Eros y Thánatos

La gran noticia del verano –con haber ocurrido tantas y tan tremendas bajo la canícula—ha sido la hazaña de un dentista de Minesota, un tal Walter Palmer, que ha logrado abatir a flechazos al león Cecil, símbolo de Zimbabue. Qué tío, el dentista. Según los chicos del suplemento “Crónica”, Palmer había estado ya en España, en Gredos y por ahí, donde a flechazo limpio cobró nada menos que tres gamos, dos cabras montesas, un muflón y un jabalí, espléndida matanza por la que cuentan que pagó una millonada, incluyendo las piezas cobradas por su mujer que, sabiendo al dedillo lo que son en realidad las cacerías de los maridos, no se separa de él ni a tiros. El amor y la muerte, “eros y thánatos”, como decían Freud y Norman Brown, el bípode en que se apoya nuestra perra vida. Sin ir más lejos, un rey nuestro, ahora emérito, perdió la corona como quien dice por fusilar a un elefante –ya había liquidado antes a un oso borracho como una cuba (el oso)—y caerse de un tálamo no precisamente conyugal, lo que confirma esa teoría que invoco y por la que, por lo visto, no pasan los años. El amor y la muerte, o viceversa, mueven la vida como el viento de otoño lleva la hoja de aquí para allá sin hacer excepción de grandes ni chicos, aunque bien sabemos que disfrazados ambos, en la mayoría de los casos, con motivos menos crudos, que eso es el deporte, en fin de cuentas, un sucedáneo de la guerra interior que lleva el mono loco en la masa de la sangre. A esas profundidades de la filogenia, no hay distancia que valga entre un rey y un dentista, a la vista está.
Hubo un tiempo en que la caza furtiva, es decir, la única justificable a mi entender, se castigaba con la muerte por entenderse que las piezas vivas estaban ahí, en el bosque o en la marisma, reservadas para satisfacer el “instinto de muerte” –así lo llamaba el último Freud—de los poderosos, y no para alimentar a la plebe famélica. Pero el tema no es ése, sino el hecho mismo de la pulsión tanática, inseparable o casi de la erótica, que mueve desde el último azacán al rey más alto pasando, como se ve, por el dentista. El hombre vive como puede, ama cuanto puede y mata lo que puede: por eso se inventó la caza, o más precisamente la cacería, que mi amigo el embajador Cuenca –no única pero sí rara excepción– concilia apasionadamente con el amor por la Madre Naturaleza. El ancestro feroz habita en nosotros. El hombre no ha cambiado gran cosa desde el paleolítico.

¡El millón, al fin!

Por primera vez en muchos años, el registro oficial de parados en Andalucía baja del famoso millón. Ni que decir tiene que desde la Junta –o más exactamente, desde el puerperio—nos llega la proclama de la presidenta Díaz exhibiendo ahora la bonanza como un mérito propio, lo mismo que mientras arreciaba la tormenta lo atribuía al Gobierno de la nación. Lo que habría que responderle a doña Susana es que lo difícilmente explicable es que, después de más de tres décadas de hegemonía del socialismo obrero, se celebre este triunfo pírrico. En fin, ya hemos bajado del millón: enhorabuena a todos sin reservas. No sería tan mala la denostada política del Gobierno cuando nos ha sacado del maldito millón.

Pemán

Un agosto lejano, a don José María Pemán le propinaron en Madrid un duro repaso a propósito de algo que ya no recuerdo. Al día siguiente, Pemán, cogió su coche y en plena canícula llegó a su finca El Cerro decidido a reponerse del tantarantán acogido a sagrado bajo el frescor de la penumbra cortijera. Y contó luego, en uno de sus artículos, los pormenores de su llegada y cómo, abrumado por el calor, hubo de subir la cuesta hasta el caserío en cuya marquesina, reposado e irónico, le aguardaba un Séneca que lo recibió puya en ristre: “¡Vaya baño que le han dado ayer a usted, don José María”, a lo que don José María contestó incontinente: “¡Ojalá, hijo, ojalá!”. Pemán sobrenadaba en la censura franquista con un humor que igual le permitía caricaturizar a santa Teresa como “una regidora de la Sección Femenina, pero a lo bestia” que escribir sobre las cejas para mantenernos en un morboso vilo pensando en el almirante Carrero antes de descubrirnos que se estaba refiriendo a Breznev. Nunca perteneció el escritor a esa horda cateta que estos días se rebrinca en Cádiz ante el fichaje de un jerezano como Dani Güiza , entre otras cosas porque la triste experiencia de la guerra civil, abrió su conciencia a la necesidad urgente de reconstruir las ruinas patrias en una imagen solidaria y común.

Pemán fue un franquista con quien no encajaba bien aquel furriel supremo al que respetaba pero con el que se las tuvo tiesas toda la vida, aunque nada de eso sabe, al parecer, la alcaldesa jerezana que acaba de retirar su busto del teatro Villamarta, tras permitir que en el pleno municipal algún perroflauta de esos con los que comparte gobierno calificara al insigne escritor de “fascista y asesino”. El populismo que nos ha caído encima anda empestillado en una dialéctica frentepopulista para la que importan más los fantasmas del pasado que la gangrena actual, incluso en una provincia que bate el récord europeo de paro y en una ciudad, como Jerez, que atesora la mayor deuda conocida, tiene un ex-alcalde en prisión y una corregidora procesada. Nadie se mete en Francia, a estas alturas, con el colaboracionismo de Céline o Paul Morand, en Alemania fracasó la campaña sobre el pasado filonazi de Gunter Grass, y en los EEUU la organizada contra Ezra Pound. Pemán, que se reía de su sombra, hasta puede que se hubiera alegrado ante la decisión de esta izquierda comparsista. “¡Que lo van a bajar a usted al sótano, don José María!”. Y él habría contestado: “Ojalá, hijo, ojalá”.

