Escrito en el agua

Promesas electorales que se lleva el viento, compromisos suscritos en el agua. No habrá AVE para Huelva hasta el 2013 (o sea, hasta que se rematen los demás andaluces), ni enlaces en la costa occidental, ni tres puentes que valgan al paso que va su tramitación, ni carretera Huelva-Cádiz, ni proyectos ferroviarios, ni “desdoble” que valga, ni reapertura de la terminal de mercancías de RENFE cerrada en su día, ni… Ni la aparición de ZP en carne mortal, ni la sombra del paráclito González, ni el respaldo de Chaves han dado de sí más que shakespearianas palabras. Han subido los precios más que en el resto del país, eso sí, y a pesar de los pesares, nos dice quien lo sabe que podemos dormir a pierna suelta sin temor al terrorismo. Algo es algo, que en este caso, sería mucho. Pero del AVE nada, del aeropuerto (un proyecto “guadiana” que se remonta a los primeros años 40), de atascos, todo. Menos mal que las autonómicas están cerca y de nuevo volverán con ellas las promesas, aunque sean escritas en el agua. La Huelva emergente le debe poco al estímulo del Poder. No sé, la verdad, si eso es para reír o para llorar.

La camisa roja

Con motivo del bicentenario de Garibaldi, “el héroe de los dos mundos”, la memoria italiana anda dividida en bandos irreconciliables. Ha salido a relucir la famosa camisa roja, única y de quita y pon que el mítico general usó durante su campaña americana, se oyen voces desmitificadoras que hablan incluso, con la mayor irreverencia, del “brigante aventurero”, se recuerda que su leyenda ha dado de sí tanto como para prestar nombre a unos famosos “jeans”, a unos puros toscanos, a unas galletas inglesas o a una suerte de salmonete frecuente en el otro hemisferio, se inauguran exposiciones, se firman convenios y hasta se da a la luz el curioso inventario de los bienes que aquel célebre insolvente poseyó en su isla de Caprere y que consistía cabalmente en unos cuantos bueyes, doscientas cabras, el doble de pollos, dos caballos, sesenta burros y medio centenar de cerdos. No están conformes con semejantes fastos ni los separatistas de arriba ni los de abajo, que ven en el general a un falso mito del que se habría servido el entonces pobre Norte para hacerse con las riquezas que (entonces) poseía un Sur  próspero, al menos en la imaginación de los ‘separatas’, y que no dejan de recordar de qué generosa manera fue tratado, en fin de cuentas, por encima y por debajo de la conseja popular, el legendario personaje que hasta alcanzó a cobrar su pensión vitalicia como premio a sus desvelos. La cosa ha llegado a tal punto que, en Roma, se han estrechado la mano simbólicamente el último Garibaldi y el heredero saboya en que concluye de momento la estirpe de Víctor Manuel, un poco en plan de arreglar el mundo (para los italianos no hay más mundo que Italia), pero la auténtica guinda del pastel ha sido la publicación de la nota manuscrita que el héroe libró contra el Fisco y que decía ni más ni menos: “Egregio esattore, mi trovo nell’a imposibilita di pagare imposte. Giuseppe Garibaldi”. Así, en dos líneas, con dos bemoles. Le ha faltado tiempo a los objetores italianos para levantar la voz contra el saqueo impositivo y a un puñado de cuerdos para aplicar la protesta a la injusticia que supondría implantar en la República el pretendido federalismo fiscal.

