Anacronismo ingenuo

A unos descerebrados de la pedanía granadina de Híjar no se les ha ocurrido nada mejor que pintar con tinta azul –ojo al símbolo– la fachada de la sede granadina del PSOE con un letrero/eslogan que no sé si, a estas alturas, es más ingenuo que anacrónico: “Rojos al paredón”. Ya sé que vuelve a estar de moda ese lenguaje fusilero por ambas partes, pero lo menos que se les podría pedir a estos/as majaretas es que apunten bien. Ya sé que ZP proclama que es “rojo”, pero eso es algo que, naturalmente, no se tragan ya más que cuatro viejas noveneras. A un amiguete mío que puso un famoso bar de copas madrileño trató de atracarlo un presunto drogota con una jeringa pidiéndole incontinnete cuarenta duros para heroína, pero mi amigo, sin despeinarse, se limitó a decirle: “Anda, tío, date una vuelta por el barrio y cuando te enteres de lo que vale el ‘caballo’ vuelves por aquí”. ¡Mira que llamarle “rojos” a esas criaturas sociatas! Afortunadamente estos brigadistas del amanecer no saben ya ni a quien darle el paseo. 

Esta tierra es mía

No hay quien pueda con el complejo patrimonialista de las instituciones y sus medios que padece el PSOE de Huelva. Si antier eran los camiones de la Diputación Provincial los que, sin molestarse siquiera disimular, arrimaban el hombro a la candidatura del PSOE en Punta, al día siguiente era la delegata de Igualdad la que intentaba abusar de esas instituciones convirtiendo un encuentro de alcaldes de la Costa en un acto de propaganda de “sus” candidatos”. Menos mal que a los alcaldes no les tembló la mano para darle un portazo y, sobre todo, menos mal que el alcalde de Ayamonte –que será lo que sea pero que se viste por los pies– demostró que se puede ser militante del PSOE y conservar el sentido de la equidad. Total, otro espectáculo de abuso electoralista y otro silencio de la Junta Electoral que ya podría aplicar a las instituciones onubenses los mismos criterios que la de Sevilla aplica a rajatabla a las suyas, comenzando por el Ayuntamiento, la Diputación y la propia Junta. 

