Los registros de la ministra

¿No decía la oposición en los tiempos gloriosos de Pepe Juan que el Parque Huelva Empresarial (de soltero, Polígono Agroalimentario) era pura realidad virtual, propaganda y globos del Superalcalde? Pues debían de andar mal informada porque ese Parque, que será el segundo de España, está ya listo para que le corten la cinta y a la espera sólo de que la atareada ministra de Vivienda, de cuyo departamento depende la gestión de la SEPES, encuentre un huequito en la agenda y se baje hasta nuestra capital, una vez que ha conseguido que todas y cada una de las tapas-registro del Parque sean sustituidas por otras en las que aparezca ya su ministerio y no el de Fomento, que era el gestor anterior. En fin, bien está lo que bien acaba, y pelillos a la mar. Huelva tiene ya, real y no imaginado, tangible y no virtual, un Parque Agroalimentario cuya trascendencia no hemos de tardar en comprobar. A la chita callando, el Ayuntamiento ha ganado también esta batalla. La han perdido quienes no han aportado al proyecto más que críticas y zancadillas.

La tela de araña

En una mina de carbón cercana a Teruel unos sabios han descubierto una tela de araña ,preservada en el interior de un fragmento de ámbar, entre cuyos hilos de seda yacían, fosilizados también, varios insectos cretáceos. El hallazgo debe de tener su importancia cuando los sabios se han ido derechos a USA en busca del ‘visto bueno’ de los colegas imperiales, pero a mí ese hecho me ha sugerido ante todo, desde le primer momento, una solemne metáfora de nuestra propia vida solemnizada por los siglos. ¿Qué otro símbolo sino la tela de araña sería capaz de representar sausurianamente esta vida nuestra, intrincada y acechante, como ese prodigio de ingeniería instintiva que es la trama cazadora del arácnido? Yo creo que ninguno, pero nada más ver esa imagen preciosa se me ha venido a la cabeza el comentario que Charbonneau-Lassay hacía en su bestiario crístico recordando que la antigua oniromancia sostuvo que soñar con una araña que tejía laboriosamente su tela no era sino una señal divina, un aviso ultraterreno de que alguna locura se aproximaba al durmiente amenzando ya su propia vida, ya su fortuna o su honor. Toquemos madera, pues, no sea cosa de que el descubrimiento turolense venga anunciando nuevas locuras y ruinas sobre las varias que ya nos abruman esta temporada y acabemos todos atrapados en la alevosa trampa, pero fíjense en qué bien viene en estos momentos esa representación para simbolizar el síncope jurídico que vive nuestra democracia. Yo sé que se atribuye a varios talentos, pero tengo para mí que quien primero expuso la metáfora de la presa y la tela de araña para ilustrar la realidad de la Justicia –ya saben, que si es leve resulta atrapada y si es grave rompe los hilos y se libera—no fue ningún maestro oriental, ni siquiera ese intuitivo prodigioso de Rabelais, sino el filósofo Bías, uno de los siete sabios de Grecia, que debía de saberlo como juez que era.

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Cualquiera sabe ya quién va de víctima atrapada en esta tragicomedia y quién teje la tela en este país confundido en el que se informa como si tal cosa de que la policía previene de sus propias acciones a los terroristas o de que el Poder legítimo tiene ajustadas con los terroristas sus cuentas de conveniencia. Incluso es posible imaginar que hay personajes que juegan simultáneamente los papeles de araña y de mosca, por qué no, presos de hecho en los sedosos lazos de la trama, pero amablemente acogidos al amparo de ese cielo protector que es la media luz del ámbar envejecido por los años. ZP, sin ir más lejos, va de mosca atrapada desde que al secesionismo le tocó en suerte la llave de la gobernación, pero también ejerce meticulosamente su oficio de tejedor de redes para presas aún más indefensas o dependientes, apalancado en el centro imaginario desde el que, en realidad, representa lo que Cirlot llamaba el “torbellino devorador”. Hablamos de mitologías, claro, de la historia de Arachne contada por Ovidio como la de una doncella lidia de extraordinaria destreza tejedora a la que los celos de Atenea convirtieron en el mínimo insecto cuya trama acaban de descubrir ahora nuestros arqueólogos preservada en su clausura traslúcida y con sus presas intactas. Algún día puede que otros fisgones descubran las tramas hodiernas y los que vengan detrás puedan ver encerradas en ellas a las verdaderas víctimas que, de momento, ocultan los intereses creados. En el caso de Teruel parece que hay consenso sobre que la pobre avispa cazada hace más de cien siglos fue devorada por la araña antes de que la Madre Naturaleza, en funciones de entomóloga suprema, atrapara la escena en su carcasa de luz. Cualquiera sabe hoy, repito, quién aparecerá fosilizado en la resina y dónde estará ya la devoradora cuando el futuro hallazgo permita a nuestros nietos contemplar retrospectivamente la voraz estrategia de esa araña sin escrúpulos. He vuelto a contemplar esa imagen prodigiosa atrapado a mi vez fatalmente en el armadijo de la perspectiva.

