Camelística electoral

No se acuerdan de santa Bárbara más que cuando truena, no se movilizan contra las lacras más que campaña. La foto era ayer impresionante: los candidatos/as del PSOE, IU y PA, unidos como una piña, reclamando un “compromiso nada menos que para eliminar la pobreza del mundo”. ¡Como si un candidato comunista clamando contra el hambre no fuera una redundancia en la misma medida que esta candidata sociata resulta un sarcasmo y el ‘verde’ un adorno perfectamente prescindible! Aparte de que ¿por qué ahora, qué ocurría antier que no venga ocurriendo desde  le Pleistoceno, qué pueden hacer –en serio, sin coña– los alcaldables y aún los alcaldes para solucionar un compromiso eterno que no lleva trazas de cumplirse nunca. No es que los que pueden prometan puentes inverosímiles y probablemente falsos, sino que hasta los más inermes se retratan sacando pecho. No me gusta que se burree a los ciudadanos con montajes inventados y éste es uno de esos inventados para tomarles el pelo. Lamentable la foto. No se la creían ni ellos.

El ‘Punto G’

Le han preguntado a una jamona venezolana del mundo de la telenovela, la famosa Catherine Fullop, dónde estaba por ventura en las mujeres el dichoso ‘Punto G’ y la odalisca no lo ha dudado un segundo antes de lanzarse a la antología: “El ‘Punto G’ está  en la ge de la palabra ‘shopping’, querido ”. Ahí está, proclamada sin complejos, la clave de ese fenómeno social que trae de cabeza a economistas y sociólogos desde los felices 60 para acá, estos en la idea satanizadora de que la pasión por adquirir cosas es el auténtico anticristo, y aquellos en la precisión de defender la necesidad de mantener altos los niveles adquisitivos como requisito de la buena marcha del negocio y, en consecuencia, de las sociedades desarrolladas. Tan reiterada y prolija ha llegado a ser la ofensiva contra el consumo que pocas dudas quedan desde hace tiempo sobre la índole funesta de esa inclinación universal que hace que las muchedumbres hambrientas asalten en el África profunda los camiones buhoneros de Coca-Cola o que en la Quinta Avenida los pálidos pobladores del planeta abundoso hagan cola en los mostradores despilfarrando lo que no tienen en hacerse con lo que, la mayoría de la veces, no necesitan. Un instituto europeo, la ‘Fedération Belge de la Distribution’, acaba de difundir una encuesta en la que insiste en la clásica tesis marcusiana de la enajenación por el consumo lanzando el dato aplastante de que nada menos que seis de cada diez belgas se va habitualmente de compras, mayormente innecesarias, para escapar “au train-train quotidien”, esto es, a la insoportable rutina de la vida diaria. Más las hembras que los machos, más también los jóvenes que los adultos y los flamencos que los valones, pero todos, en fin de cuentas, sujetos a esa atracción fatal que es el consumo gratuito, el gasto sublimador, la costosa escapada imaginaria de la griseidad cotidiana a fuerza de dinero. Han sido varios los observadores que han insistido en la universalidad de ese fenómeno y, en especial, en la tesis de que el denostado consumismo no es privativo de los pueblos ricos sino común al género humano en todas sus circunstancias, y parece que lo que sabemos sobre la evolución del consumo en los países pobres avala esta hipótesis. Comprar es una práctica simétrica a la pulsión sexual y tiene, como ella, un efecto compensatorio. El ‘Punto G’ está en la ge de ‘shopping’, no diría yo que no.
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Nada de ello es incompatible con la revisión del anatema que gravita sobre el consumo. Hace tiempo que economistas de fuste, ya de vuelta del maximalismo ascético del 68, lanzan sus llamadas de atención sobre el papel clave que mantener un consumo alto juega en cualquier economía liberal en la medida en que una caída de aquel determina sin remedio una desaceleración de la economía general que, a su vez, cae como un jarro de agua fría sobre el optimismo mercantil contribuyendo a excitar entre los individuos/consumidores la sensación de disforia ante la vida que acaba por conducirlos de vuelta al mostrador. Un bucle que se relía solo porque resulta, además, que como creo recordar que sostenía Tinberger, el propio incremento de los bienes alcanza pronto un nivel crítico a partir del cual la satisfacción adicional del comprador decrece con rapidez. Adquirir y acumular bienes –‘cosas’ en sentido sociológico– son pulsiones que fracasan, por lo visto, con su propia recompensa, comprometiendo el sistema en general en una peligrosa deriva que incluye hasta la posibilidad de la debacle. Hace mucho una novela de Pérec, “Les choses”, deslumbraba a la generación “soixanteyhuitard”. Habría que releerla hoy junto a cuanto ya sabemos de estas sibilinas interacciones que cuestionan el ingenuo fondo de la vieja protesta. La renuncia no es productiva. Cambiar la vida que tanto nos disgusta exige bastante más que abstenerse de ir a las rebajas.

