Leer y contar

Debo confesarles que la lectura simultánea de varios informes psicopedagógicos me tienen hecho un auténtico lío. Para empezar, en el de la Oficina Federal de Estadística (OFS) de Suiza me entero de que en ese curioso país unos ochocientos mil adultos son incapaces de leer y comprender un texto simple y, ya de paso, descubro que, según los psicotécnicos locales, los resultados de las hembras son inferiores a los de los machos en materia de cálculo (¡quién lo diría!) pero apenas si se distinguen a la hora de interpretar un texto sea cual fuere la índole de éste. Casi al mismo tiempo, el profesor Chic me pasa un artículo de una colega universitaria en el que se defiende, permítanme que entrecomille por no quitar ni poner, que “el chico tipo está un año y medio por detrás de la chica tipo en lectura y escritura”, aparte de que se halla menos comprometido en la vida colegial y tiene bastantes menos probabilidades de culminar estudios superiores. La autora no se ocupa de distinguir entre otras capacidades, pero señala de modo contundente que “los chicos tienen una forma de aprender y comportarse diferente a la de las niñas”, comprobación que la lleva a afirmar con indudable valor cívico, tal como están las cosas, que “los sexos no son iguales” (cosa que por mi parte, y no sé por qué, vengo sospechando desde que me apuntó el uso de razón) simplemente porque cada uno es “un archivo viviente de su propio pasado”. Frente a la estrategia homogeneizadora que comenzó por el “unisex”, nuestra audaz arbitrista propone sencillamente que dejemos ser a cada uno lo que le corresponde, de modo y manera que, una vez liberados de esta dictatorial tendencia pedagógica, ellos “reencuentren” su identidad y quedará reestablecido el orden natural de las cosas. Hay un único punto en el razonamiento en el que discrepo y es en la sugerencia de que la clave está en respetar la competitividad de esos jóvenes machos de los que el entrenador americano decía que para ellos “ganar no lo es todo, sino lo único”. Porque me gustaría hablar con la autora, largo y tendido, sobre competitividad femenina.
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No me convencen ni poco ni mucho esas hipótesis sexistas, y no me refiero a las muy razonables de la autora comentada. Me da que, al menos a estas alturas, habría de resultar bien difícil sostener conclusiones como las de la OFS y se me ocurre, en conclusión, que tal vez lo que ahora importa es asumir que hemos vivido un cambio histórico (yo insisto en ver en él el ‘borde’ del Neolítico) tras el cual las clásicas diferencias (¿o tópicos sobre la diferencia?) carecerían ya enteramente de sentido. Es más que verosímil que en una generación –la que nos separa de nuestros hijos–, en los países avanzados hemos pulverizado la clásica división “natural” de los sexos al menos en lo que concierne a la educación. Y más que posible que un nuevo sexismo no contribuya a mejorar el conjunto humano sino a degradarlo en alguna nueva forma de discriminación. Bromas o veras sobre la inferioridad de alguno de los sexos están hoy abocados al ridículo aunque quien viniera a formularlos fuera el mismísimo Schopenhauer con alguna de sus lamentables ‘boutades’. Seguir explotando ideas como la de la índole masculina de la competencia o la agresividad supone desconocer a fondo ciertas ferocidades femeninas que en absoluto desmerecen a los especímenes machos más acrisolados. Es más, dice esa mujer reflexiva que los intentos al uso dirigidos a eliminar la masculinidad de los jóvenes no conseguirán gran cosa pero puede que acaben abismándolos en una crisis de identidad. Verá la que puede caerle encima como siga por ese juicioso camino, sobre todo desde esa vasta legión que vive no del género del cuento sino del cuento del género. Qué lío tengo encima este verano, Dios. Menos mal que aún queda por ahí alguna sombra a la que arrimarse sin tener que palparse la bragueta.

