El dilema de IU

IU se devana la sesera cavilando sobre cómo hacerse con la vara municipal de Ayamonte. No sabe si montar un “tripartito” a la moda con PA y PP o guisárselo a solas con el PSOE. Ella sabrá lo que hace, como ya lo sabe el PA, víctima de sus pactos con el PSOE que ha pagado sus facturas, pero de paso, también lo ha fagocitado tras la experiencia. En el caso de Ayamonte –como antes en el de Valverde– lo llamativo es que, de la noche a la mañana, el enemigo a batir se vuelva amigo íntimo y socio de gobierno, pues sabido es que la coalición lleva al menos un par de legislaturas poniendo a caer de un burro al gobierno municipal del PSOE en aquel pueblo. ¿Qué pasa, que ya no hay talante exclusivista, que ya no resultan alarmantes las urbanizaciones hasta antier denunciadas? Como en Valverde, insistimos, donde el actual vicealcalde salió e3n su día del salón  de plenos con las costillas rotas por llamar fascista a quien ahora lo mantiene y aúpa. O como siempre que tienen ocasión de exhibir esta falta absoluta de formalidad del criterio que está haciendo de esta política le puerto de Arrebatacapas.

Dios entre probetas

Pocas ilusiones me resultan tan peregrinas como las que entretienen ciertos científicos terciados de teólogos que se empeñan en buscar a Dios, no entre los pucheros, como decía en plan populista la doctora Teresa, sino entre las probetas de sus laboratorios. Sigo como puedo esa aventura desde que hace años leí en alguna parte la hipótesis de que la noción de Dios, como cualquier otro material psíquico, tal vez pudiera probarse algún día que habría de estar contenida en nuestra herencia genética, es decir, que vendría a ser un producto más de la evolución de esta especie pensante y atormentada que saca poco a poco de su manga milenaria tan prodigiosos hallazgos. Estos días vuelve a hablarse en la prensa europea del libro de Dean Hamer que hace años ya creyó descubrir en el gen que denominó ‘VMAT2’, que sería la sede cerebral de la espiritualidad y, en consecuencia, el responsable de la ideación humana de una trascendencia absoluta necesaria para el mantenimiento de la vida psíquica y, en definitiva, para la conservación de la especie. Mucho antes que este sabio, a finales de los 80 si no recuerdo mal, otro canadiense, Michael Perminger, empeñado en demostrar que la experiencia sobrenatural no es sino el efecto de los campos magnéticos sobre los lóbulos cerebrales, propuso la idea de que el planeta azul vendría a se una dinamo prodigiosa capaz de inducir en la mente de los seres vivos experiencias sensoriales insólitas que incluirían, tal vez, desde las visiones ufológicas al encuentro instintivo con la divinidad. Luego el interés ha derivado hacia la mente religiosa propiamente dicha, y diversas investigaciones (la de Beauregard o la psicóloga Laura Koening) se han aplicado a la observación del funcionamiento del cerebro del creyente, en cuya neurofisiología se ha pretendido descubrir prodigiosas facultades de relación con el misterio. El concepto de Dios cerraría definitivamente el discurso materialista al atribuírsele el mismo rango que a cualquier otra conquista cerebral. Sartre escribió con ironía que cuando Dios calla se le puede hacer decir cualquier cosa.
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Es posible que nuestra ciencia pierda demasiado tiempo en averiguaciones estrictamente conjeturales, de ésas que, como no acaben dándose de bruces con la metáfora, lo más probable es que no vayan a ninguna parte. Hay por ahí, en efecto, quien labora con paciencia para localizar el aposento del rencor, quien se deja las pestañas escudriñando el pliegue neuronal en el que presuntamente se refugian la ambición o la ira, aquel otro que busca sin descanso la lírica celdilla donde el amor germinaría protegido por el celofán del protoplasma. No sé, pero me temo que son ganas de perder el tiempo, desatentados propósitos de reducir al rasero materialista aquella zona oscura del pensamiento en la que el maestro William James entreveía las “la realidad de lo no visible”. Aunque reconozco la atracción fatal que ejerce –y probablemente ejerza siempre– el abismo, el tirón irresistible de lo que Rudolf Otto llamó “lo Santo”, la sugestión de lo numinoso, la fascinación por el “mysterium fascinans” no menos que la sumisión psíquica al “mysterium tremendum”. Aislado en su abadía concluyó Pascal que Dios viene a ser como una esfera infinita cuyo centro está en todas partes pero cuya circunferencia, por más que se busque, no se halla en ninguna. Nuestros genetistas están empeñados en asignarle lugar preciso a ese centro inasible como si trataran de forzar una lógica que residiría, en todo caso, justamente en su condición de ubicuo. Como Persinger, Andrew Newberg, otro estudioso del cerebro monacal, acaba viendo en el piadoso mono loco una “máquina creyente” que, eso sí, según estamos viendo y vimos tantas veces, lo mismo usa el credo como un bálsamo que como una cimitarra. En su atormentado diario escribió Baudelaire que Dios es un escándalo. Los poetas ven con los ojos cerrados.

