Memoria y rencor

Están ocurriendo hechos inquietantes en la política europea en torno a la llamada “recuperación de la memoria” que comienzan a desbordar los respectivos corralillos nacionales para afectar en su conjunto a la vida de esa entidad en ciernes que llamamos Europa. Los dos últimos afectan, el uno a Polonia, donde el extraño régimen bicéfalo de los gemelos Kaczynski ha terminado por enfrentarse al Parlamento comunitario por su pretensión de liquidar a un eurodiputado, Borislaw Geremek, que se ha negado a aceptar el premeditado ejercicio de humillación que supone la exigencia de declarar formalmente el repudio a la pasada dictadura comunista o aceptar un colaboracionismo que sería tratado con lenidad por los nuevos inquisidores, un poco en línea con la vieja Inquisición que concedía a los reos que abjuraban al pie del cadalso la “gracia” de ser agarrotados antes de entregarlos a la pira. Hasta un personaje tan vidrioso y hoy desacreditado como Lech Walesa se han sentido en la obligación de pronunciarse contra este intento con un manifiesto, pero han debido ser las democracias europeas las que se opusieran con vigor a esta purga que en el propio país se califica sin ambages de caza de brujas. Por su parte, en España, los obispos –58 de 60– acaban de volver por donde solían proponiendo la beatificación de centenares de víctimas del ‘terror rojo’ como si las que lo fueron del ‘terror azul’ no tuvieran, en muchas ocasiones, su alma en su almario, pero encima con la más inconsistente racionalización imaginable: que semejante gesto guerracivilista será un instrumento al servicio de la reconciliación. Ésa fue la doctrina y la estrategia de la era Wojtila, continuada ahora por un pontífice que acaso debería forzar la discreción habida cuenta de que él mismo militó en instituciones nazis durante la guerra.

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No ha habido intento alguno de ajuste de cuentas históricas en Europa que no haya acabado malamente en abusos sin más crédito que el que le otorgaban los rencorosos. En Francia –lo hemos repetido muchas veces– se ha pasado como sobre ascuas cada vez que se trató de reabrir esa memoria podrida que en Inglaterra se ha protegido incluso por la cuenta que le tenía a la propia monarquía, pero no porque se tratara de ocultar la tragedia sepultándola en la amnesia sino porque, echadas las cuentas más elementales, el pie de la suma aconsejaba extremar la prudencia. La Historia tiene su propia lógica y su establecimiento formal debe ser confiado en exclusiva a los historiadores solventes, nunca a aficionados ni a logreros dispuestos a negociar con el rencor, entre otras cosas porque la Justicia que se invoca a tan largo plazo suele ser una entelequia además de una imprevisible caja de sorpresas. Las desgracias históricas, una vez superadas, no conviene que se olviden pero lo lógico y natural es no manipularlas en el clima inevitablemente anacrónico que es siempre la actualidad respecto del pasado, o lo que es lo mismo, que la recuperación razonable y justa de cualquier memoria excluye la parcialidad. No hay ninguna revisión por el estilo que haya cuajado con éxito en Europa. Pregunten en Francia por Enrique IV o por Robespierre, en Inglaterra por Cronwell, miren lo que está ocurriendo en Portugal –quién sabe si como consecuencia de maniobras impropias– hace tiempo olvidada de Salazar: comprobarán que la división de opiniones, ahora ya calma y distante, se mantiene maniquea sin posibilidad de ajuste. La memoria es necesaria y el rencor no es sino una lacra añadida, se revista de lo que se revista, que puede tal vez acarrear nuevas pesadillas pero no es nada verosímil que contribuya a la pacificación. Ni en Polonia ni en España, porque el signo da igual a estos efectos. Si es verdad, como me aseguran, que en Andalucía se ha congelado el presupuesto para esa operación insana, desde luego alguien ha dado en el clavo.

