La guardia andaluza

 

Dicen que para ser una ‘nación’ en condiciones lo que necesita un grupo humano es un ejército y una moneda. Vascos y catalanes, las comuneros “primera” en este Estado cada día más desigual, han descubierto una variante: lo imprescindible es disponer de una policía mandada y, a ser posible, también de una Justicia local. Andalucía va a tener de todo en la letra de su nuevo Estatuto, pero en la realidad seguirá, al parecer, manteniendo pacientemente sus carencias hasta que Madrid lo disponga y al partido le convenga, como acaba de demostrar Chaves una vez más al renunciar por tercera vez (2001, 2004, 2006) a su compromiso de conseguir para la comunidad una policía autónoma durante la legislatura. Eso sí, sobre el papel, que todo lo soporta, tenemos ya exclusivas tan improbables como la que nos atribuimos sobre la gestión del Guadalquivir o el cuidado del flamenco y hay consejera que no se ha cortado al pedir un TSJA con “sensibilidad andaluza”. Lo que habrá de esperar será la guardia andaluza. Chaves no podrá pasar revista a sus tropitas como Maragall ni falta que hace.

La alarma social

No le ha gustado a la Junta el estudio sobre mortalidad del profesor Benach (Universidad Pompeu Fabra) más que el que en su día hizo público (hay que decir que con excelente acogida científica internacional) un acreditado endocrino local, el doctor Rueda, sobre lo que él denominó “el síndrome de Huelva”. Lo ha manifestado la consejera con la negada por respuesta y sin mayores argumentos, aparte de decir lo de siempre: que para estudios, los muchos que continuamente hace la Junta, aunque nadie los conozca. Pero Benach ha demostrado que en el triángulo suroccidental (Cádiz, Sevilla, Huelva) los índices de mortalidad son excepcionales y eso no se echa por tierra con la declaración de una responsable sin mayor bagaje científico. ¿Dónde están esos estudios contradictorios que ella dice poseer, por qué no los publica? No genera alarma social quien avisa de riesgos sino quien se niega a conjurarlos. Que aquí ha ocurrido o está ocurriendo algo queda fuera de dudas. Que la Junta no quiera enterarse resulta sencillamente irresponsable.

