El cántaro roto

Cada Día Mundial del Medio Ambiente que se celebra circulan por el planeta imágenes conmovedoras que tratan de remover las conciencias y propiciar ese cambio de actitudes sin el cual el problema del agua no tendrá nunca solución. Una de ellas fue la famosa foto de la madre que caminaba como una autómata con el niño muerto de sed en los brazos, pero la peor probablemente, la de alcance simbólico más irresistible, fue aquella otra que mostraba a una madre etiope ahorcada en un árbol junto a un cántaro roto y a sus tres hijos huérfanos. Lo que sabemos sobre la escasez del agua es casi tan inquietante como lo que podamos saber sobre su mala gestión. Que más de mil millones de personas carecen de agua potable, que unos cinco millones mueren cada año a consecuencia de enfermedades derivadas de la falta de higiene. En tiempos del actual “premier” francés, la organización “Médicos sin Frontera” que él presidía llevó a cabo una intensa campaña para explicar un hecho tan sencillo como tremendo: que el simple aprendizaje del lavado de manos reduciría exponencialmente la mortalidad infantil en amplias zonas tercermundistas. El problema es que falta agua para ello, es más, que incluso para procurar el agua de beber hay muchedumbres obligadas a buscarla diariamente en pozos cuya distancia media se calcula en doce kilómetros, circunstancia trágica que explicaba la foto aquella del cántaro roto y la madre ahorcada. Hoy se insiste, desde la ONU especialmente, en que la escasez de agua es un potencial factor de enfrentamientos subyacente a muchos conflictos africanos, razón por la cual ha llegado a ser tópica la recomendación del ahorro que, en nuestro caso, culminó con la efímera (duró apenas unos días) recomendación de la ministra de Medio Ambiente de limitar el consumo a sesenta litros por habitante y día, una miseria considerando que en USA y Japón la media consumida es de doscientos litros y en la propia Europa de doscientos. Cada año hay fotos nuevas, otros niños famélicos, madres al límite de sus fuerzas. Lo que no hay es imaginación ni voluntad de liquidar el cuento.
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Nadie quiere saber nada a fondo sobre el abuso perpetrado por regantes irresponsables y menos aún del agua despilfarrada en ciertos usos de moda (el debate sobre los campos de golf suele cerrarse, pero en falso normalmente). Un caso: la Coca-Cola acaba de prometer en Beijing (o sea, en Pekín) que piensa devolver a la Madre Naturaleza y a sus legítimos inquilinos “cada gota de agua” utilizada en sus fábricas, pero la sorpresa llega cuando –sin perder de vista las cifras antes reseñadas–escuchamos a sus responsables reconocer que esa multinacional gasta 200 litros de agua por cada litro de bebida que produce, lo que supuso consumir durante el año anterior, el 2006, nada menos que 290 mil millones de litros, cantidad que ahora se compromete a reducir, faltaría más, aparte de reciclar el líquido utilizado antes de devolverlo. El toque está, a mi juicio, en que la solución está en las mismas manos que provocan el problema –y la experiencia nos dice lo que nos dice sobre esta suerte de enmiendas voluntarias, autorregulaciones y demás zarandajas– sin que exista una instancia con poder bastante para imponer criterios racionales y mucho menos para establecer en ámbitos poderosos medidas solidarias con el imprescindible carácter coercitivo. Pocos en la abundancia comprenderán la urgencia de la sed, menos aún en la penuria tendrán posibilidad siquiera de intentarlo. Me acuerdo siempre en este punto de la propuesta surrealista pero realísima que debemos al genio de Henri Michaux, al que su experiencia exótica había convencido de que si un contemplativo se echa al agua, lo probable es que no trate de nadar sino que se dedique a comprenderla y que, como consecuencia, se ahogue. Pero la que no me puedo quitar de la cabeza es la foto de la mujer ahorcada junto al cántaro roto.