El chantaje electoral

No hay quien los pare. Siguen prometiendo hasta lo imposible, pero sobre todo, continúan dejando claro que la ayuda estatal a los municipios (es decir, a los ciudadanos) dependerá del color del voto que acabe luciendo el Ayuntamiento elegido. Se ha dicho que, con el PSOE, uno de ellos tendría de su lado a la Junta y al Gobierno, en Granada un candidato ha tenido la desfachatez de prometer el AVE en un mes, en Huelva el propio Chaves se ha sacado de la chistera el imprescindible puente que la Junta le ha negado por activa y por pasiva desde hace años al Ayuntamiento adversario de la capital. Un chantaje electoral en toda regla, en definitiva, que merecería que la Justicia redujera como proceda y mientras subsista el cual es obvio que las elecciones no son limpias sino que los ciudadanos están sometidos a una ilegítima presión a la hora de ejercer su derecho al voto. No se puede premiar ni castigar a los votantes por el color de su voto. Hacerlo no es un mero recurso sucio del juego político sino un falseamiento radical de la democracia. 

¡Será por puentes!

El puente sobre el río Odiel, ése que no se podía hacer en función del presunto daño al Medio Ambiente a pesar del infierno padecido por los usuarios, acaba de ser prometido por Chaves en la última cabalgata electoral organizada ante el desconcierto provocado por los sondeos que anuncian un batacazo de la candidata Parralo. Chaves ha dicho que no sólo se hará un puente sino que se harán tres, ahora que, de repente, resulta que ya no habría daños medioambientales, y la candidata tuvo la desfachatez de rematar la faena diciendo que esa obra cien veces denegada por las Administraciones del PSOE es “una vieja reivindicación” del partido. Como el AVE que no llega a pesar de las promesas, como el aeropuerto del que ya ni se habla, como el desdoble de la carretera nacional 435, como tanta necesidad pendiente por razones exclusivamente partidistas. No es probable pero sería cosa sana que un delegado del ramo le dijera ahora a Chaves lo mismo que le dijo del megaproyecto de Punta Umbría. Sabiendo lo que le costó el gesto aquel héroe por un día no quedan demasiadas esperanzas de que ocurra nada por el estilo. 

