Botellona en campaña

Cualquiera sabe la verdad del cuento de la supuesta convocatoria para la botellona a celebrar en Granada el día de reflexión, pero sobran lo que ya han dicho los políticos, con su habitual brusquedad, para comprender que algo debe de estarse moviendo bajo la mesa. Esa convocatoria, en cualquier caso, constituiría, aparte de una temeridad, un atentado contra las reglas democráticas y es la propia izquierda –ya que de la derecha, gobernante y con mejores pronósticos, no cabe esperar semejante absurdo– la que debería hacer lo posible y lo imposible para impedir que sobre el proceso electoral caigan sombras que luego, cualquiera que fuera el resultado, difícilmente podrían levantarse. La maniobra, en todo caso, es miserable y peligrosa, pero ningún partido podrá alegar que no ha conocido el riesgo con tiempo sobrado para impedirlo. Y en cuanto a los jóvenes, de ellos debería salir la reflexión de que quien los convoca los está manejando como borregos de la manera más innoble. 

Que no cuela

No cuela: ni los alcalde concernidos, ni los grupos ecologistas incluídos Los Verdes, tragan con esa súbita promesa de los “tres puentes” que Chaves se sacó de la manga –mal debió de ver la cosa–en el último mitin. Se dice con evidente razón que un puente (y no digamos tres) no es cualquier cosa, que no se hace así como así, que el proyecto del que nos ocupa no cabe en el POTA y, en fin, que saltar por encima de la Ría desde Huelva hasta Punta se llevaría por delante el Plan que protege la Marisma del Odiel. Cómo será la cosa de camalísitca que mientras la consejería de Obras Públicas anunciaba ayer en la prensa la obra prometida, la de Medio Ambiente echaba agua al fuego en Granada diciendo que, bueno, que lo del nuevo puente son sólo palabras, de momento, ideas que habrá que estudiar. Me da que esta vez, a pesar de las proclamas de algunos, la promesa del mitin se va a quedar en puro camelo. Verán que poco se habla de esa improvisación al día siguiente de las elecciones. 

