Dietario electoral

Un candidato del PSOE pretende rifar un piso entre los asistentes a su mitin. La Junta Electoral Central manda retirar la campaña de la Junta el día antes terminar su exhibición. En Marbella siguen las detenciones y las desventuras de la Pantoja sirven a la prensa oficialista para tapar le mangazo de Ibiza y el escándalo mayúsculo de la CNMV. La mayoría de los españoles rechaza la presencia de en las listas vascas de candidatos vinculados al terrorismo pero el TC la consagra. Una lista canaria queda fuera de juego por no incluir ningún varón y cuarenta del PSOE son salvadas por la Fiscalía a pesar de infringir la Ley de Igualdad. El debate municipal de Madrid desanima a más de uno a correr la suerte del candidato Sebastián, flagelado sin piedad por Gallardón. El amo de la “Fórmula 1” supedita el acontecimiento valenciano a que gane el PP. Chaves firma una publicidad que condiciona la ayuda de la Junta al color del Ayuntamiento. 

Debates

He oído por ahí que el alcalde de la capital no descarta mantener debates con los demás candidatos. Hace bien, pero no creo que le cojan la palabra, sobre todo tras la experiencia proporcionada por el debate madrileño de que discutir en público con un alcalde es siempre arriesgado por la mayor experiencia e información que éste suele tener. No creo, en todo caso, que haya quien se siente en un plató frente a sus contrincantes pudiendo echar el día a perros en este o aquel barrio sin exponerse a un revolcón. No me imagino qué podría esperar Parralo de semejante aventura, nueva como es en la plaza y teniendo tan poco aguante como tiene, ni siquiera Pedro Jiménez al que los propios argumentos de los disidentes de su coalición bastarían para crucificarlo y al que el lío de la Mesa tiene con un pie en esta orilla y el otro en Saltés. ¿Me olvido de alguno? Pues puede pero en este momento ni me viene a la cabeza, o sea que imaginen. 

El valor del saber

En España sabemos bien lo que ‘cuesta’ estudiar. No tanto lo que ‘vale’ el resultado del estudio, que es, desde luego, según los propios datos oficiales, mucho menos de lo que debiera. Concretamente sabemos ahora que nuestro país es el miembro de la OCDE para el que menos vale el estudio a la hora de acceder al mercado de trabajo o de hacer valer dentro de él el título conseguido, dicho en otros términos, el país en el que menos compensa estudiar desde la perspectiva de trabajo, un fenómeno a contrapelo de lo que ocurre en la mayoría de las sociedades desarrolladas y en países tan diferentes como los EEUU o Corea.  Con título o sin él, nuestros jóvenes se mueven en una atmósfera severa como un ejército malpagado –19 millones de ‘mileuristas’, es decir, el 40 por ciento de la población y el doble de la media europea– que afronta su vida en precario con un talante de provisionalidad explicablemente traducible en actitudes que fluctúan, como no podía ser de otra manera,  entre la actitud escéptica y el puro pasotismo, viviendo en comunidades forzadas por la insolvencia y adaptados a un “mal pasar” que, con el tiempo, ha de romper, seguramente, en el oportunismo más elemental. Es todo el sistema educativo el que falla, desde luego, y no sólo el mecanismo de recepción del saber académico en el mercado. La ministra de Educación acaba de cifrar en un 30 por ciento el número de estudiantes que fracasan en la escuela, cifra ligeramente inferior a la del ejercicio pasado, pero que todavía supone el doble de la registrada en la media europea, de cuyo salario medio (más de 34.000 euros anuales) dista mucho el percibido en España, donde no llega a 20.500. Todo encaja, pues, como puede verse, nada es casual en nuestro desfase respecto a Europa y poco o nada conseguirán las Administraciones “disimulando” la causa primera de este fiasco a base de flexibilizar benignamente el “progreso” en la escuela. Ahí están esos 10 millones y medio de españolitos titulados que no llegan al doble del salario mínimo interprofesional. Al mercado español, por el momento, le importa poco el nivel académico de sus trabajadores. Sólo nos queda decidir de quién es la culpa.
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A la depreciación de los títulos ha contribuido más que nada el mismo menosprecio oficial del conocimiento. La tesis que expresa el adagio chusco “to er mundo vale pa to” habla por sí sola y la imagen de un portavoz del partido gobernante declarando, satisfecho e insolente, que gana un millón de pesetas al mes sin haber superado el primer curso de carrera nos dice el resto. Sin que quepa minusvalorar el efecto perverso del “exemplum” cotidiano, hechos como la noticia de que un señor sin mayores méritos gane en una mañana, sin salir de la notaría, unos cuatro mil millones por comprar y vender una finca a la sombra del poder político municipal, o cualquiera de los capítulos de la saga marbellí. En mi opinión, no sólo el mercado es escéptico ante el saber por razones conectadas con la suficiencia de la automatización tecnológica y demás, sino que la propia sociedad, y en primer término los nuevos trabajadores, han percibido que no hay relación entre el nivel de formación y el mérito mientras que sí lo hay entre el oportunismo (político, en especial) y la recompensa que ofrece el Sistema. No hay más que ojear las nóminas públicas pata comprender que vale infinitamente más “colocarse” adecuadamente en el ‘aparato’ de un partido con poder que cualquier acreditación académica imaginable. Como no hay más que percatarse de la indigencia intelectual de nuestras elites para entender que el desinterés por la cultura y el conocimiento concierne y radica en el propio Sistema y no en quienes sufren sus efectos. La ministra debe entender que fracaso escolar, subempleo y precariedad están íntimamente ligados en una misma trama lógica y que no será posible deshacerse de ninguna de esas lacras sin enfrentarse a las demás.

