Secretos a voces

No me parece que sea tan relevante que el Gobierno explique qué hacían dos viviendas de protección oficial convertidas en nidos de espías como que justifique cómo es posible que un servicio secreto pueda ser descubierto por los vecinos de la escalera. Que hubiera espías permanentes en Huelva sugiere, desde luego, que algo importante podría cocerse en la provincia, pero si es así, ya me dirán qué lógica tiene que la infraestructura utilizada pueda ser descubierta y denunciada en público por el primero que se lo preponga. Lo grave de lo sucedido en Huelva no es tanto, por supuesto, el compadreo patrimonial entre Administraciones públicas ni el mal uso de esos bienes destinados a los ciudadanos, como la inconcebible precariedad de un servicio básico para la seguridad de todos. Eso es lo que debe ser explicado ante todo por sus responsables y no la anécdota del mal uso de las VPO. Porque lo que es evidente es que los eventuales vigilados en Huelva harán tomado buena nota de esta ocurrencia sólo explicable por la condición de aficionados de algunos altos responsables. 

Paga lo que debes

Curiosa, extraordinaria, incluso divertida la ocurrencia del autodidacta que organiza el PSOE, Mario Jiménez, al “exigirle” al PP que cumpla sus promesas electorales en materia de empleo y vivienda. ¿Habrá considerado esa minerva lo fácil que le resultará al requerido devolverle la pelota reclamando el AVE prometido por ZP en persona, los tres puentes anunciados por Chaves, el desdoble famoso de nunca acabar, la nueva sede de la Audiencia, el edificio del Banco de España y tantas promesas incumplidas como desde la noche de los tiempos viene acumulando el PSOE? La política funciona ya como si el compromiso no existiera y el decoro contara menos que nada en ese mundo pragmático que sabe que de lo que se trata es de camelar en lo posible al pueblo soberano aunque sea sin le menor intención de cumplir promesa alguna. Pero me temo que esta legislatura, al menos en el Ayuntamiento de la capital, la oposición lo va a tener más crudo para despejar los compromisos propios que para exigir los ajenos. 

