Hablando en plata

La polémica actual sobre el homenaje u homenajes a Blas Infante en el aniversario de su fusilamiento es algo inimaginable en cualquiera de las autonomías serias que mantienen un referente histórico –razonable o no, auténtico o imaginario– consagrado, por si fuera poco, en sus Estatutos. ¿Imagina alguien un espectáculo semejante en el País Vasco a propósito de ese extravagante personaje que fue Sabino Arana? ¿O a los partidos e instituciones catalanes cuestionando alguna de sus figuras igualmente mitificadas y dándoles la espalda entre todos? A Blas Infante lo trajeron por los pelos al santoral autonómico los mismos que no creyeron en la autonomía hasta que se vieron encima aquel tren imparable, y los mismos que, por descontado, jamás creyeron en él fuera de la escena política. Eso explica estos despropósitos y unas trifulcas que no hacen sino dejar en evidencia la escasísima voluntad autonómica que, por otra parte, tantas veces se ha manifestado en otros ámbitos y circunstancias.

Vecinos y partidos

Hay una pelea en Huelva por controlar una asociación de vecinos, una pelea que ha llegado incluso a amagos judiciales, y lo grave es que lo que subyace a esa pelea es el carácter partidista de ambos bando, pues mientras uno sabe medio mundo que es un instrumento de la oposición municipal del PSOE, pocos ignoran que el otro mantiene con la gobierno municipal relaciones bien amistosas. Pero ¿es que hasta las asociaciones de vecinos van a acabar partidas por dos, no va a haber nada en esta sociedad que se salve de la remediación simbólica que impone el bipartidismo vigente? Realmente da cierta pena que movimientos como el vecinal –creación del viejo PCE tradicionalmente vinculada a los partidos, no hay que engañarse– siga, a estas alturas, funcionando al dictado de sus jefes políticos. Unos y otros, dirigentes del barrio y políticos de partido, deberían respetar una espontaneidad que hoy no se ve por ningún lado.

La vieja dama

El puente que el valenciano Calatrava va a trazar sobre el Gran Canal veneciano está dando lugar a un encendido debate que va mucho más allá de la bronca reaccionaria de los partidarios de la Liga del Norte y los “camisas negras” de Alianza Nacional para los cuales el interés de la ocasión es estrictamente partidista. El transporte de su cubierta a través de la Laguna y, en especial, su paso bajo la horca simbólica del Rialto, lo mismo ha sido celebrado por una muchedumbre entusiasta que ensombrecido a la luz de las bengalas por el griterío de la oposición, pero lo cierto es que Venecia acaba de dar un paso importante en su reconocida estrategia urbanística al permitir una intervención modernista tras un largo periodo de resistencia al cambio por parte de quienes, no sin buenas razones, ven en la ciudad una suerte de vieja dama intocable sobre cuya imagen delicada podría resultar irreparable el contraste de los estilos. Hace mucho que esta porfía se mantiene y hay que reconocer que, tras ciertos abusos perpetrados en la postguerra, no resultaba difícil encontrar argumentos a quienes pretendían mantener intacta la joya heredada del pasado y quienes argumentaban que carece de sentido perpetuar una ciudad-museo ahogada en el “acqua alta” de su propia identidad. Un genial veneciano de adopción, el ruso-americano Joseph Brodsky, ya dijo en su memorable balance sentimental de la ciudad, que la nueva arquitectura había provocado más daño al paisaje urbano europeo que todas las ‘Luftwaffe’ reunidas, una colosal ocurrencia que, toda hay que decirlo, tal vez reprodujo modificada de otra similar que en su momento lanzó el denostado príncipe Carlos contra la catástrofe debida a la especulación. Pero la opción parece tomada a juzgar por la opinión del alcalde Cacciari de que “se puede y se debe construir arquitectura contemporánea” en una ciudad que ya habría perdido la ocasión, según él, de abrirse a novadores como Wright, Kahn o Le Corbusier, vetados en su momento por el fundamentalismo conservacionista. Seguro que a muchos amantes de Venecia se les abrirán las carnes sólo con imaginar roto el embrujo tanto como se le alegrará la pajarilla a más de un especulador y a más de un iconoclasta. La extraña deriva de la Bienal en sus manifestaciones más banales bien podría servir de aviso a los navegantes, a ser posible antes de decidirse.

