Habló Trillo

Ha sonado a voz que sale del fondo del pozo. El todavía secretario del PSOE de la capital y hasta ahora candidato perpetuo a la alcaldía, Pepe Juan Díaz Trillo, ha dicho muchas cosas sin incluir sorpresas ni sugerir novedades: que Parralo no cubrió las expectativas, que aparte de la abstención y el cuento de la premura el partido debería meditar sobre esos resultados, que no retroceder supone un “notable avance” (Trillo es poeta, no se olvide), que no se arrepienten de cómo hicieron las cosas y que la candidata, a más de no estar nominada para la próxima vez deberá dedicarse en exclusiva –como él hizo– a esa oposición que ya veremos si sobrelleva. Aquí no va quedando hay más que regate corto, juego horizontal, balones fuera y similiquitruquis por respuestas. Incluso en un chico tan serio como Trillo, que sabe de sobra el infierno que espera a esa candidata de “motor potente” que no dio la talla. El tiempo dirá el resto. De momento, palabra de Trillo. 

Prisiones amables

Gran escándalo por las prisiones de la rica y escandalosa heredera Paris Hilton condenada por conducir ebria. 25.000 firmas han solicitado clemencia para ella, pobretica nuestra, 60.000 insistieron en que ingresara en prisión. Y lo hizo, tras una fiesta fastuosa, para dejarse retratar de frente y de perfil, maquillada a modo y con media melena indolente sobre el rostro. La antecedió en el numerito Naomí Campbell, reo de haberle pegado a una doncella o algo así, igualmente rodeada de fastos y cámaras, y aquí tampoco nos privamos de nada desde hace un tiempo –dejo de lado las prisiones políticas y hasta las económicas–, ya que hemos asistidos, en medio de un estruendoso debate, a las suaves desdichas de Farruquito y, algo después, hemos visto desfilar ante el juez a la pena penita pena de Isabel Pantoja que, todo debe decirse, ha visto subir por las nubes su ‘caché’ como antes lo viera el bailaor. Que la cárcel, según y cómo, puede ser el espaldarazo de la fama, lo sabemos todos al menos desde que a Antonio el bailarín lo entrullaron en Arcos por blasfemar en un ensayo y necesitó un indulto directo del propio Franco para salir de su ruda chirona. O desde que el papel cuché nos trajo hace años la imagen de Sofía Loren encarcelada por defraudar al fisco –dicen que ése era el fantasma de Lola Flores cuando la persiguió Borrell– en un régimen de privilegio que no dejó indiferente ni siquiera a la democracia italiana. No pasa nada por entrar en una celda, por lo visto, sobre todo si gozas de cierta holgura, pero si les queda alguna duda consideren lo poco que influyó en Bill Gates el arresto sufrido en Alburquerque por infringir las normas de tráfico o en Khasoggi su paso por el estaribel. A la salida de la cárcel, a la Hilton estarán aguardándola en la puerta fans y paparazzi, convertida ya en otra heroína pero, en general, puede decirse que la verdadera privación  de libertad, la auténtica experiencia de la cárcel, es únicamente aquella que se sabe olvidada. Casanova se fuga de Los Plomos venecianos cuando se percata de que fuera lo están olvidando las putas y los petimetres. El cerrojo de sus prisiones no era otro que el fracaso de la fama.
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No hay que contar ya con el espíritu que en tiempos más heroicos cuestionó la prisión. Eso de que el hombre es en sí mismo una prisión por la que vaga cimarrona al alma como fantasma por castillo, lo podía decir Hugo en pleno romanticismo, pero hoy resulta una simple ‘boutade’ del estilo de las conocidas de Banville o las que escribió en la dura ergástula de Sainte-Pélagie aquella minerva girondina, madame Roland, que gritó en el cadalso aquello de “¡Libertad, cuántos crímenes se comenten en tu nombre!”. Hoy la prisión es por lo general valorada al extremo de cundir por medio mundo esa postura redentorista que no deja de ser un progreso moral pero en la que cada día confía menos una sociedad escarmentada, sobre todo porque en ella rigen, en todo caso, criterios de privilegio que nadie se molesta ni en disimular. Nadie duda de que el cautiverio común constituye una sanción durísima ni de que el especial supone una burla de la Justicia que no han de remendar, por mucho que pespunteen, todos los picapleitos del mundo. La Hilton entrando en la gayola rodeada de flashes, la Campbell aclamada como una mártir, son muestras extremadas de una discriminación que convierte en ridícula la sanción misma y descubre en ese derecho falsario un instrumento amañado de la razón de clase. Hay prisiones amables que más valdría que no se produjeran nunca porque con ellas no se afirma la creencia en el derecho común, que robustece la convivencia, sino que se pone en evidencia el chasco de la equidad que estraga la vida de las sociedades. Prisiones con las que cualquiera sabe si, a lo peor, cuenta la propia publicidad que convierte en adorno de unos pocos lo que para otros es causa de vileza y motivo de oprobio.

