El voto urbano

El voto urbano –el republicano, el que echó a los Borbones, no se olvide– es en Andalucía del Partido Popular. Lo era y lo es nuevamente desde ayer, pues no sólo conserva ese partido cinco de las ocho capitales y alguna ciudad notanble, sino que ha ganado la sonadísima batalla de Marbella y es hoy por hoy, ojo al dato, la fuerza más votada en todas las capitales incluido el viejo feudo comunista de Córdoba. El “régimen” del PSOE funciona, y de qué manera, pero no es capaz de romper el círculo de información y cultura, aparte de independencia económica, con que lo mantiene aherrojado  en su cortijo el sector de la sociedad andaluza instalado en la vida urbana.
Algo que debe dar qué pensar a tirios y a troyanos, a unos porque deberían preguntarse la razón de su incapacidad para penetrar en la Andalucía profunda, a los otros, porque resulta éticamente imprescindible que consideren si, para un partido que se proclama progresista, la permanencia en el poder vale la pena a este precio.

De infarto

Ayer no daban a abasto los de la tila alpina y el valium en todas y cada una de las sedes de partido. Se hizo rogar el escrutinio antes de perfilar el complejo resultado de la provincia y, sobre todo, antes de entregar la cuchara en la capital, donde Pedro Rodríguez, con su cuarta legislatura conquistada, se convierte en el alcalde que la gobernará durante la más de la mitad de esta era democrática. El PP en Huelva no era nadie y hoy se ha convertido en una fuerza mucho más votada (casi 9.000 votos más y trece puntos por encima) que el PSOE que sigue siendo hegemónico en una provincia que tiene atraillada y buen atraillada. Y el PSOE, que lo era casi todo, no sólo falla otra vez tras su triste legislatura a querellazo limpio, sino que su glamourosa candidata pierde unos miles de voto respecto a Pepe Juan, el vituperado candidato anterior. Buena lección para partidarios del juego sucio y la zancadilla política y, sobre todo, para los ingenuos que acogieron con irónica reserva a este alcalde que les ha terminado dando a todos –pero que a todos– sopas con honda. 

Bajar el listón

Un amigo enseñante con quien comparto la preocupación por el desastre educativo que vivimos, me hace llegar una noticia aparecida en la prensa, según la cual la Junta de Andalucía estaría dispuesta a largarle a los profes 7.000 euros extra en cuatro años si son capaces de “ampliar objetivos educativos relacionados con los rendimientos escolares fijados por cada centro y por la Administración educativa”, es decir, hablando en plata, si se deciden a liquidar la enorme bolsa del fracaso escolar a base de bajar el listón y aprobar a mansalva a la ‘basca’. Todos los esfuerzos de la Junta por disimular ese fracaso que los expertos cifran en un 40 por ciento de los matriculados (la ministra aceptaba hace poco para España un 30 por ciento, descontados ya los efectos de la leve mejora experimentada) se han estrellado contra una evidencia que la sociedad  conoce de sobra por mucho que se la esconda, por más que la responsable regional bromeara, cuando aún no se había descubierto el pastel de su propio truco, sosteniendo que el Informe PISA maneja “datos amañados”, o que el propio presidente de la autonomía elevara el nivel de incompetencia dialéctica al punto de achacar el dichoso fracaso al empleo precoz de los menores impuesto por los padres. Nadie discute ya que el fracaso existe y que Andalucía viaja en el tope del furgón de cola a pesar de que los centros se ven sometidos a inciertas pero eficaces presiones que los fuerzan a mantener año tras año, llueva o ventee, los niveles de “aprobado” para no toparse con la maquinaria disuasoria de la burocracia del ramo. Y ahora, en fin, en vista de que ni por ésas decrece el temeroso nivel de bruticie, esos responsables han descubierto la triaca que definitivamente liquidará el problema: comprar el aprobado. Ni que decir tiene que los sindicatos –todos: los de clase y los de gremio– se habrían precipitado a dar su visto bueno, con lo que, junto al efecto permisivo de las normas vigentes, lo probable es que la nueva providencia vea asegurado su éxito. Nos va a costar un riñón pero vamos a quedarnos sin pelotón de los torpes en menos que canta un gallo.

