La gran mentira

Vibrante alocución de Trevijano en las “Charlas de El Mundo” puntumbrieñas, abierto alegato contra la política degenerada en partitocracia, desafío indisimulado al Sistema en su conjunto, del Rey abajo, todos. El mismo día, teofanía de Barrero para (no) explicar el superpelotazo de Punta Umbría y, de paso, fajarse contra el PP, IU y, faltaría más, contra el alcalde de la capital, principio y fin de todos los males que nos aquejan. Bien, se comprende, porque Barrero lo tiene más difícil todavía para explicar lo inexplicable, es decir, el mangoletazo perpetrado por el Ayuntamiento que él mismo teledirigía y del que formaba parte, a favor se sus amigos políticos. Lo pregunte el PP o su porquero, el tema es, sin embargo, inesquivable: ¿dónde están los 51 millones de euros de las parcelas, quién se los ha llevado y por qué no se restituyen al erario del pueblo? Y para eso nadie en el PSOE puede tener respuesta pública, y menos que nadie Barrero. Se esté o no de acuerdo con Trevijano, hay que reconocer que lleva razón: la política es ya una gran mentira, la democracia un juguete roto. Cuando Barrero se vaya lo reconocerán tal vez hasta quienes hoy se sientan a su mesa camilla.

La memoria ecuestre

 

Aprovechando el cenit del estiaje, el Gobierno ha mandado apear de su pedestal la estatua ecuestre de Franco que presidía la Academia Militar de Zaragoza. Todo un símbolo. Como la de los Nuevos Ministerios, desmontada en su momento con nocturnidad, esa estatua ha funcionado como referente mítico de varias generaciones de militares, incluida la del Rey y jefe del Estado actual, que de aquel recibió la perdida corona y actuó de suplente suyo cuando llegó el caso. Aseguran que lo hace –el Gobierno—para paliar el frenesí de sus socios radicales aunque, todo hay que decirlo, la reacción de estos ante la concesión ha sido todo menos agradecida. Pero hay que pensar por elevación que lo que impulsa este activismo demoledor no es sólo una razón oportunista sino la vieja pulsión simbólica de los hombres. Los sacerdotes egipcios se ocupaban de borrar minuciosamente el rastro de los faraones desaparecidos mandando una legión de esclavos a destruir a golpe de cincel y martillo sus retratos de piedra, como si la Historia fuera reformable ‘a posteriori’ y la memoria pudiera sostenerse firme sobre esas fallas profundas, pero dicen los historiadores que nunca funcionó del todo esa providencia y que el recuerdo de lo borrado permaneció en una memoria difusa que, por supuesto, también modificaba a su modo la realidad pretérita. Como aquí. La encuesta sobre la dictadura que anda publicando El Mundo demuestra un día sí y el otro también que los nuevos españoles tienen una idea no poco peregrina de lo que fue aquella “larga noche de piedra”, que toman por héroes a quienes no lo fueron y adjudican méritos y deméritos de una manera que sorprende vivamente a quienes vivieron en directo la experiencia, y que incluso han superado el duro impacto de la condena democrática para acabar valorando aquella etapa en términos inasumibles para sus protagonistas. Es decir, que sin necesidad de estas prótesis oficiales que el Poder trata de encajar por las bravas en la duramadre del gentío, la memoria biológica ha hecho ya su trabajo sobre el engrama colectivo y ahora resulta que casi nada es como lo recordábamos, lo que puede rebotar peligrosamente en la idea de que nuestros recuerdos no se corresponden como es debido con la realidad. A ZP le puede salir la torta un pan con esta matraca de la revolución simbólica. Lo malo es que ese mal pan hemos de zampárnoslo entre todos.

