Realidades, no virguerías

La aparición de la ministra de Fomento para anunciar en Huelva que la estación del AVE será encargada al prestigioso arquitecto Calatrava es la mejor prueba de que la promesa de ZP de que habría estación del AVE sin demora no se cumplirá ni por asomo. La ministra trata de tomarnos el pelo, partiendo de la idea de que los onubenses nos chupamos todos el pulgar menos la candidata Parralo, y quiere vendernos una virguería para que olvidemos el fracaso absoluto de una promesa electoral tan oportunista y falsa como los “tres puentes” de Chaves. No saben qué hacer ya, eso está cada día más claro, y a cada encuesta que precipita a Parralo se inventan una panacea imaginaria, concordes todos en la máxima de Tierno de que las promesas electorales están para ni cumplirlas. Lo de Calatrava es otro cuento del envergue, no lo duden, una cortina de humo más que, probablemente, tiene los días contados. 

Viaje al centro de la crisis. Perfil Felipe Sahagún

No cabe duda de que el reciente acontecimiento registrado en la política francesa –la elección de Presidente de la República y posterior formación del Gobierno– trasciende con mucho el ámbito nacional francés. Hay en la izquierda europea quien se alarma ante la irresistible ascensión de un político sin fisuras dotado de la inusual condición de la rotundidad que contrasta de forma violenta con la ambigüedad convencional. Hay en la derecha, por contra, quien se inquieta ante un proyecto de “concentración” que es tal vez el primer (y no sé si decir “único”) intento de concretar la proverbial promesa de centrismo. Cuando se ha conocido la compasión del gabinete, sobre todo, y se ha visto en la foto de familia a un socialista reputado como Kouchner junto a un probado liberal como François Fillon, algo sutil ha quebrado en los esquemas habituales del manual partidista, entre otras cosas porque esta doble presencia fragiliza en extremo la teoría de no pocos adversarios que hacían depender el triunfo de esta nueva derecha sin complejos con la mascarada lepenista, olvidados de que en su día también el PSF se benefició de un abultado voto de esa extrema derecha. 

¿Es exportable ese modelo que, por ahora, no ha hecho más que insinuarse, podrá tal vez la política europea –tan acomplejada, tan solipsista e insolidaria, tan cegata y cobardona– reproducir, ya se vería en qué grado, un modelo de política basado justamente en todo lo contrario, a saber, en la claridad de ideas, en la asunción bizarra del riesgo y, en espacial, en la insólita ocurrencia de restituir al lenguaje político el vigor perdido del lenguaje normal? Es pronto para contestar esta pregunta, pero en Francia raros son los analistas (no cuento a los “orgánicos”) que no han advertido la posibilidad de una eventual influencia del proyecto de Sarkozy, verosímilmente reforzado tras las próximas ‘generales’, sobre una Europa carente de liderazgo que funciona, expresamente o de modo tácito, por si fuera poco, como cónsul de unos EEUU que no están en su mejor momento. ¿Podría este “centrismo” de hecho –una vez disipada la leyenda de la dureza de Sarkozy, arma frustrada de sus rivales– ofrecer a Europa un modelo de gestión social menos atento a la formalidad partidista que a la eficacia en la tarea pública? 

