Huelga con foto

La consejera de Salud, María Jesús Montero, no le ve a la huelga anunciada para el próximo jueves 10 de Mayo por la “Plataforma 10 Minutos” –que reivindica garantizar al médico ese tiempo mínimo por paciente– otra posible razón que el deseo de sus promotores de “hacerse la foto”. Es más, dice que no entiende la “paradoja” que supone el hecho de que Andalucía tenga suscritos con instituciones bien prestigiosas pactos que la ponen muy por encima, en esta materia, de las demás comunidades autónomas. O sea, que médicos, enfermeros y demás sanitarios deben de quejarse por gusto o, quién sabe, como ella sospecha, por el afán incontenible –tantas veces demostrado en política: en eso lleva razón– de “hacerse la foto” y a otra cosa. Lo malo es que la mayoría de los usuarios tiene su propia experiencia lo mismo que la tiene el personal sanitario y, tenga o no tenga esos milagrosos pactos la consejería, saben de sobra que la atención al paciente es aquí una auténtica “atención-exprés”. Aparte de que si en tan poco valora a los huelguistas no se explica por qué se preocupa por sus acciones. Una reclamación tan tremenda como elemental merecería un poco de respeto. 

Del AVE, ni flores

Ni palabra sobre el AVE cuya estación prometió ZP en Huelva. Nada de nada: ni rastro en el Boletín Oficial del Estado, que es donde tiene que buscarse ese rastro, no en un mitin. Se comprende que la candidata ande prometiendo hasta tumbas a los moros (no es coña, es cierto) entre otras cosas porque las encuestas se mueven –incluidas las de su partido– y las cartas no son hasta ahora como para tirarse faroles. Cada día se entiende menos esta operación electoral tardía e improvisada que ni siquiera se ve apoyada por el “Gobierno amigo” ni, que se sepa, de la Junta, la soledad de una candidata a la que todos sonríen pero a la que pocos apoyan a fondo, incluso son contar con los nada despreciables sectores del propio partido que no ocultan su visceral antipatía por quien ni de lejos da el perfil apropiado para un partido de izquierda, ni cuenta en el partido con más fuerza que el capricho de unos cuantos. Lo del AVE, sin ir más lejos, se lo podían haber ahorrado y no lo han hecho. No faltan mojarras que vayan largando por ahí las más peregrinas teorías para explicar este abandono de la candidata. 

¡Vivan las caenas!

Durante la larga noche de la dictadura fue frecuente la imagen de manifestantes que trataban de llamar la atención encadenados aguardando a que llegaran los guardias provistos de porras y cortafríos para darles la del tigre una vez a buen recaudo de la mirada pública. También recuerdo el gesto de un maletilla sevillano, el gran Camarena, que decidió pedir una “oportunidad” encandenándose, como Prometeo, a la propia cadena foral que rodea la catedral, pero a ése lo entendió divinamente el difunto Canorea, el creador de la dinastía, y no le dio una sino tres seguidas, que era lo que menos esperaba el encadenado. Un fracaso estrepitoso de crítica y público además de los tres tragantones de aúpa en la Maestranza borraron de los anales taurinos para siempre a aquel gladiador que exigía ingenuamente al viejo zorro el derecho imaginario a probar su destreza, y ya nunca más se supo de él ni de su tauromaquia inédita. Claro que no era lo mismo encadenarse a la verja del ministerio del Ejército que hacerlo en la avenida de Sevilla como no lo era desafiar a la tiranía que provocar a un empresario, y mucho menos, desde luego, el acto vanamente simbólico de una baronesa consorte adornándose con cadenas en plena democracia. Todo vale en campaña, por supuesto, incluso una convocatoria de la ex de Espartaco Santoni –quien, por cierto, parece que la ponía a caer de un burro en su miserable memorial– por inverosímil que resulte ese hierro coquetamente dispuesto sobre el modelo primaveral de la manifestante. “¡Los árboles no se van a talar! Primero me tendrían que cortar a mí un brazo” ha dicho la alta dama antes de subirse al podio institucional: “Ni yo ni Esperanza Aguirre (por ese orden), lo vamos a permitir”. Ahí queda eso. No se escuchaba nada parecido en la Villa y Corte desde que las vecindonas de Malasaña se la organizaron a Napoleón.

