Séneca en Huelva

Dice el autodidacta mejor pagado de la historia onubense, Mario Jiménez, que no está dispuesto a abrirse las venas por la derrota sin paliativos de Manuela Parralo en la capital –cuarta del partido, no se olvide, las tres últimas por mayoría absoluta– dado que se ha hecho un buen trabajo. ¡Y tanto que se  ha hecho! Una campaña a la que acude ZP, varias veces Chaves y una González es una campaña “no va más”. En la que, evidentemente, el partido se lo juega todo a esa carta. Otra cosa es que, así como en Madrid mismamente han dimitido los responsables del fracaso, en Huelva no dimite nadie ni a tiros, y encima se trata de sobrevalorar un resultado que habría que calibrar en términos de representación y también por la índole del voto. Este jimenismo sin ilustrar ha traído una degradación de las peores formas pero en modo alguno una mejora del fondo político, y el PSOE sigue siendo, aunque más si cabe, el gran hegemónico de las zonas atrasadas que fracasa en la inmensa mayoría de las urbanas y modernas. Por lo demás, las venas ya se las han abierto a Parralo para que se desangre en solitario en estos cuatro años.

Bocas cerradas

En una misma jornada dos miembros del Gobierno han anunciado medidas de “discreción” como parte de su estrategia. Por un lado, la señora vicepresidenta eludió explicar qué había de cierto en la gravísima acusación del periódico ‘Gara’, es decir, de ETA, sobre el entendimiento entre Gobierno y banda, con el simple argumento de que el ejecutivo no está dispuesto a entrar al trapo que le muestran los terroristas. Por otro, el ministro Caldera, notable fracasado en la política migratoria tanto como en la protección de la mujer, anunció la tira de nuevas medidas para reforzar la lucha contra el macho loco entre las que se incluye una que habla por sí sola: la de controlar la información, no amordazando a los ‘medios’ con censuras, qué va, pero sí facilitándoles un “protocolo” sobre cómo ejercer la libertad de prensa cuando se trate de informar al común de los mortales sobre asuntos relacionados con la “violencia de género”. Chitón, pues. A cualquiera se le ocurre que la política de protección tan insistentemente anunciada y publicitada por el Gobierno ha constituido un rotundo fracaso hasta ahora, con el agravante de que ya no queda el recurso de responsabilizar al rival como se hizo con irresponsable ferocidad mientras duró la oposición. Hay tantas o más mujeres (más) que había en tiempos pasados, pero ese dato adquiere su verdadera dimensión cuando se considera que esa catástrofe se produce ahora no por ausencia de instrumentos legales, como entonces, sino a pesar de ellos. Ya me dirán qué sentido puede tener recortar la expresión informativa cuando la opinión pública casi ha llegado a insensibilizarse ante una tragedia tan habitual que parece página obligada del telediario, pero hay que comprender que algo tenía que hacer el Gobierno ante el fracaso absoluto de la protección intentada hasta ahora. ¿Puede alguien tomar en serio la idea de que los asesinos de mujeres actúan motivados por la imagen especular? No parece probable pero se comprende que quien tiene la responsabilidad última se agarre a ese clavo ardiente.
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Quizá lo peor de ese expediente sea todos tenemos demasiadas noticias de crímenes de esa naturaleza que no se han evitado por fallos en la previsión o por inexplicables lenidades ante la amenaza. ¿Qué culpa tiene la prensa de que demasiadas mujeres hayan sido liquidadas a pesar de sus denuncias previas, de que la autoridad carezca de medios adecuados a tan espantosa boga, que haya juzgados incomprensiblemente tolerantes con los agresores o que no exista manera alguna, al parecer, de controlar policialmente el alejamiento de los bárbaros de sus víctimas ni siquiera en casos clamorosos? Ninguna, por supuesto, y nada permite suponer que el hecho de que los medios cribaran sus informaciones sobre la barbarie contribuiría a desanimar a unos delincuentes animados por la expectativa de unas penas de cárcel que, en la práctica, de sobra saben ellos que habrían de ser breves. No es preciso descartar cierto efecto mimético en las conductas para entender que esos salvajes no matan a las mujeres porque vean a otros matar sino porque están convencidos de que el castigo que les espera, en el peor de los casos, bien merece la pena de ser soportado a cambio de su hazaña. Poco se puede hacer a corto plazo sobre las causas profundas de semejante sangría –el cambio de estatus de la mujer, su libertad respecto al varón– pero no es dudoso que la conciencia cierta de una sanción realmente disuasoria detendría en el aire la mano de muchos agresores y, por supuesto, que un control severo de los sospechosos evitaría infinidad de atentados. A la prensa le pueden poner bozal o marcarle en rojo los límites de su libertad informativa, pero eso no disuadirá a unos criminales que conocen el módico precio de su delito. A lo mejor iba mejor al caso disponer el cumplimento íntegro de unas penas graves que este nuevo intento de difuminar el aguafuerte de nuestra peor tragedia.

