Apocalípticos e integrados

Fichar al líder local del ecologismo, meter en nómina al portavoz de los críticos, ¿es curarse en salud o ponerle un bozal al lobo feroz? Es la pregunta que se hacen en Marbella viendo al responsable de Urbanismo de la Gestora fichar a quien hasta ahora ha ejercido de azote del Ayuntamiento, el portavoz de Ecologistas en Acción, el mismo de quien ya vienen quejándose algunos grupos vecinales por considerarlo “amaestrado” y “seguidista” de los que mandan en el Ayuntamiento. El tiempo dirá, pero parece lógico que esos látigos verdes se queden fuera, a la intemperie, que es desde donde únicamente se ve la realidad tal como es y no como la cuentan en los despachos. Aquí se está produciendo un trasvase continuo al Poder de sindicalistas, ecologistas y expertos de toda laya, lo cual, lejos de constituir una garantía de “socialización”, supone un riesgo evidente de lo contrario, Nada como la integración para acabar con el Apocalipsis, aquí y en París, incluso en Marbella. No es que defendamos el franciscanismo, sino que la experiencia habla por sí sola.

Celillos académicos

Bronca entre la Onubense y la Hispalense, absurda confrontación celosa entre dos instituciones –‘universidad’– que desde el nombre contradicen ese espíritu mezquino. Lleva toda la razón el exrector Verger, ilustre latinista, cuando dice que no se le pueden poner puertas al campo del saber, y alguna menos cuando sublima con el argumento de que si algún membrillo con birrete ha boicoteado desde Sevilla los cursos de postgrado de Huelva, es porque nos tienen respeto y hasta, según él, miedo. Claro que en la Junta hay una dirección general que, a salvo la autonomía universitaria, debería velar porque no sucedieran estos despropósitos y, en última instancia, también hay una Junta de rectores en la que el nuestro debería dar el do de pecho hasta quebrar las vidrieras en el caso de que la autoridad –la que sea—no ponga las cosas en su sitio. Vetar a la Onubense es un absurdo y una mala acción, impropia de una universidad que ha sido una de las grandes. Pero si nos vetan tendremos que defendernos y exigir que se nos defienda.

Atado y mal atado

 

La noticia ha conmocionado al “mundo libre”, que ya es decir, ha hecho tambalearse las redacciones y puesto de los nervios a los responsables de obituarios precocinados que hay ya en toda redacción que se precie: Castro está enfermo y ha resignado el mando en su hermano y sucesor. Pinta, además, por si algo faltaba, con una imagen bien parecida a la que inauguró el fin del franquismo y eso ya ha terminado de exacerbar las imaginaciones de amigos y enemigos por aquello de que puede más una imagen que mil palabras, ese apócrifo atribuido por lo general a Mao. En todo caso, haya sonado o no la hora de Castro, lo cierto es que se ha abierto una situación hasta ahora blindada (desde dentro y des fuera, que es lo malo) cuya evolución parece razonable esperar que conduzca directamente al fin de un “régimen” y al comienzo de sabe Dios qué, porque hay que ser muy lila para no ver en la situación cubana un polvorín y en la sucesión de Castro una prueba dificilísima. Para empezar porque Castro, como la inmensa mayoría de los líderes auténticamente carismáticos, son insustituibles en la práctica y rara vez son sobrepasados en el tiempo por sus herederos. Luego, porque todos los indicios apuntan a que Castro no ha tenido oportunidad de resolver el problema de su sucesión de un modo medianamente realista. Y finalmente, porque al margen de las dificultades interiores, la salida al laberinto cubano está tapiada no sólo por dentro, como decía antes, sino también por fuera. No hay sitio para el optimismo, ni siquiera moderado, ante la mera ausencia de Castro, a nos ser que, como seguramente le ocurre a muchos, la caída del dictador sea no ya una oportunidad de cambio, sino “el” objetivo en sí mismo de la oposición. En Cuba no va a ocurrir como sucedió en España, a saber, que las democracias liberales de Occidente volcarían su apoyo sin reservas a favor de una salida negociada. En Cuba se busca el tortillazo y, su me apuran, la venganza, que son dos malas razones para un buen entendimiento. Mal atado parece que deja Castro el gobierno del cortijo, pues. Simplemente como ejercicio, piensen por un instante que hubiera sucedido aquí sin la denostada “sucesión” fraguada en el propio franquismo.