Qué es demagogia

Rifirrafe en el Senado entre el ministro de Industria (anestesista de profesión) y un diputado gaditano que le exigía soluciones para la crisis de Delphi exhibiendo enardecido las fogatas de los despedidos. El ministro le dijo que echar gasolina al fuego es cosa de demagogos y más todavía si el que la echa conoce las dificultades reales que existen para remediar el mal que se lamenta. Y lleva razón en parte, aunque habría que recordarle que tan demagógico es practicar al alarmismo como atenerse a la desdramatización, bajar a Cádiz de vez en cuando –desde Sevilla, desde Madrid– para pedir paciencia con el cuento del envergue de que queda mucha tela por cortar, a sabiendas de que no queda apenas ninguna. Tan demagógica es la tea como el que la exhibe, pero tan demagógico es también irse a los desesperados con paños calientes como animarlos a una violencia que a nada conduce. El ministro, como Chaves, saben que lo de Delphi no tiene solución y tratan sólo de pasar con el menor daño posible el mal trago de las elecciones. 

Cerco político

Ya puede decirse, con la Justicia por testigo, que la Junta castiga a los Ayuntamientos que no son del PSOE. La sentencia (inapelable) del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) no deja lugar a dudas en el caso de la negativa de la consejería de Cultura a mantenerle al Ayuntamiento del PP las subvenciones con que lo había favorecido mientras gobernó “su” partido. La importancia no está en la sanción que el TSJA impone a la Junta (indemnizar con 8.500 euros a los puntumbrieños) sino en el estímulo que este experiencia puede representar para muchos concejos literalmente cercados por hambre. No ha comenzado la campaña de las municipales y ya hay por ahí  carteles en los que el propio Chaves firma el mensaje de que con el PSOE habrá ayuda y sin él no. Desde ahora, en todo caso, ya saben los Ayuntamientos el camino que han de seguir para reclamar, cuando proceda, su derecho a no ser discriminado en beneficio de los que ondean la misma bandera que la Junta.