El test del golf

Si hay un test infalible sobre el negocio urbanístico es el de la proliferación de esos campos de golf a los que la consejería de Obras Públicas de la Junta dice ahora que no piensa aplicar el decreto en el que ha estado trabajando ella misma, junto a Medio Ambiente y Turismo y Deporte. Una vieja polémica, por supuesto, pero también una evidencia: la de que esta carrera alocada hacia delante se compadece tan mal con la presunta voluntad de atajar la especulación urbanística como con la desdicha de la sequía que padecemos no sólo aquí sino en media Europa. La Junta debe aclarar por qué ha estado trabajado en una norma de control que consideraba imprescindible y por qué, de la noche a la mañana, ya no le parece necesaria. Porque repetimos que ese del golf es un test infalible para calibrar los propósitos junteros de combatir un abuso que con frecuencia escandalosa se convierte en pura corrupción.

El apagón

Miro la foto del callejón de La Merced en su primer festejo y hay un busto que sobresale glorioso por encima de todos los demás del coso: el de la candidata Parralo. A pesar de su discreta estatura no hay en todo el ruedo interior busto más elevado y gallardo ni mascarón más visible, sonrisa dentífrica incluida, como adelantándose a eventuales y futuros protagonismos. Eso explica las bromas que se oyeron sobre lo del gafe de la dama cuando, al producirse el apagón, miles de miradas escrutaban en la negrura en busca de su imagen. Tonterías, no hay que darle vueltas, eso del gafe es cosa lugareña y superstición de bobos, pero la gente bromeaba en la plaza, al amparo de la oscuridad, enumerando la crónica de malos pasos en que se ha ido viendo inmersa la sucesora de Pepe Juan. Tonterías, ya digo, aunque hay que decir que seguro que la mojarra no hubiera dado tanto juego si Parralo ni se sube al cajón detrás del burladero para asomar el busto y la melena. Son cosas que se aprenden. Aparte de que hay situaciones en que nada mejor que taparte tras un buen burladero. 

La vejez solitaria

 

Otra vez la imagen desgarradora, el triste chafarrinón de cada verano: el abuelo perdido, el náufrago urbano rescatado en un banco del parque, errante por la jungla urbana, tal vez hallado en su silla en el mismo hall del hospital abandonado por los suyos. No saben quienes son porque han (o hacen como que han) perdido la memoria, simulan que han extraviado la identidad, forzados por la tiranía de la familia que se fue de veraneo y que tal vez los reclame a la vuelta. Y ocurre en todas partes. En Europa es ya una regla de oro que la aislamiento comienza a los 70 y no deja de progresar a partir de esa edad, en Francia se sabe que los “viejos” están cinco veces más solos que los jóvenes que rondan la veintena. Las cifras son estremecedoras: dos de cada diez sexagenarios, tres de cada septuagenarios, cuarenta de cada octogenarios pasan sus vidas en completa soledad, en especial las mujeres. La soledad se sitúa en los sondeos a la cabeza de los problemas sociales pero no hay respuesta institucional a esa inquietud. La población crece y envejece, y seguirá creciendo y envejeciendo en los países punteros en las próximas décadas, a pesar de que se esté tratando de prolongar la vida laboral y, en consecuencia, las cotizaciones, lo cual ya supone un alivio: tanto tienes, tanto vales. Pero no parece que haya remedio pare evitar que la proporción entre ‘activos’ e ‘inactivos’ mantenga su ritmo alarmante: cada vez más viejos dependerán de menos jóvenes.. Sin duda vamos hacia una sociedad bien diferente sostenida por le aporte migratorio, la baja natalidad y el descenso de la mortalidad: cada día menos jóvenes y más viejos, cada vez mayor carga para una población activa progresivamente pragmática y deshumanizada. Y la única ‘solución’ encontrada hasta el momento es ésa, el abandono, la soledad. La postmodernidad confluye por este camino con las ancestrales culturas neolíticas que asumen el criterio productivista: el que no produce que no viva. Ancianos que van a morir a la tundra, esquimales expuestos a los osos devoradores, incluso banquetes caníbales para eliminar ritualmente al inservible. Alguien ha dicho que la Madre Naturaleza inspira en esos casos el revés de la ilusión gerontocrática. En plena civilización, uno cree que sería más expeditivo irse con cada caso al juzgado de guardia.