                                                                  xxxxx

Por poco coincide con los nones de Garibaldi, como pueden ver, el proyecto de Rajoy de suprimir las cargas patrimoniales y atemperar las de la renta personal, por un lado, y por el otro, con el que la rapiña catalanista ha forzado el paso estatutario hasta perder de vista a los pocos y discretos jacobinos que todavía confían en la virtud equilibradora del centralismo. Pero más me interesa apuntar ahora hacia la  multifuncionalidad de estos mitos políticos que, como el garibaldino, sirven lo mismo para ilustrar el viejo fregado revolucionario que para ambientar ideológicamente la ‘movida’ neoliberal, igual para Craxi que para Spadolini, tan útil para los descamisados del protosocialismo como para los ejecutivos “prêt-à-porter” que aprendieron a hacerse el nudo de la corbata en la Escuela de Chicago. El ministro Caldera predicando antier mismo que la revolución del siglo XXI serán los impuestos y Garibaldi garrapateándole hace dos siglos al recaudador unas líneas someras en las que le declara su heroica decisión de no apoquinar ni un chavo para que lo despilfarre “la Casta”: vean hasta qué punto lleva el paso cambiado este ‘sociatismo’ que no parece haberse enterado siquiera del premio que le han dado a Dährendorf en Oviedo ni de que los publicanos catalanes se han quedado de un plumazo con la butifarra y con las monchetas. “Egregio Esattore”: hay desde el mismo encabezamiento del autógrafo una sombra de burlesca ironía que resuena más divertida en boca del héroe de esa sufrida camisa roja  que mantiene subyugado dos siglos después a un imaginario italiano tan harto de coles como ya lo estuviera el propio mito. Puede que no exista un sistema fiscal justo. El federalismo impositivo no es, tal vez, más que una variante de esa fatalidad.

La señorita Pepis

¿Qué hará Chaves ahora que los catalanes han descubierto el pastel y están dispuestos a despacharse solos su ración de la trata? ¿Seguirá diciendo que el ‘Estatut’ catalán no supera el que aquí le copiamos en la letra chica o admitirá que se ha abierto, quizá sin remedio, el proceso de condeferalización para un Estado constituido por Españas de dos velocidades? ¿Por qué no “ir más allá” de la letra del Estatuto, como declaran los catalanes que han ido ellos, y montarnos aquí, en paralelo riguroso nuestra “Agencia Tributaria” propia por si acaso la fractura de la unidad fiscal española resulta irrevesrsible? ¿Seguiremos acogidos al modelo de “la señorita Pepis”, apuntados a la autonomía de segunda, colistas orgullosos de nuestro inveterado  farolillo rojo? Verán como, en cualquier caso, Chaves no pía sobre el particular o pía dirigido por la batuta de fuera. Pero una autonomía que calla ante semejante ataque a la solidaridad básica del Estado no es más que un régimen ficticio. Y Chaves el empresario de esta cara fantasmagoría dispuesta a vivir con las migajas que desprecie Epulón.

Juegos de palabra

No debe de andar muy bien la dotación de seguridad onubense cuando el ‘delegata’ del Gobierno se deja caer con una expresión tan vaga, anfibológica y polivalente como ésa de que “Huelva cuenta con guardias suficientes para atender ‘contextos normales’ ”, no se pierdan la astuta expresión. El problema está en que, sin que a nadie se le ocurra reclamar medios para atener “contextos anormales”, parece obvio que la aclaración de Bago es pura tautología si es que no va de camelo. Y eso es lo malo: el recurso a la ambigüedad, el truco de las palabras en juego, que a la hora de los disturbios se revelan indefectiblemente inútiles. Aparte de que a saber qué entiende el ‘delegata’ por normalidad de los contextos, pues no sé, si incluye, por ejemplo, la escena del coche bomba de Ayamonte o la nueva película de los pirómanos. En contextos normales” ni falta que haría un delegado, ni siquiera un  Gobierno. Vea el profesor Bago lo arriesgado que puede resultar el juego de las palabras.

‘High cost’