Todos contra el PP

Chaves lo tiene claro: todos contra el PP. Como ya acordaran los extremistas en el “pacto del Tinell”, como luego ha suscrito –¡ante notario!– el nacionalismo cerril, como el PSOE, en definitiva, viene practicando durante toda la legislatura. No cree el PSOE que la democracia se garantiza mejor asentándose con firmeza sobre la alternancia, sino blindando la hegemonía propia sin límites ni condiciones. Cualquiera vale contra el PP, sin mirarle el carné ni, llegado, el caso, los antecedentes penales. Se ve que la mera hipótesis de un futuro nuevamente abierto a las coaliciones, que liberara al PP de la necesidad de la mayoría absoluta para gobernar, ha alarmado a quienes piensan como Chaves, ese moderado intransigente, ese dialogante drástico, ese demócrata que quiere hoy excluir al PP como en su día quiso dejar fuera del sistema al PC. ¡Todos contra el PP! ¡Media España contra la otra media! Si Aznar llega a decir bien lo que dijo mal en Calatayud, hubiera llevado razón. 

La manga ancha

El éxito del PSOE en Gibraleón –con la misma lista que hubo de expulsar por tránsfuga ayer como quien dice– o el obtenido por la misma formación en Valverde llevando como fichaje/estrella a un trásfuga redomado, demuestran que al electorado –vamos a dejar, para el caso, lo de “pueblo soberano”– le importan tres caracoles del transfuguismo igual que le importan otros tres de la corrupción. Una especie de concepto idealista de la democracia lleva a creer que los pueblos se irritan y castigan a quienes mantienen en política posturas tan denigrantes, pero nada de eso es confirmado por la realidad, al contrario, a la vista está que se puede votar con entusiasmo a un tránsfuga como en otras situaciones se ha votado alegremente a los corruptos. Los políticos (el PSOE en Huelva ha batido el récord esta vez) perpetran esos atropellos éticos y morales porque saben que al pueblo lo traen sin cuidado, aunque cuando les toca a ellos el perjuicio clamen como profetas. La corrupción moral se ha popularizado, eso es todo. No dejemos de dar al César lo que es del César. 

