La lonja política

Otra vez el cinismo presidiendo la lógica de los pactos. Desde el PSOE, un personaje de lo menos claro, como su secretario de Organización, toca a rebato para acorralar al PP y quitarle cuantos más ayuntamientos mejor, pero de paso denuncia y alerta ante “la marrullería política de Arenas” que, asómbrense, tratará a su vez, según aquel, de arrebatarle los suyos al PSOE. Los pactos propios son magníficos –“de progreso”, suelen llamarlos–, los ajenos simplemente marrulleros. Y por supuesto, los electores al margen, sin voz ni voto, uunto en boca ocurra lo que ocurra, por lo menos hasta dentro de cuatro años en que serán llamados de nuevo para que vuelvan a dar carta blanca a estos trujimanes. Esta democracia no se tendrán firme mientras no elimine, en efecto, tanta marrullería y tanta poca vergüenza. Unos partidos que se pasan la legislatura increpando al rival pero se asocian a él en la siguiente, dan la medida de la actual olla podrida. 

El mal perder

Por lo visto ni la candidata derrotada, Manuela Parralo, ni el númen que tras ella hace y deshace, Javier Barrero, han felicitado aún por su triunfo al alcalde legítimo como es costumbre acrisolada hasta después de las competiciones más arriscadas. Bueno, la candidata sí que se ha referido al alcalde, pero para apuntar a su calvicie prócer, algo tan poco sensato e indecoroso como lo sería, por parte del adversario, disparar contra alguna prenda de su cuerpo serrano. Mal perder se llama eso, es decir, justamente lo que González –el que veía en Parralo a una mujer con un “motor potente”…– recriminaba a los de enfrente según la acreditada estrategia puesta en marcha desde el 11-M. En Huelva no hay “fair play”, ni modales educados, ni maneras correctas que hagan asumir el fracaso propio y reconocer el éxito ajeno. Una mala cosa que no es novedad pero que anuncia otra legislatura sucia, con trampas y zancadillas, en lugar de buena razones. Y eso se llama perder dos veces. Ojalá esos silentes perdedores lo entendieran así.  

 

