Gato por liebre

Despreciable la boga de la traición política, el mísero apoyo de algunos partidos a esos que venden lo que no es suyo, con tal de ganar políticamente. Y en Punta Umbría, además, económicamente, porque es evidente la relación entre la puñalada del tránsfuga que arrebata el control municipal al Gobierno salido de las urnas con el brete en que se encuentran los “amigos políticos” del PSOE, a los que se le exige devolver miles de millones con carácter inmediato. Era evidente que alguien tendría que echar toda la carne en el asador y la ha echado con éxito. Una vergüenza que viene a aumentar el antidemocrático círculo vicioso de concejales comprados y partidos compradores en el que se encuentra encerrada la democracia formal. El PP de Punta ha jugado demasiado fuerte. Quizá no ha valorado lo que puede dar de sí un rentoy milmillonario respecto del cual todo precio ha de resultar barato. Es una vergüenza lo que está ocurriendo en el mercado de escaños onubense. Miles de vecinos ven sus votos empujar hacia el lado contrario mientras, estimulados por el principal partido, se forran un puñado de esquiroles.

Clinton el casto

El expresidente Clinton anda cumpliendo estos días los sesenta años y reconoce acusar el golpe pero encajarlo con deportividad. Tanto es así que en la XVI Conferencia Mundial sobre el SIDA, celebrada en Toronto, los delegatas se han levantado unánimes para entonar el “Happy Birthday”, como está mandado, y reconfortarle de tan duro golpe. “Me había acostumbrado a ser el más joven de todos, pero me desperté una mañana y descubrí que era el más viejo”, imaginen qué dolor, como diría Lola Flores. Ha sido muy notable la intervención del exmandatario y su señora en esa reunión clave para millones de personas en el mundo, en la que se ha insistido en las famosas y escalofriantes cifras que ya conocemos: cuarenta millones de infectados (la mitad de ellos en África), cinco mil muertos al año y ocho mil nuevos infectados diarios a causa de al enfermedad, cinco millones de contagios y tres millones de muertes en un solo trimestre más el resto que ustedes conocen, seguramente, de sobra. Nuevos datos han surgido como inútiles fantasmas de la canora reunión de Toronto: la epidemia crece a razón de cuatro millones de víctimas anuales y una de cada siete defunciones en el mundo están relacionadas con la enfermedad. Y otros, que parecen viejos, reafirman la incapacidad real del mundo rico para meterse a fondo en ese berenjenal, soltar la mosca sin cicaterías y poner en su sitio a los príncipes de la farmaindustria. Fíjense: de los casi 15.000 millones de dólares que se estiman imprescindibles apenas se dispone de 9.000, y la cosa puede ser peor pues para el 2007 se calcula que la factura superará los 18.000 millones. Una viñeta aparecida en la prensa francesa decía hace poco que para romper ese cuello de botella sería preciso que trincaran el síndrome fatal un buen puñado de cardenales, barandas y magnates. Y desde luego, parece obvio que la frialdad con que se contempla la tragedia a este lado del Paraíso tiene mucho que ver, en efecto, con la conciencia de ajenidad. También el SIDA es una enfermedad de clase, al menos atendiendo a los grandes números.

