La suerte de Parralo

La desdichada enfermedad de Cejudo ha dado ocasión a la ‘mesa-camilla’ para hacerse con todo el poder del soviet, esta vez de verdad, con la ascensión de Petronila Guerrero a ese puesto de mando que maneja el tinglado de la hegemonía del PSOE. Desde ahora nada que importe políticamente queda fuera de esa reservada logia, que dispondrá a su gusto no sólo del dinero de la provincia sino que administrará sin intermediarios la inmensa agencia de colocación que es la Dipu. Una mala noticia para la frustrada candidata a la alcaldía, Manuela Parralo, presunta sucesora de Cejudo mientras duró el sueño, pero condenada ahora a soportar una legislatura municipal que sería raro que resistiera dada su demostrada vulnerabilidad. Lo que sugiere que el círculo de Barrero no tiene interés en salvaguardar la imagen de la derrotada sino en distanciarse de su batacazo como si la cosa no fuera con él. Parralo lleva el mismo camino que Pepe Juan. Será curioso ver si soporta esa cruz o coge las de Villadiego. 

Off de record

Otra ves la (las) polémicas a propósito de descuidados comentarios de próceres sorprendidos por el ojo y el oído público. El mismo Rey se anda quejando, según cuentan de que su frase “off de record” pronunciada en la dirección de la Guardia Civil –aquella de “Hay que intentarlo”, ya saben– fuera reproducida fuera del ‘sancta sanctorum’ que es la intimidad privilegiada. Curioso: un régimen de opinión pública –que eso es antes que nada la democracia– entiende que sus manijeros tienen derecho a una doble utilización de la Verdad, incluida la posibilidad de ocultarle ésta a los pecheros y peatones que no están en los secretos de altura. A Rajoy le han pillado dos en un mismo día, la primera al aludir en la radio a la vicepresidenta del Gobierno como “la Otra”, y la segunda al sincerarse con un conmilitón sobre el carácter absurdo de la pregunta que pensaba plantearle al Gobierno en esa sesión parlamentaria visiblemente amañada con que se ha inaugurado la nueva era. Pero estas indiscreciones tiene sobrados precedentes a los que no ha escapado ninguno de los últimos barandas, pues si González fue grabado en el Cementerio Civil de Madrid protestándole maquiavélicamente  al mismísimo presidente de la Audiencia Nacional porque no hubiera una instancia capaz de amañar el lío judicial, el propio Aznar fue sorprendido por un micro abierto que él creyó cerrado al calificar de coñazo cierta intervención. ¿No ha calificado Putin de ‘machote’ a Ehud Olmert por haberse llevado por delante a unas cuantas damiselas? ¿No dijo Borrell, creyéndose a cubierto de indiscretos, al conocer el accidente aéreo de Rajoy y Esperanza Aguirre, que “eso les ocurre por ir en helicóptero a los toros”? ¿Y Jordi Sevilla, no habló (bien equivocado, por cierto) del “charnego prematuro” que no creía adecuado aún para presidir Cataluña? Hay ejemplos para dar y tomar de que nuestros prohombres profesan un burdo averroísmo en virtud del cual distinguen entre lo que el pueblo puede saber y entender, y aquello otro que se reservan para su uso exclusivo. Nada como un micro abierto para demostrar esa doblez insuperable de la clase política.
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Y ahí es justamente donde radica el escándalo ético: en la convicción elitista de que el pueblo no debe conocer más que lo que decida el político, es decir, que la  Verdad es susceptible de ser manejada con tiento por los artificieros del discurso público, dueños realengos del derecho a escamotear a los demás lo que ellos saben y pretenden guardarse para sí, confirmando la práctica minoría de edad del pueblo soberano, es decir, la paradoja de que el depositario genuino de la soberanía la pierda soberanamente desde el momento en que la delega en sus representantes. ¿Por qué escandalizarse del desahogo ‘off de record’ de un político cuando lo suyo sería cabrearse ante la mera sospecha de que no ha dicho a micro abierto ‘todo’ lo que sabía? Cualquiera que no sea idiota sabe que el mensaje político habitual –salvo rarísimas excepciones– es falso cuando deja de ser puramente retórico. Es más, nunca es más auténtico Putin que cuando machea con la hazaña canalla de Olmert, ni Aznar que cuando confiesa que lo dicho es un coñazo o González cuando abronca a un alto magistrado porque no haya en la compañía nadie capaz de amañar adecuadamente el montaje. ¡A saber cómo se referirá “la Otra” a Rajoy en privado, imaginen lo que ocurriría si una oreja indiscreta captara lo que Pepiño dirá a buen seguro de Zaplana, ZP de Maragall o Acebes de Gallardón! El secuestro político de la información, del que depende, en buena medida, el poder, falsifica esencialmente la virtualidad democrática. Un micro abierto no es un fallo sino un revés providencial para poner al descubierto la llaga oculta que mejor ilustra esta comedia política. Se ha dicho que la hipocresía es a la democracia lo que le cinismo a la dictadura. El descuido se encarga de confirmárnoslo de vez en cuando.

