Cautivo y desarmado

La coalición IU, especialmente en Huelva, tiene poca fuerza y muchas facturas que pagar, empezando por la nómina de los que la dirigen. Y el PSOE lo sabe divinamente aparte de que ya lo ha comprobado en varas ocasiones, por lo que se aprovecha para sacarle los tuétanos a cambio de lo menos posible, aprovechando eso sí –como se ha escrito aquí cerca en “Calle Puerto”– que el lobo feroz comunista es ahora un perrillo faldero. Mírenlo saltar ante el jefe, disimulando el varetazo de Ayamonte, el lío de Bollullos, la humillación sistemática que se permite aplicarle un partido dominante que sabe que juega con las cosas de comer de quien tiene enfrente. Los votantes de IU estarán desconcertados –por decir algo– ante tanta sumisión gratuita, ante tanto trágala, ante tantísimo desprecio. Algo que a los jefes de fila les da lo mismo porque siempre les quedará, siquiera por la puerta de atrás, la “casa común” que les ofrece el PSOE. Donaire simboliza en Valverde las consecuencias del desastre, pero las causas no las representan más que Pedro Jiménez y ese perdedor con suerte que el Valderas.

La ropa interior

Dos incidentes banales relacionados con la ropa interior de nuestros personajes han estallado como granadas, el primero en plena campaña de acoso y derribo del presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, y el segundo durante la reciente de las municipales y en la persona del líder conservador, Mariano Rajoy. En ambos casos se trató del descubrimiento periodístico de sendos ‘tomates’ en sus calcetines, que aquel dejó ver al descalzarse ritualmente en una mezquita turca y éste en una descuidada pose que adoptó en Barcelona durante los fastos del Godó, y de ambos se ha hecho una oscura mercancía crítica de la que cada cual ha tratado de extraer lo que ha querido con desigual resultado. Tratando de relativizar el deslumbrante universo de Choderlos de Laclos, decía algún crítico del erotismo dieciochesco, que pocas empresas serían tan demoledoras como la de averiguar la realidad escondida bajo la cuidada indumentaria, una sugestión que alguna vez rondó también, al parecer, por la cabeza de Valle-Inclán, pero es lo cierto que nadie se habría metido tal vez en ese berenjenal a no ser por la ocurrente fortuna de un objetivo indiscreto. Si en la ejecución de María Estuardo hubieran espiado los paparazzi como hoy lo hacen por doquier, la imagen del verdugo sorprendido con la peluca pelirroja de la real víctima en la mano habría quedado inmortalizada no sólo en la leyenda, y nada digo si alguno hubiera tenido ocasión de retratar la camisa granadina de la Reina Católica o los calzones forrados de piel que es fama que usaba su hija demente. Hoy que hasta el ejército canadiense estudia la posibilidad de contar con ropa mimética para sus huestes (no es coña) y que la propaganda publicita cierta wellsiana ropa invisible, no me parece que esté muy justificado parar el mundo en seco porque a Wolfowitz o a Rajoy le hayan descubierto en las calzas unos ‘tomates’ que unos aparatos de prensa más ágiles podrían haber explotado en línea con la ética de la sobriedad o con la estética de la renuncia.
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No es difícil ver en la explotación de esa doble anécdota una imagen cabal de la insustancialidad de la crítica y, lo que seguro que es peor aún, de la inevitabilidad del escándalo en torno a ellas. A una bien valiosa mujer de la política española trataron de crucificarla en cierta ocasión cuando uno de esos argos periodísticos descubrió con sus mil ojos que la dama subía descuidada y sin bragas una escalera propicia, cosa que no entendí en su momento, sabedor de que la mitad de los británicos sale con frecuencia de casa sin ropa bajo que la que se ve, sin contar con la demoledora estadística que poseemos sobre el sobreuso de esa indumentaria secreta en la mayoría de los países de nuestra vecindad. ¿O tiene sentido que un agujero en el calcetín ponga en la picota a un personaje mientras una condena por secuestro o una estafa con facturas falsas apenas logren conmover a la opinión más allá de un primer momento? El cineasta Arturo Ripstein, tan cercano al submundo estético de la miseria más degradada, ha dicho con un cinismo elogiable, que a él le gusta esa cercanía con sus derrotados personajes pero que jamás los invitaría a cenar con su miserable traza. ¿Ven? Eso se llama distinguir, eso es poner a un lado el personaje y a otro la persona, para bien y para mal, mientras que encarnizarse como tobilleros en los zancajos raídos de una celebridad no es sino un tic canino del que cierta prensa calcetera no acabará de distanciarse probablemente nunca. El presidente de los calceteros turcos ha terciado en el asunto Wolfowitz diciendo que tales cosas le ocurren por usar calcetines chinos y que podría haberlas evitado utilizando productos de la industria otomana. A Rajoy están han tratado de freírle sus ‘tomates’ sin darle tregua, los mismos que callan ante el precio exorbitante que algunos sastres halconeros le colocan a los maniquís de nuestra izquierda.

