M.A.M.C.

Cuatro letras para cubrir a un discapacitado, cuatro losas sobre la conciencia de unos dirigentes que han permitido, según la Justicia, un abuso cruento contra un trabajador sin facultades para defenderse solo, pero también sobre unos sindicatos que no han visto ni oído nada mientras se desarrollaba ese drama diario y canallesco, desigual y ventajista. Es curiosa la pasividad de la Junta y su partido ante este atropello y elocuente su eventual comparación con la que hubieran armado si la víctima lo hubiera sido del adversario. En Huelva ha habido casos –en el Ayuntamiento mismo– de presunto maltrato al trabajador planteados por el PSOE que han ido a parar al archivo, como ha habido movilizaciones que no se compadecen con el silencio tramado alrededor de la trabajadora que acusa a los jefes de la Diputación o de este indefenso acosado cuya historia resulta tan conmovedora como indignante la frialdad que le están dispensando quienes deberían averiguarlo con celo. M.A.M.C. no interesa, por lo visto. Menos mal que la Justicia ha tenido sensibilidad para sancionar tanta miseria. 

Culpables y cómplices

Al enterarme de que un tribunal de Buenos Aires ha anulado los indultos concedidos por el presidente Menem en los años 90 y 91 no he podido evitar el recuerdo de aquellas extendidas complicidades que por entonces se impusieron en la Argentina moralmente devastada por la gestión de Alfonsín. Ignoro qué dirán ahora –¡ha visto uno desdecirse a tanta gente!– pero la verdad es que en aquel momento una extensa mayoría de la opinión progresista hacía causa común con la exigencia de los partidarios de la dictadura pidiendo un perdón y reclamando un olvido que Menem manejaba como panacea contra la desunión del país. No se trataba, por supuesto, de oponerse a la reapertura gratuita de las cicatrices añejas –como está ocurriendo aquí esta temporada con la pretendida recuperación de la “memoria histórica”– sino de cerrar en falso un proceso que, incluso un tribunal tan condicionado como el que había condenado a aquellos criminales, había tenido que saldar con unas condenas proporcionadas a la enormidad de los crímenes perpetrados desde el propio Poder. Y en ese proceso, hay que repetirlo, estuvieron no sólo quienes era lógico que estuvieran –por la cuenta que les traía o por simple vesania– sino una buena parte de quienes, en la vida cultural especialmente, representaban la esperanza en una justicia democrática siquiera tardía y, por descontado, no poco aliviada. Esa canalla que se pavoneaba ante el comulgatorio o paseaba sin escolta por el barrio no estaba sola –como comprobamos entonces muchos visitantes del país– sino apoyada sin ambages por el tácito acuerdo de la progresía y el menemismo, uno de los contubernios más indecentes del siglo que se fue. Lo de menos es si ahora irán al trullo esos dos octogenarios que son Videla y el “negro” Massera, pues a pocos se les ocultará que lo que ese tribunal ha dictado lo ha hecho pensando en el fuero más que en el huevo. Pero aunque acabaran yendo. Lo que hoy sabemos de aquel martirio inconcebible nos permite proclamar que no habría castigo proporcionado a una infamia semejante.
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Tampoco hay que olvidar que esta tardía reacción de los jueces argentinos debe mucho, sin la menor duda, al peligro que suponían las acciones judiciales iniciadas desde España y Alemania, entre otros países, en base a un derecho internacional ante el que los crímenes perpetrados no prescriben. Así que igual hay que pensar que no es que haya cambiado de opinión la ‘inteligentsia’ argentina sino que el Poder –que en última instancia barre siempre para adentro– ha debido protegerse adelantándose a juzgar en su propio territorio al menos los delitos de lesa humanidad. Argentina, en definitiva, es un ejemplo más y bien elocuente de esa protección espontánea que el Poder brinda a cualquiera que lo haya ostentado (o, incluso, detentado) seguramente porque la lógica del refrán, “hoy por ti, mañana por mí”, es anterior a cualquier pretensión ética y no digamos jurídica. Massera, ese verdugo de leyenda, es hoy un vegetal hospitalario, y Videla un carcamal que, seguramente, tampoco habrá de cumplir la condena a perpetuidad que ahora recobra toda su vigencia. La Justicia sabe lo que hace, sobre todo cuando va del brazo de la política, y más que nada sabe “cómo” hacerlo para dejar tras de sí, encima, una sensación de solvencia moral que ofende tanto como los crímenes disimulados. Pero en esta ocasión, hay que insistir en ello, no están solos ni el mandatario ni el juez, como no lo estuvieron hace quince años, sino bien acompañados de esos cómplices redomados a los que acaso les quepa, en última instancia, la atenuante del miedo, que es libre o eso dicen. Heródoto escribió que abunda la gente que prefiere la “justa medida” a la justicia estricta. Vean la antigüedad de algunos tópicos y de qué bizarra manera se conservan en la salmuera de la jodida buena conciencia.