Zorra y gallinero

Se encrespa el afortunado delfín de IU que controla el Ayuntamiento de Sevilla porque desde el PSOE se haya deslizado a los empresarios una cataplasma suavizante en el sentido de que ya verán como no ocurre nada del otro mundo porque la economía de la capital quede en manos de un comunista en activo. ¿Y qué esperaba ese paradójico afortunado –menor porcentaje, menos votantes, más poder–, qué menos que cierta escama por parte del capitalismo ante una circunstancia semejante? Otro gallo cantaría, desde luego y no precisamente el “gallo rojo”, si esa patronal abriera los ojos para ver cómo el comunismo hodierno ha cambiado la revolución por la nómina y la colectivización por el ‘carril bici’, una vez convertida IU, de hecho, en auténtica ‘segunda marca’ y camión-escoba electoral del PSOE. Nada de zorra en el gallinero, pues. Lo que parece mentira es que, a estas alturas, y con lo que llevamos visto, todavía funcione tanto el poder de los símbolos. 

La eterna cuestión

Otra vez el tema y problema de los fosfoyesos, la demanda de su estudio riguroso para despejar las insistentes dudas sobre su peligrosidad. Dice la patronal concernida que está de acuerdo en ese estudio –¡faltaría más!– siempre que se lleve a cabo con rigor, mientras que Green Peace denuncia sin contemplaciones la dejación administrativa que consiente ese presunto peligro sin mover un dedo. Ahora bien, quizá vaya siendo hora de decir alto y claro que quizá lo que sobran son estudios, que ha habido ya un buen montón de ellos, cada cual con su resultado, desdramatizador o alarmista, según. Y esa es la peor política que cabe seguir sobre todo se pretende respetar a un ciudadano que tiene absoluto derecho a conocer si su familia corre riesgos o no con esa presencia, interese o deje de interesar a quien sea. No se trata de hacer “otro” estudio más, sino de pactar entre quine proceda (el Ayuntamiento, la Junta, los ciudadanos) una investigación con garantías que establezca de una vez un criterio científico solvente. Hace bien el PP, en ese sentido, en reclamarlo al Gobierno. Incluso si se le puede responder preguntándole por qué no lo hizo “su” Gobierno durante los ocho años de mandato. 