El mapa del tesoro

Lo que está ocurriendo en aguas de la Bahía de Cádiz con esta piratería de guante blanco no deja de ser estupendo. Ver a un juez de La Línea ordenando la detención y registro de los barcos cazatesoros que usan Gibraltar como los bucaneros antiguos utilizaban Las Tortugas, y escuchar a la ministra pedir “prudencia” cuando allá por el 92 ya alguien propusiera sin el menor éxito la elaboración de un mapa de tesoros de esas aguas, no deja de producir perplejidad. Pero lo que ya no se entiende ni empeñándose uno es cómo es posible que nuestra Marina no intervenga ante actividades como ésa que, como el propio Gobierno reconoce y la Justicia denuncia, podrían estar causando un perjuicio excepcional a nuestro patrimonio histórico. Y en fin, lo que faltaba es que también este expolio se convierta, como está ocurriendo, en motivo de controversia entre los grandes partidos. Fallos en nuestra diplomacia, jindama a lo que Gibraltar representa, cambalaches de altura. Los ciudadanos echan de menos en este asunto de cabotaje una acción que demuestre que en Trafalgar no se perdió todo. 

El poder del soviet

El “soviet” ya no manda, mandan los “aparatos”. Miren en Valverde esa asamblea de IU hecha trizas, contémplenla en Ayamonte volada en pedazos, aguarden a verla saltar los los aires en Bollullos. Aquí no queda más poder irresistible que el del pez grande que se va zampando uno a uno a los medianos y pequeños, si no invocando el sufrido “progreso”, echando mano de la “memoria histórica” para excluir a la competencia. Las “bases” que Anguita decía que eran las decisivas pintan menos que nada hoy por hoy, y los “programa, programa, programa” de aquel visionario han quedado para envolver lo que se tercie. Habrá gobiernos muñidos incluso entre quienes hasta antier se acusaron mutuamente de ladrones y ganapanes, habrá besos de Judas para dar y tomar, pero la fuerza de la izquierda más o menos imaginaria, más o menos ficticia, decrecerá en la misma proporción en que ganen fuerza sus manijeros. París bien vale una misa, se dijo. Ayer Valverde, hoy Ayamonte, mañana Bollullos valen apenas una bendición. 