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Si hace poco el Vaticano se dejaba caer con la extravagancia de autorizar el uso del condón al cónyuge que tuviera constancia expresa del contagio de su pareja, ahora ha sido el propio Clinton quien, tras proponer tres medidas/remedio –el uso de microbicidas, la circuncisión masiva y los tratamientos preventivos de los grupos de riesgo–, se ha mostrado abiertamente partidario –las elecciones al Senado están encima y su señora aspira a un escaño—de la abstinencia sexual como mejor y más expeditiva solución al apocalíptico problema. ¡El hombre del Despacho Oval, el malabarista del puro y la becaria, quien fue capaz de interrumpir el chalaneo con Netanyahu en plena crisis de Oriente Medio para darse un revolcón, recomendando castidad con acento wojtiliano! Un diputado de El Olivo, Ermete Realacci, ha aprovechado para hacer el chiste fácil de decir que, por más esfuerzos que hace, no consigue ver al mandatario americano “como profeta de la abstinencia”, pero a mí lo que hubiera gustado es verle la cara a Hillary mientras escuchaba a su marido parir semejante discurso. Desde la altura de la edad se aprecian con claridad superior las ventajas de la virtud, qué duda cabe, y hasta se comprende que uno esté más dispuesto a sostener tonterías sabiendo que a continuación la panda congresual se pondrá en pie para cantarle a coro el “Happy Birthday”. Hay que decir, en cualquier caso, que la apelación a la abstinencia es la mejor demostración de fracaso que cabe en boca de quienes tienen en su mano atacar el mal en su raíz y por el lado razonable. Ocho mil personas se habrán infectado, de hecho, entre el momento en que escribo estas líneas y aquel en que usted pueda leerlas impresas. Se comprende el radicalismo del viejo Clinton. Los riesgos, de todas formas, no son los mismos en el infierno africano que en el Despacho Oval.

Estupenda inocencia

Cuando leo, un día sí y también el siguiente, las protestas de los empresarios imputados en Marbella, reclamando rigor con la presunción de inocencia y todo lo demás, no puedo dejar de rebelarme en el sentido de que algo tendrán ellos que ver también con aquellos desmanes, como piezas imprescindibles de un montaje entre dos partes, la prevaricación de una de las cuales, no implica la inocencia de la otra. Salir ahora con que esos linces del negocio ignoraban si una licencia se ajustaba a la Ley o no, decir que un promotor de gran altura no sabe si el terreno sobre el que construye es edificable o no lo es, es algo que no cuela ni en esta Babia corrupta en la que demasiada gente “comprende en el fondo” la lógica de la corrupción. Nadie debe discutir el derecho que asiste a los imputados, pero tampoco es cosa de se nos tome por idiotas proponiéndonos la idea de que la culpa era exclusiva del gilismo y su descendencia, mientras que los beneficiarios del apaño eran inocentes como ángeles. No hay inocentes en el lío de Marbella. Nadie puede llevarse la pasta ilegalmente con las manos limpias.

Homenajes y silencios

 No hay por qué sorprenderse del homenaje de los tránsfugas que gobiernan Gibraleón a quien es, en realidad, uno de los suyos, y aparte de eso, el segundo empleador del pueblo. Esos tránsfugas y su partido arriman el ascua a su sardina, como es lógico, y ahí acaba su problema. El que no acaba es el del Obispado, cuyo silencio ante la extraña odisea de este cura “emprendedor” trasluce la dificultad que siempre tiene la jerarquía a la hora de destapar ollas rebullentes. Que el obispo entrante se encuentre con un reajuste general de párrocos que afecta a la tira de ellos pero no toca ni un pelo a este cuestionado personaje, dice mucho sin abrir la boca. Las “dos espadas” saben que ganan llevándose bien y eso está a la vista en Gibraleón como lo está en el palacio de el Conquero. El cura de Gibraleón no es un párroco cualquiera, sino un gran empresario con estratégicas alianzas con el partido en el poder. Demasiado para un obispo interino. Y seguramente también para el que lo suceda.

