Cuarto mandato

Mano de hierro en guante de seda en la ceremonia de toma de posesión del alcalde de la capital. Sonrisas como dagas, gestitos reveladores de la más pura frustración, fugaces incidentes de una indecorosa y grosera ‘claque’ partidista, un discurso desde IU muy por encima de su realidad y posibilidades, otro de la candidata derrotada ingenuamente provocador –sacar lo de los tres puentes y el Ave no se le ocurre ni al que asó la manteca– y uno del alcalde que tuvo poco de circunstancial y mucho de demostración de poder. Quizá el PSOE no calculó bien las promesas electorales pero al PP le van a venir de lujo a la hora de dar la barrila durante una legislatura para la que la oposición va a necesitar más que nunca de “culo di ferro”. La verdad, no sé de que sonreían con cierta suficiencia algunos ediles/as de ésta. Sí entiendo –a la perfección–, en cambio, por qué aullaban, al fondo y aislados, los reventadores de la ‘claque’.

El cine escuela

En el juicio que se celebra en Sevilla contra un gitano, presunto (en fin, algo hay que decir) homicida de un celador que había atropellado sin consecuencias a su hija, el acusado le ha espetado al Tribunal por toda respuesta a sus preguntas un sonoro “Me ‘agarro’ a la ‘Quinta Enmienda’ ” que ha dejado fría a la sala. Eso para que vengan los desdramatizadores pretendiendo que los efectos mediáticos, especialmente los del cine y la tele, no son decisivos a la hora de explicar criterios y comportamientos de una audiencia que tiene en ellos su auténtica escuela de costumbres en un grado mucho mayor que cualquiera de sus predecesores históricos. La imagen de la Justicia cinematográfica divulgada por el gran cine americano ha influido en nuestra mentalidad tanto o más que el modelo de vida que difunde ha acabado por moldearla. Sabemos, por ejemplo, que en USA las policías refuerzan sus servicios cuando por la tele se emiten películas de mucha audiencia en las que se muestren violaciones, y que se hace así desde que se comprobó que, tras cada emisión de esa naturaleza, se producía en el país una cadena de violaciones similares a la exhibida en la pantalla. Como sabemos que las modalidades criminales obedecen, en buena medida, a modas impuestas por esos modelos visuales, en especial en cuanto se refiere a la violencia contra las personas, que un inevitable mimetismo acaba por consagrar, y hasta cabe suponer que la fascinación colectiva por aquella Justicia ejemplar haya pesado lo suyo a la hora de decidirse a introducir en el sistema español tradicional una institución postiza como el jurado que la verdad es que, tras las elocuentes experiencias de su fracaso, ahora no saben cómo quitarse de encima quienes ayudaron a instaurarla. El gitano de Sevilla “agarrándose” a esa inexistente ‘Quinta Enmienda’ constituye el mejor exponente de la devastadora capacidad de mimetización que el imaginario posee sobre la realidad.
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Nadie negará que la imaginación creadora ha influido siempre en las conductas. A don Alonso Quijano le secó la mollera la lectura obsesiva de esplandianes y amadises, y sabido es que el éxito romántico del ‘Werther’ goethiano desencadenó por toda la culta Europa una ola de amorosos suicidios (hasta el de Larra se trató de incluir en esa nómina alguna vez) calcados del desdichado personaje. Pero tampoco puede caber duda de que la acción socializadora de los medios audiovisuales es exponencialmente superior a la de los que le precedieron, entre otras causas por su alcance masivo, pero también, no cabe dudarlo, como consecuencia de la capacidad persuasiva de la imagen en ese proceso vivencial que Edgar Morin llamó “introyección” del sujeto en la imaginaria realidad propuesta por la imagen cinematográfica. En el espejo del cine se penetra, como en el de ‘Alicia’, en busca de un país tan irreal como el que subyace bajo el azogue de aquellos en que se reflejaban los espectros de Bram Stoker o Richard Matheson, pero eso no lo ha descubierto el gitano del cuento hasta que la jueza se lo ha hecho notar significándole que ese famoso expediente de mafiosos, racistas y ‘perros de paja’ no vale en nuestro viejo sistema. Las antenas de los bloques marginales o las que se alzan incluso sobre las chabolas no parece que estén sirviendo para mucho a la hora de escolarizar a la prole pero a la vista está que por ellas se recibe íntegro un mensaje foráneo que tiende a imponerse sobre el aborigen y hasta es capaz de conquistar la celosa automarginación de las minorías. ¡Un gitano invocando la ‘Quinta Enmienda’! Quizá fuera cosa de ir pensando en primar la pedagogía televisiva y olvidarse de esa escuela en la que la autoridad ha resultado no poco incapaz de recluir a generaciones enteras de marginados. O de poner un televisor en las aulas como ya se han puesto cámaras en los juzgados.

