Ahora Bollullos

A Diego Valderas lo conocen bien en su pueblo, Bollullos Par del Condado. Y como donde hay confianza da asco, pues andan a la gresca las dos facciones de IU, la oficial que dirige desde la capital Pedro Jiménez, y la local que encabeza el candidato y portavoz Díaz Ojeda. De momento, el acuerdo para el nuevo Ayuntamiento anda en vía muerta, una vez desautorizada por la asamblea oficialista el pacto de la agrupación local con el PP, y rechazada por los otros un posible pacto con el PSOE al que la propia coalición estado machacando en el pueblo, durante toda la legislatura, con tan duras acusaciones. ¿Se puede rehacer una “pinza a la griega” como la que, como recordará Valderas, IU le hizo a Chaves? ¿Es lógico pactar para conseguir el bastón de alcalde, con aquellos a quienes se ha estado denunciando ante los ciudadanos como políticos corrompidos? Lo que no deja de ser desolador es la cantidad de pueblos en que esta última pregunta se repite estos días. Nunca tal vez el sentido de la dignidad ha pesado tan poco en la vida pública.

Bad news, good news

No es verdad que la ausencia de noticias –“no news, good news”– sea en sí misma una noticia buena. Esta semana hemos vivido en España una alterada crónica de noticiones relacionadas todas con encarcelamientos o similares (es decir, “bad news”) que han hecho las delicias de mucha gente. Ver a Otegui en la cárcel no sólo le ha alegrado al personal la pajarilla sino que ha constituido una especie de triunfo estatal cuyo trofeo se disputan a dentelladas dialécticas los de un lado y los de enfrente, y nada digo del entusiasmo con que vastas muchedumbres han acogido la vuelta a la trena del asesino en serie que tenía al Gobierno cogido por mala parte, o sea De Juana. Las noticias son malas para unos y buenas para otros, claro está, en especial cuando se producen en la cargada atmósfera maniquea que divide drásticamente en dos al país mental. No tienen más que escuchar a una dirigente histórica de la izquierda andaluza proclamando en la tele oficial su convencimiento de que el PP aguarda con impaciencia y acogería con entusiasmado la sangre derramada por ETA con tal de ganar votos. ¿Puede haber peor noticia que la sangre derramada? Pues ya ven que hasta para una veterana del progresismo convencional la idea de que un partido (el malo, por supuesto, otra cosa ni se plantea) planee beneficiarse de semejante tragedia resulta normal y corriente: más o menos, lo del muerto al hoyo y el vivo al bollo. Más prisiones: la de Al Kassar, el “príncipe de Marbella”, el traficante de armas que ya escapó más de una vez de los jueces para decepción de no pocos justicieros, pero esta vez reclamado por los Estados Unidos donde suelen pintar bastos. Y la del hijastro del narco Oubiña coincidente, que ya es casualidad, con la del nieto de su colega Charlín. Hasta a Fujimori –ahora ya para un público más restringido– lo han metido en casa con guardias de vista para que no escape mientras un pelotón de agentes de la CIA se las ve y se las desea para eludir las “mani pulite” de los jueces de Milán. Eso sí, de la pecera del 11-M han soltado sin cargos a un pringadillo finalmente exculpado de toda mácula, pero incluso esta noticia, mala para algunos, ha sido acogida con albricias por otros. “Bad news, good news”, está visto. Los viajeros románticos anotaban a su paso por España el entusiasmo popular que provocaban, junto a los toros y las procesiones, los anuncios de justicias sumarias. Poco han cambiado las cosas de Dumas hasta la fecha.
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A la gente le da moral ver que entran en el trullo quienes no creía vulnerables. El marbellazo, sin ir más lejos, ha funcionado en el inconsciente colectivo como un tónico sólo superado, por el momento, por el de las galeras terroristas en un país cuya desmoralización rayaba ya en el convencimiento de la impunidad de los peores. Cada mala noticia ha supuesto, en este sentido, un golpe sobre esa cadena moral que esta semana de excepción ha terminado por hacer trizas en términos ciertamente inquietantes, porque nunca puede ser tranquilizadora la alegría ante el mal ajeno. Pero lo es, y la reflexión más pertinente debe versar, más que sobre la razón que tiene ese gentío para regocijarse con el castigo de otros, que esa cuestión es casi obvia, sobre la compleja circunstancia que ha dado lugar a esta situación. El desafío de De Juana o la impunidad de Otegui eran escándalos insostenibles, aunque tal vez lo curioso no sea tanto le vuelco de la situación como el operado en una Justicia –en una Fiscalía, sobre todo– que actúa ahora justamente al revés de cómo venía haciéndolo en evidente sintonía con el Gobierno. Estamos justo donde nos han traído, ni más ni menos: es a esos arrieros a quienes ha de pedírseles responsabilidad porque hoy en España las malas noticias regocijen, como si fueran buenas, a una inmensa mayoría. No existe la Justicia maniquea. Lo raro es que quienes deciden no se hayan enterado a estas alturas.

