El globo chino

El milagro chino –una explosión capitalista dirigida por un Partido Comunista—ha constituido estos últimos años la gran noticia-paradoja de un planeta que tal vez creía que apenas le quedaban ya motivos para el suspense y la admiración. Los chinos andan haciendo exhibición de músculo financiero por todo el mundo, se han hecho con un paquete determinante en la deuda americana y vienen extendiendo sus redes comerciales al por mayor y al por menor a ojos vista, hasta el punto de que, tras haber crecido a un inaudito 10 por ciento del PIB llegaron a estar quejosos de crecer solamente a un 7 por ciento. Cada día amanece un puñado de nuevos millonetis chinos, como es sabido, y cada atardecer la “sky line” de Shangay se adorna con un nuevo rascacielo, pero a nadie se le oculta que, siendo cierto que esa economía ha creado y anda ensanchando a paso rápido una clase media hasta hace poco inimaginable, el éxito del Partido Comunista Chino se basa en la explotación salvaje de las grandes masas humanas que su impar demografía le permite mantener sometidas y, por supuesto, al servicio de un comercio internacional en absoluto escrupuloso que ha hecho realidad el sueño de Marco Polo. Bien, pero demasiado bonito para ser cierto: hace unos días la Bolsa china se ha desplomado –más de 8 por ciento en una sola jornada—arrastrando consigo sabe Dios qué intereses propios y ajenos y, ni que decir tiene que provocando la estampida de los inversores.

Nadie sabe, por lo que veo y entiendo, a qué responde ese cataclismo que amenaza –aún no se sabe hasta qué punto ni en qué términos—a las economías amigas y, muy especialmente, a ese comercio occidental que se ha venido forrando estos últimos años vendiendo como auténticas las perfectas imitaciones chinas o, simplemente, deslocalizando nuestras industrias para sustituirlas por los misteriosos obradores chinos. Qué ocurrirá si alguien no da a tiempo con esa tecla destemplada y China tira de la manta encima de la que se apoya, entre otros, nuestro propio crecimiento; cómo se explicará ahora el liberal-comunismo y hasta dónde alcanzará la onda concéntrica; es algo de lo que parece que nadie tiene idea o, lo que es peor, algo sobre lo que gravitan demasiadas interpretaciones. Aunque lo probable es que no pase nada, ya lo verán, como no pasó cuando Japón se vino abajo o como tal vez logremos que no pase aquí, donde hemos estado a pique de un repique del corralito griego. El dinero tiene razones que la Razón no entiende.

País de pobres

Hay pocas cosas más sensibles que el dinero. No tienen más que ver cómo han desaparecido los ricos españoles de las listas del IRPF a pesar de que –como contábamos aquí el otro día—la crisis económica haya propiciado muchas nuevas fortunas ensanchado el sector millonario. Fue anunciarse la subida de impuestos y, como si se hubiera tocado a rebato, desaparecer del mapa fiscal casi la mitad de los potentados que se registraban en 2007, y no quedar a la vista de los inspectores más que los mandados que cobran en nómina. ¿Tan pocos recursos tiene el Estado, o sea, Hacienda, para localizar a esos cimarrones, siendo como es tan fácil localizar la falta minúscula del pequeño contribuyente? Nada más sensible que el dinero ni menos solidario que su dueño que es, al fin y a al cabo, el que más ventajas recoge de la oferta social, una circunstancia que justifica plenamente el dicho de que la Derecha –en la que se supone que el dinero se acumula—se merece lo que le caiga encima y mucho más. ¿Ven cómo era cierto eso de que bajar los impuestos favorece la recaudación? No se trata de la discusión zapaterista sobre si bajarlos o subirlos es propio de la Derecha o de la Izquierda, sino de la evidencia de que, conservadores o progresistas, los acaudalados, todos a una, rehúyen al recaudador, como acaba de comprobarse en España después del incremento fiscal del 2012. John Müller acaba de recordarnos que ya Aznar solía decir, a estos efectos, que “en España no hay ricos”.

Nada más desembarcar en el Ayuntamiento madrileño, Manuela Carmena, ha propuesto gravar con una tasa al turismo y con otra a los cajeros automáticos, demostrando hasta dónde puede llegar la imaginación recaudatoria y cuán cierto es el axioma que sostiene que todo gravamen impuesto arriba acaba perjudicando a los de abajo, pues resulta obvio que los bancos repercutirán la discutida tasa sobre el usuario inocente que acuda a los servicios de sus cajeros. Suetonio nos cuenta que Vespasiano llegó a gravar hasta la orina de sus cloacas y acuñó, para aliviar el remilgo de su hijo Tito, aquel célebre “pecunia non olet” que hasta hace poco convencía incluso al Banco Ambrosiano. El dinero es tan sensible como indiferente, y los ricos lo saben bien. Escuchen a Eurípides: la nobleza no es nada, el dinero lo es todo, el dinero es capaz de elevar a primera fila al hombre más despreciable. No hay ricos en España aunque jamás haya habido tantos. El Poder no podrá nunca socializar la riqueza.

Pañuelo verde

Parece ser que el PSOE, que gobierna en Níjar aliado a IU, va a aprobar la propuesta de esta última de prohibir las corridas de toros en su pueblo a partir de mañana. Otra proeza revolucionaria que viene sumarse a la retirada de símbolos, cambios en el callejero y resurrecciones de trasabuelos de la política como Salvochea o Pi y Margall. Los grandes problemas –el paro, la educación insolvente, los problemas sanitarios, la deuda con los municipios y demás—pueden esperar. Sentados, quiero decir. Hemos entrado en una política de gestos que no quiere saber nada de las grandes cuestiones pendientes en la que participa ya hasta el PSOE que tendrá que derogar desde la Junta el Reglamento taurino que ella misma hizo.