Delphi, episodio electoral

No hay derecho a seguir toreando por bajo a los despedidos de Delphi, burreando a los alcaldes de esa castigada comarca costera, prometiendo a boca llena a sabiendas de que no hay nada que hacer. La proximidad de las elecciones no justifica ese engaño, porque tanto la Junta que gobierna como la oposición (leal y la desleal) deben plantarse en que la única vía de escape es plantear una ayuda de excepción unida a un proyecto urgente de desarrollo. Dice IU –¡a buenas horas!– que por parte de la Junta “hay mentira, dilación y sumisión” y que “se plantea sólo ganar tiempo hasta las elecciones”. O sea como ella misma, más o menos, dicho sea pensando en todos estos años en que le ha servido de muleta y burladero. Los trabajadores tienen derecho a conocer la verdad y no hay peor mentira que la que llevan las buenas palabras. Se echa de menos al PSOE que pedía poco menos que la subversión contra el Gobierno en defensa de Astilleros. En cuanto a IU, conociendo los percales, no se echa de menos nada. 

Menos lobos

Nada más producirse la presentación en sociedad del candidato/tránsfuga Rodríguez Donaire, que pasó con armas y bagajes de IU al PSOE, la coalición ha tronado jurando por sus mengues que no habrá “pacto de progreso” que valga, es decir, apoyo de gobierno a un PSOE eventualmente en minoría como consecuencia de esta despreciable maniobra. Bien mirado, sin embargo, hay que convenir en que Donaire, sea en el grado que fuere un profesional que se ofrece al mejor postor, no ha hecho durante esta legislatura más que ejecutar el acuerdo de IU con el PSOE que ha permitido a la asfixiada organización pagar sus facturas más inaplazables. Y también en que IU no debe sorprenderse de que un comunista se pase en Valverde al rival porque Donaire no está haciendo nada distinto a lo que hizo el propio Cejudo en su día: pasarse del PC al PSOE. O sea que ya veremos si hay pacto o no lo hay en caso de necesidad, aunque se comprenda que algo tienen que decir, esas criaturas, de aquí a las elecciones. 

