Desidia en plena crisis

Un duro informe del Observatorio Económico de Andalucía confirma lo ya denunciado tantas veces: que la Junta no invierte los dineros presupuestados ni siquiera en plena crisis. Sin tardanza el PP se lo ha reprochado –es curioso el silencio de los “emergentes” en este grave asunto—y, también sobre la marcha, desde el PSOE ha contestado una minerva que “nadie ejecuta el cien por cien de unos Presupuestos” dado que sus previsiones son contingentes. Ya, pero una cosa es no invertir todo lo presupuestado y otra muy diferente dejar dormidos cuatro de cada diez euros y, encima, año tras años. El Observatorio denuncia “una desviación presupuestaria extraordinariamente considerable” y, en voz baja, un responsable reconoce que los fondos europeos no se gastan. En pleno ferragosto, esto es como predicar en el desierto.

Cloacas agustinianas

Pone los pelos de punta el reportaje publicado por Fernando Lázaro en este diario sobre la “operación Pompeya” en el que descubre la realidad secreta de la moderna industria de la prostitución, un nuevo subsector de nuestra economía libre de mercado al que puede aplicársele, mejor que a ningún otro registrado en la historia, aquello de “pecunia non olet” con que Vespasiano quiso desengañar a su hijo Tito. Siempre hubo dos clases de prostitución –aparte de la camuflada en cierto tipo de matrimonio–, una de rameras pobres para hombres míseros, y otra selecta para un público con posibles, pero nunca como ahora, que yo sepa, existió una red organizada legalmente en la que la explotación de la mujer prostituida ha regresado al modelo de la vieja esclavitud. En la “operación Pompeya” las policías han determinado que existen en España unas dos mil mujeres esclavizadas en esa “casa llana” disfrazada de hotel en la que no rigen los chulos convencionales sino empresarios de tomo y lomo, respetadísimos hasta el punto de poder defraudar a Hacienda cientos de millones anuales, mientras disponen a discreción de sus esclavas sexuales a las que asisten incluso con recursos de las nuevas tecnologías. Cervantes o Delicado hubieran tenido graves dificultades para imaginar esta novísima rufianesca que el Sistema consiente en atención a cuanto contribuye a la formación de la renta nacional. El romano llevaba razón: el dinero no huele.

La gran novedad descubierta por las policías ha sido la tenencia por parte de los prostibularios de completísimas listas de clientes en las que constan, junto al nombre del usuario, sus datos reservados sin excluir los números de sus tarjetas de crédito, pero también la revelación de la sofisticada organización de ese proxenetismo de nuevo cuño que habría dejado de una pieza a los rufianes más acreditados de nuestra picaresca y a los chulos primitivos que merecían el elogio castizo del chotis o el tango. No hay, a mi juicio, un negocio infame como ése sobre el que tanto se discute sin alcanzar jamás un razonable punto de acuerdo. El cinismo agustiniano y la imagen de la cloaca imprescindible, ahí siguen, tantos siglos después, sólo que potenciados en el marco de una nueva esclavitud, por primera vez contemplada desde una perspectiva estrictamente económica. Cualquiera sabe cuál es el precio medio de una mujer en el mercado, decía aquel ominoso “Gog” de Papini, que no llega al pragmatismo actual ni a la suela del zapato.

Estragos del clima

No cejan los calores mientras arden nuestros abandonados montes en el verano más implacable, según dicen los expertos, del último medio siglo y eso, como en natural, tiene sus efectos sobre la mente lo mismo en la vida privada que en la pública. Desde el PP se acusa a la Junta de no invertir lo presupuestado, desde el PSOE se insiste en el eterno recurso del “agravio” que sufre Andalucía a manos del PP, y los restos de un PA de otro tiempo reivindican el “blasinfantilismo” (copyright: Vaz de Soto) bajo la canícula abrumadora. Se ha consumido, al parecer, el doble de cerveza que el año pasado, la solanera ha diezmado a los mendigos y un señor muy serio pasea las calles del centro con una pancarta que deja en pañales a Dawkins y en la que se lee: “Dios es un modo cognitivo”. Sólo Endesa se frota las manos reinando en la factura del mes que viene.

