La sagrada familia

Hay tropecientos mil chiringuitos de defensa de la sacrosanta familia, cientos de funcionarios dedicados a velar por su unidad y conservación, así como por el respeto sus derechos esenciales. Pero llega un caso como el de la famosa “madre de Iván y Sara” –la mujer desdichada privada de su prole por padecer alcoholismo pero rehabilitada en vano para recuperarlos– y se le caen a uno los palos del sombrajo, nos devora la piedad por esa madre enferma terminal a la que, a pesar de haber ganado todos los pleitos ganables, las Administraciones siguen toreando para negarle sus derechos y, por supuesto, para no pagarle la fuerte indemnización impuesta por los jueces a la Junta. Lo que ocurre con esa madre es un disparate por no decir algo peor, una falta de conmiseración y de sentido de la justicia que clama al cielo. Eso sí, seguiremos oyendo himnos a la familia desde al altavoz oficial, que eso viste mucho. A esa madre se le han arrebatado no sólo sus hijos sino sus derechos. Es una pena que alguien no crea llegado le momento de detener semejante ensañamiento.

La osadía del ‘delegata’

El ‘delegata’ de Salud en la provincia, esa calamidad pública que debe su permanencia en no escasa medida a las propias críticas recibidas desde todos los ángulos posibles, ha salido al paso al alcalde para acusarlo de desconocer la sanidad onubense de la cruz a la raya. ¿Y los médicos, y los sanitarios en general, y los usuarios, y los sindicatos, tampoco ellos conocen lo que ocurre en ese “caos” que son las urgencias del “hospital de referencia”, nuestro ‘Juan Ramón Jiménez’. El responsable indemne de las crisis causadas por la legionella en los hospitales, el fracasado de la famosa campaña contra la meningitis, el incapaz de resolver años tras años los atascos sanitarios del verano, el dontancredo que ve impávido cómo son agredidos sus facultativos (ocho en poco tiempo) y que nunca fue capaz de remediar, siquiera a medias, el colapso de las urgencias…, se permite dar lecciones a un alcalde que no hace más que lo que debe al situarse frente a un problema que el SAS resulta incapaz de solventar.

