Eleccionario municipal

Dice el PA que no pactará ni “con políticos corruptos ni antedemocráticos”. NO da abasto la Junta Electoral mandando (con escaso éxito) retirar vallas y suprimir campañas propagandísticas ilegales. No cabe en el pergamino los nombres de candidatos que concurrirán a las elecciones en su condición de tránsfugas acogidos o aquellos que lo harán bien imputados directamente (por ‘mobbing’, por prevaricación y otros motivos) bien solamente denunciados por lo mismo. El PSOE ficha falangistas para sus candidaturas y algunos “independientes” de profesión tienen su caña desde el puente a ver lo que cae. El alcalde de Sevilla, pendiente aún la última palabra sobre el escandalazo de las facturas falsas, se trae a la campaña a televisivos “hombres de Paco” y la de Córdoba le gana por la mano a los priscocumunistas que mandan IU y se entrega a la aruspicina de Luis Carlos Rejón. El PP denuncia el “chantaje” del PSOE en Marbella y la ministra ‘lady Aviaco’ reparte AVEs inverosímiles por doquier. Y no hemos hecho más que empezar. Lo peor está por venir. 

El AVE de nunca acabar

El AVE ni llegará a Huelva, según los responsables, hasta el 2017. ZP anunció en el mitin del otro día, sin embargo, como quien saca un conejo de la chistera que nos va a regalar diez años, o sea, que en Abril (¿¡) estaría licitada la Estación. Hasta un membrillo sabe que eso es administrativamente imposible, en la práctica, razón por la cual, andan tratando de salvarle la cara al Jefe al limón entre la candidata y la ministra del ramo, en un alarde de metirijilla que clama al cielo. No otra ocas es el anuncio hecho por Parralo y ‘lady Aviaco’ de que el Gobierno ha dado un empujón definitivo a ese TAV ya que lo licitado no es más que un mísero concursillo de 300.000 euros (calculen en pesetas para mayor inri) destinado a pagar el estudio previo de la actuación previa del previo plan de la previa decisión, no sé si soy capaz de explicarme. Total, que nada: rollo: el AVE onubense no aparece en el mapa de la AVE ni existe la menor intención de adelantar el mil veces prometido trazado. Ya pueden irse buscando otro embuste porque este no cuela ni con calzador. 

