Brazo a torcer

Discreta providencia la del PSOE de Lepe al retirar –en el acto de conciliación previo a la fulminante querella interpuesta por el PP– las acusaciones de presuntas irregularidades que habrían sido cometidas por los querellantes pero que, por lo visto, mejor pensadas las cosas, ahora resulta que no lo fueron en modo alguno. Está bien lo que bien acaba, y buen fin es el de dar el brazo a torcer cuando no se lleva razón hasta el punto que acaba de demostrar el denunciante partidista. Quedan por ahí varias querellas, por lo demás, algunas de ellas de primer nivel (incluida la que el alcalde de la capital tiene interpuesta contra el jefe provincial del PSOE) y sería más que deseable que se tome nota de este giro prudente que ha dado el PSOE de Lepe, no sólo en evitación de males mayores, sino en beneficio de una política cuyo desprestigio pocas cosas abonan tanto como las propias denuncias de sus actores. 

Cantares de gesta

El presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), un antiguo judoka, está convencido de que el deporte español necesita un himno como el comer. Un himno nacional, se entiende, precisamente ahora que, por vez primera en medio milenio, se pide la autonomía simbólica de las Españas mitificadas respecto a la España singular y eterna de que habla el patriotismo convencional. El COI se ha dirigido para la ocasión a la Sociedad General de Autores (SGAE) y no ha hecho más que lo apropiado si pensamos que, antier como quien dice, en 1997, la nación hubo de comprarle los derechos del “Himno Nacional” a los herederos de uno de sus varios adaptadores, prueba evidente de que, al menos en la España actual, un himno no deja de ser un bien registrable como otro cualquiera. El mismo que ahora tenemos no tiene letra aunque dispone de varias, como las del poeta Marquina o don José María Pemán, y hasta su música ha sido cuestionada no sólo por la República –que eso resultaba lógico tratándose de una “Marcha Real” tal vez escrita por un rey– sino por el mismísimo general Prim cuyo concurso para sustituirla resultó finalmente desierto, pero eso es lo que quizá carga los ánimos de tensión cuando los futbolistas lo escuchan emocionados antes de los partidos. Las letras envejecen más que la música, obviamente, desde “Els Segadors” hasta el himno andaluz en el que nada menos que se llama al personal al levantamiento y a tomarse por su mano una justicia agraria que no ha sido capaz de aplicar, con ley y todo, la propia autonomía, sin olvidar la pátina anacrónica de esos monumentos emotivos que son la Marsellesa o la Internacional, igualmente sometidas a frecuentes mudanzas del texto. Los audaces de la Transición lo tenían tan claro que osaron reconvertir en himno asturiano el “Asturias, patria querida”, ese cántico festivo y nostálgico que los domingos han cantado todos los briagos de nuestra historia, y poco les faltó para que hicieran lo propio con la “Valencia” del maestro Padilla o el “Para ti la vega mía/ la riqueza que atesora” del maestro Thous. Pero hay que hilar fino porque los himnos, como las escopetas, los carga el diablo y nunca se sabe si el tiro saldrá por delante o por la culata.
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Lo que ya no entiendo bien es por qué el COI propone que la futura letra sea apolítica, es decir, supongo, que hable de la mar olímpica y de los hercúleos peces, pero sin mentar la bicha en que ha encarnado el sentimiento patrio. Y no lo entiendo porque eso es olvidar que el fútbol (la competición en general) no es más que un sustitutivo de la guerra, una ordalía capaz de canalizar regladamente la violencia, un disfraz para el maniqueísmo latente o expreso que tiende a economizar los daños pero no a eliminar la razón del conflicto. Los historiadores sugieren que, en la Edad Media y aún después, los ejércitos de campesinos aguardaban la batalla entonando cánticos propiciatorios, súplicas enardecedoras trufadas de motivos patrioteros, que rugían como un encrespado mar de fondo (hay un retrato delicioso en Italo Calvino) bajo los yelmos o a cara descubierta, y eso vale para las huestes que asediaban a Miramamolín en las Navas o para las que acechaban a san Luis en Taillebourg. Si ustedes se fijan no encontrarán en los prolegómenos de las efemérides futbolísticas nada tan parecido a Raúl como un teniente de la Legión (de los de antes), el palmito firme, la cabeza desnucada sobre la espalda, la vista en lo alto, tal que un polo conector de las energías celestes y el vigor de los hijos de la tierra. Claro que siempre queda la alternativa prosaica o populachera y siempre habrá, por supuesto, un ‘Arrebato’ para un descosido. Me temo lo peor, francamente por la sencilla razón de que los himnos no se inventan sino que se heredan. Sarkozy ha cantado la Marsellesa hasta desgañitarse durante la campaña reciente, pero quizá no tanto como la Royal.