El saber peligroso

Hay que andarse con pies de plomo en el ciberespacio. Hace nada y menos un correo que recibió medio mundo avisaba sobre el riesgo que representaba beber agua del grifo al haber sido ésta envenenada por grupos terroristas, de paso que invitaba a ampliar la información conectándose a un ‘link’ que, lejos de informar al curioso, lo que hacía era deslizarle un ‘troyano’ en el disco duro. Las primeras noticias posteriores eran cataclismáticas pero, por fortuna, una evaluación más fundada del ataque acabó estableciendo que los daños probablemente debían de haber sido mínimos y no colosales ni irreparables como primero se dijo. Una vez más se comprobaba que no es oro todo lo que reluce en esa que Manuel Castell llama “La Sociedad Red” ni fiables muchas especies que pululan universales e instantáneas por ese ciberespacio ante el que, queramos o no, todavía vamos de pardillos la mayoría de los usuarios, expuestos a la implacable trampa (‘hoax’ dicen los expertos) que ha prestado alas a una leyenda urbana que, ciertamente, no es más que el efecto inevitable de la difusión sobre un tópico preexistente, pero que no me dirán que no constituye una jodienda. Cuando la Agencia EFE publicó recientemente la información falsa de que Bush era el presidente americano con menor ‘CI’ (cociente intelectual) del último medio siglo y quién sabe si de todos los tiempos, picaron el anzuelo la mayoría de los grandes medios españoles y muchos de por ahí, ninguno de los cuales se paró a verificar un hecho que los guasistas atribuían cucamente a un ‘Instituto Lovenstein’ que resultó ser más falso que la papisa Juana. Carece de importancia la peripecia informativa, los desmentidos posteriores y el pitorreo generalizado porque, entre otras cosas, de lo que se trataba era de difundir una idea, un estereotipo más que generalizado y que, como tal, había de tener el éxito que tuvo. Hoy por ti mañana por mí, la verdad, estas cosas deberían inquietarnos más que de lo que nos han inquietado hasta ahora.
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La posibilidad de una difusión universal e instantánea del conocimiento, en cualquiera de sus niveles, resulta, seguramente, tan atractiva como arriesgada. Pero esa conclusión no me interesa tanto, sin embargo, en esta historia como la comprobación de ciertos fracasos éticos de la banda progresista (ya me entienden) que encuentra justificado, al parecer, difundir un bulo descalificador contra un personaje con la sola condición de que el perjudicado sea un adversario incuestionable. En USA republicanos y demócratas mantienen una antigua competición de bulos que van desde los inverosímiles amantes de lady Reagan convertida en una Mesalina hasta la inacabable saga de despropósitos de los Bush, como en Francia llevan un año echándose basura mutuamente los partisanos de los dos grandes candidatos clasificados antier para la segunda vuelta. Sin control posible, sin el menor recurso ante la acuidad del mensaje informático, la velocidad de su difusión y la práctica impunidad que le ofrece el disfraz cibernético, Internet es una herramienta que abre una nueva era, no vayamos a confundirnos, pero también un polvorín de libre acceso en el que cualquiera puede meter o sacar los materiales más alarmantes. Por lo que, a mi vez –me informan de buena tinta– es probable que al menos seis de cada diez entre quienes se enteraran en su momento del “hoax” sobre la torpeza de Bush conservarán fatalmente esa información incorporada a sus convicciones por la única pero poderosa razón de que aquel estereotipo circulaba ya entre ellos. La competición política encuentra así un nuevo plano posibilitante de alcance incalculable por el que deslizar bulos lo mismo fatales para el rival que estupendos para los propios. Por cierto, Bush tiene un ‘CI’ bastante superior a la media. Que no lo parezca no hace más que facilitarle el juego a los desaprensivos.

Tratos diferentes

Hay que ver la que ha armado un juez en el Ayuntamiento de Ayamonte, al parecer por el solo hecho de que la institución hubiera pagado, a título de adelanto, la multa con que fue sancionado un edil que, ejerciendo de alcalde en funciones, habría injuriado a un policía local: “hombres de Harrelson”, secretaria, orden de registro y precinto de los ordenatas. Hombre, y uno se para a considerar qué impropia diferencia de trato el recibido por ese concejo si se le compara con el guante de seda con que ha sido tratado el de Sevilla, por ejemplo, nada menos que en la investigación de una presunta trama de facturas falsas, o tantos otros que hay por ahí, sin mentar, para qué al de Marbella, que hizo y deshizo a la vista del universo mundo sin que la Justicia pareciera enterarse más que en casos extremos y la Junta o el Gobierno ni en esos. Si el juez de Ayamonte no encuentra nada mejor (peor, quiero decir) que esos 300 euros adelantados a un concejal tieso de solemnidad, debería recibir, a su vez, la visita de la Justicia. 

Un caso sangrante

Ya verán como no falta quien diga que la ‘manifa’ organizada ante la delegación provincial de Salud –¡en buena parte han ido a poner la era, esas criaturas!– de los 60 discapacitados a los que el hospital “de referencia” ‘Juan Ramón Jiménez’ está obligado a prestar la atención correspondiente. Pero a esos padres no los mueve más que su derecho estricto, es decir, el que tienen sus hijos a ser atendidos por un Sistema Público de Salud (el SAS) que gasta lo que no tiene en más o menos fantasmagóricas medicinas de escaparate (células-madre, retrasmisión de intervenciones y demás) en detrimento, por lo que se ve, de la atención básica. Mil veces ha dicho esos padres antes de manifestarse que el servicio hospitalario carece de medios personales y materiales, como bien saben sus facultativos, pero sólo han recibido la callada por respuesta. Son pocos votos, no merece la pena que un ZP baje a Huelva en plan rey mago como bajó para prometer el AVE. Si fueran muchos (votos) otra gallo les cantaba. Es la única aritmética que entiende esta tropa. 

