La mordaza de Chaves

Anunciado para noviembre el juicio contra los periodistas de El Mundo que difundieron, como era su deber, el caso del espionaje padecido por el entonces presidente de la sevillana Caja San Fernando. Chaves pretende que se condene a graves penas a quienes no hicieron más que publicar la información facilitada por los testigos del caso, incluido el espía, o lo que es lo mismo, establecer el precedente de la mordaza para quien ose referirse críticamente a su augusta persona en la prensa, envite arriesgado porque si fracasa, como sería de Justicia y es de esperar, nada menos que el Presidente quedará en la evidencia más triste, y si llegara a conseguir su objetivo estaría cercenando un derecho que la Constitución consagra en su artículo 20 y negándole a los ciudadanos el derecho a estar debidamente informados. Un mal caso, en ambos supuesto, una osadía de patente sabor autocrático que pone de relieve el ridículo endiosamiento de quien no soporta ya más que los halagos de sus bienpagados “agradaores”.

Jabugo rompe al PSOE

Leña al PSOE local y al presidente del partido, Manuel Chaves, peor esta vez no por parte de los adversarios sino de su propio partido, concretamente del secretario de Política Municipal de la Ejecutiva Federal, Álvaro Cuesta, quien ha dejado claro que el tránsfuga de Jabugo debe ser despedido sin apelaciones por el alcalde del PSOE en cumplimiento del acuerdo de la Mesa Antitransfuguista, en lugar de mantenerse en el chanchullero cargo como pretenden sus muñidores desde Sevilla y desde Huelva.  Cuesta deja claro el concepto de tránsfuga: “un concejal que no está en el partido por el que se presentó”. Es decir, exactamente el caso de la tránsfuga que en Gibraleón facilitó al PSOE el gobierno municipal del PP y el de los más de cien fugados que han concurrido a las municipales en las listas del PSOE. En Jabugo, al menos, lo tiene claro el PSOE aunque sea al precio de romper internamente al partido. No sé por qué pero parece que alguien le anda moviendo la alfombra bajo los pies al barrerismo desde dentro y desde fuera de Huelva.