El bandido generoso

Muchos hemos coincidido en el concepto viendo cómo se las gasta Hizbulá en el Líbano: “un Estado dentro del Estado”. Hace tiempo –desde que se dejó entrever la bandera blanca—que columnas de ambulancias, camiones, máquinas de construcción, brigadas de médicos e ingenieros, descienden hacia el sur del país como una marea por las carreteras recién liberadas de los bombardeos. Hizbulá se propone continuar en la paz el protagonismo que desempeñó durante la guerra y cuenta para ello, no sólo con la ayuda económica sin tasa de Irán sino con el sostén militar de Siria, dos factores que la convierten en el amo político de un Gobierno títere en el que, por lo demás, cuenta ya con varios ministerios. No hay que engañarse, sin embargo: todos los terrorismos aspiran a ser un Estado dentro del Estado, es decir, a suplantar al orden legítimo por un orden impuesto ocupando el lugar de la institución legítima. En pleno romanticismo español lo expresó mejor que nadie un bandolero andaluz, José María Hinojosa, ‘El Tempranillo’, que se las traía tiesas con el tiránico rey y burreaba a sus ministros y embajadores como le daba la gana: “El Rey mandará en España, en la Sierra mando yo”. Así de claro: dos poderes paralelos, dos territorios y dos órdenes distintos y, naturalmente, enfrentados. Todo terrorismo aspira a suplantar al Poder. Para verlo no hemos de irnos al Líbano; tenemos bastante con escuchar lo que estos días dicen aquí en España los voceros de ETA o con traducir con sinceridad las claves del desafío político y la intención de su trágala permanente. Para lo que sí puede servirnos el espectáculo intolerable de Hizbulá en Líbano es para irnos haciendo una idea de lo que puede ocurrir aquí de seguir por donde vamos. En Cataluña el mismísimo presidente regional no se corta un pelo ya para decir que, de hecho, hoy las competencias del Estado en la región son meramente “residuales” –esto es, “El Rey mandará en España, pero aquí no mando más que yo”—, y en el País Vasco la banda trata de dejar claro que el “proceso de paz” lo condiciona y dirige ella al reservarse la última palabra, que es la del tiro en la nuca. El Estado puede tirar millas flexible y descentralizado, pero no puede permitir que lo suplanten. Y el éxito de todo terrorismo consiste en conseguir esa suplantación.

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Ni que decir tiene que la ‘representación’ política es menos importante en ese teatro que el ‘guión’ cívico. La riada reconstructora de Hizbulá –sus indemnizaciones, su ayuda sanitaria, el apoyo material– es mucho más convincente que su poderío político, tal vez más incluso que su potencia militar, porque al asumir esa función básica del Estado que es la reconstrucción civil perfecciona su perfil de poder legítimo. También ‘El Tempranillo” –eco del bandido inmemorial que va desde el Bulla romano a Giuliano pasando por Robin Wood—practica esa táctica romántica de la ayuda que abre la leyenda de “el bandido generoso”, igual que hace ETA con los suyos. Nunca ha estado más claro que ahora el carácter bandolero del terrorismo, pero no hay que olvidar que Hosbawm explicaba estas famas porque la insurgencia rebelde permite a la masa sublimar su fracaso colectivo. David venciendo a Goliat: esa era la imagen con que Caro Baroja ilustraba el fenómeno. Pero David aspira y suele acabar coronado, no se olvide tampoco, lo mismo que la mesnada terrorista cifra su victoria en su refundición burocrática como poder público y legítimo. Barbarie por barbarie, parece obvio que Hizbulá sale ganado de este pulso mal calculado por Israel ni más ni menos porque se está convirtiendo en el auténtico Estado del Líbano. El otro –el libanés, valga la paradoja—empieza a ser ya mero comparsa. Hizbulá, el “partido de Dios”, gana finalmente su guerra no en el campo de batalla sino en la retaguardia de la paz, sobre las ruinas del desastre. Ella es ya el Estado, sin más. Sería estupendo que aquí tomáramos nota.

Hechos consumados

Al presidente de la Gestora impuesta por Chaves en el Ayuntamiento de Marbella no lle llega la camisa al cuerpo ante el reto que supone esa pila de edificios ilegales o sin licencia con los que nadie sabe qué hacer a estas alturas, que es justamente lo que había calculado el gilismo: que al final, las situaciones irregulares se acaban legalizando por hache o por be. Dice el cuitado que el informe de la Comisión Técnica “debería alumbrar la posibilidad legal” –nótese el rebuscado eufemismo—de adoptar medidas transitorias orientadas a perjudicar lo menos posible a los infractores y, por descontado, no deja de invocarse el argumento de oro: el castigo que la aplicación de la Ley supondría para el empleo. Hechos consumados: Gil gana batallas después de muerto, como un nuevo Campeador, y el imperio de la Ley pierde terreno a ojos vista. Hay muchos e importantes padrinos tras las ilegalidades de Marbella, no cabe duda, y parece visible que el presi de la Gestora lo sabe bien.