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En realidad lo que planea sobre Venecia no es sólo el riesgo de su desnaturalización sino el peso de un modelo de ciudad desbordada hace tiempo por el turismo masivo. El puente de Calatrava, instalado en una zona degradada –entre el Piazzale Roma y la Ferrovia, las dos únicas e insípidas intervenciones del siglo pasado– no va a alterar el gran paisaje ni para bien ni para mal, pero es indudable que puede constituir un precedente de gravedad imprevisible de cara a un futuro en el que, necesariamente, habrá que revisar muchas cosas en la ciudad, antes de hermanarla con Estambul, señaladamente la del propio modelo de ciudad que se está demostrando obsoleto bajo el peso de la avalancha turística y la consiguiente visión unidimensional de la vida colectiva. Los cambios que registra históricamente la piel de las ciudades no son separables de los que se producen en el trasfondo de su organización, y la historia de Venecia –la ciudad medieval que convive con la renacentista o la ilustrada, por no hablar de la romántica– bien puede que sea la mejor ilustración de esa propuesta. Brodsky no tendría gran cosa que objetar, seguramente, al nuevo puente, allá por Santa Lucía, pero llevaba más razón que un santo a la vista de algunos irreversibles mamarrachos que nos sorprenden aquí y allá en nuestros paseos por la ciudad soñada. Esos ruidosos reaccionarios no tienen razón bastante para chafarle a Calatrava su preciosa ocasión. La tienen, y de sobra, quienes sostienen que la ‘Luftwafe’ no avisa.

El pacto de Marbella

Está visto que ni a la Junta ni al Ayuntamiento de Marbella le interesa llegar al fondo de la cuestión y meter hasta el fondo el bisturí como mandaría la ley para desenredar la madeja legada por el gilismo. Ocho de cada diez viviendas ilegales serán legalizadas en el nuevo PGOU, ni que decir tiene que a costa del contribuyente que habrá de pechar con la “ayuda” que las Administraciones aporten al arreglo, y en flagrante contradicción con una normativa que ha estado y, a la vista está, sigue estando escrita en papel mojado. Como en Chiclana, como en tantos pueblos en los que los que deciden en los partidos han organizado uno de los mayores y más lucrativos fraudes que registra la historia andaluza. ¡Y encima va IU y pide la medalla de Andalucía para la Gestora! La política se está convirtiendo en el puro arte de engañar al ciudadano y hacerle comulgar con ruedas de molino.

Caprichos fingidos

La Junta viene sosteniendo que la Ciudad de la Justicia, reclamada por la propia Audiencia en varias ocasiones, no se hace porque el Ayuntamiento de la capital no cede el terreno preciso. El Ayuntamiento sostiene lo contrario, y es verosímil su versión puesto que la falta de voluntad de la Junta ya ha dado lugar a enfrentamientos entre la consejería y la propia Justicia que ven en el proyecto una chapuza y porque hace un año lo menos el Pleno aprobó la cesión de una parcela concreta para tal fin. ¿Por qué enreda la consejera, aparte de para zancadillear en lo posible al adversario? En Sevilla, esa misma consejera ha zanjado el problema de la Ciudad de la Justicia pactando con un empresario la construcción de un edificio a cambio de garantizarle su alquiler durante tres años. Claro que Sevilla es Sevilla y Huelva es Huelva, valga la tautología. Alguien debería informar con claridad terminante a los onubense de las claves de este engaño con que la Junta viene enmascarando su oposición municipal.