El cántaro roto

Cada Día Mundial del Medio Ambiente que se celebra circulan por el planeta imágenes conmovedoras que tratan de remover las conciencias y propiciar ese cambio de actitudes sin el cual el problema del agua no tendrá nunca solución. Una de ellas fue la famosa foto de la madre que caminaba como una autómata con el niño muerto de sed en los brazos, pero la peor probablemente, la de alcance simbólico más irresistible, fue aquella otra que mostraba a una madre etiope ahorcada en un árbol junto a un cántaro roto y a sus tres hijos huérfanos. Lo que sabemos sobre la escasez del agua es casi tan inquietante como lo que podamos saber sobre su mala gestión. Que más de mil millones de personas carecen de agua potable, que unos cinco millones mueren cada año a consecuencia de enfermedades derivadas de la falta de higiene. En tiempos del actual “premier” francés, la organización “Médicos sin Frontera” que él presidía llevó a cabo una intensa campaña para explicar un hecho tan sencillo como tremendo: que el simple aprendizaje del lavado de manos reduciría exponencialmente la mortalidad infantil en amplias zonas tercermundistas. El problema es que falta agua para ello, es más, que incluso para procurar el agua de beber hay muchedumbres obligadas a buscarla diariamente en pozos cuya distancia media se calcula en doce kilómetros, circunstancia trágica que explicaba la foto aquella del cántaro roto y la madre ahorcada. Hoy se insiste, desde la ONU especialmente, en que la escasez de agua es un potencial factor de enfrentamientos subyacente a muchos conflictos africanos, razón por la cual ha llegado a ser tópica la recomendación del ahorro que, en nuestro caso, culminó con la efímera (duró apenas unos días) recomendación de la ministra de Medio Ambiente de limitar el consumo a sesenta litros por habitante y día, una miseria considerando que en USA y Japón la media consumida es de doscientos litros y en la propia Europa de doscientos. Cada año hay fotos nuevas, otros niños famélicos, madres al límite de sus fuerzas. Lo que no hay es imaginación ni voluntad de liquidar el cuento.
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Nadie quiere saber nada a fondo sobre el abuso perpetrado por regantes irresponsables y menos aún del agua despilfarrada en ciertos usos de moda (el debate sobre los campos de golf suele cerrarse, pero en falso normalmente). Un caso: la Coca-Cola acaba de prometer en Beijing (o sea, en Pekín) que piensa devolver a la Madre Naturaleza y a sus legítimos inquilinos “cada gota de agua” utilizada en sus fábricas, pero la sorpresa llega cuando –sin perder de vista las cifras antes reseñadas–escuchamos a sus responsables reconocer que esa multinacional gasta 200 litros de agua por cada litro de bebida que produce, lo que supuso consumir durante el año anterior, el 2006, nada menos que 290 mil millones de litros, cantidad que ahora se compromete a reducir, faltaría más, aparte de reciclar el líquido utilizado antes de devolverlo. El toque está, a mi juicio, en que la solución está en las mismas manos que provocan el problema –y la experiencia nos dice lo que nos dice sobre esta suerte de enmiendas voluntarias, autorregulaciones y demás zarandajas– sin que exista una instancia con poder bastante para imponer criterios racionales y mucho menos para establecer en ámbitos poderosos medidas solidarias con el imprescindible carácter coercitivo. Pocos en la abundancia comprenderán la urgencia de la sed, menos aún en la penuria tendrán posibilidad siquiera de intentarlo. Me acuerdo siempre en este punto de la propuesta surrealista pero realísima que debemos al genio de Henri Michaux, al que su experiencia exótica había convencido de que si un contemplativo se echa al agua, lo probable es que no trate de nadar sino que se dedique a comprenderla y que, como consecuencia, se ahogue. Pero la que no me puedo quitar de la cabeza es la foto de la mujer ahorcada junto al cántaro roto.

La mosca y la araña

Ya se sabe: la tela de araña, como la organización de la Justicia de los hombres, atrapa al insecto ingrávido pero se rompe y deja escapar al pesado. Y uno de los trucos que mejor le salen es el de la demora, el de dejar que los derechos se pudran en el papel timbrado metidos en un cajón o amontonados sobre una mesa. Vean la encomiable diligencia del presidente del TSJA reclamando brevedad para los pleitos de lo contencioso (sin reclamarle más recursos a la amiga Junta, pero bueno) pero vean, a su lado, la foto estremecedora de la famosa “madre de Iván y Sara”, esa desdichada que, en plena fase terminal de su enfermedad atroz, sigue entrillada en la telaraña sin poder cobrar siquiera la indemnización concedida por TS por la retirada injusta de sus hijos de que fue objeto en su día. Esa foto debería exponerse por las paredes a la vista de todos. Mientras tenga vida la atrapada, si es posible. Porque pocos casos habrá en el archivo tan desalmados como éste de esa pobre mujer enferma y víctima del fundamentalismo político y juidicial.