Pitorreo contractual

La Junta, en concreto la consejería de Igualdad y Bienestar Social ha sido condenada por dos veces a causa de su arbitraria manera de jugar con las contrataciones de sus trabajadores. En este caso se trata de “préstamos” que suponen fraude legal a alguna empresa privada seguidos del despido final cuando le ha venido en gana a la Administración, pero no faltan casos si cabe más graves como el de los despidos de trabajadoras por parte del Instituto Andaluz de la Mujer tras muchos años de sometimiento a contratos que finalizaban en diciembre y se renovaban en enero, casos que también le están costando a este organismo el varapalo judicial y la obligación de readmitir. Este pitorreo contractual se debe a que la política de personal de la autonomía ha sido desde sus orígenes un instrumento clientelar en manos del partido en el gobierno y los jueces lo saben. Quizá por eso ahora empiecen a caerle sentencias encima a una Administración que, a la vista está, le da lo mismo lo que pueda llover del cielo. 

Noli tangere

Una misma medida ha sido adoptada simultáneamente por un instituto de Virginia, la según dicen prestigiosa Kilmer Middle School di Fairfax County, y por una serie de centros docentes hundúes: prohibir entre los tocamientos entre los estudiantes bajo penas severas que incluyen incluso la expulsión. Consideran los responsables de la medida que si un simple apretón de manos puede enmascarar una seña mafiosa, el tacto habitual entre las compañeros implica riegos tanto físicos como morales que ellos creen imprescindible cortar por lo sano en beneficio de todos. No es fácil prever el fracaso de semejante medida que algún guasa ha denominado ya “embargo táctil” y menos sostener con seriedad esa argumentación tuitiva que evidentemente encubre otras motivaciones adultas menos confesables (y hasta puede que inconscientes) entre las que, junto a la “alarma senil” de que habló alguna vez Morin no resulta especialmente difícil entrever la mísera silueta de la envidia. Ni que decir tiene que la ‘basca’ se ha tomado la medida a título de inventario dejando ver a las claras el abismo axiológico que separa la estimativa juvenil de la que, al parecer, sigue inspirando un espíritu censor que hace mucho que nada tiene que ver con la realidad. Pero lo que tal vez pueda resultar más desconcertante en esa anacrónica medida es la evidente nota pesimista que conlleva la represión en la medida en que considera la caricia como una trasgresión pura y dura en lugar de ver en ella, como han visto cierta psicología, el producto de un largo y laborioso proceso de superación de la animalidad. La caricia aparece en un estadio avanzado de la convivencia zoológica como demuestra la afectividad gestual de algunas fueras durante el cortejo, es decir, viene a ser todo lo contrario de lo que supone la vieja teoría de la animalidad (entendida como brutalidad) del afecto sexual que subyace bajo ella. Desde USA a India un mismo espíritu reaccionario trata de librar contra la libido juvenil una batalla imposible en la que han fracasado ya infinidad de rigorismos desde los tiempos más remotos. Esta vez no sólo fracasará el proyecto sino que va a hacer del moralista el hazmerreír del personal.
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No hay quien entienda a este mundo, en todo caso, si nos paramos a poner junto a esta noticia insólita el debatillo provocado en Francia por la imagen del beso circunstancial y nada apasionado que François Hollande depositó en la mejilla de Ségolène Royal como símbolo de la ruptura irreversible de un viejo “couple” que, sin apenas hacer ruido, había logrado hacerse con el santo y la limosna dentro de la vapuleada socialdemocracia francesa. Pero donde no sacarán nadan en claro las nuevas inquisiciones es en el territorio exento de esos jóvenes a los que el instinto suple sobradamente las razones profundas de los gestos. El genio de Paul Éluard sostenía que así como la caricia nos redime de la infancia, la palabra de amor supone ni más ni menos que nuestro nacimiento como personas y esas son razones poderosas para desalentar a los ultracastos incapaces de entender que tanto la ética como la estética joven son construcciones autónomas, ideologías cimarronas, en las que la acción socializadora se limita a sugerir modelos y, en última instancia, a proporcionar la ocasión. Hay que ser membrillo, admitámoslo, para proponerse desterrar de la conducta joven de hoy día esa familiaridad que está proclamando, en ocasiones estentóreamente, una concepción por completo diferente de la heredada en lo que se refiere al papel de los ritos amistosos. Eso podría valer para aquel “couple” o para los inquisidores, que es probable que comenzaran haciendo maniotas bajo la mesa, pero no para una generación que, como quien no quiere la cosa, ha sustituido las bragas por el tanga y se ha abierto de par en par el escote de la noche a la mañana. La agonía tiene sus embestidas y en política eso se llama reacción.

