El caldo y las tajadas

Asistimos últimamente a un maratón de ataques nada diplomáticos a las inversiones españolas en los países hispanoamericanos. En algunos casos, como en Puerto Deseado, al sur de Argentina, la furia “piquetera”, ante la pasividad más que elocuente del Gobierno, ha llegado a destruir por las bravas industrias españolas que hace años vienen proporcionando trabajo y beneficios en la región. En otros menos airados, los propios mandatarios de las naciones receptoras de las inversiones se han manifestado contra ellas, recuperando el nunca del todo perdido paradigma peronista. La señora Fernández, esposa de Kirchner y aspirante a sucederle en la presidencia, abroncó hace poco a la plana mayor de nuestros empresarios, como ya comenté aquí, forzando a algunos de ellos a defenderse con una energía no poco incómoda, pero recibiendo, de vuelta a su país, sonoros elogios algo patrioteros, para mi gusto. No será necesario recordar el chuleo que sobre el particular se trae Chávez desde que confirmó su dictadura, en este caso retorciendo el bolivarismo en términos anticoloniales, como no lo será traer a colación algunas sandeces que hubo que escucharle a Evo Morales en nombre de un indigenismo altamente mitificado en el que, por cierto, militan ahora también algunos parlamentarios catalanes del sector separatista. La última, por el momento, ha sido la que el presidente de Ecuador se ha dignado espetarle en su cara a la mismísima Vicepresidenta española advirtiendo a nuestros inversores “que se preparen” (sic) para la dura negociación que se avecina a la hora de prorrogar los permisos. El indigenismo, el neojusticialismo o la simple autocracia, han dado la vuelta al transparente para mostrarnos por el revés, como negativa y exactora, la imagen de una política de inversiones por la que suspira medio mundo, incluida España, en estos revueltos tiempos de la globalización en que el Capital ha hecho de la amenaza de deslocalizar sus inversiones un arma extraordinaria. Se ha pasado de mendigar inversiones (como aún hacemos algunos) a tratar como a filibusteros a un empresariado que, por más que lo intento, no consigo entender cómo no se plantea replicar al rentoy nacionalista con un mutis por el foro.

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La cuestión no resulta fácil de entender en un país como España en el que hemos escuchado a importantes multinacionales exigir el mantenimiento o la subida de las primas estimulantes bajo la amenaza de darse el piro a otra parte con los faroles. O incluso dárselo sin avisar siquiera, como acaba de hacer Deplhi tras llevarse crudas las subvenciones de la Junta y de quien no es la Junta, pero obviamente con las bendiciones o, cuando menos, con el disimulo de la Junta. El mismo Chaves que acaba de enterarse por la prensa en Marruecos de que esa rapaz oportunista abría en Tánger las puertas que cerraba aquí, suele presumir, tras cada viaje a ese reino de la corrupción que es Marruecos, de ser la punta de lanza del inversionismo andaluz en aquella economía drásticamente sometida a la oligarquía local. ¿Y por qué ocurre eso, cómo se explica que nuestros inversores sean tratados por ahí como fenicios indeseables mientras que nosotros recibimos en la orilla a los aventureros que aquí se acercan, dispuestos a cambiar nuestro oro por sus baratijas? Ardua cuestión, probablemente ininteligible para legos como el que escribe y suscribe, pero sin duda reveladora del verdadero funcionamiento de estos montajes transnacionales que se venden como consecuencia del efecto globalizador pero que, en realidad, no son sino consecuencias del gran cambalache tramado entre los Poderes. Hoy se ve como una anécdota que líderes autotitulados socialistas vivan a mesa y mantel en la corte de los grandes magnates que cumplen así el sueño papiniano del dueño del mundo. Unos suplican por lo mismo que otros insultan, está visto, pero también lo está que a nosotros nos tocan siempre las de perder.

