Válgame Dios

Me vuelven los desvaídos recuerdos casi adolescentes con las imágenes del noticiero cubano que hablaba de los jóvenes barbudos de Sierra Maestra, la memoria apergaminada de una crónica política aún indecisa de unos corresponsales que encontraban en el petate de Fidel los Evangelios y las obras de Primo de Rivera. Y el fin de año aquel en que el propio “diario hablado” de la dictadura no tenía más remedio que dejarnos entrever la comitiva rebelde entrando en La Habana, válgame Dios, con el gran jefe envuelto en las volutas de un gran puro y un tal “Ché” Guevara, tan jovencito, que era un médico argentino metido a internacionalista, al parecer, en el que ya desde el principio se empezó a vislumbrar el parecido con Cristo. El resto es leyenda o ya historia –mediatizada, como todas las historias–, noticia monda y lironda que hablaba de fusilamientos, de exilios urgentes, de expropiaciones al por mayor, y que nos traía el eco de violencias y discursos inacabables. Y luego, ya saben: la torpeza republicana de los EEUU, la estratégica oferta de la URSS, la expulsión masiva de los curas –“Hombre blanco que no corta caña/ a España”, decía un conocido eslogan—que acababan en Barajas y nosotros veíamos en el NO-DO antes de la de indios, el antiamericanismo consiguiente y, en fin, el bloqueo, un bloqueo que nunca fue hermético, es cierto, pero que ha mantenido a los cubanitos de a pie con el rancho racionado y sin papel higiénico. Toda una vida —la de mi generación—entre la espada de la simpatía y la pared de las evidencias.

¿Para qué hablar de la crisis de los misiles”, aquella amenaza de guerra universal un poco en plan Gila, que en la Universidad seguíamos con angustia, el zapatazo de Kruschev en la ONU como símbolo de aquel nosocomio, las fracasadas invasiones yanquis, las decenas de intentos (confirmados) de liquidar a Castro, el rumor potenciado de la “gusanera” de Miami, la novela realista del infortunio popular y, en fin, la conmovedora habanera que escribió Burgos para agrandar a Carlos Cano y sublimar a la Pradera –“el son de los puertos,/ dulzor de guayaba…”–, tantas duquitas negras, tanto turismo sexual, tanta crueldad, hasta llegar a estas paces bienhechoras que se atribuyen al papa Francisco? Ahora veremos si el generador de tanta discordia era el odio a Fidel o la nostalgia de Batista, quiero decir, que ahora veremos si ha servido para algo tan inmenso sacrificio.

Mecer la cuna

C’s, es decir, Ciudadanos, el partido que suscitó tantas esperanzas predicando su radical oposición a los corruptos, gasta dos medidas diferentes. Una, por ejemplo, la muy severa empleada en Madrid para apoyar a la Presidenta de la comunidad y otra la más cómoda que usó y sigue usando en Andalucía para templar gaitas con los apuros de doña Susana, a la que ya ha evitado una comisión sobre el oscuro lío de Aznalcóllar y a la que permite mantener a un imputado, su “número 3” nada menos, al tiempo que Granada exige al alcalde del PP la auditoría que en la Junta evitó al inhibirse. No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen. Yo, cuando veo a un ciego que no quiere ver, me pregunto por sus motivos.

Pobreza y poder

Tal como en sus días Matilde Fernández anuló la subvención a Cáritas por calcular los pobres que había en España y tal como Montoro cuestionó el mismo informe refugiado en la jerga economicista, cuentan las crónicas que la nueva alcaldesa de Madrid, la magistrada Manuela Carmena, bastante abrumada ya por la procacidad tuitera de los concejales que la mantienen, ha ordenado expulsar a los pobres de la Plaza Mayor madrileña así como de otros lugares del Foro que, según ella –y en esto le alabamos el gusto– deben aparecer siempre limpios. ¿Se imagina lo que hubieran dicho los Podemos y sus franquicias si una concejal del PP se describe a sí misma como “boyera, camionera, desviada y feminazi” o hubiera bromeado sobre el genocidio que supuso la Shoa y las manquedades de las víctimas del terror? Pues ¿y si Esperanza Aguirre hubiera mandado limpiar de pobres el escaparate de Madrid, se imaginan el cacao maravillao que se hubiera producido? Más de una vez hemos traído aquí la cuestión de los “verdaderos pobres” que arrastra desde nuestro siglo XVII como atestiguan, entre otros, Juan de Robles o el doctor Pérez de Herrera, a los cuales, para distinguirlos de los “falsos”, se recurrió a forzarlos a portar unas tablillas de bronce formalizadas por los concejos, lo que no deja de ser una bendición comparando con lo que hacía Idi Amín Dadá en vísperas de alguna efemérides: arrojarlos a los cocodrilos. ¡Pero Manuela Carmena, por Dios santo, esa abuela apacible y radical de toda la vida que, encima, es alcaldesa aupada sobre sobre lo que Madrid dio en llamarse los “perroflautas” de Podemos! ¿Es posible que desde el radicalismo más intratable se excluya a los pobres de solemnidad del escenario común más por razones de prestigio que de higiene?

¡Ay, ese Poder que decía Quevedo que “convierte y muda” a todo el que lo ejerce! No sabemos, desde luego, qué tiene pensado Carmena para solucionar el problema de unos ciudadanos que no se arregla sólo escondiéndolos para que nos los vea el turista ni el elector, pero, insisto, ¿qué hubieran clamado ella misma y sus panteras negras si llega a ser una alcaldesa conservata la que decreta la redada de los miserables? No será ésta la última contradicción con que va a encontrarse la nueva alcaldesa, pero sí que no deja de ser un gesto de lo más elocuente para el observador imparcial. Miro a USA y veo a Madrid en la frase de Chamfort: los pobres son los negros de Europa. Quizá aún no, pero todo se andará.

La hoz y el Martini

Es el chiste malo con que un viejo amigo trataba de mortificarme en los tiempos del cólera cuando me veía comer o vestir bien: el “comunismo de la hoz y el Martini”. Un caso por completo legal: al ex-coordinador de IU Diego Valderas le ha quedado un retiro como ex–presidente de la Junta –al margen de su pensión máxima—de 100.000 euros, es decir, de dos años trincando más de 4.000 euros al mes. Son premios que se dan a sí mismos los políticos –todos, sin excepción—incluso en un momento socioeconómico tan crítico como el que estamos viviendo y cuando desde el Banco de España se avisa a nuestros hijos y nietos de que deben ahorrar porque, cuando les llegue la hora, no habrá ya pasta para sus jubilaciones. ¡Enhorabuena, camarada! Lo suyo, efectivamente, no es igualar por abajo sino por arriba.

Crisis y clases

Intrigado por el Informe Anual de la Riqueza en el Mundo que publican Capgemini y RBC Wealth Management escucho atento a mi gurú económico al que encuentro relajado en un pub de la Costa de la Luz. “¿Cómo es posible, Emi, que el número de millonarios (nota para el lector: de poseedores de un millón de dólares, o sea, de 890.000 euros) se haya visto incrementado en España durante el año pasado en 178.000, el diez por ciento más que en 2013 y el 40 por ciento más que cuando estalló la crisis, allá por 2008?”. Emi, que es un marxista de estricta observancia pero que nada divinamente en el piélago capitalista, me contesta sin darle mayor importancia: “Hombre, tío, no seas merluzo, pues porque mientras la masa salarial ha caído en picado, a la renta del capital no la menea ni Dios”. Y como nota que mi perplejidad subsiste, me pone un ejemplo, ya más animado: “Mira, si tu compras títulos de la deuda cuando la prima de riesgo está por las nubes y los vendes una vez reducida, pues te llevas una pasta gansa, aparte de que si es verdad que estamos creciendo cerca de un 4 por ciento con esta tasa de paro y los sueldos por los suelos, ya me dirás quién se está llevando la manteca. Hasta tú, que eres un zoquete, puedes entender que si la productividad del trabajo sube y los salarios bajan, los que tiene activos financieros se forran”, remata a puerta vacía mi gurú, que –de “rodríguez” y en la playa—se viene arriba como la espuma en cuanto le das ocasión. Menos mal que uno está hecho a estas humillaciones.

Vuelvo a mi Informe y encuentro en él que, en efecto, la estadística registró en 2014 que el número de los bienaventurados de la Tierra creció hasta superar con mucho los catorce millones mientras su riqueza alcanzaba los 50 billones (con be, no es errata) de euros, y me ronda en la cabeza el apotegma de Thomas Piketti, el ecónomo de moda, que asegura que cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, la desigualdad aumenta sin remedio. No puedo negar que la imagen de mi amigo el gurú, sorbiendo lentamente su gin tonic en el pub climatizado, me turba no poco porque la envidia es irreprimible. “¿Por qué no te vienes este fin de semana, que estoy solo?”, me tienta encima como sólo puede tentar el hombre potentado a quienes vivimos extramuro de la economía financiera ésa. Le he dicho que ya veré pero la verdad es que estoy que no vivo esperando ya que llegue el viernes próximo.

El gasto sanitario

De nuevo se temen problemas de atención sanitaria graves durante el verano. Se cierran camas, las vacaciones diezman los equipos sin que la Junta los sustituya las vacantes pero, según parece, el problema está también en que nuestra comunidad autónoma es una de las que menos dinero destina al gasto sanitario. Lo han denunciado los sindicatos profesionales desde dentro, explicando que mientras la media nacional es de 1.208 euros por habitante, la andaluza no alcanza más que a 1.044. Nuestro “buen sistema” (que lo es en muchos sentidos) presenta, sin embargo, vastas y viejas llagas jamás tratadas con decisión y que, en ocasiones, lo convierten en intolerable.