.

Los partidos, primero

Los partidos políticos, como las señoras en las antiguas “urbanidades”, deben gozar de prioridad a cualquier efecto. El Parlamento, mismamente, es decir, la representación del Pueblo que ellos mismos ostentan en virtud de esa ventajosa hipóstasis que confieren las elecciones, debe ir tras sus huellas y sin prisas, sin perder el paso del desfile, limitado ni más ni menos que a refrendar, a ratificar o a aplaudir lo que ellos decidan. Ésta es la práctica desde siempre y también, desde ahora, la teoría, según la ha enunciado en la Cámara autonomica el portavoz del PSOE, Manuel Gracia, a propósito de la propuesta de evaluar la llamada “deuda histórica”, cuyo montante estaba tan claro cuando gobernaba el PP y ahora ni siquiera sabemos cuándo será el momento de establecerlo. Que los partidos muñan; tiempo tendrá luego el Parlamento de poner debajo el visto bueno y echarle el garabato a la componenda tramada fuera de él. Ya ni disimulan la realidad de la partitocracia que ha fagocitado al régimen democrático genuino. Los partidos, primero. Detrás de ello, lo que fuere menester, siempre que no estorbe sus innegociables intereses.

El nuevo neolítico

No sé si “lo de menos”, pero desde luego “lo de más” no es el negocio (maldita palabra; escucho al clásico estos días certificar su “estridencia”) del ladrillo, la opción desenfrenada por la construcción como motor de arrastre de nuestra economía y, en definitiva, de nuestras vidas. “Lo de más” podría ser el hecho de que estos locos consentidos y tantas veces compadreados por el Poder están perpetrando un nuevo neolítico, corrigiéndole la plana al modelo de vida que comienza en Jericó hace 8.000 años mal contados, para sustituirlo por otro de imprevisible alcance. Tomen el caso de Cabezas Rubias (junto a los anteriores, claro): millones de metros cuadrados podrían ser edificados para conseguir un pueblo diez veces más grande del actual. No sabemos bien para qué, ni quién lo habitará ni por qué, ni quién pagará los enormes costes derivados. Sabemos únicamente (dentro de un orden) quién trincará la pasta gansa y levantara luego el vuelo hacia otros mundos. El Madroño o Gibraleón, Punta Umbría y los que se tercien: aquí no hay inversión a lo grande si no hay cemento por medio. Con las bendiciones del Poder, por supuesto, y seguramente, con su “amistad política”.