El fuero íntimo

La campaña se encrespa hasta límites grotescos. Los candidatos, los mitineros, todo el planeta profesional de la política, extrema sus recursos hasta límites intolerables. Se insulta, pero el insulto parece diluido, como pseudolegitimado, por la circunstancia electoral. Se acusa sin necesidad de pruebas, seguro que por aquello de “calumnia que algo queda”. Es verdad que la política española fue sucia por tradición, proclive al ataque personal, al argumento “ad hominem”. Un diputado ingenuo increpó un día en el Congreso a don José María Gil Robles con una metáfora quizá dudosa pero inequívoca: “Todos sabemos que el señor Gil Robles duerme en camisón”. A lo que respondió de repente el aludido: “¡Que indiscreta es la esposa de su Señoría!”. Insulto por insulto, navajazo y sal en la herida a ser posible. Al historiador Ovejero, probable ‘negro’ de Romanones, se atribuye esta confidencia del prócer: “Dejadlos que me llamen cojo. Mientras se entretengan en eso…”. Una mala tradición, que ni siquiera la propia izquierda fundante, tan moralista en sus inicios, tan severa y caballerosa, fue capaz de superar, heredera, al cabo, de una tradición que acusaba a los frailes de dar a los niños caramelos envenenados. No sé si será cierto pero a Valera se atribuye una máxima relativista suprema para despejar la duda sobre una infamia: “No sé ni me importa si será cierto, pero mientras haga sangre al adversario, quede ahí. Tenemos toda una vida para ser caballeros”. Tremendo. Y en esas seguimos. No hay mitin sin insulto ni debate parlamentario sin descalificación. Sobre esta campaña, por ejemplo, sobrevuela una consigna ubicua de obligada repetición: “las mentiras del PP”. Ruido, estruendo narcótico. El disparate de la CNMV lo liquida un tío tan serio como Solbes diciendo que lo que quiere el PP es la ruina de España, la legalización ‘de facto’ de Batasuna la resuelve ZP increpando a Rajoy, la confirmación de la autenticidad de la factura falsa del Ayuntamiento de Sevilla se responde acusando de delinquir a quien denuncia. Se rifan pisos para asistentes a mítines pero habría que rifarlos para quien consiga escuchar un argumento sólido a un candidato. Un albañal. El distanciamiento de los ciudadanos se explica por razones de pura higiene o de estética quizá. Lo único seguro, en todo caso, es que todo empeorará en días sucesivos.
                                                             xxxxx
Lo más miserable, hasta ahora y en mi concepto, ha sido la alcahuetada del candidato de ZP en Madrid, Sebastián, dirigida contra Gallardón. ¿Una sílfides en su vida? Menos mal que éste no le ha repreguntado si hay un cabo primera en la suya, que hubiera sido el colmo, pero el daño ya está hecho y la basura servida. ¿Es que esta tropa no tiene límites a la insolencia ni bardas para la temeridad? Bueno, pues todavía puede oírse a la tertulia porfiando sobre los límites de vida privada como si tuviera sentido que una sociedad que protege el secreto de los datos bancarios o los de la seguridad social hubiera de tolerar como legítima la exhibición miserable de un presunto secreto de alcoba? A Suárez, a González, también les endosaron leyendas galantes pero, al menos, no hubo un malnacido que se las espetara ante millones de espectadores. Gallardón –virtual laureado en los próximos comicios– puede permitirse la elegancia del desdén. Los ciudadanos, pienso que no. A nosotros nos toca clamar contra una canallesca invasión del fuero íntimo incluso si, como en el caso presente, el tiro le sale por la culata al canalla. La convivencia en esta democracia tiene un irresistible agujero negro en la impunidad de los alcahuetes. En campaña, cuando se supone que lo que se dilucida es el orden de los mejores, escuchar semejante ruindad mueve directamente a escándalo. La democracia no merecería la pena si esa intimidad no quedara garantizada, no sólo por al Constitución y alguna ley orgánica, sino por el propio uso común.

Trampa en la seguridad

El dato es definitivo: el Gobierno manda ocho veces más guardias civiles a Cataluña que a Andalucía: ventajas de la influencia, por un lado, ruina del servilismo por el otro. Por lo visto, Interior piensa aplicar un reparto con ese criterio a la hora de distribuir la nueva promoción de agentes, con independencia de los números que acreditan la inseguridad andaluza, al margen de que la población andaluza sea mayor que la catalana. No habrá habido un solo candidato del partido en el Gobierno que no se haya comprometido frente al actual fracaso de la seguridad, pero a ninguno de ellos, por lo que se ve, preocupa que “su” Gobierno deja a Andalucía de lado a la hora de repartir equitativamente efectivos. Y la Junta, por supuesto, en el primer tiempo del saludo, firme en su puesto obediente, atenta sólo al interés partidista que en Cataluña inquieta más que aquí. Habrá que recordarlo cada vez que salten a titulares las malas noticias del ramo pero, en todo caso, éste no es más que un caso como otro cualquiera de preterición de nuestra autonomía. Cataluña tiene quien lo consentiría. Andalucía, evidentemente, no. 

Camelística electoral

No se acuerdan de santa Bárbara más que cuando truena, no se movilizan contra las lacras más que campaña. La foto era ayer impresionante: los candidatos/as del PSOE, IU y PA, unidos como una piña, reclamando un “compromiso nada menos que para eliminar la pobreza del mundo”. ¡Como si un candidato comunista clamando contra el hambre no fuera una redundancia en la misma medida que esta candidata sociata resulta un sarcasmo y el ‘verde’ un adorno perfectamente prescindible! Aparte de que ¿por qué ahora, qué ocurría antier que no venga ocurriendo desde  le Pleistoceno, qué pueden hacer –en serio, sin coña– los alcaldables y aún los alcaldes para solucionar un compromiso eterno que no lleva trazas de cumplirse nunca. No es que los que pueden prometan puentes inverosímiles y probablemente falsos, sino que hasta los más inermes se retratan sacando pecho. No me gusta que se burree a los ciudadanos con montajes inventados y éste es uno de esos inventados para tomarles el pelo. Lamentable la foto. No se la creían ni ellos.

