El paño pardo

No parece que vayamos a liquidar nunca los españoles el toletole anticlerical. Hemos vivido demasiado tiempo bajo la férula eclesiástica, es cierto, y también bajo el impacto de una crítica no poco mendaz que lo mismo hablaba de vírgenes enclaustrada que de curas envenenadores de niños, sin duda porque nuestra historia –como la de otros pueblos similares– no podría entenderse sin calibrar antes debidamente el peso de la influencia religiosa y el lastre que supuso para nuestra sociedad tanto el freno socioeconómico de las “manos muertas” como el escándalo más o menos giróvago de las órdenes regulares. En el XVIII (no sólo en España, insisto) llegó a cuajar la especie de que la regeneración del país pasaba por expulsar a los jesuitas y en el XIX hablar del “paño pardo”, la metáfora del clericalismo, se convirtió en un festejado lugar común que, a través de tantas vicisitudes, llegó a enlazar con el feroz anticlericalismo de las izquierdas en general. Hoy puede que nos hagan sonreír las paparruchas divulgadas por biblias rojas como “El Motín” o “El Tragacuras”, con sus historias de clérigos amancebados y pérfidos frailes adultos que, acaparaban herencias, deshonraban doncellas y pervertían casadas, pero no es dudoso que su influencia fue considerable y duradera entre un pueblo masivamente analfabeto y brutalmente sometido. Y eso hace más difícil de entender este nuevo anticlericalismo sin sentido y auspiciado desde las más altas instancias, que está demediando España, tan gratuitamente, en dos mitades, una que brama contra la clerecía, retorciendo la Constitución si hace falta para inventarse el imprescindible maniqueo, y otra que saca curas a hombros como acabamos de ver en algún pueblo andaluz. La secularización ha resultado ser un proceso mucho más reversible, al menos coyunturalmente, de lo que preveían los sociólogos funcionalistas.

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Vieja y absurda batalla, aparte de empeño maniaco. En la fachada de un hospital psiquiátrrico de París acaban de instalarse, protegidos por invulnerables cristales, unos curiosos paneles de madera sobre los que un pobre demente habría grabado, durante sus años de eremita voluntario, una dura requisitoria en la que acusaba a la religión de manejar los cerebros mediante misteriosas máquinas psicotrópicas, haber provocado el holocausto hitleriano y andar trajinando en un proceso para hacerse con el poder mundial. Coincidiendo en el tiempo, en España, un síndico eminente (que no ha cotizado un  sólo día como trabajador por cuenta ajena, todo hay que decirlo) hace méritos ante un Gobierno –que sabe bien cuánto puede distraer al personal con esta palea de asuntos mucho más graves– tildando al cardenal primado de “hechicero de la tribu del PP”. En plena “crisis inicial del siglo XX”, cuando el viejo barco crujía por los cuatro costados, un personaje insigne como Galdós se empeñaba hasta las trancas en la lucha por conseguir los entierros laicos y mucho después, un talento como Azaña se empeñaba en el designio anticlerical con un talante que sólo desde la bienquerencia se puede caracterizar, como ha hecho Mainer, de “ponderado”. Personalmente sostengo que, igual hoy que en el largo periodo que va desde la Ilustración a la República, el anticlericalismo ha sido en mayor medida una estrategia de distracción que un objetivo seriamente estimado. ¿Quién va a creer hoy en serio que los obispos constituyen una amenaza para una sociedad democrática en la que apenas un tercio de los ciudadanos destinan sus impuestos a la Iglesia? La batalla en torno a la nueva asignatura, sin ir más lejos, demuestra que el anticlerical anda hoy dedicado  a alancear moros muertos, pero moros difuntos que todavía sacan curas a hombros, ojo. Caro Baroja murió demasiado pronto. Con lo que él sabía y no ocultaba se verían hoy contra las cuerdas muchos de estos tragacuras oportunistas.