La mayoría inútil

No es edificante le paisaje que han plasmado los pactos bajo la mesa. Hay demasiados ganadores de las elecciones relegados a la oposición, demasiados perdedores aupados al gobierno. La aritmética simple ha hecho que algunos que han perdido apoyo hayan ganado poder y viceversa. ¿Qué es legítimo? Más bien habría que empezar a decir, simplemente, que es legal, es decir, que es así porque lo dijo la ley hace 30 años, todavía en la noche de los miedos, y cuando había en España una preocupante legión de partidos y partidillos. Cada vez tiene menos sentido que, por ejemplo, en Sevilla IU o en Córdoba el PSOE, saquen una tajada mayor que el cuchillo mientras que el PP, que ganó en ambas capitales, se enfrente a una legislatura mano sobre mano. Esta ley Electoral está superada y lastima el sentido común. Si no quieren que la abstención siga su marcha ascendente, habrán de modificarla para que la mayoría directa signifique algo más que nada. 

Las asambleas de IU

La etapa Valderas va a saldarse en Huelva con un rasgo sobresaliente: la liquidación de las asambleas. ¿Democracia interna, libre discusión asamblearia? Vamos, hombre. Para esta IU, que ya no le ve la matrícula a la que dirigía Anguita, lo único que cuenta es la conveniencia de los jeques, incluso si el precio de esa conveniencia es destruir el “órgano de la base” (¿les suena?). Ahí tienen cómo se las aviaron para destruir la activa asamblea de Valverde y aquí tienen ahora cómo andan triturando la de Bollullos, atentos en siempre al compromiso feudal con el PSOE de aislar al mismo PP que, en otros tiempos, sirvió para forzar a Chaves al único ensayo de sensatez que ha vivido nuestra autonomía y que, por cierto, como aquí recordaba ayer Rafael Unquiles, le sirvió a Valderas de escabel para empinarse muy por encima de su estatura. A IU le quedan veinte pelados antes de que el PSOE la obligue a recoger el rancho en fila. Ciertamente Cervantes llevaba más razón que nunca cuando dijo que “lo primero es el buen gobierno de las tripas”. 