Visitas de Próceres

Ayer visitó ZP Sanlúcar de Barrameda, más que nada para conseguir una publicidad fuerte y gratuita (menos mal) y alegrarle la pajarilla al vecindario con su insigne presencia. ¿A que no va a El Berrocal, a que no va a Riotinto, a pesar de que desde hace tres años esperan en esos pueblos abrasados no ya esa parusía inconcebible, sino una simple ayuda real a la catástrofe que sufrieron? O a Puerto Real, ¿a que no va a Puerto Real, donde el comprometió su palabra a que no habría despidos sino ajuste fino y que nadie saldría perjudicado del cerrojazo de Delphi? Que va, ZP está de vacaciones en Doñana, un paraíso, y a nadie se le ocurriría dejar un paraíso para asomarse a un quemado o a un purgatorio de parados. Las vacaciones se pueden interrumpir para darse un baño de multitudes, claro está, pero no parece lógico hacerlo para llevarse un sofocón y menos una posible bronca.

Malas ideas

No le falta razón a quienes dicen que si la provincia progresa como lo está haciendo no es gracias a la Diputación sino a pesar de ella. Vean la última idea (una de las primeras que ha tenido) de la presidenta Guerrero: quitarle a la Universidad de Huelva la sede del viejo Hospital de la Merced, única dádiva del organismo al proyecto universitario onubense que, por lo demás, destinado a la enseñanza llegó a sus manos, aparte de que hubo de ser restaurado a fondo por la UHU cuando lo recibió prácticamente en ruinas, con sus ‘okupas’ y todo. ¿No tendrá nada mejor en qué pensar esta insigne prócer que en quitarle una sede a la universidad que tanto está haciendo por Huelva? ¿Nunca tendremos políticos de una altura razonable, con unas ideas discretas y un buen sentido de lo mucho que en Huelva queda por hacer? Mala suerte la de Huelva, salvado quien sea menester, con sus gestores públicos. Esta tontería de la Merced ilustra bien nuestra condena a la mediocridad.

Niños y cerdos

Una de los fallos de la especie humana ha consistido en su incapacidad para ajustar su reproducción adecuadamente al medio. Las otras, las “animales”, ya saben, se ajustan al medio sin necesidad de que nadie les lea la cartilla, se pliegan sumisas a un imperativo natural que el gran Malthus –tan poco leído, tan malentendido, todo hay que decirlo– demostró con una simple teoría de la proporción. Pero los hombres no leen a Malthus ni se ocupan en controlar sus feromonas, sino que se reproducen, unas veces de más y otras de menos, siguiendo la imperiosa razón del sexo que es, como se sabe, ajena a toda Razón. Nunca logró la especie un equilibrio razonable de la poblaicón salvo allí donde se mantuvo tan cerca de la Madre Naturaleza como para confundir su perfil con el de las demás, sobre el fondo idílico y engañoso del “estado de naturaleza”. Cuando se “humanizó”, es decir, cada vez que trató de escapar a ese yugo ecológico para aumentar o reducir su volumen, la jodió sin remedio, según aquel sabio ya citado porque los recursos crecen en proporción aritmética mientras que la población lo hace en términos geométricos. Ésa es, en resumen, la historia, y más o menos eso fue lo que nos enseñó el insuperado talento de Alfred Sauvy antes de que las cosas se enredaran como lo han hecho, al margen de que el Poder haya tratado siempre, desde los tiempos más remotos, de controlar el rebaño en función de sus necesidades. En el mundo occidental, por ejemplo, llevamos años preocupados ante los bajos índices demográficos, consecuencia paradójica de la mejora del nivel de vida en un marco vital cada día más estrecho, hecho que ha conseguido igualar las políticas de población de las dictaduras con las de los regímenes democráticos. Franco y ZP no difieren al proponer a la pereza reproductiva la idea de que un hijo bien puede nacer con un pan debajo el brazo.

