Despiste total

Se echa de menos a Andrés Bruno –supongo que algunos dirán que para bien y para mal, pero yo digo sólo que se echa de menos– porque con él delante no creo que la candidata se columpiara como se columpió antier en El Torrejón prometiendo la Biblia en pasta para aquellas viejas viviendas, como si esa rehabilitación ahora emprendida por la Junta de Andalucía fuera un regalo gracioso de Chaves y no una simple obligación que tiene esa Junta, como propietaria, de remediar su mal estado antes de escriturarlas a los vecinos, como esta acordado. Por lo demás, ¡mira que echar en cara a este gobierno municipal no favorecer a Valdocco, cuando el alcalde actual es miembro de esa obra desde antes de ganarse la vara! Despiste total. La candidata se ha pasado una legislatura en silencio pero, por lo visto, pensaba en las musarañas. Con Andrés Bruno es probable que no tuviera que mostrar estas lagunas que certifican su absoluta ignorancia de la realidad onubense. 

La lengua inútil

Si ha habido unanimidad en algo tras las elecciones francesas y el triunfo de Sarkozy sobre Ségolène ha sido en atribuir el éxito de aquel a la clara rotundidad de sus palabras frente a la obligada refracción del lenguaje utópico utilizado por su rival. La sugestión de un lenguaje concreto, desacomplejado, directo ha acabado imponiéndose al atractivo de una estudiada salmodia de conceptos obligadamente vidriosos y escurridizos, adecuada a la estrategia anfibológica del amagar y no dar que es propia de los grandes promisores. La política es cada día más un oficio de palabras, una disciplina prosódica y una servidumbre léxica, que ha de medir el impacto sobre el magín medio procurando no pasarse ni quedarse corta, para lo cual, según los expertos, al menos en España basta y sobre con las famosas 600 palabras habituales en la vida pública. De ahí el valor añadido del silencio, ese viejo ideal estoico, cuya paciente práctica durante sus largos años de diputado mudo le han valido a ZP, sin ir más lejos, la más alta magistratura. En la primera “salida” sociata, a González lo salvó su parla y a Guerra lo perdió su lengua, y eso es algo que se saben al dedillo los diseñadores del nuevo estilo que parecen inspirados en la célebre capítulo del orwelliano “1984”, aquel que describía el “newspaeak” o neolengua imprescindible al pensamiento unificado base de la dictadura. Lo malo es que cuando una democracia alcanza un punto en que los discursos son intercambiables entre las opciones que se disputan el poder algo falla en el sistema de conceptos. Y en Francia, por lo menos, parece que algunos se han orientado oportunamente al optar por restituir su fuero al lenguaje y su feudo a la razón. Veremos si cunde el ejemplo o perseveramos en la senda de los vanoparlantes.
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Días atrás traían los periódicos la noticia del hallazgo de una tribu primitiva capaz de vivir instalada en el “carpe diem” sin pronombres con que ordenar los sujetos, sin tiempos verbales con que encajar la experiencia, sin números con que manejar el ábaco mental con que cuantificamos la linfa de la vida, sin noción de parentesco ni capacidad para subordinar oraciones a la principal, algo que se venía creyendo imposible no sólo desde la visión de Chomski, como se ha insistido, sino desde la ilusión estructuralista hoy medio olvidada. Hombres que, sin embargo, viven felices, al parecer, perdidos en el corazón del bosque, concordes en la lucha por la vida, ajenos a toda trascendencia, convencidos de que son ellos y no los sabedores que tratan de iniciarlos en los arcanos del conocimiento quienes tienen la cabeza en su sitio, las auténticas “cabezas rectas”, que es lo mismo que dirían –de poder– esos bonobos o lo que fueran en cuya expresión gestual han descubierto recientemente los etólogos el germen eficacísimo de un lenguaje pionero hecho de signos breves y sonidos improvisados. La recuperación de la democracia habrá de pasar, sin duda, por esta reconquista de la lengua que es la grímpola que distingue la nave-almirante de la civilización de la escuadra filibustera y los galeones bucaneros, como parece que han comprendido los franceses puestos en el brete de elegir entre la oración incómoda pero terminante y el vago sermón desacreditado por tantas decepciones. Quizá empecemos a salir del miedo a las palabras para reivindicar el fuero del sentido, no desesperemos de que tal vez estemos en el alba de una era reconstituyente en la que el pan vuelva a ser el pan para que el vino pueda volver a ser el vino. Sarko ha ganado hablando claro y duro a quienes le oponían la ambigüedad ilusionista, es decir, restaurando el primado crítico de la razón sobre la equívoca estrategia de una prosodia encriptada en el gesticulario simiesco. La “neolengua” es una estafa. Todo indica que, en Francia, acaban de descubrirlo.

