Los que se van

Cada día nos desayunamos con la noticia de un concejal electo que dimite defraudado. Esa tropa se presenta, por lo visto, aupada sobre la ambición del poder y no concibe siquiera la política como servicio público, el sacrificio que parece obligado en quien acaba de pedirle el voto a los ciudadanos alegando su vocación de representarlos con todas sus consecuencias. Y lo peor es que si se le echa un vistazo a sus curriculos no se ve en la mayoría de los casos nada que supere la medianía más modesta, lo que quiere decir que esta clase política sobrevenida y consecuencia de la partitocracia es el oficio que cobra más con menos méritos y, encima, se cabrea y coge las de Villadiego si no le dejan el primer sillón. Jovencitos sin oficio ni dedicación conocido, parados sin mejor perspectiva, titulados medios y más chicos, gente corriente y encumbrada a la que se le queda chica el acta si no le dan, además, la vara y, ni que decir tiene, un sueldo que jamás cobraron antes de llegar a la política ni cobrarán nunca el día que se vayan de ella.

Servicios mínimos

No es nuevo que los servicios encuadrados en la ‘delega’ del Gobierno fallen y provoquen situaciones de saturación o atasco, como no lo es que en cada caso se alegue lo mismo: la penuria o el fallo del material. Gente haciendo cola, venida de madrugada de los pueblos, total para recibir un corte de mangas a última hora, cientos de viajeros poco previsores que se ven si un documento tan importante como el pasaporte porque la burocracia de la delegación carece de medios o de capacidad. Y encima, el silencio. Ni los policías encargados, ni el comisario jefe –¡que exige  los ‘medios’ cita previa para una consulta de urgencia!– ni, por descontado, su excelencia el señor delegado se digna explicar al menos las causas de este fracaso administrativo que causa daños graves a los contribuyentes. Queda todavía mucho personal de oficina que cree que el servicio público es un don gratuito que puede solicitarse pero nada obliga a conceder. Cosa que a lo mejor no ocurría si el responsable máximo fuera un experto y no un paracaidista de partido, cualquiera sabe. De momento, ahí están las colas y los nones. ¿Bago? Por supuesto, sin novedad.