El gato sabio

Incitado por las noticias del telediario me he ido derecho a las páginas de ‘The New England Journal of Medicine’ para leer de primera mano la curiosa historia de ‘Óscar’, el gato anunciador de la muerte, que nos cuenta en el último número David M. Dosa. ‘Óscar’ es un gato rollizo, berrendo en gris leonado, por decirlo en términos taurinos, que se pasea libremente por pasillos y salas de un hospital geriátrico de Providence, husmeando aquí y allá despreocupadamente, hasta dar con el enfermo terminal cuyo fin predice con fatal precisión acostándose piadoso en su cama hasta que el óbito se produce. Los sabios han hecho cábalas sobre el caso hasta deducir que es probable que ‘Óscar’ posea la capacidad de olfatear alguna ignota feromona emitida por el moribundo desconocida hasta ahora para la ciencia, pero la verdad es que la leyenda del gato –un animal que, curiosamente, no aparece nunca, que yo sepa, en los bestiarios medievales– se remonta hasta muy lejos en la historia del hombre. Se ha comentado a veces que el rechazo budista al gato procede del hecho de que sólo él y la serpiente permanecieron indiferentes ante la muerte de Buda, hecho que, por otro lado, no falta quien considere, sin salir de ese universo religioso, como una clamorosa demostración de sabiduría y superioridad moral ante un fenómeno natural, la muerte, que en modo alguno debe alterar el ánimo senequista. Tendríamos para largo sólo con censar el simbolismo del gato tal como aparece en la tradición india, en la cultura celta, en el culto que los egipcios le profesaron como asociado a la diosa Bast y a la propia Isis, o el que los griegos –no siempre razonantes como tendemos a creer– le adjudicaron en las liturgias consagradas a Diana, aunque cualquiera conoce el ambiguo simbolismo del gato negro en el que confluyen, las diversas tradiciones que asocian a nuestro ronroneante  animal a la idea de malfario que la intuición gitana asocia al inquietante “Machicá”. Nada raro hay en esta noticia de que este animal, asociado desde siempre a las tinieblas y a la muerte, ejerza su tal vez olvidada facultad en un hospital moderno. No hay maravilla contemporánea que no acabe por remitirnos, de una u otra manera, al pasado más remoto.
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No he dudado ni un instante, leyendo la crónica de Dosa, de que bajo la noticia de la habilidad del gato ‘Óscar’ subyace  inconsciente el viejo símbolo atribuido a ese “felix cato” al que Aristóteles elude con cautela pero del que Eliano cuenta cosas bien divertidas. Malamente se separa del sujeto un fardo cargado sobre él por siglos de intuiciones y que, en el caso del gato nunca dejó de ser inquietante asociado a las fuerzas del mal. O lo contrario. En Cádiz fue famosa hace unos años la hazaña moral de un perro que se instaló de por vida a las puertas del hospital al que llegó siguiendo a su amo, gesto que la leyenda necrófila advirtió tan pronto como atestigua la escultura funeraria en la que –ahí está en Delf  la tumba de Guillermo el Taciturno– el fiel amigo acompaña al amo en la travesía de la muerte. Los gatos, no, o no tanto, por más que Antonio Burgos haya roto por ellos una lanza tan recia, y aunque hayan debido pagar en su entrepata la gabela de su nada darwiniana adaptación al medio urbano. Veo a ‘Óscar’ devolverme impávido la mirada desde su retrato, “opening a single eye to survey his kindom”, me lo imagino silencioso vagar por los pasillos anunciando con su cascabel la doméstica tragedia que a todos aguarda, y me parece estar viendo la jindama del encamado que lo ve pasar ante su lecho como quien ve discurrir ante sí la viva imagen de la fatalidad. Veremos si se confirma lo de la feromona dichosa, otra vuelta de tuerca de la máquina materialista, o acabamos rehabilitando para ese amigo doméstico las viejas leyendas que lo incluían en la compaña olímpica. Aristóteles sabía lo que estaba haciendo cuando pasó por él como quien pasa sobre ascuas.

Chaves no traga

No se entiende bien que el presidente de un partido, como Manuel Chaves, se plante ante una Mesa Antitransfuguista que preside una ministra de “su” Gobierno para decirle dos cosas que, bien mirado, vienen a ser una sola: que la condena del caso de transfuguismo perpetrado por el PSOE en Jabugo es injusta y, por tanto, debe ser revidada, mientras que el caso de Chiclana, en el que el cuestionado es el PP, debe ser resuelto por vía de urgencia, ni que decir tiene que en contra del rival. Ni una: no tragan ni una amarga, acostumbrados como están a controlarlo todo, organismos e instituciones, propias y a veces también ajenas, pero esta vez Chaves no va a conseguir más que empeorar las cosas y dejar constancia, de paso, de su inaceptable parcialidad. ¿Se acuerdan de cuando esta tripa hablaba de la “renovación” del partido y de la forma en que utilizaron esa operación para purgar disidentes y hacerse con los mandos?  Hay mucha gente que piensa, sobre todo dentro del propio PSOE, que nada hay más urgente hoy en nuestra política que “renovar” esta rancia partitocracia en que va degenerando el ‘régimen autonómico’.

Sin Bruno no es lo mismo

Se demostró en el último pleno, tras el absurdo maratón de imputaciones precipitadas con que esa oposición sin ideas ni nervio, pretendió escenificar la comedia de la nueva era. Se echó de menos a Andrés Bruno Romero, ésa es la verdad, incluso con su áspera dialéctica y sus encoñes visibles, por la sencilla razón de que en el equipo (¿) de Parralo no hay nadie que se aproxime siquiera al defenestrado en punto a conocimiento del urbanismo de la capital y demás circunstancias políticas. Aburridos, vacíos, improvisados, incluso inverosímiles, los zambombazos que Parralo pretendió darle al Alcalde antes de que se cumpla siquiera el plazo de los cien días corteses, acabaron en bostezos hasta dentro de su propio grupo. Mal comienzo. Tener que echar de menos a quien se puso en la calle sin previo aviso debe de resultar duro. Seguro que Parralo lo reconoce en su fuero interno.

