El poder y el silencio

A las mujeres de Delphi no las dejaron aplaudir las intervenciones de la oposición en el debate parlamentario celebrado antesdeayer. Normal, dadas las circunstancias. La oposición, por su lado, exigió medidas concretas (¡como si existieran!) y no sólo palabras, mientras que Chaves les devolvía el pelotazo reclamando ciega y silenciosa confianza en él. Llegó a decir, incluso, que todas las empresas andaluzas con  problemas habían salido adelante gracias a la Junta sin que nadie le pidiera el detalle de ese milagro. Y en consecuencia, reclamó confianza en él con el compromiso de que no se olvidará de la situación tras las elecciones. Es decir, lo de siempre y dos huevos duros: el camelo de que se están buscando soluciones donde hasta el más optimista sabe que no las hay. Con el silencio de los sindicatos, con el oportunismo de la oposición y con la absurda estrategia dilatoria de la Junta. La única solución para Delphi es organizarle el futuro no entretenerla con el pasado.

El puente de nunca acabar

Antes el PP, ahora IU, todo el mundo en la oposición (más o menos relativa, se entiende, reclama ahora “el tercer puente” sobre el Odiel, si es posible –según la coalición en campaña– dotado con carriles para todo: autobuses, taxis, trenes de cercanía (¡) o tranvías, servicios de ambulancias, bomberos y ángeles de la guarda, dulce compañía. Y digo yo que si tan claro lo tiene ahora IU por qué no ha dado la vara en la Dipu, para empezar, donde ha mantenido un pacto de hierro (más bien de oro) con el PSOE, en vez de dejar el tema para estos tiempos del cólera electoral. Hace falta ese puente, como hace falta resolver el acceso a la costa en general –de la occidental y de la oriental– para que no sólo el turismo sino la vida ciudadana se normalice en lo posible. Empezando por ese puente, que todo el que llega al poder promete (como el AVE, como el aeropuerto) aunque ninguno acometa. 

Homo parlans

Pocas personas se resistirán a admitir que muchas entre nuestras más perentorias necesidades son, de hecho, necesidades creadas. Nadie echaba de menos el agua corriente, hace medio siglo, en muchos pueblos de España, ni durante mucho tiempo después tuvo la ocurrencia de instalar un teléfono en casa pudiendo recurrir eventualmente a la hospitalidad del vecino. Los dos tercios de nuestra población tomarían hoy a título de inventario la descripción de un país sin tv en el que el tiempo discurría arrastrado sobre un horario calmo dividido por los boletines de noticias oficiales, como antiguamente por el toque de ‘ángelus’ o el de ‘vísperas’. ¿Cómo podría imaginar esa España actual una nación sin coches y en la que el excepcional viajero aéreo constituía una celebridad local? La sociedad que vivimos hoy es, por el contrario, un grupo organizado sobre la más compleja red de necesidades, un hecho trascendental porque si es cierto que la satisfacción adecuada (tecnológica) de esas necesidades libera al hombre, no lo es menos que su dependencia lo encadena a aquella fatalmente. El caso del teléfono móvil es paradigmático y contra su boga invasiva poco ha podido la sospecha propagada de sus altos riesgos sanitarios, como lo prueba que haya en este instante en nuestro país más teléfonos que habitantes, concretamente unos doscientos mil más. El olvido del móvil, el extravío del cargador, el fallo de la cobertura son vividos por este usuario reciente con un dramatismo digno de mejor  causa, tantas veces rayano en la dependencia enfermiza que los psicólogos ha roto a hablar sin disimulos de “adicción sin substancia” para referirse a esa necesidad compulsiva e incontrolable (sic) de controlar el telefonillo cualquiera que sea la ocupación circunstancial del adicto. Hace tiempo leí que en Argentina consta el uso frecuente del “celular” en el cuarto de baño y en USA a alguien que añoraba un Bukowski capaz de meterlo en el tálamo como los romanos metían el puñal mientras holgaban con sus amantes. Todo se andará.
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Lo curioso del caso es que muchos damnificados aceptan el daño que les produce la satisfacción del deseo. Una encuesta de la BBC sobre más de cuatro mil usuarios averiguó que el 17 por ciento de ellos tenía al móvil por el segundo peor invento de la Humanidad y en otra reciente la cadena comprobó, en una prueba de abstinencia voluntaria suscrita por siete periodistas, que la renuncia al móvil casi nunca era soportable. En la universidad de Straffordshire sus sabios han puesto en claro que a quienes renuncian al teléfono o se ven privados de él les baja inquietantemente la presión sanguínea, mientras que en la de Navarra sostienen que los jóvenes del primer tramo son adictos en su práctica totalidad y el Defensor del Menor madrileño que cuatro de cada diez muchachos está lo que se dice “enganchado” al adminículo. Hemos entrado en una era incontinente que ha convertido la comunicación en un hábito continuo, desdeñando casi en absoluto los llamados “espacios de silencio” y haciendo de la experiencia personal un diálogo constante, ininterrumpido, tan fecundo como alienante, tan utilitario como patológico. La industria del ramo británica ha multiplicado por diez su valor sólo en el año pasado y ello a pesar de la discreta recomendación gubernamental de limitar el uso inmoderado, en especial por parte de los más jóvenes. La civilización nos hace libres, ya digo, al tiempo que nos encadena. No tienen más que fijarse en esos zombies que, sin duda, se cruzan con cualquiera por la calle, más ajenos que presentes, aunque menos ubicuos que controlados, viviendo como enajenados hertzianos esta culminación de lo social que ha hecho, por fin, del habla el rasgo decisivo de nuestra evolución como especie.