Juego por alto

Se comprende el mal momento elegido por el presidente del Gobierno para “bajarse” a Andalucía (a Jaén y a Granada) con la chamarrilla mitinera. El mal dato de antier de la EPA, el bombazo de los ‘manguis’ presuntamente autorizados de Ibiza, la práctica legalización de los terroristas batasunos para que puedan recuperar su teta municipal, el indulto al “etarra olímpico”, pesaban tanto o más que los múltiples problemas andaluces a la hora de proponerse como modelo. ZP debió volar sobre la realidad, exaltar el gran éxito laboral que la encuesta de su ministerio desmiente, guardar silencio sobre los escándalos candentes y sacar la flauta para lucirse con el consabido solo de sensibilidades y feminismos. Está en su derecho. Cada cual habla de lo que puede y calla lo que quiere del mismo modo que el personal oye lo que quiere y vota como puede. Chaves, en plan telonero, ni siquiera se molestó en hablar de nada serio porque a él le trae mucha más cuenta cerrar contra el Otro que bajar a la arena. Que fue lo que hizo. Como desde hace un cuarto de siglo.

El tiempo perdido

Ocho años ha perdido Huelva en pleitos (algunos canallas) y tirones partidistas, zancadillas y trampas, antes de que el Ayuntamiento se viera con las manos libres para encarar una de las dos grandes operaciones urbanísticas que van a transformar la capital: la remodelación de la Isla Chica. Si con esa zona se consigue “desdoblar” Huelva en dos centros populares –como tantas grandes ciudades– y si con el Ensanche se abre definitivamente la puerta a la recuperación de la Ría, hasta esta desleal oposición deberá reconocer que ha merecido la pena esperar y que ella se equivocó dedicándose a meter palos entre los radios de la rueda del progreso. El derribo del viejo Estadio simboliza bien este cambio histórico que colmata una gestión municipal, discutible como todas, pero que el tiempo consagrará como decisiva. Reconocer algo tan sencillo en la foto del alcalde encaramado en la excavadora no es cuestión de partidismos sino de objetividad.

Un mal funcional

Cuando se produjo la increíble batalla por Madrid, es decir, el descubrimiento de una trama especulativa en el seno del propio PSOE madrileño (la FSM) –una batalla que costó al PSOE, ya veremos por cuanto tiempo, la hegemonía en la capital de España– fue noticia que el secretario de Organización, Pepiño Blanco, andaba reuniéndose con los especuladores en su despacho, ni que decir tiene que para hablar de la mar y de los peces, nunca jamás de la presunta corrupción descubierta. Ahora sale nuevamente el personaje, por una vez no para flagelar al PP y pedir “tolerancia cero”, sino para mostrarse desnudo como el rey de la fábula ante la presunta evidencia que proporcionan las voces grabadas en unas cintas de cargo. Ha coincidido esta reaparición con la de Aida Álvarez –la recaudadora del partido que tenía en casa un frigorífico para conservar sus pieles– que anda estos días por estrados y corrillos proclamando que ella jamás cobró comisiones sino que “aceptó donaciones”. También con los rebotes que le han lanzado algunos a la ministra de Fomento por atribuirse el mérito del AVE con olvido de aquellas comisiones que la Audiencia de Madrid demostró que había trincado incluso algunos “hombres del Presidente” porque –decía la Audiencia entonces– las empresas adjudicatarias consideraban “el pago de la comisión como parte indisoluble del ‘paquete’ junto con la realización de las obras o compras adjudicadas”, un argumento que no podía evitar la difusa pero activa condena de una opinión pública que los jueces interpretaban como derivada de “un pesimismo antropológico del más puro corte hobbesiano”. Hobbes se hubiera vuelto voluntario a la tumba si resucita para leer semejante exégesis.
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No sé si de esta se librará también el famoso Pepiño, el hombre que más lejos llegó sin título en la política española, entre otras cosas porque estoy convencido de que, salvo excepciones, la corrupción –el agio que decían (con discutible propiedad) nuestros abuelos– es un efecto prácticamente inseparable de la vida pública o, más bien, del ejercicio del Poder. La limpieza de manos no fue precisamente la preocupación de César o antes de Pericles ni lo es en nuestros días de unos dirigentes que, con escandalosa frecuencia, deben pactar su impunidad (Yeltsin con Putin, Chirac con Sarko, Blair o Berlusconi con quien se vaya terciando) para escapar al peso de una ley que proclaman igual para todos pero de la que se zafan en cuanto pueden. Los jueces dirán si esas cintas son auténticas o trucadas (que sean producto de una venganza, como alega el PSOE, resulta, claro está, indiferente), si las voces pertenecen a quienes parecen pertenecer, si en efecto el tal Pepiño autorizó –ah, el centralismo jacobino– a los sociatas pitiusos para que cobraran comisiones ilegales, o bien todo queda en agua de borrajas. Mientras tanto, quedemos instalados en un discreto escepticismo, acogidos a sagrado bajo la cálida experiencia de la impunidad, mirando de reojo acaso al ideal perdido de una vida pública en la que la decencia no estuviera proscrita de entrada. Nada menos que Merton ya explicó que la corrupción es un problema político que las elites convierten en funcional y aunque cueste incluir a Pepiño en ese olimpo, la verdad, no me dirán que, por una vez, la realidad no sale garante de la hipótesis científica. Decía la sentencia del AVE que “los concursantes se resignaban” al cohecho, que se plegaban sumisos a la exacción, sin duda para repercutir el gasto en el precio final. Ya ven qué  poca vergüenza hay que tener para, encima, hablar de “tolerancia cero” como hablan. O para decir, como andan ya diciendo –seguro que basados en la experiencia propia– que este nuevo embrollo no es más que un montaje electoralista del rival. Verán como no pasa nada. Gil demostró el cohecho en el “caso Montaner” y ahí tienen a los culpables, tan panchos.