César o nada

Tras la ‘espantá’ del candidato madrileño del PSOE, se suceden las dimisiones, o mejor, las renuncias de concejales electos que han visto frustradas sus esperanzas o, lo que viene a ser lo mismo, sus ambiciones. “César o nada”, alcalde o las de Villadiego: hay pocos personajes de relieve en las listas municipales dispuestos a soportar el sopor de una legislatura entera a pan y agua, y sin otro recurso que la protesta inútil, fenómeno que descubre sin ambages la condición profesional que ha adquirido la política de hoy, es decir, de qué manera escandalosa ha desaparecido la idea de servicio público que se le supone a la dedicación pública. Gentes que no han sido nada fuera de los partidos, personas que nada han hecho en la vida aparte de medrar en los pasillos, no se conforman con ser oposición –y menos, gratuita– sino que ponen como condición para asumir las responsabilidades que nadie les impuso que les den vara alta. Esta democracia anda sobrada de oportunistas y escasa de servidores. Y nada ha contribuido a esta ruina más que los trapicheos de los partidos.

Mucho madrugar…

El jefe provincial del PSOE, Javier Barrero, anunció nada más cerrarse el escrutinio que Manuela Parralo –aunque otra cosa parece sugerir su ausencia– está dispuesta a ser la candidata en las municipales del 2001. Y ahí tienen ya al Superalcalde, como era lógico, recogiendo el guante, para anunciar que él también estará presente en esa cita para la que espera presentarse ya con el AVE y los puentes prometidos por ZP y Chaves. Mucho madrugar me parece a mí, más prisa que lógica, entre otras cosas porque cualquiera sabe lo que puede ocurrir de aquí a entonces, y sobre todo, porque cualquiera está en su derecho y buena lógica en desconfiar de que Parralo soporte una legislatura de convidada de piedra y llevándose, como el mono de goma, todos los palos sobrantes. En Huelva lo que toca ahora es gobernar, cumplir lo prometido por cada cual, no venir con más cuentos ni dilaciones, apostar por una vez al interés general. Y es posible que, en esa perspectiva, el PSOE lo tenga aún más difícil dentro de cuatro años que hace dos semanas. Seguro que Parralo me entiende mejor que nadie, descontado el propio Barrero.