Morir morito

En muchas partes de la Andalucía profunda se sigue llamando “morito” al niño no bautizado. Más exactamente, se dice que el niño aún “está morito”, no que lo sea, ¡por Dios!, pues no se trata de nada esencial sino de una circunstancia tradicionalmente subsanable. La Congregación para la Doctrina de la Fe acaba de establecer que “existen serias razones para creer que los niños que mueren sin bautizar se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios”, una magnánima respuesta dada a la grave preocupación del difunto papa Wojtila anduvo preocupado, en efecto, como aquí comenté en más de una ocasión, con “la suerte ultraterrena de esos niños que mueren sin bautizar”. Los viejos inquisidores salen ahora por peteneras afirmando que, en realidad, el limbo no fue nunca otra cosa que una “hipótesis teológica” jamás respondida ni explicitada ni en la Sagrada Escritura ni en la Tradición, doble aserto que me permito poner en duda, lego y todo, porque a más del famoso texto de Agustín lanzado (creo recordar que contra los pelagianos) en el que afirmaba la condenación eterna y sin concesiones de esos angelitos, no hay modo de olvidar que el limbo fue asumido también por el mismo santo Tomás. Todavía en Trento hay alguna voz sensata –la del obispo Lippomano– que logra reducir el rigor de los tremendos dejando reducida la idea de esa especie de burbuja sartriana entre “El Ser y la Nada”, a una postrimería secundaria, pero que ahí estaba, en fin de cuentas. ¿No acabo de recordar que a Wojtila le quitaba el sueño esa suerte ultraterrena de los “moritos” muertos sin bautismal?  Que no vengan con cuentos porque el Limbo, con mayúscula, ha estado siempre ahí, como un blando enclave metafísico, como una burbuja psíquica en la que flotarían eternamente sin miedo ni esperanza los inocentes sin suerte. El sabio Covarrubias en su ‘Tesoro’ al limbo se refiere como a una “parte del infierno”, justo aquella “do están los niños que mueren sin bautismo”, es decir, el “limbus infantium” que hay que distinguir del “limbus patrum” al que bajó Cristo el Viernes Santo a rescatar a los padres. Justo es decir que la teología reciente ha eliminado semejante idiotez de su repertorio. Cuando a Léon-Dufour le preguntó un insolente por qué no había incluido ese concepto en su estimable repertorio teológico, el maestro se limitó a saltar cortésmente sin garrocha sobre la ingenua cuestión: “Bah, vamos a otra cosa, ‘s’il vous plait’ ”. Y no dijo ni pío.
                                                                   xxxxx
Las varias veces que me he referido aquí a este tema he mirado la cuestión desde el mismo ángulo: ¿cómo es posible que sigan enredados en ese galimatías con la que está cayendo? ¿Será posible que una decisión que, en la práctica, ya habían adoptado por su cuenta y riesgo la inmensa mayoría de los creyentes, sea presentada una y otra vez como un avance sustancial y un nuevo eslabón de la cadena del “aggiornamento”? Y por supuesto desde el lado sangrante que obliga a preguntarse qué clase de fe puede sentirse legitimada por esta suerte de pamplinas –“la suerte extraterrena de los niños no bautizados”– mientras permanece indiferente o, al menos, conformista, con la suerte real, terrenísima, de esos miles de infantes diarios que irían derechos al limbo con el estómago vacío y los huesos a flor de piel?  P. Bayle decía (¡hacia 1700!) que la condena de esos niños inocentes, aparte de un torpe absurdo, no es más que un indignante simulacro de justicia. Un defensor al ultranza del infierno como Leibnitz (ver sus “Ensayos de Teodicea”) no consintió, sin embargo, esta condena se los niños que le parecía, manos mal, sencillamente impía y bárbara, “un renovado culto a Moloch”, como alguien escribió luego con las del beri. En fin, ya pasó: no existe el Limbo, el Infierno es apenas una verbalización del miedo, el Cielo un “enclave metafísico” y el Purgatorio apenas una pesadilla superada. Una gran noticia, sin duda, para el Tercer Mundo.

Imágenes elocuentes

Me enseñan, allá por la Costa del Sol, un video con el debatillo televisado entre la candidata marbellí del PP, Ángeles Muñoz, y el candidato a palos, Paulino Plata. ¿Por qué tanto aplomo en esa mujer joven y con experiencia limitada, por qué tanta visible inquietud en un pavo tan placeado como el ex-consejero, en cuya cara se superponen los tics ilustrativos de su restado de ánimo? Y luego me cuentan el mitin de Rajoy, multitudinario, como no se recordaban en el Palacio de Exposiciones de la ciudad desde los tiempos en que el ‘Ostentóreo’ retiraba todos los paneles para que cupiera desahogada su vasta clientela, indicio más que sugerente de por dónde van los tiros en una ciudad saqueada, manipulada, engañada, que quiere salir del agujero y no se fía ni poco ni mucho ni de oportunistas con paracaídas ni de candidatos que han debido ser arrastrados hasta el cartel. Marbella va a ser, por una vez, algo más que una noticia en la crónica negra. Va a ser, ni más ni menos, que el gran test de las elecciones que vienen.

Punta, al precio que sea

Recuperar el Ayuntamiento de Punta Umbría es, no cabe dudarlo, un objetivo preferentísimo del PSOE onubense y, a más a más, una obsesión del secretario provincial Javier Barrero, en su día parado en seco por el propio Chaves cuando pretendió forzar el famoso “megaproyecto” urbanístico. De otra forma no se entendería que los servicios provinciales de la Diputación se jugaran una sanción por echar toda su leña en el asador electoral del candidato sociata, como este diario ha probado con ilustraciones y todo. Por la razón que sea, Punta sigue siendo considerada por el partido como la joya de la corona y eso, ciertamente, es algo que debería hacer reflexionar al elector a la hora de decidir con su voto a quien entregársela. Lo de la Dipu, impresentable pero, a estas alturas, normal. Ésa y no otra es la tarea de Cejudo: servir a la ejecutiva en lo que vaya disponiendo. Si alguien ve alguna diferencia con lo que ocurría bajo el viejo cacicato, que me lo diga, por favor.

