Palabras y hechos

Dice la presidenta Díaz que “le duele” la mala fama que las corrupciones perpetradas al socaire del “régimen” que ella dirige comportan para nuestra Andalucía. Se comprende, a todos nos gustaría que, de salir en el telediario, fuera por nobles motivos y no por la mangancia desatada que estamos viviendo: “palabras, palabras, palabras”, como dijo Shakespeare, porque lo que no se ven son los hechos que reclama con vehemencia la opinión pública, qué se yo, una comisión parlamentaria que investigara a fondo ese otro saqueo, el sindical, un expediente general que recabara la inmediata devolución del dinero trincado, un…, bueno, de sobra sabe ella lo que tendría que hacer si quiere que la gente siga tragándose la imagen de su inocencia inverosímil.

La otra Navidad

Gran montaje, gran cuento, deliciosamente ingenuo, acaso fariseo: el “espíritu de la Navidad”. Se supone la conversión general, el triunfo del bien, la gala de un humanismo siquiera quincenal, resuelto en la expresión de buenos deseos de todos para todos. Pschhh. Oigo en la radio a una oyente de Alsina, la voz clara y claro el concepto, dolorido, eso sí –se nota a la legua—pero también sereno, controlado. Una mujer nos cuenta su odisea, cómo “se cayó” de su estatus, como hubo de soportar meses durmiendo al raso más un tiempo de acogida, y sus palabras caen como carámbanos fulminando el ambiente cálido concelebrado por la inmensa mayoría –la mayoría obediente, la integrada—o como una pedrada en la brillante vidriera de nuestra “buena conciencia”. Pero no se aprecia en esas palabras gélidas y sensatas ni rencor ni siquiera disgusto porque “lo que me pasó a mí –dice ese ángel—puede ocurrirle a cualquiera, de la noche a la mañana además, sin previo aviso ni mayor lógica, tan frágil es la barquilla en que navegamos. Seguro que los millones de parados que nos abruman le darían la razón y acaso ellos también se verían reconfortados por el tiempo sagrado, cuya razón de ser no es otra que el armisticio ritual en la sociedad hobbesiana, dictada por la razón inmemorial a medias con los grandes almacenes. Qué dolor, escuchar a esa mujer que tan cuerdamente administra tanto su recuperación como la memoria de su desdicha: no hay en sus palabras figuras trepidantes, noches con escarcha sobre el cobertor de periódicos viejos. En la tertulia de Alsina se hace un silencio revelador prolongado por una música delicada. ¡La otra Navidad, la de “los Otros”, con o sin techo, plantada como un espantajo ante la indiferencia que nos des-socializa y aísla para encerrarnos en la ergástula individual, hielo sobre las brasas, baza del olvido! No hay reproche en esas palabras, solamente hay en ellas realismo, no hay queja, sino sólo experiencia. Noche de Enmanuel, “Dios con nosotros”. En fin…

 

Cambio de emisora y escucho a los políticos de todos los colores, lobos mansos por un día, deseando paz y prosperidad, tregua para todos, que lo que sobra es tiempo para la gresca, la gente arremolinada en el zoco entrampándose quizá –tal es la fuerza del mito—, olvidada de que “eso” le puede ocurrir a cualquiera, no lo permita Dios, cuando menos se lo espere. No sé el nombre de aquella mujer, hermana con las manos llenas de carámbanos, ya digo.

No quieres caldo…

No quieres caldo, dos tazas. Ésa es la insólita estrategia del Arzobispado granadino, empeñado en crear un problema donde no lo había, al publicar un libro resueltamente machista –“Cásate y sé sumisa”—y dar la cara al previsible rifirrafe suscitado dando a la imprenta su segunda parte –“Cásate y da la vida por ella”—en el que se predica que “corresponde a la mujer llevar al hombre al encuentro de su virilidad (¡), de su paternidad y del ejercicio de su autoridad”. Contestar al feminismo contenido o extremado con arengas de esa naturaleza parece todo menos una solución porque ningún fundamentalismo es razonable. El arzobispo de Granada se ha empeñado en perder una batalla en una guerra provocada por él mismo.

