Arde Cortegana

 

Dura situación la provocada por el auto judicial que imputa al propio alcalde y a quince vecinos en relación con el choque entre payos y gitanos ocurrido hace año y medio en el pueblo. El alcalde acusa al Subdelegado del Gobierno por no poner los medios adecuados para evitar el ataque racista, IU protesta por ver a su primer edil en ese brete mientras los concejales del PSOE que también asistieron a la manifestación de marras se han quedado fuera y sin problemas, y hasta llega a insinuar connivencias políticas en el asunto judicial. Mal negocio, porque nada bueno ha de salir en complicar un pleito que convendría liquidar con la menor tensión posible cuanto antes mejor. Lo que ocurrió en Cortegana no es aceptable en una democracia y las responsabilidades deben ser depuradas sin contemplaciones pero con claridad absoluta. Dejar zonas de sombra en ese triste paisaje no puede acarrear más que el agravamiento de la situación.

El paso cambiado

 

La verdad es que uno creía, en su incurable ingenuidad, que los resultados del reciente referéndum italiano sobre el proyecto de descoyuntar la nación iban a dar más juego en España a los defensores de la unidad histórica. Son ilustrativos, en todo caso, esos resultados que muestran un fracaso rotundo de la pretensión –auspiciada por Berlusconi para pagar su apoyo al socio separatista de la Liga Norte: cada cual que compare con quien prefiera—de romper el modelo histórico inspirado en la solidaridad para sustituirlo por otro que permitiera segregar las regiones ricas de las pobres con el socorrido argumento del parasitismo. Más importante si cabe es el hecho de que un porcentaje significativo de votantes de derecha se haya pronunciado a favor de mantener en pie el edificio antiguo y que ni siquiera en los reductos del secesionismo haya arrollado la propuesta. Como muestra también el caso de Alemania, actualmente empeñada en dar marcha atrás al federalismo para controlar funciones básicas desde hace años en manos de los ‘lander’, un airón jacobino recorre la Europa tal vez asustada ante la crisis de integración perceptible en diversos países tras la desintegración de la Unión Soviética y la terrible experiencia balcánica. En Francia, donde el jacobinismo tiene su más noble cuna y su más propicia besana, el Gobierno acaba de cortar en seco el plan puesto en marcha hace apenas tres años de ceder a las regiones el control presupuestario para desembarazar al Estado de las llamadas “políticas públicas de proximidad” con la pretensión de recuperar esa tutela perdida. No cabe duda de que, tras el episodio descentralizador, el continente, ahora y cada vez más integrado en la entidad superior europea, reacciona contra ciertas veleidades desintegradoras cuyos efectos negativos no se han hecho esperar. Menos España, pues. Una vez más en la crónica europea volvemos a llevar el paso cambiado.

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Aquí, eso sí, va costar Dios y ayuda volver atrás en el caso de que la experiencia deje claro que la aventura ultraautonomista causa estragos o, simplemente, desnaturaliza hasta un punto insostenible la entidad colectiva. El propio Carod reconocía tras el fiasco del referédum catalán que el magro resultado obtenido no habría permitido el triunfo en Montenegro, pero apenas si ha habido reflexiones sobre ese hecho en este país pajarero en el que las ilusiones en torno a la Selección han hecho más patriotismo que todos los razonamientos imaginables. Pero si en Italia, al menos, el país profundo y un amplio sector de las minorías cualificadas, se han plantado ante el intento de romper la noción solidaria del país, entre nosotros parece que no acaba de superarse la absurda supeditación del problema a la polaridad que implica el bipartidismo. Huir hacia delante –y no otra cosa ha sido el mamarracho estatutario catalán o el ridículo del andaluz—en lugar de recuperar posiciones como está ocurriendo en esos escarmentados países, tiene su explicación única en el secuestro de ZP por los socios nacionalistas, pero en modo alguno justificaría que no se hayan levantado voces de alarma ni ande prosperando en la intención de voto una corriente juiciosa tendente a la contención del turbión que nos arrastra. La izquierda española camina en dirección contraria a sus homólogas alemana, francesa o italiana, y tiene mucho en común, paradójicamente, con los depredadores de la Liga del Norte o los diversos fascismos más o menos encubiertos que han visto venirse abajo su designio de disolver la unidad solidaria en un puzzle desigual y ventajista. Cosa que en ZP, ya digo, se explica, como se explicaba en Maragall tras perder sus elecciones, pero que en modo alguno puede sostenerse, ni en el plano teórico ni en el práctico, sin exponernos a un conflicto social irreparable. El castillete del autonomismo descentralizador se ha convertido en un peligroso polvorín. Se ha dado cuenta toda Europa menos nosotros.