De coña

Eso de meter con calzador la Segunda Modernización en el texto del nuevo Estatuto, que trae en mente Chaves, debe de ir, seguramente, de coña. No sería posible, en efecto, imaginar a alguien tan rematadamente bobo como para alentar una idea por el estilo, aunque la verdad es que la política autonómica está dando de sí lo bastante como para auspiciar tonterías sin cuento. Claro está que un presidente que se ha dejado en el tintero toda su cada una de las iniciativas legislativas de un mediano interés, podría ver en ese juego malabar la ocasión de escapar a la inopia en que se mueve su Adminbistración y dar la impresión, siquiera superficial, de que el proyecto autonómico es, a estas alturas, algo más que el papel mojado sobre el que pretende escribir el objetivo único de su supervivencia política. Lo malo es que con la coña y sel seguidismo puede que acabemos pasando de la autonomía “de segunda” que veníamos disfrutando a una “de tercera” o, sencillamente, “de regional”. Cuando no es posible saber si un presidente está de coña o ha perdido el oremus hay que prepararse para lo peor.

Mi propiedad privada

Razón la que llevaba Rousseau cuando dijo que el primer hombre que cercó su parcela y dijo eso tan cinematográfico de “esta tierra es mía” (o de mi señora) fue el culpable de la que se nos vino luego en lo alto. El concejal valverdeño y paje de Cejudo, Rodríguez Donaire, se pasó por el arco al maestro cuando alambró su pegujal beasino en la Fuente de la Corcha obligando a la tradicional romería a cambiar de itinerario y, en definitiva, a optar por construirse una nueva ermita. Donaire, eso sí, está en plena sintonía con el ultralaicismo guerracivilista que nos invade y debe de sentirse, con razón, respaldado en su arrogancia por los poderes superiores, pero hay gestos que retratan y ése de obligar caprichosamente a un pueblo a dar un rodeo, es uno de ellos. Hay personajillos de tres al cuarto que da miedo pensar qué serían de alcanzar mayor altura. Donaire –lacayo político, nepotista probado, prepotente en la aldea y sumiso en la ciudad—es un ejemplo perfecto de ello.