Revolución pendiente

Ya no es que el PSOE de Córdoba funcione con un programa diseñado por un falangista en ejercicio, sino que el del pueblo malagueño de Ardales anda muñendo con uno –sobre la base de un  acuerdo programático, no se lo pierdan– asegurarse la alcaldía que ha perdido le mismísimo secretario provincial y presidente de la Diputación. Cerco de hierro y pacto del Tinell contra ese PP presunta “extrema derecha”, pero mano tendida a la vieja Falange que viene de donde viene y va, seguramente, a donde va. Y silencio. No hay en el PSOE voces independientes que clamen contra este absurdo que dobla la injusticia del boicot preconcebido perpetrando pactos con los fascistas residuales que jamás accedieron al poder desde que hay democracia pero que puede que a él accedan con la ayuda del PSOE como ya lo ha hecho Batasuna/ETA allá en su tierra. Mi reino por un caballo. Hoy la frase real diría más o menos “Cualquier cosa, lo que sea, por una vara de alcalde y el mapa del urbanismo.

Banderas ofendidas

No se niega el trabajo de la embajada Riga, pero sí que se extraña una mayor implicación del Gobierno en una situación lamentable como la que vive el joven cartayero acusado de ofensas a la bandera de aquel país. Y extraña porque aquí sabemos mucho no sólo de banderas ofendidas –empezando por el actual presidente del Gobierno que armó la que armó al no levantarse al paso de la enseña americana– sino de banderas arrancadas por las bravas, de banderas pisoteadas por la multitud o de banderas quemadas cada dos por tres. Sin entrar en la circunstancia del caso –que, en rigor, nadie conoce– cabría esperar más ánimo de un Gobierno presidido por quien en tan poco valora las insignias de otros países, sobre todo teniendo en cuanta cómo funcionan esos países recién salidos de la dictadura común y tan pagados de pruritos nacionalistas. 