Carne de perro

Un actor británico, Mark McGowan, especializado en numeritos de esos que ahora se llama “performances”, acaba de zamparse un perro de raza ‘corgi’, la predilecta de la reina Isabel, como protesta por la pasividad de la monarquía ante la muerte cazadora de un zorro a manos del duque de Edimburgo. Gowan no es ningún novato en este dudoso terreno de la extravagancia,  porque la pequeña crónica cuenta de él que ya recorrió a gatas el trayecto entre Londres y Canterbury –es decir, el mismo que Beckett, pero al revés– para dejar clara su solidaridad con los ciudadanos que en Navidad se sentían tan solos como hace años nos descubrió la canción de Machín, y que más recientemente ha dado buena cuenta, en compañía de Yoko Ono, la viuda de Lennon, y en un programa radiofónico en directo, de un cisne real, anátida tradicionalmente protegida por la corona de una monarquía que le disgusta en extremo.  No saben qué hacer, como puede verse, para ganarse un titular, lo mismo en esa Gran Bretaña en la que de momento la batalla del zorro está más que en el alero, como en esta España en la que empezamos a ver ‘minimanifas’ contra la tauromaquia ancestral o baronesas sobrevenidas encadenadas en defensa de los castaños de Indias. Los surrealistas españoles –encabezados entonces por Alberti y cía.– espantaban a la señoras de los primeros conciliábulos feministas estrangulando palomas o disparando sus coquetos revólveres con cachas de nácar en plena perorata, pero aquellas proezas no pasaban de ser anecdóticas en un país con cerca de un 80 por ciento de analfabetos y en el que la fama avanzaba con paso más que premioso hasta alcanzar rara vez el nivel de la leyenda. Espronceda y otros dos anunciaron a los madrileños un cambio de Gobierno paseando arriba y abajo por el Salón del Prado con sus levitas alquiladas en cuya espalda podía leerse, tras el correspondiente cambio de posición de los anunciantes, la noticia “CEA CAE”. Hoy el tal Gowan pasea por Times Square disfrazado de Bush ofreciendo sumiso el trasero a los viandantes para que satisfagan su eventual deseo de pateárselo sublimadamente al presidente, o ha de comerse un perro cocinado con manzanas y cebollas para conseguir que lo saquen en el periódico, reina por un día. La sociedad medial ofrece mucho a la protesta pero, normalmente, a un precio prohibitivo. El perro, mismamente, según el performancista y la viuda, resultaba repugnante en ese plato rebelde.
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De modo que el maltrato a unos animales se combate desde esas posiciones extremadas nada menos que comiéndose otros, de manera idéntica a cómo la violencia de Bush se castiga simbólicamente con otra violencia no poco incivil, y gente que se opone a la tauromaquia practica como réplica el banquete ritual aunque sea en directo y haciendo de tripas corazón. No hay, sin embargo, la menor noticia de ese McGowan en la crónica artística como no hay mención de su mítica ‘partenaire’ que no se funde en su matrimonio con Lennon, es decir tres cuartos de lo mismo que ocurre con la baronesa a la que Gallardón acaba de barrer en las urnas. Como no la hay de héroes animalistas que protesten por la boga de los insectos fritos, de las serpientes de cetaria o de los monitos trepanados que se ofrecen al turismo caro en los restaurantes exclusivos de Singapur y otros paraísos para degustación de sus caros cerebros. El ecologismo, tan señero por tanto méritos y conceptos, ha cristalizado también, por desgracia, en frecuente coartada de un progresismo que ha perdido la traza del progreso y no parece que lleve camino de reencontrarla. Esto de comerse al gozque para protestar por la muerte del zorro o tajelarse al cisne como quien se levanta en armas contra la flor de lis, por ejemplo, no supera la presunta antinaturalidad del hombre sino que la confirma. La dieta forma parte de la ideología. Ignorar eso tan elemental es pura publicidad de actor fracasado.

Críticas y pactos

Hay un tiempo para la crítica, incluso para el improperio o la calumnia, y otro para el pacto y el cambalache. Se puede estar una legislatura completa acusando al PSOE, pongo por caso, de corrupto o prepotente (desde Córdoba a Ayamonte) y cerrar luego en un pis pas el pleito firmando unas suculentas paces en las que, por lo general, lo que se pide a cambio de la vara es el negocio del urbanismo precisamente. La queja de los partidos ante la alta abstención no tiene en cuenta que es justo esta irresponsable política y esta insolvencia moral la causa de que los ciudadanos se alejen de la política y se afirmen en la convicción de que la vida pública es un pudridero para oportunistas. Estos días vamos a ver, sin ir más lejos, pactar como socios a prendas que se han acusado e incluso llevado a los tribunales entre sí, lo cual constituye un auténtico ultraje a la estimativa pública. La partitocracia es una lacra cuya respuesta lógica es la abstención. Y la corrupción asumida por la gente la consecuencia de este mal ejemplo que le dan sus legítimos representantes. 

Doctorado unánime

El doctorado ‘honoris causa’ concedido por la Onubense a Víctor Márquez Reviriego está provocando una auténtica unanimidad entre los onubense, sobre todo entre los muchos que conocen de antiguo su talante intelectual, la infrecuente amplitud de su cultura, la trascendencia de su trabajo periodístico y, por lo demás, su acendrado onubensismo. Víctor es una de esas cabezas generacionales espontáneas, quiero decir, a las que nadie ha designado sino que han sido erigidas por el reflejo de su prestigio y la solvencia de su ejemplo. En Huelva hizo él sus primeras armas, en Huelva aprendió un oficio que domina como nadie, mientras que en Madrid lograría formarse excepcionalmente y labrarse un prestigio incontestado. La Onubense acierta de pleno designando a este andevalino sabio que enjoyará a la institución tanto como se sentirá honrado por ese birrete él mismo. Huelva no olvida a sus hijos ilustres. No hay mejor garantía de identidad y de progreso. 

