Administración de partido

Los tránsfugas del PSOE en el poder en el pueblo onubense de Gibraleón han dejado en mantillas al ex-presidente Borbolla cuando proclamó en el Parlamento que los funcionarios no debían ser imparciales sino partidarios de quien en cada momento gobernara. Han dicho, en efecto, esos tránsfugas que cualquier funcionario municipal “pillado” hablando siquiera con alguien del PP “irá a la calle”, en función de lo cual están haciendo revisar las llamadas telefónicas dispuestos a despedir –“sin ningún miramiento” y aunque los jueces digan que se trata de despidos improcedentes– a cualquiera que ose dirigirse a un edil ajeno a esa mayoría artificial. Dicen los inquisidores que lo harán “aunque se le tenga que poner una cámara en el culo” a cada funcionario, lo que da una imagen de ese soviet de lo más deplorable. Los culpables no son, en cualquier caso, los pardillos que en su taifa hacen y deshacen sino los dirigentes que desde Huelva, Sevilla o Madrid consienten semejantes tropelías.

IU hace campaña

El prepósito de IU, Pedro Jiménez, ha pedido públicamente que Parralo apee de su lista municipal a los dos candidatos que se presentarán a las elecciones  municipales con una condena por ‘mobbing’ a sus espaldas, a los que llama sin ambages “acosadores”. No dice nada Pedro Jiménez del presidente de la Diputación imputado por el mismo delito –y para el que la fiscalía solicita graves penas, incluida, por supuesto, la de inhabilitación– ni de la propia candidata, que no lo está hoy por hoy pero que podría estarlo mañana por tener pendiente una querella por la misma causa. IU sabe lo que hace y con quien se juega los cuartos (sic), y sabe que no es cosa de descalificar a quien tras las elecciones pudieran ser, como ya lo fueron en la legislatura que ahora acaba, socios y protectores. La lista de Parralo, eso sí, hace agua por todas partes y cada día más. Si Pedro Rodríguez tuviera en su mano sabotearla no podría hacerlo mejor.

