Cooptación y cambalache

Lo que ha ocurrido en la oficina del Defensor del Pueblo a la hora de renovar a los adjuntos que cada partido propone confirma la gravedad de la inercia que mantiene a la autonomía prácticamente en punto muerto. Ha tenido que ser el propio Defensor quien se atara los machos para exigir que aquellas fuerzas decidieran de una vez designar sus candidatos, cuya designación, por cierto, corresponde todavía, por debajo de una costumbre que ha ido asumiéndose hasta convertirla en norma, al Defensor mismo y no a aquellas. Y lo que dejaría estupefacta a la mayoría es el hecho de que este retraso se ha debido a la incapacidad de los partidos para superar el tremendo problema que supone, imaginen, conseguir una renovación “paritaria”, cuestión que ha llegado al ridículo extremo de que cada partido ha presentado dos candidatos, macho y hembra, para que el Defensor eligiera a su gusto. En estas cosas diminutas se ve paradójicamente amplificada la anquilosis de un “régimen autonómico” que no se menea ya más que por cuatro pamplinas.

007 en Isla Chica

Nos privamos de nada: hasta espías tenemos ya viviendo, como si tal cosa, en plena Isla Chica, y en una VPO de la Junta, para más inri. ¿Están las viviendas protegidas –las que se construyen con el dinero de todos en beneficio de los menos favorecidos– para emplearlas como oficina de agentes secretos o de cualquier otro servicio? Pues resulta obvio que no, pero a mí no me llama tanta la atención de que la Junta se haga la tonta si se lo piden desde el Gobierno como que el Gobierno sea tan tonto como para situar sus servicios secretos donde pueda descubrirlos cualquiera. Soy de los no se tragan ese bulo de que nuestro espionaje es mortadelesco, pero hay que reconocer que hechos como el descubierto en Huelva constituyen un disparate que no admite ni siquiera excusas. Por lo demás, sería cosas de saber qué procedimiento se siguió para “adjudicar” esa vivienda, quien lo tramitó, quien lo autorizó y en ese plan.