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Por supuesto que este golpe es nuevamente un ejercicio de micropolítica, otra demostración de que la estrategia gubernamental se basa hoy fundamentalmente en el alarde de lo pequeño en detrimento seguro de la gran política que el país reclama en este tiempo confuso. El Gobierno desmonta al dictador de sus caballos de bronce no sólo porque sea incapaz de resistir a las presiones radicales sino porque se siente desbordado a fondo por los grandes problemas de gestión, es decir, trata de embolismar a la audiencia ofreciéndoles en el telediario esas catársis que nadie reclama pero que son infinitamente más fáciles de resolver que la riada inmigrante o la ola de incendios. La suerte de las estatuas de Franco, por supuesto, es a estas alturas un asunto de puretas, un debate casinero, no una cuestión que interese a esas nuevas generaciones que creen en serio que el papel de UGT fue superior al de CCOO durante el franquismo o que el peso de la oposición lo llevó entonces aquel inexistente PSOE y no el omnipresente PCE. Uno de cada cinco votantes del PSOE y uno de cada ocho clientes de IU creen hoy justificado el alzamiento militar de Franco –a ver cómo se come eso—y son precisamente quienes vivieron bajo la tiranía quienes más comprensivos se muestran a la hora de enjuiciarla. La memoria cabalga sola y no está en manos de nadie desmontar a ese cuestionable Belerofonte de su imprevisible Pegaso. Franco apeado de su pedestal no cambia demasiado las cosas en medio de esta tremenda crisis.

IU empieza fuerte

 

Tras el incomprensible bastinazo de Camas (la readmisión del alcalde bajo sospecha de corrupción), IU parece decidida a comenzar el curso borrando en lo posible su manifiesta dependencia pasada respecto del PSOE. Nada menos que ha anunciado Valderas, en ese sentido, que pedirá una comparecencia urgente para aclarar si hubo corrupción o no la hubo en el mismísimo “caso Chaves” y, por si fuera poco, se ha mostrado decidido a apoyar una comisión investigadora en el Parlamento para tratar de un escándalo urbanístico como el que afecta al PSOE en Punta Umbría y que a Valderas le “huele muy mal”. No está mal para empezar. Ya veremos si las posturas se mantienen cuando, a la vuelta del ferragosto, aparezca de nuevo el cobrador del frac ante la caja de la arruinada coalición y haya que echar de nuevo la cuenta de la vieja, pero la verdad es que sorprende esta “pole position” que podría anunciar un vivo comienzo de curso. Las elecciones está cada día más cercanas y algo debe hacer cada cual para borrar los estigmas y maquillar el cartel.

Sondeos de mercado

 

Mal se le van a poner las cosas al PSOE tras el pronunciamiento beligerante de IU si el PA, que es el que falta, también decide sumarse a la demanda de transparencia en el “caso Punta Umbría”. Desde luego, tela que cortar no ha de faltarles a quienes quieran investigar, sobre todo después de rescatarse de las actas municipales que el argumento empleado en su día para ofrecer a bajo precio las parcelas ya tasadas por los técnicos a los “amigos políticos” consistía en que desde el partido se había “sondeado el mercado”. El PSOE puede quedarse solo esta vez y con muy malas cartas en la mano, resulte lo que resulte del primer pleno del Ayuntamiento en el que lo que vote el nuevo tránsfuga del PP frente a la propuesta de aplazamiento del pago por parte del adjudicatario, constituirá la prueba del 9 para conocer la índole auténtica de su ‘espantá’. Este asunto va tomando cada vez peor cariz y la mera sombra de sospecha sobre la posibilidad de que los transfugazos del PP puedan obedecer a “invitaciones” ajenas pone los pelos de punta. Chaves debería intervenir como intervino la otra vez para pararle a Barrero el megaproyecto de los trece hoteles. Si no lo hace, lo que salpique en Punta Umbría acabará rebotando en Sevilla.

