Hoy se juega

Desde los albores de la democracia nunca unas municipales se habían supeditado tanto de las otras elecciones como las que hoy terminan. Se ha creado un clima de comicio general, alejado de la vida de los municipios y sus problemas, atento ante todo a preparar las autonómicas y generales que, tras el verano, servirán de prueba del 9 del cambiazo ocurrido por sorpresa el 11-M. El PP se juega hoy mantener su única ventaja en nuestra región –el éxito urbano de sus candidaturas municipales– y el PSOE lo contrario, esto es, comprobar si definitivamente su dependencia del voto rural, con lo que ello implica, es irremediable. En todo caso, las prisas de Chaves por anunciar las autonómicas y el espectacular despliegue de campaña que ha hecho su partido, sugieren que debe de andar menos sobrado de expectativas de lo que trata de hacer creer a la opinión. Un buen resultado del PP, en consecuencia, abriría el camino de ese “cambio imparable” que pregona Rajoy, y un triunfo del PSOE, nos vendría a dar más de lo mismo. Andalucía sigue siendo clave para el conjunto de España. Salga lo que salga de las urnas, hoy se va a ver quizá mejor que nunca.

Le toca hablar al pueblo

Hoy le toca hablar al pueblo y callar a los políticos –ojalá pudiera ser así siempre–, hoy se acaban las cábalas y llega la hora de la verdad. Pero estas no serán unas municipales corrientes sino la ocasión para el electorado de mostrar si traga o no traga con lo que bien conoce, si acepta la estrategia del transfuguismo generalizado, si se conforma con un clima de corrupción que no se cae un solo día de titulares, si está de acuerdo con un modelo de gestión provincial que ha convertido la Diputación en un colocadero colosal, si aprueba una oposición basada casi exclusivamente en la judicialización de la política y la criminalización del adversario. Lo que hoy se vota está más cerca de los ciudadanos que lo que se vota en otros comicios: hoy nos conocemos todos. Vamos a ver hasta qué punto las preguntas anteriores reciben una respuesta que permita mantener la fe en la moral colectiva. La democracia no vive sus mejores días. Defenderla a pie de Ayuntamiento –contra ladrones, camelistas, tramposos y logreros– es un deber de urgencia para todos los que aún crean en ella.