El sexo pasivo

Vuelve periódicamente el negocio de la muñeca inflable, del maniquí plástico para uso y disfrute sexual del varón solitario, más bien del solipsista vocacional que no soporta a la mujer ni puede prescindir de ella: ni contigo ni sin ti, como en el fandango. Parece que el origen del artilugio se remonta a las marinas antiguas, en las que prototipos de trapo cumplían el papel aliviador que inspiró a los japoneses las silenciosas hetairas de compañía para las tripulaciones de los primeros submarinos, ahora recuperadas por la industria con avances entonces inimaginables a precios exorbitantes o razonables, según se mire: hembras inertes que, sin embargo, respiran, se menean o se humectan, odaliscas de vinilo, látex o silicona capaces de responder a estímulos sensoriales provocados por la voz del amante, hábiles para fingir los climax más agitados o para succionar hábilmente, practicables a través de un higiénico repuesto de vaginas, total, la locura. En los últimos años las “sexual dolls” se han adueñado del “sex shop” hasta convertirse en un subsector emergente de una industria del juguete que dispone, como es natural, de considerable apoyo financiero para la investigación de novedades y mejoras, entre las que ya son realidad el relleno de agua que permite la graduación de la temperatura o la elección del vello púbico (“natural o cavado, lacio o enrulado, rubio o morocho”, ofrece la propaganda argentina) así como el mecanismo del beso. La historia imaginada por Berlanga en “Tamaño natural” –la muñeca que acababa derrotando a la esposa del fetichista– va a resultar no sólo cierta sino corriente en este mundo majareta que viola bebés ante la “web cam” o trafica con toneladas de pornografía infantil. Es el viejo sueño de la esclava sexual, de la hembra absoluta precisamente por su objetalización perfecta, el recurso del varón medroso que busca en la mujer muda la garantía de su imaginaria dictadura. Los japos andan promocionando modelos adolescentes y hasta impúberes, ansiadas ninfas alcanzables al fin, al precio de seis mil dólares. La transgresión sin pecado ni delito, el simulacro del crimen o, simplemente, el mito de la autosuficiencia asistida. El Apocalipsis va a resultar obsoleto a este paso.

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Las actuales ofertas incluyen fantasías tales como reproducir las imágenes de mujeres famosas. La de Pamela Andersen o la de Paris Milton, por ejemplo, están de moda, pero recuerdo que hubo un tiempo en que la pepona practicable preferida del mercadillo americano fue la mujer de Nixon, háganse cargo de lo que se cuece en la duramadre averiada. Un tecnólogo alemán dice que prepara un modelo con capacidad para aumentar su temperatura mientras dura la fiesta pero manteniendo los pies fríos que es lo femenino chipén, mientras un servicio de postventa se compromete en Internet a hacerse cargo, cuando llegue la hora fatal, del enterramiento de la amada artificial junto a su dueño y señor. Nunca llegó tan lejos el proyecto inmemorial de silenciar a la hembra, de someterla sumisa al deseo sin el contrapeso de su libertad, de anularla en la función única del ser complaciente. Es decir, nunca estuvo tan a la vista la miseria del instinto macho una vez quintaesenciado, despojado drásticamente de todo vestigio romántico, deshumanizado hasta la ignominia en el culto cobardón al fetiche pasivo de la mujer perfecta. Porque la muñeca no es sólo un sustitutivo sino una superación imposible pero intentada: la muñeca no es la mujer sino su representación, ha explicado Gabriel Albiac rondando la ‘Copelia’ de Hoffmann o la ‘Olimpia’ de Villiers, la mujer es la ausente. Pienso asqueado en la degradación del mito, en la escena inolvidable (Ovidio, Met. lib.X) en que Afrodita da vida a ‘Galatea’ la estatua amada por el rey misógino. Y veo que no hay color. En el amor de la androide culmina el fracaso viril. El fetichismo de la independencia deviene insensiblemente en pura necrofilia.