Supongo que el profesor Felipe Sahagún no nos trae esa buena nueva (porque lo sería, por encima y por debajo de las pasiones ideológicas), entre otras cosas porque la actual campaña municipal está demostrando la obsolescencia de nuestra partitocracia, el fracaso irremediable y, a veces, irritante, de la obsesión aparatista, la miseria de la competición. Escuchen a esos candidatos aferrados a la descalificación, diariamente determinados por el reproche flamante contra el de enfrente, ajenos al clamor de un pueblo que sabe, en medida mucho mayor de lo que ellos suponen, lo que necesitan y lo que les conviene, aunque el propio sistema –la ley electoral, los condicionamientos hegemónicos, también, ay, el precario nivel cultural– les impida volcar el puchero en busca, en efecto, de un modelo nuevo más pendiente de la eficacia que del signo, más atento a la realidad común que a la llamada simbólica de unos y otros. La sorpresa de Sarkozy en Francia pudiera consistir, si cumple lo que promete, en el hallazgo de una salida a la crisis de la representación democrática, es decir, en el principio del fin de un sistema que viene deteriorándose a ojos vista sin que nadie acierte a dar con el remedio. ¿El desplazamiento al centro implicado por la desnaturalización de la clásica bipolaridad (izquierda-derecha) que, sin ser superada ha sido, cómo dudarlo, extinguida en sus posibilidades? Habrá que ver qué se entiende por Centro, hasta cuándo permanecerá pasmada la Izquierda convencional (en Francia, sencillamente el PSF) y si esta aventura no romperá la vajilla de las previsiones constitucionales hasta forzar la búsqueda de una Sexta República. Sarko es, sobre todo, un político creíble, alguien que basó su ascensión final en algo tan elemental como difícil: analizar sin miedo, hablar claro, prometer rotundo. No dejaría de ser irónico que la clave de estas regeneraciones que apuntan en la línea de sombra de la esperanza fuera, sencillamente, el rescate de la independencia que promete (¿garantiza?) la recuperación del fuero del idioma político. En cualquier caso, algo bien alejado de nuestra realidad. Nosotros seguimos entrillados entre la “corrección” del ideario y la verdulería de la praxis: mucho tiento para imaginar, un ninguno para caer en la miseria de la agresión. Igual lo que Francia está iniciando es un viaje al centro de la crisis que sus propios sociólogos vienen denunciando como pocos. Ya veremos. En todo caso, ya digo, de espejo, nada. Si estos candidatos que nos avergüenzan o nos deprimen se contemplaran en la bruñida situación francesa apenas verían sus perfiles grotescos. Habrá que aguardar un tiempo razonable para ver si estamos ante un hecho decisivo, el primer del siglo, o resulta que no es para tanto. En España, sin duda, el aguardo será más prolongado. 

Retos de la libertad

Una iniciativa debida a profesores de Oxford y Cambridge pero también de Harvard y Toronto está tratando de averiguar el alcance de la censura impuesta por los gobiernos a la libre comunicación en Internet, un tipo de control que se vuelve más sofisticado en la medida en que los medios informáticos avanzan por su lado. Hay al menos veintiséis países que censuran, ésa es la palabra, los contenidos de la Red, sin limitarse, por supuesto, a velar discretamente sobre las áreas peligrosas en que operan desaprensivos y delincuentes de toda laya sino extendiendo su larga mano hasta alcanzar la llave que cierra a los usuarios “aplicaciones” completas (de ‘You Tube’ o ‘Google’, para entendernos), es decir, impidiéndoles ese libre acceso a la información y a la cultura que ha hecho de Internet la base de una auténtica –aunque cuestionable– revolución cultural. El recelo sobre la información del súbdito es común a todas las autocracias, creo que sin excepción, lo mismo en la China aislada que descubren los viajeros occidentales que en el mundo clásico en el que el ejemplo señero de Augusto y la suerte de Ovidio hablan por sí solos. Voltaire no veía en el libro ningún peligro para el Poder –los miles de panfletos holandeses contra Luis XIV, alega, poco influyeron en sus derrotas– pero enfatiza el efecto que la difusión de las ideas en el libro contenidas pueden ejercer por doquier. Los sátrapas jamás dudaron, en todo caso, de que la información amenazaba su poder y extremaron, en consecuencia, sus medidas “sanitarias”, tan inútiles como sofisticadas, a medida que fue pasando el tiempo y afianzándose la circulación de las ideas. Hoy países como China, Arabia Saudí o Corea recelan del efecto corrosivo que la información que fluye por el ciberespacio pueda acarrear a sus intereses, y todo indica que la censura tiene asegurada su progresión en la Red a medida que mejoren y ganen en eficacia los instrumentos de control. Una grave cuestión está planteada en torno a la libertad de la Red y no es desde el maximalismo liberal, dadas las circunstancias, desde donde puede resolverse en los países libres.
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Casos escalofriantes de abuso e infamia nos han avisado de los peligros reales de la comunicación ubicua e instantánea, desde el abyecto tráfico de inocentes hasta los enigmáticos proyectos de estímulo al suicidio entre jóvenes, y en torno a todo ese ámbito oscuro y complejo rige ya un firme acuerdo de control. No está tan claro, en cambio, al menos para los concernidos, el derecho a la libre circulación de bienes culturales que está arruinando a las productoras y causando perjuicios a los autores, pues tan respetable es el derecho a la propiedad que estos alegan como la exigencia de libre acceso a los bienes culturales que, al margen de los traficantes, plantea una muchedumbre hasta ahora privada de su disfrute. Lo previsible, de cualquier modo, es que los gobiernos acaben ampliando cada vez más su capacidad de controlar nuestras comunicaciones y señorear el ciberespacio en cuanto se refiere a la difusión de ideas sin que ello les permita, probablemente, conjurar con eficacia el potencial ‘crítico’ de tantos y tan variados contenidos con frecuencia indeseables para el poder, y mucho menos todavía detener el crecimiento galopante del uso ilegal de los recursos que ha convertido la Red en un caladero inagotable para el furtiveo internáutico. Lejos queda la circunstancia elemental frente a la que podía proclamarse, como hacía Flaubert en cierta confidencia, que la censura venía a ser un crimen de “lesa alma”. Más cerca la advertencia de Chateaubriand al tirano en el sentido de que más cuenta habrá de traerle siempre tratar de convivir con lo incómodo que prohibirlo inútilmente. La polémica sobre Internet reproduce la originada en su día por la imprenta. No sé como lo sabios de que hablábamos no han caído por sí mismos en esa cuenta de la vieja.

