Hacer méritos

Nada nuevo sobre la infradotación policial de la provincia, a pesar de lo poco tranquilizadoras que van siendo las hipótesis policiales sobre el comando de Ayamonte y de las reclamaciones de una industria turística que sabe que la circunstancia será aprovechada por la desleal competencia en los mercados exteriores. El subdelegado del Gobierno, sin embargo, no ve problema en ello –ya saben: tenemos ‘efectivos’ suficientes para “contextos normales”, dice su catón de retórica– pero se va a la Justicia para exigirle al Ayuntamiento que retire el autobús de la Gran Vía donde los soportales, ciertamente, favorecen y mucho la espera de los usuarios tanto en invierno con en verano. Hay que hacer méritos en el partido, eso es lo que hay, y Bago sabe que ese  Ayuntamiento y ese Alcalde son las piezas mayores que, desde hace tres legislaturas, se persiguen en esta cacería. ¿La seguridad real? Bueno, en esa materia, tanto para expertos como para legos como Bago, se trata de esperar acontecimientos. Qué le vamos a hacer, pero es así.

El arte blasfemo

No ha dejado de causar cierta sorpresa la moderación con que la jerarquía católica viene replicando a las blasfemas provocaciones que hacen furor esta temporada al socaire de una presunta libertad de expresión ilimitada que protegería a la imaginación creadora. Lejos aquellos tiempos cerriles en que en nuestras estaciones de ferrocarril se prohibía blasfemar bajo severas multas (la blasfemia entonces era todavía delito), la ofensa a la divinidad parece haberse convertido en un hábito o cuando menos en una práctica frecuente en nuestras sociedades. El Patriarca de Venecia se quejaba hace unos días ante la inconcebible provocación que implicaba la exhibición dentro de la Bienal de Danza de un llamado ‘Messiah Game’ (Juego del Mesías) en el que escenas de la Pasión y Muerte eran utilizadas en un montaje nudista y desdeñoso con la figura de Cristo, del mismo modo que desde la Conferencia Episcopal se contestaba con sordina al estúpido ‘spot’ lanzado por el Getafe C.F. como publicidad para conseguir nuevos socios, en el que aparecen desde Adán al propio Cristo pasando por Abraham renegando de Dios Padre a favor del club de sus amores. ¿Qué, son tontos o no son tontos estos “creativos”? Digo que ha causado estupor la tibieza con que esa autoridad se ha limitado a denunciar la blasfemia y a pedir su retirada, acaso porque, como ‘Juan de Mairena’, puede que haya pensado que la blasfemia pertenece, en fin de cuentas, a la religión popular y, en ese sentido, quién sabe si podría fortalecer la fe más que debilitarla. Ironizaba Sartre, en su célebre ensayo sobre Tinttoreto, sobre el curioso destino de esos grandes genios que hubieron de pasarse la vida representando artísticamente un mundo en el que no creían, inducción de lo más discutible por parte de nuestro filósofo de cabecera aunque no deje de resultar sugestiva a la luz de lo que sabemos de algunas de esas vidas que Vasari resumió con mano maestra. Pero aquellos genios producían arte sin más, mientras que esta patulea apenas alcanza con las uñas la parodia más burda y ridícula. Otra vez comprobamos que el problema no es, como quizá creímos durante un tiempo, la libertad del arte sino su autenticidad.
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Cuando la Inquisición prohibió a Veronese su ‘Última Cena’ el pintor se limitó a cambiarle el nombre al cuadro alegando que lo pintado era la “Cena en casa de Leví” que describe Mateos. Ah, pero cualquiera que hubiera sido el título finalmente adoptado, la admiración se habría mantenido a través de los siglos mientras que estas chuscas provocaciones comienzan y se agotan en su ínfima nimiedad. Las artes surreales (incluidas sus versiones hiperrealistas) han conllevado siempre esta ambigua dosis de falacia y un mismo empaque paleto, indefectiblemente originados una y otro en la ingenuidad de la esperada poquedad burguesa. Pero lanzar a pocos kilómetros de un Madrid secularizado una proeza hecha de adanes rebeldes e inverosímiles cristos futboleros no es, en definitiva, más que pura paletería y chusco alarde de ese ingenio pardal que aflige a la conciencia artística tanto como al derecho colectivo a que se mantenga el respeto a los símbolos de muchos. No es menester sumarse al aluvión de reacciones que desafían al Getafe a ofender en términos idénticos a la religión islámica y jugar con sus símbolos de esa manera soez. Basta con reclamar desde el sentido común el mantenimiento de un  respeto básico sin el cual sabemos donde ha comenzado el alboroto pero no podemos saber en qué punto podría acabar la bronca. Este asunto nada tiene que ver con el arte, ni con la libertad de creación ni, mucho menos, con la vuelta de la censura. Más relación tiene con la crisis aflictiva de una plástica que, ciertamente, no alcanza siquiera los límites de la caricatura. Hacen bien los replicantes moderados. Ese mercadillo aldeano no se merece otra cosa.