Noticias de Oriente

El campeón de ajedrez Gary Kasparov está pasando una mala temporada. Como cabeza visible de la oposición al régimen de Putin es recibido con alfombra roja en el Parlamento Europeo y encabeza una dura campaña contra su país y en procura de la que llama la “Otra Rusia”, pero le ha cogido miedo tal miedo a la larga mano del Kremlin que ha renunciado a viajar en líneas regulares de su país y, en caso imprescindible, se niega a beber o comer a bordo, siempre bajo el “síndrome Litvinenko”, ahora recrudecido por al decisión de la Justicia británica de reclamar la extradición de cierto espía que sería, presuntamente, el sicario que habría acabado con el famoso espía envenenándolo con polonio. Cuando Kasparov disputó en Sevilla contra Karpov el campeonato del mundo era todavía un joven introvertido que jugaba sus partidas sin quitarle ojo a su madre, indefectiblemente sentada en la primera fila, ajeno a todo cuanto quedaba fuera de aquella burbuja edípica contenida en la espléndida galaxia de jaques y gambitos, enroques y salidas, pero años después ha reaparecido rodeado de guardaespaldas reclamando la ayuda de Europa para desacreditar de una vez por todas la idea de que la Rusia heredera del sovietismo es una democracia, ahora que el eclipse de los amigos de Putin –de Chirac a Schröder– parece ofrecer una oportunidad a los opositores. Es notable la relativa indiferencia con que Moscú sobrelleva el acoso del campeón mientras aparenta no enterarse siquiera del engorro que supone la reclamación inglesa, blindado como parece ir Putin por la vida como árbitro de la demanda del gas y lejano beneficiario, todavía, de la mítica proeza anticomunista en la que, ciertamente, él jugó un papel tan vidrioso. Kasparov, por su parte, a pesar del relativo fracaso de las manifestaciones reprimidas brutalmente en Moscú y San Petersburgo, centra su objetivo en romper el monopolio de la información que detentan los ‘medios’ oficiales y, muy particularmente, la televisión, hasta el punto de proclamar que con un par de semanas de debate abierto, el régimen estaría perdido. Tengo una enorme curiosidad por enterarme de qué ha sido de la madre del campeón.
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Desde China siguen llegando, por lo demás, noticias cada día más inquietantes sobre los efectos de un desarrollo desenfrenado que, al parecer, se propone ralentizar el propio Gobierno alarmado ante sus consecuencias y, en especial, ante el ritmo insostenible al que crece la desigualdad. En los últimos días, la noticia de que el dragón emergente ha comprado el diez por ciento del mayor fondo de inversión americano, Blackstone, ha corrido como un escalofrío por el confiado corpachón del capitalismo global, ingenuamente confiado hasta ahora en que China seguiría asumiendo el papel de artesano barato de nuestros especuladores e invirtiendo sus fabulosas reservas lo mismo en leproserías o  viviendas baratas que en bonos del tesoro americano. Esta irrupción en la zona sensible del negocio ha hecho saltar la alarma de los estrategas, sin embargo, que miran desconcertado a un Oriente próximo y remoto para el que esta última inversión de tres mil millones de dólares supone apenas el excedente comercial de cinco días o desde el que les llega el órdago displicente de una Rusia drástica que lo mismo boicotea la carne polaca que juega con sus reservas de gas igual para crucificar a una pequeña república báltica que para mantener en vilo a las grandes potencias europeas. El aprendizaje del idioma chino, como décadas atrás ya ocurriera con el japonés, aumenta en los EEUU –puede comprobarse con una ojeada a la prensa– a un ritmo similar al que prospera el alarmismo fundamentalista de las diversas xenofobias yanquis. Oriente está ahí, en todo caso, laborioso y oportunista, al acecho de una cultura económica que se la ido metiendo por propia iniciativa en su bien trenzado garlito.

La fotocopia andaluza

Ciutadans per Catalunya ha anunciado su propósito de recurrir ante el Tribunal Constitucional nuestro Estatuto de Autonomía alegando que 39 artículos del texto andaluz están ‘calcados’ del catalán y otros 19 lo estarían ‘casi’. La formación independiente catalana dice que lo hace porque no quiere para Andalucía lo que tampoco quiso para Cataluña, pero la verdad es que lo que rechina en esta absurda historia, llevada a trancas y arrancas por los políticos en solitario, según el propio Guerra, es el hecho mismo de la copia, esa clamorosa falta de originalidad que está pregonando de modo incontestable la absoluta gratuidad del proyecto de reforma ideado por la Junta para cubrir la maniobra de sus “amigos políticos” en Cataluña. La verdad es que la iniciativa surgida en Cataluña supone un segundo revés para esta autonomía sin pulso ni la mínima capacidad crítica, en cuyo seno no se ha oído una sola voz quejándose siquiera de que nos impongan un estatuto ajeno y copiado. Se explica la elocuente abstención del referéndum que, bien miradas las cosas, lo lógico es que hubiera sido mayor. 

500 votos

Peor es lo de algún alcalde sorprendido tirando a la basura los votos rivales, desde luego, pero no es moco de pavo que 500 onubenses (de la capital, ojo) se queden sin poder votar por incapacidad del servicio de Correos. ¿Simple y circunstancial escasez de medios? Ésa es mala excusa puesto que los derechos hay que garantizarlos sin más, sobre todo, cuando el tema estaba previsto. ¿Parcialidad partidista? En ese caso estaríamos hablando de fraude electoral y esas son palabras mayores, pero a ver quien le mete en la cabeza a Huelva que la Administración que controla el PSOE deja que se pierdan 500 votos sin saber a quién corresponden, sobre todo teniendo en cuenta lo mal que las encuestas pintan para el partido en el poder. Habría que averiguar qué ha ocurrido e irse derecho al Juzgado en caso de que pueda demostrarse, siquiera indiciariamente, connivencia o mala fe por parte de los gestores. Porque imaginen lo que ocurriría en el improbabilísimo supuesto de que el alcalde perdiera y la canditada ganara por esa cantidad de votos. ¿Era inevitable esta sombra de cambalache electoral? Eso debe responderlo el Gobierno, para empezar cesando al Subdelegado y al encargado del Censo. 

