La eterna cuestión

Otra vez el tema y problema de los fosfoyesos, la demanda de su estudio riguroso para despejar las insistentes dudas sobre su peligrosidad. Dice la patronal concernida que está de acuerdo en ese estudio –¡faltaría más!– siempre que se lleve a cabo con rigor, mientras que Green Peace denuncia sin contemplaciones la dejación administrativa que consiente ese presunto peligro sin mover un dedo. Ahora bien, quizá vaya siendo hora de decir alto y claro que quizá lo que sobran son estudios, que ha habido ya un buen montón de ellos, cada cual con su resultado, desdramatizador o alarmista, según. Y esa es la peor política que cabe seguir sobre todo se pretende respetar a un ciudadano que tiene absoluto derecho a conocer si su familia corre riesgos o no con esa presencia, interese o deje de interesar a quien sea. No se trata de hacer “otro” estudio más, sino de pactar entre quine proceda (el Ayuntamiento, la Junta, los ciudadanos) una investigación con garantías que establezca de una vez un criterio científico solvente. Hace bien el PP, en ese sentido, en reclamarlo al Gobierno. Incluso si se le puede responder preguntándole por qué no lo hizo “su” Gobierno durante los ocho años de mandato. 

Mal de muchos

No está confirmado aún, pero en Francia circulan inquietantes rumores de que el ex- presidente Chirac será finalmente llevado ante la Justicia un mes después de haberse despojado de la púrpura. Lo persigue el lío del “affaire Clearstream”, presunto lavadero de pasta negra del que se habrían beneficiado, al parecer, un considerable puñado de ilustres personalidades, según un rocambolesco testimonio anónimo, más el prestado por el general Rondot,  cuyas incautadas agendas desvelarían la implicaciones ministeriales en el mangazo que pusieron contra las cuerdas entre otros al ministro Villepin. La corrupción lleva camino en Francia de ‘normalizarse’ como una suerte de efecto secundario e inevitable de la gestión pública que lo mismo afecta a la derecha que a la izquierda de esa consolidada democracia. Un asunto mayúsculo fue el “caso Dumas” que afectó al ex-canciller y presidente de la Asamblea junto a otra panda de comisionistas que pusieron oportunamente el cazo con motivo de una millonaria compra de fragatas a Taiwán y en el que brilló con luz propia aquella amante descarada que tituló (¿firmó?) su ‘bestseller’ como “La puta de la República”. La muerte libró a Mitterand de asistir al procesamiento y prisiones de su hijo, partícipe destacado en un enredo de venta de armas a Angola en el que iba embarcado el severo ministro Charles Pascua, aunque antes lo dejara tomarse su tiempo para fraguar la infame autoamnistía con que la clase política se perdonó a sí misma. A Chirac también le ha llegado su hora, en resumen, pero se admiten apuestas contra las escasas probabilidades de que el prócer dé con sus huesos en el trullo como demandan algunos sectores jacobinos que fingen creer seriamente todavía en la proverbial capacidad de regeneración del sistema democrático. Hay que decir, en todo caso, que la simple comparecencia pública del último gaullista ya diría no poco sobre la vitalidad, siquiera residual, del sistema francés.
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A propósito del tema leo a un bloguero solitario la cáustica ironía de que la ventaja de procesar ahora a Chirac es el precedente que con ello se sentaría para, dentro de cinco años, hacer lo propio con ese Presidente arrollador al que los más guasas llaman “Sarkoivre” desde que lo vieron piripi en la tele. No hay que olvidar que, en efecto, Sarkozy anduvo implicado también en el asunto de las fragatas, allá por el 92, pero tampoco de llevar la ingenuidad hasta el extremo de ver ya virtualmente repuesto el viejo “juicio de residencia” que en la España castiza debían rendir los cargos públicos al final de su mandato. No es ningún secreto que Putin dio un paso decisivo hacia el poder absoluto cuando pactó con Yeltin y lo que éste representaba la impunidad, y no es posible saber, de momento, qué hay de verdad en la especie de que otro acuerdo similar regiría entre ‘Sarko’ y Chirac, más allá de las cábalas, alguna de las cuales llega a ver en la presta diligencia de los jueces la posibilidad de una maniobra que acabe siendo un “coup d’éponge” para tranquilizar a la opinión más exigente sin meterse, naturalmente, en honduras impredecibles. Las democracias resisten lo que no está escrito (e incluso lo que lo está) frente a este mal imparable, al parecer, que se arregla, en última y definitiva instancia, con un paripé judicial bien llevado. No se vino abajo el Pakistán saqueado por los Bhutto ni ocurrió nada de particular en Inglaterra porque varios ministros de Blair resultaran engullidos por el “caso Robinson”, como nada ha sucedido al descubrirse manejos ilícitos de miembros de familias reinantes integrados en las nóminas de intermediarios. Mal de muchos, en definitiva, lepra antigua y aferrada al cuerpo político que, al menos en algunos países, se trata de conjurar todavía siquiera escenificando la justicia igualitaria. Entre nosotros, un juzgado acaba de procesar a una familia por reclamar el dinero de un cohecho formalmente sobreseído. Yo esperaría hasta ver en qué queda la comedia de Chirac.