El cordón Real

Los dimes y diretes oídos a propósito del destino del cordón umbilical de la nueva Infanta han vuelto a ponerme por delante el romántico paralelismo con el “toison d’or”, ese otro cordón con vellocino que es para la caballería moderna, más o menos, lo que fue el Grial para la empeñadísima y más que sublimada que alumbró el ciclo normando. Ambos cordones, el umbilical y el caballeresco, pertenecen al más rabioso pasado, es decir, al presente imaginario, que es el que pita en este ámbito simbólico de las monarquías, como se encargan tercamente de poner de relieve los detractores de Letizia Rocasolano, hoy, lo quieran ellos o no, Princesa de Asturias. Escuchar que los cordones de las infantas del Reino se depositan en Bancos como si fueran títulos al portador o joyas de la corona, tras haberles extraído las correspondientes bolsas de sangre que eventualmente podrían salvar alguna vez la vida a sus dueños, fuerza a admitir la ironía de que entre los imprevistos méritos de la institución monárquica se incluía éste de contribuir a la saludable secularización generalizada cortando por lo sano el debate ideológico que hasta ahora maniataba a los poderes públicos a la hora de aceptar la evidencia del progreso. A ver quién discute –y cómo– en adelante el derecho a conservar ese recurso flamante de la Ciencia en el que tantas esperanzas están depositas, no sé yo si un poco antes de tiempo, pero depositadas al fin y al cabo. La monarquía ha aterrizado en la realidad tras describir la inmensa parábola que va desde el derecho divino de los reyes al papel cívico que hoy le asignan las Constituciones y en el que, como demuestra este hecho entre tantos otros, el quid está en reconvertir el simbolismo aristocrático en convención burguesa, es decir, hoy por hoy, en popular. Eligiendo a Letizia, el futuro Felipe VI no sólo ha conseguido que Peñafiel se ponga las botas sino que ha segado la yerba bajo los pies a los ingenuos del republicanismo voluntarista.
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A  ver quién y cómo, insisto, discute en adelante si es ético o no, si procede o deja de proceder, conservar el cordón del nene –ese vellocino de células-madre que ilumina en rosa el alba del futuro– por lo que pueda ocurrir. Ahora bien, el tajo principesco dado a ese debate conduce en línea recta a otro, el del derecho que tiene todo súbdito a replicar en su vida la excelencia que observa en las alturas, y en este caso, a exigir del Estado que le proporcione las mismas garantías que los príncipes y ‘omes ricos’ pueden costearse a sí mismo. No tendría sentido moral ni jurídico (profundo) que el Estado (al fin y al cabo, el dinero monárquico es dinero del pueblo) permita a los príncipes salvaguardar a su prole de cara al futuro mientras la ‘gentecilla del común’ se queda sin garantías que valgan. Habría que crear, pues, por la vía rápida una nueva orden universal, en plan Felipe Le Bon, que como el ‘Toison’ en los días de la corte borgoñona, acercara a los hombres en general, sin distinción de clase ni condición, la posibilidad de conquistar lo (hasta antier) imposible, a saber, esa utopía científica de la regeneración, inimaginable cuando nacieron los príncipes hoy en sazón, a los que salvaguardar a sus hijos les ha costado nada y menos comparado con lo que les costó a los argonautas de Jasón ir hasta la Cólquide para agenciarse su tesoro. Que el cordón de las infantas se custodie en un banco de Arizona me parece una magnífica noticia, no sólo para esa Real Familia, sino para la inmensa mayoría olvidada de los mitógrafos, que son quienes, en definitiva, escribieron esta historia desigual que es la vida de los hombres. Noticia que, más pronto que tarde, se convertirá en una reivindicación pero que desde ahora mismo debería ir germinando en forma de exigencia en los paritorios que pagamos entre todos. El problema no es ya si hay que hacerse o no con esas células milagrosas, sino el que plantea al Poder el derecho de todos a proteger a sus hijos como si fueran príncipes.

Nuevos tiempos

El ex-delegado de Urbanismo de un pueblo sevillano, comentando la audaz maniobra de sustitución del disco duro de una empresa pública para hacer desaparecer su contabilidad, le decía ayer aquí al periodista: “Hombre, tal como está la cosa, no meto yo la meno en la candela ni por mi padre que venga del cielo”. Ya ven qué situación, qué procedimientos mafiosos (sustitución de los soportes informáticos), que maniobras para encubrir ellos sabrán qué barbaridades. Pero sobre todo, ya ven qué silencio de las instancias superiores, qué extremada discreción por parte del chavismo, cuyo partido gobierna el Ayuntamiento en cuestión, ante un embrollo tan cutre como ése. “No meto yo la mano en la candela ni por mi padre que venga del cielo”. Verdaderamente mucho han debido cavilar hasta alcanzar este grado de solvencia para la trampa, pero mucho más habría que hacerlo para restituir a la democracia la imprescindible confianza de los ciudadanos.

Un disparate del PP

Pedir en público la responsabilidad de la Junta “por acción u omisión en un presunto caso de corrupción urbanística (¿) y económica” en el Ayuntamiento de Ayamonte, con base solamente en el registro que la Guardia Civil practicó días atrás en las oficinas de la institución por motivos tan distintos como banales, no beneficia sino que resta credibilidad al PP. Sencillamente porque lo ocurrido en Ayamonte fue una barbaridad, un caso de escandalosa desproporción entre el hecho investigado y los medios que se utilizaron, aparte de una irresponsable manera de contribuir al descrédito de la política, en esta ocasión por un  quítame allá esas pajas de 300 euros. Claro está que quien no podrá quejarse es el PSOE, después de auténticas canalladas como la falsa denuncia de las llamadas eróticas desde el Ayuntamiento de la capital y tantos otros camelos, flor de un día. Pero un mal no cura otro. El PP debe retirar esa falsa acusación que sabe de sobra que carece de fundamento.

