El poder dual

Un obispo emérito paraguayo, monseñor Fernando Lugo, que lo fue de la diócesis paupérrima de San Pedro, ha colgado la sotana para dedicarse a la política. No a cualquier política, sino a la más alta, pues monseñor aspira nada menos que a la presidencia de la República, un poder monopolizado hace más de medio siglo por el todopoderoso “partido colorado” que ha serpenteado indemne incluso bajo la bota del tirano  Stroessner. A monseñor no han logrado detenerlo ni el veto del papa Ratzinger ni las presiones civiles, y hoy, sostenido por una expectativa constituida por pobres de solemnidad y feligreses entusiastas, aparece ya en las encuestas, de cara a los comicios presidenciales del 2008, encaramado en una fastuosa intención de voto que alcanza el 51 por ciento. Más cerca de nosotros, en el pueblecito malagueño de Cómpeta, un cura joven que lo mismo enseña a la ‘basca’ en el instituto que predica en la catequesis o representa al Cristo en el escenario cuaresmal, también ha decidido cambiar la parroquia por el Ayuntamiento y presentarse candidato en las listas del PP, a pesar de la expresa desautorización de su obispo pero con la comprensión del cardenal de Sevilla que considera compatible el ejercicio de ese poder desdoblado a pesar de lo que diga (y dice) el canon 285. Dos poderes en uno, ‘Don Camilo’ y ‘Pepone’ confundidos en una sola figura, las “dos espadas” descritas por el papa Gelasio hace más de quince siglos en una única y enérgica mano, ya veremos si de hierro o enguantada en seda, y por supuesto, la idea de la separación de poderes triturada en la túrmix irresistible del entusiasmo lugareño. Vuelven a reunirse “sacerdotium” e “imperium” como si los siglos no hubieran pasado sobre la experiencia, pero no parece dudoso que la causa de esta imprevista regresión no hay que buscarla sino en el descrédito tal vez irreparable de la política laica que es, naturalmente, la única verdadera, puestos a escuchar al apóstol Pablo o a aquellos padres que sostuvieron que Cristo fue la ultima figura capaz de reunir en su mano ambos poderes, el regio y el sacerdotal, pues él mismo habría establecido esa separación en vista del fracaso práctico del ideal pagano. El sueño ahora recuperado por el obispo y el párroco tiene una edad, como puede verse.
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De nuevo, pues, la gran cuestión, que reaparece una y otra vez con la piel mudada: el crítico fracaso de la política, el vacío moral que tienden a rellenar en la vida pública personajes que se consideran ajenos a su ruina y que tal vez se creen incontaminados e incontaminables por contraste con los anteriores mandatarios, de nuevo la idea de que la alternativa consiste en oponer a los partidos políticos una unidad cívica inervada por principios presuntamente neutros, ya ven que antigua utopía. En mi opinión no es la autoridad eclesiástica la que debería sentirse amenazada por un experimento que, en definitiva, no debe constituir para ella ninguna novedad, sino el poder civil, el montaje ‘ilustrado’ del proyecto democrático que, ciertamente, todo indica que renquea en medio de la complejidad tentadora del mundo en que vivimos. Hay mucho riesgo en la aventura del obispo y el cura, sin duda posible, pero quizá ninguno entre ellos tan inquietante como el que implica la vuelta al poder dual, esa arqueología política que, bajo una u otra fórmula, vuelve siempre al tema peligroso del “gobierno de los santos”. Que Calvino o Savonarola son, en fin de cuentas, tan temibles o más que el peor de los príncipes es algo que sabemos desde siempre y que pudimos comprobar no hace tanto tiempo en Haití. Pero aunque haya suerte, aunque los candidatos salven el tipo, ahí estará sin remedio esa imagen rescatada del registro fósil de la Historia, que es el poder dual. No hay mano capaz de sostener a un tiempo las “dos espadas”, se ha dicho. Hay que añadir que pocas cosas hay tan arriesgadas en democracia como los anacronismos.