Especies amenazantes

Llevamos un verano erizado de sucesos referidos a especies amenazantes. Para empezar y, al parecer, a causa de la elevación de las temperaturas marinas, las medusas han invadido como cada año, aunque más que nunca, las costas mediterráneas, provocando la comprensible alarma bajo la abarrotada sombrilla pero, sobre todo, en el desierto chiringuito. Una criatura, por su parte, ha sido mordida por una víbora, especie que debe de andar protegida a pesar de su altísimo peligro, puesto que en Andalucía se ha gastado alguna vez dinero público –y no vayan a creer que es coña– en “repoblar” con ella nuestros amenazados montes. Hay que tantear con sumo cuidado estas delicadas cuestiones siempre vigiladas de cerca por el conservacionismo radical que, por ejemplo, en Cataluña, más o menos entre el Vallès y el Baix Llobregat, mantiene estos días en vilo a una autoridad perpleja al verse maniatada, frente a la plaga del mosquito-tigre, a causa de la severa limitación que impone a los trabajos sanitarios la condición protegida de las zonas en que se asientan sus criaderos. En Castilla y León, por si algo faltaba, una inquietantísima invasión de topillos, que mantiene en vilo no sólo a la agricultura sino a la amenazada población del viejo solar románico, nos imagina una vez más la vieja fábula camusiana de la peste y sus secuelas, mientras los médicos rurales se tientan la ropa asustados por esa tularemia rampante que difunden esos malditos roedores. El voluntarismo modernizador de estos nuevos “ilustrados” no encontrará imagen más incongruente que las rústicas partidas de mozos armados de palos y escopetas que se echan al campo al ser de día dispuestos a diezmar las falanges de ese enigmático apocalipsis que amenaza con enviar sus jinetes por todo el país. El espléndido futuro que nos prometían tirios y troyanos nos ha pillado, al cabo, apaleando topillos.
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No es dudoso que el ideal conservacionista, tal y como marcha en este momento tanto por la vía oficial como por la privada, necesita ser revisado y puesto en hora en medio de tanta confusión, sobre todo si se pretende que no acabe por imponerse reactivamente la idea antípoda que, de momento, lleva ganado ya mucho terreno entre quienes no comprenden que se pueda gastar en proteger al lince lo que parece ser que no hay para amparar al ser humano o que una población de contribuyentes haya de soportar resignada el flagelo de un mosquito gigantón llegado de Vietnam o Camboya precisamente por el hecho de que la astucia de la Madre Naturaleza ha enseñado a esa especie a procrear en un territorio tabú al que no alcanza la corta mano de los civilizadores. Hay incluso quien plantea ya si el envalentonamiento de este “aedes albopictus” no se deberá a la protección misma, esto es, si la proliferación del mosquito famoso no será más que el diezmo y la primicia que nos impone implacable el santuario natural del paraje privilegiado, acogido a sagrado bajo el cual, la enojosa especie procrea en proporción geométrica. No faltan razones, desde luego, para luchar contra el labriego que se defiende por las bravas con sus venenos tradicionales pero se echa de menos un cierto equilibrio que debería considerar también la protección del hombre, esa especie sin valedor que se creyó ingenuamente durante siglos reina de la Creación para despertarse un mal día como la última de la fila. Medusas, víboras, mosquitos o topos,  preocupan y ocupan más al aprendiz de brujo, tan poco darwiniano en última instancia, que desde su torre de marfil pretende ponerle puertas al campo para garantizar que dentro del cerrado continúa librándose la batalla de acuerdo con su código primitivo, bajo la atenta mirada del arcángel flamígero. Me parece recordar que fue Diderot quien avisó de que el hombre no tiene otra alternativa que rechazar la Naturaleza o someterse a ella. Con el zoo campando por sus respetos, el actual parece que ya ha elegido.