Críticas y pactos

Hay un tiempo para la crítica, incluso para el improperio o la calumnia, y otro para el pacto y el cambalache. Se puede estar una legislatura completa acusando al PSOE, pongo por caso, de corrupto o prepotente (desde Córdoba a Ayamonte) y cerrar luego en un pis pas el pleito firmando unas suculentas paces en las que, por lo general, lo que se pide a cambio de la vara es el negocio del urbanismo precisamente. La queja de los partidos ante la alta abstención no tiene en cuenta que es justo esta irresponsable política y esta insolvencia moral la causa de que los ciudadanos se alejen de la política y se afirmen en la convicción de que la vida pública es un pudridero para oportunistas. Estos días vamos a ver, sin ir más lejos, pactar como socios a prendas que se han acusado e incluso llevado a los tribunales entre sí, lo cual constituye un auténtico ultraje a la estimativa pública. La partitocracia es una lacra cuya respuesta lógica es la abstención. Y la corrupción asumida por la gente la consecuencia de este mal ejemplo que le dan sus legítimos representantes. 

Doctorado unánime

El doctorado ‘honoris causa’ concedido por la Onubense a Víctor Márquez Reviriego está provocando una auténtica unanimidad entre los onubense, sobre todo entre los muchos que conocen de antiguo su talante intelectual, la infrecuente amplitud de su cultura, la trascendencia de su trabajo periodístico y, por lo demás, su acendrado onubensismo. Víctor es una de esas cabezas generacionales espontáneas, quiero decir, a las que nadie ha designado sino que han sido erigidas por el reflejo de su prestigio y la solvencia de su ejemplo. En Huelva hizo él sus primeras armas, en Huelva aprendió un oficio que domina como nadie, mientras que en Madrid lograría formarse excepcionalmente y labrarse un prestigio incontestado. La Onubense acierta de pleno designando a este andevalino sabio que enjoyará a la institución tanto como se sentirá honrado por ese birrete él mismo. Huelva no olvida a sus hijos ilustres. No hay mejor garantía de identidad y de progreso. 

