Adios al PA

Se ha disuelto el andalucismo, o mejor, su partido, aquel que, entre otras cosas, forzó a la izquierda a apoyar la autonomía andaluza. Lo han disuelto sus “históricos”, decididos a no tolerar que cuatro trapaceros se hicieran con los restos incorruptos de la opción regionalista para, probablemente, vendérsela como chatarra al ropavejero. ¿Hubiera sido bueno o malo para Andalucía un partido regional fuerte? Pues en un principio, puede que sí, dados los tratos y contratos que ha vivido nuestra democracia en la bodeguilla o en la intimidad. Ahora, ya no lo sé. Lo que sí confirmo es la integridad política de unos dirigentes históricos que –con sus errores y sus aciertos– han sabido ponerle fin a la decadencia y evitar con ello su degradación. Se han ganado el respeto y eso vale ya un Potosí en medio de este baratillo político.

Clase y saber

Como cada año al abrirse el curso escolar reaparece la polémica sobre las becas. Dicen unos que son muchas y eficientes, mientras que otros lamentan su escasez y cicatería. El acceso al saber ha sido siempre un medio de reproducción de la desigualdad, un privilegio de clase, que los propios liberales consagraron pensando en un mundo ordenado en el que cada cual debería ocupar su puesto y no otro. Hasta el XIX, antier como quien dice, en España no se estableció la gratuidad de la enseñanza primaria con la condición, eso sí, de que los párvulos fueran pobres, ya que el saber se consideraba un lujo para quien pudiera permitírselo. Hay un informe famoso del poeta Quintana, en tiempos de la “Pepa”, que plantea, creo yo que por vez primera, ese adelanto, pero enseguida el duque de Rivas paró el carro al estimar, conforme a sus principios censitarios, que el saber debía reservarse a las clases acomodadas, aunque poco después se abriría la mano en favor de las clases medias en las que obviamente se asentaba el régimen liberal. Todo un Claudio Moyano consagró la gratuidad de los palotes y primeras letras para los niños indigentes… respaldados por el cura y el alcalde. Sólo muy tarde se implanta en España la enseñanza gratuita excluida la superior a la que se asiste con becas públicas y privadas, pero incluso la primaria sigue siendo un mal trago anual para muchas familias. ¡Es demasiado cara esta universidad tan mediocre, qué quieren, y en cuanto a los alevines, más se gastan los padres –dice la autoridad– en gollerías que en material escolar!

La idea de que el saber universitario, debe ser también gratuito no surgió siquiera en la imaginación “ilustrada” sino muy lejanamente, allá en el siglo XII (en 1179, para ser exactos), cuando el principio de gratuidad de la enseñanza fue impuesto por el papa Alejandro III y confirmado luego por varios de sus sucesores. Claro que las universidades medievales eran un vivero ideológico propiedad de la Iglesia, pero el hecho es que fue ésta la que se adelantó a su tiempo viendo en el saber un bien demanial, un poderoso instrumento que no podía reservarse para las clases altas. Y aun habiéndose avanzado considerablemente, abundan todavía entre nosotros los textos reaccionarios en los que se apuesta por la reserva estamental del conocimiento y la enseñanza elitista. Un disparate dentro de un desastre, imputable al criptoliberalismo latente tanto en la derecha como en la izquierda.

Belmonte

La Dipu onubense tenía y tiene una sede más que presentable. Sin embargo, un buen día decidió alquilar otra de lujo, casi palacial, para albergar a sus eminentes minervas al módico precio de tres mil euros al día. Luego vino IU con la rebaja y forzó la rescisión el contrato –algún gesto tenía que hacer…– lo que ha provocado ahora que se condene a la provincia a indemnizar con un millón de euros a la propiedad. ¿No creen que los responsable políticos, cuando son temerarios o caprichosos, deberían compartir la responsabilidad civil en lugar de cargarle el mochuelo a los contribuyentes? Estoy tan convencido de ello como de que jamás se dará ese paso.

La brecha social

No sé qué será de Europa si continúa una invasión de refugiados que el presidente Juncker eleva, de momento, a 160.000, más o menos la mitad de los desgraciados que han logrado atravesar el Mediterráneo y alcanzar las playas soñadas. Hasta hay ya quien sugiere que una gestión adecuada de semejante oleada pudiera trastornar el mercado laboral ni que decir tiene que a base de rebajar las rentas del trabajo hasta niveles de salarios de hambre, un recurso explotador hace tiempo ensayado en nuestras economías aunque no en proporciones semejantes a las que se prevén. Europa es pobre, ese es el problema, a pesar de su riqueza, dada la drástica distribución de la renta entre sus habitantes, un cuarto de los cuales calcula la agencia Oxfam que anda ya bajo el nivel de pobreza o está amenazado de exclusión social. Hay países, como Hungría, Chipre o la Grecia de Syriza que bordean la calamidad aunque también los hay –como Alemania, Suecia o Dinamarca—que procuran reducir la enorme brecha social utilizando sus políticas fiscales progresivas. Esos refugiados subyugados por la imagen televisiva, ignoran a buen seguro que una potencia como Francia tiene hoy día once millones de habitantes instalados en una precariedad máxima. Fíjense en el dato facilitado por Crédit Suisse: el uno por ciento de los europeos ricos poseen un tercio de la riqueza total mientras que el 40 por ciento de los ciudadanos menos favorecidos han de conformarse con el 1 por ciento de las riquezas netas totales del continente.