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Cuando he oído a alguien referirse al motín del Prado como exponente de lo que puede esperarse de la “sociedad civil” he pensado la mala suerte de algunos conceptos arrastrados por la moda, como éste tan socorrido que desde luego no reconocerían ni por el forro ni Locke ni Hegel ni, mucho menos, el pobre Gramsci, que ése sí que supo de cadenas. Pero ha sido la amenaza –auténtico “chantaje civil”, es decir, político– de llevarse por las bravas el museo de su marido si el alcalde legítimo no se pliega a sus deseos, lo que creo que mejor deja en evidencia la absoluta idiotez, no de la baronesa, que ella tiene derecho a gestionar su ‘marchandising’, sino de esos ciudadanos repentinamente rebeldes que, con el desconocido candidato de ZP a la cabeza, se han congregado a su alrededor como los petimetres hambrientos de la Ilustración se reunían en torno a las croquetas del buffet de las marquesas para hablar de los derechos de la Humanidad y, de paso, matar el gusanillo. En el ‘hall’ del Museo Thyssen se exhiben simétricas dos parejas de retratos descomunales, una de ellas representando a los Reyes de España y la otra con las figuras de esa pareja tardía del planeta rosa que, quién lo iba a decir, acabaría siendo el árbitro de los destinos museísticos de Madrid o, al menos, intentándolo. Bueno, pues eso es lo que pasa por consentir esos paralelos, de aquellos polvos demagógicos viene estos lodos electoralistas. “Los árboles son divinos y únicos”, ha dogmatizado esta pitia que reclama el poder civil acaso recordando las acrobacias selváticas de Lex Barker, el ‘Tarzán’ de su juventud. Y el coro electoral se ha desgañitado aclamándola como a una Carlota Corday por lo menos. Es maravilloso lo que se puede hacer en una democracia. “Ni yo ni Esperanza Aguirre lo vamos a consentir”, qué coños. Hace unos años me encontré al maletilla que antes mencioné, de vuelta ya de ensoñaciones y fantasmagorías, tieso como una regla y resignado con la vida. “¿Volverías a pedir hoy una oportunidad, tío?”, quise saber. Y ni me contestó, el puñetero.

El disputado voto

Ya veremos qué ocurre con la experiencia del voto extranjero en las municipales, desde hace meses disputado a cencerros tapados o a cara de perro, según los casos, por los partidos políticos. El caso denunciado en Almonte, por ejemplo, concretamente el empadronamiento masivo de temporeras del Este el último día del plazo legal, asistidas por una funcionaria del Ayuntamiento desplazada hasta la explotación, canto por sí solo. Andalucía tiene una vieja tradición de manejos electorales –al fin y al cabo, el maestro de maestros, Romero Robledo, era andaluz–, con muertos votantes y trabajadores forzados por los amos, lo que debería servir para curarse en salud y no para inspirar nuevas aventuras. La demagogia habitual puede alcanzar su cenit en estos ambientes foráneos en los que el sentido del voto responde, quizá más que en cualquier otro supuesto, al interés personal e inmediato, y es obvio que las instituciones municipales podrían trajinar mucho en ese terreno fácil. Casos como el de Almonte, por ejemplo, deben aclararse sin demora, aunque seguro que hay muchos otros tan urgentes como él.

Tartesos en venta

Si el maestro Schulten viviera estaría acongojado viendo como se puede vender la isla de Saltés, su Tartesos imaginario y nunca demostrado, incluida en un “paquete” de 30 propiedades entre las que los compradores no la identifican siquiera. La operación es de ‘Sandokán’ –otro mito, pero de rabiosa actualidad–, quien en su día prometió sin cumplir nunca la cesión de terrenos de la isla al dominio pública habida cuenta de su importancia histórica. Y los actuales compradores a ciegas prometen también respetarla con esmero y renuevan vagamente la promesa de cesión. Mientras IU reclama con cierta fanfarria que se excave y conserven los restos romanos de la Plaza de las Monjas, la vieja Saltés, reino viejo y “otra Huelva” a través de los siglos, se vende confundida en un “paquete”, por lo visto en plan de relleno. Habrá que seguirle la pista a la nueva propiedad y contemplar con atención sus actuaciones, que tal vez se queden en nada, como parece ser el destino de esa isla que vieron los viajeros clásicos y hoy se vende sin etiqueta siquiera.