Rosa sospechoso

Como todo derecho flamante que tiene que abrirse paso en la costumbre, el derecho a la igualdad sexual va tropezando por ahí con dificultades muy variadas. Recientemente el ultracatólico Gobierno polaco debía ser reprendido por el Parlamento Europeo que veía intolerable un proyecto de ley que manejaba y en el que se incluían medidas contra la promoción de la homosexualidad y las consiguientes previsiones de despido para maestros y responsables a los que pudiera colgarse ese sambenito. No sé que fue luego de ese proyecto, francamente, pero acaba de trascender que una alta funcionaria del ejecutivo acaba de encomendar a un  grupo de psicólogos de Varsovia que estudie en qué medida el ‘Tinky Winky’ de los “teletubis”, con su vestimenta rosa y su bolsito colgado del brazo, pudiera estar contribuyendo a promocionar ese nefando estilo de vida. También es reciente el rumor de que determinadas circunstancias estarían favoreciendo en Cuba un ablandamiento de la actitud homófoba que siempre mostró la dictadura aunque Pablo Milanés dijera alguna vez (y ojo, porque lo tengo recortado) que esa enemiga no se debió nunca al Comandante sino a la panda de maricas (sic) que lo rodeaban y habían rodeado siempre, y aunque haya que advertir, en todo caso, que hace ya más de diez años –¿quizá desde que Cuba se convierte en paraíso del turismo sexual?– que no sería concebible siquiera en la isla caribeña un “caso Padilla” como el que le salió a Fidel por un ojo de la cara. Como en la España de Franco, en Cuba, por cierto, también se asocian al estigma homosexual perfiles penales durísimos, como el delito de escándalo público o el de “atentado a la religión”, fíjense lo que son las cosas. Aunque sepamos lo que sabemos sobre todas las repúblicas de Saló que en el mundo han sido, la realidad es que la dictadura se ha llevado siempre mal con ese tipo de libertades y opciones.
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En Polonia estaban previstas en esa norma penas pecuniarias y hasta de cárcel contra los eventuales infractores, pero quizá se sepa menos que en este preciso momento hay en el planeta 80 países que condenan el pecado nefando con la pena de prisión y hasta siete que mantienen como un valladar contra él nada menos que la pena de muerte. Existen paraísos del pecado incluidos en los prospectos publicitarios de las agencias de viaje, nadie ignora que –pese a bárbaras sentencias “ejemplarizantes” como alguna reciente– existen países orientales que mantienen una política de ojos y oídos cerrados ante la infamia del comercio con menores que en Internet, encima, ha terminado por convertirse en un fabuloso negocio. Pero junto a ello funcionan insomnes las censuras y acechan los verdugos que ven en la “diferencia” un desafío intolerable al canon permitido, incluso en casos tan sutiles como el de ese ‘Tinky Winky’ sospechoso por el rosa de su vesta, el bolso en bandolera o el tono de la voz. El propio Organismo de Defensa de la Infancia que dirige Ewa Sowinska, no las tiene todas consigo a la hora de proscribir esa teleserie de éxito mundial, pero se niega a renunciar a las investigaciones en marcha sobre la identidad profunda del muñeco animado antes de que los expertos se hayan pronunciado como Dios manda sobre tan erística cuestión. Nadie, ni en Occidente ni en Oriente, se planteó nunca la más que probable influencia nefasta que sobre la audiencia más débil ejercen seguramente la reata de personajes violentos y la panoplia de actitudes brutales que cada día abrasan desde nuestros ‘medios’ la conciencia pública. Los “teletubis”, en cambio, preocupan en un mundo que no se tienta la ropa porque aún haya en él tantos países homófobos capaces de enviar al cadalso a un mariquita o apedrear a una lesbiana hasta el último suspiro. Vamos a esperar el dictamen de los sabios, eso sí. La ciencia es en muchas ocasiones la mejor coartada de la falsa conciencia.