Pólvora ajena

Los ecologistas han roto, finalmente, con los “conservadores” de Doñana. Hasta el fiscal de Medio Ambiente de la Audiencia sevillana han hecho llegar un informe en el que califican de desacertados los planes hasta ahora aplicados por la consejería de de la Junta en favor de la conservación del águila imperial y del lince ibérico, anunciando incluso acciones penales que, por lo que dicen, vendrán en su momento. Ya veremos, pero, de momento, hablan de despilfarro, de inmensas cantidades de dinero público invertidas a mayor gloria de unos cuantos especialistas ávidos de engordar el “currículum”. ¿Pláticas de familia, peleas gremiales? No lo parece, al menos en principio, aunque habrá que aguardar a que se conozcan en detalle las acusaciones y, en última instancia, a que se pronuncie la Justicia si es que el agua llega al río. Lo de la pasta para linces y águilas circula hace años por ahí, en todo caos, como un mal chiste. Habrá que ver si hay algo más en ese negocio. 

El error Real

No entiendo las protestas maximalistas contra la libertad de opinión del Rey, es decir, del Jefe del Estado. Nadie debería negarle que opine a quien la Constitución encarga que arbitre y modere el funcionamiento de las instituciones porque si no opina ya me dirán como ejercer esas funciones. Ahora bien, lo que no es discutible es que la Constitución no otorga al Rey ninguna posibilidad de hacer política y hacer política en una democracia es intervenir a favor o en contra de un partido o de otro. El Rey puede opinar lo que tenga a bien pero, a tenor de la Constitución, no puede expresar esa opinión sino que ha de guardarla para sí. Y eso es lo que ha hecho ahora al pronunciarse a favor de una determinada estrategia antiterrorista cuya titularidad concierne en exclusiva al Gobierno y su crítica a la oposición. Al grano: decir que “hay que intentar” un logro como el irlandés es, obviamente, optar por una política que mantiene dividida a España no porque haya quien rechaza la paz, sino porque el atajo seguido por el Gobierno repugna a la mayoría de los españoles y compromete de modo fatal a la magistratura, dicho sea de pasada para evitar detenernos en esa tautología real que justifica el intento con el increíble argumento de que “si sale, sale”. En España no puede lograrse una foto como la irlandesa del otro día porque, en efecto, las cosas son completamente distintas. No hubo aquí como allá una historia terrible, cargada de excesos, ni una “metrópoli” déspota, ni un pueblo sometido. Ni hubo aquí, como allí, dos bandos irreconciliables, dos terrorismos simétricos, sino una banda montaraz enfrentada a todo un pueblo y, como ella diría, a su Estado legítimo. ¿Intentar qué, Señor? ¿Un gobierno de concentración presidido a dos manos por Otegui y Vera? Pues ésa y no otra es la realidad que traduciría la foto irlandesa: dos capos del terrorismo cainita al fin reconciliados en la poltrona del poder. No creo, francamente, que el Rey esté por mantener su opinión en estos términos.
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El proceso irlandés encara su recta final el día en que Clinton, sin previo aviso, suelta en Irlanda el rapapolvo exigiendo el final de la absurda guerra de clanes. A cambio ofrecía el Imperio convertir a la vieja y decrépita Irlanda –la famosa “Irlanda patatera”– en lo que la ha convertido, a saber, en una potencia europea –¡sólo en 20 años!–, en un portaviones de la industria puntera de los EEUU frente a la costa de la UE. En bien poco se parece la Irlanda que hoy prospera a ojos vista tras los capos de la foto a aquella en que surgió y se perpetuó esa tragedia que tuvo tanto de guerra de clanes como de conflicto de clases. Una burguesía media emergente –véase la evolución de la renta del país, o la revolución del mercado inmobiliario– quiere hoy, si no es que exige, la paz a unos fundamentalismos que ya no disponen de un pueblo hambriento al que enfrentrar consigo mismo. Y en todo caso, son esos mismos capos –ni siquiera son sus sucesores– quienes han cedido finalmente, tras una epopeya sangrienta como pocas, y han posado para la posteridad. ¿Qué tiene todo ello que ver –mitos aparte–con la situación del País Vasco en España, que tiene de común el logro irlandés con un eventual “intento” español que, insisto, tendría que terminar en una foto compartida por Otegui y Vera o, si lo prefieren, por González y Ternera? El Rey no puede estar mal informado y menos arriesgar sugerencias que nada tienen de reales, sobre todo sabiendo que si las hace esta apoyando a un partido en plena campaña electoral. ¿Intentar la paz? Pues, claro, a ver quién se opone a ese objetivo elemental que poco tiene que ver con las calculadas propuestas de unos negociadores que exigen desde la tolerancia del Gobierno hasta la sumisión de los jueces. El Rey se ha equivocado. Cualquier otra hipótesis sobre la declaración famosa pondría las cosas constitucionalmente peor.