Estado de gracia

La televisión belga ha difundido por el planeta entero la comparecencia del presidente Sarkozy ante la prensa tras la cumbre del G8. Son una imágenes breves pero elocuentes, interpretables, sin duda, en las que cada cual podrá ver lo que guste, pero si me preguntan qué es lo que he visto yo (tras “visionarla” tres veces) les contesto que, simple y llanamente, no he visto más que a un Presidente en estado de gracia que se permite enfrentarse a la jauría plumífera con una cogorza en lo alto como un castillo. A mí me ha divertido la escena, para qué voy a engañarles, que ya está bien de políticos repeinados mirando de reojo la chuletita del gurú, y falta hacen tal vez estas explosiones de vida para airear la campana pneumática en que andan encerrados nuestros próceres. No hace demasiado tiempo hubo un escandalillo en Italia porque la Scala de Milán decidió suprimir la proyectada ópera “Cándido” de Leonard Bernstein –ya estrenada como si tal cosa, por cierto, en el ‘Châtelet’ parisino– cuyo montaje incluía una desopilante escena en la que varios líderes mundiales –Berlusconi, Bush, Blair, Putin o Chirac–, borrachos como cubas, bailaban sobre unos colchones que venían a sugerir la marea negra, símbolo ésta a su vez de la que tenemos encima en esta era mediocre pero tan peligrosa. Y más o menos por esas fechas, si no me equivoco, se aupaba al telediario el Ayuntamiento de un pueblo madrileño cuyo concejal de urbanismo –que sus razones tendría, digo yo– condujo ebrio de toda ebriedad hasta que lo paró en seco un lamentable accidente. También en Brasil se habla desde hace años de la presunta dipsomanía del presidente Lula, que por lo visto se zampa hasta la colonia en cuanto le dan ocasión con el agravante de que luego no se para en barras para poner a caer de un burro a sus colegas e incluso a los demás países. Incluso del juez Garzón se dijo y desdijo con ocasión de una visita a Chile, atribuyéndosele conceptos que no reproduciría ni aunque me los certificaran. Tres güisquis se los zampa cualquiera, como en el divertido chascarrillo que cuenta Paul Auster y que Paco Rosell recordaba aquí en su último artículo dominical, pero sólo se le disimulan a un personaje si está en estado de gracia. Si no se le fríe.
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Pero si leen la prensa europea estos días comprenderán enseguida que a ese líder emergente, al que no logró hacerle mella ni la estudiada historieta de su veleidosa señora, tan gustosamente aireada por los ‘medios’ rivales, vive en estos momentos ese privilegiado instante en que todo le está permitido a uno, incluso pillarse una cogorza antes de comparecer ante la prensa. Recuerden las que se pillaba Boris Yeltsin, y en especial aquella en que la escolta no logró disuadirlo de dar el espectáculo, en una pista de baile precisamente, marcando como un oso briago el difícil momento que el país atravesaba, y por completo ajeno a la preocupación de la imagen. He visto a ‘Sarko’ chamullar sus disculpas y ofrecerse a los plumillas con descaro, gesticular con esa vacilante ambigüedad gestual que propicia el alcohol, y he comprendido que ese hombre, en especial tras la arrasadora pasada que le ha dado al país ayer domingo, puede hacer lo que le plazca en este momento dulcísimo en el que, por fin, comienza a intuirse la posibilidad de que Europa recupere ese “lidership” perdido y, a su través, la política logre elevarse a un nivel más respetable que el que actualmente ocupa. Un hombre que pone a la izquierda contra las cuerdas y, de paso, liquida a la extrema derecha, tiene derecho a empinar el codo, si no como un cosaco, al menos como un boyardo. Maragall se querelló, por lo visto, cuando alguien insinuó que bebía por demás, justo porque su imagen no resistía ya un mal palo. ‘Sarko’, al menos de momento, puede beberse el manso sin que nadie se lo eche seriamente en cara.

Cooptación y cambalache

Lo que ha ocurrido en la oficina del Defensor del Pueblo a la hora de renovar a los adjuntos que cada partido propone confirma la gravedad de la inercia que mantiene a la autonomía prácticamente en punto muerto. Ha tenido que ser el propio Defensor quien se atara los machos para exigir que aquellas fuerzas decidieran de una vez designar sus candidatos, cuya designación, por cierto, corresponde todavía, por debajo de una costumbre que ha ido asumiéndose hasta convertirla en norma, al Defensor mismo y no a aquellas. Y lo que dejaría estupefacta a la mayoría es el hecho de que este retraso se ha debido a la incapacidad de los partidos para superar el tremendo problema que supone, imaginen, conseguir una renovación “paritaria”, cuestión que ha llegado al ridículo extremo de que cada partido ha presentado dos candidatos, macho y hembra, para que el Defensor eligiera a su gusto. En estas cosas diminutas se ve paradójicamente amplificada la anquilosis de un “régimen autonómico” que no se menea ya más que por cuatro pamplinas.

007 en Isla Chica

Nos privamos de nada: hasta espías tenemos ya viviendo, como si tal cosa, en plena Isla Chica, y en una VPO de la Junta, para más inri. ¿Están las viviendas protegidas –las que se construyen con el dinero de todos en beneficio de los menos favorecidos– para emplearlas como oficina de agentes secretos o de cualquier otro servicio? Pues resulta obvio que no, pero a mí no me llama tanta la atención de que la Junta se haga la tonta si se lo piden desde el Gobierno como que el Gobierno sea tan tonto como para situar sus servicios secretos donde pueda descubrirlos cualquiera. Soy de los no se tragan ese bulo de que nuestro espionaje es mortadelesco, pero hay que reconocer que hechos como el descubierto en Huelva constituyen un disparate que no admite ni siquiera excusas. Por lo demás, sería cosas de saber qué procedimiento se siguió para “adjudicar” esa vivienda, quien lo tramitó, quien lo autorizó y en ese plan.