Nadie a la izquierda

Pide Rosa Aguilar, la alcaldesa a tan alto precio de Córdoba, un amplio y profundo debate previo nada menos que a la refundación de IU, la coalición en baja que, sin embargo, capitaliza bien su crisis haciendo de paje del PSOE, como ella misma. Y cifra esa revolución no en que IU se recicle en una fuerza “a la izquierda” sino en el simple objetivo electoralista de que la coalición consiga hacerse con el voto joven, que es numeroso aunque, por el momento, se mantenga alejado de las urnas y frío ante la comedia política. Ya se verá que ocurre, pero la verdad es que si la gente joven se decide a votar a unos partidos a los que están viendo vender y revender la voluntad popular como marchantes en el zoco, quizá hubiéramos quemado el último cartucho. Eso sí, la convocatoria de la alcaldesa tiene el interés de certificar la crisis profunda que vive esa izquierda cada día más apesebrada y contentadiza. Seguro que en el PSOE se troncharán de risa con su proposición.

Parar la psicosis

No debe prosperar el estado de creciente inquietud que el hallazgo del coche etarra en Ayamonte ha provocado en la opinión pública, en especial tras conocerse algunos detalles de la investigación policial. Nada peor que un estado de psicosis que constituiría un triunfo gratuito para los terroristas, en especial en plena temporada de vacaciones estivales, pero ello exige, a cambio, una razonable garantía de que va a extremarse la presión policial y el control de elementos que el caso que nos ocupa demuestra que andan todavía como Pedro por su casa. La unidad frente a esos bandidos no debe quedar sólo en palabras sino traducirse en un frente firme contra sus propósitos en el que los ciudadanos tienen un importante papel colaborador que jugar, sin alarmismos pero sin contemplaciones. Que la amenaza existe es cosa demostrada. Se trata de cerrar filas frente a ella, en torno a la autoridad, y con serena determinación. El temor es buen consejero, el pánico, el peor de los desastres.

