El camelo de Delphi

No se puede imaginar camelo mayor que el propuesto por el ignoto consejero de Trabajo (vi una encuesta alguna vez en la que su  ‘índice de conocimiento’ era prácticamente plano) cuando dice que el cierre patronal de Delphi, o sea, el despido de 1.600 trabajadores directos, constituye, en realidad, una “oportunidad” para Andalucía ya que “hoy existe un debate sobre inversiones que no existía hace años”. Hombre, el nivel de incompetencia está por los suelos, ya lo sabemos, pero una afirmación semejante la verdad es que merecería el sartenazo inmediato de un gobiernillo regional que conservara siquiera una mínima noción de su dignidad. ¿Cómo se puede ser tan membrillo para tratar de engañar al personal con semejante ocurrencia? ¿Y cómo le habrá sentado a los despedidos ver al consejero de Trabajo felicitarse por la desgracia de los trabajadores? Menos mal que no lo conoce nadie, después de todo, porque en caso contrario teníamos una vez más cachondeo nacional para una temporada.

El cuerpo prohibido

A la nueva presidenta de la Dipu no le gusta la escultura famosa que mostraba sus pudendas sin recato en plena institución. A un servidor tampoco, qué quieren que les diga, no porque enseñara o dejara de enseñar –¡para una  vez que lo enseñado pudiera merecer la pena!– sino por su aflictiva factura. La presidenta no es ni ha sido nunca, por lo demás, eso que se dice una mujer pacata, ni mucho menos, lo que sugiere que, como a tantos de nosotros, simplemente debe de haberle rechinado ver esa cosa allí exhibida. ¿Cuál de sus predecesores sería el que la colgó, por cierto? Soslayada esta cuestión, de momento, parece claro que los modos y maneras podrían cambiar en el “Ayuntamiento de Ayuntamientos”, confiemos en que no sólo en el plano decorativo. Ya puestos, también se podría podar, siquiera un poco, ese gabinete innumerable de asesores y “arrecogíos”, aunque eso no parezca verosímil, y optar por una política verdaderamente provincial y no partidista. Cosas más raras se han visto y donde menos se piensa salta la liebre. Esta vez no se podrá decir que los fallos lo sean por falta de fuerza en el “aparato”.