Uno por libre

Luego me han comentado que el caso es, si no viejo, al menos bien conocido, pero cuando yo lo escuché en la radio nocturna hube de sacudirme para espantar esa sensación narcótica, tan propia de la duermevela, que consiste en no saber si vives o sueñas. La voz era de un joven español, catalán y creo recordar que medio aristócrata tronado, que defendía a capa y espada la bondad del régimen norcoreano de la dinastía Kim, el mismo al que la ONU tiene pendiente de juzgar por violación sistemática de la mayoría de los derechos humanos. Pero el entrevistado sostenía imperturbable que esa fama es inventada y malévola, producto vulgar de la propaganda neoimpoerialista de unos Estados Unidos a cuyo servicio estarían las asociaciones internacionales que luchan por la paz y la justicia. ¿No hay fusilamientos en Corea del Norte, no es cierto que el país está cerrado a cal y canto, es verdad que funcionan en su territorio campos de concentración en que se pudren los disidentes? El señor Cao, que ésa creo recordar que era su gracia, se revolvía contra cada una de esa preguntas achacándolas por sistema a la propaganda yanqui y a la maldad intrínseca de un mundo que, salvo China acaso, no es más que un rebaño canalla e insolidario, obsesionado por arrancar al joven planeta el bien que vendría a ser la satrapía coreana. Cao vive de esa breva, ni que decir tiene, y lo curioso es que le den bola los programas de radio y tv como si no estuviera clara como el agua su demencia o su maldad.

Siempre habrá un roto para un descosido y un Cao trinconcete para una tiranía. Lo que no encajo, insisto, es el hecho de que se les de bola en el ya de por sí desmadrado mentidero nacional, teniendo en cuenta que, bajo aquella dictadura implacable, hay un pueblo que sufre hace decenios y sobre el que pastorea una estirpe sobrevenida de tardomaoístas que han sido capaces, ésa es la verdad, de vender tan averiada mercancía sin necesidad, por supuesto, de que un espontáneo de Tarragona sin mejor oficio le haga el caldo gordo. Entro y salgo de la modorra, entrillado entre el sueño y la vigilia –que eso es lo único bueno que tiene la pésima radio nocturna– más narcotizado si cabe por la desfachatez y el tupé insolente del extravagante propagandista, y me dejo arrastrar a la inconsciencia. Mañana será otro día y como siempre rondará por ahí un buhonero vendiendo pócimas intragables. “Tié que habé gente “pa to”!, que decía el Gallo, y no me dirán que no llevaba razón.

Arde España

Son incontables ya los incendios registrados este verano. En Andalucía también los ha habido de órdago y, según los sindicatos, ello se debe, en gran medida, a los “recortes” de la Junta y a la falta de preparación de los trabajadores encargados de apagarlos. El consejero del ramo, José Fiscal, ha salido a la palestra para decir, sin tentarse la ropa, que es la nueva ley de Montes que prepara el PP la que “invita a la gente va meterle fuego al campo”: tal como lo oyen. Se explica que estos sobrevenidos tengan que hacer méritos pero no que en Andalucía se acuse a otros desde el PSOE tan temeraria como absurdamente. Aquí se produjo en su día el mayor incendio registrado en muchos años y, en cuanto a recalificaciones de terrenos, para qué hablar. El consejero se busca la vida con excesivas prisas.

Arqueología funeraria

Llevamos unos años intensos en lo que refiere a la arqueología funeraria. El pasado lo pasamos en vilo, pendientes de la rebusca de la huesa de Miguel de Cervantes llevada a cabo en un convento madrileño, odisea municipal que no logró despejar las dudas a pesar de las expectativas despertadas por la liberalidad municipal y por la voracidad informativa de los medios de comunicación, y ahora acaba de ser descubierto el cuerpo de Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro, en un paraje griego a pesar del mantenimiento del “corralito”, hallazgo confirmado por la huella de la famosa lanzada que atravesó su rodilla. Algo parecido ocurrió aquí en 2008 cuando los arqueólogos descubrieron en una tumba común de esa maravilla que es la iglesia oscense de san Pedro el Viejo, lo que quedaba de Ramiro el Monje, creo que mezclados con los de Alfonso el Batallador, y más recientemente en Leicester se halló y fue solemnemente enterrado en su catedral el cuerpo de Ricardo III, aquel rey “leve de cuerpo y débil de fuerza” que clamaba ofreciendo su reino por un caballo, identificado sin lugar a dudas al comparar su ADN con el de un industrial mueblista que parece ser que es descendiente suyo, aparte de por las señales de las heridas, algunas de ellas vejatorias, recibidas en su última batalla.

La que no hay modo de hallar es la del propio Alejandro, señalada por unos en Alejandría o en Menfis y hace bien poco en el enterramiento real encontrado en Anfípolis, en plena Tracia griega, aunque las agencias de viaje egipcias continúen llevando sus grupos de turistas al oasis de Siwa — donde dice la leyenda que el malogrado rey quiso ser enterrado en el santuario de Amón, su presunto padre– y ciertas guías oportunistas sigan camelando con el cuento a los ingenuos absortos entre los celestiales mosaicos de la basílica veneciana de san Marcos. Ofendidos en vida y venerados en la muerte, van apareciendo uno tras otro esos fantasmas, para entretenimiento de una opinión insaciable de novedades aunque tan poco respetuosa con la tradición, capaz de tragarse la noticia funeraria –mientras engulle el solomillo frente al telediario– junto a las imágenes del incendio que devasta el monte o las nuevas recientes sobre el fraude nuestro de cada día. Una necrofagia cultural que tal vez nos hace sentirnos vivos frente a la evidencia de la caducidad de este prodigio que es la vida junto al igualitarismo implacable de la muerte.