Dichos y hechos

Ha coincidido con la furibunda requisitoria del presidente de la Junta y del PSOE, Manuel Chaves, contra la sugerencia formulada por Javier Arenas de una eventual implicación de la Administración autónoma en la corrupción marbellí investigada en el “caso Malaya”, con el “contundente informe de la UDEF” de la Policía Judicial que asegura que los mangantes de Marbella fueron apoyados por alcaldes del PSOE en Almonte y Estepona con resoluciones fuera de la ley, lo que demuestra que toda prudencia es poca a la hora de pronunciarse sobre materias “sub iudice”. De todas maneras, con quien Chaves tendría que cabrearse no es quien lanza aquella sugerencia sino contra un instructor que ya dejó claro en su día que la Junta no fue una perjudicada en el caso sino una “beneficiaria” de los ‘manguis’. ¿No se darán cuenta de que en casos como estos lo mejor es mantener la boca cerrada? Tiempo habrá tras el cierre de la instrucción y, luego, tras la sentencia, para hablar con propiedad. Mientras tanto ni procede acusar a bulto a la Junta ni enrocarse en un gesto inocente en el que nadie puede creer menos que Chaves.

Infierno hospitalario

¿Será verdad que la planta tercera del “hospital de referencia” Juan Ramón Jiménez carece de aire acondicionado –¡con el anticiclón en lo alto y la que está cayendo en Huelva!– incluida la UCI? Cuesta creerlo aunque estos gestorcillos del SAS tienen acreditada (recuerden el infierno estival del “Vázquez Díaz”, aquel ferragosto tremendo en que se llegaron a repartir ventiladores y abanicos) una inigualable capacidad de trocherías e imprevisiones. Un joven sometido a una intervención en el cerebro durante la madrugada del domingo pasado, por ejemplo, ha debido sufrir ese infierno, treinta y seis horas en la propia UCI y el resto en planta, pero siempre a pelo, sin climatización, como si estuviera en un servicio africano. ¡Y no se escucha una voz política, ni por la izquierda ni por la derecha, clamando contra barbaridad semejante! Con los precedentes que existen, es seguro que la gerencia reserva sitio fresco para eventuales incidencias que afecten a próceres y, por supuesto, que esa avería  no la arreglan ya en lo que queda de verano.