Dietario electoral

Un candidato del PSOE pretende rifar un piso entre los asistentes a su mitin. La Junta Electoral Central manda retirar la campaña de la Junta el día antes terminar su exhibición. En Marbella siguen las detenciones y las desventuras de la Pantoja sirven a la prensa oficialista para tapar le mangazo de Ibiza y el escándalo mayúsculo de la CNMV. La mayoría de los españoles rechaza la presencia de en las listas vascas de candidatos vinculados al terrorismo pero el TC la consagra. Una lista canaria queda fuera de juego por no incluir ningún varón y cuarenta del PSOE son salvadas por la Fiscalía a pesar de infringir la Ley de Igualdad. El debate municipal de Madrid desanima a más de uno a correr la suerte del candidato Sebastián, flagelado sin piedad por Gallardón. El amo de la “Fórmula 1” supedita el acontecimiento valenciano a que gane el PP. Chaves firma una publicidad que condiciona la ayuda de la Junta al color del Ayuntamiento. 

Debates

He oído por ahí que el alcalde de la capital no descarta mantener debates con los demás candidatos. Hace bien, pero no creo que le cojan la palabra, sobre todo tras la experiencia proporcionada por el debate madrileño de que discutir en público con un alcalde es siempre arriesgado por la mayor experiencia e información que éste suele tener. No creo, en todo caso, que haya quien se siente en un plató frente a sus contrincantes pudiendo echar el día a perros en este o aquel barrio sin exponerse a un revolcón. No me imagino qué podría esperar Parralo de semejante aventura, nueva como es en la plaza y teniendo tan poco aguante como tiene, ni siquiera Pedro Jiménez al que los propios argumentos de los disidentes de su coalición bastarían para crucificarlo y al que el lío de la Mesa tiene con un pie en esta orilla y el otro en Saltés. ¿Me olvido de alguno? Pues puede pero en este momento ni me viene a la cabeza, o sea que imaginen. 