Medidas y símbolos

He seguido durante un tiempo, para acabar perdiéndola, la pista de un predicador americano, Brent Maynard, empeñado, el pobre, en implantar en el imperio –como ya lo hubiera en el romano o en el español filipino– un sistema único de medidas que sustituya de una vez el raro anacronismo que hizo al primer astronauta que pisó la Luna dar cuenta del satélite, a su vuelta, hablando de pies por segundos, millas y galones. Los yanquis son muy suyos y tratan de perpetuar, más que los ingleses si cabe, sus medidas históricas, a pesar de que el Sistema Métrico Decimal fue admitido en USA legalmente hace más de un siglo y cuarto, en la estela de un movimiento mundial que había desatado la Revolución Francesa con su proyecto de un sistema válido “para todos los tiempos, pueblos y países”, empezando por un metro –la viaja medida griega– que el sabio Condorcet, imbuido del más vehemente espíritu ilustrado, veía también ya en manos de “todos los pueblos y de todos los hombres”. A mí la aventura del reverendo Maynard me cae simpática en la medida en que representa la vigencia de la ilusión racionalizadora, es decir, la prueba de que la Ilustración sobrevive mal que bien en medio de esta crisis de la Razón que ya veremos dónde acaba haciendo rebotar nuestros huesos. Pero comprendo a los tradicionalistas que se aferran como “amish” a los viejos conceptos y no se ven en la vida diaria privados de millas, pies o galones, tal vez porque, como uno de ellos ha explicado, los pesos y medidas, que constituyen “unidades estándar” en el país, proceden de la experiencia humana misma y poseen su propia historia, lo cual no es más que la verdad. No hay que adentrarse mucho en la España profunda para empezar a oír hablar de leguas y barriles, libras y quintales, cuartillos y fanegas, brazas o celemines, que con como el sedimento que ha dejado en nuestra memoria colectiva –y por eso mismo, en el lenguaje– una larguísima experiencia vital. Brent Maynard ha colocado carteles en las carreteras marcando las distancias en kilómetros pero se ha encontrado con que buena parte de la parroquia decía no entender siquiera a qué se refería el reverendo con esos palabros desconocidos, a pesar de que en los EEUU hace años que los refrescos se venden por litros y los alimentos por gramos. No siempre lo funcional es bello y no siempre lo bello ha de ceder ante lo funcional.
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Por experiencia personal sé, además, que una simple fanega (como medida de superficie o de áridos, me da igual) no vale lo mismo aquí que diez leguas más arriba, por más que un cuartillo de aguardiente contenga lo mismo en Valverde del Camino que en Rute. Las unidades de medida –hoy consagradas en un Sistema Internacional suscrito en el año 60 por la mayoría de los países que cuentan en el mundo– surgieron, como casi todo en la vida, de la comparación con el cuerpo humano, tal el ‘pie’ romanísimo que todavía anda por ahí rebotado, como aquel ‘jornal’ (diario, literalmente) que equivalía a la tierra que un ganapán era capaz de labrar en un día sin alejarse imprudentemente de la casa. Hay cierta poesía, un indudable poso mítico, en una visión del mundo que mide el carbón por ‘cestos’ o la sal por ‘moyos’ pero no es dudoso que mantener en curso legal conceptos como vara o libra, onza o barril, complicaría las cosas hasta un punto insostenible en un planeta globalizado que, como una nueva Roma o una Ilustración forzosa, tiende a homogeneizarnos en un reino feliz de los tiempos finales. Mao vistió igual a miles de chinos y hasta contagió al marqués de Villaverde pero quienes están ganando la batalla a la historia son los activos zánganos de aquel hormiguero. El futuro, más que probablemente, acabará dando la razón a Maynard cuando, como suele ser frecuente en la Historia, ya el pobre no alcance a ver respetados sus carteles de carretera.

La lonja política

Otra vez el cinismo presidiendo la lógica de los pactos. Desde el PSOE, un personaje de lo menos claro, como su secretario de Organización, toca a rebato para acorralar al PP y quitarle cuantos más ayuntamientos mejor, pero de paso denuncia y alerta ante “la marrullería política de Arenas” que, asómbrense, tratará a su vez, según aquel, de arrebatarle los suyos al PSOE. Los pactos propios son magníficos –“de progreso”, suelen llamarlos–, los ajenos simplemente marrulleros. Y por supuesto, los electores al margen, sin voz ni voto, uunto en boca ocurra lo que ocurra, por lo menos hasta dentro de cuatro años en que serán llamados de nuevo para que vuelvan a dar carta blanca a estos trujimanes. Esta democracia no se tendrán firme mientras no elimine, en efecto, tanta marrullería y tanta poca vergüenza. Unos partidos que se pasan la legislatura increpando al rival pero se asocian a él en la siguiente, dan la medida de la actual olla podrida.