Sordos sospechosos

Otro caso de anulación de “escuchas”, es decir, de intervenciones telefónicas autorizadas por los jueces para apoyar la investigación por la policía judicial de presuntos delitos. Volvemos a la parodia del “caso Ollero”, al pitorreo del “caso Farruquito” para entrar en el “caso Fara” que trataba de poner en claro lo ocurrido en torno a las subvenciones millonarias percibidas o desviadas desde la Junta a esa organización gitana. Uno de sus portavoces dice, incluso, que ahora es cuando vamos a ver los gatos encerrados que hay en esa jaula, pero mucho me temo que estemos ante un caso más de huidas hacia delante que luego se quedan en nada. Pero, sobre todo, lo que interesa es la desmoralización pública que producen incidentes como éste, el desconcierto de unos ciudadanos que no se explican cómo es posible que las “escuchas” de la policía controladas por un juez se hagan tan malamente que resulte tan fácil anularlas al menos cuando el caso que en las manos como patata caliente. 

Memoria histórica

El candidato de la coalición IU, Pedro Jiménez, anda promoviendo la idea de reforestar los cabezos del Conquero para evitar, entre otras cosas, el barrizal que los temporales de lluvia provocan desde que Huelva está donde está. Y dice, ya de paso, que entra en el proyecto restaurar “Villa Rosa”, la vieja venta más bien lupanaria de nuestros mayores (de los que fueran) que él dice que fue poco menos que un emblema de la capital. Hombre, emblema lo que se dice emblema… Tengo razones para sostener que hay un hermoso y desolado poema de Cernuda –“Yo creí en ti, gitanillo…”– que rememora alguna frustrada aventura amorosa en aquella venta, pero por lo que mi memoria alcanza, esas ruinas más son templo juerguista y monumento al lenocinio que otra cosa. Desde luego, como toda la  “memoria histórica” ésa que reclama IU tenga la misma solvencia, aviados vamos. Ni siquiera parece saber ese líder que “Villa Rosa” sirvió, en su momento, de reposo del guerrero, cuando los asesinos del Parque Moret daban de mano.

