Polvo enamorado

La rebusca de huesos se ha convertido en un negocio de moda. La subastera Christie’s acaba de colocarle a un pánfilo unos huesos de rinoceronte milenario en unos miles de dólares aunque no tantos como la fortuna que le ha sacado a otro por la huesa de un mamut que vino del hielo. En Argentina el hallazgo casual por un boyero de los restos fosilizados de un gliptodonte proporcionó un respiro, no hace mucho tiempo, a los asesores de la Casa Rosada enzarzados, para variar, en sus dobles disputas con el Banco Mundial y el propio peronismo sin Perón, mientras que en Francia los sabios descubrían que los restos de Juana de Arco conservados cerca de Tours pertenecían, en realidad, a una momia egipcia datada como mínimo en el siglo III antes de Cristo. En torno al enigma de Colón, reciente está el pronunciamiento de los investigadores confirmando que el esqueleto conservado en Sevilla es auténtico sin descartar la posibilidad de que también lo sean los huesos sepultados en Santo Domingo, conclusión que ha exigido el estudio del ADN mitocondrial a la espera de poder realizar otro en dos familias genovesas –los Colombo y los Colonna– a través, en este caso, del ‘cromosoma Y’. La penúltima, por el momento, concierne a don Francisco de Quevedo –“polvo seré, más polvo enamorado”, ay–, diez de cuyos huesos, entre ellos el fémur cojitranco que le amargó la vida, han sido identificados entre dos centenares que yacían en la parroquia manchega de Villanueva de los Infantes y entre los que han sido descartados algunos pertenecientes a animales (también con los de Juana apareció un sospechoso gato achicharrado que se trató de relacionar con el simbolismo de la brujería) y a otros muchos difuntos que con él compartían el sagrado de la sepultura. Diez huesos más para uso de fetichistas, pues, marchando otra de reliquias laicas para incluir en las guías turísticas y entenebrecer las visitas escolares. Hay quien ve en el enigma funerario de Mozart una desgracia añadida a las muchas de su triste final. Buen miradas las cosas, a uno le parece que, al contrario, ésa fue una de sus pocas ventajas.

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Se comprenden supercherías como la del sepulcro de Cristo hace poco falsificado en Jerusalén –como poco antes el del apóstol Juan– por algún mercachifle avisado. No tanto, desde luego, ni mucho menos, esta trata de huesos que se traen entre manos, como si en ello les fuera la vida, muchos sabios que tal vez harán mejor dedicando sus capacidades a causas más prácticas. Aunque, claro está, el móvil de estas andanzas, muchas veces prohibitivas desde una perspectiva presupuestaria, habría que buscarlo, antes que en ninguna presunta curiosidad generalizada por la Cultura, en ese fetichismo cuyo papel en el psiquismo contemporáneo me parece a mí que está por estudiar pero que, de ser viviseccionado con maña, seguro que alumbraría muchos rincones oscuros del magín colectivo. Por otra parte, me confirman varios amigos docentes en la sospecha de que apenas una ínfima minoría de universitarios se interesa hoy, siquiera alguna vez, por la obra insigne de este Quevedo en la identificación de cuyas reliquias se ha volcado munífica la Complutense. Imagino lo que hubiera guaseado el poeta si alcanza a ver estos trabajos que lo emparejan con el hombre de Orce y nos lo ponen a la altura mediática del mamut de la Christie’s o la momia de la ‘Doncella’. Y vuelvo a aquellos versos mañarianos –“…y vi que estuve vivo con la muerte,/ y vi que con la vida estuve muerto”–, esencia decantada del barroquismo más íntimo, hogaza candeal de esa Contrarreforma a contrapelo que viene a ser como un romanticismo adivinado o como la catequesis del más escepticismo más ambiguo. Quevedo sabía de sobra que no somos nadie. Lo que dudo que intuyera es que acabaría siéndolo acaso enterrado y revuelto entre doscientos desconocidos y algún perro sin dueño.

