El espejo mítico

Se han levantado algunas voces discrepantes con la decisión de concederle el premio Príncipe de Asturias a Bob Dylan. Alegan que lo que ha hecho ese jurado es homenajearse a sí mismo, superponer a su retrato, en el espejo inconsciente, la cara del héroe generacional confundido, que es lo suyo, con la generación misma, argumento vano, en definitiva, porque pocas cosas hay tan claras como la inevitable tendencia del hombre a mitificar el pasado. Estos mismos días estamos asistiendo al homenaje múltiple a la Transición, o a los nuevos “30 años de paz”, si se prefiere, bien entendido que de paz auténtica esta vez y no de paz a punta de pistola, como la otra. Parece como si la descalificación generacional que ha supuesto la propuesta de liquidación del 68 –es decir, de jubilación generacional– lanzada en Francia, hubiera reforzado aquí las ínfulas generacionales hasta el punto en que estamos viendo invertir la operación de descrédito de aquella proeza, que ha estado en marcha durante toda esta legislatura. La última palabra en materia estimativa es, pues, que la Transición fue un momento lúcido en nuestra historia y, en consecuencia, que sus autores, directos e indirectos, bien merecen el crédito que se les ha venido otorgando y del que se ha pretendido despojarlos últimamente, aunque sólo sea porque con su espíritu de concordia y su voluntad de acuerdo supieron renunciar todos a cuanto fue menester en beneficio del común. Si fue así, en realidad, o no lo fue, es cosa discutible, como es natural, pero todo indica que ésta será en adelante la doctrina oficial y, por tanto, el salvoconducto histórico para una ‘generación perdida’ que hizo lo más difícil aunque venga luego fallando en lo aparentemente fácil. Yo creo que el premio a Bob Dylan y esta movida institucional salen de un mismo morral y no me parecen inadecuados ni el uno ni la otra a salvo lo que ya va dicho sobre la mitificación de todo pasado. No íbamos a ser nosotros la primera hornada que se apedreara a sí misma en el espejo.
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Nos vamos a enterar de muchas cosas, en cualquiera de los casos, sobre las grandezas y miserias de aquellos fastos. Las suficientes para aferrarnos a la idea de que una vez mitificada una realidad ya no hay quien la desmitifique. El gesto compungido y el enorme galón en la manga del entonces Príncipe en los funerales de la dictadura, el gesto testimonial de los sociatas recibiendo sentados al nuevo monarca, las manos en los bolsillos republicanos de Guerra frente al retrato de Pasionaria aplaudiendo al Rey puesta en pie, las cenizas de Carrillo o los truenos de Fraga, son ya simple polvo pretérito despejado del cual apenas sorprende enterarnos de que la UCD financiaba al PSOE o que el Departamento de Estado americano avalara a esa “izquierda razonable” frente a la temida “izquierda temible” que encarnaba el PC. Toda esa galería se confunde y transfigura ya bajo la pátina del mito, memoria a merced del tiempo, sombra prestigiosa e incierta de una realidad determinada finalmente por la convención que es, en suma, el nervio de toda historia. La historiografía trabaja sobre estos materiales amañados por la influencia y fundidos por la subjetividad, contra lo que pueda creerse y sostengan a capa y espada los voluntaristas del objetivismo, pero sea lo que fuere de esa vaina lo cierto es que estos homenajes al pasado rebotan en el presente para aureolar a ese protagonista colectivo imprescindible a la hora de consagrar la operación. El pasado cobra su relieve definitivo en esa alquitara que destila una imagen inapelable que depende menos de la verdad propiamente dicha que de su versión imaginaria. Y a ese género de certezas pertenecen lo mismo nuestro episodio que la barba de Carlomagno o el alfanje de Saladino. Considerando lo que ya sabemos, preciso es concluir que tal vez no pueda ser de otra forma.