Defensores a Gogó

Sin salir de las páginas del periódico del día me entero de que el Defensor del Pueblo (español) tomará cartas en el asunto para ver qué hay detrás o debajo del extraño caso de los espías de la VPO onubense; de que el Defensor del Pueblo (andaluz) logra, por fin, que le nombren los adjuntos demorados por el criterio sexista; de que el Defensor del Paciente estudia demandar al Servicio Andaluz de Salud con motivo de cierto traslado de pacientes quemados; de que el Defensor de Córdoba denuncia ante la Fiscalía el tráfico de guatemaltecos en la ciudad; de que el Ayuntamiento de Huelva nombrará Defensor del Ciudadano a un edil de IU ahora cesante y justamente rebelde… ¡Dios de mi alma, pero ¿cuántos Defensores tenemos en esta país tan indefenso, en el que, a la hora de los disturbios, ni se encuentra uno ni de milagro? No sabía lo que estaba haciendo quien introdujo entre nosotros esa figura nórdica del “Ondbusman”, tan necesaria como abusada por estos partidos clientelistas. Seguro que algunos de esos “defensores” me daban la razón. 

Urgencia en Urgencias

Llama la atención en un profesional acreditado como XXXXX Medina su actitud frente a un conflicto como el que hace tiempo que se vive en esos servicios de urgencias del “hospital de referencia”, es decir, del Juan Ramón Jiménez, que, según sus propios médicos, “van de mal en peor”. La tremenda pitada que éstos le dedicaron ayer puede ser el prólogo de acciones más graves que, de producirse, ciertamente habría no habría más remedio que reconocer que llegarían cargadas de razón ante el insultante desdén con que  los gestores sanitarios tratan a sus profesionales. Y ojo porque no se trata sólo de la imprevisible gravedad de esas acciones (los médicos dicen que renuncian a un huelga legal que la regulación abusiva de los “servicios mínimos” convierte en inútil), sino de la que implica que un sector tan vulnerable de la vida hospitalaria no encuentre salida a la situación de práctico colapso en que lo ha terminando sumiendo una “presión asistencial” intolerable. ¿El delegata, la consejera? Bien, gracias. Una vez pasadas las elecciones todo vuelve a ser menos urgente.