Modelo Queipo

Como Queipo confundió a Sevilla entera exhibiendo a un puñado de moros que cambiaban cada dos por tres de camión, el ex–consejero Ojeda –al que la juez Bolaños salvó del último auto de la juez Alaya nada más sentarse en su despacho– engañaba a la Junta y al lucero del alba por el procedimiento de equipar sus centros de formación hasta ser homologados, y luego los desmantelaba para repetir la jugada en otro de sus chiringuitos. No se le puede negar imaginación y arte a nuestra corrupción consentida como no se puede pretender desligarla del partido hegemónico que, en buena medida, con sus efectos clientelares, se mantiene en el poder casi tanto tiempo como se mantuvo Franco.M

Guerras de despachos

De toda la vida, el complicado negocio de la asignación de despachos a los políticos y funcionarios ha sido un quebradero de cabeza. Una ministra, creo que era de ZP, se gastó una pasta gansa en rehacer un despacho en buen estado para adaptarlo a la estética minimalista sin la que, por lo visto, aquella minerva no se hallaba a sí misma. Siempre hubo carrerillas y codazos entre los funcionarios por conseguir un territorio laboral lo más respetable posible, y yo mismo recuerdo que, una vez que sucedí a un asesor eventual, éste me entregó el suyo son dejar de encarecerme lo que el mismo había ganado tras la obra que –como “hombre de teatro”, decía—había ordenado con el fin de corregir cierta asimetría en aquel espacio. No había mejor castigo para el funcionario rebelde o siquiera “no afecto” al régimen que fuera, que adjudicarle un despachillo perdido y, a ser posible (y sigo hablando de mi propia experiencia), sin ventilación ni luz directa, aunque no debo callar que yo disfruté, una vez defenestrado “de facto”, de uno a estrenar que en el ministerio de Agricultura se había hecho construir, por si volvía alguna vez, Abril Martortell: debió de costar una fortunita aquel coqueto rincón en que me arrinconó el mando, ni que decir tiene que mano sobre mano.

El último caso de esta serie lo ha protagonizado Manuela Carmena, la alcaldesa podémica de Madrid, la cual ha movilizado a un escuadrón de albañiles para modificar el despacho faraónico que se hizo construir Gallardón, cuentan que con el propósito de constituir un espacio diáfano y exento de todo lujo. ¿Lo ven? Ahí tienen ya la batalla del despacho, que lo mismo puede plantearse por exceso que por defecto, aunque siempre, eso no hay ni que mencionarlo, con dinero público. Tanto el funcionario como el administrado valoran al titular del despacho por el despacho mismo y esa coquetería llega al extremo que, según contaba Miguel García de Sáez, el mismísimo Franco hacía que periódicamente le removieran los montones de legajos depositados sobre su mesa, no fuera a ser cosa de que un fotógrafo avisado descubriera alguna vez que eran los mismos que allí fueron depositados el día de la Victoria. El despacho hace al hombre, o a la mujer, y no el estilo, como prefería el insigne Buffon. Ni una hembra tan baqueteada como la Carmena se libra de este criterio en que llevamos gastados ríos de dinero. Del de usted y del mío, quiero decir, ya que el público, como saben, “no es de nadie”.

El cartero loco

Van a volver locos a los carteros. En Madrid, sin ir más lejos, la alcaldesa Carmena va a cambiar los nombres a ciento cincuenta calles –que ya son calles–, muchas de ellas con más razón que una santa y algunas algo más discutibles. La castiza plaza del Progreso, por ejemplo, que era un homenaje de la izquierda histórica a tan incuestionable valor presidido por el audaz desamortizador Mendizábal, pasó a llamarse con Franco plaza de Tirso de Molina tal como, desde ahora en adelante, la que tiene Vázquez de Mella en el barrio de Chueca se llamará de Pedro Zerolo: un revolucionario burgués por el fraile que inventó a “don Juan” y un carlistón histórico por un activista postmoderno: suma y sigue. La Historia de España se podría escribir en paralelo a la historia de sus calles, sobre todo a partir de ese siglo XIX que cada dos por tres cambiaba de piel política. Cuando yo era un muchacho vi con mis ojos poner nombre a las calles de una barriada nueva –Lepanto, Trafalgar, Bailén, Villalar, San Quintín…– tirando de una enciclopedia escolar, pero lo cierto es que esas mudanzas no han sido siempre tan insulsas sino que se han producido a mamporro limpio propinados a la goyesca por el cainismo español. No digo ni mucho menos que las calles hayan de conservar toda la vida su primer nombre pero sí que afirmo que esa obsesión nuestra por sustituir los del callejero no es más que un reflejo, también lamentable, de nuestra difícil convivencia.
El callejero franquista, en Madrid y en todas partes, fue un trágala intragable, como seguramente va a acabar siéndolo el que imponga nuestra postmodernidad, a pesar de lo cual este comején que le ha entrado a los munícipes por darle la vuelta como a una tortilla tiene un inconfundible tufo revanchista que en poco va a contribuir a pacificar la galerna siempre contenida de las rivalidades españolas. No hace mucho que en Sevilla el celo de los revisionistas despojó de su calle al General Merry padre –un veterano de la guerra de Cuba y el general más antiguo del escalafón—al entreverlo erróneamente con la camisa legionaria y la gorra de tanquista que se puso su hijo en la revuelta tarde del 23-F, tantos años después, y en Sevilla también tuvo su calle un personaje legendario, Bernardo del Carpio, hoy sustituido por un capataz de cofradía. Siempre que sale este tema a relucir me acuerdo, con preocupación, de la ocurrencia de Unamuno de que en España no hubo nunca lucha de clases sino guerras de tribus.