Ejemplo capital

Hoy que se constituyen los Ayuntamientos chirría especialmente el rifirrafe judicial entre el PP y el PSOE de la capital de la región –el PP como denunciante, el PSOE como consecuencia– a propósito del famoso fax que el candidato ‘popular’ que ha ganado las elecciones mostró en la tele al que será alcalde aupado por IU. Imaginen el ejemplo cívico que implica esa pelea en la que el propio alcalde es acusado de participar en una trama de facturas falsas que, en cualquier caso, no parece que puedan desmentirse, mientras corre de boca en boca que desde el Ayuntamiento de la capital se instruye a ciertos presuntos cómplices en el arte de defraudar al propio consistorio. Eso se llama comenzar con mal pie, por si algo faltaba encima del espectáculo de cambalache generalizado que estamos viviendo. Queda lejos la democracia municipal porque, ciertamente, si su modelo justo fuera éste, la verdad es que deja demasiado que desear incluso al menos exigente de los ciudadanos. 

La suerte de Parralo

La desdichada enfermedad de Cejudo ha dado ocasión a la ‘mesa-camilla’ para hacerse con todo el poder del soviet, esta vez de verdad, con la ascensión de Petronila Guerrero a ese puesto de mando que maneja el tinglado de la hegemonía del PSOE. Desde ahora nada que importe políticamente queda fuera de esa reservada logia, que dispondrá a su gusto no sólo del dinero de la provincia sino que administrará sin intermediarios la inmensa agencia de colocación que es la Dipu. Una mala noticia para la frustrada candidata a la alcaldía, Manuela Parralo, presunta sucesora de Cejudo mientras duró el sueño, pero condenada ahora a soportar una legislatura municipal que sería raro que resistiera dada su demostrada vulnerabilidad. Lo que sugiere que el círculo de Barrero no tiene interés en salvaguardar la imagen de la derrotada sino en distanciarse de su batacazo como si la cosa no fuera con él. Parralo lleva el mismo camino que Pepe Juan. Será curioso ver si soporta esa cruz o coge las de Villadiego. 

Off de record

Otra ves la (las) polémicas a propósito de descuidados comentarios de próceres sorprendidos por el ojo y el oído público. El mismo Rey se anda quejando, según cuentan de que su frase “off de record” pronunciada en la dirección de la Guardia Civil –aquella de “Hay que intentarlo”, ya saben– fuera reproducida fuera del ‘sancta sanctorum’ que es la intimidad privilegiada. Curioso: un régimen de opinión pública –que eso es antes que nada la democracia– entiende que sus manijeros tienen derecho a una doble utilización de la Verdad, incluida la posibilidad de ocultarle ésta a los pecheros y peatones que no están en los secretos de altura. A Rajoy le han pillado dos en un mismo día, la primera al aludir en la radio a la vicepresidenta del Gobierno como “la Otra”, y la segunda al sincerarse con un conmilitón sobre el carácter absurdo de la pregunta que pensaba plantearle al Gobierno en esa sesión parlamentaria visiblemente amañada con que se ha inaugurado la nueva era. Pero estas indiscreciones tiene sobrados precedentes a los que no ha escapado ninguno de los últimos barandas, pues si González fue grabado en el Cementerio Civil de Madrid protestándole maquiavélicamente  al mismísimo presidente de la Audiencia Nacional porque no hubiera una instancia capaz de amañar el lío judicial, el propio Aznar fue sorprendido por un micro abierto que él creyó cerrado al calificar de coñazo cierta intervención. ¿No ha calificado Putin de ‘machote’ a Ehud Olmert por haberse llevado por delante a unas cuantas damiselas? ¿No dijo Borrell, creyéndose a cubierto de indiscretos, al conocer el accidente aéreo de Rajoy y Esperanza Aguirre, que “eso les ocurre por ir en helicóptero a los toros”? ¿Y Jordi Sevilla, no habló (bien equivocado, por cierto) del “charnego prematuro” que no creía adecuado aún para presidir Cataluña? Hay ejemplos para dar y tomar de que nuestros prohombres profesan un burdo averroísmo en virtud del cual distinguen entre lo que el pueblo puede saber y entender, y aquello otro que se reservan para su uso exclusivo. Nada como un micro abierto para demostrar esa doblez insuperable de la clase política.
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Y ahí es justamente donde radica el escándalo ético: en la convicción elitista de que el pueblo no debe conocer más que lo que decida el político, es decir, que la  Verdad es susceptible de ser manejada con tiento por los artificieros del discurso público, dueños realengos del derecho a escamotear a los demás lo que ellos saben y pretenden guardarse para sí, confirmando la práctica minoría de edad del pueblo soberano, es decir, la paradoja de que el depositario genuino de la soberanía la pierda soberanamente desde el momento en que la delega en sus representantes. ¿Por qué escandalizarse del desahogo ‘off de record’ de un político cuando lo suyo sería cabrearse ante la mera sospecha de que no ha dicho a micro abierto ‘todo’ lo que sabía? Cualquiera que no sea idiota sabe que el mensaje político habitual –salvo rarísimas excepciones– es falso cuando deja de ser puramente retórico. Es más, nunca es más auténtico Putin que cuando machea con la hazaña canalla de Olmert, ni Aznar que cuando confiesa que lo dicho es un coñazo o González cuando abronca a un alto magistrado porque no haya en la compañía nadie capaz de amañar adecuadamente el montaje. ¡A saber cómo se referirá “la Otra” a Rajoy en privado, imaginen lo que ocurriría si una oreja indiscreta captara lo que Pepiño dirá a buen seguro de Zaplana, ZP de Maragall o Acebes de Gallardón! El secuestro político de la información, del que depende, en buena medida, el poder, falsifica esencialmente la virtualidad democrática. Un micro abierto no es un fallo sino un revés providencial para poner al descubierto la llaga oculta que mejor ilustra esta comedia política. Se ha dicho que la hipocresía es a la democracia lo que le cinismo a la dictadura. El descuido se encarga de confirmárnoslo de vez en cuando.

