Engaño masivo

¡A buenas horas va a intervenir la abogacía del Estado en el mangazo de Delpho! Un Gobierno puede navega ante una catástrofe como ésta (es lo habitual) esperando, como decía González, a que escampe y salga de nuevo el sol. Unos sindicatos pueden vivaquear a la sombra del Poder munífico que les larga ayudas milmillonarias anuales y luego apuntarse al bombardeo por un día. Lo que no tiene un pase es que se camele a sabiendas a miles de trabajadores desesperados, que se les diga que el Gobierno “no les va a fallar” desde el convencimiento claro de que poco o nada tiene que hacer, a estas alturas, el Gobierno. De hecho, el Gobierno y la Junta, junto a los sindicatos mayoritarios, les han fallado ya de plano al no enterarse (¿) del plan de esa multinacional que, durante años, han venido poniendo en evidencia sus turbios manejos. Y ya el colmo es que ZP se saque da la chistera el ectoplasma de Santana o la gestión de la crisis naval porque eso suena directamente a tomadura de pelo. Están engañando masivamente a los despedidos de Deplhi. Hasta empieza a escucharse por ahí cierta campaña contra ellos que no hay que ser un lince para ver de dónde viene. 

¿Candidata mandada?

Continúa,  como es natural, le comentario sobre la defenestración de Andrés Bruno Romero, “la apuesta de Parralo” ante la Asamblea (“O con él, o no voy yo”, cuentan que dijo entonces), el “mejor urbanista de Andalucía” según sigue diciendo la candidata, pero al que han echado por las brava y sin previo aviso “por razones de edad”. ¿Razones de edad? ¿Y Chaves, y González, y Guerra y…? Es verdad que ZP prometió en falso, al llegar, la limitación de mandatos, pero también lo es que ahí tienen a los ‘barones’ supervivientes. Y en fin de cuentas, ¿de qué se trata, de la edad propiamente dicha o del tiempo en el cargo? Porque si es de lo útlimo, Barrero y su sanedrín tendrían que ir pensando en renovarse antes que Andrés Bruno, un fiel al que han dejado tirado como una colilla siendo, según reconoce la misma candidata, un portento. ¿Una candidata o una mandada? Don Barrero, doña Petri, don Cejudo y cía. acaban de darle a esa candidatura un golpe del que le va a costar recuperarse.

El deseo medido

Un fabricante de condones ha encargado una amplia encuesta (26.000 encuestados en 26 países) sobre la satisfacción sexual que ha dado, como suele ser habitual, un resultado poco halagüeño. Parece ser que menos de la mitad, sólo un 44 por ciento del total sondeado, se muestra razonablemente satisfecho de sus trajines, aunque la cosa varía gravemente de país a país como lo prueba que mientras en la culta Francia esa satisfacción apenas alcanza a una de cada cuatro personas y en Japón ni siquiera llega a un 15, en la Nigeria profunda, abismados en el submundo de la negritud, casi siete de cada diez se muestra contento con lo que tiene. Entre los 165 festejos por año que confiesan los lúbricos griegos y los 50 escasos declarados por los japoneses, los investigadores sitúan en una media de 100 las relaciones sexuales ciertamente muy desiguales en muchos aspectos pero, sobre todo, en la duración, pues lo averiguado por la encuesta indica que, sobre una media de 18 minutos, ésta viene variando entre los veloces hindúes que se las avían en 13 hasta los nigerianos de marras que parece ser que le echan al evento muy cerca de media hora. Extrema es también la diferencia espacial en lo que se refiere a la plenitud de los encuentros, ya que a la hora de reconocer el fracaso orgásmico resulta que habría un abismo entre la población occidental –desde el Mediterráneo hasta Sudáfrica y desde México a Holanda– y los pálidos pobladores del Oriente lejano. Sólo un chino de cada cuatro reconoce completar con éxito sus relaciones sexuales (de pareja, se entiende) y ni que decir que decir tiene que las diferencias son mayúsculas si comparamos los resultados masculinos con los obtenidos por las hembras. Hay, en definitiva, un grado moderadísimo de satisfacción entre la especie humana que, sobre todo en zonas desarrolladas y cultas, atribuye el fracaso de su intimidad a la adversidad de un medio que inhibe el instinto y dificulta la relación íntima. Yo no sé, la verdad, pero tentado estoy de recordarle a los encuestadores la advertencia de Bataille (que se dedicó al tema, como saben) en el sentido de que la práctica del amor es algo tan enojoso y difícil precisamente porque aquel no es más que el deseo de algo a la medida de la totalidad del deseo. Tiraba con bala, aquel jodío.
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Me ha llamado la atención especialmente la confirmación –dolorosa, por supuesto– de esa desadecuación entre los sexos que es corriente atribuir a la impericia pero que vayan ustedes a saber. Enterarnos, por ejemplo, de que en el sondeo en cuestión se percibe con claridad que la nostalgia monógama es mayor entre las hembras que entre los machos nos remite al viejo ‘dictum’ –canalla pero qué duda cabe que certero– que establece que los tíos suelen llevar el corazón en el sexo mientras que las jais llevan el sexo en el corazón. Pero el tema, en su conjunto, pierde mucho si se desmenuza hasta perder de vista que lo verdaderamente difícil es entender de una vez que una cosa es el sexo genuino, reproductivo y funcional, y otra ese amonal delicado y explosivo a un tiempo en que las civilizaciones lo han convertido con el tiempo. El propio Rousseau, que había tenido sus más y sus menos en este negocio, diría en el ‘Emilio’ (cito de memoria) que, en realidad, nacemos dos veces y no una sola, la primera para existir, es decir, para la especie, y la segunda para el sexo precisamente. Ardua cuestión, el sexo, estadísticas aparte. Se ha dicho que a la hora de enfrentarse a ese misterio natural, la gente sencilla resulta demasiado simple mientras que las personas inteligentes quizá no lo son lo bastante, como queriendo expresar la índole problemática, laberíntica muchas veces, de ese instinto que solemos tomar a la ligera como si se tratara de una pulsión elemental. El amor es lo esencial, el sexo no es más que un accidente, decía el heterónimo de Pessoa. Así le fue a él.

