Cal y arena

Puedo andar muy equivocado, pero comparto de cada vez más la difundida opinión de que los jueces españoles, hartos de coles y de tragarse marrones ajenos, están reaccionando frente a esta merienda de negros (con perdón de los negros) y atándose los machos con inusitada fuerza. Ahí está el sartenazo del Supremo en el caso de los ERE y ahí están otros tantos que refuerzan la impresión apuntada que está viendo al telediario convertirse en una crónica de tribunales. Hay, sin embargo, todavía no pocos casos desconcertantes como es ver a una participante en el violento asalto al Rectorado de la Universidad de Sevilla reciclada –una vez inexplicablemente absuelta– como al alta responsable política andaluza, a otra famosa “emergente” ex-candidata de IU por Madrid eximida por el juez de haber adjudicado –inocentemente, por descontado– un contrato millonario desde un Ayuntamiento a la empresa de su hermano, a un juez declarar que no delinquieron los autores de una inacabada pintada proetarra o a otro, muy telegénico, archivar la causa seguida contra el bárbaro concejal madrileño que bromeó sobre la Shoa y escarneció a una conocida víctima del terrorismo. Los jueces son humanos y aciertan o se equivocan como cualquier hijo de vecino, una obviedad que no empece que el gentío vea en la Justicia una instancia no poco arbitraria cuando no por completo injusta. ¿Qué le puedo contestar al camarero amigo que me pregunta la razón por la que ningún miembro de la familia Pujol está todavía entre rejas?

Debe saberse también que esos jueces trabajan en condiciones ni siquiera decorosas. Me muestra uno de ellos el despacho (de menos de 25 metros cuadrados) ¡para cuatro! magistrados de la Audiencia sevillana en el que, en adelante, y sin la menor intimidad, la juez Alaya y sus compañeros habrán de impartir justicia, tratar con los abogados y los justiciables y, llegado al caso, hablar con sus cónyuges. No hay interés político en que la Justicia funcione, sobre todo porque una mejora en ese esencial servicio no resulta electoralmente rentable, aparte de que nadie inclina la cabeza ya al paso del respetable cadí sobre todo si ha tenido ocasión de verlo arrinconado en su despacho, como un covachuelista cualquiera, y nada digo si se ha enterado de que el delito de desacato fue abolido en su día por la sensibilidad ultrademocrática. La política ha subordinado y maltratado a la Justicia. Bastante hacen los ropones amontonados en sus cuchitriles.

La Junta y los polis

La directora general de Minas, María José Asensio, se ha metido en un buen berenjenal, y de paso ha metido a la presidenta Díaz, con el negocio de la adjudicación, en condiciones más que sospechosas, de la mina de Aznalcóllar. Pero la directora no se conforma y, además de clamar que la Policía “coacciona” a sus técnicos, así, como suena, y denunciar que sufre un acoso mediático, sostiene que la valoración que hagan sus funcionarios “ha de presumirse correcta”. Ah, ¿sí? ¿Y qué nos dice de la que hagan los policías, que son tan funcionarios como sus técnicos? Lo inexplicable es el dontancredismo de doña Susana ante un enredo que no es imputable ya a sus predecesores, sino que la concierne a ella de plano. Quizá por eso no ha cesado aún a la señora Asensio.

El hidalgo y el honor

Los problemas de Grecia no los ha provocado la Unión Europea sino la propia Grecia. Recurrir al tópico de la dignidad nacional –como bien ha explicado Arcadi Espada—no es más que un truco trilero porque ya me dirán cómo se puede considerar atacado en su dignidad un deudor que, además, sabe perfectamente que no tiene posibilidad de enjugar su deuda. Ayudará, sin duda, la sustitución de Varufakis, ese galán provocador que se ha estrellado contra la frigidez menopáusica de la señora Merkel, pero las cosas siguen igual por más que el engaño de Syriza siga llenado plazas de hidalgos de gotera y gentecilla del común, aunados, por una vez, frente al enemigo imaginario. Los españoles sabemos mucho de deudas desde que Carlos V se veía rehén de los Fugger sobre todo–lean a don Ramón Carande—y Felipe II tronaba más de una vez en quiebras ignoro hasta qué punto fraudulentas. Ningún retrato del hidalgo como el del propio Quijote, ninguna reflexión como la que en “El hidalgo y el honor” hizo García Valdecasas, ninguna instantánea superior a la de Quevedo: migas de pan sobre la barba para esconder el hambre. La poderosa ideología del orgullo convierte a los hombres en actores convencidos de su papel imaginario hasta suprimirles la razón. Nunca el Poder encontró mejor aliado que el que puede proporcionarle el hambre de sus súbditos bien manipulada.