Todos catalanes

Hace un par de años o así, a muchos nos sorprendió ver al profesor Josep Fontana encargado de la inauguración de un simposio que, organizado por el Institut d’ Estudis Catalans, se congregaba bajo el rótulo insensato de “España contra Cataluña”. La mayoría de los historiadores solventes se pronunciaron con dureza sobre el acontecimiento y Álvarez Junco no se cortó un pelo para recordar que Fontana habría pasado del marxismo más ortodoxo al nacionalismo más febril. El debate no era nuevo, desde luego, pues –incluso prescindiendo de lo que despectivamente se llamó historiografía “romántica”– ya habían apostado por una historia “nacional(ista)” personajes de la talla de Rovira i Virgili, Ramón d’Abadal o Ferrán Soldevila–, e incluso el Jaume Vicens Vives, que tanto influiría sobre Jover y al que tanto respetaba mi maestro Maravall, no dejó de arrimar el ascua a esa sardina. Una cosa era, sin embargo, reclamar ciertas limitaciones a lo que se dio en llamar historiografía “castellanista” –personalizada en Menéndez Pidal, sobre todo—y otra muy diferente pretender escribir de plano una historia nueva sin límites incluso para la imaginación más desbordada, como pretende, al parecer, la “Universitat Nova Historia”, en cuyo congreso de Montblanc se ha defendido la catalanidad de Cervantes –¡que dicen que se llamaba Joan Miquel Servent!–, de Hernán Cortés, de Las Casas y hasta de la doctora Teresa, y se ha afirmado que la Celestina, el Lazarillo y hasta la obra de Lope no fueron escritas en castellano sino en catalán. El neo-romanticismo actual ha dejado chico a su ancestro y a los popes de los “Jocs Florals”.

El drama de los nacionalismos es que, generalmente, comienzan con alguna razón pero terminan reducidos en su propia caricatura, y el catalán no sólo no va a ser una excepción sino que va batir las marcas de insensatez más acreditadas. Lo cual no debe reducirse a una anécdota o simple incidente ya que, en realidad, constituye un intento soberano de estafa cultural y política, con independencia de que, como en el caso comentado, esa iniciativa, que Elliot calificó de “ disparate”, más mueva a hilaridad que a irritación. En Palos andan que echan chispas contra la profanación que supone negar la salida palerma de las carabelas colombinas e incluso afirmar que el descubrimiento de América fue obra de la “corona catalana”, pero, evidentemente, no ha de llegar la sangre al río. Siempre hubo majaretas aunque también en esa ralea hayamos progresado una barbaridad.

Incorregible nepotismo

Circulan por las llamadas “redes sociales” listados de los “parientes” de líderes del “régimen” beneficiados en tratos y contratos, relaciones no siempre bien informadas pero, en general, indiscutibles. Hijos, hermanos, sobrinos, cuñados o, simplemente “amigos políticos” de los que mandan en Andalucía hace más de treinta años medran y, en su caso, se enriquecen, a costa de los impuestos de todos. Apenas falta gerifalte que escape a esa regla incorregible de un nepotismo que en la etapa de Susana Díaz no ha cesado ni por asomo. Han redescubierto el método de Cánovas, un siglo y cuarto después del inventor del caciquismo.

Regalo de bodas

No sé si será verdad pero me entero por la prensa portuguesa de que el jugador madridista Cristiano Ronaldo le ha regalado a su representante, Jorge Mendes, como regalo de bodas, una isla griega. Es verdad que Grecia incluye en su territorio nada menos que seis mil islas de las que apenas un centenar han sido habitadas por el hombre, pero el lector participará tal vez de mi estupor por ese regalo que la mitología reservaba a los dioses y que hoy está al alcance de una estrella del fútbol como el genial portugués que no se sabe cuánto ha pagado por la isla, aunque parece que algunas de esas islas, valoradas entre tres y cincuenta millones de euros, podrían pagarse con menos de un tres por ciento de lo que el Real Madrid pagó hace seis años al Manchester por el jugador. Nada tiene que ver este fútbol con el que se practicaba en mi niñez, cuando los equipos cruzaban la península en tren y dormían en pensiones modestas lo justo para encarar el partido, entre otras razones porque el fútbol de entonces distaba más del “beau monde” que del proletariado, incluidos sus héroes más descollantes. A esa boda del representante de Ronaldo han asistido, entre cuatrocientos invitados, los grandes financieros del negocio como Florentino Pérez, Román Abramovitch o Nasser Al-Khelaïfi, quien más quien menos –incluidos los futbolistas invitados– a bordo de su avión privado, y se dice que, sumados todas sus fortunas, el montante no bajaría de veinte mil millones de euros. Un premio Nobel cualquiera no desearía para su hijo mejor profesión.
El estrellato futbolero ha llegado a constituir un estamento propio en una sociedad profundamente desequilibrada en la que la desigualdad ha alcanzado cotas históricas sin provocar el rechazo de los inferiores que, como ocurre actualmente en China o en África, pagan por las camisetas de sus ídolos lo que no habrán de comerse en un mes. Imaginen cómo se verá el festín de que hablamos en una Portugal devastada por la crisis, que a duras penas sobrevive para recuperarse, lo que, como es lógico, abonará el cínico sermón de Mouriño sobre el escándalo que supone lo que cobra Casillas en el Oporto, como si él trabajara a destajo y no perteneciera a esa afortunada legión. El fútbol es hoy –aspecto religioso aparte—una poderosa industria que explota la fascinación universal que embelesa a “homo ludens”, el último protagonista, diga lo que diga Huizinga, de esta tragicomedia cada día más problemática que es la vida.