El partido distinto

Una de las noticias estelares de esta temporada ha sido la creación en Bélgica –país en el que votar es obligatorio, no se olvide– de un partido rebelde que propone oponerse las formaciones tradicionales votando negativamente a todo lo que se tercie si llegan a alcanzar un poder, a cambio de lo cual ofrecen a los ciudadanos, como compensación por su apoyo, nada menos que 40.000 felaciones. El partido se llama “Nee” (‘no’ en lengua flamenca) y, más allá de su pintoresca oferta, expresa bien el disgusto en alza, particularmente entre las poblaciones jóvenes, frente a una política en la que la Verdad ha dejado de tener importancia y la mentira se ha convertido en un instrumento cuya legitimidad no cuestiona nadie por la cuenta que a cada cual le trae. También en España se ha dejado oír, por fin, la voz de la disidencia democrática para ofrecer un terreno inexplorado en el erial de una izquierda que apenas es capaz, a estas alturas, de diferenciarse de su oponente, reducida casi en exclusiva a un par de marcas registradas con sus símbolos correspondientes. Poco se sabe del proyecto, que ha despertado, eso sí, una extraordinaria expectativa entre esa tropa hasta ahora dispersa que cada elección dilapidaba su voto bien depositando en la urna un sobre vacío, bien quedándose en casa a la hora de acudir al colegio, y que ahora entrevé la posibilidad de votar a personajes de reconocida solvencia moral y política, ajenos a la merienda partidista o escapados de ella tras haber intentado, por todos los medios, influir en su deriva. No tiene nombre todavía este nuevo convidado, que yo sepa, ni ha mostrado símbolo alguno, pero ha dejado claro de entrada que lo que se propone, como alternativa a lo que hay, sería la búsqueda de un estado federal sin complejos en el que todas las comunidades tuvieran idéntico techo competencial: una izquierda real al margen de los pleitos terruñeros, o lo que viene a ser lo mismo, una opción progresista sin más compromiso que el rescate de la utopía. Le va a caer encima la del tigre, eso es seguro, pero el mismo silencio temeroso con que el proyecto ha sido recibido en las sedes del partidismo convencional delata la inquietud que la idea despierta entre los políticos. Queda por ver el efecto que es capaz de provocar entre esos ciudadanos que llevan años protestando por la falta de alternativa real.
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Queda por comprobar cómo evita el nuevo proyecto de partido caer en el mismo laberinto del que trata de escapar, es decir, de qué manera consigue esa dirigencia rebelde evitar, cuando le llegue el turno, los mismos defectos que justifican su irrupción en la política. Stendhal sostuvo que la adhesión del hombre libre e inteligente al partido, a cualquier partido, está en proporción inversa a esa “esprit” que encaja mal por sistema en la organización cerrada, pero no creo que se trate tanto de inconformismo personalista como de legítima rebeldía contra la inevitable férula que el partido o la facción suponen. Lo que nos conduce a un nuevo interrogante: cómo podrá cohonestar su independencia efectiva con la disciplina inevitable esta nueva militancia que no se plantea como exterior al sistema sino como cuña que pretende adentrarse profundamente en él hasta alcanzar su médula sensible. Hay mucho votante de izquierda desconcertado desde hace años que ahora tendrá ante sí la opción de elegir una opción crítica con los partidos cuyo derrotero resulta ya inasumible y hasta puede que haya electores desnortados en plena derecha que vean en este brioso ensayo una salida a su pesimismo. Se ha dicho que cuando los partidos llegan a desear el fracaso del otro tanto o más que el propio éxito, es que la servidumbre está a la vuelta de la esquina. En la idea de ese grupo de rebeldes quizá haya que ver antes que nada un salto en el vacío para recuperar la libertad.