El conejo azul

El primer ministro belga, Guy Verhofstadt, está promocionando su imagen en Internet encarnado en un conejo azul que, ciertamente, recuerda en algunos de sus rasgos lepóridos al ilustre representado. Don Guy explica –he supuesto que dirigido más que nada a la gente nueva– que él es un hombre sencillo, entusiasta de los espaguetis, amante del sol y enemigo sin reservas del racismo, que juega (muy malamente, por cierto) al fútbol regateando en el jardín con su perrillo ‘Guy’, un gozque blanco que pone un toque de íntima humanidad en la figura del prócer. También en España ha habido estas elecciones, felizmente superadas, un candidato que se ha publicitado, como ahora se dice, exhibiendo, no su rostro genuino, sino los trazos caprichosos de su caricatura, otra forma intuitiva de acercamiento a la masa a la que el político tiene la propensión, al parecer inevitable, a concebir y tratar como se trata generalmente a los menores, es decir, abusando de su ingenuidad. La política democrática necesita del disfraz o de la máscara, tal vez de ambos elementos, para construir ese icono que, en algunas ocasiones, mejora la imagen añadiendo o perfilando con astucia los rasgos más favorables, y en otras la desluce adrede (una candidata fracasada antier hizo subrayar sus patas de gallo para reforzar su respetabilidad) para conseguir otras efectos que a usted y a mí tal vez se nos escapen pero que en el submundo de la publicidad recobra todo su enigmático sentido. Esta misma campaña hemos podido aburrirnos hasta el hastío con ese repertorio de gallos, rottweilers, mansos corderos y lobos feroces, avestruces, tiburones, migratorias oportunistas y hasta amables saprofitos dispuestos a vivir opíparamente de la descomposición ajena, que desde mañana cambiarán el rictus para mostrar su verdadero rostro en tanto llega una ocasión nueva de echar mano del conejo azul. Siempre me intrigó el lema de Descartes, ese “Larvatus prodeo” (avanzo enmascarado) que nada tiene que ver con el embozo espadachín pero que dice mucho de la doblez humana.
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Parece que en las democracias clásicas el elemento decisivo de la fama era la voz. No se repara, si no es incidentalmente, en al aspecto de un personaje pero pocos observadores olvidan, en cambio, mencionar el efecto de su voz, excusando llegado el caso, nada infrecuente, tonos y timbres impropios del personaje. En la sociedad medial, en cambio, la imagen lo es casi todo, unas canas ennobleciendo las patillas, la discreta arruga que sugiere la experiencia, una calva senatorial, el gesto elocuente o el anzuelo pícaro que juega con la ventaja de la complicidad. Pero esa misma hegemonía de la imagen ha acabado por desgastarla y va habiendo ya por ahí quien ve en la parodia una capacidad añadida de seducción o un elemento más del hechizo y la fascinación, curiosa renuncia a la propia imagen que no cabe seguramente en la moral naturalista pero que encaja divinamente en el puzzle subliminal al que entre todos hemos reducido el reclamo. Por lo demás, no veo mayor impedimento a que la política se vincule al dibujo animado en una época en la que hay pocos referentes éticos comparables a los ‘Simpson’, esos herederos de ‘Carlitos’ y ‘Mafalda’ que triunfan en plena batalla contra el sesentayochismo. A uno, personalmente, no le disgustaría toparse por ahí con un conejo azul regateando con un perrillo blanco, suprema e inocente demagogia registrada en unos Países Bajos en los que sus reyes y reinas paseaban antaño cívicamente en bici como ahora nos proponen los comunistas de Izquierda Unida que hagamos los ciudadanos postmodernos para rizar el rizo de la desideologización. La política es un comic de fabuloso presupuesto. No está mal que sus barandas lo asuman aunque sea sin plena conciencia de lo que hacen.

Más pero menos

Más de lo mismo, pero menos, seguramente, más hegemonía del PSOE, mayor peso tal vez de su “régimen” cuidadosamente edificado amplios sectores de la población rural, pero fracaso –otro más– en el intento desesperado por romper el cerco que la Andalucía más autónoma y menos dependiente le pone a esa hegemonía en las zonas urbanas. Sigue sin aparecer una alternativa conservadora (hablar de ‘derecha’ e ‘izquierda’ por referencia a las opciones andaluzas es pura arbitrariedad) pero ahí está el incremento notable del voto que ha de proceder, sin duda posible, del andalucismo en almoneda pero también de ocultos segmentos vergonzantes del progresismo convencional. Las futuras autonómicas validarán, probablemente, este esquema, que es de lo que se trata, aunque no me parece que esté tan claro que pueda decirse lo mismo de cara a una eventuales generales si se celebraran hoy mismo. Más de lo mismo, en resumen, pero menos. El PP no tiene grandes motivos para el contento pero el PSOE debe de tenerlos para una discreta inquietud.