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Por si quedaba algún gesto oportunista pendiente tras el “talonazo” del Gobierno a las paridas, el PP acaba de anunciar a bombo y platillo que, de gobernar sus huestes, no serían 2.500 euros lo que caería del cielo en el moisés del reciennacido, sino 3.000 cabales para el primer hijo, 3.500 para el segundo y 4.000 para el tercero, fantástica progresión que nos retrotrae a los tiempos en que las familias numerosas iban a El Pardo con atuendo dominical sabedoras de que el NO-DO haría famosa su imagen en todo el país. No se fían de una sociedad que debe su incremento vegetativo a la fertilidad de la inmigración y buscan estimular como sea la genética patria, no ya con el estímulo clásico del honor que supone la progenie, sino a base de alegrarle la pajarilla a los reproductores con un cheque al portador. En China, lo que son las cosas, sobra lo que falta aquí, de modo que el Poder solícito debe velar porque la reproducción no se desmande más allá del hijo único en una política estricta que no descarta siquiera la eliminación de las hembras y que ahora trata de reforzarse reforzándola con el progreso de la ganadería. “La madre tierra está cansada de mantener más hijos”, “Cría menos niños y más cerdos”, reza la propaganda oficial de un universo desbordante que a punto está de alcanzar en su órbita el cénit de los mil quinientos millones de bocas que alimentar. Ya ven qué mundos tan distintos, uno en el que se castiga la reproducción, y otro que logra el prodigio de poner de acuerdo, al menos cualitativamente, a esos dos antagonistas irreductibles que mantienen al país partido por gala en dos. Este es un mundo muy raro, en todo caso, como lo prueba que esté subiendo exponencialmente el precio del cereal por el que suspiran dos tercios de sus habitantes desde que las cosechas se dedican no se dedican a consagrar hogazas sino a producir bioetanol para nuestro tráfico insaciable. Habría que rescatar el NO-DO, tal vez, para constatar la superioridad del paritorio frente a la zahúrda. Sería nuestra penúltima oportunidad de resistor la invasión china.

Sírvase usted mismo

Continúa la crónica veraniega del festín político, desde la millonada del alcalde de Sevilla al pelotazo del presidente de la Diputación de Almería (uno que acaba de perder las elecciones en su propio Ayuntamiento, no se lo pierdan), desde los miliardos de euros despilfarrados por la banda marbellí en “protocolo” y pamplinas a las desmesuradas facturas pagadas por delegaciones de la Junta en festejos y cuchipandas. El alcalde de Sevilla dice, encima, que criticar esa orgía es antidemocrático y declara que a él personalmente le parece todavía insuficiente lo que cobra una eminencia profesional como él o como sus mariachis, dicho sea a pesar de que el propio Chves –¡calculen!– ha creído imprescindible sugerir la necesidad de regular institucionalmente el inmenso “saqueo legal” que padece esta región colista y resignada. Junto a los bucaneros del “management”, los políticos son los únicos trabajadores (en fin, valga el término) que se fijan el salario y las condiciones de trabajo a sí mismos. Pocas cosas le han causado un daño semejante a la precita democracia.

Bocas cerradas

Los ‘delegatas’ de la Junta compiten desde hace algún tiempo en despropósitos injustificables pero han redescubierto el viejo truco de no decir ni pío ni aunque los cojan atracando un banco. ¿Y por qué habrían de decirlo si cuentan con las bendiciones del partido al que todo le deben y de la Administración que todo les consiente? Ha habido delegados condenados por ‘mobbing’ a los que ni les ha reñido, los ha habido “colocadores” a dedo de vástagos notables, y los hay de actualidad por habérseles descubierto pruebas de despilfarro injustificables o porque la propia Junta los haya acusado de “incumplimientos” financieros en la administración de lo público. ¿Y qué, insisto, cómo exigirles una responsabilidad que quienes deberían imponerle les disculpa? Las denuncias en un “régimen” son papel mojado. De sobra saben ellos que con dar la callada por respuesta es la mejor solución para ellos y para el partido.