El cadáver exquisito

Va perdiendo terreno a ojos vista el ancestral “terror al cadáver” que algunos etólogos creían comprobar, más allá del horizonte humano, incluso en el de ciertas especies sensibles. En estos momentos hay tres países engarzados a mandoble diplomático limpio reclamando el cuerpo del terrorista Zarqaui, al fin liquidado por las legiones imperiales orientadas por un oportuno chivatazo. Quieren darle tierra en la suya natal o en otras que se disputan el dudoso honor de albergar para la eternidad a ese fanático, capaz de degollar lentamente con su daga a un rehén inocente delante de las cámaras para escarmiento del mundo entero, al que la barbarie ideológica ha convertido en héroe o más propiamente en mártir. Por otra parte, un viejo profesor de Chicago, Gary Becker, ha expuesto en una entrevista aquí publicada su propuesta de crear un mercado de órganos –no he logrado enterarme si de cuerpos vivos o ya difuntos—para abastecer una creciente demanda que, ciertamente, se legitima con el argumento de que el entierro sistemático del cuerpo constituye un despilfarro. Becker no se arredra siquiera cuando se le objeta que eso sería como ofrecer a los ricos comprar a los pobres porque dice que, en definitiva, también en el ejército o en cualquier otra actividad peligrosa quienes acaban alistándose son los que tienen menos recursos sin que por ello se rechace le sistema de recluta. No sé, pero tengo la sensación de que el Mercado no está dispuesto a dejar fuera de su alcance ni los despojos de la vida, ese poso sacralizado que la Humanidad viene venerando mejor o peor desde siempre, sino que tiende a ampliar su lonja con un baratillo adjunto en el que los órganos vacantes sean reciclados en beneficio de la vida. Alguien dijo por ahí que la muerte, en fin de cuentas, no es el fin de todo porque al fallecido le queda siempre morir de nuevo “chez les autres”. No sabía ése hasta qué extremo llevaba razón.
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Muchas discusiones tertulianas –como siempre ocurre en estos casos—en torno a la reacción de cada cual frente al acontecimiento. ¿Es lítico, moral, éticamente, celebrar la muerte de alguien, en especial, la muerte violenta, por peligroso o despreciable que nos resulte el fallecido? Pues yo creo, sinceramente, que, sin perjuicio de mantener sin desmayo el partido de la vida, hay sujetos cuya existencia no es posible desear por más que mimemos con cuidado el jardín de nuestro narcisismo moral. Un personaje como Bin Laden, por ejemplo, como arquetipo de la profesión del Mal, no es que pueda, es que tiene que ser un objetivo de la Justicia, incluyendo la probabilidad de que su final sea la muerte violenta, más allá de cualquier consideración de principio. Algo que debería entenderse también desde el lado de los fanáticos, a los que lo menos que cabe exigir desde la razón común es que admitan el derecho de las víctimas a defenderse, y a los que habría que recordarles la razonable conclusión de Apollinaire de que nadie puede danzar toda la vida con el cadáver del padre a cuesta. No sé dónde acabarán enterrando a ese frío asesino como no sería posible saber dónde están enterradas sus cientos de víctimas inocentes. Lo preocupante es la reclamación misma, el rito nefando del entierro del mártir-asesino, el éxito del mito del héroe brutal y su legendario prestigio que parece inspirado en la vieja idea de Horacio de que uno nunca muere del todo sino que perdura en los elogios de la posteridad. La Historia es un museo de esta mala memoria en el que, junto a lo eximio, se expone con indecencia lo más abyecto de cuanto fue. Y por lo que se refiere al mercado de órganos, me imagino que las mafias se estarán subiendo por las paredes viendo en el aire un negocio que funciona a las mil maravillas y a ojos vista un poco por todas partes. “El cadáver beberá el vino nuevo” escribieron los surrealistas de Breton con los ojos tapados. Tampoco ellos sospechaban lo real que puede resultar la ilusión.

El negocio del fuego

Ojalá que no haya que lamentar graves incendios este peligroso verano estimulado por las aguas tardías, pero si el caso llegara la polémica estará servida entre la consejería de la Junta empeñada en que “su” empresa pública, Egmasa, haga caja y acabe controlándolo todo, y los propios funcionarios que ven en esta cuestionable cesión de tan delicada competencia un paso hacia la privatización y un importante riesgo público. La contratación “irregular y sin control” por parte de Egmasa de los trabajadores del Plan Infoca puede que tenga sentido desde alguna lógica electoralista, además, pero compromete, a juicio de trabajadores y sindicatos (no de todos) un negocio tan importante. Prescindir de los “expertos” de Infoca para beneficiar a la empresa pública. Demasiados manejos, excesivos trucos, tratándose de un servicio que cuenta en su haber con tantos éxitos pero también con fracasos irreparables. La consejera Coves sabrá lo que hace. O no, como tantas veces, vaya usted a saber. 

Los inventos de Pozuelo

Dignos del TBO, los inventos del ‘delegata’ de Salud, el famoso doctor Pozuelo, se superan a sí mismos cada año con el beneplácito, o al menos, con la complicidad silente de la consejería de Sevilla. Este año, aunque a ustedes les cueste creerlo, ha presentado su plan de vacaciones sin saber siquiera si está cerrado ni los efectivos con que cuenta, “garantizando”, eso sí, que “no va a haber problemas en las sustituciones”. O sea que tendremos un verano más las colas en los centros de Salud, los colapsos en las urgencias, los sanitarios asfixiados y el contribuyente –recién liquidada su cuenta con Hacienda—a merced de la suerte. El SAS y Pozuelo trabajan contra el turismo onubense más que los promotores lo hacen a favor, porque dejar a una comarca turística con un servicio médico precario es disuadir a los visitantes del modo más expeditivo. No es fácil entender qué motivos puede tener el PSOE para mantener en su puesto, como prolongación de una consejería lejana y ciega, a un sujeto tan bienpagado como inútil.