Trampa y ley

En Andalucía, al menos, el problema de las urbanizaciones ilegales ha dejado de ser un coco municipal. ¿Qué hay en algún lugar unos miles de viviendas ilegales o locales construidos sin licencia? Pues se legalizan y a otra cosa. ¿Qué resulta caro, tal vez prohibitivo, para muchos de los afectados? Pues la Junta los compensa por su compensación al Ayuntamiento y santas pascuas. No hay problema: ni en Marbella, ni en Chiclana, ni en Córdoba: no hay más que legalizar lo ilegal, por más que con eso se esté consagrando la trampa urbanística que habrá forrado a unos cuantos a costa de todos. Hay quien pregunta qué se podría hacer si no ante casos como los citados. Lo lógico y riguroso sería preguntar si los infractores y sus cómplices no habrían contado ya con esta solución futura, quién sabe si incluso acordándole bajo cuerda. Porque en adelante será poco equitativo sancionar a quienes repitan operaciones como las ahora subsanadas. Y porque el Poder debe mantenerse en lo posible absolutamente a salvo de este tipo de corrosivas pero lógicas sospechas.

Más violencia escolar

De nada sirve mirar para otro lado, funcionar oficialmente con el cuento de los “hechos puntuales” y demás. La violencia escolar, en mayor o menor grado, es un fenómeno que tiene ya mucho de generalizado, incluyendo todas sus variantes, hasta el punto de que acaba de dictarse la primera sentencia que castiga a los agresores juveniles. Pero el problema de la inseguridad del profesorado está ahí también, como lo demuestra el destrozo del coche de una profesora del Instituto de Enseñanza Secundaria “El Galeón” que ya había sufrido frecuentes amenazas, ocurrido en Isla Cristina. Los directores de centros educativos del pueblo se manifestarán ahora en protesta contra el nuevo ataque y evalúan la posibilidad de organizar una huelga general para el próximo miércoles, convencidos de que, en efecto, no se trata “de hechos aislados” sino de un eslabón más en esta absurda cadena de indisciplina que la Junta consiente o disimula desde hace años.