El iceberg marbellí

Cualquiera sabe qué habrá bajo la superficie del iceberg de la corrupción visible en Marbella. No cabe duda de que intentar reducir esta gigantesca trama a manejo de unos cuantos desalmados es una simpleza, como lo es insistir, como hace la Junta, en que no se podía haber intervenido antes desde las Administraciones –¡estando probado incluso que alguna vez la propia Junta aceptó dinero corrupto de Gil!– para evitar que lo que comenzó siendo un saqueo municipal acabara convirtiéndose en un montaje mafioso de las proporcionas que ahora comenzamos a comprobar. Lo que ha ocurrido en Marbella, por debajo y con anterioridad a los negocios sucios, es una quiebra moral absoluta en la que al Poder le corresponde la responsabilidad de haberse inhibido sabiendo perfectamente lo que estaba ocurriendo en la vida pública y en la privada. De esa evidencia no va a poder librarse ni la Junta, ni el Gobierno ni la Justicia por más que hagan equilibrios dialécticos. No hay corrupción posible si el Poder no quiere. 

Otro marrón

Parece que esta vez no le han servido los tecnicismos al todavía ‘delegata’ de Educación para escurrir el bulto ante la Justicia que, en efecto, acaba de obligar a ese paje de la candidata Parralo que revise el expediente de una alumna y se atenga a los criterios impuestos por la Inspección que él se había saltado, según el juez, a la torera. Cuesta entender que un responsable de ese nivel se salte la norma y más que haga oídos sordos a algo tan elemental como que el criterio de la Inspección debe prevalecer en caso de conflicto, y no quiere uno pensar que actuaciones como la que el juez le reprocha al delegado obedezcan a criterios de parcialidad partidista o personal. Lo cierto y verdad es que un juzgado ha debido decirle a la Junta que se atenga a sus propias normas y no se salga de lo que sus propios funcionarios determinen. Otro marrón que le cae a este personaje hasta ahora invisible al que su arriscada noción de la autonomía le está complicando cada vez más su futuro político. 