El pastor y el lobo

La Comisión Episcopal Española se ha rajado de parte a parte ante la presión política (porque social no ha sido, desde luego) y ha pospuesto hasta el otoño su declaración política, esto es, el criterio oficial de la Iglesia sobre un asunto tan crucial como es el momento crucial que atraviesa la vida pública. En Andalucía mismo, la crítica vertida por los purpurados sobre el bodrio estatutario que han muñido entre PSOE e IU, está dando lugar a una sibilina estrategia de acoso, claramente respaldada por el poder, contra la externalidad de la relación religiosa, es decir, contra sus símbolo tradicionales, y singularmente contra los crucifijos de las escuelas que exigen que se retiren algunos padres claramente politizados y hasta ciertos círculos islamistas, que era lo que faltaba ya para el cuadro. Un cuartel andaluz está viviendo de paso la petición de unos guardias sindicados, incómodos con la inmemorial presencia de la Virgen del Pilar en los acuartelamientos como patrona que es del Cuerpo, de manera que entre la elevación de globos escolares y el lanzamiento de fantoches sindicaleros parece que estamos asistiendo al más anacrónico “revival” del anticlericalismo que –como yo mismo estudié hace años—ya resultaba dudoso en manos de representantes tan clásicos como Clarín, Valera,  Galdós o el mismo Azaña. Nadie que conozca la Historia española puede extrañarse ante la inquina sentida en tiempos por parte de amplios sectores sociales contra la inquisición eclesiástica. Pero tampoco de la barbarie que supuso una réplica anticlerical que alcanzó cotas tan extravagantes y despreciables como los asesinatos de creyentes, la quema de templos e imágenes y hasta la incalificable exhibición de momias de religiosas exhumadas impíamente. Pero, ¿en qué quedamos, han cambiado los tiempos o  no han cambiado, carecen hoy de sentido esos fervores vindicativos o resultan manifiestamente provocadores en su mezquino intento de “secularizar” una escuela, por ejemplo, en la que al tiempo andan perdiendo el culo por instaurar la enseñanza coránica y hasta la lengua y tradición del chino mandarín? ¿De verdad el problema vital que tienen los sindicatos de un cuerpo militar y maltratado como la Guardia Civil es retirar de su altarcillo la imagen de la patrona? Los obispos tal vez no han debido, por una vez, agachar la cabeza como mansos corderos y, sin embargo, lo han hecho, quizá porque más sabe el diablo por viejo que por diablo. Yo he visto y escuchado hacer ‘outing” masivo y acusar de homosexuales a esos prelados en una tele pública andaluza en la que el ordinario de Sevilla, a la semana siguiente, legitimaba con su presencia semejante barbaridad. No es fácil seguir a la zorra. Todo lo que cabe hacer es vigilar el gallinero.
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A muchos nos parece que es importante que la defensa de las libertades (incluyendo la  de expresión y la religiosa, faltaría más) es tarea de todos los demócratas y, si me apuran, especialísimo deber de las conciencias que se consideren de izquierdas. Porque, vamos a ver, ¿por qué no va a poder opinar sobre la situación política una institución del peso tradicional de la Iglesia cuando todos los días debemos de escuchar los criterios y reivindicaciones de grupos de toda laya, desde los pacifistas a los “ecos” pasando por los antitaurinos o los gays? La Iglesia no puede intervenir en política pero tiene pleno derecho a actuar en el terreno de la moral, un código autónomo y libre que nadie impone a nadie, o en cualquier caso, no en mayor medida que el ejército a sus militares o los partidos a sus militantes, sobre todo a los “empleados”. Se ha equivocado el pastor esta vez y tal vez por eso se ha crecido el lobo que hoy reclama la retirada de símbolos como mañana podría reclamar otros injustos rigores. ¿La Constitución, dicen? ¡Pues anda que si tuviéramos que aplicar la Constitución y a lo largo y a lo ancho, aviados íbamos! Lo que parece mentira es que la izquierda, que tanto sabe de catacumbas, se preste a este paripé grotesco y anacrónico. Y por supuesto, que los obispos traguen.

Negocio y política

Ciertos o conjeturales, confirmados o pendientes de prueba, los escándalos atribuidos a dirigentes políticos en el ámbito del urbanismo y/o la especulación no cesan ni a la de tres. ¿Qué significa que el delegado de la Junta en Almería –la primera autoridad autonómica de la provincia—se vea envuelto sin salida en la acusación de participar una empresita que facturaba a la Diputación por un tubo? ¿Y qué quiere decir que la Diputación gaditana venda a una empresa (que a su vez ya ha traspasado la patata caliente a otras manos) un pinar en un precio ocho veces inferior al de mercado? ¿Qué fue del delegado de Medio Ambiente decapitado en Huelva por negarse a refrendar el megaproyecto auspiciado por el secretario provincial y que el propio Chaves hubo de parar en seco ante la bronca provocada? No sólo en Marbella cuecen habas y no sólo allí borbotea e hiede el puchero político. El Parlamento, por pura dignidad, debería elaborar una relación de casos sospechosos o demostrados y proceder en consecuencia, si quiere que la democracia conserve su cada vez más cuestionada legitimidad.