Delitos publicados

Varios hechos recientes han devuelto a la actualidad el eterno debate sobre la justicia o improcedencia de imponer a los convictos de graves delitos y pecados la pena suplementaria de la vergüenza pública. Uno de ellos ha sido la decisión de una veintena de localidades del entorno de Bogotá que han decidido legalmente someter al escarnio a los violadores publicando sus imágenes, para escarmiento y edificación general, en vallas callejeras pagadas por el consistorio. Coincidiendo con sus colegas de Cali, los legisladores de Ohio andan debatiendo, mientras tanto, una norma que permita a la autoridad estigmatizar a esos perversos delincuentes obligándoles a lucir una chapa verde sobre el pecho al modo como los nazis señalaban a los hebreos con la estrella de David. Por su parte en Atalla, Alabama, el juez Robertson ha impuesto a dos personas la obligación de vestir durante dos fines de semana consecutivos sendas camisetas impresas en las que campea el infamante lema que los declara ladrones de grandes almacenes. Aquí no se ha llegado tan lejos pero hay que recordar que, en su día, el ex-presidente Bono pugnó con fuerza por imponer su proyecto de registrar públicamente a los maltratadores, de modo y manera que la sociedad en su conjunto de viera protegida de ellos por la misma información y, de paso, qué duda cabe, se les infligiera un severo castigo. Los antropólogos coleccionan cientos de señales de este tipo, es decir, de marcas de desocialización tendentes a excluir del grupo al anómico al quietarle ese discutible derecho a la privacidad que podría ser lesivo para los incautos, pero también asestándole un golpe irreparable al eventual propósito de enmienda. Nunca se pusieron de acuerdo los juristas sobre la legitimidad del “sambenito” (el saco o camisón amarillo con la cruz de san Andrés con que la Inquisición marcaba a sus víctimas) pero parece como si actualmente la cuestión no fuera ya “de principio”, sino que se tratara, simplemente, de un recurso punitivo proporcionado a la monstruosidad de esos delitos que proliferan en nuestra sociedad. Todo valdría para detener esta locura progresiva que nos aterra un día con la imagen de una red pederasta que paga por contemplar violaciones de bebés y al siguiente con el reportaje de urgencia del linchamiento gratuito de un mendigo. Es vieja la teoría de que el castigo, conocida la falta, ha de ser ejemplar además de medicinal. Eso de que la sanción debe corregir o al culpable o al público parece que va estando más claro que el agua.
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La actitud infamante que defienden los desocializadores cae por las antípodas de la mantenida por los profetas de la resocialización. ¿Se debe extirpar al infame definitivamente del cuerpo social o bien debemos esforzarnos por reintegrarle a él? En algunos foros relacionados con los hechos que comentaba he escuchado proponer que, puestos a publicar las fechorías y los fautores, no se limite tanto el criterio sino que se amplíe para dar cabida dentro de la dura medida, entre otros, a los reos de guante blanco cualquiera que sea su condición social. La irrenunciable dignidad de la persona obliga a renunciar a este expeditivo recetario, por supuesto, pero no sin que nos ronde por la cabeza que tal vez no resultara descabellado introducir alguna dosis, siquiera homeopática, de publicidad en el marco de una sociedad que depende en tan alta medida de la imagen. La exhibición de impunidad, tan frecuente esta temporada, vendría a contrapesar la gravedad moral de una pretensión semejante. Por lo demás, sorprende que una sociedad tan tolerante con el fuero íntimo, que permanece impasible mientras se le pone en almoneda, conserve ese sentido del respeto por la intimidad del infame. Ezra Pound en una jaula era un escarnio. De Juana paseando a costa del Estado, francamente, no me lo parece menos.

El dinero público

La curiosa iniciativa lanzada desde al Ayuntamiento sevillano animando a contribuir en una colecta para comprar el lienzo de Velásquez “Santa Rufina” que subastará la casa Sothesby’s en julio ha levantado no pocas protestas entre quienes creen, con sobrada razón, que al contribuyente no se le puede exprimir dos veces, una vía impuestos y otra vía voluntaria. Es lógica obligación de las instituciones, de la Junta en este caso, no permitir que esas obras de arte se anden diseminando por el mundo, peor no se comprende por qué el razonable proyecto de impedir esa dispersión comprándolas de una vez por todas, ha de endosarse a la voluntad pública, como si no estuviéramos al cabo de la calle del gasto suntuario que despilfarran esas instituciones, empezando por la que convoca la colecta. Limosnear con un objetivo tan serio como es recuperar al arte perdido resulta de lo menos serio que pueda pensarse. Sólo con pasajes y dietas de cargos y carguetes de ese Ayuntamiento estaba aquí la Santa Rufina hace la intemerata.