Huelga con foto

La consejera de Salud, María Jesús Montero, no le ve a la huelga anunciada para el próximo jueves 10 de Mayo por la “Plataforma 10 Minutos” –que reivindica garantizar al médico ese tiempo mínimo por paciente– otra posible razón que el deseo de sus promotores de “hacerse la foto”. Es más, dice que no entiende la “paradoja” que supone el hecho de que Andalucía tenga suscritos con instituciones bien prestigiosas pactos que la ponen muy por encima, en esta materia, de las demás comunidades autónomas. O sea, que médicos, enfermeros y demás sanitarios deben de quejarse por gusto o, quién sabe, como ella sospecha, por el afán incontenible –tantas veces demostrado en política: en eso lleva razón– de “hacerse la foto” y a otra cosa. Lo malo es que la mayoría de los usuarios tiene su propia experiencia lo mismo que la tiene el personal sanitario y, tenga o no tenga esos milagrosos pactos la consejería, saben de sobra que la atención al paciente es aquí una auténtica “atención-exprés”. Aparte de que si en tan poco valora a los huelguistas no se explica por qué se preocupa por sus acciones. Una reclamación tan tremenda como elemental merecería un poco de respeto. 

Del AVE, ni flores

Ni palabra sobre el AVE cuya estación prometió ZP en Huelva. Nada de nada: ni rastro en el Boletín Oficial del Estado, que es donde tiene que buscarse ese rastro, no en un mitin. Se comprende que la candidata ande prometiendo hasta tumbas a los moros (no es coña, es cierto) entre otras cosas porque las encuestas se mueven –incluidas las de su partido– y las cartas no son hasta ahora como para tirarse faroles. Cada día se entiende menos esta operación electoral tardía e improvisada que ni siquiera se ve apoyada por el “Gobierno amigo” ni, que se sepa, de la Junta, la soledad de una candidata a la que todos sonríen pero a la que pocos apoyan a fondo, incluso son contar con los nada despreciables sectores del propio partido que no ocultan su visceral antipatía por quien ni de lejos da el perfil apropiado para un partido de izquierda, ni cuenta en el partido con más fuerza que el capricho de unos cuantos. Lo del AVE, sin ir más lejos, se lo podían haber ahorrado y no lo han hecho. No faltan mojarras que vayan largando por ahí las más peregrinas teorías para explicar este abandono de la candidata. 

¡Vivan las caenas!

Durante la larga noche de la dictadura fue frecuente la imagen de manifestantes que trataban de llamar la atención encadenados aguardando a que llegaran los guardias provistos de porras y cortafríos para darles la del tigre una vez a buen recaudo de la mirada pública. También recuerdo el gesto de un maletilla sevillano, el gran Camarena, que decidió pedir una “oportunidad” encandenándose, como Prometeo, a la propia cadena foral que rodea la catedral, pero a ése lo entendió divinamente el difunto Canorea, el creador de la dinastía, y no le dio una sino tres seguidas, que era lo que menos esperaba el encadenado. Un fracaso estrepitoso de crítica y público además de los tres tragantones de aúpa en la Maestranza borraron de los anales taurinos para siempre a aquel gladiador que exigía ingenuamente al viejo zorro el derecho imaginario a probar su destreza, y ya nunca más se supo de él ni de su tauromaquia inédita. Claro que no era lo mismo encadenarse a la verja del ministerio del Ejército que hacerlo en la avenida de Sevilla como no lo era desafiar a la tiranía que provocar a un empresario, y mucho menos, desde luego, el acto vanamente simbólico de una baronesa consorte adornándose con cadenas en plena democracia. Todo vale en campaña, por supuesto, incluso una convocatoria de la ex de Espartaco Santoni –quien, por cierto, parece que la ponía a caer de un burro en su miserable memorial– por inverosímil que resulte ese hierro coquetamente dispuesto sobre el modelo primaveral de la manifestante. “¡Los árboles no se van a talar! Primero me tendrían que cortar a mí un brazo” ha dicho la alta dama antes de subirse al podio institucional: “Ni yo ni Esperanza Aguirre (por ese orden), lo vamos a permitir”. Ahí queda eso. No se escuchaba nada parecido en la Villa y Corte desde que las vecindonas de Malasaña se la organizaron a Napoleón.