Arte y mercado

Comento con el crítico de arte José Antonio Chacón el imparable avance que lleva en el mercado la obra de Andy Warhol (cuyos retratos e iconos pop regala este periódico  a partir del domingo) respecto a la de Pablo Picasso, a la que está, por lo visto, a punto de alcanzar en las subastas, y Chacón me recuerda la frase lapidaria que el propio Warhol dejó lista para le mármol de la memoria: “Tras al arte vendrá el mercado”. En Christie’s se adjudicaba el otro día una de sus maravillas, titulada “Green Car Crash”, en más de 53 millones de euros, cifra mareante queda una idea de la extrema volatilidad del valor artístico en estos tiempos del cólera en que, según me cuenta un amigo que anda por las Venecias de Paul Morand, se expone en las salas del Arsenale de un Cristo colgado de un caza americano  -vieja “performance” del provocador argentino León Ferrari que viene echando mano de ella desde 1965– bajo el sugestivo título de “La civilización occidental y cristiana”. Pueden admirarse en esa “mostra” famosa, aparte del Cristo en cuestión, otros hallazgos fenomenales, desde el niño que juega al fútbol con una calavera en Beirut, obra de Paolo Canevari, a una maqueta del atentado a las Torres Gemelas o a un avión en movimiento continuo, sin contar con los vídeos sobre “percepción de la muerte” debidos al genio del chino Yang Zhen Zhong o a los murales confeccionados con chapas de botellas de vino que ha conseguido instalar para deleite de un público ávido de novedades cierto ganés desconocido. Mi amigo (el de Venecia) protesta de la contaminación  progresiva del propio centro clásico de la ciudad en cuyo Gran Canal luce en este momento un colosal cocodrilo rosa contrastando con la filigrana blanca y rosa de la vieja piedra gótica que admiraron los siglos. Olvídense de la obra de arte, no le den más vueltas, y abran su estimativa a esa “performance” que hace subir como la espuma las posturas subasteras. El pobre Tristán Tzara y los locos vieneses del “Cabaret Voltaire” no sabían –¡hace un siglo mal contado!– que la profecía mercadista de Warhol era ya una realidad cuando Hitler era todavía cabo.
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En eso de la ‘performance’ hay sitio para todo. Yo he visto a un tío empapelar impunemente un puente sobre el Sena y he leído que un tal Cosimo Cavallaro llegó a pintar un hotel con mozarella –con gran éxito de público y prensa- antes de fabricar su “My sweet Lord”, su famoso Cristo de chocolate suspendido del techo (90 kilos cabales), cuya exhibición se vio obligada a cancelar una famosa galería de Nueva York. Como he visto, más recientemente, un Cristo onanista en un catálogo financiado por la Junta de Extremadura, o una representación de Cristo y la Virgen en una sartén junto a una serie de animales insertos sobre escenas religiosas, a cargo, en esta ocasión, de la muy conservadora Generalitat valenciana y obra, por cierto, del mismo Ferrari que estos días trata de escandalizar, como tantas veces, en la Bienal veneciana. En Sevilla dio el cante su ‘bienalita’ con la muestra de un adolescente ahorcado que, francamente, a muchos no nos había parecido digno de ser tenido demasiado en cuenta hasta que nos hemos enterado de la irresistible ascensión de Warhol en ese Mercado que él conocía tan bien. Un hijo de Mitterand que se gana la vida como marchante, y también habitual de la ‘Mostra’ italiana, no ha sabido que contestarle a mi amigo cuando éste le ha preguntado con las del beri cuántos de estos cristos y cocodrilos perdurarán dentro de un par de siglos como desde hace muchos más perduran Giottos, Tizianos o Leonardos. Normal, incluso en un marchante. El negocio del arte no tiene por qué filosofar con sus buidas motivaciones. Muchos pintores mueren tiesos pero pocos traficantes. Al paso que lleva la que Ortega llamó “la deshumanización del arte”, la verdad es que tampoco hay que ser un lince para entender la profecía de Warhol.

Secretos a voces

No me parece que sea tan relevante que el Gobierno explique qué hacían dos viviendas de protección oficial convertidas en nidos de espías como que justifique cómo es posible que un servicio secreto pueda ser descubierto por los vecinos de la escalera. Que hubiera espías permanentes en Huelva sugiere, desde luego, que algo importante podría cocerse en la provincia, pero si es así, ya me dirán qué lógica tiene que la infraestructura utilizada pueda ser descubierta y denunciada en público por el primero que se lo preponga. Lo grave de lo sucedido en Huelva no es tanto, por supuesto, el compadreo patrimonial entre Administraciones públicas ni el mal uso de esos bienes destinados a los ciudadanos, como la inconcebible precariedad de un servicio básico para la seguridad de todos. Eso es lo que debe ser explicado ante todo por sus responsables y no la anécdota del mal uso de las VPO. Porque lo que es evidente es que los eventuales vigilados en Huelva harán tomado buena nota de esta ocurrencia sólo explicable por la condición de aficionados de algunos altos responsables.