Ricos entre los ricos

No anduvo fino el profetismo marxista anunciando el apocalipsis del Capital. Ni se ha derrumbado el Sistema, como esperábamos, ni sus contradicciones han acabado por estrangular sus mecanismos sensibles, ni Cristo que lo fundó. Al revés. Hay demasiados indicadores que confirman que la economía del “modelo desigual” va viento en popa, incluso admitiendo que la parusía de la “new age” fuera un espejismo del que ya apenas se habla. Ahí está el dinero, tan terne, aguantando el tirón de las Bolsas globalizadas, carcajeándose del pequeño inversor membrilláceo que no sigue apostando por las “Matildes” sin sospechar siquiera que el juego hace tiempo que pasó incluso de los “derivados” y “futuros”. Ahí andan los nuevos ricos –más numerosos y ricos que nunca– con sus “haigas” recién horneados y sus “prêt-à-porter” impecables, comprando alfoces enteros para edificar sobre ellos nuevas poblaciones, especulando al por mayor con la imprescindible complicidad de los poderes concernidos. Hay países donde el millonarismo es novedad, como China, donde las cifras marean y la realidad del mundo subyugado que hace posible el milagro (el reciente hallazgo de los esclavos utilizados por los magnates de la construcción es un buen ejemplo) va conociéndose poco a poco, o como la India, ese hormiguero humano que ha descubierto el negocio exponencial que permite la explotación de las hormigas, o en el Singapur que ha dejado de ser referencia novelística para concretarse en la imagen reconocible del mercado y sus trajines. En Rusia –ay– crecen como las espuma los millonetis, en especial los precoces, jóvenes alimañas, muchas veces con un pie dentro de la mafia y el otro en el aire. O en Hong Kong, ahora gozne entre dos mundos, bisagra de los dos modelos, o en el Isreal que no se detiene a pesar de los pesares, o en Corea, lo mismo en la floreciente y americanizada del Sur que en la fanática de los norteños: ricos por doquier, una compañía de privilegiados que crece sin pausa en un mundo que ve aumentar simultáneamente su pobreza –¿no será ésa la otra cara de esta luna?–, qué se le va a hacer. Lo del camello y el ojo de la aguja va de capa caída, aunque no menos que los apocalipsis anunciados por el milenarismo laico.
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Un estudio sobre la “Riqueza en el Mundo” aparecido hace poco sostiene, por lo demás, que el ritmo de acumulación es creciente, de forma que los ricos lo son más cada día y cada día hay, además, nuevos ricos en el mundo. Las grandes fortunas crecerían así, más o menos a un 12 o 14 por ciento, entendiendo por tales aquellas que superan el millón de dólares, excluido el valor de la primera vivienda y el de los bienes consumibles, y todo indica que el gran factor de ese proceso es la inversión inmobiliaria. Y dentro de ellas, las que pudiéramos llamar superfortunas poseídas por los ricos entre los ricos (un mínimo de 30 millones de dólares) rozan ya las cien mil, aunque junto a las americanas y japonesas, más convencionales, parece ser que hacen furor las que andan emergiendo por el confín asiático y en el área del Pacífico. O sea que tampoco llevaba razón Solchaga cuando proclamaba que España era el país en que cualquiera podía hacerse millonario en menos tiempo, las cosas como son, y dicho sea, por supuesto, sin que ello suponga negar del todo un aserto que confirma la legión de ricos nuevos surgidos a la sombra de esta economía de infarto. Da lo mismo, por lo demás, el color del poder a estos efectos, pues desde Chequia a Indonesia pasando por los tiránicos emiratos o por la demofrenia española, el proceso se repite constante como un reloj. A Marx se le debió pasar algo por alto, pero no les digo nada lo que debió escapársele a los pioneros de las Trade Unions o a los tipógrafos de nuestro movimiento obrero. Los pobres son felices, “beati pauperes”. Bismarck que lo tenía más claro le dio la vuelta con su “beati possidentes”.

‘Ite misa est’

