Cisma en Jaén

Coincidiendo en el tiempo pero muy lejos en el espíritu de las ardidas palabras del papa Francisco sobre los “diferentes” hasta ahora rechazados por las bravas, el ordinario de Jaén ha proclamado que “la transexualidad incapacita para los derechos y deberes propios de la vida y del amor” ya que se trata de una “psicopatología” y no hay más que hablar. Apoya así la decisión de su colega de Cádiz de impedir que un transexual apadrine a un niño en su bautismo y al de Alcalá de Henares, pero él teoriza su discriminación en un momento, ya digo, en el que el papa de Roma marcha decidido en sentido contrario. Si esto no es un cisma, que venga Dios y lo vea.

Golpe de Estado

La enérgica aunque tardía firmeza del presidente del Gobierno frente al reto separatista parece que ha sido bien acogida por la opinión pública. Lo que esa opinión pública se pregunta es, sin embargo, cómo es posible que la “hazaña” de Mas y sus satélites no haya tenido aún una respuesta penal. ¿Por qué Mas no está en la cárcel tras haber desafiado al Estado violentando la ley Electoral y luego de recibir el aviso del Tribunal Constitucional de que esa convocatoria que ha perpetrado constituye un fraude de ley? Ya, entiendo, no está en la cárcel –se argüirá—porque esa justicia podría provocar en el electorado catalán un efecto irritante y, en consecuencia, beneficiar artificialmente al extremismo nacionalista que acaba de plantear la fractura de España, pero me pregunto si no será tan grave como eso mantener una lenidad hacia los transgresores que sugiere con vehemencia, en última instancia, un cierto temor del Estado y la correspondiente imagen de su presunta debilidad. Claro que estamos donde estamos, entre otras cosas, porque Rajoy cerró los ojos ante el llamado “reférendum” o consulta perpetrado en su día sin que a Mas ni a los suyos hubiera quien les tocara un pelo de sus cabezas, como si las transgresiones de la ley Electoral no implicaran consecuencias penales y, “ a más a más”, como si el proyecto firme de destruir la unidad constitucional española no constituyera de hecho un auténtico golpe de Estado que afecta no sólo a los españoles catalanes sino a todos los españoles sin excepción.

Claro que la impunidad de Mas no va a sorprender demasiado a tantos desconcertados como arrastra, entre otros casos notables, la de Pujol y su familia, un clan al que la Justicia le lleva las cuentas de un saqueo por el que cualquier peatón llevaría una buena temporada en la trena. Desde el principio, la democracia española ha tratado con guante de seda a ese sector catalán en términos tales que da la impresión de que obedece a un cierto complejo, contentándolo a manos llenas primero y dejándolo campar por sus respetos después. Dudo muy seriamente que ante un desplante como el de Mas, el presidente de alguna autonomía “asimétrica”, como diría él, no hubiera sufrido ya el grave peso de la ley. Que hasta en eso ha asumido nuestra dirigencia el “federalismo desigual” –valga el oxímoron—que pretende imponer esa minoría facciosa. Pero la pregunta, insisto, más allá de los pormenores, es la del principio: ¿por qué no está ya en la cárcel Artur Mas?

Tacto con el pobre

La Junta de Andalucía acaba de suspender una de las medidas más cacareadas de su anterior legislatura, a saber, la de conceder ayudas a las familias desahuciadas de sus viviendas que, además, se hallaran en situación de emergencia social. Y el Presidente en funciones ha suavizado el mensaje con el argumento de que se trata de “una medida financiera razonable y situada en la responsabilidad financiera” –no crean es que es coña— adoptada por una Administración tan sensible que procura “no frustrar las expectativas de mucha gente”. Seguro que los desahuciados se rebrincan con tanto eufemismo y tan delicado tacto, sobre todo si recuerdan lo de los 100.000 euros para Valderas o lo de las dietas “de vacaciones” de nuestro diputados.

La nueva era

Una vez más la Humanidad va a experimentar un cambio crucial motivado por un reajuste demográfico. El sistema convencional, sobre todo después de la descolonización de los años 60, viene siendo interpelado por los vastos sectores de que soportan el subdesarrollo o, más llanamente, la miseria, un fenómeno que la información global de que hoy día se dispone, impide disimular. Los pobres del Sur que ahora invaden el “paraíso” del Norte no son ya los ignorados pobladores del corazón de la tiniebla sino una muchedumbre que, instruida por la televisión sobre todo, ha adoptado la indumentaria de los “desarrollados”, bebe coca-cola y sigue fervorosamente la odisea futbolística distribuida en hinchadas del Madrid o el Barça, un ejército desarmado pero arrollador que, igual que provocó la ruina del Imperio romano, amenaza hoy el muy inestable equilibrio del Primer Mundo, y en definitiva, acabará forzando una nueva era de la que todavía no tenemos ni idea pero que no cabe duda de que, al menos en sus prolegómenos, ya ha comenzado. Vean el desconcierto de los “desarrollados” ante esa invasión diaria, el vacío mental desde el que se contempla tan extraordinario fenómeno, el despiste de una Europa –de una Unión Europea—que parece resignarse a ver convertido el Mediterráneo en un cementerio marino –dos mil ahogados en lo que va de año– y piensa ingenuamente que será posible contener a esa marea humana levantando muros y alambradas. Tampoco en la antigüedad, fuera de Orosio y algún otro avispón, se supo valorar ni prever la fatalidad de una invasión invitada por la propia Historia.