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Coincide esta claudicación vergonzante con el alunizaje de Sarkozy en esa cara oscura del sesentayochismo, simbólicamente subrayado por la proclama de respeto que anuncia el restablecimiento inmediato de la autoridad en las aulas y el fin del ilusorio reinado de la autarquía escolar. Habrá que levantarse cuando el profesor entre en clase, será preciso tratar de usted al profesor y se restaurará el hábito antiguo, tan francés, de distanciar al alumno aplicándole ese mismo tratamiento, de manera que la actual jungla escolar recupere el imprescindible clima de sosiego y respeto sin el cual toda enseñanza resulta inviable, y ya veremos luego qué efectos tienen estas saludables medidas sobre un fracaso que, de perpetrarse el proyecto de “aprobado subvencionado” de la Junta, es posible que ya no aparezca siquiera en las estadísticas andaluzas. Parece que el modelo educativo de la “Tercera Modernización” vuelve los ojos a la enseñanza pícara, a los famosos trucos salmantinos que indignaban a Villarroel, o a la sórdida cocina de aquella Universidad de Osuna en la que es fama que togas y birretes cotizaban a la baja contra todas las del reino. Y llama la atención lo barato que los políticos cotizan la integridad del docente, el escándalo que supone la propia oferta de esos 7.000 euros en cuatro pagas a cambio de resignar su sagrado deber (y derecho) al juicio justo. Circula estos días la noticia de que la media de los licenciados universitarios cobran menos en el mercado que los trabajadores sin cualificar. Cuando ese mercado se entere de la que se avecina, lo probable es que acabe volviendo la espalda por completo a un sistema de educación que no sólo no prepara como es debido a sus pupilos sino que comercia con ellos no menos que con la decencia del profesorado.

Hoy se juega

Desde los albores de la democracia nunca unas municipales se habían supeditado tanto de las otras elecciones como las que hoy terminan. Se ha creado un clima de comicio general, alejado de la vida de los municipios y sus problemas, atento ante todo a preparar las autonómicas y generales que, tras el verano, servirán de prueba del 9 del cambiazo ocurrido por sorpresa el 11-M. El PP se juega hoy mantener su única ventaja en nuestra región –el éxito urbano de sus candidaturas municipales– y el PSOE lo contrario, esto es, comprobar si definitivamente su dependencia del voto rural, con lo que ello implica, es irremediable. En todo caso, las prisas de Chaves por anunciar las autonómicas y el espectacular despliegue de campaña que ha hecho su partido, sugieren que debe de andar menos sobrado de expectativas de lo que trata de hacer creer a la opinión. Un buen resultado del PP, en consecuencia, abriría el camino de ese “cambio imparable” que pregona Rajoy, y un triunfo del PSOE, nos vendría a dar más de lo mismo. Andalucía sigue siendo clave para el conjunto de España. Salga lo que salga de las urnas, hoy se va a ver quizá mejor que nunca.

Le toca hablar al pueblo

Hoy le toca hablar al pueblo y callar a los políticos –ojalá pudiera ser así siempre–, hoy se acaban las cábalas y llega la hora de la verdad. Pero estas no serán unas municipales corrientes sino la ocasión para el electorado de mostrar si traga o no traga con lo que bien conoce, si acepta la estrategia del transfuguismo generalizado, si se conforma con un clima de corrupción que no se cae un solo día de titulares, si está de acuerdo con un modelo de gestión provincial que ha convertido la Diputación en un colocadero colosal, si aprueba una oposición basada casi exclusivamente en la judicialización de la política y la criminalización del adversario. Lo que hoy se vota está más cerca de los ciudadanos que lo que se vota en otros comicios: hoy nos conocemos todos. Vamos a ver hasta qué punto las preguntas anteriores reciben una respuesta que permita mantener la fe en la moral colectiva. La democracia no vive sus mejores días. Defenderla a pie de Ayuntamiento –contra ladrones, camelistas, tramposos y logreros– es un deber de urgencia para todos los que aún crean en ella.