La mano y el ojo

En la radio de madrugada oigo perorar a un experto informático que asegura que la difusión del libro en la Red no afectará, durante mucho tiempo todavía, al consumo del libro impreso. El experto justifica su vaticinio en que el lector no sólo valora la vista sino también el tacto, un sentido capital cuya vigencia puede que tenga mucho que ver, probablemente, con el instinto de propiedad, pero que también concierne más íntimamente al repertorio psíquico que asiste a quien maneja el libro. Hay un texto viejo de Azorín, que acaso cité ya alguna vez aquí, en que el maestro cuenta cómo vagaba por la Cuesta de Moyano hasta dar con algún ejemplar apetecible que, luego de adquirido, se llevaba hasta casa –vivía cerca de allí, por cierto– palpándolo en el bolsillo del gabán, reconociendo los accidentes de su superficie y hasta averiguando curioso el olor de sus páginas, alguna vez intonsas, antes de asignarle definitivamente su sitio cabal en la biblioteca. La relación del hombre con el libro es inmemorial y está hecha, desde luego, de estas sutilidades afectivas al margen de que en las distintas épocas, esa relación haya estado inspirada en un concepto distinto. En las concepciones aristocráticas el libro fue usado como instrumento de poder en la medida en que su posesión proporcionaba a los tiranos de Pérgamo o a Felipe II esa curiosa ilusión de que el “saber es poder” –que hoy día versa más bien (y con mayor verosimilitud) sobre la información– mientras que en las burguesas pasó a ser eso que los funcionalistas llamaban un “indicador de posición”, es decir, una señal incontestable de cualificación social, para acabar siendo reducida por las clases medias a un mero utensilio ornamental que ilustra el recurso decorativo. Nada de eso sobrevivirá a la revolución cibernética que almacenará en Internet, disponibles para todos, la mayor biblioteca jamás imaginada, pero dicen los expertos, como se ve, que ni esa sublimación de la materia libresca logrará dar al traste con el poder del tacto. Por muchos años aún, al parecer, el invento renacentista del libro –aquella pionera democratización del saber– resistirá a la llamada del libro virtual que descontextualiza ese saber desencarnándolo, como quien dice, en su existencia fantasmal y privando al sujeto de constatar con la mano el hallazgo del ojo. Hay veces en que la sensación de cambio va mucho más allá de su alcance verdadero y ésta es, con toda seguridad, una de ellas.
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Habrá que contar, en todo caso, con la capacidad de determinación que la materia tiene sobre la vida en general. Las vírgenes góticas cimbrean graciosamente sus cuerpos gloriosos hacia un lado, no por gracia inspirada del escultor sino por imposición del cuerno marfileño sobre el que comenzaron labrándose. Los programas decorativos se plegaron hasta encajar en el breve espacio que ofrecía a la escena el capitel o a la figura la gárgola o el canecillo. Como, seguramente, las bibliotecas de toda la vida acabarán adaptándose al territorio vital cada vez más limitado, que ha hecho de muchos de nosotros auténticos nómadas, hasta encajar al fin en el anaquel invisible que está en todas partes aunque no esté en ninguna. No ha sido Internet quien ha quitado clientela a los libreros a los que se dispone a ayudar con sus prótesis la nueva ley del Libro, sino ese dragón llamado “grandes superficies” frente al que tan pocas posibilidades van a tener lo mismo san Jorge que la Doncella. Como no será la Red la que acabe con las librerías domésticas sino el precio del metro cuadrado en este implacable mercado inmobiliario. Pero incluso cuando esto ocurra, sospecho que el tacto resistirá invencible al despotado de la vista y el libro impreso conservará su función y su prestigio. Me ha gustado ese elogio del tacto, tan poco azoriniano ya, pero tan esparenzador. Una violetas olvidadas dentro de un volumen constituyen un privilegio que, por una vez, prima al pasado y no al futuro.

Paletos universales

Hay por ahí almas en pena lamentando que la maravilla granadina de la Alambra y sus jardines del Generalife no consigan votos telefónicos suficientes para verse incluidos en la mascarada postmoderna organizada por un millonario y un político gagá de elegir las actuales “siete maravillas” del planeta, idea idiota que, de momento, arroja como resultado la mezcla de la Estatua de la Libertad con la Acrópolis y de la Gran Muralla con la Torre Eiffel. Paletería universal, se llama eso, y ofende ver a nuestras instituciones –a las consejerías de Cultura y Turismo, al Ayuntamiento y al Patronato del ramo–dilapidando el dinero público en el invento como si fueran el padre de un “triunfito”. ¡Pero si el problema en Granada es regular debidamente el acceso razonable a ese monumento prodigioso y no reclamar la atención de más turistas! Sólo en plan cateto total se puede entrar a ese trapo con el que, encima, le van a dar a esas instituciones una larga cambiada de no te menees.