Revelación insólita

La revelación por parte de la Junta de que la multinacional Delphi venía trasladando a otros chiringuitos suyos instrumental adquirido con las subvenciones andaluzas es de las que deberían poner en pie de guerra a los ciudadanos conscientes. Porque ¿cómo es posible que un gobierno regional endose un fortunón a unos aventureros tan sin garantías que ni se ha enterado de con el producto de esa rapiña institucional se estaba financiando a la propia competencia que un día acabaría por destruirnos? ¿Y los sindicatos, tan poco ven los sindicatos tras los cristales ahumados de la pingüe “concertación”, que ni siquiera han detectado este saqueo de la industria subvencionada? Muchas cosas saca a la luz y pone en cuestión el conflicto de Delphi: que la Junta carece de un plan propio de desarrollo, que su sistema de fomento no es más que un gigantesco e inútil salidero en beneficio de cuatro logreros, que la estrategia de “concertación” no es más que un mamoneo institucional para callar, ensordecer y cegar a sindicatos y a patronal.

Treinta monedas

En el tercer puesto de la lista de Valverde irá el comunista Donaire, salvador y paje del perdedor alcalde Cejudo desde las pasadas elecciones. Se repite la historia en el PSOE valverdeño puesto que el propio Cejudo logró auparse al partido hegemónico desde su concejalía comunista, entonces auxiliado por los guerristas a los que más tarde traicionaría con todas las de la ley a cambio de la Diputación. En política, no sólo no se detesta sinceramente, sino que se paga a manos llenas el transfuguismo con la sola condición de que convenga, y Valverde se ha convertido en paradigma de esta regla indigna. Eso sí, IU que no proteste si se ve partida en dos o si se considera burreada por este penúltimo tránsfuga (que ya está en la otra lista, aunque la legislatura no ha acabado), ya que lo normal es que quien siembra vientos recoja tempestades. La única ventaja del descarado anuncio es que los votantes de izquierda en el pueblo ya no podrán llamarse a engaño a la hora de votar ni la cambalachera coalición a la de pactar eventualmente tras los comicios.