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Cuando he oído a alguien referirse al motín del Prado como exponente de lo que puede esperarse de la “sociedad civil” he pensado la mala suerte de algunos conceptos arrastrados por la moda, como éste tan socorrido que desde luego no reconocerían ni por el forro ni Locke ni Hegel ni, mucho menos, el pobre Gramsci, que ése sí que supo de cadenas. Pero ha sido la amenaza –auténtico “chantaje civil”, es decir, político– de llevarse por las bravas el museo de su marido si el alcalde legítimo no se pliega a sus deseos, lo que creo que mejor deja en evidencia la absoluta idiotez, no de la baronesa, que ella tiene derecho a gestionar su ‘marchandising’, sino de esos ciudadanos repentinamente rebeldes que, con el desconocido candidato de ZP a la cabeza, se han congregado a su alrededor como los petimetres hambrientos de la Ilustración se reunían en torno a las croquetas del buffet de las marquesas para hablar de los derechos de la Humanidad y, de paso, matar el gusanillo. En el ‘hall’ del Museo Thyssen se exhiben simétricas dos parejas de retratos descomunales, una de ellas representando a los Reyes de España y la otra con las figuras de esa pareja tardía del planeta rosa que, quién lo iba a decir, acabaría siendo el árbitro de los destinos museísticos de Madrid o, al menos, intentándolo. Bueno, pues eso es lo que pasa por consentir esos paralelos, de aquellos polvos demagógicos viene estos lodos electoralistas. “Los árboles son divinos y únicos”, ha dogmatizado esta pitia que reclama el poder civil acaso recordando las acrobacias selváticas de Lex Barker, el ‘Tarzán’ de su juventud. Y el coro electoral se ha desgañitado aclamándola como a una Carlota Corday por lo menos. Es maravilloso lo que se puede hacer en una democracia. “Ni yo ni Esperanza Aguirre lo vamos a consentir”, qué coños. Hace unos años me encontré al maletilla que antes mencioné, de vuelta ya de ensoñaciones y fantasmagorías, tieso como una regla y resignado con la vida. “¿Volverías a pedir hoy una oportunidad, tío?”, quise saber. Y ni me contestó, el puñetero.

El disputado voto

Ya veremos qué ocurre con la experiencia del voto extranjero en las municipales, desde hace meses disputado a cencerros tapados o a cara de perro, según los casos, por los partidos políticos. El caso denunciado en Almonte, por ejemplo, concretamente el empadronamiento masivo de temporeras del Este el último día del plazo legal, asistidas por una funcionaria del Ayuntamiento desplazada hasta la explotación, canto por sí solo. Andalucía tiene una vieja tradición de manejos electorales –al fin y al cabo, el maestro de maestros, Romero Robledo, era andaluz–, con muertos votantes y trabajadores forzados por los amos, lo que debería servir para curarse en salud y no para inspirar nuevas aventuras. La demagogia habitual puede alcanzar su cenit en estos ambientes foráneos en los que el sentido del voto responde, quizá más que en cualquier otro supuesto, al interés personal e inmediato, y es obvio que las instituciones municipales podrían trajinar mucho en ese terreno fácil. Casos como el de Almonte, por ejemplo, deben aclararse sin demora, aunque seguro que hay muchos otros tan urgentes como él.