La verdad secundaria

Se ha volcado el obituario en memoria del fotógrafo de guerra americano Joe Rosenthal, autor de la mítica imagen de los cuatro ‘marines’ izando la bandera de las barras y estrellas en la cima de un promontorio tras la cruenta batalla de Iwo Jima, la misma que sirvió de modelo al monumento funerario que preside el cementerio nacional de Arlington y que inspiró la del grupo de bomberos levantando la enseña sobre las ruinas de las Torres Gemelas. La guerra ha sido siempre objeto de la atención artística y ésta instrumento de la memoria en manos más o menos fiables que trataban de detener el tiempo –ay, el “presente eterno”—y salvar la gesta del olvido. El objetivo final es el mismo, en fin de cuentas, desde el Paolo Uccelo que pinta (varias veces, por cierto) el bosque de lanzas de la batalla de San Romano, precursor de las perspectivas velazqueñas de Breda, o desde el maestro Turner que ensaya el retrato pro sorpresa de la encarnizada batalla naval, hasta estos modernos fotógrafos que intentan sorprender el momento supremo de la hazaña o de la tragedia. De vueltas de una exposición que vi en Barcelona sobre la obra de Robert Capa conté aquí mismo mis impresiones sobre ese espléndido muestrario antropológico en el que, sobre la elocuencia de sus sugerentes rostros cenceños y sus estrictos perfiles trágicos, dominaba la famosa foto del miliciano abatido en Cerro Muriano por los fusileros de la columna de Varela, documento de época que, igual que la obra de Rosenthal, acabaría siendo puesto en entredicho posteriormente por los expertos como falsificación deliberada. La foto de la niña despavorida huyendo por una carretera vietnamita tras ser abrasada por el napalm de los yanquis, la instantánea de Kennedy desvaneciéndose tras los disparos nunca aclarados, no son sino afortunados ensayos de la inacabable crónica gráfica de la barbarie que la Humanidad lleva coleccionada desde hace siglos para ilustrar una Historia en la que lo de menos, por lo visto, es el rigor de la verdad. Eso es lo que hay, aunque en el caso del debate sobre la autencidad de la foto de Rosenthal cierta organización radical americana haya lanzado su ‘fatwa’ particular sobre cualquiera que osara cuestionar esa discutida verdad. La Historia gráfica tiene, como se ve, problemas idénticos o sumamente parecidos a los que soporta la convencional.

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Lo interesante de la cuestión estriba, a mi parecer, en que pone de manifiesto la insolvencia relativa de nuestra memoria, facultad basada a la fuerza en esos soportes que funcionan como indiscutibles conservadores del pasado. Ya sabemos que Alejandro no cortó ningún nudo gordiano, que probablemente César jamás planteó su patética pregunta a Bruto, que no resulta nada verosímil que el rey Ricardo diera el prodigioso salto ecuestre que se le atribuye, que Luis XIV no se identificó nunca con el Estado en los términos en que recoge la frase bachilleresca, pero no cabe duda de que esas fórmulas son necesarias para sostener, siquiera sea en equilibrio inestable, el siempre vacilante edificio del pasado. Nadie podrá lograr, por otra parte, que los americanos acepten la falsedad de la foto de Iwo Jima como no es probable que llegue a aclararse de modo terminante la polémica sobre el fotograma de Capa, sencillamente porque la demanda de seguridad que impone toda memoria resulta con enorme frecuencia superior a las exigencias que plantea el rigor. La memoria es mortero en el que se confunde el cemento legítimo de lo probado con la inevitable arena de lo conjetural o incluso de lo imaginario. Y cualquiera sabe que un efecto semejante no es exclusivo del recuerdo colectivo sino que afecta del mismo modo a la memoria íntima, en la que tantas veces se confunde inextricablemente lo cierto con lo dudoso y hasta con la pura invención. La foto de Rosenthal es espléndida como lo es el romance del Cid. Tampoco la canción de Rolando se sostiene históricamente en pie y ahí la tienen.

Los más débiles

La Junta no sabe qué hacer con los menores que le llegan del extranjero y el Gobierno, por toda respuesta, dice llamarse Andana. Es una situación insostenible que hay que relacionar con la que padecen esos menores maltratados que con escalofriante frecuencia aparecen en las noticias. Y por el otro lado, los ancianos. Tampoco parece que sepa qué hacer la Junta con ellos, ni cómo controlar sus residencias y menos aún de qué modo protegerlos contra las crueldades o la brutalidad de los propios allegados. El teléfono de atención a los mayores maltratados ha visto duplicada las llamadas durante el primer semestre, pero es evidente que los casos revelados son muy inferiores a los que, por desgracia, ocurren a diario. Hay mucha responsabilidad pública en todo ello, no cabe dudarlo, pero también es preciso asumir que este drama de los más débiles no se resuelve sólo con providencias públicas, es decir, sin la implicación activa de los ciudadanos. La Junta tendrá los fallos que se quieran, pero ella no ha hecho esta sociedad tal como es.