Mucho madrugar…

El jefe provincial del PSOE, Javier Barrero, anunció nada más cerrarse el escrutinio que Manuela Parralo –aunque otra cosa parece sugerir su ausencia– está dispuesta a ser la candidata en las municipales del 2001. Y ahí tienen ya al Superalcalde, como era lógico, recogiendo el guante, para anunciar que él también estará presente en esa cita para la que espera presentarse ya con el AVE y los puentes prometidos por ZP y Chaves. Mucho madrugar me parece a mí, más prisa que lógica, entre otras cosas porque cualquiera sabe lo que puede ocurrir de aquí a entonces, y sobre todo, porque cualquiera está en su derecho y buena lógica en desconfiar de que Parralo soporte una legislatura de convidada de piedra y llevándose, como el mono de goma, todos los palos sobrantes. En Huelva lo que toca ahora es gobernar, cumplir lo prometido por cada cual, no venir con más cuentos ni dilaciones, apostar por una vez al interés general. Y es posible que, en esa perspectiva, el PSOE lo tenga aún más difícil dentro de cuatro años que hace dos semanas. Seguro que Parralo me entiende mejor que nadie, descontado el propio Barrero.

Medidas y símbolos

He seguido durante un tiempo, para acabar perdiéndola, la pista de un predicador americano, Brent Maynard, empeñado, el pobre, en implantar en el imperio –como ya lo hubiera en el romano o en el español filipino– un sistema único de medidas que sustituya de una vez el raro anacronismo que hizo al primer astronauta que pisó la Luna dar cuenta del satélite, a su vuelta, hablando de pies por segundos, millas y galones. Los yanquis son muy suyos y tratan de perpetuar, más que los ingleses si cabe, sus medidas históricas, a pesar de que el Sistema Métrico Decimal fue admitido en USA legalmente hace más de un siglo y cuarto, en la estela de un movimiento mundial que había desatado la Revolución Francesa con su proyecto de un sistema válido “para todos los tiempos, pueblos y países”, empezando por un metro –la viaja medida griega– que el sabio Condorcet, imbuido del más vehemente espíritu ilustrado, veía también ya en manos de “todos los pueblos y de todos los hombres”. A mí la aventura del reverendo Maynard me cae simpática en la medida en que representa la vigencia de la ilusión racionalizadora, es decir, la prueba de que la Ilustración sobrevive mal que bien en medio de esta crisis de la Razón que ya veremos dónde acaba haciendo rebotar nuestros huesos. Pero comprendo a los tradicionalistas que se aferran como “amish” a los viejos conceptos y no se ven en la vida diaria privados de millas, pies o galones, tal vez porque, como uno de ellos ha explicado, los pesos y medidas, que constituyen “unidades estándar” en el país, proceden de la experiencia humana misma y poseen su propia historia, lo cual no es más que la verdad. No hay que adentrarse mucho en la España profunda para empezar a oír hablar de leguas y barriles, libras y quintales, cuartillos y fanegas, brazas o celemines, que con como el sedimento que ha dejado en nuestra memoria colectiva –y por eso mismo, en el lenguaje– una larguísima experiencia vital. Brent Maynard ha colocado carteles en las carreteras marcando las distancias en kilómetros pero se ha encontrado con que buena parte de la parroquia decía no entender siquiera a qué se refería el reverendo con esos palabros desconocidos, a pesar de que en los EEUU hace años que los refrescos se venden por litros y los alimentos por gramos. No siempre lo funcional es bello y no siempre lo bello ha de ceder ante lo funcional.
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Por experiencia personal sé, además, que una simple fanega (como medida de superficie o de áridos, me da igual) no vale lo mismo aquí que diez leguas más arriba, por más que un cuartillo de aguardiente contenga lo mismo en Valverde del Camino que en Rute. Las unidades de medida –hoy consagradas en un Sistema Internacional suscrito en el año 60 por la mayoría de los países que cuentan en el mundo– surgieron, como casi todo en la vida, de la comparación con el cuerpo humano, tal el ‘pie’ romanísimo que todavía anda por ahí rebotado, como aquel ‘jornal’ (diario, literalmente) que equivalía a la tierra que un ganapán era capaz de labrar en un día sin alejarse imprudentemente de la casa. Hay cierta poesía, un indudable poso mítico, en una visión del mundo que mide el carbón por ‘cestos’ o la sal por ‘moyos’ pero no es dudoso que mantener en curso legal conceptos como vara o libra, onza o barril, complicaría las cosas hasta un punto insostenible en un planeta globalizado que, como una nueva Roma o una Ilustración forzosa, tiende a homogeneizarnos en un reino feliz de los tiempos finales. Mao vistió igual a miles de chinos y hasta contagió al marqués de Villaverde pero quienes están ganando la batalla a la historia son los activos zánganos de aquel hormiguero. El futuro, más que probablemente, acabará dando la razón a Maynard cuando, como suele ser frecuente en la Historia, ya el pobre no alcance a ver respetados sus carteles de carretera.