El espejo mítico

Se han levantado algunas voces discrepantes con la decisión de concederle el premio Príncipe de Asturias a Bob Dylan. Alegan que lo que ha hecho ese jurado es homenajearse a sí mismo, superponer a su retrato, en el espejo inconsciente, la cara del héroe generacional confundido, que es lo suyo, con la generación misma, argumento vano, en definitiva, porque pocas cosas hay tan claras como la inevitable tendencia del hombre a mitificar el pasado. Estos mismos días estamos asistiendo al homenaje múltiple a la Transición, o a los nuevos “30 años de paz”, si se prefiere, bien entendido que de paz auténtica esta vez y no de paz a punta de pistola, como la otra. Parece como si la descalificación generacional que ha supuesto la propuesta de liquidación del 68 –es decir, de jubilación generacional– lanzada en Francia, hubiera reforzado aquí las ínfulas generacionales hasta el punto en que estamos viendo invertir la operación de descrédito de aquella proeza, que ha estado en marcha durante toda esta legislatura. La última palabra en materia estimativa es, pues, que la Transición fue un momento lúcido en nuestra historia y, en consecuencia, que sus autores, directos e indirectos, bien merecen el crédito que se les ha venido otorgando y del que se ha pretendido despojarlos últimamente, aunque sólo sea porque con su espíritu de concordia y su voluntad de acuerdo supieron renunciar todos a cuanto fue menester en beneficio del común. Si fue así, en realidad, o no lo fue, es cosa discutible, como es natural, pero todo indica que ésta será en adelante la doctrina oficial y, por tanto, el salvoconducto histórico para una ‘generación perdida’ que hizo lo más difícil aunque venga luego fallando en lo aparentemente fácil. Yo creo que el premio a Bob Dylan y esta movida institucional salen de un mismo morral y no me parecen inadecuados ni el uno ni la otra a salvo lo que ya va dicho sobre la mitificación de todo pasado. No íbamos a ser nosotros la primera hornada que se apedreara a sí misma en el espejo.
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Nos vamos a enterar de muchas cosas, en cualquiera de los casos, sobre las grandezas y miserias de aquellos fastos. Las suficientes para aferrarnos a la idea de que una vez mitificada una realidad ya no hay quien la desmitifique. El gesto compungido y el enorme galón en la manga del entonces Príncipe en los funerales de la dictadura, el gesto testimonial de los sociatas recibiendo sentados al nuevo monarca, las manos en los bolsillos republicanos de Guerra frente al retrato de Pasionaria aplaudiendo al Rey puesta en pie, las cenizas de Carrillo o los truenos de Fraga, son ya simple polvo pretérito despejado del cual apenas sorprende enterarnos de que la UCD financiaba al PSOE o que el Departamento de Estado americano avalara a esa “izquierda razonable” frente a la temida “izquierda temible” que encarnaba el PC. Toda esa galería se confunde y transfigura ya bajo la pátina del mito, memoria a merced del tiempo, sombra prestigiosa e incierta de una realidad determinada finalmente por la convención que es, en suma, el nervio de toda historia. La historiografía trabaja sobre estos materiales amañados por la influencia y fundidos por la subjetividad, contra lo que pueda creerse y sostengan a capa y espada los voluntaristas del objetivismo, pero sea lo que fuere de esa vaina lo cierto es que estos homenajes al pasado rebotan en el presente para aureolar a ese protagonista colectivo imprescindible a la hora de consagrar la operación. El pasado cobra su relieve definitivo en esa alquitara que destila una imagen inapelable que depende menos de la verdad propiamente dicha que de su versión imaginaria. Y a ese género de certezas pertenecen lo mismo nuestro episodio que la barba de Carlomagno o el alfanje de Saladino. Considerando lo que ya sabemos, preciso es concluir que tal vez no pueda ser de otra forma.

Ejemplo capital

Hoy que se constituyen los Ayuntamientos chirría especialmente el rifirrafe judicial entre el PP y el PSOE de la capital de la región –el PP como denunciante, el PSOE como consecuencia– a propósito del famoso fax que el candidato ‘popular’ que ha ganado las elecciones mostró en la tele al que será alcalde aupado por IU. Imaginen el ejemplo cívico que implica esa pelea en la que el propio alcalde es acusado de participar en una trama de facturas falsas que, en cualquier caso, no parece que puedan desmentirse, mientras corre de boca en boca que desde el Ayuntamiento de la capital se instruye a ciertos presuntos cómplices en el arte de defraudar al propio consistorio. Eso se llama comenzar con mal pie, por si algo faltaba encima del espectáculo de cambalache generalizado que estamos viviendo. Queda lejos la democracia municipal porque, ciertamente, si su modelo justo fuera éste, la verdad es que deja demasiado que desear incluso al menos exigente de los ciudadanos.