Paisaje de playa

La Humanidad está recorriendo de vuelta el camino que hizo en el origen de los tiempos con la hermandad matriz de todas las especies. No tienen más que contemplar conmigo esta playa dominical, abarrotada de bañistas prematuros, cuerpos gloriosos o míseros ungidos con el protector solar que los dermatólogos recomiendan vehementes, todos acaparando su ración de sol con la vista puesta en el agua. Es el rebaño puntual de todas las primaveras, la vanguardia del veraneo que declara meridianamente la regresiva vocación anfibia que lo empuja a volver al mar del que salió hace cosa de cuatrocientos millones de años, allá por aquel devónico enigmático en el que el mundo emergía en dos mitades en medio del Océano mientras sobre sus playas incipientes, hasta las que llegaba el bosque primordial, vacilaban sus primeros pasos nuestros ancestros más lejanos, los peces primitivos. Cada año madruga más la manada embalsamando el aire salino con el espeso aroma del bronceador, sembrando la arena de sombrillas o alfombrándola de toallas para repetir sobre ellas el ritual laurentino de la parrilla ecológica, un par de conchas abisales protegiendo los ojos o rematando el top-less, indiferente al ritmo selenita de las mareas que festeja esta vuelta al origen como en su día debió celebrar la aventura de los peces sin mandíbula o de los lirios de mar. La democratización de la playa ha dado ocasión a la especie para mostrar su instinto básico, añorante acaso de su eterno buceo, de la poesía del abismo que conoció cuando aún dependía de las branquias y quedaba todavía lejos la odisea zoológica. No puedo evitar esta visión retrospectiva que la dudosa fragancia de aceites y pomadas me despierta cada año en la memoria como la magdalena de Proust alumbrara de pronto la imagen olvidada de los jardines de Swann y las ninfeas de Vivonne.
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¿Pero cuándo se produjo aquella invasión, cuando surgimos del agua como tímidos arcángeles para colonizar un probable bosque espeso dispuesto de antemano por esa Providencia indefectible que llamamos evolución? Este año me he bajado a la sombrilla un ‘Nature’ atrasado en el que se da cuenta del hallazgo de un pez pionero llevado a cabo por dos sabios americanos, una rara criatura todavía perteneciente a los sarcopteringios pero en la que ya campean ventajosos algunos caracteres futuros de peces y tetrápodos. Un hueso destinado a ventilar las branquias o el opérculo que impedía a los peces mover la cabeza fuera del agua desaparecen del inmenso registro natural para dar paso a animales que ven transformadas sus aletas en extremidades provistas ya de formas en las que aparece el brazo y se insinúa la mano. Me abruma esta vasta mitografía hecha de fósiles y conjeturas, este puzzle precioso que debería rebajarnos los humos sobre todo aquí, a la orilla del mar, en este museo mudo que cada día renueva sus colecciones en las vitrinas terrestres sólo para que las aplastemos indiferentes con esos pies descalzos que, de algún modo, simbolizan también el origen, el tiempo áureo en que las diosas surgían de la espuma orillera sobre la que jugaban, libres aún de la tiranía de las horas, la ninfa confiada y el sátiro rijoso. Una vez en Venecia –en Cavallino– conviví con una colonia alemana que no bajaba a la bella ciudad sino que madrugaba al ser de día para bañarse en la balsa mediocre del Adriático, soberbia muestra de desdén por la civilización. Muchas he pensado, en cambio, como esta misma mañana, que puede que aquí nos ocurra al revés, esto es, que alguna opción maniática nos haya devuelto a los orígenes, de espalda al esplendor ganado a través de los siglos, pero olvidados también del origen al que se nos enfrenta. Al atardecer, rojo y gris plateado, la playa otra vez desierta nos sugiere sin mucho éxito la metáfora original mientras la marea sube indiferente hasta borrar las huellas de esta nueva invasión.

Palo a los sindicatos

Parece lógico pensar que el palo propinado por un juzgado granadino a la consejería de Salud, a la que acusa de haber mantenido, durante el famoso y largo conflicto con sus funcionarios, una “actitud antisindical”, recaiga más bien sobre los satisfechos y autocomplacientes sindicatos llamados mayoritarios, que fueron los aliados de la Junta para liquidar el lío pero por los que los funcionarios recurrentes no se sentían representados. Es notable este goteo sin fin de sentencias contra la Junta –que, ni que decir tiene, pagan los ciudadanos son comerlo ni beberlo– pero más lo es, si cabe, esta desautorización frecuente de que están siendo objeto unos sindicatos que, salvo excepciones, que las hay, han encontrado en la docilidad una garantía para el mantenimiento de su “buen pasar” y, llegado el caso, de su opulencia. Aunque el hecho de que Justicia sea condenada también tiene su miga. Ambas circunstancias deberían hacer pensar a estos condenados o desautorizados impunes.