Al pulpo, ni reñirle

 

En el debatillo sobre cómo va la autonomía, el presidente Chaves no ha querido saber nada –es natural—de lo que se cocía y tal vez se siga cociendo en Marbella, como nada ha querido saber, a pesar del honorable varapalo que le propinó la pobre ministra de Medio Ambiente, de lo que se corta y remienda en la sastrería urbanística. “Al pulpo, ni reñirle”, ya saben. Y de hecho tiene sus motivos, el hombre, pues no debe de ser fácil meterse en ese berenjenal de trinques y cohechos sabiendo mejor que nadie que de él han ido y van a ir derechos al trullo pringaos o insignes mangantes que, al fin y al cabo, no han hecho nada distinto de lo que Gil le demostró en su día a la Justicia que había hecho el PSOE andaluz: cobrar un pelotazo gordo por una recalificación urbanística en Marbella. ¡Cualquiera se mete en esa cocina para machacar al pulpo! Chaves no puede hablar de ese tema como no sea con grandes palabras vacías, como no podría censurar las condonaciones de créditos habiendo sido él, también en su momento, un condonado de lujo. Los pulpos tienen mucha guasa, no lo duden. Y Chaves lo sabe de sobra.

Palabras mayores

 

Si se trata o no de ligerezas por parte del denunciante –el vicesecretario del PA almonteño cuya casa ardió en circunstancias no aclaradas—es cosa que la Justicia por su parte, y la autoridad gubernativa por la suya, deberían averiguar sin demora por la cuenta que a todos nos trae. Porque pase que el partidismo cerril discrimine a estos “quemados” adversarios frente a otros amigos, pero lo que faltaba para el marbelleo completo era que aquí también se acabaran perdiendo los expedientes en los Juzgados. Si no es cierta la denuncia, por razones obvias, ya digo, y si lo es, por razón de más. La táctica almonteña de dejar pudrirse los problemas puede haber dado hasta ahora resultados relativamente aceptables para los señalados, pero esto ya es harina de otro costal y sombrea en el ambiente una palurda silueta mafiosilla. Hay que aclarar si es cierto o no que ese expediente se ha “perdido”. Y si lo es, tirar de la manta con todas las de la ley.

La santa corrupción

 