De más estarán las armadas vigilantes y las erizadas vallas mientras sea el hambre y el pánico lo que anima a esa multitudes sin nada que perder. Lo hemos visto en los EEUU con los “espaldas mojadas”, en el Mediterráneo con sus innumerables tragedias, y ahora también en Calais, un pie en Francia y otro en Inglaterra: esto no hay quien lo pare, lo que quiere decir que habrá que empezar a cavilar instalados sobre un paradigma distinto en busca de un reajuste poblacional, aceptando un modelo de convivencia social inédito que hará del siglo en curso un recodo de los tiempos tras el que un nuevo planisferio se ilumine con futuros colores. No es éste el primer reajuste que vive la Humanidad ni, probablemente, será el último. Quienes ven en el rapto de Europa un simple mito arcaico no saben lo cerca que están de ver cruzar el cielo de nuevo a la princesa amazona sobre el toro blanco.

Jugar la prórroga

En la Junta de la presidenta Díaz acaban de inventar otro recurso para tratar las presuntas corrupciones: la prórroga. De este modo, la directora general de Minas, ahora destituida por el presunto y más que sospechoso trapicheo de la concesión de la de Aznalcóllar, no lo ha sido del todo, sino sólo provisionalmente, en la medida que se le guardará la plaza intacta, sin nombrarle sustituto, hasta que haya sentencia firme. No hay que olvidar que el “caso Aznalcóllar” concierne ya de pleno al gobiernillo de doña Susana y ésa puede ser una estupenda razón para tratar bien a la destituida, que bien pudiera llevar reservada en la recámara una incómoda bomba. Nadie se planta a cara de pero frente a la corrupción, por si acaso. Ni siquiera la “incorruptible” Susana.

Eros y Thánatos

La gran noticia del verano –con haber ocurrido tantas y tan tremendas bajo la canícula—ha sido la hazaña de un dentista de Minesota, un tal Walter Palmer, que ha logrado abatir a flechazos al león Cecil, símbolo de Zimbabue. Qué tío, el dentista. Según los chicos del suplemento “Crónica”, Palmer había estado ya en España, en Gredos y por ahí, donde a flechazo limpio cobró nada menos que tres gamos, dos cabras montesas, un muflón y un jabalí, espléndida matanza por la que cuentan que pagó una millonada, incluyendo las piezas cobradas por su mujer que, sabiendo al dedillo lo que son en realidad las cacerías de los maridos, no se separa de él ni a tiros. El amor y la muerte, “eros y thánatos”, como decían Freud y Norman Brown, el bípode en que se apoya nuestra perra vida. Sin ir más lejos, un rey nuestro, ahora emérito, perdió la corona como quien dice por fusilar a un elefante –ya había liquidado antes a un oso borracho como una cuba (el oso)—y caerse de un tálamo no precisamente conyugal, lo que confirma esa teoría que invoco y por la que, por lo visto, no pasan los años. El amor y la muerte, o viceversa, mueven la vida como el viento de otoño lleva la hoja de aquí para allá sin hacer excepción de grandes ni chicos, aunque bien sabemos que disfrazados ambos, en la mayoría de los casos, con motivos menos crudos, que eso es el deporte, en fin de cuentas, un sucedáneo de la guerra interior que lleva el mono loco en la masa de la sangre. A esas profundidades de la filogenia, no hay distancia que valga entre un rey y un dentista, a la vista está.
Hubo un tiempo en que la caza furtiva, es decir, la única justificable a mi entender, se castigaba con la muerte por entenderse que las piezas vivas estaban ahí, en el bosque o en la marisma, reservadas para satisfacer el “instinto de muerte” –así lo llamaba el último Freud—de los poderosos, y no para alimentar a la plebe famélica. Pero el tema no es ése, sino el hecho mismo de la pulsión tanática, inseparable o casi de la erótica, que mueve desde el último azacán al rey más alto pasando, como se ve, por el dentista. El hombre vive como puede, ama cuanto puede y mata lo que puede: por eso se inventó la caza, o más precisamente la cacería, que mi amigo el embajador Cuenca –no única pero sí rara excepción– concilia apasionadamente con el amor por la Madre Naturaleza. El ancestro feroz habita en nosotros. El hombre no ha cambiado gran cosa desde el paleolítico.