La lonja política

Otra vez el cinismo presidiendo la lógica de los pactos. Desde el PSOE, un personaje de lo menos claro, como su secretario de Organización, toca a rebato para acorralar al PP y quitarle cuantos más ayuntamientos mejor, pero de paso denuncia y alerta ante “la marrullería política de Arenas” que, asómbrense, tratará a su vez, según aquel, de arrebatarle los suyos al PSOE. Los pactos propios son magníficos –“de progreso”, suelen llamarlos–, los ajenos simplemente marrulleros. Y por supuesto, los electores al margen, sin voz ni voto, uunto en boca ocurra lo que ocurra, por lo menos hasta dentro de cuatro años en que serán llamados de nuevo para que vuelvan a dar carta blanca a estos trujimanes. Esta democracia no se tendrán firme mientras no elimine, en efecto, tanta marrullería y tanta poca vergüenza. Unos partidos que se pasan la legislatura increpando al rival pero se asocian a él en la siguiente, dan la medida de la actual olla podrida. 

El mal perder

Por lo visto ni la candidata derrotada, Manuela Parralo, ni el númen que tras ella hace y deshace, Javier Barrero, han felicitado aún por su triunfo al alcalde legítimo como es costumbre acrisolada hasta después de las competiciones más arriscadas. Bueno, la candidata sí que se ha referido al alcalde, pero para apuntar a su calvicie prócer, algo tan poco sensato e indecoroso como lo sería, por parte del adversario, disparar contra alguna prenda de su cuerpo serrano. Mal perder se llama eso, es decir, justamente lo que González –el que veía en Parralo a una mujer con un “motor potente”…– recriminaba a los de enfrente según la acreditada estrategia puesta en marcha desde el 11-M. En Huelva no hay “fair play”, ni modales educados, ni maneras correctas que hagan asumir el fracaso propio y reconocer el éxito ajeno. Una mala cosa que no es novedad pero que anuncia otra legislatura sucia, con trampas y zancadillas, en lugar de buena razones. Y eso se llama perder dos veces. Ojalá esos silentes perdedores lo entendieran así.  

 