Hace ya una pila de años –el tiempo vuela, más que corre–, siendo ministro de la cosa el polivalente Josep Borrell, reunió en el ministerio a un grupo de importantes hombres de empresa para decirles que no pagaran comisiones a la Administración. No cabía mayor demostración de que la Administración cobrara comisiones a los hombres de empresa a cambio de adjudicarles contratos cuyo coste final, presumiblemente, se vería incrementado y acabaría derivando el incremento hacia el pagano. Era aquel un tiempo en el que circulaba sin embozo la tesis de que pagar comisiones al extorsionador del despacho oficial no era malo sino todo lo contrario, en la medida en que tan sencillo sistema –por la cuenta que a todos le traía— aceleraba los trámites y jibarizaba las garantías. En la construcción del Ave, por ejemplo, siempre según la flamante sentencia de la Audiencia madrileña, se pagaron comisiones a la plana mayor de las finanzas del PSOE e incluso a alguno de los hombres más inmediatos del Presidente, y ha escrito el ponente de ese fallo, sin temblarle la mano, que “los concursantes habían asumido que fuere la empresa adjudicataria, también si su oferta era la mejor, tendría que satisfacer una comisión”, bizarra exigencia a la que “los concursantes se resignaban” (no se pierdan el verbo), ya que “el pago de la comisión formaba parte indisoluble del paquete junto con la realización de las obras o compras adjudicadas”. ¿Y por qué?, se preguntará el estupefacto peatón. Pues porque “las empresas aceptaban esta forma de financiación de los partidos políticos, que pudiera parecer reprochable desde el punto de vista ético social pero que, cuando ocurrieron los hechos enjuiciados era penalmente atípica”. Aquellos son los polvos que han traído estos lodos, contra los cuales han levantado su doliente voz los hombres de negocio relacionados con Marbella en protesta porque, aunque ahora sí constituya una conducta penal típica, esa práctica continúe en vigor. Cuesta imaginar una audacia mayor, pero no se apuren porque, al paso que llevamos, todo se andará.

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Tal vez lo más gracioso de todo este cuento sea el puntillo de honor que invocan los políticos y sus defensores cuando llega el caso, como en esta misma sentencia que entrevé en la desconfianza pública hacia los políticos “un pesimismo antropológico del más puro corte hobbesiano”. He ahí una vieja historia: los mismos que practican el desmán, lo justifican o cierran los ojos ante él, agudizan luego el treno para protestar por el perjuicio que la difusión de las tropelíasen la opinión pública acarrea a la imagen de la “clase”. Un escritor francés decía irónicamente que las sociedades suelen tener, tocante al punto de honor, la misma sensibilidad que los cornudos, y Diderot sostuvo que hay gentes y pueblos (creo recordar que él se refería a los rusos) que se pudren incluso antes de madurar. Pues puede, no diría yo que no, pero en vista de lo visto tengo para mí que el proceso de corrupción de un pueblo tiene menos que ver con sus inclinaciones esencialistas que con el tratamiento que la ciega Justicia se decida a aplicarle a los afectados. Desde luego, hay que ignorar la Historia a fondo para creer que el agio es un invento moderno, pero igualmente obvio resulta que la despreciable tolerancia triunfante en nuestra vertiginosa democracia han condicionado, no sólo el volumen y ritmo de la gangrena, sino toda una ideología de la que esta sentencia, picada de hilarante optimismo rousseauniano, constituye un admirable resumen. “Hay que presuponer –dice, por ejemplo— que quienes desempeñan cargos políticos importantes persiguen ante todo, descontadas las inevitables excepciones, la consecución del bien común”. Mirando hacia atrás sin ira y alrededor con desolación, esa profesión de fe resultaría grotesca si no fuera ridícula. Los ladrones somos gente honrada. Jardiel colgaría hoy el cartel de no hay billete. Incluso en el AVE.

Extraños centinelas

 

Hubiera ido, de haberme enterado a tiempo, a la presentación del libro que con ese título ha escrito Alcaraz. La presentación tuvo lugar en una sede sindical que fue antiguo teatro, no sé si cogen la ironía. Y aunque desconozco le contenido, el título mismo se me viene a las manos al leer en la crónica parlamentaria la soflama de la portavoz de IU sobre la corrupción urbanística y su afirmación de que “hay cientos de ‘marbellas’ y ‘marbellitas’ en ciernes en toda Andalucía”, y su acertada apreciación de que en esa ciudad de los milagros “se ha tardado quince años en intervenir y sólo lo ha hecho la lentísima Justicia, no la Junta”. En boca quienes han impedido decenas de comisiones de investigación en el Parlamento, la verdad es que semejantes palabras resultan cínicas además de oportunistas. ¡Y tan ‘extraños centinelas’! Tal vez ‘compañeros de viaje’ hubiera sido un título mucho más ajustado a la realidad.