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Pero no se ven ni se oyen casos de sanciones ejemplares, familias abandonistas castigadas con dureza, veraneantes canallas trincados a la vuelta por la autoridad justiciera. Hay todo lo más teorías, incluso peregrinas, y entre ellas la creciente insistencia en la necesidad de asumir individualmente las consecuencias de la limitación biológica a través de una educación (sentimental y de la otra) trabajada desde la infancia. Nos hemos rendido en toda la línea. Hasta un tío como García Márquez ha entregado su cuchara: la única solución para la vejez es un pacto honrado con la soledad. ¡Noshajodío! Terencio decía que la vejez es una enfermedad pero Stendhal veía en ella la consecuencia de una curación: la de la locura pasional. ¡Como para fiarse de los sabios! Claro que puede que hayamos hecho demasiada filosofía, demasiada moralina, sobre las edades del hombre, en detrimento del único enfoque razonable que es, seguramente, el utilitario. ¡A que no conocen ustedes a un anciano rico solo o en apuros! Cuando la discusión sobre la herencia entre Bakunin y Marx, allá por el mítico Congreso de La Haya, una voz discreta se preguntó si no vendría a ser la herencia una garantía relativa frente a la avidez de los herederos. Y lo era, desde luego. Pero los solitarios que nos ocupan no tienen nada que legar o cobran sus míseras pensiones en la cuenta del yerno. El fracaso de la vejez es consecuencia de este modelo hobbesiano que cifra el valor en el producto. Un pacto con la soledad propone la izquierda más activa. Podemos ir haciéndonos una idea de lo que, más tarde o más temprano, acabarán proponiendo los demás.

Muy pobres, muy rico

 

Aunque se empeñe la Junta (de hecho, ella misma reconoce una intolerable cifra de “pobres severos”) la estadística de la pobreza es difícil de entender en una región, como Andalucía, que lleva un cuarto de siglo regida por una mayoría absoluta “socialista obrera”. Hay pucho pobre, vergonzante o clamoroso, insolente o púdico, pero también hay mucho rico, cada vez más, y no me refiero al lógico progreso general que se da en todas partes, sino al enriquecimiento suntuario, ¿Qué más pruebas quieren que el hecho de los precios de los “amarres” de los puertos deportivos se hayan disparado hasta superar los de las propias viviendas de primera línea de la costa? En Puerto Banús, en Puerto Sherry, en Sotogrande, los nuevos millonarios amarran sus yates con bandera de conveniencia, mientras que una muchedumbre se debate sin techo o lucha a brazo partido para pagar la hipoteca a fin de mes. Se han agrandado las diferencias entre las clases bajo el pabellón igualitario. Pocos hechos dejan tan en evidencia la inanidad de las actuales ideologías.

El candidato espontáneo

 

La Mesa de la Ría no concurrirá a las elecciones por decisión de su Asamblea. De este modo, la legítima ambición personal del candidato José Pablo Vázquez Hierro habrá de jugar en solitario si es que llega con fuerzas (y financiación, claro) a las elecciones. Una candidatura difícil dada la bipolarización y el escaso margen de las opciones minoritarias, pero que pudiera ser apoyada por quien crea que le conviene dividir más el voto para aprovechar luego las alianzas posibles. Ya se verá, como se vería en el inverosímil caso de ver a Vázquez con la vara si desde el Ayuntamiento de dedicará a los proyectos gremiales como desde el Colegio de arquitectos se dedicó a los políticos. Mucho sustrato urbanístico para las próximas municipales, en todo caso, si se suma a su presencia la de Manuela Parralo, vinculada familiarmente de plano a ese negocio, lo cual no deja de ser inquietante. Uno sigue creyendo que al Superalcalde se las ponen como a Fernando VII, pero sólo el tiempo dirá la última palabra.