La guerra secreta

A finales de los años 80 se difundió intensamente la noticia de que determinados “servicios especiales” americanos habrían estado probando temibles armas de destrucción masiva en los retretes públicos de barrios pobres en algunas ciudades del país, entre las que se insistía que figuraba el propio Nueva York. Los “experimentadores” se dedicaban, al parecer, a infectar los inmundos locales con sustancias altamente contagiosas cuyos efectos procuraban testar luego siguiendo en los hospitales, en régimen de máximo secreto, la pista de determinados síntomas predecibles. Fue quizá la información más escandalosa y desmoralizadora de la época, pero como todas las noticias, incluso las más aterradoras, también esa nueva pasó primero al tópico y más tarde al olvido hasta borrarse casi completamente de la memoria ciudadana. Ya entonces hubo, sin embargo, quien planteó en voz alta la cuestión de que, si en la vida civil se utilizaban métodos semejantes de aniquilación, resultaba urgente averiguar qué se pudiera estar cociendo en los reservadísimos fogones donde hierve el puchero de las armas de guerra, una pregunta que luego ha recibido diversas respuestas más o menos alarmantes, hasta que, días atrás, la revista New Cientist (de la que tomo en vivo los datos ya muy difundidos en los medios españoles) informó de que en 1994 –es decir, poco antes de que Clinton se dedicara a jugar con la Lewinski en el Despacho Oval– científicos militares estuvieron investigando oficialmente un proyecto que consistía en fabricar, entre otras irresistibles “armas” especiales, una “bomba gay” capaz de desmoralizar al enemigo provocando su masiva conversión a la homosexualidad mediante la acción de potentes afrodisiacos. Ni que decir tiene que la noticia ha sido desmentida a medias por el mando, pero una organización llamada ‘Sunshine Proyect’, dedicada a luchar contra el desarrollo de las armas químicas, insiste con pruebas irrefutables en que el Pentágono conoció bien la pintoresca iniciativa, a la que financió con más de siete millones de dólares. Hace tiempo que la plana mayor USA, desalentada tal vez por tanto batacazo bélico, trata de encontrar la forma de “ganar la guerra sin disparar un solo tiro”, dicho sea con las mismas palabras que empleaba hace poco un ingenuo oficial de ese infierno plagado de locos.
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No me sorprende nada que seres dedicados a destruir del modo más eficaz y rápido a otros seres se empeñen, una vez secas sin remedio sus conciencias, en conseguir armas tales como gases capaces de provocar halitosis entre la fuerza adversaria, camusianas ratas de sugestión medieval y hasta avispas portadoras de sutiles venenos con que neutralizar traidoramente al enemigo. Ahora bien, buscar una “bomba gay” desde la hipótesis de que la homosexualidad debilita al guerrero es desconocer de arriba abajo una historia militar repleta de insignes bujarrones entre los que se disputan la palma jupiterina desde el gran Alejandro a nuestro Adriano pasando por César, “el marido de todas las mujeres” pero también, ay, “la mujer de todos los maridos” según Curión el viejo, aserto que Suetonio usaba para asegurar que nadie dudaba de que aquel príncipe de la guerra “tuvo una pésima reputación de cometer actos ‘contra natura’ y adulterios”. En USA, el modelo Patton, cerrado y unisex, parece haber hecho olvidar de que entre guerreros legendarios como el rey Arturo o como Ricardo Corazón de León, caballeros templarios o generales nazis, la piompa no fue nunca un obstáculo a la hora de probar su ferocidad. Aquiles suspiraba por Patroclo y ya ven las que organizaba en el campo troyano. En West Point deberían llevar la Historia  un poco más atrás y por encima de la leyenda macho del Far West.

Votos y pactos

Vuelve la polémica sobre el derecho a gobernar de la lista más votada y, frente a ella, el argumento de que la mayoría es la mayoría lo mismo en primera que en segunda instancia. Hay una destacada mayoría de andaluces (y seguro que de españoles también) que desearía ver alcalde al candidato más votado por encima de arreglos y cambalaches, tantas veces perfectamente contrarios al sentido genuino del voto. Pero se suelen olvidar dos cosas. Una, que para que eso ocurra habrá que reformar antes una ley electoral que nadie, ni la izquierda ni la derecha, han reformado cuando han podido; y otra, que esa reivindicación partió inicialmente de la izquierda frente a la intransigencia de una derecha que defendía entonces lo que la izquierda defiende hoy. Los que nunca han contado en esta democracia oligarquizada por los partidos, han sido los ciudadanos, monos postreros en ese circo cada día más desprestigiado.

Ahora Bollullos

A Diego Valderas lo conocen bien en su pueblo, Bollullos Par del Condado. Y como donde hay confianza da asco, pues andan a la gresca las dos facciones de IU, la oficial que dirige desde la capital Pedro Jiménez, y la local que encabeza el candidato y portavoz Díaz Ojeda. De momento, el acuerdo para el nuevo Ayuntamiento anda en vía muerta, una vez desautorizada por la asamblea oficialista el pacto de la agrupación local con el PP, y rechazada por los otros un posible pacto con el PSOE al que la propia coalición estado machacando en el pueblo, durante toda la legislatura, con tan duras acusaciones. ¿Se puede rehacer una “pinza a la griega” como la que, como recordará Valderas, IU le hizo a Chaves? ¿Es lógico pactar para conseguir el bastón de alcalde, con aquellos a quienes se ha estado denunciando ante los ciudadanos como políticos corrompidos? Lo que no deja de ser desolador es la cantidad de pueblos en que esta última pregunta se repite estos días. Nunca tal vez el sentido de la dignidad ha pesado tan poco en la vida pública.