Cerebros lavados

¿Recuerdan al niño cubano Elián, aquel superviviente del intento de fuga de su madre, luego rescatado por su padre, es decir, por el régimen castrista, tras el asalto yanqui a la casa de sus parientes en plena “gusanera”? Elián ha cumplido veinte años –la edad en la que los mozos eran “tallados” en la España de ayer—y se ha convertido en un militante profundo del régimen al que da no sé qué escucharle largar su sarta de tópicos oficialistas con un convencimiento digno de mejor causa. Claro que Elián no debe de haber vivido una existencia corriente en la isla, prohijado por el propio Fidel y presumiblemente ajeno, en consecuencia, a las penosas restricciones que afligen al común de sus conciudadanos, como corresponde a un símbolo de la propaganda que recién ahora acaba de salir por primera vez de esa cómoda placenta aunque haya sido para asistir a un evento comunista y embarcado en una delegación oficial. Óiganlo hablar, en todo caso, para comprobar la indefectible pobreza ideológica de toda dictadura o, lo que viene a ser lo mismo, la anulación radical de la personalidad, la liquidación del individuo disuelto en el “sujeto colectivo” por cuyo cerebro piensa y por cuya boca habla con acento anónimo y aprendido: todo por la Revolución, culpas del bloqueo americano, triunfo de un pueblo arruinado hablando del cual, Elián, el pobre, en poco más de tres minutos, pronuncia en tres ocasiones el adjetivo “genial”. ¿La madre ahogada? Bueno, Elián tiene muy buen concepto de su madre pero no acierta a responder por ella cuando le preguntan por la razón de su temeraria huida. ¡Genial! Siempre recuerdo que Artur London nos advertía de nuestra incapacidad, como individuos occidentales, para valorar los males de la tiranía tanto como los efectos del lavado de cerebro. Pensando en aquel viejo ilustre me ha dado aún más pena del joven Elián.

 

Es curioso cómo la experiencia nos ha ido limando las aristas dogmáticas a muchos de mis congéneres hasta colocarnos en el más incómodo equilibrio ideológico. Lo hablaba el otro día con Julio Anguita, ese dúctil recalcitrante –permítanme el oxímoron—que tanto sabe del peso de los dogmas y del alto coste de evolución. Pero Anguita habla, no repite, piensa por cuenta propia, mientras que Eliancito, ya talludo y con el bozo insolente, no es más que la voz de su amo. Pienso en la Habana, en el Malecón, en la madre balsera ahogándose en el intento, y aún me conmueve más la voz inculcada de Elián.

Al otro, ni agua

El copresidente Valderas, en su calidad de consejero de Administración Local, acaba de perpetrar una de las más insolentes parcialidades que recuerda la autonomía: convocar las ayudas a pueblos afectados por catástrofes con un plazo imposible (tres días) y, a continuación, repartirlas discrecionalmente de tal modo que sólo resultaron beneficiarios los pueblos gobernados por el PSOE e IU. Al Otro, ni agua, ya se sabe. En Valderas y otros cuantos tiene la presidenta Díaz el contraste imprescindible para acrisolar su imagen de buena en medio de la arbitrariedad más radical.

Países olvidados

Llegan nuevas inquietantes del país de Bénin, el antiguo Dahomey yoruba de nuestros sellos adolescentes. Las recibo a través de amigos de Justicia y Paz que me confirman que no hay novedad entre las costumbres de hoy mismo y las de hace diez años, cuando otros amigos me trajeron un acadabrante informe que hablaba de las disfunciones provocadas por el pluralismo religiosos (católico, musulmán, vudú) resuelto en una suerte de amalgama práctica sin otro techo que la superstición. Una imagen temible: las criaturas que nacen deformes o taradas son consideradas impuras y, por consiguiente, estrelladas contra un árbol para cortar de raíz la disfunción. ¿Cabe imaginar una situación más necesitada de ayuda moral y hasta de protección cívica que una sociedad que sacrifica brutalmente a sus hijos minusválidos? Hasta la oligarquía del país teme el efecto de la suspensión unilateral del programa de ayuda internacional que provocaría la quiebra del puerto de Cotonou que centraliza la vida económica nacional. Y en ese escenario va el presidente Yayi Boni y se inventa un atentado fallido por envenenamiento del que acusa a un millonario que lo alzó al poder pero que luego le cerró el grifo de la coima, provocando el exilio de éste y su refugio político en EEUU. Hasta el juez encargado del caso ha tomado las de Villadiego por lo que pudiera ocurrirle en semejante trance. De lo que nadie habla es de los niños estrellados, del batiburrillo vudú que hasta dispone de un día de fiesta nacional, los bailes, los ungüentos y los gallos degollados. La idea de la vida que nos hacemos los occidentales tiene poco, casi nada, que ver con la que se siente en los países olvidados.

 

Existe un mundo oculto, sin presencia efectiva en la actualidad, sin lugar en la opinión colectiva, que imaginamos exótico y rousseauniano pero que, en realidad, no es más que el traspatio abandonado de este mundo nuestro que nos ha dado por considerar feliz. Un mundo a oscuras al que no llega la mano civilizada y si llega es estrechada (y vaciada) por las oligarquías locales, las mismas que suelen servir al neo-neocolonialismo para reeditar el viejo negocio, posible sólo en un medio cuidadosamente mantenido en la ignorancia. Sólo las misiones se acercan a ese mundo. Pocos para dar abasto a una oposición efectiva a la barbarie que supone estrellar a un bebé contra la corteza de una palmera o de un ébano.