Noticias de Oriente

El campeón de ajedrez Gary Kasparov está pasando una mala temporada. Como cabeza visible de la oposición al régimen de Putin es recibido con alfombra roja en el Parlamento Europeo y encabeza una dura campaña contra su país y en procura de la que llama la “Otra Rusia”, pero le ha cogido miedo tal miedo a la larga mano del Kremlin que ha renunciado a viajar en líneas regulares de su país y, en caso imprescindible, se niega a beber o comer a bordo, siempre bajo el “síndrome Litvinenko”, ahora recrudecido por al decisión de la Justicia británica de reclamar la extradición de cierto espía que sería, presuntamente, el sicario que habría acabado con el famoso espía envenenándolo con polonio. Cuando Kasparov disputó en Sevilla contra Karpov el campeonato del mundo era todavía un joven introvertido que jugaba sus partidas sin quitarle ojo a su madre, indefectiblemente sentada en la primera fila, ajeno a todo cuanto quedaba fuera de aquella burbuja edípica contenida en la espléndida galaxia de jaques y gambitos, enroques y salidas, pero años después ha reaparecido rodeado de guardaespaldas reclamando la ayuda de Europa para desacreditar de una vez por todas la idea de que la Rusia heredera del sovietismo es una democracia, ahora que el eclipse de los amigos de Putin –de Chirac a Schröder– parece ofrecer una oportunidad a los opositores. Es notable la relativa indiferencia con que Moscú sobrelleva el acoso del campeón mientras aparenta no enterarse siquiera del engorro que supone la reclamación inglesa, blindado como parece ir Putin por la vida como árbitro de la demanda del gas y lejano beneficiario, todavía, de la mítica proeza anticomunista en la que, ciertamente, él jugó un papel tan vidrioso. Kasparov, por su parte, a pesar del relativo fracaso de las manifestaciones reprimidas brutalmente en Moscú y San Petersburgo, centra su objetivo en romper el monopolio de la información que detentan los ‘medios’ oficiales y, muy particularmente, la televisión, hasta el punto de proclamar que con un par de semanas de debate abierto, el régimen estaría perdido. Tengo una enorme curiosidad por enterarme de qué ha sido de la madre del campeón.
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Desde China siguen llegando, por lo demás, noticias cada día más inquietantes sobre los efectos de un desarrollo desenfrenado que, al parecer, se propone ralentizar el propio Gobierno alarmado ante sus consecuencias y, en especial, ante el ritmo insostenible al que crece la desigualdad. En los últimos días, la noticia de que el dragón emergente ha comprado el diez por ciento del mayor fondo de inversión americano, Blackstone, ha corrido como un escalofrío por el confiado corpachón del capitalismo global, ingenuamente confiado hasta ahora en que China seguiría asumiendo el papel de artesano barato de nuestros especuladores e invirtiendo sus fabulosas reservas lo mismo en leproserías o  viviendas baratas que en bonos del tesoro americano. Esta irrupción en la zona sensible del negocio ha hecho saltar la alarma de los estrategas, sin embargo, que miran desconcertado a un Oriente próximo y remoto para el que esta última inversión de tres mil millones de dólares supone apenas el excedente comercial de cinco días o desde el que les llega el órdago displicente de una Rusia drástica que lo mismo boicotea la carne polaca que juega con sus reservas de gas igual para crucificar a una pequeña república báltica que para mantener en vilo a las grandes potencias europeas. El aprendizaje del idioma chino, como décadas atrás ya ocurriera con el japonés, aumenta en los EEUU –puede comprobarse con una ojeada a la prensa– a un ritmo similar al que prospera el alarmismo fundamentalista de las diversas xenofobias yanquis. Oriente está ahí, en todo caso, laborioso y oportunista, al acecho de una cultura económica que se la ido metiendo por propia iniciativa en su bien trenzado garlito.