El mal perder

Es triste pero cierto que Le Monde ya no es lo que fue mientras funcionó como cátedra europea de la propiedad y la ética periodística. Lo acaba de demostrar plegándose a cierta demanda celosa de la opinión gabacha incapaz de asumir los cinco puntos de ventaja con que la selección española de baloncesto apeó a la francesa, que era la anfitriona, del reciente Eurobasket, al insertar, en uno de los blogs del gran periódico, una feroz descalificación de Pau Gasol al que se acusaba de jugar como juega a los treinta y tantos años –logró hasta 40 puntos en aquel partido—sostenido por las sustancias con que se dopa. El propio entrenador francés, Vicent Collet, ha tenido que acreditar que no fue él sino un pirata quien escribió en su cuenta de las redes sociales que “los españoles se drogan como cerdos” y, aunque finalmente todo parece haberse diluido en excusas oficiales, el propio Gobierno español ha puesto el asunto en manos de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado para que estudie si procede o no sancionar a Le Monde, tal como entre los olímpicos griegos y los justeros medievales se sancionaba a los tramposos, además de con el descrédito caballeresco, con multas y hasta con vergajazos que les suministraba la fusta del mastigóforo, la larga mano de los helanódices o el juez de torneos que vivía como un rey en las cortes o casas nobles. ¿Quién hubiera esperado una jugada semejante en el mitificado Le Monde de nuestra juventud, cuando Haro Tecglen fusilaba didácticamente sus editoriales y los fachas más radicales apaleaban a sus corresponsales en plena madrileña calle de Serrano?

La prensa –la de papel o la informática—está quizá declinando para adaptarse, como el guante a la mano, al cuerpo social por el que vigila y al que informa cuando no se rinde con armas y bagajes al tesorero de turno, pero no hay que hacer de menos al contagio nacionalista –ubicuo al parecer– que funciona como un rígido rodrigón sobre el que se sostiene la conciencia mediática. Una querida amiga, más que informada del rollo, me prevenía hace poco sobre la camelística del periodismo, inventor, según ella, entre otras cosas, de las redadas de menoreros. “¿Y por qué habría de ser así?”, le pregunté. “Pues porque los periodistas mienten”, me dijo con la mayor naturalidad. El “fake” de Le Monde ha hecho retumbar sus palabras en mi memoria desconcertada por el hecho de que la final pulverizó el récord de audiencias nada menos que con 8’5 millones de espectadores.

Una primera vez

Todo en este mundo tiene su primera vez. También el hecho de que la omnímoda Junta de Andalucía pierda en el Parlamento autónomo, como perdió el jueves pasado, una votación, y vea rechazado el chapucero decreto-ley con el trataba de cerrar la cuestión pendiente de los interinos. Un buen aviso de lo que puede ocurrir durante esta legislatura y una demostración de que el gobiernillo del PSOE no tiene las manos libres como no sea contando con la defección sistemática de Ciudadanos. ¡El PP y Podemos votando juntos! En esa cama redonda caben muchas variantes como acaba de probarse. La única ventaja de este reparto es que la complicidad quedará a la vista votación tras votación.

Vidas por oficio

Hay varias profesiones a las que conviene el título que Caro Baroja adjudicó al “Señor Inquisidor”. Hombres y mujeres que, sin resignar su peripecia personal, dedican sus vidas a un asunto en el que terminan felizmente reclusos como dueños de sus más íntimos secretos. Estos días acaba de zarpar de entre nosotros un joven filólogo andaluz, abatido, como del rayo, por una dolencia fulmínea, que ha cortado en seco una de las carreras científicas más destacadas de los últimos decenios, la de José María Reyes Cano, ese loreño cabal que aprendió el oficio y heredó la pasión por el Renacimiento nada menos que de maestros como Blecua (senior) o Antonio Vilanova pasando por esa cumbre del saber literario que fue Martín de Riquer. Catedrático de Literatura en la universidad de Barcelona, José María ha reunido en su vida breve una grave suma de publicaciones en torno todas ellas a la relación literaria entre la Italia y la España de la época, hasta el punto de constituirse, a mi juicio, en un referente obligado para todo el que ande interesado por las relaciones entre las dos naciones en ese momento de las letras mediterráneas que Croce calificó de cenital . Juan de la Cueva –sobre el que hizo su tesis–, León Hebreo con sus inolvidables “Diálogos”, el sabio Pietro Bembo en su versión y momento más borgiano, compiten en su tarea con el interés por algunas de nuestras grandes figuras y obras necesitadas de revisión –la poesía de Pedro Espinosa, su decisiva edición de las “Anotaciones” de Herrera a Garcilaso, ambas trabajadas al alimón con la hispanista italiana Inoria Pepe—y, muy en especial, su edición, también conjunta y sin duda de referencia, de la compleja “Filosofía Vulgar” de Juan de Mal Lara.
Poco tiempo tuve para tratar a José María tras su precoz jubilación, pero me bastó su trato desde que lo elegimos por unanimidad académico correspondiente de la Real Sevillana de Buenas Letras, en tiempos dirigida por su hermano y cabeza actual de nuestra filología andaluza y española, el maestro Rogelio Reyes. Hombre discreto hasta el silencio, observador atento, benevolente y un punto irónico, José María asistió a nuestras sesiones a las que acudía desde su retiro en La Antilla, allá “frente al contemplado mar del suroeste”, que diría Salinas, donde rumiaba sus saberes entre versos y preceptivas. Nunca, que yo sepa, Andalucía lo destacó con ninguna distinción. He ahí la mejor prueba de su independencia y de la soledad del sabio.