La mala memoria

En la tertulia de Carlos Herrera hemos rondado el tema de la descolonización aludiendo a la polémica que ha tenido lugar en Francia. Luego le he echado el fin de semana a perros con las “Memoires d’Empire”, el libro de Romain Bertrand que replantea aquel debate que ha sorprendido por la vitalidad del “revisionismo” dispuesto a desgarrar el tema halando cada cual de su lado, como las ménades del héroe. Hay inquietud en Francia ante esas leyes memoriosas (no sé como traducir “lois mémorielles” en este español cada día más estrecho) y hasta se levantan rente a ellas peticiones de sanedrines y clubes intelectuales que piden su abrogación. Se teme la manipulación de uno y otro bando, y se han dicho al respecto frases efectivamente memorables –“No corresponde al Estado ni al Parlamento ni a los órganos judiciales definir la Verdad histórica”, por ejemplo- al tiempo que se desconfía de los manejos docentes que, entre otras cosas, han provocado la práctica desaparición del tema del pasado colonial. No parece evitable ya este cuestionamiento del anticolonialismo de los años 60 ni fácil que quienes se oponen a la “revisión” cejen en su empeño, pero alguien ha sugerido con agudeza que convendría no perder de vista el hecho de que esa historia cuestionada queda ya lejana y, en consecuencia, más ajena que otra cosa respecto de la gran masa. Voces como la de Bertrand reclaman un repaso sosegado de la cuestión todo lo alejado posible de la visión maniquea surgida al calor del proceso descolonizador mismo, del catecismo canonizado por los viejos maestros como Vidal-Naquet, Chesneaux o Mandouze, pero también del designio de invertir radicalmente el sentido de una crítica que conserva intactas muchas de sus razones. En Francia, por lo menos, todavía quedan energías intelectuales para suscitar estas discusiones siempre arriesgadas. En España no hay más energía intelectual que la que gira centrípeta en la elipse del poder.
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 No tienen más que ver que no se ha oído apenas una voz de altura frente al expeditivo descabello que el presidente del Gobierno le ha dado a la cuestión saharaui al atribuir a Marruecos la propiedad de los bancos pesqueros que jamás fueron suyos. Sobre nuestro pasado colonial lo más que alcanza a interesar es alguna foto de la efemérides de la “Marcha Verde” con el rey Juan Carlos –entonces príncipe heredero y jefe del Estado interino– interpretando el papel asignado en aquella comedia pseudobélica. Reflexiones o debates, pocos, por no decir ninguno, al margen de ciertas protestas estrictamente políticas, y menos, por descontado, en relación con un pasado colonial que está por estudiar, probablemente, aparte de por nuestra insigne desidia, por la cuenta que le tiene a muchos. La gran responsabilidad histórica que como potencia descolonizadora nos corresponde no se plantea aquí ni de refilón al hilo de un análisis de méritos y culpas como el que está teniendo lugar en otros países, no sólo porque la actual política exterior mantiene innegociable su apuesta por la tiranía marroquí, sino porque hoy se percibe con claridad que casi nadie da un duro ya por la protección de los derechos del pueblo saharaui, antaño ejercida por la ONU con el apoyo de España. Ver en un mostrador de librería parisina una muestra de bibliografía sobre este tema caliente evidencia un peso relativo de la opinión intelectual que no puede por menos que darle pena a un español que haya leído los recientes manifiestos de nuestros amaestrados y vulgares “intellos”. Porque este es un país bizarro en el que los intelectuales se manifiestan no contra el Poder –que sería, si no lo suyo, al menos lo habitual– sino contra la Oposición, y eso, qué duda cabe, ya hablaría por si solo aunque no dispusiéramos de tantos otros testimonios de ese discurso de servidumbre. En España vivimos un auge selectivo de una memoria histórica. La larga mano del Poder se ha limitado a practicar la previa lobotomía.

El voto difícil

No hemos llegado aquí, a Dios gracias, a líos como el de Melilla, pero el problema que plantea el voto por correo para las próximas elecciones municipales tiene desbordadas todas las previsiones de Correos unas dotaciones pide el PP con ingenuidad que se refuercen. Lo sabe la Junta Electoral, lo saben las Administraciones concernidas y lo saben los partidos, a algunos de los cuales obviamente beneficiaría un posible aumento de la abstención, del mismo modo que perjudicaría a otros. Una medida concreta hemos conocido: las facilidades que el Ayuntamiento de Almonte dará a los rocieros para salir y entrar en la Aldea para cumplir con su sagrado deber de votar. Todo indica, en cualquier caso, que la capacidad actual de Correos, dadas las circunstancias, es más que insuficiente. La intencionada elección de esa conflictiva fecha puede proporcionarle un buen resultado a los mismos que se quejaban hace nada por la clamorosa abstención registrada en el Referéndum. 

Criterios de excelencia

Curiosísimo los argumentos de la candidata y el muñidor del PSOE para justificar la defenestración de Andrés Bruno Romero. Dice aquella que el defenestrado es, sin duda, “el mejor asesor de urbanismo de Andalucía” y el otro que su sustitución no es más que un movimiento para “perfeccionar” la lista. Ya ven, ellos mismos dicen que echan al mejor, pero lo que cabe preguntarse es en qué lugar queda la candidata/marioneta de la ejecutiva una vez defenestrado quien hace poco se demostró –no sin tensiones internas en el partido– que era su más firme apuesta personal. Hay que insistir en que todo indica que hay nervios y tirones en ese patio, no sólo porque la prospectiva anuncia un nuevo triunfo del rival que los echó del Ayuntamiento, sino porque parece imponerse a toda costa un criterio de mediocridad que tal vez sirva para justificar en su día el previsible fracaso. Romero tiene motivos para el enojo. Lo que dudo es que tenga explicación para lo que le ha ocurrido.