Los chorros del oro

Mi alusión al comentario más bien escéptico que sobre la “alianza de civilizaciones” y el ingenuo montaje de “las tres culturas” hizo en las “Charlas de El Mundo” el embajador de Israel, Víctor Harel, se ha complicado, al menos en la mente de un par de susceptibles, con la referencia que ayer mismo hacía yo aquí a las propuestas del sínodo islamista celebrado en Córdoba por un –insisto en el valor de los palabras– “Liderazgo Islámico Mundial”, y entre las que se incluía, además exigir coherencia con el compromiso gubernamental de “memoria histórica”, la aplicación a la prensa libre que gastamos los occidentales de cierto “código” que no hay más remedio que suponer limitador de nuestra libertad. No me extraño, por supuesto, del equívoco y me apresuro –libremente, ojo– a dejar constancia de mi apoyo a cuanto suponga concordia además de mi respeto por esa Historia que nos constituye y sin la que no seríamos sino una especie más en el mapa zoológico. Pero esto último, lo del respeto por la Historia, hay que tomárselo en serio o será mejor dejarlo. Lo de las “tres culturas” para empezar, ese embeleco que postula la ancestral convivencia pacífica en Al Andalus de judíos, moros y cristianos, a pesar de lo que sabemos por la vasta historiografía sobre la materia, hoy eludida si no borrada de un plumazo (en el BOJA) por quienes anteponen su interés políticos a la incontrovertible realidad. ¿Tres culturas conviviendo en paz y armonía? ¿Cuándo, dónde? Nadie que conozca esa historia ignora que hubo periodos apaciguados entonces y siempre, pero sin que ello permita, en absoluto, imaginar unas paces que jamás existieron entre tres razas y tres culturas que nunca se soportaron más de lo imprescindible y siempre por razones funcionales. El integrismo islamista de periodos tan duros como los señoreados por almohades o almorávides tiene poco que envidiar a las aventuras inquisitoriales de los cristianos, y hay que ser directamente un beocio para sugerir siquiera que alguna vez los judíos disfrutaron en España –como colectividad se entiende– de un  trato benévolo. Una cosa es la historia real y otra el cuento político. Si escribí son alguna aspereza algo por el estilo, desde luego lo sostengo.
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En una obra colectiva publicada hace poco precisamente en Córdoba (editorial El Almendro) encuentro un trabajo del profesor Enrique Cantera que desmonta sin proponérselo todo ese montaje al mostrar que la situación normal del judío en la España cristiana fue la del segregado, la presunta encarnación del mal o el emblema diabólico al que se le suponía incluso el ignominioso atributo de la suciedad. Cantera demuestra cómo el hecho elemental de mantener la higiene personal y doméstica fue considerado indicio seguro de herejía –la costumbre de “hacer sábado” es una curiosa herencia recibida por la sociedad católica de los propios “marranos”– hasta el punto de fundar más de una sentencia que acabó en la hoguera. Pero hay páginas en Dozy, en Lévi-Provençal, en Albornoz, en Simonet o en Caro Baroja que no permiten, entiendo yo, hacerse la menor ilusión sobre que en aquella sociedad quebrada existiera alguna vez un edén, lo que no supone, en modo alguno, rechazar esa envidiable posibilidad sino descubrir la falacia que la da por cierta por exigencias del guión político. Nunca hubo convivencia pacífica entre las religiones del Libro, ni en España ni en parte alguna, aunque bien sabemos que hubo épocas mejores que otras. Me ha emocionado en el trabajo de Cantera, escuchar las protestas de las mujeres judías perseguidas por bañarse al atardecer del viernes o cambiase de camisa, como tantas veces nos emocionaron los testimonios de la ferocidad sarracena. La Historia no se deja inventar. Podemos celebrar que Baremboin, por ejemplo, encumbre este camelo político pero ni su eximia batuta cambia las cosas. No hay más que un modo de utilizar rectamente el pasado y es asumirlo.