Otro otoño

El día de las elecciones en Grecia el otoño se presentó de repente en forma de un aguacero arrollador. En Sevilla, más o menos por esa fecha, una estruendosa chispa fulminó el pararrayos der san Alberto, el Oratorio filipense, dejando sin resuello, por unos segundos, a una feligresía afligida por los tremendos calores del verano. Llega impuntual pero segura la dorada estación de la plenitud en la que el fruto madura y la luz amarillea tiñendo de cobre la hojarasca entre la que algún abedul rebelde levanta el lamento de su fuego rojizo, mientras las estaciones de Sempere anublan la furia estival con sus pardos y verdes coronados de rosas indecibles, piadoso aviso a la tercera edad pero también pregón de suavidades y abundancias. Los hombres representaron desde que hay arte a las estaciones con sus símbolos –un labriego que cuida su parra enredada en el olmo, una mujer coronada de pámpanos, un tentador cesto de frutas—y las iglesias viejas se engalanaron durante siglos en el equinoccio luciendo espigas de trigo en sus altares, sueño del pan bendito. Ovidio lo ilumina con una mujer gruesa, vestida con lujo y coronadas de uvas con sus hojas, que sostiene en la diestra una cornucopia rebosante de frutos: “Tras el verano llega el otoño, depuesto el ardor de la juventud, maduro y suave, intermedio entre joven y anciano”, la estación plena que precede a otros fríos. El maestro Ripa leyó “Las metamorfosis” y ve a ese hombre que “de uvas maduras trenza su corona” y recuerda la imagen romana, la de Baco acosado por el tigre que pretende arrebatarle las uvas maduras. A veces, como en la medalla de Antonio Caracalla, junto al cestillo de frutas va el animal muerto, en la que Blavatsky vislumbró una liebre.
Las estaciones nos descubren el secreto del tiempo, su índole circular, primas del ciclo de la vida, de las fases del curso solar o de la luna, las cuatro estaciones que regentan todo lo viviente recordándoles su fugacidad, el sino ineluctable de todo lo animado que avanza ahora, bajo el sol más tibio, sobre un tapiz dorado hacia el invierno, metáfora helada del final, la vida replegada en sus troncos desnudos. Nunca como en este momento reconocemos estremecidos la clave de la continuidad de la existencia, acaso la parábola infinita del eterno retorno o el perpetuo comienzo, que es lo mismo, el mecanismo de las etapas que hace posible tanto la vida de los hombres como la de sus sociedades. Leves pámpanos duermen como nosotros mismos.

Jueces y políticos

Dicen en el TSJA que andan muy preocupados por los riesgos que implica la parsimonia judicial. Podrá ser –advierte la Fiscalía, silente hasta hace poco—que incluso prescribieran los delitos y dejaran a Andalucía expoliada impunemente y a la opinión pública con tres palmos de narices. Ya. Pero, entonces ¿por qué no son diligentes ellos mismos y resuelven de una vez qué jueza ha de llevar los “casos”? Desde luego, si esa maliciosa especie de que están tratando entre todos de enterrar el escándalo no es cierta, “è ben trovata”. El “régimen” pesa lo suyo, no cabe duda, pero es la Justicia la que se está jugando el tipo.

El arte del verdugo

Lo contaba una crónica americana hace algún tiempo a propósito de la decapitación de un miembro de la propia familia real que asesinó al monarca de turno. ¿Cómo lucir limpiamente el arte de verdugo frente a la postura encogida, casi fetal, del reo? Sencillo: el verdugo aguardaba el momento propicio para pinchar con su arma el costado de la víctima y, aprovechando la instintiva relajación del cuerpo sorprendido, lucirse haciendo rodar la cabeza de un tajo preciso. En Arabia Saudí las ejecuciones públicas son frecuentes como lo prueba que, sólo en lo que va de año, se han efectuado ya unas ochenta. Y hoy mismo, acaso cuando el lector recorra estos renglones, un joven de veintiún años, encarcelado desde los diecisiete por haber participado en una manifestación contra el régimen, será a su vez decapitado y clavado en una cruz para ser expuesto a la mirada morbosa hasta su descomposición. De poco han servido los ruegos y protestas de las organizaciones internacionales que, entre otras cosas, alegan que en el juicio condenatorio no se ha permitido siquiera la defensa de Mohammed al-Nimr, muy probablemente buco propiciatorio en representación de su tío Alí Mohammed, el temido líder chiíta. Arabia Saudí ha pretendido hasta hace poco la presidencia del Consejo de Derechos Humanos ginebrino obteniendo, como premio de consolación, un puesto relevante para su embajador Faisal bin Hassan, a pesar de mantener vigente ese régimen de terror marcado por el primitivismo más bárbaro, lo que, de algún modo, demuestra su connivencia con las potencias “civilizadas”. ¡Un joven decapitado y expuesto sobre una cruz a la mirada de un pueblo temeroso! La escena –que, insisto, puede que esté produciéndose en estos momentos, mientras usted lee despreocupadamente el periódico de hoy jueves —nos remite, no ya a una Edad Media retrasada, sino al tiempo remoto en que el Poder descubre el expediente de la venganza y la virtud del escarmiento.

Escasos resquicios quedan en este mundo para la humanización de nuestros aliados geopolíticos o socios comerciales, poco diferentes hoy en su paisaje al que enmarcaba la odisea de Simbad el Marino, pero lamentablemente homologables con el sadismo aún vigente, pongamos, de unos Estados Unidos que igualmente cuentan por docenas sus ejecuciones. Se hablará mañana quizá, en medio mundo, de ese joven mártir para ser olvidado al día siguiente. Todo indica que el verdugo tiene garantizado su trabajo y la plaza pública su espectáculo DUGO