El ‘Punto G’

Le han preguntado a una jamona venezolana del mundo de la telenovela, la famosa Catherine Fullop, dónde estaba por ventura en las mujeres el dichoso ‘Punto G’ y la odalisca no lo ha dudado un segundo antes de lanzarse a la antología: “El ‘Punto G’ está  en la ge de la palabra ‘shopping’, querido ”. Ahí está, proclamada sin complejos, la clave de ese fenómeno social que trae de cabeza a economistas y sociólogos desde los felices 60 para acá, estos en la idea satanizadora de que la pasión por adquirir cosas es el auténtico anticristo, y aquellos en la precisión de defender la necesidad de mantener altos los niveles adquisitivos como requisito de la buena marcha del negocio y, en consecuencia, de las sociedades desarrolladas. Tan reiterada y prolija ha llegado a ser la ofensiva contra el consumo que pocas dudas quedan desde hace tiempo sobre la índole funesta de esa inclinación universal que hace que las muchedumbres hambrientas asalten en el África profunda los camiones buhoneros de Coca-Cola o que en la Quinta Avenida los pálidos pobladores del planeta abundoso hagan cola en los mostradores despilfarrando lo que no tienen en hacerse con lo que, la mayoría de la veces, no necesitan. Un instituto europeo, la ‘Fedération Belge de la Distribution’, acaba de difundir una encuesta en la que insiste en la clásica tesis marcusiana de la enajenación por el consumo lanzando el dato aplastante de que nada menos que seis de cada diez belgas se va habitualmente de compras, mayormente innecesarias, para escapar “au train-train quotidien”, esto es, a la insoportable rutina de la vida diaria. Más las hembras que los machos, más también los jóvenes que los adultos y los flamencos que los valones, pero todos, en fin de cuentas, sujetos a esa atracción fatal que es el consumo gratuito, el gasto sublimador, la costosa escapada imaginaria de la griseidad cotidiana a fuerza de dinero. Han sido varios los observadores que han insistido en la universalidad de ese fenómeno y, en especial, en la tesis de que el denostado consumismo no es privativo de los pueblos ricos sino común al género humano en todas sus circunstancias, y parece que lo que sabemos sobre la evolución del consumo en los países pobres avala esta hipótesis. Comprar es una práctica simétrica a la pulsión sexual y tiene, como ella, un efecto compensatorio. El ‘Punto G’ está en la ge de ‘shopping’, no diría yo que no.
                                                               xxxxx
Nada de ello es incompatible con la revisión del anatema que gravita sobre el consumo. Hace tiempo que economistas de fuste, ya de vuelta del maximalismo ascético del 68, lanzan sus llamadas de atención sobre el papel clave que mantener un consumo alto juega en cualquier economía liberal en la medida en que una caída de aquel determina sin remedio una desaceleración de la economía general que, a su vez, cae como un jarro de agua fría sobre el optimismo mercantil contribuyendo a excitar entre los individuos/consumidores la sensación de disforia ante la vida que acaba por conducirlos de vuelta al mostrador. Un bucle que se relía solo porque resulta, además, que como creo recordar que sostenía Tinberger, el propio incremento de los bienes alcanza pronto un nivel crítico a partir del cual la satisfacción adicional del comprador decrece con rapidez. Adquirir y acumular bienes –‘cosas’ en sentido sociológico– son pulsiones que fracasan, por lo visto, con su propia recompensa, comprometiendo el sistema en general en una peligrosa deriva que incluye hasta la posibilidad de la debacle. Hace mucho una novela de Pérec, “Les choses”, deslumbraba a la generación “soixanteyhuitard”. Habría que releerla hoy junto a cuanto ya sabemos de estas sibilinas interacciones que cuestionan el ingenuo fondo de la vieja protesta. La renuncia no es productiva. Cambiar la vida que tanto nos disgusta exige bastante más que abstenerse de ir a las rebajas.