¿De qué orgullo hablan Tsipras y sus homólogos, pretenden acaso que devolver lo debido degrada al buen pagador? Sólo un puñado de fanáticos pretende desligar a Grecia de Europa, pero entre esos fanáticos hay, lamentablemente, que incluir a su propio Gobierno que pretende triunfar políticamente a costa de los acreedores. ¿Habrá que recordar que en ese país hasta un primer ministro ha ido a la cárcel por corrupto para ser reelegido a su salida del trullo? La inmensa mayoría de los europeos le deseamos a Grecia lo mejor y lo mejor –al menos dentro del paradigma liberal que impera hoy por hoy—pasa por el ahorro, es decir, por el sacrificio. ¿Por qué los hambreados hidalgos españoles, con las migas espolvoreadas sobre la barba, han de olvidarse de que sus equivalentes griegos les deben 26.000 millones de euros? Apelar al orgullo en plena ruina es un truco hábil pero no una razón lógica en una sociedad continental que no tiene, de momento, más engrudo para permanecer unida que la moneda única. Tsipras es un buhonero que vende crecepelo. Cuando los griegos se den cuenta será demasiado tarde.

Contra Alaya

El espectáculo que está dando la Justicia en torno a la sucesión de Alaya y su discutida continuidad hasta acabar de instruir las macrocausas resulta de lo más lamentable. Nadie la quiere ahí, sobre todo con los ERE. Ni la Junta, por supuesto, ni la nueva titular del Juzgado, ni el fiscal-consejero Llera, ni la Fiscalía, ni siquiera el TSJA con sus cataplasmas. Parece que hubiera llegado la hora de frenar el escándalo global del PSOE de Andalucía y que para ello resultara determinante alejar a la juez Alaya de unos casos que nadie conoce como ella. Si prospera esta hipotética operación, los andaluces –y España entera, que es aún peor—van a creer menos en esa Justicia que en los polvos de la madre Celestina.

Ritos literarios

Aquel fino observador que fue François Jacob, el benjamín edípico del grupo de Sartre que, allá por los últimos cincuenta, coqueteaba con la Juliette Greco, un pie en el Café de Flore y el otro en “Les Temps Modernes”, explicaba con gracia el rito proustiano de peregrinar en la fecha indicada a los sagrados lugares de la “Recherche du temps perdu”, no como una encomiable virtud cultural, sino como un gesto propio y, según él, frecuente, en los países que no leen pero que siguen usando la Cultura como un “indicador de prestigio”. Los ritos literarios emergen la mayoría de las veces, es cierto, de la mala –o de la “fausse”—conciencia como bien sabemos en la España que tanto presume del Quijote habiéndolo leído tan poco. Aún recuerdo el día en que un alumna de la Complutense me regaló “L’ Herbe rouge” de Boris Vian como reprochándome mi anacronismo, y la cara de estupor que mostró en la siguiente clase cuando correspondí a su amabilidad con la historia del hidalgo manchego. ¡El Quijote en lugar de zamparse a pecho “Escupiré sobre tu tumba”! Años después, a su vuelta de Londres donde trabajaba, me confesó contrita cuánto se había reído con las agudezas de Cervantes y no les miento si les digo que me sentí más justificado que nunca como “prof” por esa confidencia. Tocante a Cultura, solemos exhibir aquello de lo que carecemos. Por esa sencilla razón decía François Jacob que peregrinaban los franceses a Illiers-Combray –donde la famosa magdalena de la tía—como los británicos a Stratford-upon-Avon, tras las borrosas huellas de Shakespeare.

¿Qué se está haciendo en España para conmemorar no sólo el cuarto centenario de la Segunda Parte del Quijote sino también el del teatro cervantino, que coincide? Pues poca cosa o, más bien, muchas cositas, un Quijote para cadetes patrocinada por la RAE y una edición revisada de la magnífica que Francisco Rico hizo en Crítica. No mucho, en una palabra. El joven maestro Luis Gómez Canseco –flor de la novísima filología– coincide conmigo desde la cabecera en la que vela a su anciano padre: “Cositas”, me dice. Y le respondo que menos aún se conmemora a la doctora Teresa, que también cumple siglo, a pesar de la imponencia de su escritura, fuera de tres sermones y cuatro citas escolares. Ni el cristianismo puede imponerse a cristazos, como decía Unamuno, ni la Cultura a librazo limpio, desde luego, aunque no estaría de más imponerle alguno que otro a más de un exhibicionista.

Luz y taquígrafos

¿Fallará Ciudadanos al Partido Popular a la hora de constituir una comisión investigadora del saqueo de los fondos destinados Formación que apoyaría incluso IU? Está por ver, aunque mantengo la confianza en los emergentes, cuya negativa en este caso sería simple complicidad con los corruptos. Uno preferiría una investigación parlamentaria conjunta para averiguar qué ocurre con las explotaciones mineras andaluzas, que andan como andan, pero que, encima, cada vez que echan a andar salta el conejo de las mangancias: recuerden Aguas Teñidas, Aznalcóllar o las Cruces, todas bajo sospecha y hasta en pleitos con la Justicia. De Ciudadanos se ha fiado tanta gente que echarse atrás constituiría una estafa. El problema, como demuestra la servicial gestión de Juan Marín, es que no es lo mismo prometer que cumplir.