La fiel infantería

Acto emocionante en Paracuellos del Jarama. Suspiros y lágrimas, nudos en la garganta y caras de circunstancias en la bancada oficial. Ha sido tremendo lo del Líbano, dura la imagen de nuestros soldados indefensos ante el enemigo invisible, desmoralizadora la versión del Gobierno confesando que nuestras tropas no están protegidas, como se prometió al partir, porque el pedido de inhibidores de frecuencia no se hizo más que cuando ya no daba tiempo a fabricarlos. ¡Hay que joderse! Había en el aire como un reproche mudo, como una queja contenida que repetía la que horas antes habían difundido por los medios los familiares de las víctimas, indignados con la indiferencia de la autoridad, con el despego demostrado hacia todas ellas. Sin contar con el silencio del Presidente, un silencio ominoso que no bastaba a disimular el gesto severo, no poco teatral, que mantuvo durante toda la ceremonia, tal vez sintiendo cómo la sombra del Yak 42, ¿recuerdan?, planeaba ahora sobre el mismo partido que en su día llegó a meter en el Congreso a los acosadores del ministro anterior. Donde las dan, las toman, pero además, las guerras son caras y estas cosas pasan cuando se ahorra –porque ahorro y no otra cosa es aplazar la compra de inhibidores a la hora de ir (de enviar tropas, vamos)  a una guerra que es más bien un conflicto terrorista–, aunque se haya tratado de un ahorro selectivo, porque no es posible dudar que un solo coche oficial de los ayer aparcados en Paracuellos careciera de ese dispositivo elemental que llevan hoy incorporados incluso muchos ciudadanos particulares. ¿Se habrían salvado esos soldados caídos de haber dispuesto sus vehículos de ese instrumento? Pues casi puede afirmarse que sí y eso es lo que convierte la cuestión en un pésimo asunto político y, por supuesto, humano. En una triste miseria. Contemplando la liturgia, palpando la emoción, no resultaba fácil prescindir de esta idea que, a buen seguro, ha de nublar una temporada el cielo protector.
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El presidente no dijo un mu. Para eso ya estaba el ministro, y el ministro –un hombre serio, eso no se discute– ya dijo cuanto había que decir: que las tropas carecen de esa protección elemental. Porque, hay que insistir, esos soldados están en guerra, aunque en una guerra contra un enemigo invisible, es decir, contra esos terroristas de Hizbulá, el “partido de Dios” nada menos, a los que ZP consideró alguna vez como “resistentes” y no como terroristas, fíjense en lo que son las cosas. ¿Mantendrá ZP esa estólida definición después de esta tragedia? Hombre, este Ejército ya no es el que era, ni para bien y ni para mal, reconvertido en esa ONG que todos dicen que no es, qué va, integrado por un alto porcentaje de extranjeros que, junto a nuestros parados, se juegan la vida para ganársela, así de sencillo, relevando a la fiel infantería de toda la vida. Y ZP, además, tal vez no cala a fondo en ese melón porque él ni hizo la mili, por lo visto, como no la hizo Aznar, como no la hacían los hijos de los militares antiguos, y hay solidaridades que no resulta fácil adquirir en una teórica. ¡Mira que enviar tropas a un territorio plagado de terroristas, en el que los atentados son el pan de cada día, sin dotarlas siquiera de ese escudo imprescindible! Antier esa idea flotaba en el ambiente, entre las caras serias, los gestos solemnes, el paso fúnebre y la desolación de las otras víctimas, no de las que se iban sino de las que se quedan. Y ése es un mal asunto político, ya digo, y una pésima cuestión humana, sobre todo porque nuestros soldados han debido volver al peligro al día siguiente, nada más dar sepultura a sus muertos, sublimando acaso el ademán marcial cuando todos sabemos que la mayoría está ahí porque carece de trabajo. La guerra va siendo ya un curripén más que una iliada . No faltará algún cínico que diga que más muertos da la construcción.

Punto en boca

El Consejo Audiovisual está para lo que está. Si algunos de sus miembros se han sentido cimarrones es que no saben donde están de pie o tal vez sea que hayan querido provocar al manso dejando clara la íntima vocación censora del órgano de la Junta. Que tres consejeros hayan protestado en público por el reparto de emisoras de tv digital terrestre (TDT) no tiene, en efecto, gran sentido, porque para nadie es un secreto, y menos para ellos, que el CAA no es un órgano imparcial sino un instrumento más de la Administración, otra superestructura puesta ahí para garantizar la buena marcha del negocio y encima quedar estupendamente. Ese presidente no tiene mucha idea de lo que es una democracia, por lo que se ve, pero tiene más clara que el agua cual es la misión que le han encomendado y por la que le pagan un riñón. Los otros, los protestantes, lo mas que pueden conseguir es poner en evidencia esto que digo y que ellos sabían de sobra cuando fueron investidos con su púrpura.

Más de lo mismo

Mal empezamos. ¡Pues no que sale la señora Parralo –náufraga en la procela de su partido– diciendo que el PP no cree en la paridad y que el AVE no llega a Huelva por culpa del mismo! En cuanto a lo primero, repase, repase y recuente la foto de familia comentada por Unquiles (‘Calle Puerto’, 25/06/07): 41 alcaldes machos junto a 4 alcaldesas. Y en cuanto concierne a lo segundo, avive el seso y despierte contemplando la evidencia de que el AVE no ha de llegar a Huelva mientras no quiera el Gobierno del PSOE y que no parece razonable pensar que éste vaya a querer mientras esa cinta hubiera de cortarla el ministro correspondiente a dos manos con el alcalde Pedro Rodríguez. Más de lo mismo, pues, nos espera, probablemente, otra legislatura nada leal, insidiosa, zancadilleante, buscatrampas y lo que se tercie frente a una hegemonía municipal a la que no se le ve fin. Otra cosa es que Parralo aguante como aguantó Pepe Juan, que no creo, francamente. El silencio de la alcaldía ante este primer ataque ha resonado clamoroso.