Carne de perro

Un actor británico, Mark McGowan, especializado en numeritos de esos que ahora se llama “performances”, acaba de zamparse un perro de raza ‘corgi’, la predilecta de la reina Isabel, como protesta por la pasividad de la monarquía ante la muerte cazadora de un zorro a manos del duque de Edimburgo. Gowan no es ningún novato en este dudoso terreno de la extravagancia,  porque la pequeña crónica cuenta de él que ya recorrió a gatas el trayecto entre Londres y Canterbury –es decir, el mismo que Beckett, pero al revés– para dejar clara su solidaridad con los ciudadanos que en Navidad se sentían tan solos como hace años nos descubrió la canción de Machín, y que más recientemente ha dado buena cuenta, en compañía de Yoko Ono, la viuda de Lennon, y en un programa radiofónico en directo, de un cisne real, anátida tradicionalmente protegida por la corona de una monarquía que le disgusta en extremo.  No saben qué hacer, como puede verse, para ganarse un titular, lo mismo en esa Gran Bretaña en la que de momento la batalla del zorro está más que en el alero, como en esta España en la que empezamos a ver ‘minimanifas’ contra la tauromaquia ancestral o baronesas sobrevenidas encadenadas en defensa de los castaños de Indias. Los surrealistas españoles –encabezados entonces por Alberti y cía.– espantaban a la señoras de los primeros conciliábulos feministas estrangulando palomas o disparando sus coquetos revólveres con cachas de nácar en plena perorata, pero aquellas proezas no pasaban de ser anecdóticas en un país con cerca de un 80 por ciento de analfabetos y en el que la fama avanzaba con paso más que premioso hasta alcanzar rara vez el nivel de la leyenda. Espronceda y otros dos anunciaron a los madrileños un cambio de Gobierno paseando arriba y abajo por el Salón del Prado con sus levitas alquiladas en cuya espalda podía leerse, tras el correspondiente cambio de posición de los anunciantes, la noticia “CEA CAE”. Hoy el tal Gowan pasea por Times Square disfrazado de Bush ofreciendo sumiso el trasero a los viandantes para que satisfagan su eventual deseo de pateárselo sublimadamente al presidente, o ha de comerse un perro cocinado con manzanas y cebollas para conseguir que lo saquen en el periódico, reina por un día. La sociedad medial ofrece mucho a la protesta pero, normalmente, a un precio prohibitivo. El perro, mismamente, según el performancista y la viuda, resultaba repugnante en ese plato rebelde.
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De modo que el maltrato a unos animales se combate desde esas posiciones extremadas nada menos que comiéndose otros, de manera idéntica a cómo la violencia de Bush se castiga simbólicamente con otra violencia no poco incivil, y gente que se opone a la tauromaquia practica como réplica el banquete ritual aunque sea en directo y haciendo de tripas corazón. No hay, sin embargo, la menor noticia de ese McGowan en la crónica artística como no hay mención de su mítica ‘partenaire’ que no se funde en su matrimonio con Lennon, es decir tres cuartos de lo mismo que ocurre con la baronesa a la que Gallardón acaba de barrer en las urnas. Como no la hay de héroes animalistas que protesten por la boga de los insectos fritos, de las serpientes de cetaria o de los monitos trepanados que se ofrecen al turismo caro en los restaurantes exclusivos de Singapur y otros paraísos para degustación de sus caros cerebros. El ecologismo, tan señero por tanto méritos y conceptos, ha cristalizado también, por desgracia, en frecuente coartada de un progresismo que ha perdido la traza del progreso y no parece que lleve camino de reencontrarla. Esto de comerse al gozque para protestar por la muerte del zorro o tajelarse al cisne como quien se levanta en armas contra la flor de lis, por ejemplo, no supera la presunta antinaturalidad del hombre sino que la confirma. La dieta forma parte de la ideología. Ignorar eso tan elemental es pura publicidad de actor fracasado.

Críticas y pactos

Hay un tiempo para la crítica, incluso para el improperio o la calumnia, y otro para el pacto y el cambalache. Se puede estar una legislatura completa acusando al PSOE, pongo por caso, de corrupto o prepotente (desde Córdoba a Ayamonte) y cerrar luego en un pis pas el pleito firmando unas suculentas paces en las que, por lo general, lo que se pide a cambio de la vara es el negocio del urbanismo precisamente. La queja de los partidos ante la alta abstención no tiene en cuenta que es justo esta irresponsable política y esta insolvencia moral la causa de que los ciudadanos se alejen de la política y se afirmen en la convicción de que la vida pública es un pudridero para oportunistas. Estos días vamos a ver, sin ir más lejos, pactar como socios a prendas que se han acusado e incluso llevado a los tribunales entre sí, lo cual constituye un auténtico ultraje a la estimativa pública. La partitocracia es una lacra cuya respuesta lógica es la abstención. Y la corrupción asumida por la gente la consecuencia de este mal ejemplo que le dan sus legítimos representantes.