Condena ejemplar

Por fin, alguna condena, de vez en cuando, contra los agresores en la escuela. Como la que acaba de endosar el Juzgado de Menores de Jaén a tres alumnos que causaron lesiones a una profesora y que habían sido “castigados” por el consejo escolar con un ridículo cambio de escolarización. Parece que los jueces se abren por fin a la evidencia de que es necesario sancionar ese disparate y extender la responsabilidad subsidiaria a los padres de los cafres, supuesto que los cafres no sean ellos mismos, como tantas veces ha ocurrido ya. Lo que no se entiende es por qué los tribunales van por un camino y la Junta por otro, aquellos tratando de ponerse al día ante las circunstancias, y ésta enrocada en su absurda estrategia de negar el conflicto. Ni que no haya unanimidad de los sindicatos en torno a ese problema que no admite componendas. ¿Cuál es el problema para imponer en los colegios algo tan sencillo como es la integridad del profesor? En Francia van a tener que ponerse de pie cada vez que uno de ellos entre en el aula. Aquí  con terminar la clase en paz, la maoyoría de nuestros sufridos docentes va que se mata.

Estadísticas gozosas

Es prueba de ignorancia menospreciar la estadística (esos dichos que corren por ahí no son sino prueba de la extensión de la inopia), pero también aceptarlas como palabra revelada. Las estadísticas, como los sondeos de opinión, han de ser rectamente neutrales para que la realidad reflejada sea real, y eso, lamentablemente, ocurre pocas veces porque los cuestionarios se encargan forzar la respuesta en el sentido deseado. Oyendo a la consejera de Salud habría que pensar, desde luego, que estamos en el mejor de los mundos posibles, tal es la satisfacción mostrada por los encuestados que contradice frontalmente el criterio contestatario de muchos sanitarios, aparte de ocultar un vasto sector disconforme con un servicio que tiene esas listas de espera, semejantes colas de urgencias o tantas reclamaciones en contra. Vender la felicidad como acaba de hacer la consejera no es más que la garantía de que este verano seguiremos soportando la intolerable situación denunciada por los propios médicos y silenciada por fuerza en tantos usuarios como deberán adaptarse a esa dictadura burocrática. 