Bad news, good news

No es verdad que la ausencia de noticias –“no news, good news”– sea en sí misma una noticia buena. Esta semana hemos vivido en España una alterada crónica de noticiones relacionadas todas con encarcelamientos o similares (es decir, “bad news”) que han hecho las delicias de mucha gente. Ver a Otegui en la cárcel no sólo le ha alegrado al personal la pajarilla sino que ha constituido una especie de triunfo estatal cuyo trofeo se disputan a dentelladas dialécticas los de un lado y los de enfrente, y nada digo del entusiasmo con que vastas muchedumbres han acogido la vuelta a la trena del asesino en serie que tenía al Gobierno cogido por mala parte, o sea De Juana. Las noticias son malas para unos y buenas para otros, claro está, en especial cuando se producen en la cargada atmósfera maniquea que divide drásticamente en dos al país mental. No tienen más que escuchar a una dirigente histórica de la izquierda andaluza proclamando en la tele oficial su convencimiento de que el PP aguarda con impaciencia y acogería con entusiasmado la sangre derramada por ETA con tal de ganar votos. ¿Puede haber peor noticia que la sangre derramada? Pues ya ven que hasta para una veterana del progresismo convencional la idea de que un partido (el malo, por supuesto, otra cosa ni se plantea) planee beneficiarse de semejante tragedia resulta normal y corriente: más o menos, lo del muerto al hoyo y el vivo al bollo. Más prisiones: la de Al Kassar, el “príncipe de Marbella”, el traficante de armas que ya escapó más de una vez de los jueces para decepción de no pocos justicieros, pero esta vez reclamado por los Estados Unidos donde suelen pintar bastos. Y la del hijastro del narco Oubiña coincidente, que ya es casualidad, con la del nieto de su colega Charlín. Hasta a Fujimori –ahora ya para un público más restringido– lo han metido en casa con guardias de vista para que no escape mientras un pelotón de agentes de la CIA se las ve y se las desea para eludir las “mani pulite” de los jueces de Milán. Eso sí, de la pecera del 11-M han soltado sin cargos a un pringadillo finalmente exculpado de toda mácula, pero incluso esta noticia, mala para algunos, ha sido acogida con albricias por otros. “Bad news, good news”, está visto. Los viajeros románticos anotaban a su paso por España el entusiasmo popular que provocaban, junto a los toros y las procesiones, los anuncios de justicias sumarias. Poco han cambiado las cosas de Dumas hasta la fecha.
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A la gente le da moral ver que entran en el trullo quienes no creía vulnerables. El marbellazo, sin ir más lejos, ha funcionado en el inconsciente colectivo como un tónico sólo superado, por el momento, por el de las galeras terroristas en un país cuya desmoralización rayaba ya en el convencimiento de la impunidad de los peores. Cada mala noticia ha supuesto, en este sentido, un golpe sobre esa cadena moral que esta semana de excepción ha terminado por hacer trizas en términos ciertamente inquietantes, porque nunca puede ser tranquilizadora la alegría ante el mal ajeno. Pero lo es, y la reflexión más pertinente debe versar, más que sobre la razón que tiene ese gentío para regocijarse con el castigo de otros, que esa cuestión es casi obvia, sobre la compleja circunstancia que ha dado lugar a esta situación. El desafío de De Juana o la impunidad de Otegui eran escándalos insostenibles, aunque tal vez lo curioso no sea tanto le vuelco de la situación como el operado en una Justicia –en una Fiscalía, sobre todo– que actúa ahora justamente al revés de cómo venía haciéndolo en evidente sintonía con el Gobierno. Estamos justo donde nos han traído, ni más ni menos: es a esos arrieros a quienes ha de pedírseles responsabilidad porque hoy en España las malas noticias regocijen, como si fueran buenas, a una inmensa mayoría. No existe la Justicia maniquea. Lo raro es que quienes deciden no se hayan enterado a estas alturas.