Hubo un tiempo, un largo tiempo, en que la Iglesia mantuvo con firmeza el criterio de que los textos sagrados –la palabra revelada– no fueran traducidos a las lenguas vernáculas. Había que proteger con ese efectivo cordón sanitario que es el misterio la sustancia de un legado que quienes manejaban una sociedad rígidamente estamentalizada entendían que era mejor no abrir a eventuales interpretaciones, porque las exégesis se sabe cómo empiezan pero nunca como pueden acabar. No ya en los siglos llamados “oscuros” sino en pleno Renacimiento y, ni qué decir tiene, durante la Contrarreforma, el secreto litúrgico ampara para conservarlo eso que se entiende por “mysterium fidei”, reservando en exclusiva para los espíritus doctos la letra y el espíritu de una religión “humana, demasiado humana” si se quiere, pero expuesta a arruinarse, si se la exponía a la luz. Una larga batalla, como se sabe, que en Trento los padres implacables consagraron cuando ya la culta Europa iba por otros rumbos y Lutero había traducido sin contemplaciones el mensaje secreto a la lengua de todos, ya a la sombra de una cultura de naciones que resultaría imparable en adelante. Nosotros no hemos conocido esa vaina, claro, pero sí que alcanzamos a vivir (muchos, al menos) el rigor canónico de unos latines, siquiera dominicales, que sonaban lejanos en la misa instituida por Pío V y que el pueblo de Dios chapurreaba como un papagayo colectivo, hasta que, tras el Concilio (porque si no me equivoco no fue el propio sínodo quien hizo el cambio), un buen día el cura le dio la vuelta al altar y, cara a cara con el respetable, le habló por sorpresa en la lengua vigente y no en un idioma muerto. Bien, pues ahora parece que el papa Ratzinger –que anda asomando la patita por debajo de la puerta por si quedaba alguna duda de su larga involución– ha decidido dar gusto a los integristas restaurando la misa latina que creíamos perdida para siempre. Habría mucho que decir sobre el tema, por descontado, pero lo primero que se me ocurre es que las van a pasar canutas a la hora de encontrar latinistas para enseñar en el seminario.
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Es posible que la misa vernácula, esa liturgia a la que se le entiende todo, haya rebajado inevitablemente el famoso “mysterium fascinans” y que con ello en la parroquia haya ganado enteros cierta forma de religiosidad positiva, como lo es que ha habido abusos en esa feria que no han conseguido más que banalizar la función. Ahora bien, me da que va a resultar poco menos que imposible darle la vuelta de nuevo a ese altar para que el sacerdote oficie vuelto de espaldas en una lengua enigmática desterrada ya prácticamente hasta de los planes de estudio. El retorno del latín será, obviamente, selectivo, limitado a círculos concretos de la galaxia fundamentalista y, por supuesto, a algún que otro asteroide fuera de órbita como quizá un servidor mismo. Pero lo que no va a haber modo de ocultar es que ese retorno es una involución hasta el punto de que, además del argumento reaccionario de los lefebvristas, constituía la seña de identidad del papa Clemente y sus secuaces. Está claro que la gente cambia, incluso los papas, y éste Ratzinger tiene poco que ver tal vez con el que conocimos en mi generación, introducido entre nosotros por el duque de Alba, con el lobo todavía inadivinable bajo la piel del cordero o viceversa, como quieran, cuando había sabios en la izquierda de la culta Europa empeñados en sintetizar la enzima vital cristianismo con el principio marxista. Han pasado los años, demasiados seguramente, y desfilado varias generaciones de fieles con el oído hecho a la palabra asequible y no al mensaje críptico, para que ahora venga un oficiante de buenas a primeras y, vuelto de espaldas, les proponga celebrar la despedida (eso significa ‘missa’, ‘despedida’) en palabras ininteligibles. A más de uno le va a rechinar la oreja cuando oiga llamar de nuevo Sabaoth al mismísimo Dios padre.

El viaje político

Chaves se va a China tras las huellas del Rey, seguramente reclamado con urgencia por graves necesidades andaluzas. Los políticos guardan para el verano estos superviajes oficiales, costosísimos y generalmente inútiles (ya me dirán qué va a conseguir en China Chaves que no haya logrado el Jefe del Estado), al que, encima, no acuden solos sino acompañados del séquito que merecen sus augustas personas. Y le pasan la factura al pueblo soberano, claro está, ajenos a tantas necesidades reales, incluso inaplazables, con toda la tranquilidad del mundo. Si en Andalucía hubiera un Parlamento digno de tal nombre exigiría que el Presidente explique para qué ha servido, siquiera alguna vez, uno solo de esos prohibitivos periplos que no son más que vacaciones gratuitas pagadas por el contribuyente. Es tal el convencimiento de que lo merecen todo por su bella cara que ni se plantean que la región más pobre de España pague viajes tan suntuarios como inútiles. Y tanta la debilidad de nuestra democracia que ni siquiera existe la posibilidad de pedirles, ni por una vez, que justifiquen tanto despilfarro.

Ciega imprevisión

Si una provincia que aumenta de población en verano como lo hace la onubense debe aumentar proporcionalmente sus fuerzas de seguridad, carece de sentido meter la cabeza bajo el ala y, con cuatro sofismillas de andar por casa y unos cuantos policías en prácticas, salir del paso año tras año. Pero si esa provincia se ve marcada, como a la nuestra acaba de ocurrirle, por una amenaza terrorista innegable, no dotarla de un dispositivo extra constituye una auténtica temeridad. El baile de cifras que se trae el Gobierno deje ver a las claras que se están haciendo malabares para escurrir el bulto y seguir adelante como si el acontecimiento de Ayamonte no hubiera sucedido y la amenaza que implica no debiera ser tenida en cuenta antes que nada por la autoridad. Ojalá no hay que lamentarlo, pero si así fuera esa autoridad no podrá venir luego con el cuento de los imponderables porque hasta el más lelo comprende la necesidad de reforzar ahora, sin tardanza, la seguridad de la provincia.