La bolsa y la vida

Los políticos no ganan lo que dicen. Es más, ni siquiera ganan lo que “ganan”, si atendemos a que, en infinidad de casos, perciben emolumentos –y no incluyo los beneficios “en especie”– que, en no pocas ocasiones, superan al propio sueldo. Los ministros, los subsecretarios ganan en España poco dinero si se los compara con los de otras naciones, tal vez, pero cuando se quejan de esa soldada relativamente reducida olvidan contar que a ella ha de añadirse lo que trincan como consejeros de empresas públicas entre otras gollerías. Nadie puede controlar el dinero que manejan los políticos, por lo demás, al menos cuando están en el poder y ello provoca un uso, si no libérrimo, al menos más que liberal, de esos caudales, incluso al margen de cualquier corrupción. Unos jóvenes intelectuales visitaron a Guerra un día en su despacho de Moncloa para pedirle ayuda con que sostener determinada revista, por cierto ilustrada y meritísima, y Guerra, tras dejarlos hablar e invitarlo a bombones suizos –base de su dieta, como se sabe, junto a la tortilla de hierbas–, sacó de un cajón un fajo de un par de millones y se lo alargó munífico al que los encabezaba. ¡El dinero político! Cualquiera que conozca siquiera por el forro a esta “ ‘clase’ política” estará conforme en dos cosas: primera, que lo que reciben a cambio del “ ‘servicio’ público” prestado nuestros próceres y próceras no es nada del otro mundo si tomamos la referencia por arriba, pero que está más que bien si miramos hacia abajo; y segunda, que eso que cobran resulta una barbaridad en muchísimos casos si nos ponemos a considerar los méritos de cada cual. Es difícil que la política sea de verdad “servicio público” fuera del supuesto del político autosuficiente y no es ningún secreto que, desde César a los Kennedy, el dinero es la clave de arco de las carreras públicas. Y en la democracia española, esa ‘clase’ improvisada es, por muchas razones, un elenco más bien débil. Pepiño Blanco se tiene más que merecido que alguien le recuerde que ni siquiera ha terminado la carrera,  por decir, en este país de “mileuristas” y míseras clases pasivas, que no le parece excesivo el millón al mes que recibe por su impagable tarea.
                                                                    xxxxx
Más que turbador resulta tercermundista sin más la trifulca organizada, ¡desde el propio Gobierno!, “exigiéndole” al PP que revele lo que cobra Rajoy, en vista de que éste, en una respuesta homeopáticamente ambigua, respondió a una saetera de TVE que no lo recordaba. Y ridículo ese ‘streap tease’ financiero de un jerifalte que se dice “socialista obrero” y al que le parece normal y corriente trincar un millón de pesetas en un país cuyo salario mínimo interprofesional está fijado por “su” Gobierno en 7.988’40 euritos, pagas extras incluidas, es decir, más o menos, 658 euros anuales, o séase, los mil euritos de marras. Yo no sé, desde luego, cuánto ganará Rajoy pero no es difícil imaginar cuánto deja de ganar –si me permite el trabalenguas–  teniendo en cuenta lo que gana, con todas las de la ley, un registrador de la propiedad como él. Sí puedo imaginar, en cambio, cómo cualquiera, lo que ganaría el del millón y la carrera colgada si concurriera al mercado de trabajo en igualdad de condiciones. Él o la vicepresidenta, cuyo sueldo de secretaria judicial tampoco es ningún enigma, o si me apuran, el mismísimo ZP, cuyo “cursus honorem” cabe en un papel de fumar. En su divertida campaña presidencial, el payaso Colouche sostuvo que lo menos malo que le podía pasar a un pueblo pobre es tener un gobierno de ricos. Uno no dice tanto, pero sí diría, desde luego, que la mejor garantía de la mediocridad política que vivimos es esa insolvencia laboral de una clase dirigente mayoritariamente sin oficio ni beneficio. Por lo demás, ya sabemos que la política es al arte de no responder a las preguntas. O como puntualizaba André Suarès, el arte de no dejárselas plantear.