Junta vs. Justicia

Ahora resulta que a la Junta le parece muy mal que los tribunales de Justicia no actúen contra las viviendas ilegales construidas en Marbella, ante sus mismas barbas, y sin que ella dijera esta boca es mía. Una acusación que llega después, en todo caso, de que la Justicia le casara los colores rechazando su pretensión de personarse como parte al considerar que la Junta nunca fue “perjudicada” sino “beneficiaria” de un negocio legal al que, sin embargo, no tuvo reparos en cobrarle puntualmente los impuestos. Eso de que la “Junta hizo lo que tenía que hacer” –argumento del delegado de Chaves en Málaga– es una pura tautología que no se sostiene incluso sin aguardar a que la Junta diga si va a devolver lo cobrado en su día por las construcciones ilegales. ¿Beneficiará a Marbella ahora un pulso entre la Junta y la Justicia? No lo sé, pero me da que debe de haber por ahí más de un facineroso frotándose las manos.

Todos en el burladero

El pleito de las balsas de fosfoyesos ha alcanzado se cenit con la sentencia de la Audiencia Nacional, ahora recurrida por Fertiberia, que declara prescrita la concesión administrativa que permitía a las empresas del Polo –y no sólo a Fertiberia, hay que insistir en ello– verter en la marisma esos desechos de la discordia que desde hace años centran la polémica entre quienes sostienen que su eventual perjuicio sanitario es nulo y quienes dicen que es muy grave. Lo grave, a mi juicio, es la cobardía política de partidos y sindicatos, que callan, miran para otro lado o salen por peteneras con eufemismos o pamplinas cuando se ven apretados, sin decidir nunca una postura leal con los ciudadanos y comprometida con un criterio de verdad. No se trata sólo de que CCOO y UGT estén en frentes distintos (cosa acaso explicable en claves orgánicas e incluso personales) sino en que esta es la hora en ni PP ni PSOE ni PSOE ni PP han cogido el toro por los cuernos. Saben que se juegan mucho electoralmente frente a una eventual catástrofe en el empleo, pero está obligados a decir “su” verdad y jugar éticamente esa carta.

El opio del pueblo

Por más despectivo que resulte el término “cultura de masas”, acuñado por la sociología crítica americana de los años 70, hay que reconocer que su éxito actual está basado en la confabulación de la curiosidad alcahueta de masas efectivamente sin otra capacidad posible, con la mostrada por un amplio sector social, tradicionalmente ignaro y siempre indiferente ante la cultura en todas sus manifestaciones, ante el enigma visto desde una perspectiva que pudiéramos llamar –sólo para entendernos, por supuesto– realidad “trascendente”. Las autoridades de Roswell, en pleno desierto de Nuevo México, administran con astucia el burdo asunto del ovni supuestamente estrellado en sus inmediaciones y los cadáveres de esos presuntos extraterrestres que han logrado hacer del pequeño poblado la capital mundial de esa ciencia sin contenido que es la ufología, hasta el punto de colocar a la entrada del pueblo vistosos carteles en los que se da la bienvenida –“Aliens Welcome”– a los eventuales visitantes del espacio. En Rennes le Château, el pueblecito del Languedoc que hizo célebre la leyenda del oro secreto de el astuto abate Saunier, el turismo papanata avanza cegado por la patraña de una leyenda de cátaros y templarios que peregrina a su mínimo cementerio y escudriña la iglesia de la Magdalena en busca de señales que permitan la confirmación de las disparatadas hipótesis, hábilmente administradas, a su vez, tanto por la diócesis como por el consistorio. A una abadía cisterciense de Tarragona, la de Santes Creus, acude también una riada creciente de curiosos ávidos de comprobar que, en efecto, en cierto retablo del XVII (¡un poco tarde para hablar en serio de templarios y rosacruces, en todo caso!) aparece al pie de la Cruz una Magdalena embarazada que “demostraría” por demás las fábulas y embustes puestos en circulación por le famoso “Código da Vinci”, ese monumento a la ingenuidad que ha logrado tomarle el pelo a medio mundo. Lo mismo que al monasterio pontevedrés de Santa María de Oia, ante cuyo retablo se dejan las pestañas detectivescas los seducidos por la jácara montada por el chismorreo hermético en torno a la difamada “discípula”. No creo que haya precedente de un esfuerzo colectivo comparable a esta monomanía ante la que Renán sonreirá, a buen seguro, desde su lejana perspectiva crítica.
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Desde luego no deja de ser grotesco que una sociedad que apenas lee ni se interesa por la historia esté respondiendo con tanto entusiasmo a la convocatoria de un puñado de intrépidos “iniciados” que les venden por toda mercancía una vaga leyenda que incluye desde las fantasías artúricas a las soplapolleces contemporáneas. Nunca tuvo más mirones la ‘Cena’ de Leonardo ni hubo más colas intrigadas ante la ‘Gioconda’ que desde que la teología mayor ha sido jibarizada por los nanomitógrafos a un laberinto de pamplinas esotéricas en las que a la pobre Magdalena le ha tocado el papel más arrastrado y el mito histórico que ha sido capaz de caracterizar a Occidente trata de ser reducido a una basura fabulística centrada en la presunta “descendencia de Cristo” y la rancia leyenda merovingia de la “sangre real”. Nada como la novedad, pocas cosas tan atractivas como la extravagancia, ninguna acaso como la ingenua trasgresión del saber acreditado a la hora de poner el tenderete en el zoco de los fisgones y los buscavidas. Balzac sostuvo –por la cuenta que le tenía, claro está– que frente a la “historia oficial”, por lo general mentirosa, se alzaba incólume la “historia secreta”, la mediavoz sin responsable, el cuchicheo libre. Y estos pelafustanes espontáneos han convertido de hecho esa “boutade” en uno de los más espectaculares negocios de nuestro tiempo. “Alien Welcome”: el cartel no necesita comentario. El trapicheo de este magdalenismo insensato, tampoco seguramente.