La mosca y la araña

Ya se sabe: la tela de araña, como la organización de la Justicia de los hombres, atrapa al insecto ingrávido pero se rompe y deja escapar al pesado. Y uno de los trucos que mejor le salen es el de la demora, el de dejar que los derechos se pudran en el papel timbrado metidos en un cajón o amontonados sobre una mesa. Vean la encomiable diligencia del presidente del TSJA reclamando brevedad para los pleitos de lo contencioso (sin reclamarle más recursos a la amiga Junta, pero bueno) pero vean, a su lado, la foto estremecedora de la famosa “madre de Iván y Sara”, esa desdichada que, en plena fase terminal de su enfermedad atroz, sigue entrillada en la telaraña sin poder cobrar siquiera la indemnización concedida por TS por la retirada injusta de sus hijos de que fue objeto en su día. Esa foto debería exponerse por las paredes a la vista de todos. Mientras tenga vida la atrapada, si es posible. Porque pocos casos habrá en el archivo tan desalmados como éste de esa pobre mujer enferma y víctima del fundamentalismo político y juidicial. 

Habló Trillo

Ha sonado a voz que sale del fondo del pozo. El todavía secretario del PSOE de la capital y hasta ahora candidato perpetuo a la alcaldía, Pepe Juan Díaz Trillo, ha dicho muchas cosas sin incluir sorpresas ni sugerir novedades: que Parralo no cubrió las expectativas, que aparte de la abstención y el cuento de la premura el partido debería meditar sobre esos resultados, que no retroceder supone un “notable avance” (Trillo es poeta, no se olvide), que no se arrepienten de cómo hicieron las cosas y que la candidata, a más de no estar nominada para la próxima vez deberá dedicarse en exclusiva –como él hizo– a esa oposición que ya veremos si sobrelleva. Aquí no va quedando hay más que regate corto, juego horizontal, balones fuera y similiquitruquis por respuestas. Incluso en un chico tan serio como Trillo, que sabe de sobra el infierno que espera a esa candidata de “motor potente” que no dio la talla. El tiempo dirá el resto. De momento, palabra de Trillo. 