Superman entre rejas

Hay personas fatalmente reducidas por la opinión a su propio personaje. Como Ruiz-Mateos, mismamente, el hombre que recurrió a los gestos más estrafalarios –compareció vestido de Superman o de torero ente el TS más de una vez, increpó a los ropones, estrelló tartas en la cara al ministro Boyer tras sufrir su expolio, exhibió cierto iluminismo casi místico cada vez que le dio la gana– con tal de que su “caso” no acabara sepultado en el olvido de una Justicia que, a la vista está, siempre quiso saber lo menos posible de sus circunstancias. De sobra sabía él que en su contra se conjuraban dos poderes temibles, uno, el del propio Gobierno que necesitaba un zarpazo ‘revolucionario’ con que acabar de legitimarse y que vio en él un buco fácil de cazar, y otro, el de la Banca clásica, la tradicional, la endogámica y ‘exclusiva’ que siempre lo consideró un “parvenu” sin sitio entre los cabales. Los que pensamos que se equivocaba con aquellas payasadas hemos de reconocer el éxito de quien ha ganado todos y cada uno de los pleitos exigidos para reconocer un hecho sencillo: que la intervención de Rumasa fue, en realidad, un simple expolio, incluso con independencia del proceloso enredo de los negocios posteriores que de ella se derivaron. Y aceptar, además, su antigua queja de maltrato judicial a la vista de la inaudita pasividad de esa Justicia que, habiendo fallado a su favor en tres instancias, incluido el TS, permite que el asunto duerma el sueño de los justos sin habilitar la menor perspectiva de ejecución de lo fallado. A Ruiz Mateos le debe el Estado, como consecuencia del expolio perpetrado por Boyer, una cifra billonaria que nadie se atreve a mentar siquiera pero, curiosamente, esa misma Justicia quelónida, que de ese modo injusto consagra su perjuicio, ha sido de lo más diligente a la hora de encarcelarlo por un delito que, después de todo, si es que vale para algo el  criterio cuantitativo, vendría a ser el chocolate del loro comparado con la obligación que el Estado tiene contraída con él. Si ese incombustible ‘emprendedor’ ha de pagar, como dicen los penados, que pague, por supuesto. La pregunta sería, eso sí, por qué no le pagan a él.
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Ruiz Mateos en la cárcel, por lo demás, con De Juana y su novia cachondeándose de la Justicia y del mismísimo Gobierno, con la Fiscalía eligiendo caso a caso (incluso en supuestos idénticos, como el de Otegui) cuándo se procede y cuándo no contra el acusado, mientras asistimos a la liberación de terribles criminales por razones procesales y los parricidios le salen ya por cuatro perras gordas a los bárbaros, constituye al menos una paradoja. A no ser, que no lo creo, que de lo que se trate sea de enviar un mensaje al mundo del negocio, al submundo de la especulación o a las innúmeras tramas del cohecho que infectan nuestra economía y pudren nuestras Administraciones. Y yo creo que, en el fondo, este caso sigue siendo el de un inclasificable al que se castiga más por su singularidad, porque carece de apoyos, por su individualismo irreductible y porque va por libre en esta timba concorde, que por sus propios hechos, como creo que la función ejemplarizadora que puedan suponer estas prisiones no deja de ser ridícula al lado de las que cualquiera sabe que se podrían decretar en este patio de Monipodio con mejor provecho. Hoy campan por sus respetos en España asesinos múltiples, terroristas convictos, especuladores a elegir, políticos implicados hasta las trancas en el festín, policías falsificadores, menores impunes de crímenes feroces y quién sabe si hasta alguna aterradora trama negra con cientos de víctimas sobre sí. A ninguno de los cuales le debe un perrín el Estado, por cierto, ni se puede decir que mantenga un tinglado del que viven miles de trabajadores. Hay, ya digo, una razón para que Ruiz Mateos pague su deuda con la Justicia. Pero hay billones de ellas para que la Justicia haga lo propio con él.

La sagrada familia

Hay tropecientos mil chiringuitos de defensa de la sacrosanta familia, cientos de funcionarios dedicados a velar por su unidad y conservación, así como por el respeto sus derechos esenciales. Pero llega un caso como el de la famosa “madre de Iván y Sara” –la mujer desdichada privada de su prole por padecer alcoholismo pero rehabilitada en vano para recuperarlos– y se le caen a uno los palos del sombrajo, nos devora la piedad por esa madre enferma terminal a la que, a pesar de haber ganado todos los pleitos ganables, las Administraciones siguen toreando para negarle sus derechos y, por supuesto, para no pagarle la fuerte indemnización impuesta por los jueces a la Junta. Lo que ocurre con esa madre es un disparate por no decir algo peor, una falta de conmiseración y de sentido de la justicia que clama al cielo. Eso sí, seguiremos oyendo himnos a la familia desde al altavoz oficial, que eso viste mucho. A esa madre se le han arrebatado no sólo sus hijos sino sus derechos. Es una pena que alguien no crea llegado le momento de detener semejante ensañamiento.

La osadía del ‘delegata’

El ‘delegata’ de Salud en la provincia, esa calamidad pública que debe su permanencia en no escasa medida a las propias críticas recibidas desde todos los ángulos posibles, ha salido al paso al alcalde para acusarlo de desconocer la sanidad onubense de la cruz a la raya. ¿Y los médicos, y los sanitarios en general, y los usuarios, y los sindicatos, tampoco ellos conocen lo que ocurre en ese “caos” que son las urgencias del “hospital de referencia”, nuestro ‘Juan Ramón Jiménez’. El responsable indemne de las crisis causadas por la legionella en los hospitales, el fracasado de la famosa campaña contra la meningitis, el incapaz de resolver años tras años los atascos sanitarios del verano, el dontancredo que ve impávido cómo son agredidos sus facultativos (ocho en poco tiempo) y que nunca fue capaz de remediar, siquiera a medias, el colapso de las urgencias…, se permite dar lecciones a un alcalde que no hace más que lo que debe al situarse frente a un problema que el SAS resulta incapaz de solventar.