La cámara inútil

La conmemoración del cuarto de siglo de Parlamento andaluz se produce en un momento en el que ni a los informativos laudatorios de Canal Sur se les escapa que el “régimen” propiciado por la hegemonía con sus mayorías absolutas ha hecho de la Cámara autonómica una institución tan cara como prescindible. Sólo por equivocación pierde el gobiernillo regional un debate, ni una sola vez en más de un decenio ha sido autorizada –y pídanle cuenta de ello, en todo caso, tanto a IU como al PA– una comisión investigadora a pesar de que los escándalos se ha multiplicado hasta alcanzar de lleno al propio Presidente de la autonomía, los debates se han convertido en provincianos rifirrafes tan previsibles como insustanciales. ¿Para que sirve hoy el Parlamento andaluz? Hay preguntas como ésta que llevan derecho a la inconfesable crisis de una democracia que, en todo caso, no parece demasiado incómoda. Sarna con gusto no pica. Larga vida y otro cuarto de siglo, pues, para el primer teatro de la comunidad. 

El primer susto

A duras penas entra el cuerpo en caja después del susto de Ayamonte. La evidencia de que nuestra provincia, por razones geográficas pero también funcionales, puede ser un objetivo de los terroristas ha caído como un meteoro para turbar el sueño de esta noche de verano. Por el momento caben todas las hipótesis, incluida la de que se haya tratado de un amago algo teatral por parte de la banda, una especie de aviso a los navegantes o una siniestra tarjeta de visita para recordarles a los fanáticos de la paz negociada que tiene poco sentido, si es que tiene alguno, intentar esa vía. Y ahora sólo queda comprobar que se extrema la seguridad, sin regatear medios, sin perder de vista el riesgo de una provincia fronteriza, turística y hogar hoy por hoy de una fuerte carga migratoria. No sabemos si Huelva era el objetivo (si es que había objetivo), pero habrá que actuar como si lo supiéramos o nadie podrá dormir tranquilo, y dejar el trabajo en manos de los expertos. Ser manejada por aficionados era lo último que podía deseársele a esta situación. 

La primera piedra

Nos llega una vehemente petición de la organización musulmana Liderazgo Islámico Mundial –un título elocuente– desde su concilio cordobés. Se pide a España que, en coherencia con las propuestas de su Gobierno y a favor de la recuperación de la “memoria histórica andalusí”, acelere la prometida “alianza de civilizaciones”, que se nacionalice a los descendientes de los moriscos expulsados en el XVII, que se cree en observatorio internacional contra la islamofobia y hasta que se impongan a la prensa libre de Occidente un “código” para periodistas. Ya está bien de palabras, pasemos a los hechos, y los “hechos son amores y no buenas razones”, como dice el refrán. ¿Qué mundo más deseable que aquel en el que los contrarios se entiendan y convivan el león con el cordero como en la fábula ideal? Pues ninguno, en eso hay que darle la razón a los ayatolás. Ahora bien, ésa no es la única noticia de ayer que concierne a nuestras diferencias y afinidades. Hay otras y alguna terrible, como la que anuncia para la jornada dos ejecuciones por lapidación que habrán de celebrarse en la ciudad iraní de Takestán, junto a las tapias del cementerio en que hace días han sido abiertas con diligencia las fosas en que una mujer adúltera será enterrada hasta el pecho y su amante hasta la cintura antes de ser apedreados a muerte. ¿Un mundo hechura del modelo islamista de vida? En Irán como en Arabia Saudí, en los Emiratos como en Nigeria, en Afganistán como en Malasia o en Pakistán, esa civilización con que la que se nos propone dialogar a calzón quitado mantiene a la orden del día, junto a esta pena indecible, castigos como la flagelación para el “bailarín depravado” o la amputación de la mano para la ladrón y de la lengua para el calumniador. Y toda una liturgia infame que reserva al juez la primera pedrada y elige los cantos, ni tan grandes que puedan abreviar el suplicio, ni tan pequeños que no sean realmente piedras. Sí, hace falta un observatorio mundial, qué duda cabe, si es posible dotado de poder coercitivo para impedir la barbarie y para exigir un derecho que deje atrás la brutalidad consustancial al arcaísmo. Mientras antes mejor. Aunque me temo que para los adúlteros de Takestán servirá ya de poco.
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También trae la prensa la fotografía de un hombre lapidado en Afganistán en la que se ve a la atenta multitud siguiendo el martirio, al lapidador espontáneo y al niño divertido que observa la escena y aprende la lección. En presencia del juez, por supuesto, avalado por el precepto vigente, ante la indiferencia de una comunidad internacional a la que encima se le propone un “liderato islámico” que nada ha dicho hasta ahora de superar el estadio primitivo de sus sistemas jurídicos (por llamarles de alguna manera) ni de eliminar esas prácticas horripilantes consideradas como normales en su ámbito. Son desoladoras las estadísticas de suplicios similares difundidas por las organizaciones civilizadas, ya digo, inconcebible la pervivencia de ese abismo moral que separa, en efecto, un mundo que hace siglos repudió teóricamente esa prácticas y otro que las mantiene contra viento y marea. “Las piedras no deben ser tan grandes como para matar de una o dos pedradas al reo ni tan pequeñas que no puedan calificarse de piedras” –obsérvese el prurito nominalista–, los hoyos habrán de estar preparados antes del suplicio, el juez romperá el fuego con un primer cantazo. Hay un abismo insalvable entre un mundo que se atiene a esas normas y el que lucha por rematar el ideal de un humanismo incompatible con los designios fanáticos. Echen si no una mirada a esas fotos indiscretas que periodistas, afortunadamente sin códigos de silencio, han mostrado al mundo y de las que no imagino qué podría dictaminar un observatorio como el que se propone. Para volver a la Edad Media siempre habrá tiempo. Si algo no se entiende son las prisas de ZP.