Estar en la luna

Llevamos una temporada en que los millonetis interplanetarios no nos dan tregua. Desde que a principios del milenio un californiano pagó veinte millones de dólares por pasar diez días en la Estación Espacial no cesan las noticias de nuevos viajeros privilegiados que se apuntan a esa aventura cenital. Un joven millonario chino –¡vaya símbolo de época!– será el primero de su raza en volar al espacio como ya hicieran otros potentados yanquis o sudafricanos o hace bien poco ese fundador de Microsoft, Charles Simonyi, que parece que ha picado a Bill Gates hasta embarcarlo en un proyecto similar. Hay una agencia americana que se dedica a organizar excursiones espaciales y una organización rusa, Rosaviakosmos,  que ofrece incluso ‘lunas de miel’ en órbita, siempre a precios prohibitivos. La antigua ilusión de echarse a volar, el sueño de una noche de verano que todos tuvimos alguna vez, parece haberse convertido en una realidad que no sería extraño que acabe siendo trivial, sobre todo en manos de esos privilegiados ávidos de emociones inéditas. La irónica nave de Luciano de Samósata, en pleno siglo II, el hipógrafo en que Ariosto hace volar a ‘Orlando’, las máquinas flotantes de Cirano, el ingenio tirado por gansos del delicioso Francis Godwin, las disquisiciones cortesanas de Fontenelle, “el gigante de ocho leguas” que Voltaire bautizó como ‘Micromegas’, incluso el debatido “Viaje a Laputa” de Swift, se adelantaron en siglos a estos figurones que hoy acaparan titulares millonarios en un mundo hambriento que es, por lo demás, que se sepa, el único verdadero. Sólo que sin poesía, no hará falta decirlo, por la sencilla razón de que debe de resultar difícil, incluso para esos todopoderosos,  poetizar a bordo de un ‘Soyuz’, sobre todo después de agotado el tema en ese poema descomunal que es el “2001” de Kubrick.
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No se suele hablar tanto del pleito subyacente a estos impulsos bajo o tras los cuales subyace, evidentemente, la ambición. Hoy se cuestiona no poco el tratado de 1967 que establecía la condición inapropiable de la Luna “y los demás cuerpos celestes”, entre otras cosas porque no todos los miembros de la ONU lo firmaron (menos aún, lo ratificaron), pero además porque desde entonces acá ha crecido por doquier la mala yerba reglamentaria en torno a satélites y tripulantes, sondas errantes y estaciones fijas, hasta constituir una madeja difícil de devanar incluso para los juristas más expertos. Y menos se sabe aún que si aquel tratado está, en definitiva, vigente, por ahí anda otro suscrito en 1979 que aborda ya por derecho la posible explotación de esos imaginarios recursos prodigiosos que son el oro de los asteroides, el agua lunar, el helio-3 de ciertos yacimientos selenitas, el magnesio, el uranio o el cobalto que, por lo visto, aguardan resignados, en medio del concierto espacial, la llegada de los pioneros. Un majareta que ya ya, Dennis Hope, dice presidir el ‘Gobierno Galáctico’ –algo que recuerda a contrapelo la vieja “democracia cósmica” sobre la que se las trajeron tiesas el mentado Fontenelle y el protestante Huygens– y se dedica, ¡con éxito!, a vender parcelas en la Luna a través de una sociedad que creo recordar que cotiza en bolsa. Por su parte, la llamada “Lunar Republic” afirma, a su vez, ser la propietaria legítima del satélite terrestre al que un porcentaje increíble de americanos sigue creyendo que nunca llegó el hombre si no que todo lo de Cabo Cañaveral fue, a pesar del testimonio de Hermida y de Raúl del Pozo, un puro montaje vacilón de los cachondos de la NASA. La ambición echa a andar casi siempre simulando un paso vacilante que, en su momento y de repente, acaba convirtiéndose en una carrera sin freno, por más que la acuidad futurista de los genios intuyera con siglos de antelación la aventura del futuro. Estos millonetis no van de vacaciones. Son, en realidad, la avanzadilla del negocio estelar.