El muerto, al hoyo

Veo a Maragall presidiendo el partido entres las “selecciones” de Cataluña y el País Vasco. Encantado de la vida, junto al fracasado Ibarretxe, en medio de la orgía de exaltación antiespañola, rodeado de senyeras e ikurriñas, cartelones proclamando el absurdo histórico de que Cataluña no es España y pancartas reclamando libertad para los presos de ETA. Así, como si nada. Como si en Cataluña no hubiera ocurrido nada o se hubiera secado ya definitivamente la sangre inocente derramada en Hipercor. Y algo peor: como si la memoria de Ernest Lluch no valiera un pito, como si fuera decente reclamar el indulto para los forajidos que le volaron la cabeza de dos tiros no hace más que unos años. O presidir su reclamación. Y justo el mismo día en que el PSOE reclama por la tele la rehabilitación de Juan Negrín, la víspera de que sepamos que el Gobierno ha negociado con Batasuna –una organización terrorista—el cambalache judicial que pondrá en la calle a un asesino de veinticinco ciudadanos. Imagínense el lío: mucha “memoria histórica” para unos –ponen los pelos de punta las esquelas guerracivilistas de los periódicos—y el olvido para otros, incluso para los más próximos, hasta para el “compañero” abatido, mucha severidad para juzgar los crímenes de antaño y guante de seda para manipular los recientes. El olvido de Ernest Lluch para propiciar la libertad de De Juana Chao, así, con toda la cara del mundo, como quien no quiere la cosa, total, presidiendo un partidillo entre dos seleccioncillas aclamadas como símbolos de una independencia de no se sabe qué opresión, como emblema una autarquía inventada. ¿Lluch, los de Hipercor, los mil muertos de estos años? En política no hay más cera que la que arde: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Ni se les habrá pasado por la cabeza a los maragallianos, entre canapé y canapé, la cabeza volada de Lluch. ¡Qué partidazo! La secesión ha ganando por goleada a los babiecas de Madrid.
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La última vez que vi a Lluch andaba por Sevilla camino de Riotinto, donde creo recordar que se traía entre manos alguna utopía inverosímil. Le mostré mi extrañeza por su generosa deriva aberchale y él me reprochó alguna postura mía que le disgustaba. No fue mucho más tarde cuando me enteré de que sus avanzadas tesis sobre la autonomía vasca le habían costado la vida como antes le habían acarreado el rechazo de muchos de los suyos. ¡Qué lástima! Si llegan a darle seis años de margen, podría haber asistido en el Nou Camp a esa apoteosis frenética en la que, junto a los cómplices explícitos de los asesinos, sus propios compañeros, ¡los suyos!, se desgañitaban pidiendo la impunidad de los pistoleros que lo quitaron de en medio, a saber por qué, que ése es otro y no el menor de los enigmas que su atentado plantea. ¿Recordaría Maragall a Lluch viendo esas pancartas conchabadas, al oír esas consignas vernáculas, ininteligibles fuera de la tribu, pero cuya intención no dejaba lugar a dudas? ¿Recordaría a las demás víctimas de ETA en Cataluña durante los años de plomo? ¿Y ZP, habrá recordado ZP a Lluch, al medio centenar de víctimas caídas en su región, le habrá cruzado por la cabeza la imagen de tantos caídos de su propio partido, viendo ese festorro lugareño encabezado por dos presidentes autonómicos, o quizá habrá visto adelantados en esas pancartas sus propios proyectos? “Presoak kalera”, presos a la calle. ¿Acaso no estamos viendo como el propio Gobierno ajusta con la banda terrorista esa operación? Vuelvo a recordar a Lluch en Sevilla, crítico y lanzado, independiente pero discreto, y no les cuento algunas de sus censuras porque nunca me pareció decente hacer hablar a un muerto. Un muerto que veía salidas mientras vivió donde acaso no las hubiera y que, por eso precisamente, no pudo seguir viviendo. Sus compañeros proponen ahora la impunidad de sus verdugos junto a la voladura histórica de España. Ni les cuento lo que no les quiero contar de lo que entonces me dijo.