El fin del mundo

No ha elegido mal momento, para hablar del fin del mundo, la Universidad Hebraica de Jerusalén mostrando, en una curiosa exposición, una carta escrita por Isaac Newton a principios del siglo XVIII en la que le revelaba a un amigo sus conclusiones sobre la fecha previsible del final de los tiempos, que según él, vendría a caer por su propio peso, como la famosa manzana de la que su sobrina le habló a Voltaire, justamente en el año 2060. Cifraba su cálculo el sabio en ciertas elucubraciones –¿y cómo llamarlas si no?– sobre un conocido pasaje del Libro de Daniel, a partir de las cuales habría logrado deducir que el esperado apocalipsis habría de tener lugar 1.260 años cabales después de la refundación del Sacro Imperio Romano ocurrida, como se sabe, allá por el 800, bajo la florida barba del mítico Carlomagno. Ya verán como no tarda en reproducirse la algarabía alrededor del genio que revolucionó la llamada ‘Ciencia Moderna’ del que se viene diciendo –desde esa perspectiva audaz que permite la libertad postmoderna– que logró muñir muchos de sus hallazgos aprovechando el famoso “fudge factor” o recurso chapucero con que no pocos de nuestros más preclaros ingenios lograron “cuadrar” adecuadamente sus teorías a base de cambiar los parámetros hasta hacer que sus hipótesis visionarias encajaran tramposamente en los cálculos. Newton no sería, en todo caso, sino uno más de esos chapuceros geniales (Einstein fue otro, según parece), cuyos hallazgos sobre la velocidad del sonido o la densidad del aire, sin excluir la mismísima ley de la gravitación universal, que marcaría el futuro del pensamiento científico, a ese ‘factor’ deberían su turgencia teórica. Y no es nueva la opinión de que, en realidad, lo que a él le interesaba de verdad no era la matemática o la física sino una teología que no dejaba de incluir, como demuestran sus trabajos sobre el ‘Apocalipsis’ o el ‘Libro de Daniel’,  el enredo milenarista y la cábala proverbial del fin del mundo. Es que no se puede uno fiar de nadie, háganme caso. La imagen de Newton compaginando la visión de los leones y el horno con las ecuaciones lineales deja escaso margen a la esperanza.
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A propósito del último libro Dawking y la marejada especulativa a que ha dado lugar, se refería aquí hace unos días Alfonso Lazo a la tensión artificial que mantiene actual el dilema clásico entre Razón y Fe, tensión que revela mejor que nada el énfasis insustancial que muchos ateístas ponen en volar esa fortaleza inexpugnable que tal vez sostiene la cultura como una ‘segunda naturaleza’. Verán de qué manera desconsiderada se apodera de los renglones de Newton esa industria esotérica que está haciendo su agosto, en estos tiempos de confusión, ofreciendo gatos de tres pies en lugar de la escurridiza liebre de un conocimiento riguroso más desprestigiado cada día por aquel “fudge factor” que troqueló Richard Westfall precisamente para desacreditar los juegos de mano del propio Newton. A Galileo se le atribuye esta frase tremenda: “Sin hacer el experimento, estoy seguro de que el efecto tendrá lugar como os digo porque es necesario que así ocurra, de manera que es inútil perder el tiempo cuando podéis creerme por mi autoridad”. No resulta difícil imaginar lo que habrá podido dar de si un magisterio de esa naturaleza cuando, en lugar de las exigencias epistemológicas del trabajo empírico, el sabio se quedara a solas frente a una aventura sin más límites que los de su propia imaginación. Pero tampoco será fácil para la mentalidad academicista admitir que apenas hay diferencia esencial entre el vaticinio apocalíptico de Newton y los manejados por los sacerdotes mayas o las profecías contenidas en las “Centurias” de Nostradamus. La Ciencia avanza a trompicones y agarrándose buenamente dónde puede. Comprobarlo de vez en cuando no deja de ser estimulante si se consigue superar el estupor.

Prohibido enfermar

Al Servicio Andaluz de Salud (SAS) le va bien con su política de ahorro y tente tieso. Si faltan médicos en las urgencias, que se aprieten el cinturón los presentes. Si no hay pediatras que otros facultativos sin especializar cubran sus huecos. Si escasean los médicos de familia o las vacaciones crean un  problema mayúsculo en el sistema (se calculan en 15.000 médicos los que han de irse), se echa mano de los “chicos para todo” recompensados con un plus y a otra cosa. Menos quirófanos, menos camas, salas cerradas, no evitarán un déficit que los expertos calculan en al menos 300.000 jornadas, lo que obligaría a contratar a una legión de profesionales que hace tiempo, sin embargo, como todo el mundo sabe, que se marcharon a otras comunidades o a países extranjeros ante la situación andaluza. No caigan enfermos, pues, procuren mantenerse en forma, porque todo augura para este cálido verano que se pronostica un agobiadísimo dispositivo sanitario. Es posible que el criterio de ahorrar a toda costa en salud esté agotando sus posibilidades y quizá también la paciencia del ciudadano.