Y subiendo, por desgracia, según las determinaciones más solventes, porque nadie cuestiona el hecho de que los regímenes fiscales y políticos de Estado han sido concebidos en beneficio de una minoría y no parece probable una mejora de la democracia institucional. Sólo el fraude fiscal que perpetran esos beneficiados supone la escandalosa cifra de 100.000 millones de euros. Ésa es la realidad que van a encontrarse los refugiados si llegan a instalarse en los países de la Unión y ya veremos si su impacto sobre la situación actual es soportable o no lo es. Cada día hay más pobres y también más ricos: con ese doble dato resulta tirada la ecuación que resuelve el enigma de las desigualdades. Los pobres son los negros de Europa, dijo el gran Chamfort hace tiempo. Hoy, en vista de las nuevas circunstancias, no me imagino cómo habría de corregir su apotegma pero, con toda seguridad, creo que lo tendría crudo.

¿Cambio de piel?

Un gran debate europeo se ocupa estos días del llamativo cambio de actitud que un pueblo como el alemán, tan pasivo en tragedias anteriores, está experimentando con motivo de la avalancha de refugiados. Nos llegan estupendas imágenes sobre la recepción que esos infelices están recibiendo en la frontera tras su inacabable éxodo y su temible desafío al Mediterráneo, esa fosa común que parece no tener fondo, y se pregunta la opinión europea si acaso, al margen del oportunismo político de la señora Merkel, lo que se está produciendo en aquel gran país es un cambio de piel, una especie de satisfacción-penitencia colectiva redentora de culpas pasadas. Es posible, desde luego, porque muchos alemanes de postguerra han vivido arrugados bajo el síndrome del genocidio perpetrado por los abuelos y, sin embargo, aunque se confirmara esta primera impresión, resulta obvio que el problema es mucho más complejo y no se resuelve con una apertura forzada por el escándalo sino con alguna solución realista que sea capaz, primero, de garantizar el mantenimiento de los refugiados, y después, de conseguir su efectiva integración en la cultura de los países receptores que hoy por hoy parece poco probable. Veo a mi ministra de Obras públicas –como antes a tantas visitantes españolas en países musulmanes—cubrirse púdicamente la cabeza con el mismo pañuelo que las mujeres musulmanas se niegan a quitarse entre nosotros, y me pregunto inútilmente por qué nosotros hemos de seguir sus pautas culturales mientras ellos nos imponen las suyas.

Esta histórica migración no va a resolverse a base de voluntarismo sino, en todo caso, con un plan que permita la inserción laboral, social y cultural de esa oleada en una sociedad como la europea tan duramente castigada ya por la crisis económica y por el desempleo que ésta provoca. Limitarse al gesto –sin duda, noble—de abrir de par en par las puertas no resolverá la cuestión comportando, encima, un alto riesgo de conflicto social. Por edificante que nos parezca la generosidad humana demostrada por una ciudadanía como la alemana no dispuesta a repetir la grosera postura de los húngaros. Lo que está planteado es una reordenación intercontinental tras el fracaso demostrado tanto por las fórmulas indígenas como por las del llamado “orden internacional”. Desde Roma a los EEUU, la Historia sabe tanto de revoluciones demográficas exitosas como de equívocos bárbaros.

Freno y marcha atrás

Ya no es cosa de seguir aguardando para comprobar las intenciones de la juez Núñez Bolaños, sustituta de Mercedes Alaya en el Juzgado de los grandes “casos”, como aquí aconsejábamos a su llegada. Y no lo es porque la nueva magistrada lleva dados inconfundibles pasos atrás y hasta pretende ahora invertir la cuestión y hacer del “caso” de los Ere y las prejubilaciones falsas una carga del PP y no del “régimen” andaluz del PSOE, por no hablar de la congelación de la indagatoria sobre el saqueo de los fondos de Formación o el de los avales de la agencia IDEA, incomprensible si no es en clave política e incluso partidista. ¡Ahora va a resultar que las culpas por la mangancia de este decenio no es de la Junta del PSOE sino del Gobierno del PP! Todo sugiere la larga mano del fiscal- consejero Llera bajo el guante de seda de la juez Núñez.