Otra reforma pendiente

De las tres promesas aurorales del PSOE autonómico –la “reforma sanitaria”, la “reforma agraria” y la “reforma de la Función Pública”–, una parece imposible, la otra duerme momificada por el desuso en la Morgue y la tercera está claro que la Junta no tiene el menor interés en plantear siquiera. Interinos, laborales, aprobados sin plaza, contratados a mogollón, “asesores” por un tubo, lo que ustedes quieran, menos un plan claro y cierto recluta del personal atento sólo a las capacidades. La Junta viene destrozando esa Función Pública en un mosaico de funciones y categorías que conviene mucho a sus objetivos partidistas pero que hacen imposible un desarrollo normal de la Administración, aparte de provocar un gravísimo perjuicio a los aspirantes a la carrera administrativa. Al Defensor del Pueblo, ni lo escucha, en el Parlamento nunca se ha pasado de las buenas palabras, los sindicatos están entregados. Ya me dirán cómo esperar que funcione bien una autonomía a la que parece que le sobra todo menos la eficacia. 

La comedia partidista

Es muy curioso el argumento de Chaves, de su fiel escudero Pizarro y del propio tránsfuga alcalde de Gibraleón: quien sea, incluso un tránsfuga, será candidato “si el pueblo quiere”. ¿Sí, desde cuándo? ¿Alguien ha preguntado al pueblo alguna vez desde el “aparato” por los candidatos de una lista? ¡Pero si ni siquiera han sido capaces de consultar a sus ‘bases’ en las prometidas y abandonas “primarias”! En toda la historia del PSOE onubense los candidatos han sido impuestos desde arriba, ni más ni menos que como los en los demás partidos. Lo demás son cuentos y patrañas que, aparte de todo, no encajan ni a martillazos en el paisaje político que está a la vista. ¿Qué pueblo situó a un asturiano desconocido como Barrero a la cabeza de ese “aparato”, qué pueblo decidió la defenestración del auténtico fundador del partido, Carlos Navarrete, qué pueblo confecciona esas listas-cremallera o qué pueblo se acordó alguna vez del autodidacta Mario Jiménez? ¡El pueblo! No existe mayor cinismo político que invocar al pueblo desde la covachuela de un partido. 