La fiel infantería

Acto emocionante en Paracuellos del Jarama. Suspiros y lágrimas, nudos en la garganta y caras de circunstancias en la bancada oficial. Ha sido tremendo lo del Líbano, dura la imagen de nuestros soldados indefensos ante el enemigo invisible, desmoralizadora la versión del Gobierno confesando que nuestras tropas no están protegidas, como se prometió al partir, porque el pedido de inhibidores de frecuencia no se hizo más que cuando ya no daba tiempo a fabricarlos. ¡Hay que joderse! Había en el aire como un reproche mudo, como una queja contenida que repetía la que horas antes habían difundido por los medios los familiares de las víctimas, indignados con la indiferencia de la autoridad, con el despego demostrado hacia todas ellas. Sin contar con el silencio del Presidente, un silencio ominoso que no bastaba a disimular el gesto severo, no poco teatral, que mantuvo durante toda la ceremonia, tal vez sintiendo cómo la sombra del Yak 42, ¿recuerdan?, planeaba ahora sobre el mismo partido que en su día llegó a meter en el Congreso a los acosadores del ministro anterior. Donde las dan, las toman, pero además, las guerras son caras y estas cosas pasan cuando se ahorra –porque ahorro y no otra cosa es aplazar la compra de inhibidores a la hora de ir (de enviar tropas, vamos)  a una guerra que es más bien un conflicto terrorista–, aunque se haya tratado de un ahorro selectivo, porque no es posible dudar que un solo coche oficial de los ayer aparcados en Paracuellos careciera de ese dispositivo elemental que llevan hoy incorporados incluso muchos ciudadanos particulares. ¿Se habrían salvado esos soldados caídos de haber dispuesto sus vehículos de ese instrumento? Pues casi puede afirmarse que sí y eso es lo que convierte la cuestión en un pésimo asunto político y, por supuesto, humano. En una triste miseria. Contemplando la liturgia, palpando la emoción, no resultaba fácil prescindir de esta idea que, a buen seguro, ha de nublar una temporada el cielo protector.
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El presidente no dijo un mu. Para eso ya estaba el ministro, y el ministro –un hombre serio, eso no se discute– ya dijo cuanto había que decir: que las tropas carecen de esa protección elemental. Porque, hay que insistir, esos soldados están en guerra, aunque en una guerra contra un enemigo invisible, es decir, contra esos terroristas de Hizbulá, el “partido de Dios” nada menos, a los que ZP consideró alguna vez como “resistentes” y no como terroristas, fíjense en lo que son las cosas. ¿Mantendrá ZP esa estólida definición después de esta tragedia? Hombre, este Ejército ya no es el que era, ni para bien y ni para mal, reconvertido en esa ONG que todos dicen que no es, qué va, integrado por un alto porcentaje de extranjeros que, junto a nuestros parados, se juegan la vida para ganársela, así de sencillo, relevando a la fiel infantería de toda la vida. Y ZP, además, tal vez no cala a fondo en ese melón porque él ni hizo la mili, por lo visto, como no la hizo Aznar, como no la hacían los hijos de los militares antiguos, y hay solidaridades que no resulta fácil adquirir en una teórica. ¡Mira que enviar tropas a un territorio plagado de terroristas, en el que los atentados son el pan de cada día, sin dotarlas siquiera de ese escudo imprescindible! Antier esa idea flotaba en el ambiente, entre las caras serias, los gestos solemnes, el paso fúnebre y la desolación de las otras víctimas, no de las que se iban sino de las que se quedan. Y ése es un mal asunto político, ya digo, y una pésima cuestión humana, sobre todo porque nuestros soldados han debido volver al peligro al día siguiente, nada más dar sepultura a sus muertos, sublimando acaso el ademán marcial cuando todos sabemos que la mayoría está ahí porque carece de trabajo. La guerra va siendo ya un curripén más que una iliada . No faltará algún cínico que diga que más muertos da la construcción.