La guerra secreta

A finales de los años 80 se difundió intensamente la noticia de que determinados “servicios especiales” americanos habrían estado probando temibles armas de destrucción masiva en los retretes públicos de barrios pobres en algunas ciudades del país, entre las que se insistía que figuraba el propio Nueva York. Los “experimentadores” se dedicaban, al parecer, a infectar los inmundos locales con sustancias altamente contagiosas cuyos efectos procuraban testar luego siguiendo en los hospitales, en régimen de máximo secreto, la pista de determinados síntomas predecibles. Fue quizá la información más escandalosa y desmoralizadora de la época, pero como todas las noticias, incluso las más aterradoras, también esa nueva pasó primero al tópico y más tarde al olvido hasta borrarse casi completamente de la memoria ciudadana. Ya entonces hubo, sin embargo, quien planteó en voz alta la cuestión de que, si en la vida civil se utilizaban métodos semejantes de aniquilación, resultaba urgente averiguar qué se pudiera estar cociendo en los reservadísimos fogones donde hierve el puchero de las armas de guerra, una pregunta que luego ha recibido diversas respuestas más o menos alarmantes, hasta que, días atrás, la revista New Cientist (de la que tomo en vivo los datos ya muy difundidos en los medios españoles) informó de que en 1994 –es decir, poco antes de que Clinton se dedicara a jugar con la Lewinski en el Despacho Oval– científicos militares estuvieron investigando oficialmente un proyecto que consistía en fabricar, entre otras irresistibles “armas” especiales, una “bomba gay” capaz de desmoralizar al enemigo provocando su masiva conversión a la homosexualidad mediante la acción de potentes afrodisiacos. Ni que decir tiene que la noticia ha sido desmentida a medias por el mando, pero una organización llamada ‘Sunshine Proyect’, dedicada a luchar contra el desarrollo de las armas químicas, insiste con pruebas irrefutables en que el Pentágono conoció bien la pintoresca iniciativa, a la que financió con más de siete millones de dólares. Hace tiempo que la plana mayor USA, desalentada tal vez por tanto batacazo bélico, trata de encontrar la forma de “ganar la guerra sin disparar un solo tiro”, dicho sea con las mismas palabras que empleaba hace poco un ingenuo oficial de ese infierno plagado de locos.
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No me sorprende nada que seres dedicados a destruir del modo más eficaz y rápido a otros seres se empeñen, una vez secas sin remedio sus conciencias, en conseguir armas tales como gases capaces de provocar halitosis entre la fuerza adversaria, camusianas ratas de sugestión medieval y hasta avispas portadoras de sutiles venenos con que neutralizar traidoramente al enemigo. Ahora bien, buscar una “bomba gay” desde la hipótesis de que la homosexualidad debilita al guerrero es desconocer de arriba abajo una historia militar repleta de insignes bujarrones entre los que se disputan la palma jupiterina desde el gran Alejandro a nuestro Adriano pasando por César, “el marido de todas las mujeres” pero también, ay, “la mujer de todos los maridos” según Curión el viejo, aserto que Suetonio usaba para asegurar que nadie dudaba de que aquel príncipe de la guerra “tuvo una pésima reputación de cometer actos ‘contra natura’ y adulterios”. En USA, el modelo Patton, cerrado y unisex, parece haber hecho olvidar de que entre guerreros legendarios como el rey Arturo o como Ricardo Corazón de León, caballeros templarios o generales nazis, la piompa no fue nunca un obstáculo a la hora de probar su ferocidad. Aquiles suspiraba por Patroclo y ya ven las que organizaba en el campo troyano. En West Point deberían llevar la Historia  un poco más atrás y por encima de la leyenda macho del Far West.