La edad del mal

No sé que ocurrirá finalmente, pero para hoy está prevista, en principio, la libertad vigilada de uno de los asesinos de aquella pobre muchacha secuestrada, violada, asesinada y quemada viva por cuatro delincuentes hace cosa de cuatro años. Se trata de uno de los tres menores que intervinieron en el crimen al que ya no se podrá mantener recluido en su centro por cumplir la mayoría de edad pero al que tampoco es legal enviar a la cárcel de los adultos toda vez que para ello la edad exigida por la ley que regía cuando delinquió era de veintiún años. A la calle, pues. Aquellos cuatro abominables delitos, tanta inconcebible crueldad, quedarán saldados de momento con cuatro añitos escasos de reclusión más los tres que ahora se discute si habrá de cumplir controlado o, sencillamente, en libertad, aunque tal vez su contribución fuera más grave que la del mayor que, sólo por razón de su edad, continuará entre rejas. Un secuestro seguido de violación múltiple agravada por todo tipo de vejaciones a la víctima, el ensañamiento y la tortura, el asesinato y, para remate, la cremación en vivo de la chiquilla indefensa, salen hoy en España por nada y menos -penalmente hablando– a pesar de la considerable repercusión mediática del asunto. A ver cómo se come esta tragedia que difícilmente encontrará parangón en nuestra pintoresca historia judicial reciente pero que pasará a ser ejemplo insuperable de lo que es el respeto escrupuloso a la ley establecida, una ley estúpida y, qué duda cabe, que estimulante para delincuentes en circunstancias similares. Un ángel perverso emprende hoy el vuelo libre con las alas que le presta el inmenso equívoco inducido en la normativa por cierto humanismo de pacotilla y a pesar de la masiva protesta de la sociedad. No consta, por lo demás, la reforma del liberado y ni siquiera si, finalmente, se exigirá su control remoto por parte de la autoridad. ¡Ah, los menores! No recuerdo con exactitud el dicho de Montherlant pero venía a significar que mientras los jóvenes suplen con el cinismo su debilidad relativa, los adultos disfrazan su fuerza de altruismo.
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Es unánime y creciente el clamor ante el fracaso de la sanción penal en nuestra sociedad, pero mayor es, de momento al menos, la resistencia que ofrece ése que he llamado humanismo de pacotilla, herencia inconcusa de una utopía en ruinas pero que aún se sostiene con firmeza en nuestra mentalidad. La presunción de que la delincuencia no era sino el resultado de la desigualdad y el delincuente una víctima, hizo incluir en sus programas a las revoluciones románticas (del XIX o del XX, claro) la exigencia de abrir de par en par las puertas de las cárceles, providencia extremada cuyos resultados son de sobra conocidos, pero que no pudo con los efectos de la mistificación del victimismo, ya profundamente enraizada en  nuestra cultura política. A un precio prohibitivo, desde luego, parece que ahora, por fin, se empieza a ver más claro dentro de ese laberinto moral diseñado ingenuamente en el que hace tiempo que no es ningún secreto el estrepitoso fracaso del optimismo ni el desprestigio de las penas. Pero mientras tanto ahí está la ley y ahí está el absurdo, ahí está impune esa alimaña capaz de secuestrar, violar, asesinar y quemar viva a una chica, arropado por los fanáticos  de formalismo y los teóricos de un humanismo incapaz de autolimitarse. Un día de estos, por ejemplo, saldrá del trullo, debidamente escoltado por la policía, otro de aquellos ‘perros de paja’ para contraer matrimonio con su novia formal. He ahí, otra de esas maravillas casi enigmáticas de la democracia, un régimen que tal vez no es consciente del desastre moral que supone, a veces, su estricta observancia. Puede que hoy suelten al malvado, demasiado mayor para permanecer entre jóvenes, demasiado joven para convivir con adultos. “Blandula lex, sed lex”. Evidentemente el progreso no avanza más que en zigzag.