Memoria y rencor

Están ocurriendo hechos inquietantes en la política europea en torno a la llamada “recuperación de la memoria” que comienzan a desbordar los respectivos corralillos nacionales para afectar en su conjunto a la vida de esa entidad en ciernes que llamamos Europa. Los dos últimos afectan, el uno a Polonia, donde el extraño régimen bicéfalo de los gemelos Kaczynski ha terminado por enfrentarse al Parlamento comunitario por su pretensión de liquidar a un eurodiputado, Borislaw Geremek, que se ha negado a aceptar el premeditado ejercicio de humillación que supone la exigencia de declarar formalmente el repudio a la pasada dictadura comunista o aceptar un colaboracionismo que sería tratado con lenidad por los nuevos inquisidores, un poco en línea con la vieja Inquisición que concedía a los reos que abjuraban al pie del cadalso la “gracia” de ser agarrotados antes de entregarlos a la pira. Hasta un personaje tan vidrioso y hoy desacreditado como Lech Walesa se han sentido en la obligación de pronunciarse contra este intento con un manifiesto, pero han debido ser las democracias europeas las que se opusieran con vigor a esta purga que en el propio país se califica sin ambages de caza de brujas. Por su parte, en España, los obispos –58 de 60– acaban de volver por donde solían proponiendo la beatificación de centenares de víctimas del ‘terror rojo’ como si las que lo fueron del ‘terror azul’ no tuvieran, en muchas ocasiones, su alma en su almario, pero encima con la más inconsistente racionalización imaginable: que semejante gesto guerracivilista será un instrumento al servicio de la reconciliación. Ésa fue la doctrina y la estrategia de la era Wojtila, continuada ahora por un pontífice que acaso debería forzar la discreción habida cuenta de que él mismo militó en instituciones nazis durante la guerra.

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No ha habido intento alguno de ajuste de cuentas históricas en Europa que no haya acabado malamente en abusos sin más crédito que el que le otorgaban los rencorosos. En Francia –lo hemos repetido muchas veces– se ha pasado como sobre ascuas cada vez que se trató de reabrir esa memoria podrida que en Inglaterra se ha protegido incluso por la cuenta que le tenía a la propia monarquía, pero no porque se tratara de ocultar la tragedia sepultándola en la amnesia sino porque, echadas las cuentas más elementales, el pie de la suma aconsejaba extremar la prudencia. La Historia tiene su propia lógica y su establecimiento formal debe ser confiado en exclusiva a los historiadores solventes, nunca a aficionados ni a logreros dispuestos a negociar con el rencor, entre otras cosas porque la Justicia que se invoca a tan largo plazo suele ser una entelequia además de una imprevisible caja de sorpresas. Las desgracias históricas, una vez superadas, no conviene que se olviden pero lo lógico y natural es no manipularlas en el clima inevitablemente anacrónico que es siempre la actualidad respecto del pasado, o lo que es lo mismo, que la recuperación razonable y justa de cualquier memoria excluye la parcialidad. No hay ninguna revisión por el estilo que haya cuajado con éxito en Europa. Pregunten en Francia por Enrique IV o por Robespierre, en Inglaterra por Cronwell, miren lo que está ocurriendo en Portugal –quién sabe si como consecuencia de maniobras impropias– hace tiempo olvidada de Salazar: comprobarán que la división de opiniones, ahora ya calma y distante, se mantiene maniquea sin posibilidad de ajuste. La memoria es necesaria y el rencor no es sino una lacra añadida, se revista de lo que se revista, que puede tal vez acarrear nuevas pesadillas pero no es nada verosímil que contribuya a la pacificación. Ni en Polonia ni en España, porque el signo da igual a estos efectos. Si es verdad, como me aseguran, que en Andalucía se ha congelado el presupuesto para esa operación insana, desde luego alguien ha dado en el clavo.