Es comprensible que el lector albergue cierta desconfianza sobre las tarifas aéreas baratas que está revolucionando el turismo de nuestros días. Es lógico del todo que no se fíe demasiado de un servicio del que los usuarios cuentan y no acaban en torno a informalidades, estrecheces, retrasos y extrema parquedad de las atenciones al cliente, y sobre todo que no las tenga todas consiga tras un episodio como el de la quiebra reciente de alguna de esas compañías “low cost” entre cuyas proezas se contaban –dicho sea sin ánimo de estragar a los hipocondríacos– paros de motores en pleno vuelo y cosas por el estilo. Lo que no está nada justificado, sin embargo es que semejante escama se contraponga a la garantía que, en principio al menos, parecería que suponen las compañías caras, esto es, las “high cost” de líneas regulares cuyos precios verdaderamente estelares justificarían de sobra la presunción, pero que, en la práctica, demuestran diariamente a sus millones de clientes panolis que el peso de su competencia con las compañías baratas han de pagarlo ellos de modo y manera que en la cuenta de resultados se refleje sólo el brillo de una gestión. Es verdad, ya digo, que el espacio hábil de que dispone el viajero en los vuelos baratos es mínimo pero fácil resulta comprobar en qué medida agobiante ha ido disminuyendo el suyo el negocio convencional. Hoy el viajero mimado de los viejos tiempos recibe un trato pecuario desde que llega al mostrador, es acoplado en otro vuelo cuando conviene a los providentes gestores, ha de viajar aislado cuando a éstos les conviene, verá suprimido el tradicional obsequio aperitivo a cambio de un “catering” escandaloso y no es probable que reciba otra prensa que el papelón propagandístico que edita la propia empresa, a salvo los elegidos de clase ‘business” reservada al olimpo, y siempre en proporción inversa a la actitud crítica de los periódicos con el Gobierno. El detestable servilismo de los viejos tiempos ha sido sustituido por una actitud de rotundo desdén por el viajero que expresa mejor que nada la sonrisa estereo de la azafata cuando en un vuelo atestado que cuesta un riñón le dice a uno, con su mijita de guasa, que elija el sitio que prefiera… Y dese con un canto en los dientes si al llegar a destino recupera con normalidad su equipaje, porque en el frecuente caso de extravío habrá de soportar la dura experiencia de la soledad burocrática como última prueba. El tráfico aéreo es ya hoy pura conducción de ganado. Empieza uno a explicarse el éxito de los chollos de Internet.
                                                                xxxxx
Si el turismo es tal vez, como se ha repetido, el hecho más característico del siglo XXI no se comprende la inhibición de los controles públicos sobre una actividad que afecta a millones de ciudadanos en circunstancias ciertamente no poco extremadas. No se entiende por qué las compañías han de ser juez y parte, además de penúltima instancia, en sus contenciosos con los paganos, qué razón puede justificar que dos vuelos se acumulen en uno en beneficio de la empresa pero en perjuicio del cliente, que el exceso de pasajes (o la escasez de aeronaves) se solucione con interminables retrasos o que el silencio hermético sea la estrategia habitual ante las incidencias aeroportuarias. Hoy el ciudadano que acude a diligenciar su vuelo debe apear su dignidad con la esperanza de que la simpatía graciable del empleado mitigue su calvario. Aunque es una gran verdad la observación del presidente Des Brosses sobre el hecho de que, tras el viaje, el sufrido viajero tiende a retener tan sólo la memoria grata de lo vivido olvidándose de las gurumías infligidas por mesoneros y postillones. Lo que se me escapa es la razón por la que seguimos manteniendo el prejuicio que favorece a Iberia, pongo por caso, frente a negocios que te ofrecen idéntico servicio  por la décima parte del coste. El “low cost” nos inquieta todavía pero ignoro por qué le damos tanta cancha al “low service”.

El camelo de Delphi

No se puede imaginar camelo mayor que el propuesto por el ignoto consejero de Trabajo (vi una encuesta alguna vez en la que su  ‘índice de conocimiento’ era prácticamente plano) cuando dice que el cierre patronal de Delphi, o sea, el despido de 1.600 trabajadores directos, constituye, en realidad, una “oportunidad” para Andalucía ya que “hoy existe un debate sobre inversiones que no existía hace años”. Hombre, el nivel de incompetencia está por los suelos, ya lo sabemos, pero una afirmación semejante la verdad es que merecería el sartenazo inmediato de un gobiernillo regional que conservara siquiera una mínima noción de su dignidad. ¿Cómo se puede ser tan membrillo para tratar de engañar al personal con semejante ocurrencia? ¿Y cómo le habrá sentado a los despedidos ver al consejero de Trabajo felicitarse por la desgracia de los trabajadores? Menos mal que no lo conoce nadie, después de todo, porque en caso contrario teníamos una vez más cachondeo nacional para una temporada.