Mal de muchos

No está confirmado aún, pero en Francia circulan inquietantes rumores de que el ex- presidente Chirac será finalmente llevado ante la Justicia un mes después de haberse despojado de la púrpura. Lo persigue el lío del “affaire Clearstream”, presunto lavadero de pasta negra del que se habrían beneficiado, al parecer, un considerable puñado de ilustres personalidades, según un rocambolesco testimonio anónimo, más el prestado por el general Rondot,  cuyas incautadas agendas desvelarían la implicaciones ministeriales en el mangazo que pusieron contra las cuerdas entre otros al ministro Villepin. La corrupción lleva camino en Francia de ‘normalizarse’ como una suerte de efecto secundario e inevitable de la gestión pública que lo mismo afecta a la derecha que a la izquierda de esa consolidada democracia. Un asunto mayúsculo fue el “caso Dumas” que afectó al ex-canciller y presidente de la Asamblea junto a otra panda de comisionistas que pusieron oportunamente el cazo con motivo de una millonaria compra de fragatas a Taiwán y en el que brilló con luz propia aquella amante descarada que tituló (¿firmó?) su ‘bestseller’ como “La puta de la República”. La muerte libró a Mitterand de asistir al procesamiento y prisiones de su hijo, partícipe destacado en un enredo de venta de armas a Angola en el que iba embarcado el severo ministro Charles Pascua, aunque antes lo dejara tomarse su tiempo para fraguar la infame autoamnistía con que la clase política se perdonó a sí misma. A Chirac también le ha llegado su hora, en resumen, pero se admiten apuestas contra las escasas probabilidades de que el prócer dé con sus huesos en el trullo como demandan algunos sectores jacobinos que fingen creer seriamente todavía en la proverbial capacidad de regeneración del sistema democrático. Hay que decir, en todo caso, que la simple comparecencia pública del último gaullista ya diría no poco sobre la vitalidad, siquiera residual, del sistema francés.
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A propósito del tema leo a un bloguero solitario la cáustica ironía de que la ventaja de procesar ahora a Chirac es el precedente que con ello se sentaría para, dentro de cinco años, hacer lo propio con ese Presidente arrollador al que los más guasas llaman “Sarkoivre” desde que lo vieron piripi en la tele. No hay que olvidar que, en efecto, Sarkozy anduvo implicado también en el asunto de las fragatas, allá por el 92, pero tampoco de llevar la ingenuidad hasta el extremo de ver ya virtualmente repuesto el viejo “juicio de residencia” que en la España castiza debían rendir los cargos públicos al final de su mandato. No es ningún secreto que Putin dio un paso decisivo hacia el poder absoluto cuando pactó con Yeltin y lo que éste representaba la impunidad, y no es posible saber, de momento, qué hay de verdad en la especie de que otro acuerdo similar regiría entre ‘Sarko’ y Chirac, más allá de las cábalas, alguna de las cuales llega a ver en la presta diligencia de los jueces la posibilidad de una maniobra que acabe siendo un “coup d’éponge” para tranquilizar a la opinión más exigente sin meterse, naturalmente, en honduras impredecibles. Las democracias resisten lo que no está escrito (e incluso lo que lo está) frente a este mal imparable, al parecer, que se arregla, en última y definitiva instancia, con un paripé judicial bien llevado. No se vino abajo el Pakistán saqueado por los Bhutto ni ocurrió nada de particular en Inglaterra porque varios ministros de Blair resultaran engullidos por el “caso Robinson”, como nada ha sucedido al descubrirse manejos ilícitos de miembros de familias reinantes integrados en las nóminas de intermediarios. Mal de muchos, en definitiva, lepra antigua y aferrada al cuerpo político que, al menos en algunos países, se trata de conjurar todavía siquiera escenificando la justicia igualitaria. Entre nosotros, un juzgado acaba de procesar a una familia por reclamar el dinero de un cohecho formalmente sobreseído. Yo esperaría hasta ver en qué queda la comedia de Chirac.

Defensores a Gogó

Sin salir de las páginas del periódico del día me entero de que el Defensor del Pueblo (español) tomará cartas en el asunto para ver qué hay detrás o debajo del extraño caso de los espías de la VPO onubense; de que el Defensor del Pueblo (andaluz) logra, por fin, que le nombren los adjuntos demorados por el criterio sexista; de que el Defensor del Paciente estudia demandar al Servicio Andaluz de Salud con motivo de cierto traslado de pacientes quemados; de que el Defensor de Córdoba denuncia ante la Fiscalía el tráfico de guatemaltecos en la ciudad; de que el Ayuntamiento de Huelva nombrará Defensor del Ciudadano a un edil de IU ahora cesante y justamente rebelde… ¡Dios de mi alma, pero ¿cuántos Defensores tenemos en esta país tan indefenso, en el que, a la hora de los disturbios, ni se encuentra uno ni de milagro? No sabía lo que estaba haciendo quien introdujo entre nosotros esa figura nórdica del “Ondbusman”, tan necesaria como abusada por estos partidos clientelistas. Seguro que algunos de esos “defensores” me daban la razón.