El color político

Los asesores estéticos del PSOE han redactado un bonito manual de campaña que incluye un libro de estilo en el que se establece, con elocuente precisión, eso que se llama ahora el “look” del candidato. Adiós al traje de rayadillo –herencia menestral y colonialista de las generaciones fundadoras–, adiós a la gorra currelante de don Pablo, adiós a los ternos con sombrero que gastaban los próceres viejos –los Vera, los De los Ríos, los Morato– cuando se llegaban al “Ateneo Popular” para predicarle a los obreros la ‘buena nueva’ de la revolución tardía pero cierta. Si los políticos clásicos cifraban el valor icónico entre la dignidad proletaria y la corrección hidalga, los nuevos, tras la pasada por las camisería escocesa del primer  González y los trajes de pana de Guerra, habrán de atenerse a un estricto fondo de armario que no admite cualquier color ni hechura sino que fuerza un modelo de obligado cumplimiento según el cual los caballeros vestirán con tonos “negros, grises y marrones” y las damas traje de chaqueta y blusa sport con complementos que no podrán de ser muy llamativos. Hasta tres opciones indumentarias masculinas contemplan los estilistas del “socialismo obrero”: la americana con camisa blanca, la camisa con corbata y el polo informal. Y todos, ellos y ellas, deberían renunciar a los tejidos de invierno con tal de garantizar la imagen de “cercanía, frescura y actualidad” que, por lo visto, va implícita en esos que antaño se llamaban de “entretiempo”. La involución ideológica ha roto en este despliegue estético que, más allá de cualquier preocupación por el santo y la limosna, de lo que trata es de vender al monje por el hábito/garlito que ha de atrapar visualmente al elector y llevárselo al huerto. ¿Socialismo del siglo XXI? Negro, gris y marrón: dentro de esa gama que cada cual elija como mejor le plazca la utopía cuatrienal sin salirse del marco de esta nueva y probablemente aburrida revolución tricolor que nos anuncian los modistos del PSOE.
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Del negro al gris, pues, del rojo, si te vi no me acuerdo. Se ha dicho que acaso nada expresa mejor el aburrimiento de nuestra política que el hecho de que muchos de esos personajes públicos creen estar siendo retratados cuando, en realidad, sólo se les está haciendo la cacicatura. Y una caricatura es, desde luego, ese candidato/a ideal, diseñado por encargo, y que forma parte indisoluble del “merchandising” disponible para atraer como sea al gentío, que es de lo que se trata. Hoy no existe ya el debate de ideas, no escucharán ustedes una propuesta crítica o transformadora mínimamente consistente sino, todo lo más, recetas arrancadas a un libro de estilo para escribir el cual resulta indiferente el credo del autor. Estos días hemos sabido que al PSOE cordobés le va a asesorar el programa municipal un destacado militante fascista. ¿Y qué? Con disimular el azul mahón (o negro o pardo) de la camisa y pasarse por el vestuario de partido, santas pascuas. El estilo es el hombre, decía Bufón, y Alain, el más fino quizá del siglo pasado, sostuvo que su función no es otra que la de expresar lo que el pensamiento no puede. No se puede ir a las elecciones, evidentemente, predicándole a la parroquia que uno no es ni carne ni pescado, pero sí disfrazado como el hombre del traje gris, enlutado en un negro que confunde las siluetas, vulgarizado en el marrón deliberado con que los marchantes disimulan su astucia en la feria. Una imagen neutra, un perfil bajo, una vaga sugestión de proximidad mesocrática para ilustrar esta lonja de las voluntades convenciendo a los clientes con el color del hábito más que con el espíritu del monje. ‘Marketing’ en lugar de ideas, trapajería en lugar de doctrina, tonos prudentes “siempre dentro de unos tonos concretos”, espejismo de la proximidad. La revolución ha pasado del sueño al cálculo. Y de la catacumba al fondo de armario.