Los chorros del oro

Mi alusión al comentario más bien escéptico que sobre la “alianza de civilizaciones” y el ingenuo montaje de “las tres culturas” hizo en las “Charlas de El Mundo” el embajador de Israel, Víctor Harel, se ha complicado, al menos en la mente de un par de susceptibles, con la referencia que ayer mismo hacía yo aquí a las propuestas del sínodo islamista celebrado en Córdoba por un –insisto en el valor de los palabras– “Liderazgo Islámico Mundial”, y entre las que se incluía, además exigir coherencia con el compromiso gubernamental de “memoria histórica”, la aplicación a la prensa libre que gastamos los occidentales de cierto “código” que no hay más remedio que suponer limitador de nuestra libertad. No me extraño, por supuesto, del equívoco y me apresuro –libremente, ojo– a dejar constancia de mi apoyo a cuanto suponga concordia además de mi respeto por esa Historia que nos constituye y sin la que no seríamos sino una especie más en el mapa zoológico. Pero esto último, lo del respeto por la Historia, hay que tomárselo en serio o será mejor dejarlo. Lo de las “tres culturas” para empezar, ese embeleco que postula la ancestral convivencia pacífica en Al Andalus de judíos, moros y cristianos, a pesar de lo que sabemos por la vasta historiografía sobre la materia, hoy eludida si no borrada de un plumazo (en el BOJA) por quienes anteponen su interés políticos a la incontrovertible realidad. ¿Tres culturas conviviendo en paz y armonía? ¿Cuándo, dónde? Nadie que conozca esa historia ignora que hubo periodos apaciguados entonces y siempre, pero sin que ello permita, en absoluto, imaginar unas paces que jamás existieron entre tres razas y tres culturas que nunca se soportaron más de lo imprescindible y siempre por razones funcionales. El integrismo islamista de periodos tan duros como los señoreados por almohades o almorávides tiene poco que envidiar a las aventuras inquisitoriales de los cristianos, y hay que ser directamente un beocio para sugerir siquiera que alguna vez los judíos disfrutaron en España –como colectividad se entiende– de un  trato benévolo. Una cosa es la historia real y otra el cuento político. Si escribí son alguna aspereza algo por el estilo, desde luego lo sostengo.
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En una obra colectiva publicada hace poco precisamente en Córdoba (editorial El Almendro) encuentro un trabajo del profesor Enrique Cantera que desmonta sin proponérselo todo ese montaje al mostrar que la situación normal del judío en la España cristiana fue la del segregado, la presunta encarnación del mal o el emblema diabólico al que se le suponía incluso el ignominioso atributo de la suciedad. Cantera demuestra cómo el hecho elemental de mantener la higiene personal y doméstica fue considerado indicio seguro de herejía –la costumbre de “hacer sábado” es una curiosa herencia recibida por la sociedad católica de los propios “marranos”– hasta el punto de fundar más de una sentencia que acabó en la hoguera. Pero hay páginas en Dozy, en Lévi-Provençal, en Albornoz, en Simonet o en Caro Baroja que no permiten, entiendo yo, hacerse la menor ilusión sobre que en aquella sociedad quebrada existiera alguna vez un edén, lo que no supone, en modo alguno, rechazar esa envidiable posibilidad sino descubrir la falacia que la da por cierta por exigencias del guión político. Nunca hubo convivencia pacífica entre las religiones del Libro, ni en España ni en parte alguna, aunque bien sabemos que hubo épocas mejores que otras. Me ha emocionado en el trabajo de Cantera, escuchar las protestas de las mujeres judías perseguidas por bañarse al atardecer del viernes o cambiase de camisa, como tantas veces nos emocionaron los testimonios de la ferocidad sarracena. La Historia no se deja inventar. Podemos celebrar que Baremboin, por ejemplo, encumbre este camelo político pero ni su eximia batuta cambia las cosas. No hay más que un modo de utilizar rectamente el pasado y es asumirlo.

La cámara inútil

La conmemoración del cuarto de siglo de Parlamento andaluz se produce en un momento en el que ni a los informativos laudatorios de Canal Sur se les escapa que el “régimen” propiciado por la hegemonía con sus mayorías absolutas ha hecho de la Cámara autonómica una institución tan cara como prescindible. Sólo por equivocación pierde el gobiernillo regional un debate, ni una sola vez en más de un decenio ha sido autorizada –y pídanle cuenta de ello, en todo caso, tanto a IU como al PA– una comisión investigadora a pesar de que los escándalos se ha multiplicado hasta alcanzar de lleno al propio Presidente de la autonomía, los debates se han convertido en provincianos rifirrafes tan previsibles como insustanciales. ¿Para que sirve hoy el Parlamento andaluz? Hay preguntas como ésta que llevan derecho a la inconfesable crisis de una democracia que, en todo caso, no parece demasiado incómoda. Sarna con gusto no pica. Larga vida y otro cuarto de siglo, pues, para el primer teatro de la comunidad.