La danza macabra

Va a resultar que se equivocaba Apollinaire al dictaminar que nadie puede danzar toda la vida con el cadáver del padre a cuestas. ¡Vaya si se puede! Si hace poco se armaba la tremolina diplomática reclamando el cuerpo de El Zarqaui, una noticia recién llegada de Buenos Aires revela el proyecto del peronismo sin fin de instalar el cadáver de dictador, junto al de Evita, en una especie de templo laico dentro de la CGT. El guión incluye el consabido cortejo fúnebre a campo a través desde la Chacarita a la central sindical, un macabro ritual que tiene varios precedentes en la historia argentina como los tiene en la española desde doña Juana la Loca hasta el traslado de Primo de Rivera desde Alicante a El Escorial, siempre con el tenebrismo de los tafetanes negros y las antorchas nocturnas. Alguien ha escrito ahora con tino el término ‘necrolatría’ para referirse a estas medievales “danzas de la muerte” replicadas en plena modernidad, pero yo creo, conociendo los percales, que con usar ‘necrofilia’ tendríamos más que de sobra para aludir a unos usos sólo explicables desde la mentalidad más siniestra. A Evita la raptaron muerta los milicos de Aramburu en 1955 para llevarla, tras una odisea en la que intervino hasta Pío XII, al cementerio de Milán donde reposarían hasta que, tras el secuestro y asesinato de aquel, un canje permitiera su traslado a la célebre cripta de Puerta de Hierro –ante la que cuentan que el General concelebraba sus misterios asistido del Brujo y la Perona—y, finalmente, al panteón familiar del cementerio porteño de La Recoleta sobre el que campea el lema viejo “Volveré y seré millones”. Se cuenta una historia terrible sobre las custodias de ese cadáver exquisito cuyo sudario acabó subastado en Christie’s, pero tampoco faltan cuentos sobre el de Perón, cuyas manos fueron amputadas por unos profanadores y al que anduvieron pensándose muy en serio como restaurar, en plan soviético, Menem y hasta Duhalde, sin contar con la patraña de la presunta hija que alguna vez, allá por los 90, reclamó su fúnebre alícuota para comprobarle el ADN. ¡Vaya si se puede danzar toda una vida con esa carga! Tratando del tema, Vargas Llosa habló hace diez años de “los placeres de la necrofilia”. No les digo más.
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Extraño país, Argentina, laberinto difícil en el que de la noche a la mañana, de creer a los optimistas, se ha pasado del “corralito” a otros buenos tiempos, tras tres años consecutivos de crecer al 9 por ciento, una gestión fiscal que ha roto en superavit, un alto nivel de reservas, avances decisivos en la reestructuración de la deuda externa y control razonable de la inflación, pero en el que, si damos crédito al realismo crítico, también habría crecido la tasa de paro y, más allá de una pobreza calculada en casi cuatro millones y medio de afectados, se calcula una “tasa de indigencia” que concierne nada menos que a 2.700.000 personas. Ése es a grandes rasgos el paisaje real en el que maquinan los necrófilos para instituir el nuevo culto a su dios cívico –un poco como los positivistas franceses hicieron con Augusto Comte al levantarle la famosa capilla– y sólo dentro de él tiene sentido buscar las claves de un psiquismo colectivo incapaz de desprenderse de sus dos ganchos tradicionales, la necrofilia y la cleptocracia, a pesar de disponer de más de un “analista” por metro cuadrado. Un extraño país en el que cabe el humanismo de Cortázar o la sabiduría de Borges junto al tétrico esperpento de aquel coronel Koenig que era, según Vargas, alcohólico, paranoico, tenebroso, fetichista y amante necrófilo. Más de un taxista porteño me ha explicado la “hiperinflación” con maneras profesorales pero siempre hubo una pregunta sin respuesta entre tantos amigos argentinos y era la que inquiría la razón de la religión peronista. Ver a la CGT, el mítico sindicato, organizando funerales a estas alturas puede tal vez reavivar nuestra perplejidad pero no tiene por qué sorprendernos demasiado.

El Imperio de la ley

No hay una sola causa que explique la arbitrariedad con que funcionan las Diputaciones, sino que hay muchas, entre ellas y sobre todas, la lentitud de la Justicia y el irreversible beneficio político que comporta la política de hechos consumados. Ahí tienen a la Diputación de Almería coleccionando autos y sentencias adversas como si oyera llover –lleva reunidas en este momento veintinueve nada menos–, como un ejemplo señero del régimen de arbitrariedad en que se mueven esas instituciones obsoletas que nunca debieron sobrevivir a la descentralización autonómica y que funcionan, en realidad, como gran silo y asilo de los partidos que las gobiernan. Algo debería poder hacerse cuando una institución es reprobada veintinueve veces por la Justicia pero no hay nada que hacerse pueda, al parecer. Con las Diputaciones no queda otra solución que, como tantos políticos confiesan ‘off de record’, ir pensando en disolverlas en un régimen autonómico con todas las de la ley. 

Hermanos separados

Sé bien que hablamos de un tema aviejo, de una reliquia del imaginario progre incapaz de percatarse del paso del tiempo, pero la vuelta a la actualidad de la reclamación de una carretera Huelva-Cádiz, la plantee el PP o su porquero, es algo que el PSOE (la Junta de todos, la Diputación de ellos) no va a tener más remedio que acabar tomando en cuenta tras la incorporación de los empresarios a la demanda. La Confederación de Empresarios de Cádiz (CEC), las Cámaras de Comercio de esa capital y de Jerez, junto a las de Sevilla, Huelva y Ayamonte, además de la Federación Onubense de Empresarios (FOE) representan a un sector demasiado amplio e influyente de la vida de las dos provincias que no puede ser olímpicamente desoído por un arbitrismo que, a estas alturas, resulta ya un poco arcaico. No tiene sentido mantener el histórico aislamiento de dos capitales geográficamente vecinas más allá del elemental acuerdo medioambiental cuando estamos ya unidos por autopista en todas las direcciones posibles.