Sueldos municipales

El presidente Chaves ha sugerido a la Federación Andaluza de Municipios y Provincias (FAMP) que elabore una especie de norma para regular los salarios que se ponga a sí misma la clase política dedicada al ámbito municipal, en el que últimamente se han levantado espectaculares escándalos, como en Mijas o Sevilla, a causa de lo percibido por sus alcaldes. El presidente no se sabe/no contesta cuando se le pregunta por los sueldos excesivos de los suyos, pero no está mal que, por lo menos, se pronuncie de esta manera indirecta que viene a reconocer un abuso consentido –por él más que por nadie– desde hace muchos años. Aunque no faltara quien diga que, tal como va el negocio, lo de los sueldos viene a ser lo de menos en este patio de Monipodio en el que demasiados ediles se han hecho millonarios a ojos vista en tan poco tiempo. Hay que aplaudir esa iniciativa de Chaves y, de paso, recordarle que hay más de una Marbella en esta barataria andaluza.

Algo suyo se quema

La Junta ha decidido echar mano de la Unidad Militar de Emergencia para que vigile y patrulle tanto por la Sierra como por la costa de la provincia en vista de los “incendios intencionados y negligentes” se están centrando en tierras onubenses. De hecho, tras el incendio que obligó al desalojo de vecinos en Moguer, un segundo siniestro se producía ayer en la misma zona, aparte del ocurrido en El Rompido que llegó acercarse peligrosamente a una urbanización. Vuelven los incendios, pues, y con ellos la cantinela de que la negligencia es, en realidad, de la Junta, por aquello de que “los fuegos de verano se apagan en invierno”, es decir, previniendo con trabajos de limpieza y control del monte y matorral sin esperar a que lleguen las llamas. No se olvide que en años anteriores el fuego rondó el propio parque nacional de Doñana, afectando al preparque en más de una ocasión, aunque este verano parece que se centra más bien en áreas de veraneo. Incluso desde fuentes ecologistas se sostiene que nada sustancial ha cambiado en nuestra prevención de incendios tras la gran catástrofe que abrasó la provincia. La Junta sabe bien, como demuestra esa interesante providencia, lo mucho que queda por hacer en Huelva.