Rosa sospechoso

Como todo derecho flamante que tiene que abrirse paso en la costumbre, el derecho a la igualdad sexual va tropezando por ahí con dificultades muy variadas. Recientemente el ultracatólico Gobierno polaco debía ser reprendido por el Parlamento Europeo que veía intolerable un proyecto de ley que manejaba y en el que se incluían medidas contra la promoción de la homosexualidad y las consiguientes previsiones de despido para maestros y responsables a los que pudiera colgarse ese sambenito. No sé que fue luego de ese proyecto, francamente, pero acaba de trascender que una alta funcionaria del ejecutivo acaba de encomendar a un  grupo de psicólogos de Varsovia que estudie en qué medida el ‘Tinky Winky’ de los “teletubis”, con su vestimenta rosa y su bolsito colgado del brazo, pudiera estar contribuyendo a promocionar ese nefando estilo de vida. También es reciente el rumor de que determinadas circunstancias estarían favoreciendo en Cuba un ablandamiento de la actitud homófoba que siempre mostró la dictadura aunque Pablo Milanés dijera alguna vez (y ojo, porque lo tengo recortado) que esa enemiga no se debió nunca al Comandante sino a la panda de maricas (sic) que lo rodeaban y habían rodeado siempre, y aunque haya que advertir, en todo caso, que hace ya más de diez años –¿quizá desde que Cuba se convierte en paraíso del turismo sexual?– que no sería concebible siquiera en la isla caribeña un “caso Padilla” como el que le salió a Fidel por un ojo de la cara. Como en la España de Franco, en Cuba, por cierto, también se asocian al estigma homosexual perfiles penales durísimos, como el delito de escándalo público o el de “atentado a la religión”, fíjense lo que son las cosas. Aunque sepamos lo que sabemos sobre todas las repúblicas de Saló que en el mundo han sido, la realidad es que la dictadura se ha llevado siempre mal con ese tipo de libertades y opciones.
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En Polonia estaban previstas en esa norma penas pecuniarias y hasta de cárcel contra los eventuales infractores, pero quizá se sepa menos que en este preciso momento hay en el planeta 80 países que condenan el pecado nefando con la pena de prisión y hasta siete que mantienen como un valladar contra él nada menos que la pena de muerte. Existen paraísos del pecado incluidos en los prospectos publicitarios de las agencias de viaje, nadie ignora que –pese a bárbaras sentencias “ejemplarizantes” como alguna reciente– existen países orientales que mantienen una política de ojos y oídos cerrados ante la infamia del comercio con menores que en Internet, encima, ha terminado por convertirse en un fabuloso negocio. Pero junto a ello funcionan insomnes las censuras y acechan los verdugos que ven en la “diferencia” un desafío intolerable al canon permitido, incluso en casos tan sutiles como el de ese ‘Tinky Winky’ sospechoso por el rosa de su vesta, el bolso en bandolera o el tono de la voz. El propio Organismo de Defensa de la Infancia que dirige Ewa Sowinska, no las tiene todas consigo a la hora de proscribir esa teleserie de éxito mundial, pero se niega a renunciar a las investigaciones en marcha sobre la identidad profunda del muñeco animado antes de que los expertos se hayan pronunciado como Dios manda sobre tan erística cuestión. Nadie, ni en Occidente ni en Oriente, se planteó nunca la más que probable influencia nefasta que sobre la audiencia más débil ejercen seguramente la reata de personajes violentos y la panoplia de actitudes brutales que cada día abrasan desde nuestros ‘medios’ la conciencia pública. Los “teletubis”, en cambio, preocupan en un mundo que no se tienta la ropa porque aún haya en él tantos países homófobos capaces de enviar al cadalso a un mariquita o apedrear a una lesbiana hasta el último suspiro. Vamos a esperar el dictamen de los sabios, eso sí. La ciencia es en muchas ocasiones la mejor coartada de la falsa conciencia.

Arte del cambalache

Si la campaña ha sido como para decepcionar al más entero, la resaca post-electoral, con sus trajines incesantes de pactos y arreglos bajo la mesa, no está contribuyendo, sino todo lo contrario, a serenar el ánimo del honrado ciudadano que, con su abstención creciente, demuestra su progresiva desconfianza de la clase política. ¿Y cómo podría ser de otra manera mientras el votante del PA, de IU o del PP vea que su voto acaba a los tres días en la alforja del adversario por razones y motivos que sólo conocen cuatro mandamases? Esta democracia cuatrienal, que adula a la muchedumbre ante los comicios y la olvida durante el gobierno, tiene cada día más agujeros en su precario casco. Lo que le faltaba es esta legítima pero descarada lógica del cambalache que utiliza los votos, a lo peor, a favor de quien menos querría el votante. 

El dilema de IU

IU se devana la sesera cavilando sobre cómo hacerse con la vara municipal de Ayamonte. No sabe si montar un “tripartito” a la moda con PA y PP o guisárselo a solas con el PSOE. Ella sabrá lo que hace, como ya lo sabe el PA, víctima de sus pactos con el PSOE que ha pagado sus facturas, pero de paso, también lo ha fagocitado tras la experiencia. En el caso de Ayamonte –como antes en el de Valverde– lo llamativo es que, de la noche a la mañana, el enemigo a batir se vuelva amigo íntimo y socio de gobierno, pues sabido es que la coalición lleva al menos un par de legislaturas poniendo a caer de un burro al gobierno municipal del PSOE en aquel pueblo. ¿Qué pasa, que ya no hay talante exclusivista, que ya no resultan alarmantes las urbanizaciones hasta antier denunciadas? Como en Valverde, insistimos, donde el actual vicealcalde salió e3n su día del salón  de plenos con las costillas rotas por llamar fascista a quien ahora lo mantiene y aúpa. O como siempre que tienen ocasión de exhibir esta falta absoluta de formalidad del criterio que está haciendo de esta política le puerto de Arrebatacapas.