El magín presidencial

“La solución a los problemas de Marbella está en los Gobiernos de Sevilla y Madrid”, José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno y secretario general del PSOE. “Este Gobierno no tolera la corrupción inmobiliaria en ningún sitio y va a perseguir a todos aquellos que actúen en ella” porque “no hay derecho a que con el suelo algunos se aprovechen y se intente forrar a costa de la gente a la que tanto le cuesta adquirir una vivienda, y no lo vamos a consentir, sea quien sea”, el mismo. “Ahora toca que el Ayuntamiento, con el apoyo de la Junta y del Gobierno de España, se preocupe de los intereses generales y no de unos pocos por muy famosos que sean”, otra vez el mismo. “Nunca hemos mirado el color de ningún Ayuntamiento” aunque las inversiones previstas “irán más rápido, según esté quien esté”, Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía y secretario regional del PSOE-A. 

Trola electoral

Lleva razón la prensa que funciona al dictado del PSOE cuando asegura que hay falsas imputaciones en materia de corrupción urbanística. ¡Vaya si las hay! Ahí tienen la falsa noticia dada por uno de esos ‘medios’ onubenses de que la Fiscalía habría tomado medidas contra el aún alcalde de Aljaraque por un presunto negociete de esos que tanto abundan, noticia falsa que ha sido desmentida del tirón por la propia Fiscalía. ¡Claro que hay denuncias falsas, y hasta querellas (diecisiete lleva perdidas el PSOE, entre unas y otras, sólo contra el alcalde de la capital y su Ayuntamiento) pero, hombre, criaturas, no conviene precipitarse hasta no corroborar los datos. Porque a ver como compensa ahora ese ‘medio’ partidista al personaje ofendido, sin contar con que a ver cómo podría explicar tanto silencio reciente por su parte sobre escándalos de signo contrario. La prensa adicta es un  buen negocio. Hay casos en que, sin serlo, ni siquiera podría sobrevivir.

Suspiros de España

Abundan los comentarios críticos, algunos incluso demagógicos, en torno a la marea monarquista desatada por el nacimiento de la nueva infanta. Contrasta ese fervorín con el anacronismo de las banderas republicanas que han saludado su llegada a este país difícil, aunque se ha dicho con buen tiento que no hay que olvidar que el público de las bodas es el mismo que el de los entierros. El caso es que el nacimiento de una infanta sigue conmoviendo a esta sociedad tan poco sensible, aunque no resulte fácil determinar, me parece a mí, ni la composición ni los motivos de ese hecho innegable. Claro que si aquí hay público sobrado para seguir el embarazo de la mujer de Jesulín o los avatares de su primera hija, si sobran espectadores en este país para las telecomedias rosa de los maltratos de un bailarín que nunca bailó o para asistir en directo a la autopsia tardía de una famosa fallecida hace años, habrá que tenerlo en cuenta a la hora de valorar la sentimentalidad popular y sus manifestaciones. Que la clínica Ruber se convierta de vez en cuando en la Meca de la dinastía instaurada por Franco es un hecho social que debe inscribirse en la misma perspectiva en que conviene encuadrar la profanación de las cenizas de Encarna Sánchez, la patética saga de la ex-mujer de Álvarez Cascos o los pinitos danzantes de la nieta del dictador. “España es ansí”, que diría don Pío, o mejor dicho, así andamos en España a pesar de encontrarnos ya en el pelotón de cabeza de los países civilizados. Mucho más calado político tiene, a mi juicio, la ausencia de la Familia Real de la tragedia de Palencia, esos dos telefonazos o telegramas, no sé bien que fueron, en que el Rey y el Príncipe se interesaban por la suerte atroz de esas víctimas mientras se amontonaban a su alrededor los peluches sentimentales de la España emotiva. Suspiros de España. En un país en el que se dedica más atención a la tardanza del Rey en acudir a conocer a su nieta que a una catástrofe como la mencionada, algo no funciona, no tanto por parte de la masa emotiva como de los ‘medios’ que la deforman.
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No era demagogia protestar, como algunos hicimos, cuando el Rey –jefe de los Ejércitos también– no interrumpió su safari africano tras la muerte accidental de nuestros militares en el extranjero. Como no lo fue encomiar la cercanía con que la Familia Real supo acercarse al pueblo (no sólo a las víctimas) tras la matanza de Atocha ni lo es ahora extrañarse por su ausencia de un siniestro que ha impresionado hasta la turbación a la mayoría de los españoles. El sueldo hay que ganárselo sin excusas y no caben pretextos para que esos próceres no se hayan dignado desplazarse –¿cuántos helicópteros militares pillan uno y otro al cabo del año para ir y venir por el país?– para estar cerca de una ciudad conmovida y de unas víctimas especialmente dramáticas, que seguro que habrían sido visitadas si su infortunio implicara color político o tuviera alguna denotación simbólica. Simples ciudadanos de a pie no merecen, por lo visto, no ya que el Rey interrumpa su largo ‘puente’ (tampoco lo ha interrumpido para conocer a su descendiente) sino incluso que las visite sin aplazamientos. Dijimos cuando lo de Atocha que aquellas reales “lágrimas negras”, retransmitidas en directo por la tele y divulgadas a los cuatro vientos, tal vez hubieran hecho por la institución monárquica más que cualquier esfuerzo en este largo reinado. Ahora hay que decir que la ausencia del desastre palentino es probable que le pase su factura. Este pueblo se pirra por las calabazas convertidas en carrozas, por las llantinas demóticas vertidas desde arriba o por la calamidad que supone un chaparrón de aúpa sobre el tul ilusión de una princesa plebeya. Lo de Palencia, por lo visto, no entraba en el esquema de esa estimativa sentimental que nos retrata como una aldea fisgona desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca.