Como tiene que ser

 

La Junta, el SAS, no tienen la menor intención, al parecer, de corregir sus graves fallos asistenciales. No parece que los socorridos “refuerzos” de última hora vayan a ser resolutivos tampoco este verano. En cuanto a tierra adentro, ya saben a qué atenerse los contribuyentes que pagan igual que los que viven en la ciudad: el servicio es “el que tiene que ser” (lo dice nada menos que una jefa del ramo en Sevilla) de modo que, a partir del viernes, ahí tienen para un remedio las urgencias del pueblo más cercanos. No acabamos de quitarnos de encima la imagen de la parturienta o del infartado camino del médico por esos caminos de Dios, porque para la Junta, para el SAS, lo primero es la cuenta de resultados… económicos, no sanitarios. Total, se trata de que los andaluces no urbanos se molesten en ir a la consulta vecina y eso no le parece tan grave a esta tropa, visto que en el peor de los casos, todo acaba pasando. ¿Quién se acuerda ya del fallecido de Matalascañas? Si Chaves cuenta con esa fragilidad de la memoria, sus edecanes, para qué hablar.

Viejos y jóvenes

 

Hemos asistido estas semanas a una desopilante demostración de falta de criterio por parte del periodismo deportivo. Se ha pasado del pesimismo más distante a un entusiasmo tan injustificado como probaron los hechos, de elogiar el compromiso de Luis de marcharse si fracasaba el conjunto a hacer lo propio ante la descarada palinodia de éste y su continuidad en el cargo, de decir que Francia era un equipo acabado, un combinado de viejos incapaz tal vez de superar el ímpetu de nuestros jóvenes, a suplicar que Zidane renuncie también a su decisión de retirarse y nos depare todavía unos años de su magisterio futbolístico. Ha fallado, sobre todo, el cálculo en torno a las edades del hombre, la idea precipitada de que la fuerza vale más que la experiencia (justo lo contrario que Aristóteles enseña en su ‘Política’), válida a la hora de hacer la quiniela dejando fuera a esos colosales franceses que pasaron como una ola por encima de nuestros adulados retoños. ¿Viejos inútiles los Zidane, los Vieira, los Makelele? Es probable que los tópicos futboleros superen en arbitrariedad a los que dominan el resto de nuestras vidas, pero no cabe duda de que, en esencia, unos y otros varían poco, y este episodio del fracaso de las predicciones mundialistas no varía gran cosa de otros que vienen produciéndose día tras día en ámbitos mucho más decisivos de la vida social. De hecho se nota últimamente cierta tendencia a reconsiderar ese fanatismo por la juventud, que en buena medida ha sido el santo y seña del siglo pasado, a favor de una reconsideración del valor de la experiencia, que es al activo universalmente reconocido a los ancianos de la tribu, y los “bleues” han hecho más por este cambio de estrategia social en un noventa minutos que todos los sociólogos defensores de la gerontocracia en un par de decenios. ‘Fausto’ no lo tenía todo perdido frente ‘Romeo’. Que se lo recuerden a Luis.

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Hemos olvidado en exceso la vieja sabiduría que aconsejaba aprovechar la madurez como rodrigón de la novedad, hemos echado en saco roto sin contemplaciones una filosofía omnipresente en todas las civilizaciones y hemos cerrado de un papirotazo el impagable diálogo que Cicerón hace mantener a Scipión con Catón el Viejo. ¡Para qué los clásicos! Nuestras minervas han descubierto las ventajas de prescindir de los grandes profesionales en el ápice de su carrera, como si un catedrático o un médico a la edad de jubilación no estuviera tal vez en su mejor momento, para apostar sin garantías por la juventud a palo seco, reproduciendo en términos simbólicos el ritual primitivo del abandono letal del anciano, con los graves riesgos que ello implica. Hay pueblos esquimales que abandonan sus viejos para que sean devorados por los osos pensando en cazar luego al oso y devorarlo a su vez con el fin de recuperar al ancestro y, con él, su experiencia dilapidada. Y seguro que el chasco que, viendo caer con todas las de la ley a Brasil frente a Francia, se han llevado los ingenuos del “jogo bonito”, habrá hecho cavilar a más de uno tanto sobre los riesgos de la apuesta joven como sobre las ventajas de conservar a los maduros. Es grande ser joven, quién lo duda, pero habría que valorar los años con mayor cautela. Cuando a un Fontenelle nonagenario lo ayudó a levantarse una damisela a la que trataba de recogerle del suelo el abanico caído, le dijo galante a su auxiliadora: “¡Hay si yo tuviera ahora mis ochenta años!”. Para que nos convenzamos de que hay que andarse con cuidado a la hora de valorar jóvenes y viejos, hemos tenido que ver primero como sucumbían nuestros mancebos ante una panda de doradas carrozas y cómo, encima, éstas pasaban sin detener el galope sobre el indiscutido mito brasilero. El fútbol no es una ciencia exacta, es verdad, pero ni la sociología ni la política parece que lo sean más.

Purgas rosadas

La crónica de la autonomía, como corresponde a la de un “régimen” con todas las de la ley, tiene su atestada galería de cabezas cercenadas. Aquí, de cuatro presidentes, dos han sido defenestrados desde Madrid, y con la expulsión del presidente de El Monte ya son tres los liquidados por “rebeldes”, por más que absurdamente se intente desdramatizar un cesa anunciado por el propio Chaves hace semanas. A Chaves le interesa mantener tensa la cuerda que ata a sus objetivos y hasta a sus caprichos, a los presidentes de las cajas de ahorro, y con este último cese acaba de darle otro tirón de advertencia a esa bien trenzada soga. Un eficaz sistema de palo y zanahoria, ceses fulminantes y eventuales compensaciones, es la base sobre la que funciona el partido que gobierna Andalucía desde hace un cuarto de siglo. De “motivos personales”, nada de nada: Escuredo, Borbolla, Beneroso, Benjumea, Caballos, Bueno Lidón y tantos otros son los “caídos” de ese “régimen” cuya democracia interna cabe un papel de fumar.

Quitarse la careta

 

La Mesa de la Ría –esa manifestación ‘espontánea’ de la ‘sociedad civil’ y demás—se ha quitado, por fin, la careta para dejar claro que lo buscan sus manijeros, desde el arquitecto Vázquez Hierro hasta el descolocado Manolo Rodríguez pasando por un par de docenas de paracaidistas sin méritos conocidos, es aprovechar el tirón electoralmente y hacer un partidillo competitivo utilizando la ferralla dialéctica del lío urdido en torno a la central de Endesa. No eran, pues, los intereses de los ciudadanos ni quién tal lo pensó, sino el podio sobre el que saltar a la política un grupo de aficionados con más ganas que experiencia y, desde luego, con mucha más ambición que lealtad. Veremos quién financia la aventura –¿algún colegio profesional, acaso el propio PSOE?—y qué caso hacen los onubenses a estos oportunistas que han traicionado hasta a su propia Asamblea, que dejó bien claro en su día que nada de aventuras políticas. Hay protagonismos que matan pero también los hay que hacen perder la vergüenza.

El lobo predicador

 

Hay personajes capaces de alimentar su leyenda, incluso la negra, hasta después de muertos. Carrillo es uno de ellos. Ir a la universidad de Sevilla, un poner, para avisar de que la Derecha “incita al asesinato de Zapatero” constituye un episodio que resultaría difícil de creer en un país medianamente razonable y políticamente bien educado. ¡El lobo predicando a los corderos! Cuando hace poco a Carrillo le impusieron un absurdo birrete de doctor universitario comentábamos que semejante idiotez sólo resultaba explicable desde la óptica del guerracivilismo suicida puesto en marcha por un presidente de Gobierno que se presentó en sociedad a la sombra del abuelo fusilado tras declarar en una de las revistas más pijas de la nación que él era un rojo de toda la vida. Cuando un grupo de bárbaros, similar al que ahora ha tratado de reventarle el discurso sevillano, le armó en Madrid una bronca que se saldó con algún ilustre descalabrado, hubimos condenar a los salvajes sin olvidar la provocación . ¿Qué pinta Carrillo, en plena “recuperación de la memoria”, dando lecciones de ética en una universidad? Más bien nada, por supuesto, pero tener que escucharle un alegato a favor de esa revisión historiográfica, francamente, con perdón, es algo que pasa con mucho de la raya. ¡Carrillo denunciando la falsificación de la historia, un estalinista converso, protagonista de una de las páginas más trágicas de la guerra civil, dando lecciones a los memoriosos y a los propios historiadores! Bueno, descartada la hipótesis de la demencia senil, eso no puede ser más que un acto de cinismo supino o la ingenua estrategia convencida de que le mejor defensa es un buen ataque, cuya responsabilidad, como es lógico, no cabe atribuir a él en exclusiva sino que hay que extenderla a los cómplices de la provocación.

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Nada tiene que ver el reconocimiento del papel moderado que Carrillo jugó en la Transición con el descaro que supone verlo impartir lecciones de civilidad en un momento en que la “reconciliación” que él mismo predicaba desde París hace medio siglo está siendo reducida a añicos por la ferocidad revanchista de los maniqueos a sueldo. Cuando se está jugando en muchos pueblos y ciudades a la ruleta rusa que supone reabrir la mitad de aquellas fosas comunes, el pretendido magisterio de uno de sus principales responsables, constituye un desafío a la conciencia y una provocación al espíritu de concordia. Carrillo sería un buen testigo de la tragedia, en especial si se mostrara contrito por la triste parte que en ella le tocó, pero en modo alguno puede ser admitido, encima, como un referente de civismo ni como un modelo a imitar. Que hable de sus habilidades partisanas, de su liderazgo estalinista en los viejos tiempos, del oportunismo eurocomunista, de la implacable liquidación de sus rivales, del minucioso desmontaje del Partido por antonomasia o del modo en que se deshizo de sus instrumentos más ágiles, incluyendo el de la decisiva organización universitaria, por cierto. Eso sí que sería interesante, si fuera posible, que no lo es, y no la tragicómica osadía de presentar en público al comisario político por excelencia reconvertido en seráfico paraninfo de un pasado que, para qué engañarnos, mejor olvidar. Carrillo fue una de las ruedas de molino con que durante la Transición hubimos de comulgar las dos generaciones implicadas en aquel gran salto adelante. Hoy no tenemos por qué aceptar ese impropio sacramento cuyo misterio vamos conociendo horrorizados en sus detalles macabros. ¡No nos faltaba más que el lobo predicando a los corderos! Esos fascistas que han tratado de reventarle estólidamente el acto no saben en qué medida han contribuido a reforzar la espesa ambigüedad de un personaje que si ha podido irse de rositas hasta ahora ha sido precisamente porque la verdadera Historia no fue escrita a tiempo.

Pobres criaturitas

 

A los bebés de Cádiz los llevan sus mamás al Ayuntamiento para que la alcaldesa les haga entrega de algo tan imprescindible a su edad como la Constitución. A los andaluces, en general, les hacen entrega en los paritorios del SAS de un cuento no demasiado maravilloso pero en el que campean tan palabras tan apropiadas al caso como “neuronas” o “neurólogo”, “vitaminas”, “metáforas”, “metonimias”, “octosílabos” y hasta “subconsciente”. Los van a volver majaretas perdidos, si es que logran sobrevivir para que, llegada la edad fatal, los remate alguna ‘logse’ chiripitifláutica antes de mandarlos al paro. Pero para entonces, todos, alcaldes y consejeros, papás y hasta cuentistas, se habrá retratado sonrientes con la criatura en brazos, que es de lo que se trata. A nuestros políticos podemos negarles lo que queramos pero no imaginación ni audacia. Pero esperemos a que esos nenes rompan a hablar a ver qué nos largan por esas boquitas pintadas. Personalmente, no quiero ni pensarlo.