Zorra y gallinero

Se encrespa el afortunado delfín de IU que controla el Ayuntamiento de Sevilla porque desde el PSOE se haya deslizado a los empresarios una cataplasma suavizante en el sentido de que ya verán como no ocurre nada del otro mundo porque la economía de la capital quede en manos de un comunista en activo. ¿Y qué esperaba ese paradójico afortunado –menor porcentaje, menos votantes, más poder–, qué menos que cierta escama por parte del capitalismo ante una circunstancia semejante? Otro gallo cantaría, desde luego y no precisamente el “gallo rojo”, si esa patronal abriera los ojos para ver cómo el comunismo hodierno ha cambiado la revolución por la nómina y la colectivización por el ‘carril bici’, una vez convertida IU, de hecho, en auténtica ‘segunda marca’ y camión-escoba electoral del PSOE. Nada de zorra en el gallinero, pues. Lo que parece mentira es que, a estas alturas, y con lo que llevamos visto, todavía funcione tanto el poder de los símbolos. 

La eterna cuestión

Otra vez el tema y problema de los fosfoyesos, la demanda de su estudio riguroso para despejar las insistentes dudas sobre su peligrosidad. Dice la patronal concernida que está de acuerdo en ese estudio –¡faltaría más!– siempre que se lleve a cabo con rigor, mientras que Green Peace denuncia sin contemplaciones la dejación administrativa que consiente ese presunto peligro sin mover un dedo. Ahora bien, quizá vaya siendo hora de decir alto y claro que quizá lo que sobran son estudios, que ha habido ya un buen montón de ellos, cada cual con su resultado, desdramatizador o alarmista, según. Y esa es la peor política que cabe seguir sobre todo se pretende respetar a un ciudadano que tiene absoluto derecho a conocer si su familia corre riesgos o no con esa presencia, interese o deje de interesar a quien sea. No se trata de hacer “otro” estudio más, sino de pactar entre quine proceda (el Ayuntamiento, la Junta, los ciudadanos) una investigación con garantías que establezca de una vez un criterio científico solvente. Hace bien el PP, en ese sentido, en reclamarlo al Gobierno. Incluso si se le puede responder preguntándole por qué no lo hizo “su” Gobierno durante los ocho años de mandato.