El negocio político

Si todo se resuelve y aclara de modo que la trama exactora denunciada en Ibiza por un importante dirigente del propio PSOE se deshace y queda en nada, tanto mejor. Pero si las cosas se enredan –y las reacciones del partido, hasta ahora, no pintan nada bien– habrá que aclarar con rigor y urgencia los lazos que la empresa implicada tiene con las Administraciones andaluzas regidas por el PSOE y, en especial, el famoso tema de las adjudicaciones llevadas a cabo por procedimiento “urgente, negociado y sin publicidad” que, teniendo su razón de ser excepcional, nada justifica que se utilicen, pongamos por caso, para reformar un centro hospitalario. Interesados en ellos deben estar, además de los propios responsables administrativos y políticos, los órganos de control e intervención que no están ahí de adorno sino para poner orden cuando haga falta. Si la empresa Brues, en efecto, resulta pringada en Ibiza tiene sentido sobrado que se investiguen sus contratos en nuestra autonomía. 

M.A.M.C.

Cuatro letras para cubrir a un discapacitado, cuatro losas sobre la conciencia de unos dirigentes que han permitido, según la Justicia, un abuso cruento contra un trabajador sin facultades para defenderse solo, pero también sobre unos sindicatos que no han visto ni oído nada mientras se desarrollaba ese drama diario y canallesco, desigual y ventajista. Es curiosa la pasividad de la Junta y su partido ante este atropello y elocuente su eventual comparación con la que hubieran armado si la víctima lo hubiera sido del adversario. En Huelva ha habido casos –en el Ayuntamiento mismo– de presunto maltrato al trabajador planteados por el PSOE que han ido a parar al archivo, como ha habido movilizaciones que no se compadecen con el silencio tramado alrededor de la trabajadora que acusa a los jefes de la Diputación o de este indefenso acosado cuya historia resulta tan conmovedora como indignante la frialdad que le están dispensando quienes deberían averiguarlo con celo. M.A.M.C. no interesa, por lo visto. Menos mal que la Justicia ha tenido sensibilidad para sancionar tanta miseria.