Dios entre probetas

Pocas ilusiones me resultan tan peregrinas como las que entretienen ciertos científicos terciados de teólogos que se empeñan en buscar a Dios, no entre los pucheros, como decía en plan populista la doctora Teresa, sino entre las probetas de sus laboratorios. Sigo como puedo esa aventura desde que hace años leí en alguna parte la hipótesis de que la noción de Dios, como cualquier otro material psíquico, tal vez pudiera probarse algún día que habría de estar contenida en nuestra herencia genética, es decir, que vendría a ser un producto más de la evolución de esta especie pensante y atormentada que saca poco a poco de su manga milenaria tan prodigiosos hallazgos. Estos días vuelve a hablarse en la prensa europea del libro de Dean Hamer que hace años ya creyó descubrir en el gen que denominó ‘VMAT2’, que sería la sede cerebral de la espiritualidad y, en consecuencia, el responsable de la ideación humana de una trascendencia absoluta necesaria para el mantenimiento de la vida psíquica y, en definitiva, para la conservación de la especie. Mucho antes que este sabio, a finales de los 80 si no recuerdo mal, otro canadiense, Michael Perminger, empeñado en demostrar que la experiencia sobrenatural no es sino el efecto de los campos magnéticos sobre los lóbulos cerebrales, propuso la idea de que el planeta azul vendría a se una dinamo prodigiosa capaz de inducir en la mente de los seres vivos experiencias sensoriales insólitas que incluirían, tal vez, desde las visiones ufológicas al encuentro instintivo con la divinidad. Luego el interés ha derivado hacia la mente religiosa propiamente dicha, y diversas investigaciones (la de Beauregard o la psicóloga Laura Koening) se han aplicado a la observación del funcionamiento del cerebro del creyente, en cuya neurofisiología se ha pretendido descubrir prodigiosas facultades de relación con el misterio. El concepto de Dios cerraría definitivamente el discurso materialista al atribuírsele el mismo rango que a cualquier otra conquista cerebral. Sartre escribió con ironía que cuando Dios calla se le puede hacer decir cualquier cosa.
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Es posible que nuestra ciencia pierda demasiado tiempo en averiguaciones estrictamente conjeturales, de ésas que, como no acaben dándose de bruces con la metáfora, lo más probable es que no vayan a ninguna parte. Hay por ahí, en efecto, quien labora con paciencia para localizar el aposento del rencor, quien se deja las pestañas escudriñando el pliegue neuronal en el que presuntamente se refugian la ambición o la ira, aquel otro que busca sin descanso la lírica celdilla donde el amor germinaría protegido por el celofán del protoplasma. No sé, pero me temo que son ganas de perder el tiempo, desatentados propósitos de reducir al rasero materialista aquella zona oscura del pensamiento en la que el maestro William James entreveía las “la realidad de lo no visible”. Aunque reconozco la atracción fatal que ejerce –y probablemente ejerza siempre– el abismo, el tirón irresistible de lo que Rudolf Otto llamó “lo Santo”, la sugestión de lo numinoso, la fascinación por el “mysterium fascinans” no menos que la sumisión psíquica al “mysterium tremendum”. Aislado en su abadía concluyó Pascal que Dios viene a ser como una esfera infinita cuyo centro está en todas partes pero cuya circunferencia, por más que se busque, no se halla en ninguna. Nuestros genetistas están empeñados en asignarle lugar preciso a ese centro inasible como si trataran de forzar una lógica que residiría, en todo caso, justamente en su condición de ubicuo. Como Persinger, Andrew Newberg, otro estudioso del cerebro monacal, acaba viendo en el piadoso mono loco una “máquina creyente” que, eso sí, según estamos viendo y vimos tantas veces, lo mismo usa el credo como un bálsamo que como una cimitarra. En su atormentado diario escribió Baudelaire que Dios es un escándalo. Los poetas ven con los ojos cerrados.