Ombos y Téntira

La escena servida por el telediario nos ha helado el alma. Una mujer joven, el suéter rojo, la larga melena desparramada por su suelo, sujeta a la furia de una banda salvaje, cientos de machos golpeándola hasta la muerte. Tras la lapidación, la mujer aparece ensangrentada, desnuda de cintura para abajo, las piernas cubiertas púdicamente por una chaqueta, un amasijo torturado e irreconocible al que algún verdugo minucioso asesta aún la penúltima pedrada. El delito, su conversión por amor al credo del islam, supremo desafío al fanatismo arcaico de los yezidistas, la prole de Mazda, la legión integrista y puritana que exige buenas costumbres e impone el tabú del pescado y la lechuga, aparte de venerar a Jesús y a su madre. Pura arqueología mítica conservada en un mundo orate, refrito salvaje del dualismo primitivo, pero conservado hoy día en la estricta observancia de un fanatismo rabioso. Odios de religión, los más feroces acaso. Recuerdo la sátira 15 de Juvenal (léanla en la versión cristalina del profesor Socas), aquella que refiere la historia de los dos pueblos enfrentados por el odio a los dioses ajenos. “Un viejo rencor, un odio imperecedero y una herida irrestañable arde hasta hoy entre las vecinas de Ombos y Téntira. La soberana locura de las masas de una y otra parte proviene de que cada comarca aborrece los dioses de su vecina”. Eso es todo. Un día salta la chispa y los perseguidores de un bando alcanzan a una rezagada “bajo los umbríos palmerales”, le dan caza salvaje, la descuartizan como a una pieza y se la reparten equitativamente para devorarla, “de modo que un solo muerto alcance para muchos, todo entero hasta roer los huesos”: la violencia hecha eucaristía. René Girard –“La violencia y lo sagrado”– resulta hoy más clásico que nunca.
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El problema es el del cascabel y el gato. ¿Está en condiciones el poder iraquí de exigir civilidad a un credo fanático como le pide el gobierno kurdo? Los organizadores de las campañas contra el salvajismo de las lapidaciones saben de sobra que no hay poder en el mundo capaz de frenar, en última instancia, esa barbarie primitiva que, por cierto, encuentra cierta vaga y ambigüa comprensión desde la aberración multiculturalista que extrañamente prospera en el ámbito de la “corrección política” occidental, ni que decirn tiene que en la entraña de los países más civilizados. Veo el martirio de Dua Jalil Aswad y me rebelo, en todo caso, contra la antigua insania ortodoxa que es capaz de perpetrar atentados tan inconcebiblemente crueles y, como de rebote, hacer posible las temibles e inevitables venganzas que ya están en curso. La índole religiosa de la noción de ‘honra’, sobre todo, funciona en las sociedades primitivas como la trilita asequible a  cualquier detonante. Hay miles de mujeres indias abrasadas con ácido por sus machos, una legión de niñas sometidas a ablaciones o infibuladas por sus propias familias y no pocas culturas en las que sigue vigente el derecho varonil a mutilar o dar muerte a las mujeres ‘deshonradas’ según sus absurdos códigos vernáculos. El telediario no ha hecho más que recordarnos esa realidad sin escatimar el horror ni perderse en disimulos, un buen estímulo, sin duda, para los contumaces del proyecto de ‘alianza de civilizaciones’ y los popes del multiculturalismo imposible. Miro ese cuerpo triturado, esa vida joven reducida a irreparable casquería, aguanto la mirada en la escena insufrible del suplicio y recuerdo la escena de Juvenal, los bárbaros de Ombos devorando a su víctima, el pánico de los vencidos, el regusto indeleble que esa despiadada comunión –“quien tuvo aguante para morder un cadáver, ya nunca come nada más gustoso que esa carne”–, el espectáculo deplorable de la bestialidad humana disfrazada de cultura. Ombos y Téntira no son una metáfora sino un arquetipo. Todavía hay mucho que aprender en los clásicos.