El valor del saber

En España sabemos bien lo que ‘cuesta’ estudiar. No tanto lo que ‘vale’ el resultado del estudio, que es, desde luego, según los propios datos oficiales, mucho menos de lo que debiera. Concretamente sabemos ahora que nuestro país es el miembro de la OCDE para el que menos vale el estudio a la hora de acceder al mercado de trabajo o de hacer valer dentro de él el título conseguido, dicho en otros términos, el país en el que menos compensa estudiar desde la perspectiva de trabajo, un fenómeno a contrapelo de lo que ocurre en la mayoría de las sociedades desarrolladas y en países tan diferentes como los EEUU o Corea.  Con título o sin él, nuestros jóvenes se mueven en una atmósfera severa como un ejército malpagado –19 millones de ‘mileuristas’, es decir, el 40 por ciento de la población y el doble de la media europea– que afronta su vida en precario con un talante de provisionalidad explicablemente traducible en actitudes que fluctúan, como no podía ser de otra manera,  entre la actitud escéptica y el puro pasotismo, viviendo en comunidades forzadas por la insolvencia y adaptados a un “mal pasar” que, con el tiempo, ha de romper, seguramente, en el oportunismo más elemental. Es todo el sistema educativo el que falla, desde luego, y no sólo el mecanismo de recepción del saber académico en el mercado. La ministra de Educación acaba de cifrar en un 30 por ciento el número de estudiantes que fracasan en la escuela, cifra ligeramente inferior a la del ejercicio pasado, pero que todavía supone el doble de la registrada en la media europea, de cuyo salario medio (más de 34.000 euros anuales) dista mucho el percibido en España, donde no llega a 20.500. Todo encaja, pues, como puede verse, nada es casual en nuestro desfase respecto a Europa y poco o nada conseguirán las Administraciones “disimulando” la causa primera de este fiasco a base de flexibilizar benignamente el “progreso” en la escuela. Ahí están esos 10 millones y medio de españolitos titulados que no llegan al doble del salario mínimo interprofesional. Al mercado español, por el momento, le importa poco el nivel académico de sus trabajadores. Sólo nos queda decidir de quién es la culpa.
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A la depreciación de los títulos ha contribuido más que nada el mismo menosprecio oficial del conocimiento. La tesis que expresa el adagio chusco “to er mundo vale pa to” habla por sí sola y la imagen de un portavoz del partido gobernante declarando, satisfecho e insolente, que gana un millón de pesetas al mes sin haber superado el primer curso de carrera nos dice el resto. Sin que quepa minusvalorar el efecto perverso del “exemplum” cotidiano, hechos como la noticia de que un señor sin mayores méritos gane en una mañana, sin salir de la notaría, unos cuatro mil millones por comprar y vender una finca a la sombra del poder político municipal, o cualquiera de los capítulos de la saga marbellí. En mi opinión, no sólo el mercado es escéptico ante el saber por razones conectadas con la suficiencia de la automatización tecnológica y demás, sino que la propia sociedad, y en primer término los nuevos trabajadores, han percibido que no hay relación entre el nivel de formación y el mérito mientras que sí lo hay entre el oportunismo (político, en especial) y la recompensa que ofrece el Sistema. No hay más que ojear las nóminas públicas pata comprender que vale infinitamente más “colocarse” adecuadamente en el ‘aparato’ de un partido con poder que cualquier acreditación académica imaginable. Como no hay más que percatarse de la indigencia intelectual de nuestras elites para entender que el desinterés por la cultura y el conocimiento concierne y radica en el propio Sistema y no en quienes sufren sus efectos. La ministra debe entender que fracaso escolar, subempleo y precariedad están íntimamente ligados en una misma trama lógica y que no será posible deshacerse de ninguna de esas lacras sin enfrentarse a las demás.

Qué es demagogia

Rifirrafe en el Senado entre el ministro de Industria (anestesista de profesión) y un diputado gaditano que le exigía soluciones para la crisis de Delphi exhibiendo enardecido las fogatas de los despedidos. El ministro le dijo que echar gasolina al fuego es cosa de demagogos y más todavía si el que la echa conoce las dificultades reales que existen para remediar el mal que se lamenta. Y lleva razón en parte, aunque habría que recordarle que tan demagógico es practicar al alarmismo como atenerse a la desdramatización, bajar a Cádiz de vez en cuando –desde Sevilla, desde Madrid– para pedir paciencia con el cuento del envergue de que queda mucha tela por cortar, a sabiendas de que no queda apenas ninguna. Tan demagógica es la tea como el que la exhibe, pero tan demagógico es también irse a los desesperados con paños calientes como animarlos a una violencia que a nada conduce. El ministro, como Chaves, saben que lo de Delphi no tiene solución y tratan sólo de pasar con el menor daño posible el mal trago de las elecciones.