La tiniebla voluntaria – Perfil de Fernando Múgica

No es posible predecir el resultado del juicio del atentado del 11-M. Lejos de aclarar el confuso panorama e ir liquidando las tensiones en la opinión pública, la verdad es que hasta ahora las sesiones del plenario más han contribuido a enconar el enfrentamiento irreductible que a otra cosa. Manes parece haber sentado sus reales en este país nunca recuperado de aquel estruendo criminal hasta conseguir partirlo bruscamente en dos mitades que siguen, entre irritadas y atónitas, las novedades que cada día se van conociendo. Es más, da la sensación de que –tal vez por defecto de una instrucción sumarial condicionada que ha funcionado, además, en un extraño régimen de secreto a voces– a cada nueva luz revelada se opone una tiniebla nueva. Cada mañana los españoles que se asoman a los ‘medios’ terminan estupefactos, una vez más, atrapados en una incómoda dualidad que les muestra un país mental dividido entre la Luz y la Tiniebla, sujeto a un forcejeo de esas fuerzas que, como los “dos reinos” maniqueos, se oponen entre sí en una forma dinámica que tiende sin éxito a la unidad. Quizá nunca hayamos vivido una situación de discrepancia en que las posiciones se presentaran tan ternes en sus respectivas ideas, pero si es obvio que la ciudadanía está hoy dividida en dos grandes bloques, no es cierto en absoluto, en cambio, que semejante disparate se deba a la existencia de dos bloques enfrentados. Hay, desde luego, un bloque de referencia que es el que reside en el sumario con el respaldo del Gobierno y el apoyo de un amplio sector mediático, decidido a liquidar “como sea” –y la expresión no pertenece a mi vocabulario– un enigma que quizá dejara de serlo, al menos en alto grado, si se permitiera abordarlo con todas sus consecuencias. Y hay, es cierto, un meritísimo proyecto de investigación periodística que, contra viento y marea, no habrá logrado, pues no era lo suyo, aportar una versión alternativa de lo ocurrido en Atocha, pero sí que ha echado por tierra la versión judicial, que es también la del Gobierno y sus socios. Demasiada gente en España tiene prisas por cerrar este proceso, como si el enigma mismo les quemara en las manos, mientras media España –el número crece constantemente en los sondeos– se abisma en una duda que cada día acrecientan nuevos hallazgos y sorpresas. Una kafkiana fractura que, eso sí, se resuelve a base de adaptar la realidad al deseo y seguir adelante como si nada de lo mucho que, a estas alturas, hace tambalear sin remedio la tesis oficial, fuera a temer jamás peso bastante para debelar este explicable montaje. Algún día resultará obligado reconocer a El Mundo el mérito de su esfuerzo enorme y solitario por buscar la Verdad en la medida de lo posible. Pero no sería raro que ese día los oficialistas sigan inmóviles en su posición, por encima (y por debajo, claro está) del peso de la evidencia. 

 

Fernando Múgica, que es el lúcido peón de brega de esta faena interminable, vuelve hoy a ilustrarnos sobre este tenebroso asunto, cuya trama él recorre arriscadamente como un Teseo sin Ariadna. Él les repetirá, seguramente, que mienten quienes atribuyen a esta investigación crítica cualquier motivación que no sea la de aplicar –incómodamente para muchos, eso sí– la lógica estricta, que no tiene el menor fundamento la especie de que El Mundo señale a ETA como autora, pero sí que desde la Justicia y desde el Gobierno se ha forzado la exclusión radical de esta hipótesis en la que aún resuena el eco de las inquietudes electorales, incluso permitiendo o propiciando que determinados servicios policiales hayan actuado atentos a un guión no sabemos si ajeno o propio, que ha incluido hasta la falsificación. De la autoría del 11-M se sigue haciendo depender insensatamente la legitimidad que nadie discute a un Gobierno todo lo accidental que se quiera pero incuestionable, y lo malo es que ese error concierne al propio Gobierno, a sus aliados y a sus socios más que sus rivales. Ésa es tal vez la razón última de que ni siquiera un plenario, llevado hasta ahora con mano firme, resulte suficiente para dirimir el pleito de la opinión. El 11-M saltó por los aires algo más que unos trenes abarrotados de ciudadanos inocentes. Lo que consiguieron hacer volar los conjurados, fueran estos quienes fueran, hay que buscarlo en la entraña de la convivencia nacional, nunca tan precaria como hoy, pocas veces tan cainita. Cerrar los ojos ante esa evidencia es la verdadera conspiración como lo fue en su día cerrarlos ante la realidad clamorosa del GAL. Alguna vez, ya digo, un día que espero no lejano, no faltará quien agradezca desde la historia a azacanes como Fernando Múgica tantos trabajos y tan discreta tenacidad.