Prisiones amables

Gran escándalo por las prisiones de la rica y escandalosa heredera Paris Hilton condenada por conducir ebria. 25.000 firmas han solicitado clemencia para ella, pobretica nuestra, 60.000 insistieron en que ingresara en prisión. Y lo hizo, tras una fiesta fastuosa, para dejarse retratar de frente y de perfil, maquillada a modo y con media melena indolente sobre el rostro. La antecedió en el numerito Naomí Campbell, reo de haberle pegado a una doncella o algo así, igualmente rodeada de fastos y cámaras, y aquí tampoco nos privamos de nada desde hace un tiempo –dejo de lado las prisiones políticas y hasta las económicas–, ya que hemos asistidos, en medio de un estruendoso debate, a las suaves desdichas de Farruquito y, algo después, hemos visto desfilar ante el juez a la pena penita pena de Isabel Pantoja que, todo debe decirse, ha visto subir por las nubes su ‘caché’ como antes lo viera el bailaor. Que la cárcel, según y cómo, puede ser el espaldarazo de la fama, lo sabemos todos al menos desde que a Antonio el bailarín lo entrullaron en Arcos por blasfemar en un ensayo y necesitó un indulto directo del propio Franco para salir de su ruda chirona. O desde que el papel cuché nos trajo hace años la imagen de Sofía Loren encarcelada por defraudar al fisco –dicen que ése era el fantasma de Lola Flores cuando la persiguió Borrell– en un régimen de privilegio que no dejó indiferente ni siquiera a la democracia italiana. No pasa nada por entrar en una celda, por lo visto, sobre todo si gozas de cierta holgura, pero si les queda alguna duda consideren lo poco que influyó en Bill Gates el arresto sufrido en Alburquerque por infringir las normas de tráfico o en Khasoggi su paso por el estaribel. A la salida de la cárcel, a la Hilton estarán aguardándola en la puerta fans y paparazzi, convertida ya en otra heroína pero, en general, puede decirse que la verdadera privación  de libertad, la auténtica experiencia de la cárcel, es únicamente aquella que se sabe olvidada. Casanova se fuga de Los Plomos venecianos cuando se percata de que fuera lo están olvidando las putas y los petimetres. El cerrojo de sus prisiones no era otro que el fracaso de la fama.
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No hay que contar ya con el espíritu que en tiempos más heroicos cuestionó la prisión. Eso de que el hombre es en sí mismo una prisión por la que vaga cimarrona al alma como fantasma por castillo, lo podía decir Hugo en pleno romanticismo, pero hoy resulta una simple ‘boutade’ del estilo de las conocidas de Banville o las que escribió en la dura ergástula de Sainte-Pélagie aquella minerva girondina, madame Roland, que gritó en el cadalso aquello de “¡Libertad, cuántos crímenes se comenten en tu nombre!”. Hoy la prisión es por lo general valorada al extremo de cundir por medio mundo esa postura redentorista que no deja de ser un progreso moral pero en la que cada día confía menos una sociedad escarmentada, sobre todo porque en ella rigen, en todo caso, criterios de privilegio que nadie se molesta ni en disimular. Nadie duda de que el cautiverio común constituye una sanción durísima ni de que el especial supone una burla de la Justicia que no han de remendar, por mucho que pespunteen, todos los picapleitos del mundo. La Hilton entrando en la gayola rodeada de flashes, la Campbell aclamada como una mártir, son muestras extremadas de una discriminación que convierte en ridícula la sanción misma y descubre en ese derecho falsario un instrumento amañado de la razón de clase. Hay prisiones amables que más valdría que no se produjeran nunca porque con ellas no se afirma la creencia en el derecho común, que robustece la convivencia, sino que se pone en evidencia el chasco de la equidad que estraga la vida de las sociedades. Prisiones con las que cualquiera sabe si, a lo peor, cuenta la propia publicidad que convierte en adorno de unos pocos lo que para otros es causa de vileza y motivo de oprobio.

Revolución pendiente

Ya no es que el PSOE de Córdoba funcione con un programa diseñado por un falangista en ejercicio, sino que el del pueblo malagueño de Ardales anda muñendo con uno –sobre la base de un  acuerdo programático, no se lo pierdan– asegurarse la alcaldía que ha perdido le mismísimo secretario provincial y presidente de la Diputación. Cerco de hierro y pacto del Tinell contra ese PP presunta “extrema derecha”, pero mano tendida a la vieja Falange que viene de donde viene y va, seguramente, a donde va. Y silencio. No hay en el PSOE voces independientes que clamen contra este absurdo que dobla la injusticia del boicot preconcebido perpetrando pactos con los fascistas residuales que jamás accedieron al poder desde que hay democracia pero que puede que a él accedan con la ayuda del PSOE como ya lo ha hecho Batasuna/ETA allá en su tierra. Mi reino por un caballo. Hoy la frase real diría más o menos “Cualquier cosa, lo que sea, por una vara de alcalde y el mapa del urbanismo.

Banderas ofendidas

No se niega el trabajo de la embajada Riga, pero sí que se extraña una mayor implicación del Gobierno en una situación lamentable como la que vive el joven cartayero acusado de ofensas a la bandera de aquel país. Y extraña porque aquí sabemos mucho no sólo de banderas ofendidas –empezando por el actual presidente del Gobierno que armó la que armó al no levantarse al paso de la enseña americana– sino de banderas arrancadas por las bravas, de banderas pisoteadas por la multitud o de banderas quemadas cada dos por tres. Sin entrar en la circunstancia del caso –que, en rigor, nadie conoce– cabría esperar más ánimo de un Gobierno presidido por quien en tan poco valora las insignias de otros países, sobre todo teniendo en cuanta cómo funcionan esos países recién salidos de la dictadura común y tan pagados de pruritos nacionalistas.