Desde la barrera

Hay cosas que no me quitan el sueño pero cuya grave significación, como a muchos lectores, probablemente, no se me escapa. Por ejemplo, el pleito entre el cardenal Rouco y una modesta parroquia madrileña, la de Entrevías, con su despliegue de cánones y anatemas frente a un pacífico ejército de indigentes, “sin techo”, madres abrumadas por la tragedia de la droga, parados sin horizonte, enfermos y abandonados, que pretende, sencillamente, llevar su vida como Dios le da a entender, es decir, de manera inevitable, al margen de las disciplinas eclesiásticas y apoyada en esa teología de la liberación que sigue ganando batallas después de muerta tantas veces. O la foto del Sevilla C.F. ante la Virgen de los Reyes con el cardenal-arzobispo sosteniendo la Copa a medias con el capitán rojiblanco, y el presidente y el entrenador posando para la posteridad. ¡Qué puñetas querrán que hagan la Virgen de los Reyes -“Per me reges regnant”– con una copa del Rey o con una copa de la UEFA, lo mismo da, qué ridícula teología abre a Del Nido las puertas que le cierra a Leonardo Boff! Esta excrecencia de la religión popular que son los ofrecimientos de trofeos a las patronas debería producirse, cuando menos, como un acto simbólico de menor cuantía y nunca como un ejercicio litúrgico que, en fin de cuentas, está demostrando sin proponérselo la continuidad básica de las clásicas creencias que un día consagraron a Apolo o al dios de turno el certamen o la olimpiada. En cambio, los portazos propinados en las narices a la libertad religiosa allí donde ésta intenta siquiera asomarlas no hacen sino confirmar la continuidad de las inquisiciones que persiguieron a uña de caballo el desarrollo espiritual del cristianismo histórico desde sus mismos inicios. Fue la Inquisición actual la que –con Ratzinger en su papel de inquisidor todavía– le leyó la cartilla hace un cuarto de siglo a este mismo Boff que vendrá a confortar a los proscritos de Entrevías, que yo no sé si podrían llamarse con rigor “el resto” evangélico, pero que seguro que forman parte del núcleo duro del cristianismo fundamental de estos Madriles enfrentados y del de todos los tiempos. ¿Una herejía lo de esa parroquia? Se ha dicho que la herejía es la vida de la religión. Una religión sin disidentes es una religión muerta.
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Resuenan extrañamente en esta sociedad secularizada estos baculazos lo mismo que rechinan aquellas ceremonias cívico-papanatas que escandalizan incluso a quienes contemplan desde la barrera ese espectáculo desolador por partida doble. Aparte de que resulta extraño que la jerarquía no se percate siquiera de lo absurdo que resulta ponerle puertas a campo tan abonado por la propia energía evangélica y, en consecuencia, no vea lo inverosímil que sería que su disciplina fuera capaz de ahogar un movimiento que nada en absoluto tiene que perder mientras que aspira a ganar nada menos que la promesa del Reino. Y mientras, insisto, todo un cardenal posa para la posteridad futbolera como oficiante de una ridícula liturgia que ofrece a la diosa, como si de un supremo holocausto se tratara, un trofeo deportivo que, por cierto, y para mayor inri, simboliza el dualismo irredento de una ciudad dividida cada una de cuyas mitades cifra su ideal en el abatimiento del adversario. Parece un epinicio de Píndaro contrastando con una tragedia de Ésquilo, no me digan que no, pero resulta que no es más que el videoclip de unos espirituales sin fronteras frente a la foto fija de una iglesia oficial, rica, inmovilista y autocrática. ¿Cómo se puede cuestionar una liturgia participativa mientras se autorizan esperpentos como el de una ofrenda futbolera? Cuando el lío de este Boff libertario con los dicasterios romanos, Ratzinger le apretó bien fuerte una mordaza para obligarlo al silencio. Al cardenal de Sevilla sólo lo ha forzado a callar el himno del Arrebato.