La nueva política

Me he quedado de mármol escuchando al lehendakari decir, como quien tira la toalla, que los ciudadanos están hartos de los políticos, incluso de él mismo, cansados de que se les creen problemas y dificultades por los mismos que resultan incapaces de aplicarles luego soluciones adecuadas. No cabe duda de que estamos ante un  pronunciamiento inusitado, desde luego inaudito, que debe de haber caído como pedrada en vidriera sobre la frágil techumbre de esa djilasiana “nueva clase” que ha descubierto en la vida pública un empleo asequible, y con frecuencia vitalicio, que, además no requiere especialidad alguna. Hace poco hizo época la ufana ingenuidad de Pepiño Blanco reconociendo que, con su bachillerato pelado y mondado, cobraba un millón de las viejas pesetas al mes en un país abarrotado titulados en paro o ‘mileuristas’, cuyo salario mínimo está donde está, y en el que las pensiones yacen por los suelos. Pero Ibarretxe no cuestiona este aspecto crucial que es la recluta del político, sino que se refiere, simplemente, a la incapacidad demostrada por toda una ‘clase’ para rematar la tarea por la que el pueblo le paga, y cuya única preocupación notable es la de perpetuarse en el puesto al precio que sea. En su primer mitin andaluz, tras ser elegido por sorpresa jefe de filas de su partido, ZP se dejó caer cándidamente, entre otras promesas “regeneradoras”, con el compromiso de limitar los mandatos políticos, un proyecto que –como le haría notar sobre el mismo escenario un experimentado “apparátchik”– resultaba más desconcertante que en cualquier otra parte en la taifa de Chaves. Algo se mueve, sin embargo, bajo este sólido tinglado cuando hasta el lehendakari se siente rechazado por el gentío y estima que la “clase” en su conjunto está fallando y necesita un  recambio urgente que vaya más allá de los ajustes de cuenta o las jubilaciones de ‘barones’ regionales. Medio siglo de democracia es demasiado incluso para un estamento profesionalizado como el inglés, por ejemplo, pero para una patulea reclutada a manojos resulta tan ruinoso que hasta el lehendakari ha sido capaz de percibir el seísmo bajo sus pies.

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Coincidiendo con la propuesta de Ibarretxe llega desde Francia la consigna de uno de los últimos príncipes del mitterandismo, Jack Lang, quien con el pie en el estribo que le ofrece el irresistible ‘Sarko’, acaba de decir que “ha llegado la hora de dejar paso a una nueva generación”, experiencia que ha de comenzar, según él, por el abandono en masa de la directiva actual, es decir de ésa misma manada de “elefantes” (así los llaman allá) de la que él acaba de separarse voluntariamente para buscar fortuna en la acera de enfrente, dicho sea sin segundas, especialmente en el caso de Lang. Y lleva razón, seguramente, en que no saldremos –ni aquí ni en parte alguna– del agujero de la rutina en el que toda degeneración es posible, en tanto la vida pública no consiga librarse de sus raptores y continúe su carrera desbocada a lomos del toro blanco del cambalache partidista. Los ciudadanos se han vuelto de espaldas a esa vida pública –ahí está el crecimiento galopante de la abstención– ni más ni menos que porque están aburridos frente a una representación absorbida por el comején de su propia supervivencia y cuyo fracaso deben pagar a prorrata los mismos que la mantienen. Y es precisamente esa noción de “mal necesario” lo que transforma la imprescindible confianza democrática en un enconado desdén. Los políticos son hoy el rango peor estimado por la opinión pública, codo con codo con las profesiones infamantes. Hasta un tipo iluminado y poco dúctil como el lehendakari es ya consciente de un problema para el que desde la izquierda francesa se proponen soluciones expeditivas. Nadie protestó nunca contra la magistratura de un nonogenaro como Pertini, pongo por caso. Pero ver perpetuarse a tanto mandria es algo que subleva ya hasta dentro de sus propias filas.

Pinza de cristal

Hemos vuelto a ver juntos a Javier Arenas y a Luis Carlos Rejón, los dos dedos de la famosa “pinza” a la griega que fue la única experiencia verdaderamente democrática que ha vivido la autonomía andaluza en un cuarto de siglo. Arenas habla de “atrevimientos” y “oportunidades”, sostiene, con razón, que el atraso constatado de Andalucía es injustificable para un partido que gobernó tanto tiempo, que si Andalucía ha mejorado no ha sido más que en la medida en que el tiempo ha hecho mejorar a todo el mundo desarrollado, desde Grecia a Portugal, pero que aquí mismo al lado, en Valencia, en Galicia, en Madrid, tenemos ejemplos de “despegue vertical” que, curiosamente, se deben a gestiones de los conservadores. Rejón, por su parte, habla del trabajo perfecto que ha hecho el PSOE “para ahondar en el pseudoandalucismo militante dentro de uan democracia de masas y no de ciudadanos”. Tela del telón. Una “pinza”, siquiera por una temporada, le venía de lujo a este “régimen” rutinizado que agoniza bajo el ferragosto.