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Cuanto se hable de momento sobre el postcastrismo es hablar por hablar. Nadie sabe qué va a suceder, qué planes para la isla tiene el poder en los EEUU (incluida la Mafia), hasta dónde estará dispuesto ese “mundo libre” a buscar una salida o a sabotear cualquier intento de solución. Pero es evidente que los fenómenos políticos tienen su tiempo, es decir, que cada proyecto colectivo es circunstancial y, en consecuencia, poco o nada tiene de viable fuera de su contexto. Hoy nadie da un duro por lo que muchedumbres en masa apostaban en los 60 y 70, es decir, por la “revolución”, y en cambio, apenas queda personal por ahí que no se haya reconciliado con el denostado liberalismo en que se fundan las democracias burguesas. Quiero decir que, aunque quizá parezca otra cosa a primera vista, Castro hace tiempo que no es el mayor problema de Cuba en la medida en que puede que mayor obstáculo que él mismo sea un cambio político planetario que lo ha dejado solo con Chávez y Evo Morales. El “subcomandante Marcos”, por ejemplo, sale ahora en “El loco de la colina”, equidistante entre la rebeldía friqui y la mujer barbuda, y conviene tener estas cosas en cuenta, que duda cabe, a la hora de hablar del sepelio político de Castro. El fin inesperado de Castro no es una buena noticia, en principio, porque nadie sabe lo que puede venir tras él. Cuatro españoles de cada diez celebran hoy que Franco muriera en su cama, háganse cargo. Dejemos las encuestas caribeñas para más adelante para atenernos, de momento, al sentido común. Nada más peligroso, por lo demás, que el estertor del saurio. Habrán notado que uno anda más con quienes piensan en la salvación de Cuba que con los obsesionados con aplastar al tirano.

El maletín del mago

 

Es posible que, como aquí se ha dicho y repetido, el maletín de Ollero, el famoso maletín de “Cacerolo”, acabe siendo devuelto por la Justicia (¿) a quien está más que probado que lo consiguió de un cohechador hecho y derecho. Pero no me parece justificada la actitud exultante de quienes ya fueron condenados anteriormente por la misma Audiencia y por el propio Tribunal Supremo, y se han librado ahora por un quítame allá esas formalidades procesales. Nada que objetar a la pulcritud de los manguitos en su obsesión garantista. Mucho que oponer a la imagen que esta decisión judicial –la absolución por motivos formales de quienes habían sido condenados previamente a base de sus propias confesiones—pueda provocar en le opinión pública. La democracia obtiene, a veces, triunfos pírricos pero desmoralizadores. Uno de ellos será ver a un “conseguidor” precondenado (¡incluso por el Supremo!) recoger el maletín con los millones del cohecho y cuánto se mueve a su alrededor.

Los platos rotos

 

La industria química, el Polo para entendernos, ha anunciado que destinará 275 millones en nueve años para reducir la contaminación. Es lo suyo. Al reparar los daños reparables (de los otros, mejor no hablar) causados al medio ambiente, la industria trata de compensar a una comarca y a sus habitantes de los daños producidos, y cumple un compromiso elemental con la sociedad afectada que soporta incomodidades, pérdidas en la calidad de vida y riesgos innegables, al tiempo que se beneficia, en términos generales, de su innegable aportación el empleo y a la riqueza. El modelo industrial no es el único próspero –en los EEUU la población industrial es ridícula comparada con la empleada en los servicios—pero sigue siendo fundamental en determinadas circunstancias, incluyendo el caso de Huelva. Por eso es imprescindible el buen entendimiento y el espíritu de colaboración en un intercambio en el que las ganancias conllevan beneficios, daños y compensaciones. Lo demás es demagogia de un bando o del otro.