A ver quién da más

Ha sido extraordinaria además de elocuente la primera providencia adoptada por el nuevo alcalde de Chiclana, el ‘pepero’ Ernesto Marín, al enterarse de lam investigación que trata de descubrir la (pen)última trama de especuladores urbanísticos: ordenar a la Policía Local (“inmediatamente”, dice él) la custodia de la Gerencia municipal de Urbanismo por si tuviera alguna implicación la Administración Pública”. No se puede confiar menos en el adversario político si, encima, se toman medidas en evitación de que puedan desaparecer papeles decisivos, como si la vida pública fuera ya un desastre y las instituciones (los Ayuntamientos, en este caso) cuevas de ladrones. ¿Qué pensarán los ciudadanos al saber que en su pueblo actúan verdaderas minimafias del urbanismo y que el propio alcalde sospecha la posibilidad de que sus antecesores anden mezclados con ellos? Aquí empieza a hacer falta un proceso general pata ver qué ha ocurrido con un urbanismo que la UE califica de desastroso. 

Roma si paga

¿Quién dijo que Roma no paga a traidores (tránsfugas, entre nosotros? Ahí tienen el caso de Valverde del Camino, el nombramiento de portavoz y teniente alcalde al tránsfuga Donaire que en legislaturas pasadas tildaba a Cejudo de fascista, pero que, tras salvarlo en la anterior, lo confirma ahora no sólo barriendo votos de IU para el PSOE con su propio transfugazo sino desmantelando de hecho la asamblea valverdeña de la coalición de izquierdas que en adelante no podrá ni hacerle sombra al PSOE. Donaire no es un tránsfuga cualquiera, hay que reconocerlo, sino un auténtico virtuoso de la triquiñuela política y de la búsqueda del interés propio al precio que sea, al que hay que recordar que Cejudo hacía expulsar de los plenos municipales arrastrado y en volandas por sus policías. Y Cejudo un intrigante consumado que, si engañó a los guerristas como los engañó, no es raro que se la dé con queso al más pintado. Dos clásicos, pues, de nuestra tradición caciquil en pleno siglo XXI.