Bestiario de amor

 

Han contado los medios por tierra, mar y aire que la Casa de Brasil madrileña, en la que mi generación complutense y monclovita tuvo cineclub y cazadero sentimental, ha censurado una obra de teatro, ya presentada en Francia e Italia, por el hecho de incluir en su dramaturgia el sacrificio culinario de un bogavante. Tiene fuerza el fundamentalismo ecologista, como se ve, que en materia taurina gana en Cataluña el terreno que pierde en Francia pero que logra bajar el telón, como quien dice, en un colegio mayor tradicionalmente tan aperturista como el mentado impidiendo que se escenifique el martirio de un crustáceo. La verdad es que no se entiende muy bien la oposición en la medida en que no hay que investigar mucho para localizar cientos de establecimientos marisqueros en los que se cuecen vivos los “frutos del mar”, y en los que ese integrismo animalista tendría tajo para rato si decidiera meterse en el negocio. Pero no son los radicales quienes merecen una reflexión sino esta sociedad papanata que seguro que comprenderá, en buena medida, la protesta de los “maulets” frente a la Monumental barcelonesa y la acción de los censores universitarios, como si no tuviéramos en lo alto atentados infinitamente más dolorosos. Es curioso que los mismos que apoyaron o cuando menos ‘comprendieron’ la trifulca originada por las caricaturas de Mahoma, no tengan nada que decir cuando un ocurrente se descuelga, en un país que se postula cristiano y que lo es por tradición, ofreciendo la receta para “cocinar un Cristo”. ¿Osaría el Gobierno permitir, como ha hecho el nuestro, que se apoyara y diera cobertura en el extranjero desde su aparato a una obra titulada “Me cago en Dios”? Pues permítanme que lo dude, pero volviendo al bogavante indultado debo decir que en ese caldero sin víctima hierve desde antier la cáscara vacía del sentido común.

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No está de más volver una y otra vez sobre el tema: la militancia ecologista, el esfuerzo “verde” en general, tienen bien ganado en cien batallas sus laureles cívicos, pero parecen empeñada en desacreditarse a sí misma asumiendo una actitud fundamentalista que, con lamentable frecuencia, rompe en simple necedad. Aunque insisto en que esa crítica habría que dirigirla más a la sociedad que hace posible el exceso que a los propios excesivos, pensando en que, por ejemplo, se arme la que se arma porque alguien pretenda cocinar vivo (que es lo suyo) un bogavante, mientras apenas si tiene eco la noticia de que la sanidad pública, durante los fines de semana, prescinde de la epidural y obliga a las mujeres a parir a pelo. Hay en este perro mundo millones de niños cocinados como bogavantes en el ‘self-service’ de la opulencia, lo mismo de cintura para arriba que de cintura para abajo, y son poquísimas y más bien convencionales (todo lo que se repite en el telediario termina por serlo) las quejas y protestas que se dejan oír. Hay millones de trasterrados perdidos en la ciénaga de la insolidaridad pero parece que la misma reiteración de su tristísima imagen nos acaba anestesiando de la manera más eficaz. Los mataderos han de regirse hoy por una trama reglamentaria complejísima que va desde la electrocución previa e instantánea del ganado hasta las medidas paliativas ya habituales en el degolladero del pollo, que es bastante más de lo que la sensibilidad colectiva está dispuesta a exigir en defensa del hombre. La atención a linces es mucho más solícita que la dispensada a las personas y se invierte en una reserva de quebrantahuesos lo que a nadie se le ocurría reclamar para un hospital comarcal. No hay más que asomarse a la actualidad para entender que más de uno quisiera para sí la suerte del bogavante. Rousseau estaba convencido de que a los animales no les falta razón para desconfiar del hombre. No sé que opinaría el bogavante sobre esa ardua cuestión.