Ruido de cadenas

El maestro Gómez Arboleya –ese andaluz olvidado por esta patria ignara–, que era tan sabio como anglófobo, nos contaba en los años felices una anécdota preciosa. Se refería a un inglés que llevó hasta las más altas instancias de la Justicia británica al aristócrata que le alquiló un castillo con fantasma, en vista de que en la histórica fortaleza, por más desafíos y conjuros que se le echara a la aventura, no había ni rastro de aquel hamletiano hectoplasma del que vivía el castellano tronado, pretensión a la que esa Justicia de puñetas y pelucones contestó, con su habitual buen sentido, que si era cosa de beocio creer en fantasmas, más lo era, sin duda posible, tragarse la oferta de un lord apremiado por los acreedores. He recordado el caso al ver, por enésima vez, la reivindicación islamista de que Bin Laden vive, un anuncio recurrente que probablemente carecería de sentido si, de verdad, ese bárbaro viviera, como asegura la propaganda, dirigiendo desde la sombra la amenaza universal, pues no hay cosa más fácil que probar la vida hoy por hoy que retratarse sin más con el periódico del día en la mano. Desde ‘Fu-Man-Chu’ al ‘Doctor No’ nunca ha faltado en Occidente una leyenda terrorífica vinculada a la mala fama de Oriente en nuestro imaginario de occidentales, quizá porque la forma más económica de mantener vivo el dualismo que nos mantiene atrapados sin remedio, es fomentar ese tipo de miedos confirmados por su propia insustancialidad. El Sistema –el nuestro– necesita para mantener su equilibrio esas dos patas que le ofrece la fractura maniquea de la realidad pero en absoluto necesita probar lo que funciona divinamente sin necesidad de demostraciones. Da lo mismo que Bin Laden viva o lleve años criando malvas porque de lo único que de él necesita el terrorismo es el mito mismo, y la eficacia del mito no precisa de pruebas. En Portugal hubo siempre crédulos empeñados en la supervivencia de don Sebastián lo mismo que en USA sigue habiendo fans que aguardan empestillados la parusía de Elvis Presley, doble irrealidad sobre la que el negocio ha funcionado siempre, sin embargo, sobre ruedas.
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A eso debía referirse el que dijo que la fe mueve montañas. Aunque en el mito de Bin Laden –en realidad, hay que hablar de leyenda, por supuesto, y no de mito– contribuya no poco a su éxito el argumento fascinador que siempre fue el dinero, la idea generalizada entre poblaciones miserables y desesperadas de que en alguna parte anda escondido el todopoderoso guardián de sus derechos que un día no lejano las liberará al fin. Aunque, ciertamente, nada ha contribuido tanto a esa esperanza como la propaganda imperial, con sus ‘wanted’ y sus soflamas, sus ‘guerras preventivas’ y su fracaso práctico. Bin Laden vive, en efecto, encarnado hipostáticamente en millones de ingenuos que creen, desde el fanatismo, en la posibilidad de sacudirse el yugo de la vida redimidos por la virtud de ese mesías sobrevenido que ni siquiera necesita existir para movilizar a sus apóstoles. Ya digo que no creo hace tiempo en que el terrosita millonario siga con vida pero sostengo que esa circunstancia no hace que varíen los efectos de su leyenda ni que aminore el peligro que él supo desencadenar. Porque el meollo de ese mito no es un personaje ni un evangelio sino la simple evidencia de que el terror suicida, aunque con escasas posibilidades de ganar ni la guerra santa ni la pérfida, tiene capacidad, eso sí, de mantener en vilo a un planeta que no sabe que hacer con ese fantasma encadenado que se pasea inasible por el castillo que creía inexpugnable. Ni la fe necesita pruebas ni la verdad es condición de la eficacia mítica. Basta con la sugestión de Bin Laden, con la idea prerrafaelita de que un trasgo trajina por las galerías bajo las panoplias inútiles y los retratos añosos de los antepasados. La fe mueve montañas. Junta con el dinero, ni se sabe.

Anacronismo ingenuo

A unos descerebrados de la pedanía granadina de Híjar no se les ha ocurrido nada mejor que pintar con tinta azul –ojo al símbolo– la fachada de la sede granadina del PSOE con un letrero/eslogan que no sé si, a estas alturas, es más ingenuo que anacrónico: “Rojos al paredón”. Ya sé que vuelve a estar de moda ese lenguaje fusilero por ambas partes, pero lo menos que se les podría pedir a estos/as majaretas es que apunten bien. Ya sé que ZP proclama que es “rojo”, pero eso es algo que, naturalmente, no se tragan ya más que cuatro viejas noveneras. A un amiguete mío que puso un famoso bar de copas madrileño trató de atracarlo un presunto drogota con una jeringa pidiéndole incontinnete cuarenta duros para heroína, pero mi amigo, sin despeinarse, se limitó a decirle: “Anda, tío, date una vuelta por el barrio y cuando te enteres de lo que vale el ‘caballo’ vuelves por aquí”. ¡Mira que llamarle “rojos” a esas criaturas sociatas! Afortunadamente estos brigadistas del amanecer no saben ya ni a quien darle el paseo.