El huerto del PA

Insólito pronunciamiento del secretario general del PA. Julián Álvarez, en Marbella: “Mi partido no ha estado involucrado en el ‘vaso Malaya’ ”. Hombre, pues menos mal, no sabe que peso nos quita de encima incluso a los que no tuvieran clara la extraña lenidad con que el PA ha tratado a sus concejales imputados, no hayan olvidado la foto de su antecesor en el cargo junto al prófugo Carlos Fernández (bueno, ni la de Chaves junto a la García Marcos) o no se expliquen por qué, tras expulsar a este pavo del partido como no podía ser menos, lo readmitió luego por la puerta grande. ¡Vaya huerto en que se ha metido Álvarez sin llamarlo nadie! Quizá fuera mucho más discreto por su parte guardar compostura, cerrar la boca y confiar en que la instrucción no termine por poner en tela de juicio esa tajante protesta de inocencia que acaba de hacer. Porque, desde luego, el comportamiento del PA ante los sucesos de Marbella ha sido todo menos lógico. Venir encima con ínfulas viene a ser como provocar temerariamente a ese toro cada día más imprevisible.

Papeles mojados

Demasiado papel mojado en la vida pública. Los partidos lucen palmito retratándose con pacto contra tránsfugas y estrictos códigos de conducta que, una vez, presentados en sociedad, van al cajón y si te vi no me acuerdo. Ahí tienen al presidente de la Dipu, imputado en un caso de ‘mobbing´ y denunciado en otro a medias con la propia candidata Parralo, logrando pasarse por la faja el marrajo del juicio oral y aplazar la vista hasta bien pasadas las elecciones. Y ahí tienen a su partido con la boca cerrada lo mismo para recibir bajo palio a cuanto tránsfuga abandona el rival como para mirar para otro lado y no aplicarle a un presunto ”acosador” el codiguillo de marras. ¡Como para tomarse en serio a esta pandilla o tragarse sus cuentos regeneradores! Ahora bien, ¿habarán pensado que harían si Cejudo, vaya o no a la cárcel como le reclaman, sale con mal pie de esos dos procesos? Papeles mojados. En esta politiquilla no va quedando más ética que la que convenga al que manda.