La Galia impía

Por lo menos desde el siglo XVIII nuestro moralistas y predicadores, amén de nuestros “patriotas”, vienen señalando a la “pérfida Albión” como la causa de todas nuestras decadencias políticas, y a la “Galia impía” como la fuente de cuantas corrupciones morales han ido minado a través de los siglos el “macizo de la raza”. Nuestros solícitos responsables han procurado siempre garantizar nuestra pureza con el aislamiento, recurriendo, desde Felipe II a Carlos IV, a esos “cordones sanitarios” que, ciertamente, no sirvieron para impermeabilizar la muga pero contribuyeron, en la medida de lo posible, a preservarnos intacto el pelo de la dehesa. Y sin embargo, lo que son las cosas, es probable que estemos viviendo una etapa imprevista de la que vamos a salir, ellos y nosotros –franceses y naturales de las varias ‘naciones’ españolas– con los papeles cambiados y la moral por los suelos. Me encuentro, sin ir más lejos, con que un decretazo del Ayuntamiento de París acaba de prohibir en las playas del Sena, no solamente el desnudo integral, sino hasta el uso del ‘tanga’ y el ‘topless’ que venía alegrándole la pajarilla al personal en esa Polinesia falsificada que el propio consistorio ha montado en los tres kilómetros largos de “rive droite” que van desde las Tullerías al puente de Henry IV y en el recién inaugurado entre los de Bercy y Tolbiac. No podrán turbarse de aquí en adelante “las buenas costumbres, la tranquilidad, la seguridad ni el orden público” en ese costeado tostadero con palmeras y sombrillas, masajistas y heladeros, nebulizadores, voley-playa, grupos musicales, talleres de música, cursos de piragua haitiana y cuentacuentos camelistas que se dicen recién llegados del lejano zoco de la Yemaa-el-Fna. Treinta y ocho euritos le va a costar a los recalcitrantes que insistan en mostrar esos “cuerpos indecentes” (sic) el capricho exhibitorio que tratará de impedir una nutrida guarnición de “flics” reconvertidos en arcángeles de las viejas virtudes, mientras el alcalde Delanoe alardea de que más de cuatro millones de “sans culottes” han concelebrado el rito veraniego propuesto por sus concejales. En pleno sesenta aniversario del bikini no me digan que no tiene miga esta vuelta al moralismo rancio en plano París.

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Cosas veredes. Mientras en Madrid el alcalde católico desafía con la ley en la mano a la santa inquisición de su partido, que le acusa de coquetear con el pecado nefando, en pleno corazón de ese imaginario paraíso de la perversión que siempre fue París para los ingenuos, un alcalde se escandaliza ante los cuerpos gloriosos y manda taparse las vergüenzas a la parroquia con modales jacobinos, lo que nos da una idea de la magnitud del cambiazo que hemos dado en bien poco tiempo, aunque sea marchando atolondrados sobre el propio terreno. Aquí, ya se sabe, o nos quedamos cortos o nos pasamos siete pueblos, en especial en dentro de esas “minima moralia” de que hablaba tan sugestivamente alguno de los maestros de Francfurt. Lo que no estaba en el programa es que en París fueran a darle macha atrás al carrusel hasta el punto de devolver la policía playera al punto donde la dejó Franco al borde de la combatida Transición. El zapaterismo es posible que pierda las grandes batallas –el desprecio de Bush, el fracaso de la Opa y demás—pero todo indica que va sacar de corrido el damero maldito de esas modernidades con marcha atrás que, como ven, están siendo cuestionadas hasta entre sus dudosos amigos de la “Nueva Europa”. Nada de ‘tangas’ en el Sena, se acabó lo que se daba. Los franceses bajan ya los fines de semana España en busca de leña, tal como los españolitos de la dictadura iban a Pau o Perpignan a ver como Brando se untaba la margarina. ¡Vueltas que da la vida! Daba lo que fuera por la garantía de que no hemos de quedarnos colgado en lo más alto de esta noria.