El contexto cultural

El ‘Washington Post’ ha organizado una experiencia curiosa para determinar la importancia del contexto en la experiencia artística y, más concretamente, en la audición musical, un poco con la intención de demostrar que tanto la atención como la estimativa del público deben más de lo que suele creerse a la circunstancia en que se produce la exhibición artística. Un maestro de la  categoría de Joshua Bell nada menos, vestido informalmente con camiseta de saldo, vaqueros, gorrilla de béisbol, y provisto de un excepcional ‘Stradivarius’ valorado en dos millones de dólares, ha ofrecido a los viandantes de la estación de “L’Enfant Plaza” de la capital americana un concierto magistral, que incluía seis obras de Bach y Schubert, sin lograr que la muchedumbre que discurría ante él le prestara una mínima atención. Sólo veintisiete almas generosas, en efecto, se dignaron depositar unas monedas ante el maestro que, al final de la jornada pudo retirarse con treinta y dos dólares de recaudación y la amargura de no haber sido reconocido más que por una mujer que, consciente del inusitado privilegio que se le ofrecía, lo gratificó con un billete de veinte. Nadie aplaudió –según los controladores del experimento–, nadie detuvo el paso, nadie apeó el telefonillo de la oreja o aplazó el sorbo de café, sino que todo el mundo siguió su camino, indiferente como si entre la interpretación magistral de Bell y la murga de uno de los habituales raperos del pasillo no mediaran mayores diferencias. El maestro millonario que agota el papel en cada concierto y recibe homenajes en todo el mundo ha resultado no ser nadie sin su esmoquin de reglamento al menos para la inmensa mayoría que trajina anónima en el suburbano yendo y viniendo incansable “desde su corazón a sus asuntos”, enteramente ajena al prodigio artístico e incapaz de reconocerlo fuera de su contexto convencional. Mozart creía que lo esencial en la música era el “tempo”. Hay poderosas razones para pensar que el papel del esmoquin no debe de ser desdeñable.
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En serio: el contexto es el sistema. Cualquiera que tenga una mínima experiencia de espectador sabe bastante de esa psicología del público de la que Benavente se choteaba a modo, y que conoció, por supuesto, la mayoría de los artistas directamente enfrentados al espectador. Hace poco descubrieron los musicólogos el hecho insólito de que la obra de una pianista señera del siglo, como Joyce Hatto, constituyera un fraude colosal consistente en que la virtuosa enviaba al mercado grabaciones ajenas sin que ni la experta crítica ni el público versado detectaran el manejo, lo que dice mucho sobre el alcance efectivo de las estimativas y el peso real de las convenciones en materia de arte y sugiere que el relativo fracaso de Bell en el Metro no es sino la comprobación de que la fruición artística depende de manera radical de la circunstancia en que la obra se produce, fuera de la cual pierda todo sentido, reducida a la insignificancia que un simple esmoquin, una cartelera prestigiosa o una entrada de cien euros podrían transformar en los términos que todos conocemos. No sabemos qué sería de la gran ópera despojada de su indumentaria como tal vez no podemos imaginar el “hip-hop” en la cámara cortesana, pero no hace falta mucho experimento para apostar por la índole ceremonial de un arte que ha hecho de la convención social su más patente seña de identidad. Nadie repara en el gran concertista apostado en el pasillo del Metro con su disfraz de pedigüeño por más que su arte y su técnica reunidos sublimen su interpretación como es de suponer que hiciera Bell en el Metro con su prohibitivo Stradivarius. El contexto es el sistema, insisto. A uno le parece que el experimento del ‘Post’ dice bastante más sobre la presunta afición de muchos  melómanos que sobre la demostrada ignorancia de la muchedumbre silenciosa.

Prisas médicas

Parece mentira que una vez más tengamos que asistir a la huelga de sanitarios de atención primaria reclamando un mínimo de diez minutos para atender debidamente al usuario. Y más aún que la consejería se haya negado a aceptar la propuesta sindical de emitir una circular interna ordenando respetar al menos los siete minutos por paciente. El empeño en hacer una política sanitaria de espaldas a la Sanidad, al margen de constituir una prueba intolerable de soberbia, resulta lamentable en la medida en que garantiza su fracaso a corto y largo plazo. Aunque en este negocio de la atención primaria lo que tal vez suele olvidarse a los protestantes es que la causa de su insolvencia puede estar en la apuesta de la Junta por una medicina propagandística más pendiente de sus logros electoralistas que del beneficio a los ciudadanos. Atención primaria, servicios de urgencias y listas de espera son tres lacras ante las cuales la Junta, aprovechando su confianza en su hegemonía, parece resignada. Que puedan convocarse huelgas como la que comentamos descalifica a cualquier sistema de salud por mucha célula madre que diga cultivar en sus laboratorios.

La prueba del parqué

Mal se le está poniendo a la delegada Rosario Ballester, ex-alcaldesa moguereña, el asunto de su chalé presuntamente ilegal, pero hay que reconocer que no sólo debido a la presión del Ayuntamiento sino por esa manía de negar lo fácilmente demostrable, verbi gratia, que si efectivamente su construcción fuera un cobertizo no llevaría suelo de parqué. Lo grave del tema es la construcción en terreno no edificable, un disparate que tiene grave precedente en el enredo de Punta Umbría patrocinado por el propio Barrero y que costó el cargo al delegado de Medio Ambiente por denunciar lealmente el abuso. La verdad es que no se entiende que personas con experiencia política caigan en estas tentaciones, pero menos aún que se empeñen en escapar del compromiso a base de negar los hechos evidentes. Ballester haría bien en reconocerlos o, cuando menos, en callar dando su brazo a torcer, aunque cuente, como seguramente cuenta, con el respaldo de quienes tal vez no puedan tomar otra actitud.